¿Qué le pasa a la región? | RED/ACCIÓN

¿Qué le pasa a la región?

Aunque no está claro qué causó qué, no hay duda de que la adopción de los valores tradicionales y el corporativismo en América del Sur le ha impedido alcanzar su potencial económico. Si la región puede alcanzar la prosperidad en el futuro dependerá de su voluntad de dejar de preocuparse y aprender a amar la libre empresa.

Sudamérica continúa a la zaga de la mayor parte del mundo en cuanto a su desempeño social económico. En el fondo, los problemas sudamericanos reflejan fracasos gubernamentales generalizados, debido a las instituciones que surgieron en la región y a los valores que las sustentan.

La presencia de algunos poderosos valores desfavorables para el éxito individual y las actividades innovadoras dio lugar al corporativismo, un sistema que evita la competencia política y económica en nombre de la armonía social y la unidad nacional. El resultado es una economía en la cual el sector empresarial está enredado con el sector público y sujeto por restricciones estatales.

De todas formas, este corporativismo no constituye la totalidad del problema. En ausencia casi absoluta de los valores modernos que despertaron la innovación masiva al nivel de las bases en Gran Bretaña, Norteamérica, Alemania, Francia y Suecia desde mediados del siglo XIX al siglo XX, los sudamericanos siguieron empeñados en un tradicionalismo definido sin demasiado rigor. Una de las consecuencias es un continente en el cual solo una minoría se orienta hacia actividades creativas o arriesgadas y, por lo tanto, prospera.

Las raíces del corporativismo

El corporativismo sudamericano surgió a partir de la búsqueda de «La tercera posición», en lugar del capitalismo estadounidense y el socialismo soviético. En la década de 1930, hasta los sindicatos abandonaron en Sudamérica la tradicional lucha de clases y la región se convirtió en laboratorio para una nueva idea que pretendía ofrecer una solución a la búsqueda de la paz social.

El corporativismo, entonces, fue una respuesta al debate mundial sobre el socialismo y a las demandas de acuerdos sociales que serían aceptables tanto para los trabajadores como para los empleadores, especialmente durante la Gran Depresión. Basándose en la idea de que la democracia liberal no podía ofrecer una solución a la crisis, los líderes populistas propusieron una nueva forma de representación que insistía en la unidad «del pueblo» contra sus enemigos. Estos enemigos tenían nombres diversos, que en su mayoría se referían al imperialismo y específicamente a Estados Unidos y las clases sociales asociadas con la fuerzas imperialistas.

Por otra parte, el concepto de la sociedad corporativista —con nuevas formas de representación orgánica, hostiles a la competencia política y económica y la innovación— arraigó en el pensamiento nacionalista y católico. Una nueva mirada a las doctrinas antiguas ofrecía la manera de superar los conflictos políticos y económicos de la década de 1930. La búsqueda de colaboración y armonía entre las clases sociales se vio especialmente influida por las encíclicas papales e impulsada por la necesidad de la unidad nacional en estados-nación relativamente nuevos, que estaban recibiendo una gran cantidad de inmigrantes desde Europa.

Aunque el enemigo principal era el comunismo, también se consideraba al capitalismo como una amenaza a los valores tradicionales —entre ellos, la centralidad de la familia— y como mecanismo para establecer una cultura de codicia materialista. La nueva visión corporativista propuso una sociedad organizada en agrupaciones y plasmada en una forma de gobierno que se basa más en la participación en la actividad económica y los movimientos sociales que en los partidos políticos.

Aunque el corporativismo sudamericano originalmente siguió el modelo de los regímenes autoritarios europeos, como el de Benito Mussolini en Italia, António de Oliveira Salazar en Portugal y Francisco Franco en España, evolucionó y adoptó una forma característica. Encarnó la búsqueda de una sociedad en la cual los conflictos sociales y económicos, incluido el debate político y la competencia de mercado, estarían controlados por una forma de representación corporativista. Los sindicatos y las cámaras empresariales discutirían los principales temas de política, con el arbitraje del gobierno.

