Los muchachos de zinc, comentado por Fernanda García Lao | RED/ACCIÓN

Los muchachos de zinc, comentado por Fernanda García Lao

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Los muchachos de zinc, comentado por Fernanda García Lao

Los muchachos de Zinc
Svetlana Alexiévich
Debate

Uno (mi comentario)

Entre 1979 y 1989 la Unión Soviética ocupó Afganistán. En la contienda participaron más de un millón de hombres y mujeres. En 1986 Svetlana Alexiévich comienza sus anotaciones sobre el conflicto. La censura del régimen vigila la información que circula, oculta el número de muertos, de heridos, las condiciones de los soldados y las víctimas afganas. Los que vuelven a casa son llevados a las escuelas para reivindicar la guerra como un acto de salvación, un acto patriótico. Pero llegan ataúdes del frente. Los Generales dan discursos, las madres lloran y los demás, guardan silencio. Alexiévich se niega a callar. En 1988, un año antes del fin de la guerra, se traslada a Kabul y toma notas. No es la primera vez que escribe sobre un conflicto armado, también ha escrito sobre la tragedia de Chernóbil. El 23 de septiembre de 1988 anota: “He subido a un helicóptero… Desde el aire he visto centenares de ataúdes de zinc, el suministro para el futuro, brillan bajo el sol, es bonito y terrorífico…Cuando te enfrentas a algo así enseguida surge un pensamiento: la literatura se ahoga dentro de sus límites...El hecho y su reproducción solo sirven para expresar lo que ven los ojos, ¿quién necesita un informe detallado? Hace falta algo diferente…Instantes estampados, extirpados de la vida”. Regresa a Bielorrusia. No va a escribir una colección de tragedias. Entrevista a madres, enfermeras, tenientes que han vuelto a casa, cirujanos. Las voces toman el relato en primera persona y construyen una pieza aterradora y poética, de denuncia y no sólo. Al leer Los muchachos de zinc somos testigos directos de la guerra, de sus contradicciones. Se produce una extraña hermandad entre los que han vivido la locura de matar o ser asesinados que traspasa la idea que tenemos de la violencia, la muerte como deber. Nadie vuelve vivo de una guerra, ni siquiera los sobrevivientes. Pero como en Vietnam, como en Malvinas, la derrota convierte a los héroes en parias. No hay lugar para los combatientes una vez terminada la guerra que se ha perdido. Los testimonios de las víctimas dan cuenta de su condición trágica en el regreso a casa. El libro concluye con el juicio al que fue sometida Alexievich, cinco años después de haber publicado Los muchachos de zinc. Dos de los que dieron testimonio no se reconocen, sienten tergiversados sus dichos y quieren ser indemnizados. Ella no se rinde: “Yo escribo, anoto la historia del momento, la historia en el trascurso del tiempo. Antes de pasar a ser historia, todavía son el dolor de alguien, el grito, el sacrificio o el crimen. ¿Cómo pasar entre el mal sin aumentarlo? Antes de comenzar cada libro me lo pregunto. Esto ya es mi carga. Y mi destino. Escribir es un destino”.

Dos (la selección)

»Mi hijo mató a un hombre con mi cuchillo de cocina… Y por la mañana lo trajo y lo volvió a guardar en el armario. Como si fuera un cuchillo o un tenedor cualquiera…

»Envidio a esa madre que tiene un hijo que volvió sin piernas… Qué importa que la odie cuando se emborracha. Que odia al mundo entero… Qué importa que arremeta contra ella como un animal. La madre le paga prostitutas para que no se vuelva loco… Una vez ella misma le hizo el amor porque su hijo pretendía lanzarse desde un décimo piso. Cualquier cosa me parece mejor… Envidio a todas las madres, incluso a las que enterraron a sus hijos. Me sentaría al lado de su tumba y estaría feliz. Le llevaría flores.

»¿Oye el ladrido de los perros? Me persiguen. Los oigo…»

Tres

Y, sin embargo… ¿qué idioma hablamos con nosotros mismos, con los demás? Por eso me gusta el lenguaje oral, no le debe nada a nadie, fluye libremente. Todo está suelto y respira a sus anchas: la sintaxis, la entonación, los matices, y así es como se reconstruye exactamente el sentimiento. Yo rastreo el sentimiento, no el suceso. Cómo se desarrollan nuestros sentimientos, no los hechos. Probablemente lo que yo estoy haciendo se parece a la labor de un historiador, soy una historiadora de lo etéreo. ¿Qué ocurre con los grandes acontecimientos? Quedan fijados en la Historia. En cambio, los pequeños, que sin embargo son importantes para el hombre pequeño, desaparecen sin dejar huella. Hoy mismo un chico -no parecía un soldado, era frágil y de aspecto enclenque- me ha contado lo extraño y a la vez apasionante que es matar todos juntos. Y lo espantoso que es fusilar.

