Edmund S. Phelps | RED/ACCIÓN
Opinión | 31 de enero de 2019

Foto: Johannes Eisele / AFP

La economía y los economistas necesitan una revolución

Edmund S. Phelps ganó el premio Nobel de economía de 2006 y es Director del Centro sobre Capitalismo y Sociedad en la Universidad de Columbia.

El silencio de la mayoría de los economistas sobre las causas estructurales de los cuestionamientos al sistema que estallan en Occidente, y sobre qué se puede hacer, ha sido ensordecedor. Y proporciona evidencia adicional de la negativa de la profesión a reconocer la necesidad de cambio.

Occidente y la economía están en crisis. Las tasas de retorno sobre la inversión son muy bajas. Los salarios, y los ingresos en general, se están estancando para la mayoría. La satisfacción con el empleo va en descenso, especialmente entre los jóvenes, y más gente en edad laboral no quiere o no puede participar en la fuerza de trabajo.

En Francia, muchos decidieron dar una oportunidad al Presidente Emmanuel Macron y hoy protestan contra sus políticas. Muchos estadounidenses decidieron lo mismo con Donald Trump y se han desilusionado. Y en Gran Bretaña muchos esperaban que el Brexit mejorara sus vidas.

Las tres revoluciones que se necesitan

Sin embargo, la mayor parte de los economistas han callado sobre las causas subyacentes a esta crisis y qué puede hacerse, si puede hacerse algo, para recuperar el vigor económico. Es seguro decir que las causas no se entienden muy bien, ni se entenderán hasta que finalmente los economistas asuman la tarea de cambiar el modo como se enseña y practica la economía. En particular, la profesión precisa de tres revoluciones a las que se sigue resistiendo.

La primera tiene relación con la constante desatención al conocimiento imperfecto. En los años de entreguerras, Frank Knight y John Maynard Keynes hicieron una adición radical a la teoría económica. El libro de Riesgo, incertidumbre y beneficio (1921) y el pensamiento de Keynes subyacente a su Teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936) argumentaron que no existe ni puede haber una base para modelos que supongan que quienes toman decisiones cuentan con modelos correctos para hacerlo.

Knight inyectó un futuro incierto y Keynes añadió la ausencia de coordinación, pero las generaciones subsiguientes de economistas teóricos por lo general pasaron por alto este avance.

Hoy en día, y a pesar de algún trabajo importante para formalizar las observaciones de Knight y Keynes (particularmente por Roman Frydman y sus colegas), la incertidumbre –incertidumbre real, no varianzas conocidas- no se suelen incorporar a nuestros modelos económicos. (Por ejemplo, un influyente cálculo realizado por Robert J. Barro y Jason Furman hizo predicciones de la inversión empresarial resultante del recorte tributario a los beneficios corporativos de Trump sin considerar la incertidumbre knightiana.) Todavía no ocurre la Revolución de la Incertidumbre.

Segundo, sigue habiendo un descuido de la información imperfecta. En el que se ha llegado a conocer como el “volumen Phelps”, Fundamentos microeconómicos de la teoría del empleo y la inflación, hicimos notar un fenómeno que los economistas suelen pasar por alto. Si los trabajadores sobreestiman los salarios que se pagan fuera de sus ciudades se produce una inflación salarial y, en consecuencia, un desempleo anormalmente alto; si los subestiman, se producen niveles salariales más bajos y, en consecuencia, un desempleo anormalmente bajo. Cuando los trabajadores pierden sus empleos, digamos en el área de los Apalaches, no tienen mucha idea –sus estimaciones no están bien fundadas- de cuál sería su salario fuera de su mundo y cuánto tiempo demorarían en encontrar un empleo, por lo que pueden seguir en el paro por meses o incluso años. Hay una deficiencia de información, no una “información asimétrica”.

