100 Mujeres | RED/ACCIÓN
100 Mujeres | 21 de marzo de 2019

La diseñadora de moda que crea sus colecciones con descartes de medias de nylon

Alejandra Gougy se especializa en aprovechar desechos y objetos en desuso para confeccionar sweaters, sacos, tapados, chalecos, bufandas, pantalones y vestidos. Es una referente de la “ecomoda” y logró reunir a 30 diseñadores de todo el país en la Asociación de Moda Sostenible Argentina que ella misma fundó.

Entre los orígenes del vocablo esgrimir está el verbo germánico skermjan, que significa “reparar”o “proteger”. De ahí también deriva la palabra esgrima, el arte de la espada. No en vano, Alejandra Gougy, diseñadora sostenible, practicó ese deporte entre los 11 y los 24 años. Empezó en su pueblo bonaerense, 9 de Julio, siguió en el porteño Club Francés y más tarde en Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires.

“Me gustó el desafío de hacer las cosas como las hacían los hombres”, dice. Por eso se entrenó de la misma manera que ellos, tanto física como técnicamente. Llegó a ser campeona en las categorías de menores de 15 y 20 años y estuvo sexta en el ranking de mayores hasta que dejó de competir después de la trágica muerte de su hermana Mabel en un accidente automovilístico.

En medio del duelo, intentó continuar, pero al quedar injustamente eliminada en un encuentro en Rosario juró que nunca más volvería a participar de un torneo. No solo cumplió con su promesa, sino que además cambió su camino. Retomó su otra pasión: crear. Comenzó a hacer los moldes de su propia ropa con lo que aprendía en la escuela de corte y confección que estaba cerca de su casa.

“La historia de hoy es la consecuencia, la cosecha, el homenaje, la reivindicación de mucho laburo y de gente que siempre se jugó por lo que quería, por sus valores”, sostiene e inevitablemente alude sus ancestros.

Su abuelo paterno y su padre fueron pioneros en el cultivo de algodón. Ella pasaba sus vacaciones, junto con sus cinco hermanos, en el campo, siendo testigo del recorrido de la producción y de la entrega de toda su familia. “Mi abuelo consideraba que el trabajo era la base de todo. Me crié con ese concepto de vida”, explica. Sebastiana, su abuela materna, siciliana, también fue clave en su crianza: además de transmitirle el amor por lo artesanal, le enseñó a tejer y fue a ella a quien vio reciclar.

Hacienda fue su primera marca. La tuvo con una amiga y después se quedó trabajando sola. Hacía prendas en muselina, de línea retro y romántica a la vez. La segunda firma que tuvo se llamó Herencia, la montó cuando el papá de Clara, su única hija, se quedó sin trabajo. Ante la necesidad, se rearmó y gestó ese nuevo emprendimiento de indumentaria corporativa con el que llegó a confeccionar 70 mil uniformes para empresas. Esa marca se terminó después de que la estafaran.

Con el tiempo se topó con el descarte de medias de nylon y así gestó Cosecha Vintage; la marca que tiene desde el 2007 y que hoy comanda junto a su hija. Es pionera en la práctica del upcycling, generar prendas nuevas a partir de otras ya existentes, y en darle una nueva vida a materiales que si no fuera por esa búsqueda quedarían en desuso.

Con esta firma, participó en la Semana de la Moda de Buenos Aires; llevó adelante la campaña “De los pies al corazón” junto con la actriz Elena Roger; realizó un libro; y se transformó en una referente ineludible de la sostenibilidad local.

Hace dos años, Alejandra se enteró de que padecía una enfermedad de la que hoy ya está recuperada. Una aparente neumonía que había provocado su internación resultó ser cáncer de colon. Mientras esperó la biopsia, durante cuarenta días, se entregó a la voluntad de la Virgen de la Guadalupe, de la que es devota. La tuvieron que operar para extirparle el tumor.

Al terminar la intervención el cirujano le dijo que lo de ella había sido providencial y que la vida le estaba dando una segunda oportunidad: “Entendí que si no tenés salud no tenés nada. Me replanteé disfrutar de otras cosas y darle más importancia a lo que siento”. Por eso se volcó a lo artístico y empezó a hacer instalaciones.

Desde el 2015, desarrolla trabajos para Casa FOA y la nueva gran meta llegó este año con la fundación de la Asociación de Moda Sostenible Argentina (AMSOAR) en torno a la cual reunió a más de 30 diseñadores de todo el país. Pensada como una red de contención para marcas, emprendedores, artesanos, productores, proveedores y a la comunidad en general.

El propósito principal de AMSOAR es concientizar sobre la necesidad de preservar los recursos naturales; reutilizar los descartes de materiales y objetos ya existentes; revalorizar los oficios y las tradiciones locales y regionales; entre otras cuestiones que hacen a la sostenibilidad. Para ello desarrollan proyectos, talleres, seminarios, charlas y eventos, además de acciones e intervenciones en la vía pública.

El día de la presentación de AMSOAR, Alejandra mostró al público una manta hecha con la técnica del patchwork, que además de ser un regalo destinado a la socióloga Susana Saulquin, constituyó un símbolo de este nuevo comienzo. Cada retazo de tela que conforma esa pieza representa el trabajo de cada uno de los socios y el espíritu de la asociación, que insiste en la idea de unir y en definitiva y por qué no, también, de reparar y proteger. “Sentí que esta era mi misión”, sintetiza.

Nombre: Alejandra Gougy
Edad: 58 años
Profesión: Diseñadora sustentable
Sector en el que trabaja: Indumentaria y arte
Lugar de Nacimiento: 9 de julio, provincia de Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Mis ganas de cambiar el mundo, mi familia, mis amores, me dan la fuerza para seguir. Nunca tuve miedo a los cambios, los cambios me dieron fortaleza. Me inspiran tantas cosas. Siempre me imaginé haciendo muchas cosas; viajando y generando nuevos caminos. Eso lo mamé de mi viejo, que era re vanguardista. Siempre sentí que adentro mío había algo más y que había que buscar, buscar y buscar. Toda mi vida estuve en una sensación de búsqueda y ahora voy entendiendo de qué se trataba. Esto de trabajar con la gente y poder hacer caminos me encanta. También mi motor es por qué amo lo que hago. Amo ir a una fábrica y ver todos los descartes. Ahí me explota la cabeza y me imagino creando nuevas cosas. Descubrir el mundo del descarte y de la basura me apasiona.

2. ¿Qué te hace feliz?
Ver  feliz a mi hija Clarita y estar con amigos. El amor me hace feliz, querer a alguien. El amor en mi vida es muy importante. Eso es lo que extraño de esta etapa del mundo, el desamor que se vive. Me hace feliz y bien el contacto con la naturaleza. Es algo que sana todo. Me encanta estar cerca del mar. Mi sueño es vivir cerca del mar, creo que en algún momento lo voy a hacer. Tener un lugar grande para trabajar, un taller. Me hace feliz ver un galpón lleno de descartes para trabajar.

3. ¿Qué no te deja dormir?
Si me falta salud, el resto tiene arreglo.

4. ¿Qué cambiarías del mundo?
El egoísmo es una cosa que no tolero de la gente. El egocentrismo: “Yo, yo, yo”. Las divisiones, las guerras. Me duele mucho la falsa amistad. ¿Qué cambiaría? Dejaría de usar el celular, me gustaría que la gente me vuelva a llamar por teléfono y me diga “feliz cumpleaños” y no en un mensaje de texto. Que el mundo sea más personalizado y no tan mecanizado. Cambiaría la pérdida del romanticismo, me gustaría recuperarlo. En la era de las comunicaciones, cada vez nos comunicamos menos, nos olvidamos del abrazo, la sonrisa. La violencia es el resultado de la intolerancia en un mundo malcriado que se convierte en déspota con sus semejantes.

5. Cuando eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Imaginaba que iba a ser una empresaria, que iba a hacer muchas cosas, que iba a trascender. Siempre sentí que era diferente y que tenía un camino para hacer que no iba a ser el habitual de cualquier mujer de mi época. Querían que me casara, tuviera hijos y un marido estructurado, y la verdad es que hice todo lo contrario. Me dediqué a la pintura, a navegar, a esquiar, hacía esgrima, deportes que eran insólitos para una mujer. Imaginé que iba a viajar por el mundo. Siempre me imaginé siendo madre. Creo que no es tan diferente mi vida a cómo la imaginé, salvando algunas cosas que me pasaron y que fueron duras, como la muerte de mi hermana y el problema de  salud como el que tuvo mi hija. Siempre pensé que si la vida me había dado tanto (unos padres divinos, una buena familia, una buena posición económica) había que hacerlo circular y devolverlo.

100 Mujeres | 18 de marzo de 2019

Foto: Alina Negoita | Intervención: Pablo Domrose

Valeria Kechichian, la mujer que creó la comunidad más grande de longboard femenino

En todos los ámbitos de la cultura se habla de una mayor inclusión de la mujer y de romper estereotipos. Valeria Kechichian lo sabe bien.

Nacida en el seno de un hogar armenio-argentino, como tercera generación en nuestro país, Kechichian decidió autoexiliarse para tomar distancia de una situación familiar compleja. Empezó su inusual recorrido en Madrid, donde luego de realizar todo tipo de trabajos creó la comunidad más grande dentro de lo que se conoce como Actions Sport Industry (deportes extremos): la Longboard Girls Crew. Un grupo que practica longboard y skating que, además, tiene la particularidad de ser 100% femenino. Mujeres en un campo en el que estamos más habituados a ver varones, chicos y adultos, saltando, cayendo al suelo y haciendo piruetas.

A diferencia de muchos skaters profesionales o conocidos Valeria no llegó al longboard sino hasta los 28 años, cuando trataba de escapar de los malos hábitos (drogas, desórdenes alimenticios) y de superar su adicción al alcohol. Cuando tuvo que empezar a reemplazar aquellas prácticas por actividades recreativas dio con la tabla y ya no se bajó más. Aunque admite que es bastante torpe y trata de no accidentarse practicando lo interesante de su iniciativa, basada en la unión y la camaradería entre chicas longborders amateurs de todo el mundo, es cómo logró proveer una espacio y una plataforma de encuentro y apoyo entre mujeres. En el proceso, Kechichian, de 39 años, se propuso también hacer un aporte para cambiar los estereotipos en la industria y cómo se mostraba a las deportistas hasta entonces: sexualizadas, poniendo el foco en la belleza física más que en aptitudes como la destreza, la agilidad, la coordinación o la osadía, entre muchas otras cosas que se necesitan para subirse a cualquiera de las tablas (surf, skate, longboard, wakesurfing, snowboard).

Llevo años trabajando en mí misma, sanando, curando heridas, limpiando odio, rencores y traumas pasados para dar lugar a lo nuevo. Inclusive en épocas complicadas de cambios, de tener que desapegarme de gente que quiero, de procesos de transformación interna que suelen ser bastante incómodos, intento entender todo como parte de un desarrollo y no identificarme con esa incomodidad”, cuenta. Su testimonio echa luz sobre el valor de esta actividad, no solo como forma de mantener a las chicas y jóvenes alejadas de factores de riesgo (embarazo adolescente, violencia doméstica, adicciones) sino también como herramienta para fortalecer la autoestima, la resiliencia, la autopercepción, el sentido de los logros y, por supuesto, la pertenencia a una comunidad.

La agrupación que creó en 2010 comenzó como algo local, en Madrid, mostrando en un video el costado divertido y accesible del deporte practicado entre chicas. Luego, se convirtió en fenómeno. Hoy en día tienen una comunidad activa de casi 100.000 seguidores en Instagram, sus videos son vistos por millones de personas, tienen 70 embajadores y presencia en casi 100 países.

Tienen también una ONG, Longboard Women United, que lleva adelante proyectos e intervenciones en las áreas de género, salud e inclusión; en sitios tan disímiles como Cambodia, Brasil, India y Holanda. Trabajan con mujeres, niños, refugiados, personas con habilidades diferentes, poblaciones de zonas vulnerables y adultos mayores.

Pese a todos estos logros Valeria suele contar lo dificultoso que fue el camino; sobre todo teniendo en cuenta que este, como tantos otros ámbitos, estaba copado por hombres que no veían con buenos ojos el crecimiento de la comunidad. “Hacer las cosas de forma diferente siempre asusta”, dice.

