Los libros y la calle, comentado por Miguel Russo | RED/ACCIÓN

Los libros y la calle, comentado por Miguel Russo

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Los libros y la calle
Edgardo Cozarinsky
Ampersand

Uno (mi comentario)

Escribir es leer sin interferencias. Se aprende a escribir leyendo. Y Edgardo Cozarinsky es una prueba irrefutable de eso. Lector empedernido desde siempre, recién comprendió que debía escribir (y escribir en serio) durante una internación en un hospital de París, cuando tenía 60 años: "siempre me pensé escritor, pero no me animaba a publicar o a terminar lo que empezaba". Este libro reúne toda su profusa obra lectora, desde la sexta de La Razón (“llegaba a la noche, a sus misterios y promesas, al reino de lo prohibido”) hasta su adorado Danilo Kiš (“lo vi una sola vez, en París, y la simpatía mutua surgió a partir de lecturas compartidas”), pasando por Cervantes y la lectura de Borges de Cervantes. Compendio sobre cómo se hace un escritor, los certeros pantallazos de Cozarinsky producen el milagro: al leerlos se siente la imperiosa necesidad de conseguir ya el libro del que está hablando, de encontrar esa librería que menciona, de volver a sumergirse, lisa y llanamente, en ese placer siempre repetido de la primera vez. Las dos secciones que componen el material que despliega dan título a su trabajo: “Los libros” y “La calle”. Pero las calles, las caminatas, los recovecos se meten en “Los libros” así como las palabras, las charlas con amigos escritores y la alegría de una frase perfecta se entrometen en “La calle”. Anecdotario preciso, si una pizca de soberbia, cada recuerdo (de cada libro, de cada calle, de cada autor, de cada cudad) atrapa como una sorpresa, la misma que debe haber sentido Cozarinsky en aquellos instantes, es decir al leerlos, que es decir al vivirlos. Un notable ejercicio de memoria que hace que el lector se sienta transportado a momentos que suponía olvidados pero que estaban allí, latentes, acechantes, sumergidos para siempre en ese incomparable olor de libro recién abierto. Como broche de oro, posterior a los siete fragmentos de la sección “Tatuajes” (siete citas que prefiguran setenta veces siete), Cozarinsky regala el listado de los libros que mencionó para, como decía Borges, otro de sus visitados, figurarse el paraíso bajo la especie de una biblioteca.     

Dos (la selección)

La más excéntrica de las librerías desaparecidas al extinguirse aquel Buenos Aires cosmopolita, la única de la calle Florida que frecuenté, con timidez y reverencia, fue La Boutique, en el edificio del Plaza Hotel, sobre la calle que desciende hacia San Martín, entonces Charcas, hoy Marcelo T. de Alvear.

La Boutique vendía flores y libros. No cualquier flor: solo ramos, que combinaban formas y colores con un sentido estético evidente. Los libros, poco numerosos, eran en su mayoría ingleses y franceses, de precios inaccesibles que me los hacían, más allá de lo literario, doblemente objetos de deseo. Empecé a visitar La Boutique para hojear y leer, tratando de no llamar la atención, sin demorar por delicadeza la visita, alguna página en esos idiomas con que estaba familiarizándome. En una de esas tardes, de pie con un ejemplar -lo recuerdo perfectamente- de Dentón Welch en la mano, sentí un contacto inesperado en la pantorrilla. Me habían acercado una silla y una mujer robusta, pelo entrecano pegado a las sienes, aspecto austero y sonrisa franca, me decía con entonación campechana: "Sentate, pibe, vas a leer más cómodo".

Años más tarde me enteré de que era Julia Bullrich, creadora de la Sociedad de Horticultura en los años 30, que componía los ramos que hacían insólita su librería con las flores cultivadas en su quinta. Más tarde aún, iba a cruzarme con ella en territorio muy distinto. Una tarde de los años 60 llegué a visitar a Silvina Ocampo en el momento en que Julia Bullrich se despedía. Silvina me la presentó, Julia me miró con atención y comentó: "Cómo se parece este muchacho a Johnny...".

Cuando quedamos solos, Silvina me informó que llamaban "Johnny" a Wilcock y que Julia era prima suya.

Tres

Robé muchos libros durante mis primeros tiempos en París. Eran años anteriores a la magnetización que hoy detectan las mamparas instaladas a la salida de las librerías.

No sé bien cómo explicar ese impulso que me llevó más de una vez a hacerme de algún libro que no me interesaba. La estrechez en que vivía, se me ocurre, puede haber provocado un deseo de venganza, irracional pero fuerte, contra una sociedad indiferente a mi persona, a mi trabajo.

En La Hune, prestigiosa librería hoy desterrada por la mercantilización de Saint-Germain-des-Prés, puse entre el cinturón y mi abdomen más de un volumen de Michel Leiris, colección blanca de Gallimard. Solía leer unas páginas de L'Áge d'homme para empaparme del vocabulario y la sintaxis del autor cuando tenía que redactar algo en francés. En las atareadas, distraídas Galeries Lafayette me alcé con más un volumen de la colección La Pléiade: Dostoievski, Baudelaire, Turguéniev. Partí con el libro en la mano, demasiado voluminoso como para disimularlo contra mi cuerpo, adoptando el aire más despreocupado que pude fingir.

Respeté, eso sí, esas pequeñas librerías de las que hoy quedan pocas, tal vez por cierta solidaridad aún no ideológica. Un librero de mi barrio, boulevard de Montparnasse, me confesó que los libros en saldo, expuestos en las cajas de bouquiniste de la vereda, estaban para ser robados: descartes, devoluciones fallidas. Dudé mucho en aceptar la tácita invitación, creo que me desanimó saberla fácil.

