La polémica en el arte: por qué los museos deben promoverla

Una foto de Brooke Shields desnuda a los 10 años generó controversia. El fin de semana sucedió lo mismo con una obra de teatro llamada Dios y la Iglesia pidió que fuera suspendida. ¿Cómo lidian los museos con la controversia y aseguran la libertad de los artistas? ¿Es siempre válida la provocación? Una vez más, la discusión sobre el arte y la libertad vuelve al centro de la escena.

Por Joaquín Sánchez Mariño

23 de julio de 2018

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Era el último año de siglo XX. En la sede central de la Alianza Francesa en Buenos Aires se inauguraba una muestra del fotógrafo Alberto Goldenstein. Nada extraño hasta entonces, si no fuera por la mancha.

“Provocó tanto revuelo que me pidieron que lo resolviera”, dice hoy la curadora de arte Sonia Becce, directora de la Alianza por ese entonces. 

Resolvieron poner un papel cubriendo la imagen y que quien quisiera verla más allá de la advertencia levantara el velo. Por supuesto, se corrió la bola y la muestra recibió más visitantes que nunca, público desesperado por acercarse a espiar la imagen prohibida. (Más adelante, sobre el final de la nota, usted también podrá hacer algo parecido).

La cuestión, más allá de la anécdota, es la siguiente: ¿qué significa que una imagen ofenda? No es una pregunta meramente hipotética. El último fin de semana se estrenó en el Festival de Rafaela, Santa Fe, la obra "Dios", de Lisandro Rodríguez, y el obispo de la ciudad, Luis Fernández, se indignó: "es un agravio al espíritu religioso que no colabora con la pacificación anhelada de nuestra sociedad", escribió. En la obra hay una figura del Papa Francisco que en un momento es abrazada por actores desnudos.

Algo parecido sucedió con la muestra de Richard Prince en el Malba. Luego de la inauguración corrieron mensajes en las redes pidiendo que fuera levantada a causa de una foto en particular. En ella está la actriz Brooke Shields a los 10 años posando desnuda. Aunque sea una nena, la imagen tiene un fuerte contenido erótico.

No es una obra nueva sino que arrastra ya cuatro décadas de polémica. Fue realizada en 1975, con permiso de la madre de Shields, por el fotógrafo Garry Gross. Luego Richard Prince fotografió la fotografía y la hizo mundialmente famosa, al punto que llegó a subastarse por millones de dólares. Lo de Prince (que afrontó un juicio por el derecho de autor), no es nuevo: en su obra se repite el recurso de tomar imágenes de otros y resignificarlas, poniendo en tensión distintas prácticas de la cultura norteamericana -la sexualización de los cuerpos infantiles en este caso. Lo de Garry Gross fue con fines publicitarios (y también afrontó una demanda, pero ganó por tener el permiso firmado de la madre de Shields). Ninguno de esos juicios terminó con la polémica, que se revivió ahora en Buenos Aires.

¿Es realmente una obra que despierta preguntas o es una provocación sin sentido? La pregunta obviamente no es nueva al mundo del arte. Tampoco lo es para el museo, que pudiendo imaginar lo que provocaría decidió exhibirla igual.

“Hoy lo que generan las redes sociales es que se comparten infinitas imágenes sin contexto. Pero nuestra pregunta es cómo genera el museo ese contexto para que el mensaje se vuelva una discusión interesante y no sea solo una provocación”, dice Guadalupe Requena, Coordinadora de Comunicación del Malba.

“Es un debate que trasciende la foto de Prince. En muchos museos del mundo se han debatido imágenes del arte clásico del siglo XVII, XVIII y XIX con gente haciendo pedidos para que se bajen obras del renacimiento por tener ángeles erotizados... Durante un siglo eso no fue un tema y hoy sí lo es”, agrega Requena.

Por su parte, Sonia Becce dice que tenemos que atender al contexto de época. "Si en una pintura de hace doscientos años hay una mujer desnuda y hombres vestidos y lo bajamos por la mirada machista que representa me parece que nos lo perdemos, porque si uno expone eso está mostrando un modo de hacer las cosas que no queremos que suceda más y nos ayuda a tenerlo presente. Si en cambio edulcorás la historia o limás sus bordes te queda una relato lineal y anodino que no es real. Dentro de 400 años vamos a ser leídos con otros problemas y no me gustaría que dejen de lado obra por problemas que hoy no conocemos”.