Quizás lo más valioso que las mujeres que participan de Longboard Girls Crew se llevan, y que puede extrapolarse a otras áreas, es la idea de que juntas podemos lograr más cosas, dejar atrás nociones caducas en torno a la mujer y su relación con otras chicas. “A medida que crecimos y nos apoyamos más unas a otras, sin competir entre nosotras, nos dimos cuenta de que esto que estábamos haciendo en la comunidad del longboard podía aplicarse afuera —dice Kechichian—. Al final, lo estuvimos haciendo mal todo este tiempo porque así nos educaron. Hoy sé que quiero ayudar y contar lo que he aprendido y voy aprendiendo cuando me deshago de esos mandatos: hay una vida maravillosa más allá de todo lo que nos han dicho y enseñado” .

Foto: Noelia Otegui

Nombre: Valeria Kechichian
Edad: 38 años
Profesión: Skater y promotora de cambio
Sector en el que trabaja: Deportes, sociedad, género
Lugar de Nacimiento: Buenos Aires, Argentina
Lugar en el que desarrolla su actividad: En todo el mundo

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué te inspira a hacer lo que hacés? 

Tengo fe ciega en que si estás trabajando por un bien mayor, por algo más grande que vos, el universo te ayuda. Lo he comprobado cientos de veces y es hermoso. Siempre estoy atenta a las sincronicidades. Creo que cualquier cosa que hagamos, nos la hacemos primero y principalmente a nosotros mismos. Estar enfadada con algo o alguien consume muchísima de mi energía y me come por dentro. Estar de buen humor y sentirme en armonía con el entorno me llena y expande. Intento tirar por ahí.

2. ¿Qué te hace feliz? 

Cuando medito todas las mañanas soy feliz, abrazar a mi chico me hace feliz, salir a patinar, estar con mi familia y amigos, hablar con gente, comer cosas ricas, la conciencia social, hacer deporte, la naturaleza, transplantar una planta y que le salgan flores, hacer algo por alguien, ver cómo prospera la comunidad y los proyectos de nuestra ONG, cualquier animal bebé de cualquier raza (quizás las cucarachas no, pero todo el resto), ver crecer la conciencia medioambiental en el planeta y mil cosas más supercursis que me encantan.

3. ¿Qué no te deja dormir?

Intento que nada. Si yo no estoy bien no puedo hacer nada. Pero el tráfico humano, la esclavitud o la mutilación genital femenina son temas que me sacuden profundamente. Hay más de 40 millones de personas viviendo en alguna forma de esclavitud en el planeta: sexual, laboral, matrimonios infantiles… No concibo vivir con mis privilegios sin ayudar a quienes están pasando por situaciones inimaginables.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?

Me gustaría ayudar a despertar la conciencia social a la vez que la personal. Que entendamos que siempre podemos hacer algo, que no hace falta que tengamos altos cargos en ninguna entidad o que tengamos poder sobre nada. Ya lo tenemos, ya tenemos ese poder de cambiar las cosas, pero creo que el cambio siempre empieza en nuestro interior. Darnos cuenta de que la separación es una ilusión. Que el “no me importa porque no lo conozco” no es real.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?

No lo sabía. Y de grande tampoco lo supe. Recién hace unos años me di cuenta de lo que quería ser y hacer. Uno de los mayores problemas de la educación tradicional es que no nos enseñan a mirar ni a buscar soluciones dentro, a pensar, a querernos. No nos dicen que tenemos un potencial maravilloso. Nos adoctrinan en lo que al sistema le conviene. Pero no conocemos otra cosa y la gente sigue con esas vidas armadas en un sistema que no está diseñado para nuestra felicidad sino para lograr los beneficios de muy pocos basado en la opresión de muchos.

100 Mujeres | 15 de marzo de 2019

Foto: Rodrigo Mendoza | Intervención: Pablo Domrose

Victoria Pascual: “A mí no me cambia el precio, quiero a todos los caballos por igual”

Victoria Pascual todavía no hablaba y ya montaba a caballo. Su carrera comenzó de la mano de su padre, Domingo “Cacho” Pascual —ganador de dos premios Carlos Pellegrini junto a Jorge Valdivieso—, y con el antecedente y la trayectoria de su abuelo, Elías Pascual. Entrenadora de caballos y jockey, es una de las pocas mujeres que se dedica a esta actividad en Argentina. “Siempre se sorprenden cuando digo que entreno caballos de carrera”, comenta, sentada a metros de la tribuna Paddock en el Hipódromo de Palermo, después de repetir la rutina diaria que arranca a las 6.30 en la Villa Hípica.

Cuando tenía 17 años, al volver de unas vacaciones en Punta del Este, Victoria le dijo a su papá que ella también quería ir al stud (el sitio donde se crían y cuidan los caballos) a trabajar, igual que lo hacían los hombres de su familia. Lo convenció y ese verano entrenó durante todo febrero. Para que la dejaran seguir y poder terminar el colegio secundario se pasó de una escuela privada y diurna a una pública y nocturna. Lo hizo en compañía de Gonzalo, su hermano mellizo. Al tiempo se metió de lleno en el turf  (las carreras de caballo donde corren apuestas) y se anotó en la Tecnicatura en Producción Agropecuaria de la Universidad de Belgrano para cumplir con el mandato paterno y alcanzar un título universitario.

A los 20 se emancipó y del Hipódromo de San Isidro se mudó al de Palermo para trabajar con la caballeriza Haras Don Arcángel. Ese fue su primer “patrón”, como se dice en la jerga para referirse a quien contrata a un entrenador.

“Al caballo lo tenés que conocer, saber cómo es el pedigrí, si come o no y para qué distancia es”, explica. Victoria, además, es considerada como una cuidadora; “la cuida”, así la llama toda la troupe que tiene a su cargo: el jockey, el galopador, los peones y el veterinario. “La gente de acá es sana, es buena, yo disfruto mucho. Esto es un equipo y hay que poner la mejor energía porque no depende solo de mí”, comenta.

Entre los momentos más difíciles de su vida está el secuestro que sufrió entrada la década del ‘90. Recuerda que le hicieron una emboscada y la tuvieron dos días cautiva hasta que finalmente pudieron rescatarla. Tras ese episodio y aprovechando una buena oferta laboral se fue a vivir a Estados Unidos donde aprendió casi todo de cero porque las reglas de las carreras son muy diferentes. “Pagué el derecho de piso de a poquito”, dice de ese nuevo comienzo. Estuvo ocho años en Miami, allá nació su hija Sofía que, por supuesto, ya sabe montar.

Instalada nuevamente en Palermo, ahora está al frente del stud Bingo Horse. Siempre rodeada de caballos, esa es su constante: “Quiero tanto al caballo más caro como al que es hijo de uno no muy conocido. A mí no me cambia el precio, quiero a todos por igual”, sintetiza.

Foto: Rodrigo Mendoza

Nombre: Victoria Pascual
Edad: 42 años
Profesión: Entrenadora de caballos
Lugar de nacimiento: San Isidro, Provincia de Buenos Aires
Lugar de trabajo: Palermo

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?

Mi motor es que amo lo que hago. No tengo problema de levantarme a las 5 de la mañana. Lo disfruto.

2. ¿Qué te hace feliz?

Soy feliz haciendo lo que me gusta. Además me hacen feliz mi hija, mi entorno familiar, mis hermanas, mi mamá y mi papá. Nos reunimos dos o tres veces por semana, somos una familia muy unida. Eso me encanta. Vivimos todos en el mismo barrio. Tengo amigas que son de toda la vida, como mis hermanas (Nicole Neumann y Denise Dumas). Me junto con ellas una o dos veces por semana sí o sí. La verdad es que mis afectos son los que siempre me sacaron adelante. Mi contención es mi núcleo íntimo.

3. ¿Qué cosas no te dejan dormir?

Gracias a Dios mi familia está bien de salud. Me puede preocupar algún problema en el stud, si un caballo se enfermó o algo así. Igual en lo posible trato de ser positiva. Lo del secuestro es como que lo hubiese borrado.

4. ¿Qué cambiarías del mundo?

Que no haya guerras ni terrorismo. Que no haya hambre en el mundo ni tanta desigualdad, porque hay muchos que tienen tanto y otros nada. Lo veo también acá, ves gente de mucho dinero y te das vuelta y ves gente muy humilde.

5. Cuando eras chica, ¿qué querías ser de grande?

En esa época estaba con los caballos de salto y soñaba con eso. Competía, llegué a hacerlo profesionalmente, pero después cuando me metí de lleno con los caballos de carrera dejé de hacerlo. Hoy sigo montando pero la satisfacción que me da ver ganar un caballo es diferente.

100 Mujeres | 13 de marzo de 2019

Intervención: Pablo Domrose

Alejandra Hartman, la gurú que asesora a 250 mil mujeres con autos

Soñaba con un local donde no hubiese calendarios con fotos de chicas desnudas, donde llegar en pollera y tacos altos fuese tan natural como llegar en pantalón. Soñaba con un taller mecánico al que cualquier mujer pudiese ir con su auto sin sentir que se ríen de ella por no poder explicar qué es ese ruidito que siente en el “cosito de ese coso”. La que soñaba es Alejandra Hartman (45), quien hace dos años renunció a una exitosa carrera ejecutiva para crear “Lady Fierros, Clínica de autos”, una comunidad en redes sociales desde donde capacita y aconseja a mujeres sobre temas relacionados con el manejo y la mecánica de los autos.

Alejandra arma tutoriales sobre cómo cambiar una rueda o tips para antes de comprar un auto usado; explica qué puede indicar el color del humo que sale del caño de escape o qué luces usar un día de niebla; o presenta a mujeres inspiradoras que trabajan en talleres o la industria automotriz.

Pero empecemos por el principio. Su pasión por los autos no es casual.  Alejandra creció entre vestidos rosados y muñecas, pero también entre rulemanes, neumáticos y mamelucos engrasados. De jugar a la mamá podía pasar rápidamente a jugar a que arreglaba su bicicleta en el taller mecánico que su padre tenía en la planta baja de su casa natal en Villa Pueyrredón.

Sin embargo, lo natural para los Hartman, por lo menos en aquel entonces, era que ella estudiase una profesión alejada del mundo de los fierros. Eso hizo: se recibió de Licenciada en Comercialización y cursó un máster en Negocios Internacionales. No le fue nada mal. Es una de las pocas mujeres que logró superar el famoso techo de cristal convirtiéndose en representante en el país de Grand Visión, una cadena de ópticas holandesa con presencia en más de 60 países. En Argentina se la conoce como + Visión.

Antes, fue jefa de productos en Quickfood, directora de marketing en Flora Dánica y, durante los 7 años que vivió en Estados Unidos, en Sopas Campbell.

Por un lado, logró estabilidad económica, conocer parte del mundo y buenos contactos, pero por otro lado, mucho cansancio, estrés y poco tiempo para sus hijos Vicente y Paloma. Sumado a eso, tuvo la constante sensación de que por ser mujer el derecho de piso ganado estaba siempre amenazado y debía salir a defenderlo demostrando que su cargo estaba bien merecido.

“Me empecé a plantear si eso era lo que quería para el resto de mi vida. No me arrepiento de nada, fue una experiencia increíble, pero la verdad es que había que remarla en Nutella permanentemente. Cada vez que viajaba para una presentación no dormía y tenía un nudo en el estómago. Ni hablar cuando me enteraba cuánto más ganaba un hombre ocupando mi misma posición”, argumenta. Sin embargo, nada fue en vano y mucho de lo que aprendió de la vida empresarial ahora es aplicable al plan de negocios de Lady Fierros.

Al principio y con una amiga, consideró entrar a la industria de la cosmética capilar, pero se alejó de la idea al reconocer que era un mercado con demanda resuelta y le dio lugar a la preocupación que le generaba la continuidad del negocio del padre, que ya tiene 78 años. Además, atenta a las necesidades de las mujeres empezó a preguntarse por qué no iban personalmente a los talleres mecánicos a llevar sus autos. “Por lo general le piden al marido, hijo, padre o amigo. Rápidamente entendí que había una necesidad insatisfecha y un espacio para que trabajar en el empoderamiento de la mujer en un área que, de alguna manera, está en mis genes.”, explica.

No especuló la respuesta. Supo que de los 12 millones de vehículos que hay en el país, 3 millones son conducidos por mujeres. Además, hizo una encuesta a 100 mujeres parda saber cómo suelen organizar el mantenimiento de su auto y se encontró con datos sorprendentes: el 50 % de esas mujeres no lleva el auto personalmente al mecánico por miedo a no saber explicar correctamente cuál es el problema que tienen o que les tomen el pelo o que no le arreglen lo que realmente haya que reparar. Otro dato que le llamó la atención es que el 70 % de las conductoras no saben cambiar un neumático. Así, todos los caminos la conducían a Lady Fierros.

