Por qué la población debe entender algo de economía si quiere mantenerse a salvo de los políticos: este libro lo explica | RED/ACCIÓN

Por qué la población debe entender algo de economía si quiere mantenerse a salvo de los políticos: este libro lo explica

La economía del bien común
Jean Tirole
Taurus

Selección y comentario por Marina Dal Poggetto, economista de la UBA y Master en Políticas Públicas de la Universidad Torcuato Di Tella. Fue Subgerente de Análisis Macroeconómico del Banco Central de la República Argentina y Jefa de Asesores de la Secretaría de Política Económica del Ministerio de Economía. 

Uno (mi comentario)

La economía del Bien Común es un libro interesante escrito por un Premio Nobel de Economía que hizo el esfuerzo de escribir para no economistas con la convicción de que la cultura económica de la población es condición necesaria para que los políticos tomen buenas decisiones. Jean Tirole parte de la creencia de que no basta con educar a los políticos, sino que también se necesita educar a la población. (…)

(sigue mi comentario)

(…) Arranca de la idea que sostiene que la búsqueda del interés individual puede no llevar al interés colectivo. Rechaza tanto la supremacía del mercado como la del Estado sosteniendo que el Mercado necesita regulación y el Estado competencia e incentivos, y remarca la necesidad de construir instituciones sólidas cuyo objetivo sea conciliar el interés individual y el interés general. El libro consta de cinco secciones que pueden leerse en forma independiente. Las primeras dos tratan sobre la práctica de la economía (la restricción presupuestaria y los trade off que aparecen en toda decisión de política económica) y el rol que cumple el economista en la sociedad (frente a los medios y frente a la política). La tercera parte habla sobre la importancia de las instituciones en la economía y la necesidad de modernizar el Estado (no necesariamente achicarlo sino adaptarlo) para enfrentar a los nuevos desafíos que presentan la globalización y el robot haciendo foco en las economías desarrolladas y los problemas económicos y políticos (el auge de los extremos en la política del mundo desarrollado) que genera que estos cambios no se produzcan a tiempo. Y acá hace un excelente resumen donde simplifica avances de la microeconomía moderna donde trata fallas de mercado, equilibrios múltiples y no óptimos con teoría de los juegos y los problemas de selección adversa y riesgo moral que siempre aparecen cuando arranca una crisis financiera. En la cuarta sección se detiene en los grandes retos de la economía (El cambio climático, el desempleo, los problemas de Europa y el Euro, la necesidad de regular el mercado financiero y la crisis de 2008). La última sección trata sobre el desafío industrial frente al cambio tecnológico, la protección intelectual y el financiamiento a la innovación, y la regulación sectorial fundamentalmente en sectores de servicios públicos. Sorprende la forma en que el autor abarca todos estos temas simplificando los conceptos para bajar al gran público sin por ello perder calidad en la presentación de los temas. Quizas en la responsabilidad que asume el autor de “divulgar la disciplina sin sacrificar el rigor” es que el libro pretende abarcar todas las aristas y se extiende mucho (son 514 páginas con mucho contenido) por lo que el objetivo original de educar sigue siendo selectivo. No por ello deja de ser un excelente trabajo que intenta ir más allá de la descripción simplificada Krugman que el mismo autor cita en el libro donde estratifica a los economistas en tres categorías: los griegos (los que hablan con fórmulas matemáticas que sólo entienden otros economistas académicos), los del sube y baja ( los que hablan a los medios describiendo los movimientos de las variables en el corto plazo) y los del aeropuerto (aquellos que escriben libros de divulgación que se compran en los kioscos de los aeropuertos que pecan de ser excesivamente optimistas o excesivamente pesimistas sobre el futuro). Finalmente, Como economista de profesión dedicada a la consultoría económica que tiene como interlocutores muchas veces a no economistas de públicos diversos, incluyendo a políticos, los primeros dos capítulos resultan los más interesantes dado que Tirole itera permanente entre el ser (el profesional que busca entender y construir conocimiento) y el deber ser del economista que tiene que cumplir un rol en la sociedad (hablar claro para la gente y a los políticos sin perder la consistencia ni exagerar con la simplificación en la recomendación de políticas públicas y eso muchas veces requiere decir cosas que la gente y los políticos no quieren escuchar).

Dos (la selección)

«Los partidos populistas, tanto de derecha como de izquierda, se aprovechan de la idea de una economía sin obstáculos y los mensajes que deterioran la imagen de ese cuento de hadas son considerados como procedentes de esbirros de los fanáticos del calentamiento climático, de los ideólogos de la austeridad o de los enemigos del genero humano, según el caso. Es una de las razones por las que la ciencia económica se denomina con frecuencia ciencia lúgubre».

