Por qué es urgente sanear el basural más grande de la provincia de Buenos Aires | RED/ACCIÓN

Por qué es urgente sanear el basural más grande de la provincia de Buenos Aires

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

Alrededor de 100 familias viven de los materiales que rescatan del basural municipal de Luján. El 38% de los recicladores tiene menos de 18 años, y sin guantes ni ningún elemento de protección están expuestos a riesgos y enfermedades

Por qué es urgente sanear el basural más grande de la provincia de Buenos Aires

Foto: Denise Belluzzo

Si uno conduce por la ruta 192, a la altura de Open Door, en Luján, una columna de humo interrumpe la monotonía del camino. Al mirar hacia un lado, se ven algunos arbustos, pero al salir de la ruta y conducir apenas unos pocos metros, aparece la entrada de uno de los basurales a cielo abierto más grandes de la Provincia de Buenos Aires.

El basural de Luján, que recibe 150 toneladas de residuos por día, ocupa 12 hectáreas de propiedad municipal desde hace más de 30 años.

Y alrededor de cien familias viven de los materiales que rescatan de las montañas de basura. Suelen separar 12 toneladas de residuos por semana, para luego, comercializar lo reutilizable.

El basural se divide en distintos sectores. Primero, nos acercamos a la zona donde están los focos de incendio. Entre el polvo que levanta el vehículo y el humo que invade el lugar, se siente una sensación arcillosa en la boca y la garganta comienza a picar. El humo blanco impide ver con claridad a escasos metros, sin embargo, allí, aparece una figura difusa. Sentado a un costado de una montaña de basura está Axel Vera, un joven de 22 años. Está enojado y se queja porque una máquina de la municipalidad se acercó a la zona y agrandó la montaña de basura cerca de donde se generó el humo. “En vez de empujar la basura para el fondo para que haya playa, la maquina la empujó para el costado”, dice Vera.

Foto: Denise Belluzzo

Muchos de los incendios se generan por los propios gases de los residuos y el calor. Las bolsas de nylon también provocan un efecto de lupa y encienden el fuego, que con el viento se propaga. En algunas oportunidades, los mismos recicladores informales prenden un poco de fuego para sacar algún cobre que encontraron.

Desde los 9 años, Vera va todos los días a las 6 de la mañana al basural. Pudo estudiar hasta octavo año y después tuvo que abandonar los estudios para trabajar. Tiene dos hijas, una de seis años y otra de tres. “Este humo es tóxico, pero no me queda otra que venir, porque otro oficio no tengo. A veces no puedo ni estar en casa por el olor. Me gustaría tener un oficio, incluso, más adelante, podría estudiar. Tiré curriculums en un par de lados, y en la municipalidad ya me conocen todos. Hasta con el intendente hablé. Me dijo que en marzo iba a salir algo para mí. Yo no me doy por vencido”, cuenta.

Del bolsillo, Vera saca dos relojes y un cable USB. Hace un rato, los encontró en una bolsa con otros residuos. “Acá encontrás de todo. A veces un pendrive, un cargador, de todo un poco. Hoy estoy armando un bolsón con cristal de botella blanca, otro con plástico y uno más con cartón y papel”,  cuenta. Vera dice que lo que junta puede venderlo por $500, pero alguna que otra vez se puede llegar a $3000. “Depende un poco de la suerte que tengas. Capaz, encontrás cobre y te salva”, expresa.

Derecha: Axel Vera. Foto: Denise Belluzzo

Vera tiene un montón de cicatrices por cortes. “El otro día, bajaba la montaña y sin darme cuenta me clave un pico de botella. Me quedó sensible la pierna. Me hice un re tajo”, dice.

A mediados de enero, Juan Cabandié, ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable, Juan Brardinelli, director ejecutivo del Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible, y el intendente de Luján, Leonardo Boto, recorrieron el predio. En un comunicado posterior a la visita, Brardinelli señaló que el 38% de quienes trabajan a diario en el basural son menores de 18 años.

