100 Mujeres | RED/ACCIÓN
100 Mujeres | 25 de abril de 2018

Ilustración: Mana Le Calvet

Soledad Deza: “Las mujeres vivimos cadenas de injusticias en todos los ámbitos”

Es abogada y tucumana. Lucha por la legalización del aborto y contra las prácticas patriarcales. También carga sus contradicciones internas: tiene una posición económica acomodada y recibió una formación religiosa.

Cuando se enteró del caso, Soledad Deza, abogada tucumana especializada en temas de género, fue corriendo al penal. Como no la recibieron dejó una tarjetita con sus datos. “Te quiero ayudar”, escribió al dorso. Era el 13 de abril de 2016. Más temprano ese día una psicóloga había ido a su casa porque necesitaba que la asesore para declarar en un tribunal. El juicio empezaba al día siguiente y la acusada era una joven de 26 años que había llegado a la guardia de un hospital con un dolor abdominal, había sufrido un aborto espontáneo de un embarazo de pocas semanas y cuando recuperó la conciencia la policía la acusaba del asesinato de un feto de ocho meses que había aparecido en el baño del hospital.

Belén estaba presa hacía dos años por ese aborto y sus abogados no apelaban a la excarcelación. Incluso le dijeron que podría recibir cadena perpetua. Finalmente le cayó una condena por ocho años por “homicidio agravado por el vínculo”. En una sociedad en donde se entremezclan la religión con el Estado, no tenía a quien rezarle. Quien la sacó de la cárcel y logró su absolución fue Deza. Para Belén, el momento más oscuro de su vida se partió así: AS y DS. Antes y después de Soledad.

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Deza tiene hoy 46 años y es férrea militante de los derechos de la mujer. Actualmente lucha por la legalización del aborto y contra las prácticas patriarcales pero también carga con sus contradicciones internas: de una posición económica acomodada, toda su juventud recibió una formación religiosa. Al momento de terminar el secundario no pensaba en el aborto e incluso su familia le había inculcado que para poder tener sexo debía estar casada. Cuando se anotó en la Universidad Nacional de Tucumán pudo romper, en parte, con esos condicionamientos. Estudió derecho, dejó atrás el dogma religioso e incluso se fue a vivir con su novio de ese momento.

Durante muchos años ejerció la abogacía en estudios que asesoraban a bancos y a privados que pudieran pagar sus honorarios. Se divorció cuando sus hijos eran chicos y no veía forma de poder mantenerlos si no era con ese tipo de trabajo. En 2009 finalmente, cuando su situación se acomodó realizó una maestría de género en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y conoció a referentes del feminismo. Empezó a hablar de aborto y se capacitó. En 2012 se unió a la agrupación Católicas por el Derecho a Decidir, una organización que respalda los derechos de la mujer y particularmente los asociados a la sexualidad y la reproducción. Desde entonces se aboca a asesorar y defender mujeres criminalizadas por abortar y mantiene su religión como algo personal. “Vivo de forma libre mi fe, creo que la espiritualidad es algo propio”.

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La mamá de Belén la contactó unos días después de encontrar su tarjetita. Luego de charlar durante tres horas con la joven, Deza se puso en campaña para organizar su defensa desde lo legal pero también mediáticamente: pactó la difusión del caso con la prensa independiente de Tucumán e instaló un estado de movilización en la calle. El caso recorrió con indignación el país, aunque le valió, en el proceso, varios insultos. “Me escribían personas de mi pasado por Facebook para decirme que no podían creer lo que estaba haciendo. En la facultad y en el colegio, a mis hijos los miraban mal. Copté muchas sobremesas con este tema. Fue un alivio cuando se revirtió la condena”, dice y un poco se ríe.

“Lo de Belén me marcó y me interpeló desde mi lugar de privilegio. No tenía dudas de que estaba injustamente presa pero sabía que iba a tener que remontar todo el peso del poder policial. Tuve miedo de no lograrlo. Sentía mucha angustia por la situación, cada vez que iba a la cárcel a explicarle que no habíamos avanzado, que todavía faltaba, sentía el encierro en carne propia”, cuenta.