Tres

«En medicina las víctimas de los efectos secundarios son las mismas que siguen el tratamiento (salvo en el ámbito epidemiológico con las consecuencias derivadas de la falta de vacunación o de la resistencia a los antibióticos), el médico no tiene, pues, más que seguir con el tratamiento que considera de interés para su paciente. En economía las víctimas de los efectos secundarios son con frecuencia personas distintas a las que se aplica el tratamiento. El economista está obligado a pensar también en las víctimas invisibles, por lo que puede, en ocasiones, ser acusado de insensibilidad a las víctimas visibles».

Cuatro

«Hagámonos cargo de nosotros mismos. Nuestra comprensión económica, como nuestra comprensión científica o geopolítica, guía las decisiones tomadas por nuestros Gobiernos. La fórmula consagrada afirma que “una democracia tiene los políticos que se merece”… y que es mejor apoyar a los políticos que criticarlos continuamente”. De lo que estoy convencido es de que tenemos las políticas económicas que merecemos y que, mientras el gran público carezca de cultura económica, tomar decisiones correctas requiere mucho valor político. Los políticos dudan a la hora de adoptar políticas impopulares porque temen una sanción electoral. En consecuencia, una buena comprensión de los mecanismos económicos es un bien público. Me gustaría que otros hagan una inversión intelectual para incitar a los políticos a tomar decisiones colectivas más racionales, pero yo no estoy dispuesto a hacerla. A falta de curiosidad intelectual adoptamos un comportamiento free rider y no invertimos lo suficiente en comprender los mecanismos económicos».

Cinco

«La propensión a dar argumentos y contraargumentos, eso que un científico hace en un artículo o en un seminario, no siempre es bien tolerada por los responsables públicos o privados que necesiten formarse rápidamente una opinión. “¡Buscadme a un manco”, gritó el presidente Truman, que no aguantaba más a esos economistas que le decían “por un lado -on one hand- puede pasar esto, pero por otro lado -on the other hand-, también puede pasar esto otro”. … Los slogans, las frases lapidarias, los clichés son más fáciles de asimilar, que un razonamiento complejo y de efectos múltiples. Es difícil rebatir un argumento poco sólido sin entrar en una demostración. Ser eficaz requiere con frecuencia hacer lo mismo que en política: llegar con un mensaje sencillo, por no decir simplista y mantenerlo… El economista debe vencer su tendencia natural y tener en cuenta las contingencias, convencerse de que algunos mecanismos son más probables que otros en las circunstancias contempladas… Debe actuar como un médico cuando decide que un tratamiento es mejor que otro, aunque albergue alguna duda científica sobre el tema».

Seis

«La trampa de las etiquetas. La confrontación con la realidad es probablemente uno de los modos más pertinentes de conocer los problemas que se le plantean a la economía y a la sociedad y de desarrollar y financiar temas de investigación originales, que ignoran a los que no salen de su torre de marfil. El economista debe ir allá donde le lleven los hechos sin ningún bloqueo intelectual. En la vida privada, es un ciudadano como cualquier otro que se forma opinión y compromete. Pero cuando son públicas, las categorizaciones (la adhesión a una causa o a una escuela de pensamiento económico) pueden sugerir que dicho investigador sacrifica su integridad científica en aras de una agenda personal: mediática, ideológica, financiera, del ámbito interno del laboratorio, etc. Y lo que es más dañino es que esas etiquetas hacen correr a la ciencia económica el riesgo de ser concebida como una ciencia sin consenso, cuyas enseñanzas se pueden obviar. Y esto significa olvidar que los economistas están de acuerdo en muchos temas, al menos sobre lo que no se debe hacer. Y no hace falta decir, que el consenso puede y debe ir evolucionando a medida que la disciplina avanza».

Siete

«Las consecuencias de esa falta de información del ciudadano es que, en estas decisiones de orden técnico, los grupos de interés más potentes desde el punto de vista financiero o mediático, o los mejor organizados pueden secuestrar al regulador. No tiro la piedra contra los ciudadanos ni contra el personal político. Simplemente quiero llamar la atención sobre las consecuencias de nuestra falta de información, algo que tenemos que tener en cuenta con realismo. Una vez enunciado esto, hay que hacer, evidentemente una elección compleja entre la supremacía de lo político y la independencia de las agencias».


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