Sin embargo ser hija de mecánico y su experiencia en marketing no era suficiente para Hartman. Si la propuesta iba a ser enseñar y aconsejar a través de tutoriales en redes sociales, tenía que hacerlo con fundamento y conocimientos certeros, por lo que se puso a estudiar mecánica de autos en el Instituto Tecnológico de Capacitación Automotriz (ITCA). El día de la entrevista con RED/CCIÓN, la emprendedora rindió con éxito su último examen y se recibió de Técnica Mecánica.

“Ojalá esto sirva para que la que quiera estudiar mecánica lo haga, pero lo que yo en realidad pretendo es que de la misma manera que podemos hacer una torta sin que se nos queme, podamos solucionar cuestiones sencillas del auto y podamos entender de qué hablamos al plantarnos frente al mecánico. Y ojo, esto no va solo dirigido a mujeres, también a hombres”, explica.   

Solo en Facebook, a la comunicad Lady Fierros la integran casi 250.000 personas y Hartman no cobra ni por el asesoramiento personalizado que suelen pedirle (acompañó a una seguidora a ver un auto usado que se quería comprar). Pero como de algo hay que vivir, Hartman mantiene reuniones para cerrar acuerdos con empresas del rubro automotriz interesadas en contratarla para dar charlas y participar en actividades.

Más adelante, cuando la situación del país lo permita, pondrá su taller mecánico Lady Fierros y otorgará franquicias. “Mi idea es gestionar ese taller, no necesariamente ser yo la que arregle los autos, pero sí ser la cara visible, la que atienda a las clientas cuando vengan con sus autos.

Para sus hijos, mamá antes vendía hamburguesas, margarinas y anteojos. Ahora con mucho orgullo dicen: “Mi mamá es mecánica”.

Nombre: Alejandra Hartman
Edad: 45 años
Profesión: Licenciada en Comercialización y Técnica Mecánica
Sector en el que trabaja: Industria Automotriz
Lugar de Nacimiento: Villa Pueyrredón, Ciudad de Buenos Aires
Lugar en que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1.¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué te inspira a hacer lo que hacés?
Mi energía es mi familia; mis hijos y mi marido. Por otro lado, los que me sacan la energía son esas personas que son muy negativas, esas que enseguida te dicen que no, que tal cosa no se puede hacer.

2. ¿Qué te hace feliz?
Sin duda mis hijos, sus nacimientos fueron los momentos más felices de mi vida. Y me hace muy feliz que mis hijos pueda vivir Lady Fierros porque creo que ayuda a su inteligencia emocional. Me parece que de alguna manera les estoy dando un mensaje integrador, que no hay los unos y los otros.  

3. ¿Qué no te deja dormir?
Hoy por suerte duermo en paz. Con Lady Fierros recuperé el sueño, me quitó ese nudo en el estómago que me causaba la vida corporativa.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Tengo una lista extensa, pero si tengo que priorizar diría que el rol de la mujer. Creo que necesitamos integrarnos más, de trabajar y producir de manera más en conjunto.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Supongo que de chica muy chica quise ser bombero o piloto de avión, pero de adolescente, cuando empezaba la época de tomar decisiones ya me gustaba el mundo de la publicidad y la comercialización. Solía preguntarme mucho porqué la gente compra una marca y no la otra.

100 Mujeres | 11 de marzo de 2019

Cristina Lescano y la dignidad del trabajo propio

Es una figurita difícil para entrevistar. No porque tenga aires de diva, aunque podría: compartió mesa con Mirtha Legrand y almuerzo con la entonces primera dama norteamericana Laura Bush. Es ciudadana ilustre de Estados Unidos, dio conferencias en la India, Marruecos y Japón. Pero no, el tema es otro: Cristina Lescano no tiene tiempo para dar notas ni para otra cosa que no sea la Cooperativa El Ceibo, que fundó en 1989, cuando vivía en una casa tomada y salía a cirujear para llenar con algo la panza de su hijo más pequeño. A los otros dos debió dejarlos con sus padres en Trelew.

El Ceibo nació de la necesidad de un puñado de mujeres cartoneras con grandes carencias y un único objetivo: trabajar. “Revolvíamos la basura buscando cartón, plástico, lo que llamamos PET”, recuerda Cristina. “Cada una juntaba lo suyo y lo llevaba a vender individualmente. Nos dimos cuenta de que nos explotaban, fue necesario juntarnos para pelear el precio. Uno solo jamás puede conseguir lo que logra el grupo”.

El grupo fue creciendo e incorporaron hombres. “No somos tontas, sabemos que no podemos igualarlos en fuerza, nos necesitamos”, dice. Hoy son 300 miembros los que conforman una empresa social de recicladores urbanos. Cuentan con un centro operativo en Palermo y un Centro Verde ubicado al costado de la villa 31, sobre la colectora de la autopista Arturo Illia: es un galpón donde se clasifica y se enfarda el material que luego es entregado a las empresas que lo reciclan.

La presidenta de El Ceibo es Cristina Lescano, “la jefa”, como la llaman todos, la que se divierte al ver la cara de incomodidad de los empresarios que vienen a negociar y se encuentran con ella, una mujer; la que de niña soñaba con ser bombero, la que ha sobrevivido a tremendos fuegos desde muy joven y salvado de incinerarse con drogas y alcohol a muchos de sus actuales compañeros.

“Mi motor es la inclusión social”, dice. “La cooperativa les ofrece la posibilidad de acceder a un trabajo formal para poder tener una casa digna, para sostener la educación de sus hijos o conseguir un crédito. El Ceibo representa la oportunidad de mejorar sus vidas y las de sus familias. ¡Pero ojo, hay que esforzarse! ¡Vagos afuera!”.

La enervan la victimización y la lástima. “Cuando empezamos, nos sentíamos discriminados”, sigue. “Los vecinos nos miraban con lástima o con miedo. Nos dimos cuenta de que nosotras mismas nos marginábamos y empezamos a cambiar nuestra imagen. Comenzamos a ‘emprolijarnos’, nos compramos chalecos para que nos identifiquen, ofrecimos un teléfono de referencia. Hicimos volantes instructivos para enseñar a clasificar la basura. Así, sin darnos cuenta, nos convertimos en las primeras promotoras ambientales.”

Por ser pionera, el Banco Mundial la llevó a Washington para contar su experiencia. “Imaginate”, dice, “de una casa tomada me fui directo y sin escalas a una habitación cinco estrellas. ¿Sabés?, no pude disfrutarlo. Me sentía fatal pensando cuántas familias podían vivir en esa habitación.”

El nosotros conjuga toda su vida. Piensa, siente y habla en primera persona del plural.  “Vamos a la peluquería, nos cuidamos, somos mujeres, es importante estar bien”, dice, luciendo su larga y lacia cabellera.

Su día arranca a las 4 de la mañana. Unas 300 personas esperan sus instrucciones y su guía. La jubilación no es una opción para ella: “Que se la den a otro que la necesite más”, prefiere. Ha luchado toda su vida por los derechos de las mujeres, pero no la llames “feminista”. Tampoco “ecologista”, aunque con su trabajo protege el medio ambiente. Se autodefine como coordinadora de una cooperativa con inclusión social, e inevitablemente vuelve al “nosotros”. “No queremos depender de nadie”, dice. “Si alguien nos quiere dar una mano, que nos dé herramientas: máquinas, vehículos. No queremos plata. La plata la hacemos trabajando.”

Nombre: María Cristina Lescano.
Edad: “Sin cuenta. Los años no son los del DNI”.
Profesión: presidenta de la cooperativa El Ceibo.
Sector en el que se destacó: separación en origen de la basura.
Lugar de nacimiento: Arrecifes, Buenos Aires.
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires.

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué te inspira a hacer lo que hacés?
Me inspira todo lo que me pasó, ver que se puede ser mejor y que otros tengan oportunidades para ser mejores.

2. ¿Qué te hace feliz?
Ver a la gente bien, que tiene ilusiones. Poder ayudarla con la inclusión social.

3. ¿Qué no te deja dormir?
La corrupción. Que usen a la gente pobre.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Volver al valor de la palabra y de tantos principios que se perdieron.

5. Cuando eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Bombero. O construir casas en el campo.

100 Mujeres | 29 de junio de 2018

Intervención: Pablo Domrose

La historia de Mia Fedra, la primera tenista trans de la Argentina

Hasta 2012 Mía Fedra fue él. Aunque hacía ya muchos años que para todo su entorno él era ella. Paradójicamente sólo su Documento Nacional de Identidad la seguía llamando por su nombre masculino, pero eso se acabó con la Ley de Identidad de género; Mía pudo ser ella sin que ningún papel diga lo contrario.

También pudo volver al tenis, el deporte la hace feliz, que la cobijó y salvó; pero que tuvo que dejar cuando, como andrógina, competir contra varones se volvió una desventaja. Hoy Fedra es la primera tenista profesional trans del país.

Fedra descubrió al tenis a los 7 años en el club Village de Adrogué como una travesura. Detrás del alambrado se robaba las pelotas perdidas, pero de paso pispiaba. “El ruido del golpe de las pelotas en la raqueta y el aroma a polvo del ladrillo me ponía como loca. En realidad, todo empezó con una paleta en la que mi papá me había pintado una sirenita, yo la adoraba”, confiesa entre risas.

Al tiempo la paleta de la sirenita se convirtió en una raqueta y la vereda de su cuadra en una cancha. Los torneos juveniles fueron su mejor plan y todos los días, al salir de colegio, Fedra iba a entrenar.

Pero, a medida que crecía, competir contra varones empezó a ser frustrante ya que por sus movimientos cada vez más delicados iba quedando en desventaja; tenía que competir  contra mujeres, pero era impensable en ese entonces. Dejó el tenis y en 2002, cuando terminó el colegio secundario, adoptó el nombre de Mía (por Mía Farrow en el Bebé de Rosemary) y empezó a trabajar en su cambio de género.

Si bien su familia siempre la acompaño en sus decisiones,  reconoce que la de la transición no fue tan fácil. Su padre, recuerda, se puso un poco triste y su madre temió que agarre el camino de la prostitución, un camino que muchas chicas trans se ven obligadas a tomar cuando, por su condición, la sociedad les cierra las puertas al mundo laboral. “Creo que lo que me salvó a mí fue bancarme no tener un mango.”, reflexiona.

Durante su adolescencia, en el secundario, Fedra reconoce que fue bastante discriminada por lo que para protegerse tuvo que cambiar varias veces de colegios.

“Hasta los 16 sufrí bastante, después no tanto porque fue el momento que te pones un piercing, tenés el pelo azul, nada te importa y haces tú vida. La cancha de tenis fue siempre mi principal refugio, mi cable a tierra”, recuerda.

Sin embargo, así como en el colegio fue objeto de risas, en el tenis fue diferente, allí tanto profesores como pares la respetaron y asegura que a nadie nunca le importó si era ella, él o si le gustaban las chicas o los chicos. Mía en la cancha siempre fue un contrincante.

Por eso, con su nuevo DNI, se acercó a la Asociación Argentina de Tenis (ATT) y a la Federación Internacional de Tenis (ITF), pidió ser incorporada y la revalidación de su título de profesora que obtuvo con su nombre de varón en 2009; la respuesta inmediata fue un sí y pudo volver a los saques y voleas; en 2017 alcanzó el cuarto lugar en la categoría de mujeres mayores de 30.

La primera vez que Mía se vistió con ropa de mujer fue con otra travesti en un auto para ir a bailar. Salió de su casa como varón y en el trayecto, como pudo, se cambió y se maquilló: “Entre la poca luz y el traqueteo del auto era un mamarracho, pero me sentía fantástica”, recuerda entre risas. Sin embargo, sus piernas largas, su cabellera negra y sus ojos claros conquistaron pasarelas que la consagraron como modelo, anfitriona de fiestas y drag queen.

Mía es extremadamente simpática, cada una de sus frases terminan con una broma. Por ejemplo, dice que no quiere hablar de su pareja actual para que sus amantes no se ofendan. Sin embargo, un poco más seria, confiesa que si de amor hablamos, casarse es algo que ya a su edad (que no quiso develar) empieza a considerar.