Después de cuatro meses en el caso, Deza logró la excarcelación de Belén. En el proceso demostró que se había violado el secreto profesional, que la joven había sido encarcelada sin probar su vínculo con ese feto de ocho meses -que desapareció antes de poder practicarle una autopsia- y que no le correspondía estar presa por un proceso del cual no había sido responsable. El año pasado, Belén fue absuelta por la Corte de Tucumán y ahora vive en Buenos Aires, tratando de rehacer su vida. Le pidió al Estado un trabajo y una casa como compensación pero nunca se la dieron. 800 días estuvo en el penal.

Deza escribió luego un libro: “Libertad para Belén. Grito nacional” en donde cuenta todas las particularidades del caso. Hoy sigue trabajando en Católicas por el Derecho a Decidir y milita intensamente por la despenalización del aborto. Cree que la victoria del movimiento feminista está en que sea más pragmático y político. Que no caiga en los dogmas que ella siempre quiso dejar atrás.

SoledadDeza

Nombre: Soledad Deza
Edad: 46 años
Profesión: Abogada
Sector en el que trabaja: Justicia
Lugar de Nacimiento: Tucumán
Lugar en el que desarrolla su actividad: Tucumán

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
La injusticia y la desigualdad que vivimos las mujeres en esta sociedad. Tengo una hija de 18 años a quien quisiera legarle una vida más justa. En todos los ámbitos vivimos cadenas de injusticias: en lo laboral, en la salud, en la educación y en nuestra propia autonomía. Esa sensación de que todo nos cuesta el doble, que tenemos que demostrar el doble, posicionarnos más fuerte. Eso me parece injusto.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mis hijos, mi familia. La lucha feminista me hace muy feliz, me realiza plenamente y no quiero que pierda fuerza. A veces creo que nos radicalizamos un poco y que queremos ganar batallas exclusivamente en nuestros términos, tenemos que volvernos más pragmáticas. El feminismo es un movimiento político y como tal tiene sus reglas y las tenemos que saber manejar. El feminismo no puede ser un dogma, tiene que ser flexible para que seamos cada vez más. También me realiza la docencia. Siento que es un espacio para incidir a futuro. Para meter cuestiones de género en la facultad, enseño gratis. Me gustaría que mi facultad fuera un poco menos dogmática la verdad.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Cuando tengo casos en donde se que las mujeres están en peligro. Duermo muy poco la verdad.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Los estereotipos en los que nos han encasillado a las mujeres. El mundo tiene que deponer a esa mujer monolítica al servicio exclusivo de la reproducción social. Esa es una mujer sometida. Aprendí mucho del movimiento feminista, de otras compañeras, de gente sobre la que leí y que pude conocer. El feminismo es muy horizontal y creo que hoy es un valor reconocerse así, cuando hasta hace poco no lo era. Todavía estoy aprendiendo y me reconozco en algunas prácticas patriarcales como decirle a mi hija “no podés vovler sola, yo te voy a buscar”, cosa que no hago con mi hijo varón. Quiero legarle a mis hijos que que luchen, que tengan una mirada crítica de las cosas, que no se conformen y que le devuelvan al mundo lo que a ellos no les costó.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Quise ser médica, luego psicóloga. Cuando terminé el colegio me quise inscribir en esa carrera pero se me venció el plazo y entonces decidí ser abogada. Igual algo de mandato hay: mi mamá es abogada y mi abuelo era abogado. Mi ex marido también. Mi padre es médico. Con lo que estoy haciendo ahora logré juntar un poco las dos cosas.

100 Mujeres | 17 de abril de 2018

Ilustración: Mana Le Calvet

Carla Vidiri: “Debajo de la ciudad hay otra ciudad que muy pocos conocemos”

Esta nota es parte de 100 Mujeres, una serie de RED/ACCIÓN que busca contar las historias de mujeres desconocidas para la mayoría de la sociedad, para visibilizarlas y que sus historias puedan inspirar a otros.

