La vida descalzo, comentado por Gonzalo León | RED/ACCIÓN

La vida descalzo, comentado por Gonzalo León

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

La vida descalzo
Alan Pauls
Random House

Uno (mi comentario)

La vida descalzo, de Alan Pauls, no es un libro nuevo, sino una reedición de Random House, que se agradece, porque era uno de los títulos que pertenecía a esa gran colección In Situ de Sudamericana, que armó Luis Chitarroni con autores como Edgardo Cozarinsky, Miguel Brascó, Edgardo Cozarinsky y María Moreno, entre otros. Se trataba de un pie forzado o de una consigna, que cada uno de ellos abordó a su manera. Pauls lo hizo con la playa, pero le dio una perspectiva singular, ya que convirtió el texto en una suerte de ensayo autobiográfico sobre las vacaciones de cuando era niño, de ahí que aparezcan fotos de esa época, que funcionan como un modo más de lectura del texto, y no como mero complemento. ¿Pero qué hace que también sea ensayístico? Pauls va reflexionando sobre las distintas representaciones que ha tenido la playa: como lugar de guerra, como lugar de erotismo. Y para ello menciona el desembarco de Normandía y las películas de Eric Rohmer “con la otra potencia erógena de la playa —aquella en la que la playa sólo es activa in absentia, una vez sometida a un cierto olvido”. La playa como territorio liminar, que hace que las ideas, y algunas veces las imágenes, se repliquen. Para el autor de El pasado entonces, la playa es su iniciación literaria y aquellos libros de Cortázar que compró en Villa Gesell. Y como ya ha sido habitual en otros textos ensayísticos de su autoría, aparece el cine y las películas como textos a los cuales echar mano, no son sólo ejemplos puntuales, sino que tienen la misma relevancia que cualquier bibliografía. Llama la atención, sin embargo, la precocidad de la iniciación no sólo literaria en Alan Pauls, sino artística, ya que todo lo que lo rodea en esas vacaciones va formando una mirada que se irá construyendo para su futuro como escritor. Si lo tomamos desde este punto de vista, no sólo sería una autobiografía ensayística sino de algún modo una novela de iniciación.

Dos (la selección)

“Y sin embargo sobrevivía. Incongruente y democrática, sobrevivía en parte gracias a la dinámica anárquica en la que tarde o temprano terminaban centrifugados todos los balnearios de esa franja de costa atlántica, que no se oponía ni pretendía abolir y ni siquiera tenía opinión sobre, por ejemplo, bastiones de la avanzada centroeuropea como la legendaria Pastelería Holandesa, los manjares húngaros de Pipach o la Casa Böhm, donde —nobleza obliga— recuerdo haber comprado en traje de baño y ojotas, con la piel blanca de sal y los hombros en proceso avanzado de despellejamiento, los primeros libros que yo mismo elegí, Final de juego, Todos los fuegos el fuego, Los premios, que sellaron para siempre una caprichosa alianza entre Cortázar y la playa, sino que más bien las iba asediando, cercando, arrinconando espontáneamente con la multiplicación y el avance incontenible de los negocios de ropa, los locales de juegos para chicos, las pizzerías y hamburgueserías, los puestos de artesanías, los bares, los comercios de cuero y de bijouterie, y sobrevivía también en parte, según me parece recordar, gracias a la intransigencia de la comunidad hippie-mochilera, que desafiaba la moral oficial y seguía ocupando campings, bosques y dunas con sus carpas maltrechas, sus fogones nocturnos, sus guitarras, sus vahos de pachuli, y que a fines de los años 60, mientras el viejo Gesell y sus secuaces ponían a punto el Plan Galopante, el programa de loteo que trazaría los destinos inmobiliarios de la Villa durante la década del 70, se había trenzado en una alianza estratégica…”.

Tres

“Nunca suscribí las mitologías eróticas de la playa. Convencido desde muy temprano, no sé si por un déficit pulsional congénito, por alguna experiencia nefasta que mantengo encerrada bajo llave o simplemente porque es la más pura e incontrovertible verdad, de que el deseo sexual no tiene nada que ver con la naturaleza, ni con la mía, cualquiera sea, ni con la del mundo, y en cambio absolutamente todo con la cultura, siempre me llamó la atención el botín de aventuras y relatos sexuales con que la gente, sobre todo solteros y parejas jóvenes, volvía de pasar sus vacaciones a orillas del mar. Todo vitalismo me aflige, es cierto, pero en estos casos siempre había algo más: la relación no contingente sino necesaria, incluso constitutiva, entre sexo y dunas, cópula y agua salada, frenesí e intemperie marítima”. 

Cuatro

“La playa nunca es tan erótica como cuando James Bond, escondido detrás de una palmera, ve cómo la deidad marina Honey Rider —bikini blanca y cuchillo a la cintura— brota del agua y avanza por la arena recogiéndose el pelo. Pero toda la intensidad de esa epifanía se despilfarra sin remedio unos minutos más tarde —a Bond no le gusta perder el tiempo—, cuando, después de hacer saltar por el aire uno de esos cuarteles generales del Mal por los que se babeaban los directores de arte de la época, 007 y Honey ceden al deseo y se trenzan en un modesto bote remolcado por las fuerzas del Bien. Estamos en la isla de El satánico Dr. No, uno de los Bond originales, con Sean Connery, que pude ver con mi hermano en el cine Atlantic de Villa Gesell un verano de mediados de los años 60, a pesar de que, como rezaban los afiches, la película había sido calificada como prohibida para menores de catorce años”.