Aunque Fedra es consciente de lo difícil que es la vida para las chicas trans, cree que lo mejor que ella puede hacer es marcar el ejemplo viviendo. “Tengo puesta la camiseta por todas, pero nunca podría ser activista porque ignoro sobre leyes y derechos. Es una responsabilidad muy grande y siendo un personaje público tengo que ser responsable, no quiero hablar por hablar. Hay gente muy preparada que hace 20 años trabaja por la causa. Mi granito de arena pasa por otro lado”, explica.

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Nombre: Mia Fedra
Edad: No contesta, solo dice que nació bajo el signo de Tauro
Profesión: Tenista y modelo
Sector en el que trabaja: Deporte y moda
Lugar de Nacimiento:  Adrogué, Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Mis sobrinos. Ellos me devuelven a mi infancia. Soy muy aniñada y me gusta mucho jugar con ellos y pelearlos; nos divertimos mucho.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mi gente, mis amigos y la noche. Soy muy de abrazar y cariñosa; me encanta que me digan que soy divina. Me hace muy feliz bailar y jugar al tenis, pero también esos momentos de mates y charlas con mis papás. Además, me hace muy feliz dormir y andar relajada de entre casa y sin maquillaje.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
 Los ex novios no me dejan dormir, me acosan. Son tremendamente obsesivos y me ponen muy nerviosa. También me ponen muy nerviosa las previas de los partidos; soy muy de pensar antes de dormirme y entonces maquino mucho con el cómo me irá y cómo voy a hacer para ganar.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
La cabeza de la gente, que sigue tan cerrada como siempre.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Me gustaba mucho todo lo que tenía que ver con la moda. También soy medio nerd y me gustaba mucho todo lo que tenía que ver con el pensar y retar al ingenio.

100 Mujeres | 25 de junio de 2018

Intervención: Pablo Domrose

Nora Veiras: “Si la noticia te es indiferente es muy difícil ser buen periodista”

Es la editora general del diario Página 12 y una de las pocas mujeres al frente de un medio nacional en nuestro país. Defiende la marcada línea editorial del diario pero asegura que la clave del buen periodismo está en la rigurosidad y la pasión por el oficio.

El día en el que se hizo esta entrevista, la tapa de Página 12 estaba ocupada en su totalidad por una imagen del clásico dibujito del Correcaminos huyendo a toda velocidad por una ruta desierta. En lugar de su típica cara de suficiencia hay una de George Washington y el título dice: “Se escapa. Beep beep”. La original referencia es a los dólares que tuvo que vender el Banco Central para contener la divisa. Esta tapa fue creada por Nora Veiras y su equipo.

Todas las tardes, a las 16, Veiras llama a la reunión de edición del día y ahí se va delineando la tapa con algún tema que sobresalga. La acompaña un equipo, en donde ella destaca a Ernesto Tiffenberg y a Hugo Soriani, y se evalúan dos posibilidades de tapa, por si el tema pensado “no aguanta” hasta la edición siguiente.

Veiras fue nombrada directora de Página 12 el año pasado. La noticia la sorprendió porque, asegura, nunca se pone metas profesionales. Es una de las pocas mujeres que lidera un medio en el país. Sin embargo, el ambiente no es nuevo para ella: está en el periódico desde su concepción, hace 31 años y nunca se quiso ir, a pesar de ofertas que le hicieron en distintos lugares. Antes hizo algunas pasantías en otros diarios, como Clarín, pero siempre la atrajo el “compromiso con los derechos humanos de Página”.

Casi siempre trabajó en política, en el medio hizo radio -que ahora extraña- y también tuvo un marcado paso por el programa 6, 7, 8. “Fue un trabajo en donde siempre dije lo que quise, pero no me imaginé ese nivel de exposición. Es cierto que se transformó en un programa de defensa al Gobierno cuando no fue pensado para eso. Creo que incomodó mucho porque exponía contradicciones e intereses pero se lo demonizó injustamente”

Si bien destaca que en Página 12 históricamente se dio mucho lugar a las mujeres, sobre todo en puestos de edición, reconoce que el periodismo es machista porque es “gen de su tiempo”. Hay varias mujeres en puestos claves, pero cuando Veiras levanta la cabeza, aún ve mayoría de hombres. “Pero eso está cambiando. Creo que se va avanzando de a poco a pesar de que muchos compañeros aún no saben cómo pararse. Todavía persiste el micromachismo. Ojo, tampoco creo que las cosas están siempre bien porque las haga una mujer”.

Durante la entrevista que le hicimos contó que nunca se imaginó periodista (llegó allí luego de empezar la carrera de diseño gráfico y después de un paso fugaz por la de publicidad) pero que ahora, habiendo transitado el oficio, no se imagina haciendo otra cosa. Celebra que Página 12 tenga una marcada línea editorial en contra del Gobierno, aunque defiende profundamente el chequeo de datos y la información confiable. Asegura que no es una militante del kirchnerismo, pero que hoy lo apoya incluso más que en el pasado.

¿La mayor dificultad de su profesión? “Lidiar con la falta de entusiasmo de algunos periodistas que están achanchados y no los apasiona el oficio. Si la noticia te es indiferente es muy difícil ser un buen periodista”.

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Nombre: Nora Veiras
Edad: 54 años
Profesión: Periodista
Sector en el que trabaja:  Periodismo, como editora general de Página 12
Lugar
de Nacimiento: General Rodríguez, Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
El desafío de la vida. Saber que nada es para siempre y que todo puede ser. Uno tiene la posibilidad de hacer muchas cosas si el contexto ayuda porque La vida siempre da posibilidades. En cuanto a mi profesión, el periodismo hoy está en una revolución. Primero en una reforma tecnológica, maravillosa y terrible porque todo puede ser cierto y todo puede ser mentira y eso para mi es una oportunidad increíble para el periodista. Se revaloriza nuestro rol como orientadores en una selva. Eso me resulta atractivo.

2. ¿Qué te hace feliz?
El bienestar de la gente que quiero. Un recuerdo feliz… (hace un pequeña pausa y se le humedecen los ojos) diría el orgullo que les generó a mis padres todos mis logros profesionales.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Duermo muy bien, no suelo tener problemas. Alguna que otra vez me quedo pensando en una nota que no entró en la edición impresa o algún tema que no llegamos a dar. En esos momentos me levanto y trato de acomodarlo aunque sea en la web.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Todo. El mundo no puede ser tan injusto. Es increíble la destrucción del ser humano luego de siglos de historia occidental, más allá de los avances científicos que se lograron en todo este tiempo. Creo que hay que replantear muchas cosas.

5. Cuando eras chica, ¿qué querías ser de grande?
En principio quise ser arquitecta. Yo terminé el secundario en plena dictadura militar y en esa época los arquitectos eran taxistas. En ese momento un profesor me dijo “¿Por qué no estudias diseño grafico?” y eso hice con la intención después de estudiar publicidad. Cuando empecé esa carrera me di cuenta de que la publicidad no tenía nada que ver conmigo porque se apoyaba en una falacia. Me cambié a periodismo y nunca paré. Empecé a trabajar de muy chica. La verdad es que nunca me pensé periodista pero desde que empecé a trabajar nunca me imaginé otra cosa.

100 Mujeres | 18 de junio de 2018

Romina Villalba: “Es difícil que los pibes te dejen jugar en su cancha”

Es la capitana del equipo de fútbol femenino del club Padre Carlos Mugica, de la Villa 31, en la ciudad de Buenos Aires. Motiva a sus vecinas para que se pongan la camiseta y desoye los insultos.

Con el número 12 en la camiseta roja, Romina Villalba juega, mete y provoca desde el fondo de la cancha. Eligió ese número con el que se identifica la tribuna de Boca (el club que ella ama), pero su posición en la defensa responde según el esquema clásico al número 2. En la cancha, Villalba es una defensora con carácter, pero afuera es un poco tímida y por eso le costó llevar la cinta de capitana del equipo de fútbol femenino del club Padre Carlos Mugica, de la Villa 31.

“No quería tener esa responsabilidad, pero la profe me la dio porque yo era la que convocaba a las chicas a jugar y la que la apoyaba a ella para arrancar con el equipo”, dice.

Villalba era la que buscaba a sus vecinas en la villa por más que no pudieran ir a jugar porque tenían que cuidar a sus hijos, estudiar en un secundario acelerado nocturno o trabajar. Ella las convencía y les decía que si iban al menos una vez por semana, ya estaba bien. “Sin darme cuenta, fui haciendo muchas cosas para que todas juguemos”, dice. Tiene 19 años; su cinta de capitana es negra, con una “C” blanca.

Esta futbolista también trabaja haciendo tareas administrativas en el Hogar de Cristo (como el club Padre Carlos Mugica, éste se liga con la capilla de Cristo Obrero que fundó el propio Mugica) y estudia con una beca la carrera de Profesorado de Educación Inicial en la Universidad Católica. Su madre y algunos de sus hermanos viven en la villa, pero no desde hace mucho tiempo: son inmigrantes paraguayos llegados en 2013. Villalba nació en Villa Haye, un suburbio semi-rural cerca de Asunción, y allí fue donde comenzó a patear la pelota.

“Sufría mucho la exclusión por ser mujer”, dice. Tenía 12 años cuando vino a vivir a Buenos Aires, a una casa con una sola habitación, una cocina, una sala, un baño y pequeño. La discriminación sexista continuó. “Hay mucho machismo en el barrio: por jugar al fútbol me decían cosas y me las siguen diciendo”, sigue. “Es muy difícil que los pibes te dejen jugar en la canchita de ellos: nos tiraban la pelota arriba de una casa y nos gritaban ‘¡Andate a cocinar!’”.

Por eso, cuando Villalba se enteró de que en el club había clases de fútbol femenino los martes y los jueves, dejó los partidos mixtos para siempre y logró llevar más chicas para armar un nuevo equipo. Ahora el club Padre Carlos Mugica compite con 5 jugadoras en la liga FEFI (Federación Escuela de Fútbol Infantil) de fútbol de salón junto a otros 17 equipos. Pero las condiciones de vida de sus goleadoras siguen sin ser ideales y en el primer partido de esta temporada, el equipo no pudo presentarse porque ese día no había suficientes chicas para jugar.

No importa: a la capitana nada la desanima a la hora de ponerse sus botines negros con detalles verdes. “Cuando juego, siento una desconexión de todo lo que me rodea”, dice. “Y ahora ya sé que en la cancha hay que guiar al equipo. Si bien la profe está afuera, no es lo mismo. Adentro se siente la tensión”.

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Nombre: Romina Belén Villalba Vera
Edad: 19 años
Profesión: Futbolista y estudiante de Profesorado de Educación Inicial
Sector en el que trabaja: Deporte
Lugar
de Nacimiento: Villa Haye, Asunción, Paraguay
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Sentirme en un espacio mío, poder desconectarme de todo.

2. ¿Qué te hace feliz?
Subir a una montaña y quedarme ahí. Lo hice en San Juan. Sentí paz. De chica soñaba con eso y poder hacerlo me hizo muy feliz.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Si me pasa algo malo en el día, me quedo pensando en eso. La angustia me saca el sueño. Hace poco, tuvimos un conflicto entre compañeras en el trabajo y eso me angustió.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
¡Uf! ¿Tenés tiempo para que te diga todo? tantas cosas… En general, que haya más igualdad para todos. No me gusta el hecho de que no se le puede pedir ayuda a nadie, de que sea tan difícil. Creo que lo que se puede hacer es luchar para lograrlo. Para eso, tenés que juntarte con alguien que tenga el mismo pensamiento que vos.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Quería ser doctora porque jugaba mucho con eso. Después fui teniendo contacto con niños y quise ser pediatra. Cuando fui a orientación vocacional, me salió que ser médica no era para mí porque en realidad me encanta el deporte.

100 Mujeres | 8 de junio de 2018

Intervención: Pablo Domrose

Beatriz Mendoza: “Demandamos al Estado para convertir lo dramático de la cuenca del Riachuelo en política pública”

Es una de las 17 personas que denunciaron la contaminación del Riachuelo. La demanda llevó, hace 10 años, a que la Corte Suprema de Justicia ordenara al Estado Nacional, la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires a sanear la cuenca. Es el fallo ambiental más trascendental del país.

Hace diez años, la Corte Suprema de Justicia sentenció al Estado nacional, la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires a sanear el Riachuelo. Les ordenó mejorar la calidad de vida de los habitantes de la cuenca y remediar el agua, aire y suelo a lo largo de los 64 kilómetros de río y su entorno.