Todas las semanas, Carla Vidiri se pone un mameluco blanco –como el que usan los forenses en la escena del crimen–, un arnés, un par de botas con puntera de acero y un casco. Se cubre los ojos color miel con lentes de seguridad. Y baja a lo que todo el mundo conoce como alcantarillas, pero que ella prefiere llamar por su nombre técnico: “conductos” y “sumideros”.

Ahí abajo, mientras recorre túneles laberínticos en los que hay poco aire y poco ruido, examina los desagües y las corrientes: en la ciudad de Buenos Aires hay mil kilómetros de alcantarillas y once arroyos subterráneos, y muchas veces la realidad no se corresponde con los planos. Para Vidiri, que trabaja en la Dirección General de Sistema Pluvial del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, lo peor que puede pasar es que esos tubos se tapen y la ciudad se inunde. “Es un trabajo fascinante”, dice. “Debajo de la ciudad hay otra ciudad y muy pocos tenemos la suerte de conocerla”.

Todo esto empezó para ella en 2013. Un amigo le dijo que estaban buscando gente en el área y ella presentó su currículum. Nunca antes había estado en una alcantarilla, pero en un par de años llegó a ocupar la gerencia operativa de mantenimiento; en otras palabras, Vidiri ahora es como una mariscal de campo. “Y es una de las mejores del equipo”, dice el director del área, Lucas Llauradó. “Se mete en cualquier lado y a cualquier hora”.

Su plus es la condición de buzo profesional, de mujer aventurera y temeraria. La primera vez que buceó, cuando tenía 17 años y estaba de vacaciones en Punta das Canas –cerca de Florianópolis–, no podía imaginar qué tan profundo llegaría. “Ahora el buceo me sirve para tener el temple para meterme en un conducto cerrado, oscuro y húmedo”, dice. “Y para seguir una lógica de seguridad en el ingreso y en el egreso”.

En Punta das Canas vio colores, peces y corales. Cuando volvió a Buenos Aires, se anotó en una escuela de buceo y ahí conoció a un buzo que luego sería el padre de su hijo. Con los años, exploró los mares de las distintas latitudes, aprendió a hacer soldaduras subacuáticas y llegó a abrir su propia escuela de buceo: Oki Pi Oki.

Ahora las aguas turbias de las alcantarillas le fascinan tanto como las de los atolones. “Bajar a los conductos le gana diez a uno a quedarse en la oficina: me hace sentir productiva y operativa”, dice. “Cuando bajás, vas con una linterna y la vista tarda en adaptarse. Es como el buceo nocturno. Todos tienen que decidir cómo se van a mover y coincidir en la iluminación con las linternas. Eso implica un cambio en tu cabeza. Los sonidos también son distintos: la voz rebota y hay eco. No se escucha nada de arriba. Es otro mundo”.

En la Navidad del año pasado, que fue un día lluvioso, Vidiri estuvo en alerta roja y sin brindar, lo mismo que en su último cumpleaños. Si algún conducto se tapaba, ella estaba lista para actuar. No se arrepintió: “Necesito saber que el agua está ahí”, dice. “Sea el agua de Hawaii o la de un conducto”.

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Nombre: Carla Vidiri
Edad: 43 años
Profesión: Buzo
Sector en el que trabaja: Dirección General de Sistema Pluvial del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
Lugar de Nacimiento: Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué cosas te sacan energía?
Divertirme. Si no me divierto, no puedo salir de la cama. Siempre quiero estar haciendo algo nuevo y disruptivo. La mala energía de la gente me saca energía; la gente sin humor, envidia, los celos me tiran para atrás.

2. ¿Qué te hace feliz? ¿Cuál es el recuerdo más feliz que te viene a la memoria?
Mi hijo, João. Mi parámetro de felicidad pasa por él. Tiene 14 años. Recuerdo bucear con él en Cuba, el año pasado. A él le fascina y lo hace muy bien. Parece un lobito de mar.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir y qué hacés cuando te pasa eso?
Las injusticias me molestan mucho, en lo laboral, personal, económico. Prefiero no acordarme de cuándo fue la última vez que me pasó.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo? ¿Qué haría falta para que eso ocurriese?
Los buzos decimos que si todos pudieran meter la cabeza bajo el agua al menos una vez, cuidarían lo que tenemos de una manera increíble. Porque es tan lindo lo que tenemos… Le daría a la gente el don del no egoísmo y me gustaría que no hubiera hambre ni mezquindad.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande? ¿Quién te inspiraba?
Primero quise ser abogada, porque mi papá es abogado. Después quise ser médica porque me gusta arreglar las cosas. Por eso terminé trabajando como informática.

