La gran crónica de Hiroshima | RED/ACCIÓN

La gran crónica de Hiroshima

Hiroshima
John Hersey
Debate

Selección y comentario por Mariana Enríquez, escritora y periodista. Publicó novelas, colecciones de cuentos, crónicas de viaje y una biografía de Silvina Ocampo. Es docente de periodismo cultural en la Universidad Nacional de La Plata y en Flacso. En 2016 su libro Las cosas que perdimos en el fuego ganó el premio Ciutat de Barcelona a mejor obra en lengua castellana.

Uno (mi comentario)

Este libro fue, originalmente, una crónica periodística muy larga, de 31. 000 palabras, que se publicó en la revista The New Yorker en agosto de 1946: ocupó todo el número de la publicación, algo que nunca se había hecho antes. Su autor, John Hersey, era corresponsal en Japón y estuvo cerca de Hiroshima y Nagasaki cuando se lanzó la bomba atómica sobre las ciudades. En esos años, para justificar las atrocidades y a modo de propaganda, los medios de Estados Unidos habían construido a los japoneses como monstruos y al Japón como el reino del mal. (...)

(sigue mi comentario)

Este texto de Hersey revolucionó los prejuicios: la edición de la revista se agotó en horas. Hersey entrevistó a un grupo de sobrevivientes durante un año –entre 1945 y 1946– para reconstruir los momentos antes de la bomba, el momento del impacto y las consecuencias posteriores. Sus personajes no son los predecibles: dos médicos, uno de ellos el Dr. Fujii, de quien podemos leer en estos párrafos, un ministro protestante, una viuda, una obrera y un sacerdote alemán. Hiroshima es uno de los primeros ejemplos del uso de herramientas literarias para una crónica periodística: descripciones precisas, adjetivos, subjetividad, el dinamismo, la tensión; por eso se lo considera un texto pionero del nuevo periodismo. Los personajes nos importan, nos preguntamos qué hacían ahí y qué fue de sus vidas. También se hicieron esas preguntas los lectores en 1946: muchos cambiaron su perspectiva sobre el ataque por completo, humanizaron a las víctimas, cuestionaron el relato oficial. Hiroshima, una texto histórico, se publicó como libro, con muy pocas correcciones y agregados, ese mismo año.

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Dos (la selección)

La señora Nakamura estaba de pie, mirando a su vecino, cuando todo brilló con el blanco más blanco que jamás hubiera visto. No se dio cuenta de lo ocurrido a su vecino; los reflejos de madre le dirigieron hacia sus hijos. Había dado un paso (la casa estaba a 1.234 metros del centro de la explosión) cuando algo la levantó y la envió en volandas al cuarto vecino, sobre la plataforma de dormir, seguida de partes de su casa.

Tres

Trozos de madera le llovieron encima cuando cayó al piso, una lluvia de tejas la aporreó; todo se volvió oscuro, porque había quedado sepultada. Los escombros no la enterraron profundamente. Se levantó y logró liberarse. Escuchó a un niño que gritaba: «Mamá, ayudame!», y vio a Myeko, la menor --tenía cinco años-- enterrada hasta el pecho e incapaz de moverse. Al avanzar hacia ella, abriéndose paso a manotazos frenéticos, la señora Nakamura se dio cuenta que no veía ni oía a sus otros niños.

