La historia de los oftalmólogos que le devolvieron la vista a 400 salteños

Por Juan Mascardi

Dos de los médicos que en 4 días operaron a pacientes sin obra social de la provincia de Salta, hace pocas semanas, cuentan su historia. Una es Elena Barraquer, que llegó de España para participar del dispositivo. El otro es Rubén Lorenzetti, un médico de Santa Fe que tras la misión solidaria se siente “más humano”.

* * *

Ella es un corazón con patas.

Una metáfora. Un símbolo. Tres palabras.

corazón
con
patas

Ella es Elena Barraquer. Oftalmóloga catalana que se especializó en Estados Unidos a fines de los setenta durante once años y regresó a su país para transformar la profesión en un acto de solidaridad. En un acto de fe. En una religión sin milagros.

Él es quien pronuncia las tres palabras: Rubén Lorenzetti. Médico argentino de 45 años, hijo de un productor agropecuario y de una ama de casa, que partió en los noventa de su Chovet natal, una colonia del sur de Santa Fe poblada de descendientes croatas, para estudiar medicina en la Universidad Nacional de Rosario.

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Rubén está en Rosario, a metros del río Paraná y a 1173 kilómetros de Salta, ciudad del noroeste argentino donde en el mes de agosto se realizó una misión solidaria y operaron a 400 personas de cataratas. Muchos de ellos volvieron a ver. Elena está en Barcelona, ultimando detalles para despegar hacia Mozambique. “Por favor, pregúntame lo que quieras, pero hazlo ahora, ya que a partir de mañana no tendré señal en mi estadía en África”.

La misión de Salta es el pasado pero es mucho más que un recuerdo. Es la primera acción de la Fundación Elena Barraquer en Argentina. Es la historia colectiva de pacientes sin obra social, médicos, instrumentadores quirúrgicos, voluntarios y enfermeras. Un antes y un después.

Y nadie habla de milagros.

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El antes del antes

-Pertenecer a una cuarta generación de oftalmólogos, ¿le generó alguna presión a la hora de elegir su profesión?
-No representó ninguna obligación para mí. Es más, cuando estudié medicina solo el 25 por ciento eran mujeres. Tal vez, mi hermano Rafael tuvo más responsabilidad en continuar la saga.

-¿Y qué influyó en usted?
-Lo que influyó en mí fue la pasión de mi padre y de mi abuelo.

Ignacio Barraquer, el abuelo. Nació en 1884 en el seno de una familia de científicos y médicos oftalmólogos. Mientras otros niños jugaban, él aprendía las técnicas médicas de su padre, José Antonio, y a los 13 ya realizó su primera intervención. Estudió Física y Química, también Histología en París. Sentía una atracción particular por los animales al punto de tener un pequeño zoológico en el jardín de su casa. Adoraba los espectáculos de circo. Fue coleccionista de autos, y uno de ellos, el singular Mercedes-Benz - 300 S Coupe sería la llave para las misiones hacia África 50 años después. También se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona y llegó a ser un experto en mecánica y modelado, allí desarrolló una habilidad manual detallista que luego lo benefició en sus cirugías. Creó el erisífaco, un instrumento que permitió extraer la catarata por succión. En una publicación de España Oftalmológica, su trabajo es así descripto:

“Evitar toda presión sobre el órgano y el uso de instrumentos cortantes, dentro de las cámaras oculares, es la única manera de ver desaparecer, con toda seguridad la pérdida de humor vítreo (…) Consiste en adaptar a la superficie de la catarata una pequeña ventosa que hace presa de ella y permite su movilización, su separación del ligamento, de modo tan completo y suave, que basta la acción de retirar el instrumento, sin tracción ni fuerza alguna, para ver salir enteros el cristalino y su cápsula, con pasmosa facilidad, sin la menor violencia para el ojo; ninguna compresión se necesita, ni la entrada en el ojo de otro instrumento”.

Si esta es una historia sobre la herencia, Elena evoca a su abuelo por los lazos fundados en la solidaridad. “Recuerdo que llegaba la gente con su certificado de pobreza que el Alcalde de cada barrio les entregaba y mi abuelo los operaba sin cobrar nada”. Ignacio, el abuelo, se casó con Josefina Moner, con la que tuvo siete hijos: entre ellos, Joaquín, el padre de Elena.

Si, la solidaridad -al igual que la pasión- también se hereda.

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Joaquín Barraquer, el padre. Cuando Ignacio murió, en mayo de 1965, su hijo Joaquín le extrajo las córneas, como había sido su voluntad. Mientras la madre recibía los pésames, el hijo se las estaba implantando a dos pacientes sin recursos económicos. “Gracias a mi padre, esas personas consiguieron ver. ¿Qué más podría pedir?”, contó a los 89 años en una entrevista en el diario La Vanguardia.

La innovación continuó en la saga Barraquer de la mano de Ignacio. Su desarrollo en la cirugía de la catarata y del glaucoma revolucionaron las técnicas quirúrgicas del momento. También fue pionero con la inclusión de lentes intraoculares para corregir la miopía. En 2003 no solo constituyó la Fundación Barraquer sino que vendió el Mercedes Benz de su padre y el dinero recaudado se transformó en misiones solidarias con destino africano.