100 Mujeres | 13 de abril de 2018

Ilustración: Mariana Le Calvet

Ana Lía Otaño: “Estudié medicina para cambiar el mundo”

Pediatra y militante social, fue clave en la lucha de los vecinos de un pueblo del Chaco contra las fumigaciones con agrotóxicos. Hoy jubilada, sigue colaborando en la red de salud que fundó junto a otros colegas hace más de treinta años. Cree que el éxito se consigue sólo si se trabaja en equipo. “Es tan grave lo que pasa con el hambre, que a veces la patología es el último problema”, dice.

Tenía nueve años cuando decidió que iba a cambiar el mundo. Su abuelo Abel era el médico de La Vicuña y ella lo acompañaba en la recorrida “casita por casita” después de uno de los tornados que asolaban al pueblo, al sur del Chaco. No entendía por qué había otros chicos de su edad descalzos y con hambre. “Quería hacer algo y mi abuelo me decía que había que saber dar una mano. Mientras atendía a los heridos, preguntaba qué faltaba: ‘Cuatro chapas, dos tirantes… ¿De qué vale que yo los atienda del tobillo que se torcieron, si mañana llueve y se enferman de neumonía?’ Así aprendí la medicina social”, dice por teléfono desde Resistencia la doctora Ana Lía Otaño.

Pienso de antemano en la Doctora Otaño como en una Erin Brockovich chaqueña, por el freno histórico que logró su lucha contra las fumigaciones en La Leonesa, un caso en el que la Justicia provincial falló en dos instancias a favor de la demanda colectiva de los vecinos que denunciaron el aumento de casos de cáncer, malformaciones y leucemia en los chicos y vecinos expuestos a los agrotóxicos. Me dirá que las luchas nunca son individuales; es casi lo primero que aclara al atender: “Mirá que esto no lo hice sola. Las cosas se hacen siempre en conjunto, es el grupo lo que lleva a que tengas éxito. Y yo jugué en equipo desde chica”.

La infancia de Otaño transcurrió entre el monte chaqueño y Resistencia hasta que se mudó con su familia a Rosario. En la secundaria hizo sus primeras armas en la acción colectiva; ella dice que fue ahí también donde aprendió de verdad la solidaridad: “En plena dictadura no había centro de estudiantes, pero con el Club Colegial me empecé a movilizar a los trece años en defensa de la escuela libre y laica. Todos los cursos nos unimos para hacer actividades sociales y ayudar en un hogar de huérfanos. En esa época ya me di cuenta de que a veces en conjunto se pueden mover montañas”.

La medicina fue un paso natural, la militancia también. “Mi abuelo fue intendente, él me inculcó la militancia social. Era discípulo de Yrigoyen y en mi familia eran bastante gorilones. Pero a mí me marcó ver que en las casitas más humildes había siempre un altarcito con la Virgen y la foto de Perón y Evita. Pensé que si estudiaba medicina podía llegar a algún cargo que me permitiera modificar algo de esa desigualdad. Yo le decía a mi abuelo que quería cambiar el mundo, no estudié medicina por él: estudié medicina para cambiar el mundo”. Al comenzar la carrera, en Rosario, también empezó a colaborar en el salón comunitario del sacerdote tercermundista Santiago MacGuire en el barrio de emergencia del Bajo Saladillo, donde vivían los empleados del frigorífico Swift, porqué ahí vivían muchos chaqueños. “Era gente que vivía en cuevitas, arrasada por las inundaciones. El padre Santiago les enseñaba cómo reclamar por sus derechos, cómo hacer sus casas de material. Yo daba actividades prácticas, bordado… Mi novio, que ya era practicante, empezó a atender pacientes con lo mínimo”. Se casaron en la villa, pero no en la Iglesia, porque ese día llovió a cántaros. Fue el último casamiento que ofició MacGuire (que después sería secuestrado por la dictadura) antes de dejar los hábitos para casarse: Ana Lía y Santiago Montalvo están casados hace cincuenta años y tienen cinco hijos y nueve nietos.