El Ministro destacó que se requiere un cambio cultural para revertir la situación de los 5000 basurales a cielo abierto que existe en los 2500 municipios de la Argentina. El mismo comprende el desarrollo de una política pública donde el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación aborde la planificación y la identificación de las soluciones y coordine con las provincias y los municipios.

Desde el Ministerio señalan que los 5.000 basurales se pueden sanear y que es posible reconvertir la modalidad arcaica y contaminante, que afecta a la calidad ambiental y la salud de las personas, en un sistema sustentable de gestión de residuos domiciliarios. También explican que es posible tratar el basural de Luján —el más grande de la provincia de Buenos Aires— y que está contemplado dentro de los objetivos del Plan de Erradicación de Basurales a cielo abierto de la Argentina. En ese sentido, se apunta a empoderar a los recuperadores urbanos como actores fundamentales que contribuyen al proceso de la economía circular.

Victoria D'Hers, doctora en Ciencias Sociales, que investiga sensibilidades sociales, percepción y ambiente, opina que el cambio cultural tiene que ir de la mano de políticas públicas. “La recolección de los residuos es uno de los gastos más grandes que tiene el estado. Por eso también es una preocupación a nivel gestión. Se responsabiliza mucho al vecino, pero la solución no es individual, es política. Muchas veces el vecino separa, pero luego todos los materiales terminan en el mismo lugar. En torno a los residuos hay múltiples y fuertes intereses económicos. Por eso la solución debe estar acompañada de acuerdos y lobby. Otro problema es que gran parte de residuos no van por el circuito legal, hacia el relleno sanitario, y terminan en un basural. Reducirlo a cambio cultural supone que la solución es individual”, explica.

D'Hers considera que los residuos son un síntoma de un sistema, el cual implica consumo. “Hay que entender dónde nace el problema, porque constantemente estamos generando basura. Por eso también hay tener una buena ley de envases y regular a las empresas”, propone.

Foto: Denise Belluzzo

Según la especialista, los basurales más viejos se asentaron en el suelo y es más complejo el saneamiento. Muchas veces se hace una limpieza superficial para que se deje de ver, pero la contaminación queda en el suelo. Se busca que no se perciba, pero no se resuelve el problema de fondo.

En el basural de Luján no se controla quién entra y quién sale porque no hay circuito de calles. El subdirector de residuos sólidos urbanos de la municipalidad, Pedro Vargas, dice que un primer paso es armar una calle para poder ver qué se recibe y qué no. “Si llega un volquete con cubiertas lo podrías frenar para que no genere humo negro”, dice.

Según Vargas un punto importante a trabajar es tener una disposición final ordenada. “La municipalidad cuenta con cinco camiones de residuos y contrata ocho más a una empresa, pero para la cantidad de residuos que genera la ciudad, es poco. Lo ideal sería generar diferentes rutinas de recolección, donde algunos días se recolecten los residuos comunes y otros días los materiales reciclables”, explica.

El funcionario agrega: “es importante que la sociedad entienda que cada uno es responsable de los residuos que genera: poder separar en origen sería una solución para los recicladores porque el material llegaría mucho más limpio, por ende sube el valor a la hora de la venta y genera menor cantidad de residuos finales en el predio”.

La licenciada ambiental y empleada municipal Micaela Fanuse observa que es necesario trabajar en conjunto con los recicladores informales y lograr que armen una cooperativa. “Más allá de la contaminación del aire, del agua y del suelo, acá se ve mucha tristeza. Mucha gente con miedo de no poder llevar un plato de comida a la casa. Si se llegara a decidir que acá no entra más nadie ¿Qué hacemos con los trabajadores? ¿Cómo comen?”, se pregunta Fanuse.