Este proceso implica que el corporativismo tiende a otorgar poder al ejecutivo a expensas del legislativo y el judicial, que son reemplazados esencialmente por grupos de interés que representan al capital y el trabajo, e instituciones como la Iglesia. Para justificar el corporativismo, sus partidarios trataron de adaptar ideales orgánicos antiguos y medievales a las sociedades modernas, en oposición tanto al pluralismo político como a la competencia económica.

La estructura de la sociedad corporativista

En el corazón del corporativismo están los mitos de la unidad política y la armonía social. Para mantener esas ilusiones, el Estado ordenaba a los empleadores que pagaran mejores salarios, exigía mejores condiciones laborales y penalizaba los despidos. Se compensaba a los empleadores con aranceles que impedían la competencia través de las importaciones, así como barreras de ingreso al mercado para las nuevas empresas.

Además, las nuevas empresas eran desalentadas por los excesivos costos laborales y las onerosas y complejas regulaciones, que protegían a las grandes corporaciones, castigaban a quienes estaban en las etapas iniciales y evitaban así la innovación. De manera similar, se excluía a los nuevos sindicatos del sistema centralizado y se los obligaba a incorporarse a la estructura existente. El tercer concepto de este modelo tripartito de organización social —en el cual el gobierno y las principales agrupaciones de trabajadores y empresarios controlaban los puestos de mando de la política económica— fue que representaba la unidad de todas las actividades humanas.

Los líderes corporativistas se ven reflejados en el espejo del populismo como una asociación de líderes carismáticos y defensores de la industrialización a través de la sustitución de importaciones, y como una rebelión contra el sistema constitucional. El populismo hace un llamado a la relación directa entre el pueblo y su líder, y se rebela contra las restricciones constitucionales. Es un esquema anti statu quo que simplifica el entorno político dividiendo simbólicamente a la sociedad entre «el pueblo» y «los otros». Al evocar un enemigo u opresor común, el populismo pone al resto de la ciudadanía en el mismo bote, creando la apariencia de igualdad.

El corporativismo representa un cambio moral, propone la solidaridad contra el individualismo, al cual ve como un camino que degenera en el egotismo Todos deben reconocer su lugar en la sociedad y evitar que el progreso personal se conciba en términos relativos a los demás. En línea con las creencias religiosas tradicionales, esta forma de política hace de la pobreza una virtud: se debe abrazar la pobreza y rechazar la avaricia y la codicia. Debido a que la competencia promueve las crisis periódicas y el egotismo, la arrogancia y la desigualdad, se la debe abandonar en favor de un sistema que afirma fortalecer la estabilidad y la igualdad social.

Con el individualismo condenado como una forma de degradación moral y fuente de agitación política, se entiende que las libertades personales derivan de los derechos colectivos. La comunidad, organizada en torno a la «solidaridad», es la antítesis del pluralismo y la sociedad abierta. Como afirmó el autócrata Juan Perón en 1949: «El sentido último de la ética consiste en la corrección del egoísmo. La idea platoniana de que el hombre y la colectividad a que pertenece se hallan en una integración recíproca irresistible se nos antoja fundamental».

La descripción de Perón sigue claramente la concepción de «comunidad moral» de Mussolini. La séptima de las «Veinte Verdades» del peronismo sostiene que «Ningún peronista debe sentirse más de lo que es ni menos de lo que debe ser. Cuando un peronista comienza a sentirse más de lo que es, empieza a convertirse en oligarca». De acuerdo con esto, algunos valores son simplemente desfavorables para el corporativismo, entre ellos el individualismo y el espíritu emprendedor. Mientras la ética social del corporativismo considera que la pobreza es una virtud, la búsqueda de lo material es insidiosa, crea divisiones y constituye una manifestación de idolatría.

La economía corporativista

La economía corporativista se organiza para poner fin a la anarquía del mercado, por lo tanto, solo permite que una cierta cantidad de empresas dominantes negocie con las agencias estatales y los sindicatos por los recursos públicos, y plantea un renacimiento de la organización del trabajo corporativista (sindicatos centralizados) basada en la Carta del Lavoro de 1927 de Mussolini. Como indica el Artículo I de esa carta, «La Nación es un organismo que tiene fines, vida y medios de acción superiores, en potencia y duración, a los individuos divididos o agrupados que la componen. Es una unidad moral, política y económica, que se realiza integralmente dentro del Estado Fascista».