Volvió al Chaco recién recibida de pediatra, con su marido, sus hijas mayores, y una idea muy clara, no tan diferente de la que había aprendido de su abuelo Abel: “La medicina no es la atención de una patología, es la atención de todo lo que rodea a una persona. Es tan grave lo que pasa con el hambre, con la miseria, que la patología a veces es el último problema”. Así formaron la Red de Salud Popular Dr. Ramón Carrillo, la misma con la que años más tarde llevaron adelante las investigaciones por la contaminación de los fumigadores. “Nos agrupamos con esa visión de medicina social antes de los 80, en plena dictadura. Por entonces yo trabajaba en el Hospital de Pediatría, y empezamos a hacer consultorios en barrios humildes.” Bajo su dirección se crearon centros de salud comunitarios con una escuela deportiva “porque los chicos venían a jugar al fútbol pero también tenían las vacunas al día, estaban desparasitados, sin piojos; encontraban una contención, ¡son tantas las cosas que los afectan que no son la fiebre alta! Las mamás planteaban lo que necesitaban, armábamos talleres, campamentos, se hacían cumpleaños de quince y fiestas de egresados en los consultorios”.

Otaño fue delegada sanitaria federal y participó de las juntas médicas para ex detenidos de la dictadura y ex combatientes de Malvinas. “Conocí mucho esa guerra –dice sobre Malvinas–. Vi a esos muchachos destrozados, a sus familias. Todos con problemas psiquiátricos. Cuando les preguntabas por el problema ya sabías que se desencadenaba una crisis: era la impotencia de ver vidas destruidas”.

Nada –y sin embargo todo, desde la infancia en el monte chaqueño– la preparó para esa otra impotencia, la de ver morir chiquitos con cáncer o con malformaciones terribles. Pero entonces transformó la impotencia en lucha y aquello de “cambiar el mundo” cobró más sentido que nunca.

–¿Cuándo empezaste a ver los efectos de los agroquímicos en los chicos?

–En el 2000 ya empezaron los casos de cáncer, otro chiquito sin manitos, después sin pies, sin brazos, con hidrocefalia, muy malformados… Había un grupo de cirujanos de Buenos Aires que viajaba cada vez más seguido a hacer cirugías programadas por malformaciones. Y nosotros también fuimos abriendo los ojos. Los chicos eran de las mismas zonas del desmonte, de Las Palmas y La Leonesa, lo que había sido la primavera del Chaco. Ahí se fumigó con agrotóxicos tan tremendos que los mismos banderilleros venían con intoxicaciones agudas. Las embarazadas recibían esos químicos encima. Fuimos estudiando, fundamentando. Con Horacio Lucero, del Instituto de Medicina Biomolecular y Andrés Carrasco, de la Universidad del Nordeste: ellos llevaron adelante una investigación de décadas. Denunciábamos y nos tapaban, porque el poder económico es enorme.

A fines de 2008, un grupo de madres de Ituzaingó, en la periferia de Córdoba, denunció los efectos de la contaminación sojera. En 5000 habitantes, había 500 casos de leucemia linfática aguda. “Hicieron un estudio del dosaje de sangre y vieron que los niveles de glifosato eran altísimos. Se procesó al dueño del campo, al dueño del avión y al piloto. El día que leímos eso en el diario, para nosotros fue una alegría: enseguida formamos un grupo acá”, dice Otaño. Laura Mazzitelli, la mamá de un chiquito de dos años con leucemia a la que le confirmaron en el Garrahan que había sido por glifosato, “vio que había otro caso a media cuadra, y otro a media cuadra… adultos con enfermedades bronquiales, en la piel. Empezamos a reunirnos todos. Ya estábamos pidiendo autorización para investigar. No nos hacían caso, pero con eso nos tuvieron que escuchar. Le pedimos al gobernador que hiciera una comisión como la que había en Nación a raíz del caso de Córdoba. En el medio, vino la ministra de Salud y le contamos el caso a ella: en menos de una semana se creó la primera Comisión de Investigación”.

