100 MUJERES

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María Angélica Pivas

Es la primera jueza en la Cámara del Crimen de Gualeguay. Lucha contra la trata de personas desde hace años y cumplió su sueño de que se cerraran los prostíbulos en Entre Ríos. Intervino en los casos Reggiardo, Yabrán, Soria y Gilda, entre otros.

Por Mercedes Funes

30 de abril de 2018

Casa de chicas malas. Ese eufemismo usaban los grandes para explicarle a María Angélica “Ely” Pivas qué era el prostíbulo que había en la esquina de su casa de Gualeguaychú, en Entre Ríos.

Ella veía pasar a esas mujeres por la puerta de su casa. “Iban con la cabeza gacha, como avergonzadas. Para el barrio eran ‘las putas’. Lo que yo veía eran mujeres tristes y sin nombres, a las que les habían quitado su identidad. Las llamaban por algún atributo: eran ‘la culona’, ‘la tetona’, ‘la colorada’. Ya estaban cosificadas. Sólo supe el nombre de una, Laura, porque con ella conversaba a escondidas. No eran prostitutas, eran mujeres prostituidas por un cafisho que sí tenía nombre”.

María Angélica era chica, pero estaba segura de que esas mujeres no estaban ahí porque les gustaba, como decían las comadronas del barrio. Cuando una vecina les gritó: “¿Por qué no se buscan un trabajo decente?”, ella le contestó con otra pregunta: “¿Usted se lo daría en su casa?”.

“Creo que sin saberlo ya había comenzado mi lucha”, dice quien con el tiempo se convertiría en la primera mujer en la Cámara del Crimen de Gualeguay y un emblema contra la trata de personas con fines de explotación sexual. “No podía hacer nada entonces, pero cuando fuera abogada…”.

A los nueve años decidió que sería abogada. Aunque, en realidad, lo que deseaba profundamente era dejar de ver infeliz a su familia. Por entonces, su padre, Miguel, que era mecánico, había denunciado un contrabando de repuestos y autopartes de Fray Bentos a Gualeguaychú. “No sabía que se estaba metiendo con una mafia colosal, con conexiones que le garantizaba impunidad. Todos terminamos amenazados de muerte. Yo misma encontré un papel en nuestro zaguán, una amenaza anónima que la advertía a mi madre que iba a quedar viuda y nosotros huérfanos, si mi padre ratificaba la denuncia. Primero quise romperlo, pero lo dejé donde estaba y le avisé a mi mamá. Nunca supo que yo también lo había leído”. Ya nada fue igual. Tuvo que aprender a ser fuerte.

Por esos años, en la escuela, la maestra de grado propuso una consigna: “¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?”. Y María Angélica no dudó: “Abogada”, escribió. “Para que la gente sea feliz,” remató.

Estudió derecho en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe. Y sostiene que en treinta años de carrera no recuerda haber llorado con algún caso, aunque hay historias, imágenes que no se le borrarán nunca más.

El primer caso que la marcó, por el ensañamiento con las víctimas, fue el del triple crimen de la familia Soria. También actuó en el litigio por la millonaria herencia del estanciero José Reggiardo. Y fue fiscal en la causa por la muerte de la cantante Gilda.

Con su relato sobre el caso Yabrán podría escribirse como mínimo otra nota. Por entonces, era secretaria del Juzgado de Instrucción de Gualeguaychú. “Le tomamos declaración a todos porque todo era dudas: ¿Era Yabrán? ¿Se había matado o lo habían matado? Ordené el secuestro de todas las armas, a todos les hice el derminotrotest. Un comisario se me acercó sin disimular su enojo: ‘¿Por qué hace esto?’, me dijo. ‘Simple’, respondí. ‘Porque además de verificar la identidad de este masculino tenemos que saber si se mató o lo mataron, y los que estaban en el lugar al momento de la muerte, eran ustedes.’ Le dije que después me lo iba a agradecer”.