A esa sentencia, del 8 de julio de 2008, la llaman el “Fallo Mendoza” o “Causa Mendoza”, rótulos con los que carga y convive Beatriz Mendoza, una de las personas que se atrevió a iniciar en 2002 la demanda por contaminación que desencadenó la sentencia ambiental más trascendente del país.

Fueron 17 los que firmaron la demanda, pero en el escrito, el nombre de Beatriz encabezó la lista. Y para ella ya nada fue igual. El periodismo y la justicia empezaron a hablar de la “causa Mendoza”. Y Beatriz le puso el cuerpo: jamás abandonó la lucha.

“Al principio no entendía ni me acostumbraba, porque yo no elegí que llevara mi nombre. Siempre sentí que fue porque fui la última en entregar el DNI a los abogados”, cuenta Beatriz, que tiene 65 años, es psicóloga social y hoy es la directora de Salud y Ambiente de Avellaneda. “Pero seguí adelante y ahora siento que es el nombre que debe tener la causa porque fui capaz de generar un proceso, sin saberlo, que permitió que el tema figurara por primera vez en la agenda pública”, considera.

Cuando inició el reclamo, en 2002, había cumplido 49 años y le detectaron que tenía seis veces más tolueno en su sangre que el límite tolerable en una persona. Ese tóxico, derivado del petróleo, entró a su cuerpo mientras trabajaba como psicóloga social en el centro de salud de Villa Inflamable, un barrio ubicado en el corazón del polo petroquímico de Dock Sud. En la demanda le apuntan a 44 empresas de ese polo industrial. Ella no sabe si fue el agua que tomó de la canilla, el aire que respiró o haber caminado durante dos años un barrio que está reposado sobre tierras contaminadas de la cuenca.

Beatriz nació en Avellaneda, pero ya de chica su papá la llevaba a caminar por lo que hoy es Villa Inflamable. Cuando eligió ingresar al centro de salud del barrio, en el año 2000, lo hizo porque “estaba todo por hacer”. Aunque ahora reconoce que no sabía bien a dónde estaba metiéndose, cita al escritor portugués José Saramago para tratar de entender por qué tomó el puesto en esa salita: “Uno siempre va al lugar donde lo están esperando”.

En Villa Inflamable viven unas 1800 familias. La mayoría en casas precarias, de chapa, madera y un poco de ladrillo. Están rodeadas de empresas químicas que echan humo negro. De día y de noche.

A Beatriz, los tóxicos le afectaron el sistema nervioso y le diagnosticaron polineuritis en bota. Si los mosquitos la pican, lo nota tarde, cuando sus piernas se llenan de ronchas. Si se quema, se da cuenta unos segundos después o al verse la ampolla. Es como si el alerta de su sistema nervioso viajara lento o se interrumpiese en su camino al cerebro.

De los que firmaron la demanda, varios siguen en contacto. Pero Beatriz es la única que sostiene una lucha abierta. Cuando la Corte les dio la razón sobre la contaminación que sufrieron y la necesidad de recomponer el ambiente dañado en toda la cuenca, también se declaró incompetente respecto al reclamo de un resarcimiento económico. Esa definición desalentó al grupo, pero no a Beatriz. Ella sigue yendo a Villa Inflamable, ya como funcionaria, un cargo que aceptó justamente porque le permite seguir visitando el barrio y continuar involucrada con la causa. Además, participa de reclamos colectivos por el cumplimiento del fallo; y hasta escribió un libro titulado “Riachuelo, zona de promesas”.

Beatriz aprendió a “no renunciar ante la tristeza” y a “planificar la esperanza”. Lo dice en el contexto de que Acumar, la autoridad interjurisdiccional creada para sanear la cuenca, no sabe en qué plazo podrá cumplir la sentencia. Así quedó formalmente expuesto durante la última audiencia pública convocada por la Corte en marzo pasado.

“La Corte no puede hacer cumplir sus órdenes”, se indigna, pero rápidamente destaca que el fallo es “un punto de no retorno”, que “los vecinos de la cuenca ahora conocen sus derechos” y que “no importa en cuánto tiempo, pero ineludiblemente la sentencia generará cambios que beneficien a una gran masa de personas”. Para que eso ocurra, considera que los jueces de la Corte deben ser “más supremos”.

A partir del fallo y según el último informe que preparó Acumar para la Corte, 505 de las 1385 industrias identificadas como contaminantes de la cuenca fueron reconvertidas y no causan daño. Del polo petroquímico, apenas 8 de 24. De las 4,3 millones de personas que necesitaban cloacas, 2,3 millones sumaron ese servicio. De los 447 basurales relevados en 2008 quedan 301. Mientras que por lo menos 1,6 millones de personas viven sobre la cuenca en condiciones consideradas riesgosas desde el punto de vista sanitario y social.

Beatriz vive en Wilde, a 20 cuadras de Villa Inflamable. Se separó hace 24 años. Antes, tuvo tres hijos: un varón y dos mujeres. La menor falleció el año pasado y por eso vive con su nieta de 14 años. Además tiene otros cuatro nietos.

Hay otro rótulo judicial que Beatriz reinterpretó con el tiempo y le dio energía para su lucha. “Cuando firmé la demanda me convertí en parte actora desde el punto de vista legal. Y ese ser actora fue intervenir para convertir lo dramático de la cuenca en política pública, conocer, informarnos y saber acerca de nuestros derechos ciudadanos”.

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Nombre: Beatriz Mendoza
Edad: 65 años
Profesión: Psicóloga social
Sector en el que trabaja: Salud
Lugar
de Nacimiento: Avellaneda
Lugar en el que desarrolla su actividad: Avellaneda

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
El amor y la justicia. Los dos están relacionados. Porque hablo del amor por el otro, el que tiene menos instrumentos y sufre. Ellos despiertan mi necesidad de acción ante el sufrimiento. En otros momentos de mi vida algunos conflictos familiares o problemas de salud me sacaban la energía. Pero en general no me permito que capturen mi energía.

2. ¿Qué te hace feliz?
Me hace feliz el olor a tostadas y café con leche por las mañanas, que me remiten a mi abuela y el desayuno que me preparaba cuando era chica. También, un atardecer con sol en las montañas, en Nono, Córdoba. Y un recuerdo, caminar de la mano de mi padre cuando era chiquita. Lo veía tan grande, me daba tanta seguridad.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
A veces, los problemas financieros o problemas de familia. Lo que hago es convencerme de que la noche agiganta los problemas y que en un par de horas amanece otra vez y le daré a las cosas la dimensión que tienen.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Hace rato que dejé de lado el pensamiento mágico de que voy a cambiar el mundo. Sí intento cada día cambiar mi entorno. Sobre todo en lo laboral, que es el campo social, los problemas son altamente complejos. Soy consciente de que los cambios son super estructurales. Entonces mi limito a trabajar en equipo, a generar conciencia, a empoderar a las mujeres que son quienes más sufren junto a sus hijos y a facilitar herramientas para que puedan sentirse sujetos de derechos.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Docente. Mis maestros de la escuela primaria y más tarde mis profesores. Ana Caldino, de la primaria 10 de Sarandí; Isabel Roteta Campos de Meijide, mi profe de castellano en el Normal de Avellaneda; y la hermana Gloria Sulligoy, del colegio San Ignacio. Ellas contribuyeron a que antes de que estudiara psicología social, me recibiera y trabajara unos años como profesora de geografía.

Consultar el “Fallo Mendoza”

100 Mujeres | 5 de junio de 2018

Intervención: Pablo Domrose

Quién es Gabriela Terminielli, la única mujer en el directorio de Bolsas y Mercados Argentinos (BYMA)

Les preguntamos a qué mujer postularían para la #Serie100Mujeres y nos llegaron propuestas interesantes.  Aquí está la primera seleccionada.

Es psicóloga y empresaria, pero no encaja con los estereotipos. Ni look intelectual ni de yuppie. En Jean, nada te tacos altos, un suéter de escote en V y campera de plumas; poco maquillaje, casi a cara lavada, arreglada, pero sencilla. Gabriela Terminielli se muestra auténtica. Dice no ser ejemplo de nada, sin embargo reconoce que sus ganas de superación son una buena característica suya a imitar.

Nació en Parque Patricios y se crió en La Boca. Su hogar era humilde, toda la familia tenía que trabajar para asegurarse el pan, incluso ella con 10 años. Su padre tuvo un restaurante, allí aprendió a cocinar canelones y entendió el valor del trabajo. Aquel emprendimiento familiar quedó lejos en su historia, hoy Terminielli es miembro de dos directorios, desde 1993 de Compañía Argentina de Comercio (CADEC – Guillermo Carracedo y Asociados) y desde hace dos meses de Bolsas y Mercados Argentinos (BYMA); donde es la única mujer entre los 14 miembros del directorio.

Su historia y sus ganas de crecer la motivaron para gritar a viva voz que los negocios no son cosa de hombres; que las mujeres también pueden. Promover el liderazgo de las mujeres se convirtió en la gran obsesión de Terminielli. ¿Por qué? “Porque somos consideradas minoría cuando somos el 51% de la población y porque de las 500 empresas más grandes del mundo, sólo el 4% está a cargo de mujeres”, justifica.

Ningún día es igual a otro para ella. Cuando no está en reuniones de directorio, está mentoreando a alguna chica o dando alguna conferencia sobre empoderamiento. En el marco del Women Corporate Director (WCD), entidad que integra desde 2017, se la puede encontrar capacitando a mujeres empresarias.

También puede estar en Voces Vitales, la ONG creada por Hillary Clinton que promueve la participación de la mujer en la sociedad, donde desde 2012 es la vicepresidente de la filial local. Conoció a la ONG “de cara dura” cuando se coló a una cumbre internacional donde estaban la ex presidente Cristina Fernández, Michelle Bachelet y Dilma Rousseff, entre otras figuras femeninas. “Sí, soy feminista. No de las que llevan el cuchillo en la boca, pero para hacer lo que hago hay que serlo”, reconoce de sí.

Su ingreso al mundo corporativo fue casi inevitable, su madre y 11 familiares más trabajaron en Grupo Bunge y Born; y ella también. Terminó el secundario e inmediatamente entró como administrativa, después pasó por los diferentes rubros en los que la empresa participaba; desde granos a turismo, pasando por la división Nuevos Negocios.

Mientras, estudiaba psicología y coaching ontológico. Sin embargo dice que su verdadera carrera profesional arrancó cuando Guillermo Carracedo renunció a su cargo de CEO en Bunge y Born y la convocó para refundar CADEC e integrar el directorio. Ya recibida, con el consentimiento de Carracedo, al que reconoce como su mentor, comenzó a dictar seminarios sobre clima laboral e hizo un máster en Administración de Empresas. Tenía 49 años y cursaba con chicos de 28, pero no se intimidó. Su tesis se tituló “La felicidad en el trabajo y su relación con la productividad”; lloró cuando recibió el título.       

El mandato familiar priorizaba el trabajo por sobre la formación. Lo esperable era que Terminielli se capacite en lo justo y necesario para preservar su cargo en Bunge y Born; luego llegaría un marido que la mantuviese. Pero rompió las reglas: se casó a los 23 años con su novio del colegio, tuvieron una hija y luego de 30 años de matrimonio se divorciaron.

Aunque creció laboralmente no siempre el trabajo se tradujo en estabilidad económica. De hecho confiesa que le hubiese gustado tener más hijos, pero que el bolsillo nunca fue suficiente. Económicamente, con su ex marido las pasaron todas; la peor fue cuando los estafaron y los dejaron sin el sueño de la casa propia y, claro, sin el anticipo de dinero que pusieron.

Fue con su indemnización en Bunge y Born que logró comprar un departamento en Palermo, el mismo que ocupa hoy. Vivir el presente sin hipotecar el futuro es su frase de cabecera. Por eso ahora, aunque es joven, ahorra para su vejez.

