Leila Guerriero: "El feminismo tiene que superar el lugar de la mujer como víctima indefensa" | RED/ACCIÓN

Leila Guerriero: “El feminismo tiene que superar el lugar de la mujer como víctima indefensa”

Es una de las narradoras más importantes de habla hispana. Alterna su oficio de cronista con una columna semanal en el diario El País, de Madrid, y la edición de sus libros. Este año presentó Opus Gelber: Retrato de un pianista, un profundo retrato de Bruno Gelber.

Foto: Alejandro Guyot

Leila Guerriero es flaca, lleva su pelo negro y rizado casi siempre suelto, y en su particular estilo conjuga un modo gentil y ameno con una potente determinación. A fuerza de trabajo y libros publicados en los últimos años se convirtió en una de las narradoras más importantes de habla hispana. Habitual invitada a las ferias de libros y festivales en Bogotá o Ciudad de México, alterna su oficio de cronista y columnista publicando perfiles o largos reportajes en diversos medios de América Latina, con una columna semanal en el diario El País, de Madrid, y la edición de sus libros. 

Este año la autora presentó Opus Gelber: Retrato de un pianista (Anagrama) en la que hace un profundo retrato de Bruno Gelber, el enorme artista argentino considerado por la crítica como uno de los 100 mejores pianistas del último siglo. Sobre el trabajo de Leila como cronista, Mario Vargas Llosa escribió: “Muestra de manera fehaciente que el periodismo puede ser también una de las bellas artes y producir obras de alta valía, sin renunciar para nada a su obligación primordial, que es informar”. 

Una tarde en su departamento de Villa Crespo, una taza de té y otra de café, son la excusa para hablar del libro, de su oficio de cronista y de cómo el movimiento feminista necesita superar el lugar de la mujer como víctima indefensa.

¿Cómo nace la idea de escribir un libro sobre Bruno Gelber? 
—Después de leer varias entrevistas suyas, me llamó mucho la atención no sólo su capacidad como artista, sino también su capacidad para expresar cómo y por qué hace lo que hace. Lo llamé para hacerle una entrevista para el diario El Mercurio, de Chile, y entonces me invitó a su casa. Queda en el barrio de Once y es absolutamente escenográfica. Pero en esa ocasión todo salió pésimo. 

¿En qué sentido? 
—No había manera de correrlo de sus lugares comunes, interesantes pero ya recorridos. Después de tres horas, al despedirme, le dije que necesitaba verlo de nuevo, que sentía que recién empezábamos. Me dijo: “Yo te llamo”, y me fui convencida de que no me iba a llamar nunca. Tres días después, me invitó a tomar la merienda un domingo en su casa. Y a partir de ahí todo empezó a fluir. 

¿En qué momento te diste cuenta de que la entrevista podía convertirse en libro? 
—Al tercer o cuarto encuentro. A partir de ahí me incorporó a su vida y pasé a ser una entrevistadora dentro de su mundo social: participaba de cenas con sus amigos e iba a comer con él a restaurantes.

Si alguien los veía interactuar, ¿hubiera dicho que ustedes eran amigos?
—No creo... porque Bruno, además, todo el tiempo me presentaba como “la periodista que está escribiendo un libro”.

¿En algún momento sentiste que esa confianza podía atentar contra tu capacidad para contar las luces y las sombras de su vida?
—No, porque creo que es un hombre muy inteligente. Es una persona de las más inteligentes que yo he conocido y siempre que yo estaba ahí era una periodista, con el grabador... Él quiso meterme en ese mundo y mostrármelo para que yo viera todo. Bruno es muy magnético, muy laberíntico e interesante. Y muy complejo. Con los afectos puede ser manipulador o caprichoso como un chico; entonces, para una periodista curiosa, es un material divino para trabajar. Y hay que decir que es una persona muy entrañable también.

¿Aprendiste algo nuevo de tu oficio de retratista? 
—No sé si aprendí, pero seguro confirmé una idea fundamental.

¿Cuál? 
—La difícil probabilidad de llegar a conocer a alguien si no estás al lado, muy cerca de esa persona. Es una dificultad muy explícita en este libro: descubrir, de verdad, quién es este hombre… Para mí fue un ejercicio de humildad: todo lo que uno puede hacer es tener la modestia de decir “bueno, creo que llegué a conocer alguito”. 

¿Sentís que lograste correr el velo?
—Sí, un poco. Salís del libro sabiendo mucho de su vida y de quién es él y de sus comportamientos, pero sigue siendo un puzzle muy inatrapable. Algo que habla muy bien de él, claro.

¿En qué sentido? 
—Estuve un año y medio mirándolo con lupa. Sólo de entrevistas con Bruno, sus amigos, su familia y los críticos tenía más de 600 páginas, sumado a muchísimo material de archivo y críticas en alemán desde 1968, cuando se convirtió en un héroe del piano.

¿Cómo se compara la producción de un libro de largo aliento con la escritura de tu columna semanal en El País?
—Al principio me daba miedo el desafío de tener que decir algo todas las semanas. Pero desde el principio tuve en claro que trabajaría sobre dos vetas: una más intimista –hablando de la existencia humana, el desamor, la desilusión o la relación con los padres– y otra más coyuntural, donde me interesa comentar cuestiones más generales.

¿Por qué no tenés redes sociales?
—Yo soy muy compulsiva: si en mi casilla de mails veo más de tres mails sin contestar, no puedo trabajar. Para trabajar necesito concentrarme, y me cuesta mucho… 

Es un acto de autopreservación… 
—Yo creo que sí. Además, no tengo tanto para decir. Si yo tuviera Facebook o Twitter o Instagram me pasaría el día pensando cosas interesantes para publicar, y estaría todo el tiempo esperando saber qué pasó con eso: si a alguien le gustó, si no le gustó, qué dicen... Ahí el ego se te dispara a la estratósfera.

Hace poco publicaste un perfil de Fito Páez. ¿También hiciste un trabajo de inmersión?
—Más de 9 horas de entrevistas con él, asistí una semana a sus ensayos, grabé entrevistas con otras 12 personas de su entorno... 

¿Y qué descubriste? 
—Que es una persona muy compleja, con una vida muy dura, llena de drama, pero que no tiene cinismo. Cuando dice que está acá para dar amor y que la familia es lo más importante, lo dice de verdad, y también es verdad que tiene otra faceta muy refractaria a la crítica. Un ego muy, muy, muy alto y una persona muy inteligente. 

¿Cómo vivís el movimiento feminista?
—Es una tracción de visibilización y concientización que no tiene vuelta atrás. Pero no soy, en absoluto, optimista: falta muchísimo. Hoy entré a la verdulería y escuché a tope una canción que decía “Dame tu cosita, dame tu cosita”. No es puritanismo, pero todavía está muy instalada la idea de los roles típicos de la mujer. La figura de la madre nutricia, la coaguladora del hogar y la que hace que las cosas funcionen… También me preocupa la imposibilidad de disidencias hacia el interior del movimiento feminista. 

¿Por ejemplo? 
—Me molesta mucho cuando pareciera que si no comulgás con todo sos el enemigo. Yo no creo que a una mujer haya que creerle solo porque es mujer. Yo reivindicaría el derecho de las mujeres a ser malas, porque no somos ángeles. Y para eso hay que superar el lugar de la mujer como víctima indefensa. Odio la palabra, pero hay que “empoderar”. La única manera es transformarnos en chicas súperpoderosas.

Esta entrevista fue publicada originalmente en mayo en Mono, la revista de RED/ACCIÓN que reciben los miembros.

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