La tribu, comentado por Mario Santucho | RED/ACCIÓN

La tribu, comentado por Mario Santucho

La tribu
Carlos Manuel Álvarez
Seix Barral

Uno (mi comentario)

Carlos Manuel de Céspedes fue el primer líder independentista cubano, allá por 1868; con él comenzó la historia de la nación moderna en la mayor de las islas del Caribe. Otro Carlos Manuel, en este caso de apellido Álvarez, es uno de los primeros narradores de la Cuba posmoderna. Sus muy logradas (y un poco estandarizadas) crónicas cuentan lo que está pasando en la era DC –después de Castro. El autor habla de un país nuevo, aunque en verdad muy poco ha cambiado. Es como si las palabras ya estuvieran en transición hacia no se sabe dónde, mientras las cosas se mantienen inmutables.

El libro se inicia en diciembre de 2014, cuando Obama y Raúl anunciaron lo impensable (la normalización de las relaciones entre los históricos enemigos); y culmina dos años mas tarde con la muerte de Fidel, otro evento que parecía escapar del campo de lo posible. Pero lo interesante está en el medio, en los personajes que anuncian el final de toda épica: desde los pítchers pinareños que eligieron destinos distintos pero mantuvieron la esencia común, hasta el mas importante animador de la música popular contemporána; desde el poeta huraño y legendario que decidió el ostracismo en lugar de negociar con la época, hasta el trovador cínico cuya sinceridad brota a carcajadas. Y hay una cuestión omnipresente en el aquí y ahora cubano: la vivencia de los migrantes que atraviesan centroamérica en busca del sueño americano, verdadera metáfora de la pérdida de cualquier tipo de inocencia.

Dos (la selección)

Cara y cruz. Tanto Lazo como Contreras integraron el equipo Cuba por primera vez en 1995 y ganaron campeonatos con Pinar del Río y con la selección nacional. Pero Lazo es puro desenfado y a Contreras se le desborda su campechana timidez. Lazo era capaz de fumarse, a la vista de todos, el tabaco que Contreras solo se fumaría en compañía de sus íntimos. Lazo bromeaba en el banco, alardeaba en el box, intimidaba a los contrarios, no se demoraba entre lanzamiento y lanzamiento. Contreras no abría la boca, sonreía con parquedad, con pena, se tomaba mucho más tiempo en sus lanzamientos, observaba, asentía y si tenía que decir algo lo hacía con el guante en la boca, como si se confesara en la iglesia. Contreras logró desde el hipnotismo lo que Lazo desde el desafío. Contreras se imponía por desgaste y Lazo por nocao. Contreras estrangulaba y Lazo acuchillaba. El arma de Lazo era la slider que parece un arco de cimitarra y la de Contreras el tenedor que cae como una granada.

Tres

La crónica social, el sello costumbrista, el tono jodedor y alegre, típico del cubano próspero de los ochenta, y que Pedro Calvo representó como nadie, casi desapareció en los noventa. Resurgió –propio de toda crisis– un sentimiento de misticismo y fe. Sobrevino el auge de la religión afrocubana, los babalawos, los santeros, los paleros, las creencias yorubas; temas que no faltarían en las composiciones del astuto Van Van. En retrospectiva, podemos ver cómo Pedro Calvo cedió espacio y la inmensa mayoría de los grandes temas de esta etapa –Disco Azúcar, Un socio– son de Bonne y Mayito. Luego, a mediados de los noventa, Formell teminaría dispersándose. En otra de sus definiciones de la timba, hay una lectura en clave de lo que le sucedió:

—Lo particular en el baile de la timba es que la mujer se manda a bailar solita, algo que ha sido poco común en nuestro medio. La mujer agarra un movimiento de cintura terrible, que le han llamado el «despelote». No sé por qué tienen que mover tanto esas caderas, pues le ponen la cabeza mala a cualquiera (...) No sé si es que me sorprende tanto porque no sé bailar, pues no tengo expresión corporal”.

Cuatro

No me sabré el nombre del pescador. Nunca he sabido cómo hablarle a un pescador. Para mi, pescar siempre ha sido una labor más metafísica que práctica: ocio para elegidos, pretexto ordinario que esconde una profunda reflexión filosófica. El pescador no viene a sacar peces. Dos mojarras, un robalo, lo que sea, no justifican cuatro o cinco horas detrás de un carrete. El pescador finge que saca peces, pero en realidad viene a algo más importante, que todavía no sé qué es.

Cinco

—Al rato empezó a tronar, el mar picado, tremendo aguacero, niños llorando, parecía que el diablo estaba ahí. Creí que me iba a ahogar, las tres horas más duras de mi vida. Las lanchas esas van dando tumbos sobre las olas.

A su fobia personal y las condiciones climáticas, habría que sumarle la historia más cruenta de cuantas rondan la travesía cubana por Centroamérica, y que golpea como un martillo o un mito en la conciencia de todos los migrantes. La pareja a la que el mar recientemente le arrebató su hijo de los brazos y que se ahorcó con una alambrada en cuanto pisó tierra.

Seis

El Tun Tun, los jueves en la tarde noche, es un espacio de resistencia que sólo el pasado 24 de marzo de 2016 terminó más temprano que de costumbre. Los Rolling Stones llegaban a La Habana y el Instituto de la Música había seleccionado cierto grupo de artistas –Ray entre ellos– para un intercambio con los abuelos del rock.

En declaraciones posteriores a El País, Ray, que no se parece a nadie, dejó su impronta: “Estaba la crema y nata de la cultura musical cubana (...) Comportándonos, esperando. Pero cuando llegó Mick Jagger, la eforia se los comió. Todos tirándose a él para pedirle autógrafos, se lo querían comer a besos. Parecían las muchachitas esas fans de los Beatles que se tiraban de los cabellos”, dijo.

Siete

Pasamos la Calzada del Cerro, y la última casa en la que vivió mi padre hasta que se largó a Miami. Mi padre, que creció en una choza de guano con piso de tierra, que se fue a la guerra de Angola de misión internacionalista, que se graduó de Medicina y que en la noche del 31 de julio de 2006 –cuando un presentador hosco anunció por televisión que Fidel Castro se había enfermado y que su vida peligraba– aplastó su tabaco en el cenicero, se hundió en el asiento y empezó a llorar. La imagen era impresionante porque lo único que se movía en su cuerpo eran las lágrimas. Todo él un músculo tieso, comprimido, que de repente comenzó a desbordarse, como un corte mínimo y elegante en la piel.


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