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Nombre:  Gabriela  Terminielli
Edad: 55 años
Profesión:  Magister en Administración de Empresas y licenciada en Psicología
Sector en el que trabaja:  Empresario
Lugar de Nacimiento: Parque Patricios – Ciudad de Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Mi pasión es detectar talentos y abrir puertas a personas que quieran superarse. Para ellas estoy disponible siempre a cualquier hora y lugar. No me gustan los interesados, esos que ayer te daban la espalda y hoy te dan palmaditas. Me quitan la energía; igual que el chismerío y la gente que no es genuina.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mi nietito. Nunca imaginé lo tremendo que es el amor de abuela. Solía decirle a mi hija que era todo para mí y ella muy inteligentemente me preguntaba si no era mucho; claro, es una carga muy fuerte, pero el amor de abuela me transformó. Cuando estoy mal, veo la foto del bebé y enseguida me compongo. Es un tierno hasta cuando llora y me da mucha gracia.
También me hace muy feliz hacer la diferencia con algo, como cuando doy una charla por ejemplo, pierdo la noción del tiempo

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Los temas de salud. Por suerte tanto mi familia como yo estamos bien, pero en este momento tengo cercano el caso de un chiquito que está muy complicado; eso me pone muy triste y no me deja dormir.
Para conciliar el sueño agarro un libro o miro la foto de mi nieto. Cuando me atormentan cosas que no puedo manejar rezo mucho.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Trabajo con las mujeres porque veo una gran injusticia, pero me destruye también la inseguridad, la pobreza, la maldad. Mi trabajo no tiene que ver solamente con satisfacer mis propios intereses, estoy haciendo algo por el otro y eso me hace sentir bien. No voy a poder salvar a la humanidad de la pobreza, pero desde mi lugar algo hago: a una chica que está en un proyecto social le abro una puerta, la mentoreo y la ayudo a encontrar oportunidades. Esa chica mañana  va a derramar en su contexto todo lo que le di.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Maestra.  Era pasión: desde que me despertaba hasta que me iba a dormir jugaba a la maestra.  Como mi abuelo era maestro y mi mamá pasó situaciones económicas complicadas porque los maestros siempre ganaron dos mangos, me prohibió ser maestra. De alguna manera, creo que pude cumplir ese sueño.

100 Mujeres | 30 de abril de 2018

Ilustración: Mana Le Calvet

María Angélica Pivas: “Cuando era chica ya quería ser abogada, asociaba a la Justicia con la felicidad”

Es la primera jueza en la Cámara del Crimen de Gualeguay. Lucha contra la trata de personas desde hace años y cumplió su sueño de que se cerraran los prostíbulos en Entre Ríos. Intervino en los casos Reggiardo, Yabrán, Soria y Gilda, entre otros.

Casa de chicas malas. Ese eufemismo usaban los grandes para explicarle a María Angélica “Ely” Pivas qué era el prostíbulo que había en la esquina de su casa de Gualeguaychú, en Entre Ríos.

Ella veía pasar a esas mujeres por la puerta de su casa. “Iban con la cabeza gacha, como avergonzadas. Para el barrio eran ‘las putas’. Lo que yo veía eran mujeres tristes y sin nombres, a las que les habían quitado su identidad. Las llamaban por algún atributo: eran ‘la culona’, ‘la tetona’, ‘la colorada’. Ya estaban cosificadas. Sólo supe el nombre de una, Laura, porque con ella conversaba a escondidas. No eran prostitutas, eran mujeres prostituidas por un cafisho que sí tenía nombre”.

María Angélica era chica, pero estaba segura de que esas mujeres no estaban ahí porque les gustaba, como decían las comadronas del barrio. Cuando una vecina les gritó: “¿Por qué no se buscan un trabajo decente?”, ella le contestó con otra pregunta: “¿Usted se lo daría en su casa?”.

“Creo que sin saberlo ya había comenzado mi lucha”, dice quien con el tiempo se convertiría en la primera mujer en la Cámara del Crimen de Gualeguay y un emblema contra la trata de personas con fines de explotación sexual. “No podía hacer nada entonces, pero cuando fuera abogada…”.

A los nueve años decidió que sería abogada. Aunque, en realidad, lo que deseaba profundamente era dejar de ver infeliz a su familia. Por entonces, su padre, Miguel, que era mecánico, había denunciado un contrabando de repuestos y autopartes de Fray Bentos a Gualeguaychú. “No sabía que se estaba metiendo con una mafia colosal, con conexiones que le garantizaba impunidad. Todos terminamos amenazados de muerte. Yo misma encontré un papel en nuestro zaguán, una amenaza anónima que la advertía a mi madre que iba a quedar viuda y nosotros huérfanos, si mi padre ratificaba la denuncia. Primero quise romperlo, pero lo dejé donde estaba y le avisé a mi mamá. Nunca supo que yo también lo había leído”. Ya nada fue igual. Tuvo que aprender a ser fuerte.

Por esos años, en la escuela, la maestra de grado propuso una consigna: “¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?”. Y María Angélica no dudó: “Abogada”, escribió. “Para que la gente sea feliz,” remató.

Estudió derecho en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe. Y sostiene que en treinta años de carrera no recuerda haber llorado con algún caso, aunque hay historias, imágenes que no se le borrarán nunca más.

El primer caso que la marcó, por el ensañamiento con las víctimas, fue el del triple crimen de la familia Soria. También actuó en el litigio por la millonaria herencia del estanciero José Reggiardo. Y fue fiscal en la causa por la muerte de la cantante Gilda.

Con su relato sobre el caso Yabrán podría escribirse como mínimo otra nota. Por entonces, era secretaria del Juzgado de Instrucción de Gualeguaychú. “Le tomamos declaración a todos porque todo era dudas: ¿Era Yabrán? ¿Se había matado o lo habían matado? Ordené el secuestro de todas las armas, a todos les hice el derminotrotest. Un comisario se me acercó sin disimular su enojo: ‘¿Por qué hace esto?’, me dijo. ‘Simple’, respondí. ‘Porque además de verificar la identidad de este masculino tenemos que saber si se mató o lo mataron, y los que estaban en el lugar al momento de la muerte, eran ustedes.’ Le dije que después me lo iba a agradecer”.

Todos dieron negativo, también los caseros, y sí, el comisario se lo terminó agradeciendo. Esa noche, para preservar las pruebas, tuvo que frenar a la Gendarmería, a la Prefectura, y hasta a los enviados del Presidente.

Habían pasado muchos años desde que esas mujeres cabizbajas, pasando por la puerta de su casa, la movilizaran. Sin embargo, la trata todavía ni siquiera estaba tipificada en la Argentina y ella tuvo que intervenir en el caso VML. “Era una chica de 15 años que había sido captada por una familia y era explotada sexualmente. La madre la tenía encerrada en la casa y el hijo mayor la violaba, la golpeaba, la quemaba con vidrios calientes y le hacía cosas tan horribles que duele contarlas. Entendí que estaba frente a un hecho de connotaciones mayores a los delitos de competencia ordinaria conocidos”.

Por entonces, se requería de mucha valentía. Las mafias y sus complices operaban sin límites. En la Argentina, la Ley de Prevención y Sanción de la Trata de Personas se sancionó recién en 2008. Pivas reconoce que muchas, muchísimas veces, ha sido y sigue siendo discriminada en el ámbito de la Justicia. “Lo vi y viví cuando se producía una vacante de cargo, que generalmente era ocupado por hombres. La Justicia no escapa a la sociedad en la que vivimos, que es machista. Yo veo que en el Poder Judicial de Entre Ríos está cambiando, no casualmente, de la mano de mujeres”.

Por eso, en 2014 festejó cuando la provincia de Entre Ríos creó el Centro Judicial de Género.

Fue la primera mujer en la Cámara del Crimen de Gualeguay. “Alguien me dijo una vez que a mí no me ofrecían un cargo porque ‘molestaba a los muchachos’. Molestaba porque quería cerrar los prostíbulos de la provincia”.

Más allá de esos dichos, sumando el coraje de muchos que se arriesgaron como Pivas, hoy en Entre Ríos ya no existen prostíbulos habilitados por el Estado. “Creo que ese funcionario puso en palabras una realidad: mi lucha jugaba en contra de mi carrera judicial, ¡pero pucha que valió la pena!”.

pivas

Nombre: María Angélica Ely Pivas
Edad: 57 años
Profesión: Jueza
Sector en el que trabaja: Justicia
Lugar de Nacimiento: Entre Ríos
Lugar en el que desarrolla su actividad: Entre Ríos

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Lo que a mí me inspira es la justicia y la intolerancia a la injusticia. Los vulnerables, las personas en situación de vulnerabilidad. La indiferencia de los que tienen poder y podrían operar un cambio.

2. ¿Qué te hace feliz?
El recuerdo más feliz que tengo es el nacimiento de mi hija. Soy demasiado casera: mi esposo, que es mi compañero de ruta, también me hace feliz. En mi vida, el mejor refugio es mi familia.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Normalmente no tengo problemas para dormir. Cuando no puedo dormir, casi seguro tiene que ver con que tengo alguna cosa pendiente en el trabajo. Entonces, lo que hago es prevenir y me pongo a trabajar toda la noche.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Se me ocurren varias situaciones, y todas son disímiles. Me gustaría que no hubiera pobreza y todas las consecuencias que conlleva; que se terminaran las guerras; que se cuidara el medio ambiente; que hubiera equidad de género. También creo que si nosotros creamos estas situaciones, de nosotros debe partir la solución, haciéndonos cargo de todo el mal que hacemos. El diálogo es fundamental, acompañado de educación. Comenzando por casa, la ciudad donde vivimos, la provincia, el país y luego un gran diálogo internacional.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Yo cuando era chica ya quería ser abogada. La injusticia que vivió mi padre motorizó mi vocación. En mi familia la pasamos mal, muy mal. Yo sentía que en ese momento no podía hacer nada más que cuidar a mi hermanito que era muy chico, pero cuando fuera grande iba a ser abogada, para que la gente no pasara por esas tristezas y fuera feliz. Indudablemente asociaba la Justicia con la felicidad, con la alegría, el bienestar de vivir en paz, en familia.

100 Mujeres | 25 de abril de 2018

Ilustración: Mana Le Calvet

Soledad Deza: “Las mujeres vivimos cadenas de injusticias en todos los ámbitos”

Es abogada y tucumana. Lucha por la legalización del aborto y contra las prácticas patriarcales. También carga sus contradicciones internas: tiene una posición económica acomodada y recibió una formación religiosa.

Cuando se enteró del caso, Soledad Deza, abogada tucumana especializada en temas de género, fue corriendo al penal. Como no la recibieron dejó una tarjetita con sus datos. “Te quiero ayudar”, escribió al dorso. Era el 13 de abril de 2016. Más temprano ese día una psicóloga había ido a su casa porque necesitaba que la asesore para declarar en un tribunal. El juicio empezaba al día siguiente y la acusada era una joven de 26 años que había llegado a la guardia de un hospital con un dolor abdominal, había sufrido un aborto espontáneo de un embarazo de pocas semanas y cuando recuperó la conciencia la policía la acusaba del asesinato de un feto de ocho meses que había aparecido en el baño del hospital.

Belén estaba presa hacía dos años por ese aborto y sus abogados no apelaban a la excarcelación. Incluso le dijeron que podría recibir cadena perpetua. Finalmente le cayó una condena por ocho años por “homicidio agravado por el vínculo”. En una sociedad en donde se entremezclan la religión con el Estado, no tenía a quien rezarle. Quien la sacó de la cárcel y logró su absolución fue Deza. Para Belén, el momento más oscuro de su vida se partió así: AS y DS. Antes y después de Soledad.

* * *

Deza tiene hoy 46 años y es férrea militante de los derechos de la mujer. Actualmente lucha por la legalización del aborto y contra las prácticas patriarcales pero también carga con sus contradicciones internas: de una posición económica acomodada, toda su juventud recibió una formación religiosa. Al momento de terminar el secundario no pensaba en el aborto e incluso su familia le había inculcado que para poder tener sexo debía estar casada. Cuando se anotó en la Universidad Nacional de Tucumán pudo romper, en parte, con esos condicionamientos. Estudió derecho, dejó atrás el dogma religioso e incluso se fue a vivir con su novio de ese momento.

Durante muchos años ejerció la abogacía en estudios que asesoraban a bancos y a privados que pudieran pagar sus honorarios. Se divorció cuando sus hijos eran chicos y no veía forma de poder mantenerlos si no era con ese tipo de trabajo. En 2009 finalmente, cuando su situación se acomodó realizó una maestría de género en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y conoció a referentes del feminismo. Empezó a hablar de aborto y se capacitó. En 2012 se unió a la agrupación Católicas por el Derecho a Decidir, una organización que respalda los derechos de la mujer y particularmente los asociados a la sexualidad y la reproducción. Desde entonces se aboca a asesorar y defender mujeres criminalizadas por abortar y mantiene su religión como algo personal. “Vivo de forma libre mi fe, creo que la espiritualidad es algo propio”.

