Mi libro enterrado, comentado por Daniel Guebel | RED/ACCIÓN

Mi libro enterrado, comentado por Daniel Guebel

Mi libro enterrado
Mauro Libertella
Random House Mondadori

Uno (mi comentario)

Mauro Libertella escribió un tratado sobre el dolor de la pérdida, con la discreción y la ternura de un hijo sabio.

Dos (la selección)

Mi padre murió hace cuatro años, un mediodía de octubre, en su departamento de dos ambientes en el que ahora vivo yo. Me acuerdo de ese momento con especial nitidez, porque unos segundos antes de que dejara de respirar supe que a la cuenta regresiva le había llegado, literalmente, su último suspiro. Fue un instante al mismo tiempo suave y dramático: yo arrodillado en el piso, él acostado en su cama inconsciente hacía horas.

Tres

Y sin embargo, lo recuerdo todo con levedad y ternura, sin estridencias. Tomaba tragos cortos de un vaso de vidrio que nosotros inclinabamos en su boca: era un autómata en su último gesto de supervivencia. Tomá un poco más, tomá un poco más, le pedíamos nosotros, obstinados, repitiendolo como una plegaria. El último trago le cortó al fin la respiración, que era ya un hilo tenue y frágil. Así lo vi morir, con la cabeza apoyada en la almohada y los ojos cerrados. Supongo que fue una linda forma de morir, entre sus libros y en su propia casa, donde en sus últimos años ya había estado muriéndose de a poco.

Cuatro

En esos años, cada vez que lo llamaba y no atendía pensaba que mi papá había muerto, así que la paranoia empezó a tomar consistencia. Disqué su número cada quince minutos, siempre sin respuesta, hasta que a las doce de la noche no aguanté más y salí para su casa. Llegué al rato y subí hasta el sexto piso, donde vivía. Desde adentro no se escuchaba ningún ruido, y las luces parecían apagadas. Toqué timbre y golpeé dos o tres veces la puerta. Nada. Entonces abrí con mi llave y vi una imagen escalofriante. El living estaba a oscuras y la escena se iluminó de a poco, con la luz tenue que proyectaba la bombita amarillenta del pasillo. Mi viejo acostado en la cama, vestido, con la boca abierta por completo, como petrificado.

Cinco

Nos sentamos los dos en la cama, uno al lado del otro, él a mi izquierda, las espaldas apoyadas en la pared. El hospital estaba en completo silencio, como apagadas, las luces del lugar eran tenues y estaban encendidas aisladamente, como en fragmentos. Yo estaba nervioso: no sabía cómo había reaccionado él ante la noticia. Cuando nos acomodamos apoyò su mano en mi hombro, una mano pesada y grande que contrastaba notablemente con su cuerpo enflaquecido y casi transparente, y me dijo: “ya lo sé”. No lloramos.

Seis

Un día se me acercó uno de ellos, un médico de mediana edad, alto y corpulento, al que terminé respetando mucho, y me dijo que era momento de tomar una decisión. Ellos no podían hacer mucho más. Si lo dejaba en el hospital, iba a morir en una cama de habitación compartida, posiblemente sólo, con un vaso de agua en la mesa de luz y todo lleno de cables y botones. Por el contrario, podíamos llevarlo a casa, en donde no iba a tener las garantías de un equipo médico especializado ni iba a disponer de una infraestructura preparada, pero moriría en el lugar en donde vivió, acompañado por su familia. Cuando el médico leyó mi mudez como una respuesta, se permitió por única vez la primera persona. Si fuera mi padre yo lo llevaría a su casa, me dijo.

Siete

Otra foto que me gusta es una en la que estamos en una cocina, los dos en pijama, de noche. No recuerdo esa cocina, pero era pequeña y cálida. Él está arrodillado en el piso y yo aparezco de pie al lado suyo, a su misma altura. Sonríe y me señala la cámara. Yo sonrío. Es una foto alegre y simple, y evoca una época de despreocupada cotidianeidad que mi memoria fue borrando.


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