Cuatro

Durante los días inmediatamente anteriores a la bomba, el doctor Masakazu Fujii, un hombre próspero y hedonista que en ese momento no tenía demasiadas ocupaciones, se había dado el lujo de dormir hasta las nueve o nueve y media, pero la mañana de la bomba había tenido que levantarse temprano para despedir a un huésped que se iba en tren. Se levantó a las seis, media hora después partió con su amigo hacia la estación, que no estaba lejos de su casa, pues solo había que atravesar dos ríos. Para cuando dieron las siete, ya estaba devuelta en casa; justo cuando empezaron las señales de alarma continuada. Desayunó; entonces, puesto que el día comenzaba a calentarse, se desvistió y salió a su porche a leer el diario en calzoncillos. Este porche --todo el edificio, en realidad-- estaba curiosamente construido. El doctor Fujii era propietario de una institución peculiarmente japonesa: una clínica privada de un solo doctor. La construcción, que daba corriente vecina del rió Kyo, y justo al lado del puente del mismo nombre, contenía treinta habitaciones para treinta pacientes y sus familiares --ya que, de acuerdo a la tradición japonesa, cuando una persona se enferma y es recluida en un hospital, uno o más miembros de su familia deben ir a vivir con ella, para bañarla, cocinar para ella, darle masajes y leerle, y para ofrecerle el infinito consuelo familiar sin el cual un paciente japonés se sentiría profundamente desgraciado--. El doctor Fujii no tenía camas para sus pacientes, solo esteras de paja. Sin embargo, tenía todo tipo de equipos modernos: una máquina de rayos X, aparatos de diatermia y un elegante laboratorio con suelo y paredes de baldosa. Dos tercios de la estructura descansaban en la tierra y un tercio en pilares, sobre las fuentes corrientes del Kyo. Este aero (la parte en la cual vivía el doctor Fujii) tenía un aspecto extraño; pero era fresco en verano, y desde el porche, que daba la espalda a la ciudad, la imagen de las embarcaciones de recreo llevadas por la corriente del río resultaba siempre refrescante. El doctor Fujii había pasado momentos ocasionales de preocupación cuando el Ota y sus ramales se desbordaban, pero los pilotes eran lo bastante fuertes, al parecer, y la casa siempre había resistido.

Cinco

Durante cerca de un mes el doctor Fujii se había mantenido relativamente ocioso, puesto que en julio, mientra el número de ciudades japonesas que permanecían intactas era cada vez menor e Hiroshima parecía cada vez más un objeto probable, había comenzado a rechazar pacientes, alegando que no sería capaz de evacuarlos en caso de un ataque aéreo. Ahora le quedaban solo dos: una mujer de Yano, lesionada de un hombro, y un joven de veinticinco años que se recuperaba de quemaduras sufridas cuando la metalúrgica en la que trabajaba, cerca de Hiroshima, fue alcanzada por una bomba. El doctor Fujii contaba con seis enfermeras para atender a sus pacientes. Su esposa y sus hijos se encontraban a salvo: ella y uno de sus hijos vivían en las afuera de Osaka; su otro hijo vivía con él, igual que una mucama y un mayordomo. Tenía poco trabajo y no le importaba, porque había ahorrado algún dinero. A sus cincuenta años, era un hombre sano, cordial y sereno, y le agradaba pasar las tardes con sus amigos, bebiendo whisky --siempre con prudencia--, por el gusto de la conversación. Antes de la guerra había hecho ostentación de marcas importadas de Escocia y los Estados Unidos; ahora se contentaba plenamente con la mejor marca japonesa, Suntory.

Seis

El doctor Fujii se sentó sobre la estera inmaculada del porche, en calzoncillos y con las piernas cruzadas, se puso los lentes y comenzó a leer el Asahi de Osaka. Le gustaba leer las noticias de Osaka porque allí estaba su esposa. Vio el resplandor. Le pareció --a él, que le daba la espalda al centro y estaba mirando su diario-- de un amarillo brillante. Asustado, comenzó a levantarse. En ese instante (se encontraba a 1.416 metros del centro) el hospital se inclinó a sus espaldas y, con un terrible y desgarrador estruendo, cayó al río. El doctor, todavía en el acto de ponerse de pie, fue arrojado hacia adelante, fue sacudido y volteado; fue zarandeado y estrujado; perdió noción de todo por la velocidad con que ocurrieron las cosas; entonces sintió el agua.

Siete

El doctor Fujii apenas había tenido tiempo para pensar que se moría cuando se percató de que estaba vivo, atrapado entre dos largas vigas que formaban una V sobre su pecho como un bocado suspendido entre dos palillos gigantescos, vertical e inmóvil, su cabeza milagrosamente sobre el nivel del agua y su torso y piernas sumergidos. A su alrededor, los restos de su hospital eran un absurdo amasijo de maderos astillados y remedios para el dolor. Su hombro izquierdo le dolía terriblemente. Sus lentes habían desaparecido.


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