Cuatro

«Me da miedo empezar a contarlo… Las sombras volverán y se me echarán encima… »Cada día… Allí, cada día me decía: “Qué boba soy. ¿Por qué lo hice?”. Esos pensamientos me venían sobre todo por la noche, cuando no estaba trabajando, porque de día pensaba en otras cosas: “Cómo los ayudo a todos?”. Las heridas eran horribles… Me asombraba:”¿Para qué esas balas?, ¿quién las ha inventado?”. El agujero de entrada era pequeño, pero por dentro todo (las entrañas, el hígado, el bazo), todo estaba destrozado, desgarrado. El inventor de esa cosa no tenía bastante con matar, herir; todo eso le parecía poco, lo que quería era hacer sufrir mucho. Les dolía… y ellos siempre gritaban lo mismo: “¡Mamá!”. No se oía otra palabra…

Cinco

»Envidiaba la gran experiencia de los compañeros que habían estado en Afganistán. ¿Dónde en tiempo de paz puede obtenerse tanta experiencia? Yo soy cirujano… Ya tenía a mis espaldas diez años de práctica de quirófano en el hospital municipal, pero cuando llegí el primer transporte con los heridos por poco me volví loco. Ni brazos, ni piernas… Delante de ti solo hay un muñón que respira. Es una imagen que no puede verse ni en una película sádica. Allí practiqué intervenciones que en la Unión Soviética no podría hacer ni en mis mejores sueños. Las enfermeras más jóvenes no aguantaban. Rompían a llorar, tartamudeaban o se reían a carcajadas. Había una que no paraba de sonreír. Las tenían que enviar a casa.

Seis

»Hay que partir de un hecho: somos animales y nuestra naturaleza bestial solo la cubre una finísima capa de cultura, de melindrerías ¡Oh, Rilke! ¡Oh, Pushkin! La bestia sale a la superficie en un instante… En menos de un abrir y cerrar de ojos… Solo hace falta que temas por ti mismo, por tu vida. O que te hagas con el poder. Con un poder pequeño basta. ¡Enano! La jerarquía en el ejército es: antes del juramento eres un “espìritu”; después del juramento, un “pardillo”; después de medio año, un “cucharón”; hasta cumplir los dieciocho meses, un “viejo”; a partir de dos años, “licenciado”. Al principio eres un espíritu inmaterial y tu vida es un original lleno a rebosar…

»Pero yo disparaba… Disparaba igual que los demás. Lo quieras o no, eso es lo único que importa… Pero no me interesa ahora pensar en ello. No sé pensar en ello.

Siete

La célebre escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, que en su momento nos recordó que La guerra no tiene rostro de mujer, está procesada. Es evidente que el ardor de Afganistán todavía quema los corazones de determinados lectores indignados, que no han perdonado a S. Alexiévich Los muchachos de zinc, el relato documental sobre una guerra afgana que desconocíamos. La escritora ha sido acusada de exceso de exposición y de uso intencionado de los materiales aportados por los participantes en la guerra, las viudas y las madres de los soldados caídos. En general, de difamación, de antipatriotismo y de intento de calumnia. Hoy en día todavía no se sabe si la demanda tomará curso legal o si los demandantes, una vez exigida cierta compensación moral, preferirán evitar los tribunales. Sin embargo, la señal parece evidente. Es como si ante nosotros surgiera de nuevo la sombra del mayor Chervonapissni, que durante el Congreso de los Diputados del Pueblo de la Unión Soviética le daba lecciones al académica Andréi Sájarov sobre como este tenía que evaluar la guerra afgana…

Fernanda García Lao (Mendoza 1966) fue seleccionada por la Feria Internacional de Libro de Guadalajara 2011 como uno de “los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Vivió en España desde 1976 hasta 1993. Es escritora, dramaturga y poeta. Publicó las novelas Muerta de hambre (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes), La perfecta otra cosa, La piel dura, Vagabundas, Fuera de la jaula y Nación Vacuna, así como el libro de cuentos Cómo usar un cuchillo. En coautoría con Guillermo Saccomanno, ha publicado Amor invertido y Los que vienen de la noche. Como poeta, editó Carnívora y Dolorosa. Desde 2010 coordina talleres de escritura y clínica de obra.