Todos dieron negativo, también los caseros, y sí, el comisario se lo terminó agradeciendo. Esa noche, para preservar las pruebas, tuvo que frenar a la Gendarmería, a la Prefectura, y hasta a los enviados del Presidente.

Habían pasado muchos años desde que esas mujeres cabizbajas, pasando por la puerta de su casa, la movilizaran. Sin embargo, la trata todavía ni siquiera estaba tipificada en la Argentina y ella tuvo que intervenir en el caso VML. “Era una chica de 15 años que había sido captada por una familia y era explotada sexualmente. La madre la tenía encerrada en la casa y el hijo mayor la violaba, la golpeaba, la quemaba con vidrios calientes y le hacía cosas tan horribles que duele contarlas. Entendí que estaba frente a un hecho de connotaciones mayores a los delitos de competencia ordinaria conocidos”.

Por entonces, se requería de mucha valentía. Las mafias y sus complices operaban sin límites. En la Argentina, la Ley de Prevención y Sanción de la Trata de Personas se sancionó recién en 2008. Pivas reconoce que muchas, muchísimas veces, ha sido y sigue siendo discriminada en el ámbito de la Justicia. “Lo vi y viví cuando se producía una vacante de cargo, que generalmente era ocupado por hombres. La Justicia no escapa a la sociedad en la que vivimos, que es machista. Yo veo que en el Poder Judicial de Entre Ríos está cambiando, no casualmente, de la mano de mujeres”.

Por eso, en 2014 festejó cuando la provincia de Entre Ríos creó el Centro Judicial de Género.

Fue la primera mujer en la Cámara del Crimen de Gualeguay. “Alguien me dijo una vez que a mí no me ofrecían un cargo porque ‘molestaba a los muchachos’. Molestaba porque quería cerrar los prostíbulos de la provincia”.

Más allá de esos dichos, sumando el coraje de muchos que se arriesgaron como Pivas, hoy en Entre Ríos ya no existen prostíbulos habilitados por el Estado. “Creo que ese funcionario puso en palabras una realidad: mi lucha jugaba en contra de mi carrera judicial, ¡pero pucha que valió la pena!”.

pivas

Nombre: María Angélica Ely Pivas
Edad: 57 años
Profesión: Jueza
Sector en el que trabaja: Justicia
Lugar de Nacimiento: Entre Ríos
Lugar en el que desarrolla su actividad: Entre Ríos

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Lo que a mí me inspira es la justicia y la intolerancia a la injusticia. Los vulnerables, las personas en situación de vulnerabilidad. La indiferencia de los que tienen poder y podrían operar un cambio.

2. ¿Qué te hace feliz?
El recuerdo más feliz que tengo es el nacimiento de mi hija. Soy demasiado casera: mi esposo, que es mi compañero de ruta, también me hace feliz. En mi vida, el mejor refugio es mi familia.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Normalmente no tengo problemas para dormir. Cuando no puedo dormir, casi seguro tiene que ver con que tengo alguna cosa pendiente en el trabajo. Entonces, lo que hago es prevenir y me pongo a trabajar toda la noche.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Se me ocurren varias situaciones, y todas son disímiles. Me gustaría que no hubiera pobreza y todas las consecuencias que conlleva; que se terminaran las guerras; que se cuidara el medio ambiente; que hubiera equidad de género. También creo que si nosotros creamos estas situaciones, de nosotros debe partir la solución, haciéndonos cargo de todo el mal que hacemos. El diálogo es fundamental, acompañado de educación. Comenzando por casa, la ciudad donde vivimos, la provincia, el país y luego un gran diálogo internacional.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Yo cuando era chica ya quería ser abogada. La injusticia que vivió mi padre motorizó mi vocación. En mi familia la pasamos mal, muy mal. Yo sentía que en ese momento no podía hacer nada más que cuidar a mi hermanito que era muy chico, pero cuando fuera grande iba a ser abogada, para que la gente no pasara por esas tristezas y fuera feliz. Indudablemente asociaba la Justicia con la felicidad, con la alegría, el bienestar de vivir en paz, en familia.

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