Se había fumigado sobre el pueblo, sobre las escuelas, en una secundaria agrícola donde vivían alumnos, sobre ríos y lagunas. “Recorrimos todo: todo estaba fuera de la ley. No había arboledas para detener el viento que llevaba los productos. Los aviones pasaban bajísimo. El agua estaba contaminada. Documentamos todo y todo salió a la luz. Y así y todo seguimos peleándola, porque así son las luchas”.

La comisión investigadora conformada en el Ministerio de Salud del Chaco que integró la Dra. Otaño determinó que entre 1991 y 2007 se duplicaron los casos de cáncer infantil, que treparon de ocho cada 100 mil a 15,7 cada cien mil. Esa cifra no incluye los casos que se atendieron en Buenos Aires y escaparon a la estadística provincial, el 25% del total. En La Leonesa, donde “no sólo se fumigaba, sino que se desagotaban desechos en la laguna de la que se toma el agua”, se triplicaba la media de casos de cáncer infantil. Las malformaciones congénitas pasaron de 19,1 por 10 mil en 1991, a 85 por 10 mil en 2008. En seis localidades del Chaco, el 85% de las muertes infantiles se relacionaban con malformaciones.

Hoy se respeta la ley y ya no se fumiga sobre La Leonesa ni sobre Las Palmas. Pero las malformaciones aún se repiten, y los estudios dicen que la contaminación del agua tardará años en revertirse. “Sin embargo, hay historias que a mí me emocionan –dice la doctora Otaño–. El nene de Laura terminó el secundario. Nos mandó el video de cuando se recibió. Dice cómo todos estamos presentes en su vida.”

Ana Lía está jubilada hace cinco años y tuvo dos operaciones de columna por las que tiene que usar un bastón canadiense que no le impide seguir su trabajo en la Red de Salud Popular Ramón Carrillo. Es la madrugada y seguimos hablando. Antes de cortar, me dice que hay una canción de Blas de Otero que para ella es casi un lema: “Si me muero, que sepan que he vivido/ luchando por la vida y por la paz.[…] Si me muero, será porque he nacido/ para pasar el tiempo a los de detrás.[…] Un niño, acaso un niño, está mirándome/ el pecho de cristal”.

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué te inspira a hacer lo que hacés? ¿Qué cosas te sacan energía?

–Lo que me inspiró siempre fue la desigualdad, ver tanta desigualdad. No puedo ver chicos con hambre, criaturas descalzas. Mi lucha es por la igualdad de oportunidades: hay genios entre los chicos más humildes. Es muy frustrante la falta de respuestas, cuando uno cree que van a resolver algo y no lo resuelven, sentir el freno de la corrupción y los intereses económicos que hay detrás, cuando no interesa la salud, ni la vida. Pero a mí encontrarme con esa gente que está en lugares importantes y no da respuestas me da fuerzas para seguir luchando. Yo veo ejemplos de chicos de barrios muy humildes que han logrado mejorar su situación, cuando la señora de la familia más humilde se sienta en el consultorio al lado de la de la de la familia más rica, eso para mí es igualdad de derechos y oportunidades.

2. ¿Qué te hace feliz? ¿Podrías contarme cuál es el recuerdo más feliz que primero te viene a la memoria?

–Tantas cosas… Soy un poco egoísta con esto, pero pienso en el nacimiento de mis hijos. Y en las dos adopciones. La última fue un feriado largo: “Está esa beba, tengalá usted que es feriado largo, me dijo el juez” (Se le entrecorta la voz por única vez en toda la conversación). Entonces la trajimos a casa, y quedó el moisés al lado de mi cama. Y cuando pasó el fin de semana, todos mis hijos se me plantaron al lado del moisés pidiéndome que no la llevara. Yo fui al juzgado con un nudo en la garganta porque esas cosas son difíciles, hay mucha gente que espera chiquitos. Terminamos pudiendo adoptarla. Mis nenas le eligieron el nombre: María de los Milagros se llama. Es bailarina, ama la vida. Tuve muchos momentos felices en mi carrera también. Cuando los pacientes y las madres (son siempre las madres y las mujeres las que llevan el timón) me esperaron con un camión en la puerta del Centro Pediátrico que dirigía porque querían que me quedara… a veces pienso que me tendría que haber guardado los recortes, pero en mi mente están todos.

