Primera persona, comentado por Malena Higashi | RED/ACCIÓN

Primera persona, comentado por Malena Higashi

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Primera Persona
Margarita García Robayo
Marea

Uno (mi comentario)

Leer no ficción es como espiar de manera descarada en la vida de quien escribe. Con ese guilty pleasure voyeurista se puede leer las crónicas de Primera persona. Son textos que vieron la luz en distintas publicaciones (Orsai, Piauí, Telar, Anfibia) y que reunidos se parecen bastante a una autobiografía. Están los padres (el Edipo con el padre, la locura de la madre), el amor (en pasado y en presente), la maternidad (el puerperio) y el feminismo (aquí los textos aparecen narrados en forma de “apuntes desordenados” y de “folletín adolescente”). 

De las diez crónicas sólo una es en tercera persona y me atrevería a decir que es la mejor de todas, no tanto por la excepción (la narradora se ve en perspectiva como si espiara desde los rincones de la casa o de su consciencia), sino por el tema: la (in)comodidad de la vida doméstica y la epifanía en medio de esa rutina. El clima y el devenir de “Historia general de tu vida” (ese es el título que lleva) me recordó mucho al cuento “Amor” de Clarice Lispector, publicado en un libro que, emparentado con los temas de García Robayo, se titula Lazos de familia

Otra filiación es con Gabriela Wiener. En Dicen de mí reconstruyó un mosaico de su propia vida a través de un interrogatorio que hace a las personas más cercanas en su vida. Los textos de García Robayo también se erigen en un coro de voces: aparecen los otros, la voz de ella y como un eco omnipresente sus “digresiones mentales”, que son el condimento. Las dos insisten en ir hasta el fondo, hacerse preguntas sin importar las consecuencias. Pareciera que todo queda al descubierto, pero está también el plano de la insinuación porque, como dice García Robayo, “tengo derecho a ser misteriosa, a tener un cajón al que nadie acceda y que lo explique todo”.

Dos (la selección)

Es así: me siento cómoda entre hombres mayores que yo, me siento incómoda entre contemporáneos. ¿Por qué? No estoy segura. Podría sacarme del bolsillo esa dudosa estadística de que algunas mujeres maduramos más rápido que los hombres, podría decir que yo entro ahí: si fui vieja desde niña, si mi madurez le llevaba ventaja a mi propia edad, debí buscarme hombres acordes a las circunstancias. Pero es mentira. Yo no era madura nada, yo era agalluda. Soy. Me importa la edad porque me importa el tiempo: cuántas cosas caben en el tiempo de la gente. Ya sé que nadie lo llena igual, pero suele pasar que entre más tiempo uno vive, más cosas ve, aprende, come, lee, descubre, pierde, y todo eso te hace una persona más compleja.

Tres

Emulando a Virginie Despentes en su Teoría King Kong -“Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas…”-, yo escribo desde el puerperio y para las puérperas; las primerizas, las que dudan por default; las que se creen débiles, las que lo son; las que quisieron pero no alcanzó; las de la pregunta constante ¿por qué nadie me dijo?; las que insisten en “el bien” pese a sus contradicciones y culpas; las que piensan demasiado; las que de madres se ablandaron; las que de madres se obstinaron; las que ya eran obstinadas y blandas de antes; las que odian los foros virtuales y no pueden dejar de mirarlos.

Para todas ellas van mis notas. Y para el tipo que tienen al lado. 

Cuatro

Mi padre me llamaba mojarrita, un pescado de origen africano con ojos desproporcionadamente grandes. Me gustaba ese apodo porque cuando mi padre lo decía sus propios ojos grandes le brillaban. Pero después lo abandonó: sus ojos y sus palabras se apagaron ante mí, igual que los de todos los demás. ¿Por qué? Porque un día abrí la cortina y les mostré el pantano en el que habíamos estado flotando desde siempre. 

Cinco

Muchas veces, las cosas que te gustan y las cosas que te disgustan son las mismas. Así es cómo, en cuestión de horas, puedes entender que lo bello se haga feo y lo bueno, malo. Tu entusiasmo decae y se esconde bajo las sombras de lo que queda del día como una mascota cansada, hasta que desaparece con el último rayo de luz. Te parecerá que duerme, pero en verdad muere un poco cada día. 

Seis

El otro día se me ocurrió que mi debilidad no es ser mujer, sino ignorar qué clase de mujer soy. ¿Habrá quien lo sepa? ¿Una se parece más a sus actos o a sus pensamientos? ¿Cuántos pensamientos caben en un acto? ¿Cuántas mujeres caben en un cuerpo? ¿Cuántas en una vida? ¿Estoy dispuesta a abrazarlas a todas?

Siete

Cuando salimos del bar le digo que debo volver a mi casa porque trabajo temprano. Falso. Me explico a mí misma que es mejor evitar el agobio mutuo, que prefiero estirar el momento en que todavía nada está astillado. Pero la verdad es que necesito que no me deje ir. En su cara aparece esa mueca que ya voy a empezar a registrar: abstracta e intensa como un Rothko. 

Malena Higashi es periodista, licenciada en Letras, docente de Cultura japonesa y practicante de ceremonia del té. 

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