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“Había solo tres modelos de ese Mercedes Benz en el mundo. Un día apareció una oferta millonaria de un americano, mi padre lo vendió y así pudimos realizar las misiones solidarias. Yo digo que ese es el coche que más ha viajado en el mundo”, recuerda Elena quien se prepara para partir –una vez más- hacia Mozambique, el país que cuenta con solo 18 oftalmólogos, de los cuales solo nueve realizan operaciones.

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El ahora

Rubén siente que después de la misión de Salta él se hizo “más humano”. Repasar lo vivido durante cuatro días en el noroeste argentino, donde se hicieron 450 operaciones de cataratas, lo lleva a un territorio de emocionalidad que no puede ocultar ni en el brillo de sus ojos ni en la piel de gallina que se trasluce en sus brazos. El oftalmólogo rosarino llegó a integrar el equipo de los 17 profesionales que operaron en el hospital Materno Infantil de la mano del bonaerense Gerardo Valvecchia, quien fuera el nexo con Elena Barraquer a la hora de idear, diseñar y ejecutar la primera misión en suelo argentino.

“Gerardo es como mi hermano, por su generosidad y por la potencia que posee a la hora de enfrentarse a los obstáculos que genera proyectar este tipo de acciones”, sostiene Lorenzetti, el autor de la metáfora “corazón con patas”.

El primer día, recuerda Rubén, cuando anunciaron el dispositivo que les permitió operar a cien pacientes por día, le comunicaron que la primera operación la iba a hacer junto a Elena y a Joaquín Fernández, un oftalmólogo de Almería. “Yo entré al quirófano sintiendo que tenía a Messi por izquierda y a Maradona por derecha. Ellos bajaron, se pusieron a mi nivel y fueron tan generosos que me permitieron tirar mis propios tips”, sonríe Rubén, quien vive la oftalmología con la misma intensidad que el fútbol. De hecho hasta el año pasado fue DT de San Martín, equipo de su Chovet natal. Cada operación fue un gol. Por algo cuando terminó la operación 450 se abrazaron y simularon una especie de vuelta olímpica en el quirófano al grito de “Dale campéoooooon, dale campéoooooon”.

Elena recurre a los adjetivos para graficar la experiencia salteña. Dice que prefiere hablar más de la gente que de los paisajes de la ciudad que los argentinos bautizamos como “la Linda”. De hecho, los organizadores locales organizaron un tour para que la comitiva de extranjeros pudieran recorren los sitios típicos en su estancia de cuatro días, y ellos preferían estar en el quirófano.

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“Me he sentido maravillosa. Hay tanta gente necesitada. Yo pensaba que la problemática en Argentina estaba más resuelta. Es que siempre faltan oftalmólogos, siempre faltan recursos. Hay 40 millones de personas no videntes en el mundo y 19 millones podrían recuperar la visión porque son casos reversibles”, enumera Barraquer con la potencia que implican los números en la magnitud de una problemática que es reversible, en cuanto exista el compromiso de los gobiernos en materia de políticas públicas igualitarias.

El antes

El celular es como una memoria colectiva extraíble que está en las manos y que hace volver a pasar los recuerdos en tiempo presente. El médico rosarino abre su WhatsApp y el antes se hace presente. En un video Rubén está con el histórico Daniel Perrone, quien había sido su maestro durante sus residencias. Rubén dice que Daniel es parecido a Harrison Ford, tal vez por el mismo carisma que transmite el intérprete de Indiana Jones en sus filmes y le dice que tiene “manos mágicas”. Daniel y Rubén se abrazan y antes que el video se corte, el maestro le dice a su alumno: “Estoy viejo y melancólico”. Se ríen. Se ríen después de recibir el afecto de las personas que volvieron a ver.

Daniel Sosa es un profesor de matemáticas que da clases en una escuela rural y que tenía cataratas en ambos ojos. Uno de ellos, sin visión. “Volví a nacer”, dice. Y promete que quiere viajar al interior de la provincia para continuar sus clases. Marta vive en San Antonio de los Cobres. San Antonio es el protector de las mulas y patrono de arrieros y viajeros., El poblado está enclavado en las cercanías de la sierra de Cobre, rica en ese mineral. Marta está preocupada.

-¿Voy a volver a coser?
-Vos vas a volver a vivir—le responde Rubén, a la mujer que posee un telar y mantiene a una familia entera.

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Elena atiende un caso complicado. Una mujer joven que posee catarata congénita. La paciente tiene temores. Está nerviosa. Elena la toma de la mano y se queda durante una hora acompañándola, hablándole, tranquilizándola. Siempre tomadas de la mano. Rubén, mientras opera, observa la escena. “Al lado de Elena no te queda otra opción que hacer las cosas bien, ella inspira”.

Tal vez, porque la inspiración tiene ese aroma que se transmite de generación en generación. O porque la inspiración no es necesariamente una corriente vertical de herencia sanguínea, sino una atmósfera que contagia, los médicos, enfermeros, voluntarios y pacientes durante cuatro días de agosto del 2018, transitaron en Salta un ritual donde el mejor milagro estuvo en una comunión compartida.

Cierta vez, el padre de Elena, dijo en un programa de televisión que la visión depende del cerebro. Es el cerebro quien tiene que interpretar las imágenes que envía el ojo. El ojo es como una cámara de fotos y el cerebro las interpreta. Y esta vez, además del cerebro, todos vimos un poco más con la señales del corazón.

Fotos: Elena Barraquer y Rubén Lorenzetti