El mito fundador del corporativismo es el de la unidad de la nación contra los enemigos extranjeros y las divisiones creadas por el pluralismo político. Los organismos sociales como los sindicatos, las organizaciones empresariales, las universidades y la Iglesia son valorados como instituciones naturales contra las fuerzas perjudiciales del debate político y la competencia económica extrema. Se afirma que esta última altera la armonía de los actores económicos y crea conflictos entre los propietarios, los administradores y los trabajadores.

La ideología de la unidad requiere un programa de coordinación social: el gobierno participa activamente en las decisiones económicas y busca crear la apariencia de justicia social representando al pueblo como una comunidad con un destino común, amenazado por enemigos extranjeros y locales.

Una de las metas de la economía corporativista es solucionar los conflictos sociales con transferencias de dinero, que se convierten en derechos, pero estas dádivas no son subsidios al trabajo, por el contrario, el corporativismo depende de una clientela política, que a su vez depende de las donaciones del Estado (entre ellas, un sistema nacional de pensiones centralizado). En estas circunstancias, aproximadamente el 80 % de la población argentina recibiría algún tipo de pago del gobierno federal.

El problema del tradicionalismo

En todo el mundo la gente deriva un placer básico de su vida hogareña, las amistades y otras asociaciones voluntarias que encarnan los valores tradicionales. A la gente también le agradan los aumentos generales del ingreso, especialmente cuando son recompensas justas por su duro trabajo.

Muchas personas (en algunas épocas más que en otras) tienen un intenso deseo de triunfar en algo, especialmente en sociedades que celebran el éxito individual. Ver que «los sueños se cumplen» es algo enormemente gratificante. En Estados Unidos, entre las décadas de 1850 y 1950, los inmigrantes y otros nuevos participantes en la economía tenían el impulso de «lograrlo»: el verdadero «sueño americano». En las condiciones adecuadas, este impulso hacia el éxito puede estimular el emprendimiento, alimentando así el avance económico en términos más generales.

La profunda satisfacción que se obtiene al imaginar algo nuevo o embarcarse en un viaje de descubrimiento y ver los resultados también es muy importante. Mucha gente tiene al anhelo profundamente arraigado de expresar su creatividad y voluntad de aventurarse a lo desconocido a través de la búsqueda de la innovación. Muchos también encuentran satisfacción en «lograr un cambio» o de alguna manera «incidir sobre el mundo».

Esas vidas exitosas y la innovación resultante solo pueden surgir de quienes «tienen madera» para ello. Los valores como el individualismo, la ambición personal y la autoexpresión son prioritarios. Podría decirse que esos valores surgieron con el Renacimiento con Pico, Luther, Cervantes y Shakespeare, para llegar a Keats, Shelley y las hermanas Brontë, entre otros. (Los estadounidenses también fueron influidos por Melville y Twain y, más adelante, por Nietzsche y Robert Frost). Cuando esas influencias alcanzaron una masa crítica —primero en Gran Bretaña y Estados Unidos, poco después en Alemania y Francia— hubo una explosión de modernismo que desplazó en gran medida al tradicionalismo anterior.

La pregunta en este punto es si el modernismo que permeó en Occidente, que mantiene una gran influencia allí, pasó en gran medida de largo en Sudamérica y dejó así más espacio al tradicionalismo. Afortunadamente, en las investigaciones del politólogo Ronald Inglehart sobre las actitudes y creencias en distintos países, encontramos evidencia de que el modernismo fue en general más débil en Sudamérica que en Occidente.

Los datos de encuestas obtenidas en el año 2000 muestran que en Occidente la gente tiende claramente, en promedio, a valorar más la «iniciativa» que les ofrecen en los lugares de trabajo que los sudamericanos. En EE. UU., el 62 % respondió que este atributo era importante, frente al 58 % en Alemania (antes de la unificación), el 52 % en Suecia, el 43 % en Francia y el 39 % en Gran Bretaña. Por el contrario, solo el 41 % respondió que era importante en Argentina, el 45 % en Brasil, el 25 % en Colombia, el 40 % en Perú y el 48 % en Uruguay.