3. ¿Qué no te deja dormir? ¿Cuándo fue la última vez que no dormiste o te costó hacerlo? ¿Qué hacés cuando te pasa eso?

–Generalmente, apoyo la cabeza en la almohada y me duermo. Las épocas terribles fueron las de la dictadura. Nosotros estamos vivos de casualidad. Mi marido y yo nunca estuvimos en un grupo armado, peleábamos con los compañeros porque decíamos que nuestro pueblo no estaba preparado para eso, pero luchábamos por la igualdad. Fueron épocas de mucha angustia. Estaba en Rosario en la casa de una amiga y allanaron mi casa y dejé a mi nena de dos años y salí corriendo: estaban para llevarnos y desaparecernos. Tenía terror de que se llevaran a la chica que me ayudaba. Me avisaron justo, agarré a mi hija y a volar. En ese momento uno pensaba en ayudar a los otros, había mucha solidaridad en el terror. Pasamos momentos muy feos. Lo enfrentamos, sacamos fuerzas no sé de dónde, y no no nos quedó resentimiento. Ahora porque me haces acordar, pero cuánta lucha hay. Tengo la fuerza de mi bastón para decir Nunca más y para seguir luchando contra las injusticias y por los Derechos Humanos, que es lo que corresponde.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo? ¿Qué haría falta para que eso ocurriese? ¿A quién le pedirías ayuda?

–¡Que haya mayor igualdad social! Que no haya criaturas y ancianos pasándola mal. En la Cuba que yo viví, donde estuve en una casa de familia, todos tenían salud, educación, casa… El muchacho que nos llevó, me dice: “Yo no tengo documento, tengo libreta de trabajo, si no tengo voy preso, y no puedo viajar como ustedes”. Y yo le dije: “En mi país, algunos viajan y algunos comen. Acá todos comen y todos tienen salud y educación. No hay chicos pidiendo, solo una birome o un chicle”. Ojo, yo no quiero Cuba, no digas que yo quiero Cuba. Pero quiero salud e igualdad social. Eso me gustaría cambiar del mundo, me gustaría que se ampliara la clase media. Quiero que tomemos conciencia de eso cuando votamos para que nuestros representantes sean lo más sanos posibles, entonces le pediría ayuda a la sociedad. Podría decir a Dios. Pero el milagro lo hacemos nosotros. Les digo siempre eso a mis pacientes, que Dios los va ayudar si ellos hacen su parte. Tenemos que liberarnos nosotros. Y en equipo, en conjunto. Yo no hice nada sola. Lo hice con las enfermeras, con los compañeros. Eso es lo que da poder y fortaleza para concretar.

5. ¿Cuándo eras chica, qué querías ser de grande? ¿Quién te inspiraba? ¿Quién sentís que marcó tu carácter entonces?

–Me marcó mucho ver a otros nenitos como yo con hambre. Quería darles algo, no podía entender por qué no tenían lo mismo que yo. Me rebelaba eso. Después, la persona que inspiró fue mi abuelo: por lo que fue, lo que era humanamente, por su lucha. Desde su lugar como médico, como director del hospital, por cómo usaba su oficio y después su cargo de intendente para cambiar las cosas. Tuve ese ejemplo y desde chica quise eso: ser médica para cambiar las cosas. Mi abuelo me llevaba con él a todos lados y yo también hice lo mismo con mis hijos. Me decían: “Doctora, ¿no tiene miedo de ir a la villa de noche?” No, porque la gente es noble. Y mis hijos mamaron eso. Todos en su vida hacen algo relacionado con lo social.