* * *

La mamá de Belén la contactó unos días después de encontrar su tarjetita. Luego de charlar durante tres horas con la joven, Deza se puso en campaña para organizar su defensa desde lo legal pero también mediáticamente: pactó la difusión del caso con la prensa independiente de Tucumán e instaló un estado de movilización en la calle. El caso recorrió con indignación el país, aunque le valió, en el proceso, varios insultos. “Me escribían personas de mi pasado por Facebook para decirme que no podían creer lo que estaba haciendo. En la facultad y en el colegio, a mis hijos los miraban mal. Copté muchas sobremesas con este tema. Fue un alivio cuando se revirtió la condena”, dice y un poco se ríe.

“Lo de Belén me marcó y me interpeló desde mi lugar de privilegio. No tenía dudas de que estaba injustamente presa pero sabía que iba a tener que remontar todo el peso del poder policial. Tuve miedo de no lograrlo. Sentía mucha angustia por la situación, cada vez que iba a la cárcel a explicarle que no habíamos avanzado, que todavía faltaba, sentía el encierro en carne propia”, cuenta.

Después de cuatro meses en el caso, Deza logró la excarcelación de Belén. En el proceso demostró que se había violado el secreto profesional, que la joven había sido encarcelada sin probar su vínculo con ese feto de ocho meses -que desapareció antes de poder practicarle una autopsia- y que no le correspondía estar presa por un proceso del cual no había sido responsable. El año pasado, Belén fue absuelta por la Corte de Tucumán y ahora vive en Buenos Aires, tratando de rehacer su vida. Le pidió al Estado un trabajo y una casa como compensación pero nunca se la dieron. 800 días estuvo en el penal.

Deza escribió luego un libro: “Libertad para Belén. Grito nacional” en donde cuenta todas las particularidades del caso. Hoy sigue trabajando en Católicas por el Derecho a Decidir y milita intensamente por la despenalización del aborto. Cree que la victoria del movimiento feminista está en que sea más pragmático y político. Que no caiga en los dogmas que ella siempre quiso dejar atrás.

SoledadDeza

Nombre: Soledad Deza
Edad: 46 años
Profesión: Abogada
Sector en el que trabaja: Justicia
Lugar de Nacimiento: Tucumán
Lugar en el que desarrolla su actividad: Tucumán

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
La injusticia y la desigualdad que vivimos las mujeres en esta sociedad. Tengo una hija de 18 años a quien quisiera legarle una vida más justa. En todos los ámbitos vivimos cadenas de injusticias: en lo laboral, en la salud, en la educación y en nuestra propia autonomía. Esa sensación de que todo nos cuesta el doble, que tenemos que demostrar el doble, posicionarnos más fuerte. Eso me parece injusto.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mis hijos, mi familia. La lucha feminista me hace muy feliz, me realiza plenamente y no quiero que pierda fuerza. A veces creo que nos radicalizamos un poco y que queremos ganar batallas exclusivamente en nuestros términos, tenemos que volvernos más pragmáticas. El feminismo es un movimiento político y como tal tiene sus reglas y las tenemos que saber manejar. El feminismo no puede ser un dogma, tiene que ser flexible para que seamos cada vez más. También me realiza la docencia. Siento que es un espacio para incidir a futuro. Para meter cuestiones de género en la facultad, enseño gratis. Me gustaría que mi facultad fuera un poco menos dogmática la verdad.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Cuando tengo casos en donde se que las mujeres están en peligro. Duermo muy poco la verdad.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Los estereotipos en los que nos han encasillado a las mujeres. El mundo tiene que deponer a esa mujer monolítica al servicio exclusivo de la reproducción social. Esa es una mujer sometida. Aprendí mucho del movimiento feminista, de otras compañeras, de gente sobre la que leí y que pude conocer. El feminismo es muy horizontal y creo que hoy es un valor reconocerse así, cuando hasta hace poco no lo era. Todavía estoy aprendiendo y me reconozco en algunas prácticas patriarcales como decirle a mi hija “no podés vovler sola, yo te voy a buscar”, cosa que no hago con mi hijo varón. Quiero legarle a mis hijos que que luchen, que tengan una mirada crítica de las cosas, que no se conformen y que le devuelvan al mundo lo que a ellos no les costó.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Quise ser médica, luego psicóloga. Cuando terminé el colegio me quise inscribir en esa carrera pero se me venció el plazo y entonces decidí ser abogada. Igual algo de mandato hay: mi mamá es abogada y mi abuelo era abogado. Mi ex marido también. Mi padre es médico. Con lo que estoy haciendo ahora logré juntar un poco las dos cosas.

100 Mujeres | 17 de abril de 2018

Ilustración: Mana Le Calvet

Carla Vidiri: “Debajo de la ciudad hay otra ciudad que muy pocos conocemos”

Esta nota es parte de 100 Mujeres, una serie de RED/ACCIÓN que busca contar las historias de mujeres desconocidas para la mayoría de la sociedad, para visibilizarlas y que sus historias puedan inspirar a otros.

Todas las semanas, Carla Vidiri se pone un mameluco blanco –como el que usan los forenses en la escena del crimen–, un arnés, un par de botas con puntera de acero y un casco. Se cubre los ojos color miel con lentes de seguridad. Y baja a lo que todo el mundo conoce como alcantarillas, pero que ella prefiere llamar por su nombre técnico: “conductos” y “sumideros”.

Ahí abajo, mientras recorre túneles laberínticos en los que hay poco aire y poco ruido, examina los desagües y las corrientes: en la ciudad de Buenos Aires hay mil kilómetros de alcantarillas y once arroyos subterráneos, y muchas veces la realidad no se corresponde con los planos. Para Vidiri, que trabaja en la Dirección General de Sistema Pluvial del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, lo peor que puede pasar es que esos tubos se tapen y la ciudad se inunde. “Es un trabajo fascinante”, dice. “Debajo de la ciudad hay otra ciudad y muy pocos tenemos la suerte de conocerla”.

Todo esto empezó para ella en 2013. Un amigo le dijo que estaban buscando gente en el área y ella presentó su currículum. Nunca antes había estado en una alcantarilla, pero en un par de años llegó a ocupar la gerencia operativa de mantenimiento; en otras palabras, Vidiri ahora es como una mariscal de campo. “Y es una de las mejores del equipo”, dice el director del área, Lucas Llauradó. “Se mete en cualquier lado y a cualquier hora”.

Su plus es la condición de buzo profesional, de mujer aventurera y temeraria. La primera vez que buceó, cuando tenía 17 años y estaba de vacaciones en Punta das Canas –cerca de Florianópolis–, no podía imaginar qué tan profundo llegaría. “Ahora el buceo me sirve para tener el temple para meterme en un conducto cerrado, oscuro y húmedo”, dice. “Y para seguir una lógica de seguridad en el ingreso y en el egreso”.

En Punta das Canas vio colores, peces y corales. Cuando volvió a Buenos Aires, se anotó en una escuela de buceo y ahí conoció a un buzo que luego sería el padre de su hijo. Con los años, exploró los mares de las distintas latitudes, aprendió a hacer soldaduras subacuáticas y llegó a abrir su propia escuela de buceo: Oki Pi Oki.

Ahora las aguas turbias de las alcantarillas le fascinan tanto como las de los atolones. “Bajar a los conductos le gana diez a uno a quedarse en la oficina: me hace sentir productiva y operativa”, dice. “Cuando bajás, vas con una linterna y la vista tarda en adaptarse. Es como el buceo nocturno. Todos tienen que decidir cómo se van a mover y coincidir en la iluminación con las linternas. Eso implica un cambio en tu cabeza. Los sonidos también son distintos: la voz rebota y hay eco. No se escucha nada de arriba. Es otro mundo”.

En la Navidad del año pasado, que fue un día lluvioso, Vidiri estuvo en alerta roja y sin brindar, lo mismo que en su último cumpleaños. Si algún conducto se tapaba, ella estaba lista para actuar. No se arrepintió: “Necesito saber que el agua está ahí”, dice. “Sea el agua de Hawaii o la de un conducto”.

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Nombre: Carla Vidiri
Edad: 43 años
Profesión: Buzo
Sector en el que trabaja: Dirección General de Sistema Pluvial del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
Lugar de Nacimiento: Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué cosas te sacan energía?
Divertirme. Si no me divierto, no puedo salir de la cama. Siempre quiero estar haciendo algo nuevo y disruptivo. La mala energía de la gente me saca energía; la gente sin humor, envidia, los celos me tiran para atrás.

2. ¿Qué te hace feliz? ¿Cuál es el recuerdo más feliz que te viene a la memoria?
Mi hijo, João. Mi parámetro de felicidad pasa por él. Tiene 14 años. Recuerdo bucear con él en Cuba, el año pasado. A él le fascina y lo hace muy bien. Parece un lobito de mar.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir y qué hacés cuando te pasa eso?
Las injusticias me molestan mucho, en lo laboral, personal, económico. Prefiero no acordarme de cuándo fue la última vez que me pasó.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo? ¿Qué haría falta para que eso ocurriese?
Los buzos decimos que si todos pudieran meter la cabeza bajo el agua al menos una vez, cuidarían lo que tenemos de una manera increíble. Porque es tan lindo lo que tenemos… Le daría a la gente el don del no egoísmo y me gustaría que no hubiera hambre ni mezquindad.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande? ¿Quién te inspiraba?
Primero quise ser abogada, porque mi papá es abogado. Después quise ser médica porque me gusta arreglar las cosas. Por eso terminé trabajando como informática.

100 Mujeres | 13 de abril de 2018

Ilustración: Mariana Le Calvet

Ana Lía Otaño: “Estudié medicina para cambiar el mundo”

Pediatra y militante social, fue clave en la lucha de los vecinos de un pueblo del Chaco contra las fumigaciones con agrotóxicos. Hoy jubilada, sigue colaborando en la red de salud que fundó junto a otros colegas hace más de treinta años. Cree que el éxito se consigue sólo si se trabaja en equipo. “Es tan grave lo que pasa con el hambre, que a veces la patología es el último problema”, dice.

Tenía nueve años cuando decidió que iba a cambiar el mundo. Su abuelo Abel era el médico de La Vicuña y ella lo acompañaba en la recorrida “casita por casita” después de uno de los tornados que asolaban al pueblo, al sur del Chaco. No entendía por qué había otros chicos de su edad descalzos y con hambre. “Quería hacer algo y mi abuelo me decía que había que saber dar una mano. Mientras atendía a los heridos, preguntaba qué faltaba: ‘Cuatro chapas, dos tirantes… ¿De qué vale que yo los atienda del tobillo que se torcieron, si mañana llueve y se enferman de neumonía?’ Así aprendí la medicina social”, dice por teléfono desde Resistencia la doctora Ana Lía Otaño.

Pienso de antemano en la Doctora Otaño como en una Erin Brockovich chaqueña, por el freno histórico que logró su lucha contra las fumigaciones en La Leonesa, un caso en el que la Justicia provincial falló en dos instancias a favor de la demanda colectiva de los vecinos que denunciaron el aumento de casos de cáncer, malformaciones y leucemia en los chicos y vecinos expuestos a los agrotóxicos. Me dirá que las luchas nunca son individuales; es casi lo primero que aclara al atender: “Mirá que esto no lo hice sola. Las cosas se hacen siempre en conjunto, es el grupo lo que lleva a que tengas éxito. Y yo jugué en equipo desde chica”.

La infancia de Otaño transcurrió entre el monte chaqueño y Resistencia hasta que se mudó con su familia a Rosario. En la secundaria hizo sus primeras armas en la acción colectiva; ella dice que fue ahí también donde aprendió de verdad la solidaridad: “En plena dictadura no había centro de estudiantes, pero con el Club Colegial me empecé a movilizar a los trece años en defensa de la escuela libre y laica. Todos los cursos nos unimos para hacer actividades sociales y ayudar en un hogar de huérfanos. En esa época ya me di cuenta de que a veces en conjunto se pueden mover montañas”.