En cuanto a los «logros», el 84 % los calificó como importantes en EE. UU., el 68% en Alemania (antes de la unificación), el 72 % en Suecia, el 58 % en Gran Bretaña y el 50 % en Francia. Solo el 48 % en Argentina, el 50 % en Brasil, el 44 % en Colombia, el 47 % en Perú y el 60 % en Uruguay sostuvo lo mismo.

Finalmente, el 82 % de los encuestados en EE. UU. respondió que el trabajo «interesante» es importante, seguido por el 70 % en Alemania y el 66 % en Francia. Por el contrario, solo el 39 % indicó que el trabajo interesante es importante en Argentina, el igual que el 28 % en Brasil, el 12 % en Colombia, el 33 % en Perú y el 50 % en Uruguay.

En un tema tan complejo, puede ser difícil determinar la causalidad. ¿Fueron los valores tradicionales sudamericanos los que prepararon el camino para las agobiantes instituciones corporativistas, como sostenemos aquí?, ¿o fueron las instituciones corporativistas la que privaron a los sudamericanos del modernismo hubieran adquirido de otro modo? Es posible que la causalidad se dé en ambas direcciones.

Una herencia trágica

La larga adhesión a los valores tradicionales combinada con más de 70 años del corporativismo resultante trajeron como consecuencia diversos efectos perjudiciales. Algunos son fáciles de ver: las vastas burocracias, los sindicatos centralizados y una clase empresaria protegida por los gobiernos contra la competencia extranjera a través de un sistema cerrado y autárquico son características estándar de la economía política sudamericana. Con frecuencia las empresas en quiebra son expropiadas por el Estado o transformadas en cooperativas de trabajadores para «proteger el empleo» y evitar despidos.

Otras consecuencias están ocultas: los nuevos emprendimientos son recibidos con recelo. Se sospecha enormemente de la innovación y se desconfía de los jóvenes emprendedores que están preparados para enfrentar los riesgos que implica ofrecer nuevos productos y servicios a los consumidores. Pocas empresas tienen empleados orientados hacia la creación de nuevos productos o métodos mejores.

Ciertamente, hay mejoras en la productividad y surgen nuevos productos en Sudamérica, pero esas mejoras derivan casi en su totalidad de avances en las economías líderes del mundo, como EE. UU., la Unión Europea y, actualmente, China. Por fuera de la agricultura hay muy pocas innovaciones nativas de Sudamérica.

De todas formas, es posible que el desempeño futuro sudamericano sea mejor que en los últimos 70 años. En la actual era de lento crecimiento en Occidente (que comenzó a principios de la década 1970) las fuentes de innovación en términos mundiales se han restringido casi por completo a Silicon Valley, Pekín y las universidades de Oxford y Cambridge. Por consiguiente, pocas empresas cosmopolitas sudamericanas tienen la oportunidad —después de un siglo o más en las sombras— de prosperar y dejar su marca en el escenario mundial, suponiendo, por supuesto, que se logre controlar rápidamente la pandemia de la COVID-19 con daños mínimos a largo plazo.

Más aún, parece ahora que ciertas facciones en Occidente están presionando por un regreso al tradicionalismo y al rechazo a lo moderno. Los habitantes de los países occidentales no se interesan tanto por el trabajo como en la década de 1950, o incluso de 1970. Les interesa más el dinero que la novedad, la seguridad más que la aventura. La competencia está cediendo espacio al proteccionismo y la interferencia estatal. Las amenazas y los favores a empresas del presidente estadounidense Donald Trump representan un paso más hacia el corporativismo en EE. UU. A menos que se revierta este cambio en los valores, Occidente podría terminar pareciéndose a la Sudamérica actual.

Edmund Phelps recibió el Premio Nobel de Economía en el año 2006 y es director del Centro sobre Capitalismo y Sociedad (Center on Capitalism and Society) de la Universidad de Columbia. Su libro más reciente, escrito en colaboración, es Dynamism (Dinamismo). Juan Vicente Solá es profesor de Derecho Constitucional y director del Centro de Estudios de Derecho y Economía de la Universidad de Buenos Aires.

© Project Syndicate 1995–2019.

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