Cuatro

En 1978, en París, leí los diarios de Ernst Jünger escritos durante la ocupación alemana en Francia.

(Distinción interesante: esos diarios, que a menudo se conocen en traducción como "diarios de la ocupación", se llaman, en el original alemán, "diarios de París": Pariser Tagebücher. Los que se llaman "de ocupación" en el original, Jahre der Okkupation, son los de la posguerra, los del período de ocupación de Alemania por los vencedores de 1945).

El momento de mi lectura fue el de ese Mundial de fútbol que la Argentina del llamado Proceso de Reorganización Nacional ganó, nunca se supo del todo con qué artes, aunque la sospecha de soborno a varios jugadores del equipo peruano nunca dejó de rondar. La euforia ante el triunfo deportivo, los conocidos que pasaban por París en pleno auge de la llamada "plata dulce", los atisbos de una cartelera de espectáculos de éxito en los diarios hojeados en la oficina de Aerolíneas Argentinas (internet no había llegado aún a nuestra vida cotidiana), todo construía la imagen de una "normalidad" de la que solo estarían excluidos una minoría de "subversivos", cuyo destino por otra parte permanecía tácito. De vez en cuando, uno de aquellos turistas devotos del consumo contestaba, un poco molesto, a mi pregunta por algún amigo del que no tenía noticias con un vago “nosotros tampoco las tenemos”. Una sola vez, recuerdo, la amiga a quien le pregunté por Enrique Raab respondió, tajante, terminal: “lo desaparecieron”. La punta de un iceberg. En los diarios de Jünger percibí inmediatamente un reflejo entre el París ocupado y el Buenos Aires de la dictadura cívico-militar, una coincidencia de conductas, de atmósfera, no un reflejo anecdótico.

Cinco

"Cada individuo que muere es una biblioteca que arde". Había leído la frase muchas veces, atribuida a autores siempre distintos, cuando no anónimos, pero nunca pensé que expresaría con tanta fuerza un sentimiento personal. Sí, podía entender que con toda vida que se extingue, se pierde un acopio de experiencias intransferibles, famosas u oscuras; lo que no sospechaba es que la cita, tantas veces recordada, fuera a golpearme en medio de una biblioteca, de los libros que, lejos de quemarse, han sobrevivido a la muerte de mi mejor amigo.

Alberto Tabbia murió en 1997. Cuarenta años antes, había empezado a prestarme los libros que yo, adolescente, no podía comprar. Gracias a él leí por primera vez a Henry James, a Conrad. También me enseñó a desconfiar de todo lo que llegase avalado por rótulos y escuelas, de algún escritor que vocifera su angustia. A lo largo de los años los libros fueron el vínculo que nos unía, más fuerte que cualquier disensión o la mera distancia geográfica. Recuerdo su respuesta cuando le pregunté por qué el sur de los Estados Unidos había dado tantos excelentes, excéntricos escritores. "Porque fue derrotado", respondió lacónicamente.

Seis

A veces me asombra reconocer las formas en que subsisten y se metamorfosean las lecturas que nos marcaron, donde intuimos algo que íbamos a incorporar en formas cambiantes muchos años más tarde. Más aún me sorprende otras veces encontrarme retratado en un párrafo al que llego sin sospechar que me va a proponer, como un relámpago, un espejo de mi carácter, de mi experiencia. Lo encontré, por ejemplo, en un ensayo de V. S. Naipaul, "Conrad's Darkness", donde señala que la mayoría de los escritores de ficción se descubren a sí mismos, lo que no sabían que son realmente, y cuál es su mundo propio, solamente a través de lo que escriben. (Lo contrapone al caso excepcional de Conrad, un escritor cuyo carácter ya estaba formado cuando decidió, a los treinta y siete años de edad, ponerse a escribir). En La cripta de los capuchinos, Joseph Roth habla de mí por mí: "Yo era demasiado joven como para que mi emoción no me diera vergüenza. Ahora sé que es necesario haber alcanzado la madurez y poseer al menos una gran experiencia para mostrar sus sentimientos sin que nos retenga un falso pudor".

No sé para qué público escribe este lector. Podría decir que escribo para mis amigos, pero estos tienen gustos a menudo opuestos entre sí y a los míos. Pienso que escribo para un lector ideal en quien reconozco mis preferencias y mis enconos. Espero que no sea una sola persona. Sé que esto puede ser leído como una forma de solipsismo. Acaso debería confesar que escribo para leerme.

Siete

Episodio de mi servicio militar. Noche de guardia. El suboficial de turno me ve leyendo un volumen de la colección Austral, me lo pide, lo hojea, se detiene en una página. El libro es una antología de la poesía de Lugones y en la página que lo retiene hay versos de “Los crepúsculos del jardín”. Lee en voz alta: "A la hora en que a la tarde le aparecen ojeras". Repite el verso un par de veces y luego me mira a los ojos.

-Sabe, soldado, ahora entiendo esa letra de tango "ya da la tarde a la cancel su piel de ojeras...".

Yo no sospechaba, no podía sospechar que cuarenta años más tarde iba a saber de memoria no un poema de Lugones, sino la letra de “Afiches”, de Homero Expósito. En aquellos años, el tango era parte de un mundo que percibía como ajeno, aun hostil: pelo aplastado con Glostora, cigarrillos negros marca Imparciales, trajes cruzados de la sastrería Vega, declarados por la publicidad "bien de hombre". Y sin embargo, en el cine, no eran esos ejemplos de aplicada, sombría virilidad los que al final se quedaban con Ingrid Bergman, sino Cary Grant o Gary Cooper. A través del estudio de la literatura buscaba poner la mayor distancia posible con ese mundo, el que entonces me parecía propio del tango.


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