Las fiebres de la memoria, comentado por Flavia Tomaello | RED/ACCIÓN

Las fiebres de la memoria, comentado por Flavia Tomaello

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Las fiebres de la memoria
Gioconda Belli
Seix Barral  

Uno (mi comentario)

El diccionario Collins y el de la Universidad de Cambridge coinciden en que el género de no ficción se ve representado por escritos que tratan sobre hechos y hechos reales, en lugar de historias que se han inventado, aunque aquello que se relate se novele. Algo así aparece tras este libro. 

A poco de obtener el premio Eñe a fines del año pasado, la nicaragüense Gioconda Belli legó esta nueva obra que se fusiona en la historia de su propia familia, donde hubo mucho que callar. Hijos que en verdad son nietos, dos abuelas compitiendo por el cargo, hermano que es padre… un intríngulis que se remonta a la época de la revolución francesa con un feminicidio que da origen a la racha de "desprolijidades" familiares.

La investigación la llevó a la Biblioteca Nacional de Francia. En el tránsito construyó memorias nuevas. El sonado caso del abuelo de la abuela de la autora la descubrió en Hollywood. "El cielo y tú" (en inglés "All This, and Heaven Too") de Warner Bros (entonces First National Pictures), le dio vida a los antespasados de Belli medio siglo antes que ella en papeles a cargo de Bette Davis y Charles Boyer, éste último representando al antepasado de la autora quien, según indican los datos de 1847, es sospechoso de la muerte
de su esposa, la Duquesa de Praslin.

En medio de los debates sobre el escribir de género, el reto de Belli se plantea en la pluma masculina. En ser ella la que deambula la historia de sus antepasados para recrear el tránsito desde la atribulada Francia en plena revolución, a la pintoresca Managua, pasando por la fiebre del oro californiana, mientras la escenografía pinta las realidades de esos tiempos.

Para la autora existe un trasfondo de resilencia. De cómo el ser humano es capaz de reinventarse y de cómo pensar esa realidad en la Nicaragua actual.

Dos (la selección)

No pude reconocer en las descripciones de Lorena o John aquel pueblucho de calles de tierra apelmazada sin empedrar. John me llevó a las márgenes del río, me hizo un recorrido que apenas si tomó tiempo. Era una villa, un villorrio diminuto de tres mil habitantes a lo sumo. Se asomaba la gente por las ventanas para ver quién pasaba. Las indígenas sostenían jarras sobre sus cabezas. Las casas blancas tenían faldones de polvo y manchas de lodo. Nos cruzamos con otros personajes a caballo, que John saludaba alzándose el sombrero. Vi una pequeña iglesia en una zona llamada Laborío y después nos enrumbamos al barrio de casas señoriales donde estaba la de mi amigo. Tenía un jardín al frente rodeado por una candela de hierro forjado. Un alto seto de hybiscus con flores rojas y naranjas guardaba la privacidad de las dueñas. Cruzamos el portal. A cada lado de la puerta principal crecía una higuera de gran tamaño. Los troncos nudosos y torcidos acusaban su madurez. El rectángulo de césped estaba rodeado de helechos y la hiedra cubría la pared derecha de la casa de dos plantas, con un balcón a todo lo largo del piso de arriba.

Tres

—Los antiguos Nicaraguas, según la leyenda —explicó Eshlakta— llegaron del imperio azteca huyendo de los tributos desmesurados que les hacían pagar. Sus sacerdotes les instruyeron que no dejaran de andar sino hasta que encontraran una isla con dos volcanes gemelos: esa misma isla que vemos. Nicaragua, de hecho, quiere decir: “Hasta aquí llegó el náhuatl”.

Cuatro

El Prometheus ancló en el puerto de La Habana para obtener provisiones y leña, pero Vanderbilt no dejó que los pasajeros descendiéramos a tierra firme. Su meta era probar que podía cruzar de un océano a otro en tiempo récord y a pesar del disgusto del pasaje, que hubiese querido desembarcar, él fue rotundo en su negativa, argumentando que tal cosa significaría un atraso sustancial. Tenía razón. Me quedé con la imagen del Castillo del Morro en La Habana, una fortaleza gris erigida por los españoles en 1589 sobre un alto promontorio. Su nombre original era Castillo de los Tres Reyes Magos del Morro. Era una edificación monumental con paredes altísimas que debían hacerlo inexpugnable. Sin embargo, según me dijo Brian Powell, el Primer Oficial de a bordo, los ingleses lo habían tomado en 1762, y sólo lo devolvieron a los españoles un año después, tras la firma de un tratado. 

Cinco

El estudio del Rey estaba iluminado con un candelabro y tres o cuatro bellas lámparas de aceite de ballena. Era un cuarto esquinero, con cuatro altas ventanas, dos miraban hacia el frente de la casa y las otras dos al oeste. Una de las paredes contenía anaqueles de madera repletos de libros provenientes de la biblioteca de su antiguo habitante, el rey Leopoldo de Bélgica. El escritorio era de origen veneciano con un dibujo circular hecho en intaglio, incrustaciones de diferentes tonos de madera. Era el mueble más grande y hermoso de la habitación. En la esquina se hallaban dos sillones para leer.

Seis

Recordé nuestra última reunión en el Palais Royal. Allí residía él temporalmente para vigilar la colocación en las paredes y salones del palacio de la valiosa pinacoteca de su familia. Su oficina era grandiosa. Las mesas italianas de madera incrustada estaban cubiertas de libros y mapas. De las ventanas se veían los jardines y las galerías que albergaban cafés, librerías y pequeños negocios, además de los teatros de la Comédie Française. Típico de los Orleans abrir los jardines y obtener rentas de alquiler de los pequeños establecimientos. Aquel espacio era sin duda el centro social de París. De hecho, Camille Desmoulins pronunció subido en la mesa de uno de aquellos cafés, la famosa arenga que desató la revuelta de 1789.   

Siete

El libro me atrapó desde la primera página pues se trataba de un volúmen atribuido al célebre antropólogo francés Paul Broca, sobre el caso de la calavera inca encontrada en la zona de Cuzco, en Perú por un personaje llamado Ephraim George Squire. Las trepanaciones eran bastante comunes en las culturas antiguas desde el neolítico. Lo que no quedaba claro era si se realizaban para tratar las convulsiones producidas por la epilepsia, las fracturas de cráneo o para “abrirle una ventana de salida a los demonios alojados en la mente del paciente”. En el caso de la calavera peruana, lo novedoso era, aparte del perfecto cuadrilátero abierto con una insólita precisión, que todo indicaba que la operación se practicó sobre un paciente vivo, que habría sobrevivido al menos una o dos semanas a juzgar por el tejido cicatrizante alrededor del orificio. El libro narraba cómo Ephraim George se presentó en la Sociedad Médica de Nueva York con aquella calavera y dejó pasmados a sus colegas. El hallazgo provenía de la casa de una rica dama de El Cuzco cuya mansión palaciega en la plaza de la ciudad estaba llena de las más curiosas y valiosas reliquias y artefactos indígenas. La Sra. Zentino, ante el interés de George por la calavera encontrada en el cementerio del valle de Yucay se la cedió para que la estudiara y la llevara a mostrar a Nueva York.                


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