Regeneración Democrática | RED/ACCIÓN

Regeneración Democrática

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Este domingo se va a las urnas. En Argentina, aún con opciones limitadas, vota el 80% de la población. Votamos con sofisticación, ningún partido es dueño de los votos. Tenemos, además, un sistema que garantiza una competencia plural, en elecciones limpias. Todo esto no es menor: si pensamos las elecciones como el inicio de un camino, estos elementos abren las ventanas para legitimar una regeneración democrática.

Regeneración Democrática

En nuestra vida cotidiana, los sistemas de preferencias se actualizan a razón de minutos. En nuestra sociedad, la noción de autoridad ha mutado. Sin embargo, la política recrea, cada vez con menos margen, la ficción de que la ciudadanía es la responsable de su destino yendo a votar cada dos años.

A lo largo de esta serie de artículos he intentado argumentar una hipótesis: el sistema representativo (ese tipo de “democracia”) ya no alcanza, ya no logra establecer las mejores opciones para la sociedad. La lógica del supermercado, en la que optamos por productos en una góndola, ha diluído la idea de las campañas políticas como una ventana para el debate público, como una oportunidad para discutir temas importantes.

Estas campañas, en vez de promesas, alinean lugares comunes, afirmaciones vagas y ambiguas. Ya no presentan plataformas políticas creíbles, pero tampoco (ni siquiera) presentan eslóganes que nos sirvan de metáfora, que nos muestren un camino, que nos permitan afirmar algo. Así, es imposible establecer un contrato entre representantes y representados.

Nadie propone, nadie imagina. Como la política argentina se acostumbró a que la gestión es un “vamos viendo”, lo indicado en campaña es “ir por la sombra”, no correr riesgos. Si el objetivo es ganar elecciones, no les falta razón. Pero no proponer nada tiene efectos.

Esta campaña, superficial, plagada de descalificaciones, con consignas vacías y etiquetas artificiales, es una ilustración más de que este sistema no nos contiene, que hay una energía que no logra captar, contener, mucho menos conducir.

Si lo único que expresamos en las elecciones es “basta” (“basta Cristina”, “basta Macri”, “basta Cristina” de nuevo), si usamos las elecciones como una instancia para vetar a unos o a otros … ¿cuál es el momento para la construcción?

En Argentina, aún con opciones limitadas, vota el 80% de la población. Votamos con sofisticación, ningún partido es dueño de los votos. Tenemos, además, un sistema que garantiza una competencia plural, en elecciones limpias. Todo esto no es menor: si pensamos las elecciones como el inicio de un camino, estos elementos abren las ventanas para legitimar una regeneración democrática.

Nos guste o no, han sucedido potentísimos cambios sociales: no somos los mismos. Las identidades políticas se han vuelto precarias y contingentes, las banderas ya no tienen nombres propios. Las personas se consideran, cada vez más, las únicas intérpretes autorizadas de sí mismas.

La trampa, la verdadera bomba, que heredamos del tan mentado neoliberalismo es la disolución de las metas sociales. En este contexto, no podemos seguir pensando en el Estado como único actor público: si el Estado se propone como el agente que resuelve todo, simplemente, no podrá solucionar casi nada (al menos, no sin diluir lo que hoy llamamos derechos).

La pandemia nos ha mostrado, brutalmente, los efectos de pensarnos solos. Sin coordinación, no vamos a poder enfrentar los desafíos que vienen. La acción colectiva será la clave de los próximos años. La habilidad que puede transformar nuestras democracias es aquella que nos lleve a hacer cosas en conjunto.

No es disolver nuestras diferencias, no es “estar juntos”, no es magia. Es “poder hacer juntos”. Es recuperar la idea de que podemos ser artífices del cambio, es rehabilitar la idea de que más allá de diferencias ideológicas podemos construir procesos comunes.

A la política le corresponde pensar, crear y auspiciar mecanismos, nuevas instituciones, que funcionen como un complemento al esquema representativo. Abrir las compuertas de las instituciones va a ser la única garantía para sostener a nuestros representantes electos, ante la amenaza cierta de que sean barridos.

Esta apertura no es moral. No hay que hacerla porque es “buena”, hay que pensarla como condición de supervivencia de lo que llamamos democracia. La apertura es estratégica. Y, en este punto, habrá que decir que no estamos en cero. Tenemos pistas y hay muchas experiencias de las que podemos partir.

Estos años, hemos visto nuevos enfoques en audiencias públicas y presupuestos participativos. Hemos ensayado nuevos mecanismos para el control de gestión. Hemos experimentado nuevas instituciones, conformadas por personas seleccionadas por sorteo, que pueden crecer al lado de las constituidas por voto popular.

La regeneración será imposible sin creatividad, sin imaginación política.

Vivimos tiempos de enormes dilemas, de eventos fuera de lo común. En el mundo, sucesos inesperados siguen y siguen ocurriendo. Crisis climática, migraciones masivas, ciudades en cuarentena, bombas-suicidas y drones teledirigidos socavan la estabilidad del planeta, cuestionan nuestra idea de la humanidad.

Vivimos tiempos en que la política partidaria es un espectáculo, un reality en el que abundan gestualidades, chicanas y escándalos. Mientras el show continúa, analistas sociales nos dicen que segmentos de la población, diversos, nutridos y muy importantes, se desafectan de la política, la viven como ajena, como “cosa de otros”.

La política institucional no es creíble cuando habla de transformar la realidad. Así, asiste, diagnostica, pero sus promesas no hablan de la vida, de lo que nos está pasando. Y si la política no propone, mucha gente valiosa se aleja, pierde interés. Si la política se vuelve un asunto de pocos, se hace más chiquita, más impotente.

La política que gana elecciones no tiene una visión de un futuro alternativo. Su discurso, bonitas palabras, nos remite a un país en el que “tendremos más”, o en el que las cosas “funcionarán (más o menos) mejor”, sin que quede claro cómo, para qué o para quién.

Esta visión esloganera de un “futuro mejor” sin la visión de un futuro distinto, nos explica un escenario en el que nada parece cambiar y todo se repite. Nunca ha existido la política sin sueños. El problema de esta campaña es que sigue preguntándonos “¿a quién bancamos?” y no “¿qué queremos?”.

Sólo seremos mejores cuando seamos capaces de soñarnos mejores. Volveremos a soñar cuando podamos hacer algo más que ir a votar.

Agustín Frizzera es Director Ejecutivo de Democracia en Red. Esta columna es parte #MeRepresenta, una iniciativa de la cual RED/ACCIÓN es parte. Es una herramienta para ayudarte a votar informado. Ahí vas a encontrar información que te permitirá conocer a los candidatos más allá de la imagen que buscan proyectar en su campaña política: quiénes son, qué hicieron, cuál es su postura sobre los temas más importantes y, sobre todo, qué piensan hacer al respecto.