En otro sector del basural, más alejado del humo, se ven unas veinte personas agachadas, revolviendo entre los residuos, con gorra para protegerse del sol intenso de la mañana. La mayoría son hombres, pero por la tarde se acercan algunas mujeres con sus hijos. Algunos recicladores ya cargan sobre las espaldas los bolsones blancos llenas de los materiales que juntaron durante horas. Hay algunas personas que buscan algo para comer, otras que separan y buscan cartón, plástico y otras juntan ropa para vender en las ferias.

Foto: Denise Belluzzo

Ninguno de los recicladores usa guantes o herramientas para protegerse. No hay sombra ni techo para protegerse del clima. Cuando llueve se trabaja igual: mojados o hacen malabares para cubrirse con un nylon. Tampoco hay baño en la zona. Las moscas molestan al llegar, pero como a casi todo uno se termina acostumbrando y los perros dan vueltas por ahí, acompañando los recicladores. También hay pájaros que se posan sobre las montañas de basura y así forman parte del ecosistema. Una zapatilla sin su par, un souvenir de un cumpleaños roto, bolsas de residuos abiertas, guantes, neumáticos, y un tablón de madera son algunos de los residuos que se ven a simple vista.

“Muchos basurales tienen viviendas precarias cerca, sin ningún tipo de servicio urbano. Vivir cerca de un basural es insalubre, pero para algunas personas es también una fuente de trabajo. Los recicladores siguen trabajando en condiciones deplorables, y lo que ganan no se corresponde con la importancia de su labor. Hay mucha gente que no está cooperativizada, que trabaja a pulmón, porque el cartonero es el eslabón más débil de toda la cadena. Dar guantes y pechera no alcanza: hay que reconocer el trabajo que hacen y valorizar su hora de trabajo”, opina D'Hers

Andrea Monzón, de 48 años, vive en San Pedro, uno de los barrios lindantes al basural y el que más sufre la presencia del humo. Ella trabaja en un comedor comunitario que diariamente recibe a 300 chicos. Monzón dice que el humo llega a todo Luján, pero especialmente a los barrios cercanos al basural, y afecta la salud de los vecinos, y sobre todo de los niños. Hay personas con problemas en los bronquios, con dolor de cabeza, mareos y con granos.

Andrea Monzón. Foto: Denise Belluzzo

“Nosotros queremos que los trabajadores del basural puedan trabajar más cómodos, que tengan las vacunas dadas y la ropa apropiada. Es importante que arreglen las calles y construyan un tinglado para poder trabajar si llueve”, señala Monzón.

Llega un flete al basural y en la caja se cargan unas 20 bolsas repletas. Luego, el fletero lleva los materiales al comprador. “Así nos hacemos unos $500 o $600 para pasar el día. No te haces rico acá. No ganamos $50.000”, cuenta Pedro Catalán, un trabajador del basural de 36 años, que vive en Santa Marta, otro de los barrios linderos.

Foto: Denise Belluzzo

Catalán pudo terminar la primaria, pero no pudo seguir más allá: fue padre adolescente y tuvo que salir a trabajar. A los 12 años empezó a ir al basural y mantiene la rutina hasta la actualidad: llega a las 6 de la mañana, corta al mediodía y vuelve alrededor de las 16. Suele quedarse hasta las 23. En la oscuridad, sigue separando con una linternita en la cabeza.

Pedro y Marta, su pareja, tienen cinco hijos, que se criaron en el basural. Los dos mayores, uno de 20 y otro de 18, también separan los residuos diariamente. Marta asiste regularmente a ayudar al comedor. Pedro dice: “Mi hijo mayor pudo terminar el secundario. Queremos que todos puedan estudiar y que puedan conseguir un trabajo en blanco”.

Pedro Catalán. Foto: Denise Belluzzo

Una idea que lo abruma a Pedro Catalán es la posibilidad de que el basural cierre. Explica: “Es nuestra fuente de trabajo y es el lugar al que venimos todos los días. Queremos que se mejoren las condiciones, pero si me quedo sin este espacio, a mí se me cierran las puertas en todos lados”.

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