En la misma línea opina Mariana Marchesi, Directora Artística del Museo Nacional de Bellas Artes, para quien ocultar determinadas cosas evita la existencia de algunos debates necesarios: “Se invisibilizarían temáticas que uno quiere discutir. Parte de la convivencia social tiene que ver con aceptar cosas con las que uno no acuerda”. A su vez, aclara que al menos en el Bellas Artes no se está bajando obra.

El arte como punta de lanza

“Hay un carácter anticipatorio del arte que tiene que ver con poner sobre la mesa temas tabú o cosas que no se explicitan. Hay un espíritu de provocación y de expandir los límites de la conversación”, dice Guadalupe Requena, y recuerda uno de los casos más emblemáticos de provocación y escándalo que sucedieron en la Argentina en el último tiempo: la muestra de León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta.

Fue en el año 2004. En ella se exponía una imagen controversial de Cristo sobre un avión. La iglesia se indignó tanto que pidió que levantaran la obra. "Una blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad", definieron, e invitaron a la gente a unirse a una jornada de ayuno y oración. Finalmente no logró la cancelación, pero la muestra estuvo cerrada durante 30 días.

Pero qué objeto tienen, realmente, los intentos de censura. No solo son absurdos por atentar contra la libertad de expresión sino también, en el peor de los casos, por su falta de eficacia. En su momento la iglesia quiso evitar que la gente viera la obra de Ferrari, y casi 15 años después es una de las muestras más recordadas de Buenos Aires.

Leandro Erlich es uno de los artistas argentinos de mayor renombre hoy. Actualmente trabajando en Japón, entiende que aunque sea en vistas de una nueva conciencia sobre ciertos temas, bajar obra es una forma de censura. “El arte tiene dos capacidades. La de ser documento de su tiempo y la de ser reinterpretado según los nuevos paradigmas. En cualquier caso la censura siempre me parece un disparate. Es asumir que no existirá capacidad crítica”, dice a Red/Acción. Y aporta un nuevo ángulo a la discusión: el lado del artista.

¿Hasta qué punto está habilitado un artista a tener absoluta libertad para trabajar? ¿Hay temas en los que no deberían meterse? “Es un tema circunscrito a la ética y moral. Pienso que el arte es una vía de expresión. Y debe ser lo más libre posible. Los límites serán aquellos que cada artista lleve en sí. El punto relevante no es si hay temas de los cuales no se debería hablar o temas de los que sí. Lo esencial es que la obra sea buena y honesta. Eso ‘la habilitará’”, sostiene Erlich.

Hace poco sucedió otro escándalo con la torta con cuerpo de Cristo que comió el Ministro de Cultura de la Ciudad, Enrique Avogadro. El funcionario se entregó a la propuesta de los artistas y luego fue condenado en las redes sociales por una supuesta falta de respeto.

Sin embargo, mucha otra gente considera que allí, en la capacidad de indignar, radica la principal nobleza del arte. “Debemos rescatar siempre ese carácter subversivo que contiene el arte contemporáneo, su posibilidad de romper reglas, de mirar desde otro lado, de hacernos correr de nuestros hábitos y con frecuencia salir cambiados después de la experiencia”, escribe Andrés Duprat, director del Bellas Artes.

“El arte no está regulado por otros valores que los que propone, y a veces ni siquiera por ellos: nada le es menos ajeno que la moral, no es ni pretende ser meritorio, ni justo, ni adecuado. Acontece, pasa, es, y continúa siempre, finalmente, inexplicable”, sigue el texto que escribió y que comparte Duprat con Red/Acción para ser parte del debate.

“¿El arte tiene que ser siempre provocativo? No. Pero cuando lo es interpela de un modo formidable”, dice a su vez Elio Kapszuk, reconocido curador. “Puede herir susceptibilidades, sí, pero la susceptibilidad es un tema individual y privado. Que una obra pueda herir los sentimientos no la vuelve apta para la censura", agrega.