Cinco

“Pero hay también otro cuerpo de playa antiguo, el cuerpo sensual, más volcado hacia el hedonismo personal que hacia el duelo, y viene de Roma, de la Roma de Justiniano, el primer emperador que reglamentó el espectáculo que dan el mar y la arena y prohibió edificar a menos de cien pies de la costa para proteger las vistas. Según el mito, el agua de entonces era fría y habría seguido siéndolo si Venus, en uno de sus arranques, no se hubiera encaprichado con ver nadar a Cupido. Dicen que de su antorcha brotó una chispa que cayó a la bahía y ardió, y que a partir de ahí quien se bañara en esas aguas se rendiría en el acto al amor. El mapa hedónico del Imperio es fiel al espíritu de la fábula. Baiae, antepasado ilustre de los clubs Med, fue durante cinco siglos el resort de playa de los romanos exquisitos, y Antium fue la Palm Beach de Calígula, Nerón y otros bon vivants bipolares de la antigüedad. Cuando pregonaban las delicias del otium cum dignitate, Séneca o Plinio el Joven ya esbozaban de algún modo la estética existencial que Foucault reivindicaría a principios de los años 80, pero sobre todo exaltaban el placer de lagartear sin apremios junto al mar, en villas, baños y termas donde el cuidado de sí era inseparable de los goces del cuerpo y la sociabilidad inteligente el complemento perfecto del hedonismo individual”.

Seis

“A fines del siglo XVIII, Diderot, parado frente a la costa holandesa, se preguntaba cómo era posible que alguien aceptara vivir a la vista de semejante masa de agua, sabiendo que en cualquier momento el mar podía salirse de cauce y abalanzarse sobre la tierra. Lo mismo me preguntaba yo de chico cuando, de vacaciones en Mar del Plata, en enero, atravesaba la rambla de Playa Grande y veía la extensión de la playa literalmente incrustada de miles y miles de pequeñas cabezas humanas, a tal punto que nadie que no hubiera estado allí en un día nublado, con la playa vacía, habría podido afirmar con algún viso de fundamento que en alguna parte había algo parecido a arena. Sólo que el temor que Diderot abrigaba en relación con el mar, la posibilidad de que liberara de golpe todas sus fuerzas reprimidas y las descargara sin piedad contra los que lo contemplaban extasiados, yo, incrédulo ante ese increíble despliegue de desnudez, lo temía de la gente. ¿Cómo era posible que ese amasijo de cuerpos apenas cubiertos, brillantes de cremas, de sudor o de agua, recalentados sin medida por el sol (hablo de la playa de los años 60, la playa despreocupada o suicida de antes del agujero de la capa de ozono) y una proximidad casi promiscua, intolerable en cualquier otro contexto, no desbarrancara fatalmente en un estallido sexual multitudinario, una orgía masiva y salvaje, una explosión de violencia letal?”.

Siete

“Como suele suceder, la prodigiosa mediogenia de la playa tiene una contrapartida desoladora: el descrédito intelectual. A diferencia de espacios más o menos mediófobos como la montaña (ligada al romanticismo), la sierra (la reflexión), el río (lo salvaje) o la nieve (la modernidad deportiva), la playa, salvo por una connotación saludable cada vez más frágil y anacrónica, tanto la jaquea la perfidia de los melanomas solares, no se asocia sino con la vulgaridad más estéril: galanes y starlets del show business, parlamentarios en chalets de ladrillo a la vista, modelos sudando en discotecas de paredes alfombradas, romances patrocinados por marcas de cerveza, deportes a vela, chismografía televisiva, cuatro x cuatro blindadas, anteojos espejados, pulseras de oro centelleando sobre pieles que ya llegaban bronceadas de la cama solar porteña, asesinatos. Wild on…, el título de un célebre programa de la señal de cable E!, resume bien la jovialidad cardiopática, a mitad de camino entre la epilepsia y el viaje de egresados, que impera como imagen de marca de toda vacación a orillas del mar, de Mar del Plata a la Riviera y de Reñaca a Ibiza. Más allá de que un buen porcentaje de los que van al mar de vacaciones debe tener colgado en alguna parte un diploma universitario con el que sigue ganándose la vida, nada más disonante, para la imaginación popular, que la idea de un intelectual en traje de baño, sentado en una silla de mimbre, con los pies hundidos en la arena, que lucha a brazo partido con los rayos del sol para poder retomar la lectura del libro que leía cuando estaba vestido y se achicharraba de calor entre las cuatro poluidas paredes de su estudio céntrico y era feliz. Imperio de lo obvio, la playa no prevé lugar alguno para operaciones sigilosas como el pensamiento, y si lo prevé es el lugar humillante del paria, el desubicado, el freak: el que, marginado de la cultura del sol por la condición reclusiva de su trabajo, se quema demasiado el primer día y se condena a ser una llaga viva llena de crema y a sobrevivir a la sombra, como un enfermo; el que, en razón de esa misma marginación, sobreactúa las precauciones y baja a la playa media hora por día, cuando el sol lleva ya horas languideciendo, vestido como para resistir a la radiación atómica....”.

Gonzalo León es escritor y periodista chileno. Entre sus novelas publicadas se cuentan Serrano (2017) y Vida y muerte del doctor Martín Gambarotta (2011). En 2019 publicó Silabario (autobiografía crítica). Vive y trabaja en Buenos Aires desde 2011.


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