Es más, el volumen considera que cada actor de la economía está en el ruedo sin mayor sentido que el que pueda encontrarle, como describió Pinter, y se ve obligado a arreglárselas como mejor pueda, como conminó Voltaire. Pero los teóricos de la Universidad de Chicago crearon un modelo de ubicación mecánico en que el desempleo es meramente friccional y, en consecuencia, transitorio: el llamado modelo de isla. Como resultado, la Revolución de la Información no se ha absorbido todavía.

El último gran reto es la completa omisión del dinamismo económico en la teoría económica. Si bien los economistas han llegado a reconocer que Occidente ha sufrido una desaceleración masiva, la mayoría de ellos no ofrecen explicación alguna para ello. Otros, influidos por la tesis temprana de Schumpeter sobre la innovación en su clásico de 1911 Teoría del desarrollo económico, infieren que el torrente de descubrimientos científicos y geográficos se ha reducido muchísimo en los últimos tiempos. La teoría de Schumpeter se basaba explícitamente sobre la premisa de que las masas carecen de inventiva en la economía. (Es famoso su comentario de que nunca había conocido a un empresario con algún rasgo de originalidad.)

Esta fue una premisa extraordinaria. Se puede decir que el Occidente que vivimos (el mundo moderno, diríamos) comenzó con el gran académico Pico della Mirandola, que argumentó que toda la humanidad posee el don de la creatividad.

Y las inquietudes de muchos otros pensadores –la ambición de Cellini, el individualismo de Lutero, el vitalismo de Cervantes y el desarrollo personal de Montaigne- impulsaban a la gente a hacer uso de su creatividad. Más adelante, Hume enfatizó la necesidad de la imaginación y Kierkegaard recalcó la importancia de aceptar lo desconocido. Filósofos del siglo diecinueve como William James, Friedrich Nietzsche y Henri Bergson abrazaron la incertidumbre y valoraban lo nuevo.

A medida que alcanzaban una masa crítica, estos valores produjeron innovación local en toda la fuerza laboral. El fenómeno de la innovación de base por prácticamente todos los tipos de personas en todos los sectores fue percibido por primera vez por el historiador estadounidense Walt Rostow en 1952 y el historiador británico Paul Johnson lo describió vívida y voluminosamente en 1983. En mi libro de 2013 Florecimiento en masa trato sus orígenes.

Así que no estaba nada de claro que la tesis schumpeteriana se incorporaría a la teoría económica. Pero cuando Robert Solow del MIT presentó su modelo de crecimiento, se volvió estándar suponer que la “tasa de progreso técnico”, como la denominó, era exógena a la economía. Así, se prescindió de la idea de que la gente –incluso personas comunes y corrientes que trabajan en diferentes sectores- poseyera la imaginación para concebir nuevos bienes y nuevos métodos. Es una idea que, si se hubiera debatido, no habría resistido el examen. Como resultado, se puso en suspenso la Revolución del Dinamismo en la teoría económica.

Hay que modernizar la disciplina y ser más creativo

Sin embargo, con la gran desaceleración y el descenso de la satisfacción laboral, parece abrirse una ventana para dinamizar el modelamiento económico. Y hacerlo es urgente. La importancia de entender el reciente estancamiento de las economías ha generado esfuerzos por incorporar la imaginación y la creatividad a los modelos macroeconómicos. Por más de una década he argumentado que no podremos comprender los síntomas que se observan en las naciones occidentales hasta que hayamos formulado y probado hipótesis explícitas acerca de las fuentes, o los orígenes, del dinamismo.

Ese avance teórico nos dará esperanzas para explicar no solo la ralentización de la productividad total de los factores, sino también el declive de la satisfacción laboral. Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña no podrán volver a ser los mismos sino hasta que sus pueblos piensen de nuevo en mejores maneras de hacer las cosas y se entusiasmen con sus viajes a lo desconocido.

Este comentario es una adaptación de un discurso dado en la Universidad Dauphine de París en 15 de enero de 2019.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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