La medicina fue un paso natural, la militancia también. “Mi abuelo fue intendente, él me inculcó la militancia social. Era discípulo de Yrigoyen y en mi familia eran bastante gorilones. Pero a mí me marcó ver que en las casitas más humildes había siempre un altarcito con la Virgen y la foto de Perón y Evita. Pensé que si estudiaba medicina podía llegar a algún cargo que me permitiera modificar algo de esa desigualdad. Yo le decía a mi abuelo que quería cambiar el mundo, no estudié medicina por él: estudié medicina para cambiar el mundo”. Al comenzar la carrera, en Rosario, también empezó a colaborar en el salón comunitario del sacerdote tercermundista Santiago MacGuire en el barrio de emergencia del Bajo Saladillo, donde vivían los empleados del frigorífico Swift, porqué ahí vivían muchos chaqueños. “Era gente que vivía en cuevitas, arrasada por las inundaciones. El padre Santiago les enseñaba cómo reclamar por sus derechos, cómo hacer sus casas de material. Yo daba actividades prácticas, bordado… Mi novio, que ya era practicante, empezó a atender pacientes con lo mínimo”. Se casaron en la villa, pero no en la Iglesia, porque ese día llovió a cántaros. Fue el último casamiento que ofició MacGuire (que después sería secuestrado por la dictadura) antes de dejar los hábitos para casarse: Ana Lía y Santiago Montalvo están casados hace cincuenta años y tienen cinco hijos y nueve nietos.

Volvió al Chaco recién recibida de pediatra, con su marido, sus hijas mayores, y una idea muy clara, no tan diferente de la que había aprendido de su abuelo Abel: “La medicina no es la atención de una patología, es la atención de todo lo que rodea a una persona. Es tan grave lo que pasa con el hambre, con la miseria, que la patología a veces es el último problema”. Así formaron la Red de Salud Popular Dr. Ramón Carrillo, la misma con la que años más tarde llevaron adelante las investigaciones por la contaminación de los fumigadores. “Nos agrupamos con esa visión de medicina social antes de los 80, en plena dictadura. Por entonces yo trabajaba en el Hospital de Pediatría, y empezamos a hacer consultorios en barrios humildes.” Bajo su dirección se crearon centros de salud comunitarios con una escuela deportiva “porque los chicos venían a jugar al fútbol pero también tenían las vacunas al día, estaban desparasitados, sin piojos; encontraban una contención, ¡son tantas las cosas que los afectan que no son la fiebre alta! Las mamás planteaban lo que necesitaban, armábamos talleres, campamentos, se hacían cumpleaños de quince y fiestas de egresados en los consultorios”.

Otaño fue delegada sanitaria federal y participó de las juntas médicas para ex detenidos de la dictadura y ex combatientes de Malvinas. “Conocí mucho esa guerra –dice sobre Malvinas–. Vi a esos muchachos destrozados, a sus familias. Todos con problemas psiquiátricos. Cuando les preguntabas por el problema ya sabías que se desencadenaba una crisis: era la impotencia de ver vidas destruidas”.

Nada –y sin embargo todo, desde la infancia en el monte chaqueño– la preparó para esa otra impotencia, la de ver morir chiquitos con cáncer o con malformaciones terribles. Pero entonces transformó la impotencia en lucha y aquello de “cambiar el mundo” cobró más sentido que nunca.

–¿Cuándo empezaste a ver los efectos de los agroquímicos en los chicos?

–En el 2000 ya empezaron los casos de cáncer, otro chiquito sin manitos, después sin pies, sin brazos, con hidrocefalia, muy malformados… Había un grupo de cirujanos de Buenos Aires que viajaba cada vez más seguido a hacer cirugías programadas por malformaciones. Y nosotros también fuimos abriendo los ojos. Los chicos eran de las mismas zonas del desmonte, de Las Palmas y La Leonesa, lo que había sido la primavera del Chaco. Ahí se fumigó con agrotóxicos tan tremendos que los mismos banderilleros venían con intoxicaciones agudas. Las embarazadas recibían esos químicos encima. Fuimos estudiando, fundamentando. Con Horacio Lucero, del Instituto de Medicina Biomolecular y Andrés Carrasco, de la Universidad del Nordeste: ellos llevaron adelante una investigación de décadas. Denunciábamos y nos tapaban, porque el poder económico es enorme.

A fines de 2008, un grupo de madres de Ituzaingó, en la periferia de Córdoba, denunció los efectos de la contaminación sojera. En 5000 habitantes, había 500 casos de leucemia linfática aguda. “Hicieron un estudio del dosaje de sangre y vieron que los niveles de glifosato eran altísimos. Se procesó al dueño del campo, al dueño del avión y al piloto. El día que leímos eso en el diario, para nosotros fue una alegría: enseguida formamos un grupo acá”, dice Otaño. Laura Mazzitelli, la mamá de un chiquito de dos años con leucemia a la que le confirmaron en el Garrahan que había sido por glifosato, “vio que había otro caso a media cuadra, y otro a media cuadra… adultos con enfermedades bronquiales, en la piel. Empezamos a reunirnos todos. Ya estábamos pidiendo autorización para investigar. No nos hacían caso, pero con eso nos tuvieron que escuchar. Le pedimos al gobernador que hiciera una comisión como la que había en Nación a raíz del caso de Córdoba. En el medio, vino la ministra de Salud y le contamos el caso a ella: en menos de una semana se creó la primera Comisión de Investigación”.

Se había fumigado sobre el pueblo, sobre las escuelas, en una secundaria agrícola donde vivían alumnos, sobre ríos y lagunas. “Recorrimos todo: todo estaba fuera de la ley. No había arboledas para detener el viento que llevaba los productos. Los aviones pasaban bajísimo. El agua estaba contaminada. Documentamos todo y todo salió a la luz. Y así y todo seguimos peleándola, porque así son las luchas”.

La comisión investigadora conformada en el Ministerio de Salud del Chaco que integró la Dra. Otaño determinó que entre 1991 y 2007 se duplicaron los casos de cáncer infantil, que treparon de ocho cada 100 mil a 15,7 cada cien mil. Esa cifra no incluye los casos que se atendieron en Buenos Aires y escaparon a la estadística provincial, el 25% del total. En La Leonesa, donde “no sólo se fumigaba, sino que se desagotaban desechos en la laguna de la que se toma el agua”, se triplicaba la media de casos de cáncer infantil. Las malformaciones congénitas pasaron de 19,1 por 10 mil en 1991, a 85 por 10 mil en 2008. En seis localidades del Chaco, el 85% de las muertes infantiles se relacionaban con malformaciones.

Hoy se respeta la ley y ya no se fumiga sobre La Leonesa ni sobre Las Palmas. Pero las malformaciones aún se repiten, y los estudios dicen que la contaminación del agua tardará años en revertirse. “Sin embargo, hay historias que a mí me emocionan –dice la doctora Otaño–. El nene de Laura terminó el secundario. Nos mandó el video de cuando se recibió. Dice cómo todos estamos presentes en su vida.”

Ana Lía está jubilada hace cinco años y tuvo dos operaciones de columna por las que tiene que usar un bastón canadiense que no le impide seguir su trabajo en la Red de Salud Popular Ramón Carrillo. Es la madrugada y seguimos hablando. Antes de cortar, me dice que hay una canción de Blas de Otero que para ella es casi un lema: “Si me muero, que sepan que he vivido/ luchando por la vida y por la paz.[…] Si me muero, será porque he nacido/ para pasar el tiempo a los de detrás.[…] Un niño, acaso un niño, está mirándome/ el pecho de cristal”.

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué te inspira a hacer lo que hacés? ¿Qué cosas te sacan energía?

–Lo que me inspiró siempre fue la desigualdad, ver tanta desigualdad. No puedo ver chicos con hambre, criaturas descalzas. Mi lucha es por la igualdad de oportunidades: hay genios entre los chicos más humildes. Es muy frustrante la falta de respuestas, cuando uno cree que van a resolver algo y no lo resuelven, sentir el freno de la corrupción y los intereses económicos que hay detrás, cuando no interesa la salud, ni la vida. Pero a mí encontrarme con esa gente que está en lugares importantes y no da respuestas me da fuerzas para seguir luchando. Yo veo ejemplos de chicos de barrios muy humildes que han logrado mejorar su situación, cuando la señora de la familia más humilde se sienta en el consultorio al lado de la de la de la familia más rica, eso para mí es igualdad de derechos y oportunidades.

2. ¿Qué te hace feliz? ¿Podrías contarme cuál es el recuerdo más feliz que primero te viene a la memoria?

–Tantas cosas… Soy un poco egoísta con esto, pero pienso en el nacimiento de mis hijos. Y en las dos adopciones. La última fue un feriado largo: “Está esa beba, tengalá usted que es feriado largo, me dijo el juez” (Se le entrecorta la voz por única vez en toda la conversación). Entonces la trajimos a casa, y quedó el moisés al lado de mi cama. Y cuando pasó el fin de semana, todos mis hijos se me plantaron al lado del moisés pidiéndome que no la llevara. Yo fui al juzgado con un nudo en la garganta porque esas cosas son difíciles, hay mucha gente que espera chiquitos. Terminamos pudiendo adoptarla. Mis nenas le eligieron el nombre: María de los Milagros se llama. Es bailarina, ama la vida. Tuve muchos momentos felices en mi carrera también. Cuando los pacientes y las madres (son siempre las madres y las mujeres las que llevan el timón) me esperaron con un camión en la puerta del Centro Pediátrico que dirigía porque querían que me quedara… a veces pienso que me tendría que haber guardado los recortes, pero en mi mente están todos.

3. ¿Qué no te deja dormir? ¿Cuándo fue la última vez que no dormiste o te costó hacerlo? ¿Qué hacés cuando te pasa eso?

–Generalmente, apoyo la cabeza en la almohada y me duermo. Las épocas terribles fueron las de la dictadura. Nosotros estamos vivos de casualidad. Mi marido y yo nunca estuvimos en un grupo armado, peleábamos con los compañeros porque decíamos que nuestro pueblo no estaba preparado para eso, pero luchábamos por la igualdad. Fueron épocas de mucha angustia. Estaba en Rosario en la casa de una amiga y allanaron mi casa y dejé a mi nena de dos años y salí corriendo: estaban para llevarnos y desaparecernos. Tenía terror de que se llevaran a la chica que me ayudaba. Me avisaron justo, agarré a mi hija y a volar. En ese momento uno pensaba en ayudar a los otros, había mucha solidaridad en el terror. Pasamos momentos muy feos. Lo enfrentamos, sacamos fuerzas no sé de dónde, y no no nos quedó resentimiento. Ahora porque me haces acordar, pero cuánta lucha hay. Tengo la fuerza de mi bastón para decir Nunca más y para seguir luchando contra las injusticias y por los Derechos Humanos, que es lo que corresponde.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo? ¿Qué haría falta para que eso ocurriese? ¿A quién le pedirías ayuda?

–¡Que haya mayor igualdad social! Que no haya criaturas y ancianos pasándola mal. En la Cuba que yo viví, donde estuve en una casa de familia, todos tenían salud, educación, casa… El muchacho que nos llevó, me dice: “Yo no tengo documento, tengo libreta de trabajo, si no tengo voy preso, y no puedo viajar como ustedes”. Y yo le dije: “En mi país, algunos viajan y algunos comen. Acá todos comen y todos tienen salud y educación. No hay chicos pidiendo, solo una birome o un chicle”. Ojo, yo no quiero Cuba, no digas que yo quiero Cuba. Pero quiero salud e igualdad social. Eso me gustaría cambiar del mundo, me gustaría que se ampliara la clase media. Quiero que tomemos conciencia de eso cuando votamos para que nuestros representantes sean lo más sanos posibles, entonces le pediría ayuda a la sociedad. Podría decir a Dios. Pero el milagro lo hacemos nosotros. Les digo siempre eso a mis pacientes, que Dios los va ayudar si ellos hacen su parte. Tenemos que liberarnos nosotros. Y en equipo, en conjunto. Yo no hice nada sola. Lo hice con las enfermeras, con los compañeros. Eso es lo que da poder y fortaleza para concretar.

5. ¿Cuándo eras chica, qué querías ser de grande? ¿Quién te inspiraba? ¿Quién sentís que marcó tu carácter entonces?

–Me marcó mucho ver a otros nenitos como yo con hambre. Quería darles algo, no podía entender por qué no tenían lo mismo que yo. Me rebelaba eso. Después, la persona que inspiró fue mi abuelo: por lo que fue, lo que era humanamente, por su lucha. Desde su lugar como médico, como director del hospital, por cómo usaba su oficio y después su cargo de intendente para cambiar las cosas. Tuve ese ejemplo y desde chica quise eso: ser médica para cambiar las cosas. Mi abuelo me llevaba con él a todos lados y yo también hice lo mismo con mis hijos. Me decían: “Doctora, ¿no tiene miedo de ir a la villa de noche?” No, porque la gente es noble. Y mis hijos mamaron eso. Todos en su vida hacen algo relacionado con lo social.