¿Es válido entonces todo tipo de provocación en tanto represente una idea? "Es relativo", dice Sonia Becce. “A veces hay que usar la simbolización y no el enfrentamiento directo. De todos modos, es como la discusión sobre el aborto: cada uno puede tener su punto de vista y el otro grupo se siente herido o atacado. León Ferrari sentía la necesidad de enfrentarse a la iglesia de ese modo, lo hacía de forma provocadora, pero tenía un sentido. Creo que con respeto se puede decir cualquier cosa. Es el mismo respeto que debe tener la gente a la hora de mirar. Trabajar desde la pluralidad todavía es una materia pendiente que tenemos: deberíamos aprender a convivir aunque haya cosas que nos caigan mal”.

¿Cómo lidia el museo con la controversia?

Actualmente está expuesta en el Blanton Museum of Art de Austin, Texas, una muestra con una pintura del Ku Klux Klan. En la obra de Vincent Valdez se ve a miembros del clan racista en el mundo de hoy. Hay una camioneta moderna a un lado y uno de los personajes tiene un iphone. Aquí pueden ver una foto de la pintura y una nota del New York Times al respecto.

Lo que propone el artista es discutir sobre el racismo aún presente en los Estados Unidos. No obstante, ¿lo resguarda eso de ser mal interpretado o de ofender? Cómo deben manejar los museos este tipo de expresiones. La Coalición Nacional Contra la Censura de Estados Unidos (NCAC), lanzó un documento en el que expone las mejores prácticas museológicas para manejar la controversia. Habla de asegurar la libertad de los artistas, adelantarse a las polémicas, comunicarse con la prensa y educar al público para que tenga un abordaje formado.

Sin embargo, ¿es productiva la vocación de “contener”? Regresa la pregunta de siempre. Si la intención del arte es despertar preguntas, por qué sería voluntad del museo acallarlas. ¿Para qué licuar el impacto de una bomba que uno mismo tira?

“Una de las constantes habituales a la hora de pararse frente a una obra de arte, como experiencia actual, la constituye la exigencia de decodificar un supuesto mensaje o contenido que la misma debería poseer. Ese ejercicio de traducción conlleva el riesgo de simplificar y banalizar las múltiples lecturas que una obra siempre exige. En ese sentido los modos profesionalizados de interpretación habitualmente empobrecen una obra al trasladarla a un plano didáctico y funcional con el objeto de facilitar y seducir la respuesta del espectador”, propone Andrés Duprat.

Guadalupe Requena sostiene esa puesta en duda del museo como traductor del arte. Según ella, los museos ya no son una voz indiscutible y el foco no está puesto en las colecciones sino en los visitantes. Lo mismo pasa en todos los campos del conocimiento: en tiempos de posverdad, la autoridad es solo una forma de mentira más. 

En ese sentido, tiene lógica que cada institución crezca cada vez más en libertad y vaya perdiendo miedos. Sin embargo, no es lo mismo una obra que se expone en un espacio público o en uno cerrado. "En el espacio público la gente se va a topar tal vez involuntariamente con una obra, entonces hay que ser más cuidadoso", dice Elio Kapszuk. Y opina: "A un museo uno entra dispuesto a recorrer un espacio de arte. En ese contexto creo que no debiera haber ningún tipo de censura a la expresión”. 

La mancha

A veces el arte es una mancha de la que muchos quieren mantenerse a salvo. Un incordio al que no todos quieren exponerse. Esta línea funciona como velo. Si usted es de las personas que levantaría el papel aquel de la Alianza Frances para ver la foto: haga click aquí abajo y lea el párrafo prohibido de esta nota.

La obra de Goldenstein estiró el límite del fotoperiodismo en nuestro país. En la imagen de la polémica había un hombre desnudo tapándose sus partes con las manos y con una mancha de semen en la panza. Aunque escandalizó a muchos, todo el mundo se acercaba a la muestra para espiarla. "Yo no fui provocador, fui ingenuo", dice hoy Alberto Goldenstein. "Quise representar una imagen poética y fue vista como una propuesta pornográfica. La perversión no era mía en todo caso sino de los que la miraban", cuenta. Fue una mancha que, en este caso, todos quisieron ver. Si desea saber más, puede leer esta crónica de la época.

Sino, quédese a resguardo, en esta última línea. De algún modo, cada quién elige con qué frecuencia y forma poner en tensión su propio mundo.

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