Relato de los grandes señores del siglo XX | RED/ACCIÓN

Relato de los grandes señores del siglo XX

Alabados sean nuestros señores
Régis Debray
Sudamericana

Selección y comentario por Alejandro Horowicz, profesor asociado de Los cambios de sistema político mundial, autor de Los cuatro peronismos.

Uno (mi comentario)

Basta considerar la lista de interlocutores políticos obvios de Debray (Castro, Guevara, Barbarroja, Allende, Sartre, Mitterrand) para saber que un relato sobre sus “señores” vale la pena. Por cierto que me estoy  saltando dos decenas de personajes significativos, pero los mas restallantes tienen el mérito del interés inmediato. Después de todo no se trata de un gran ensayista, ni de un teórico cuyos aportes al pensamiento socialista merezcan ser recapitulados, sino de un hombre que apostó en literalidad su vida a la lucha política.

Escribir un artículo en “Les temps modernes”   sobre la Revolución Cubana no obligaba  a formar parte de la guerrilla del Che. Debray lo hizo, de modo que  consecuencia personal con sus puntos de vista no le faltó. Una campaña internacional lo arrancó de la cárcel boliviana, para trasladarlo al Chile de  Salvador Allende. La derrota de la lucha armada en América Latina no jugó poco papel en su decisión de asesorar a Francois Mitterrand, y la deshilachada “gestión”  del socialismo francés, que Debray no oculta, resultó el último giro de su novelada existencia.

Dos (la selección)

“Tenía demasiado sentido de la tradición como para improvisar. El individuo trivialmente conservador da lugar a un reaccionario; solo un conservador radical puede dar lugar a un revolucionario. En una sociedad desnaturalizada , le sigue obligando volverá las fuentes. A principio de los años setenta, mi edad dorada era Petrogrado 1917; la cambiie cinco años mas tarde por la Sierra Maestra 1956; era un progreso; en realidad cualquier fecha me parecía buena con tal de que fuera pasada. El trabajo de traductor – intérprete de los acontecimientos en marcha que le tocaba en suerte al militante , al cuadro, en ese sentido volvía a enlazar el sagrado ayer con el hoy profano . Hicimos a nuestro pesar de grandes  plagiarios. Esto es, lo que sin duda, perdió a esta generación de revolucionarios, después de tantas otras . Perdió en cuanto a los resultados. Pero sin la voluntad de imitar en todo a los mayores ¿hubiéramos tenido el impulso, la fuerza de querer que todo volviera a empezar”.

Tres

“Queremos ser reconocidos , que se hagan cargo de nosotros, que un calor y un tutor venga a tner bajo sus ordenes a un solitario que nos negamos a ser, a un desamparado en que tanto nos costará convertirnos. Estamos dispuestos a sacrificar ese hermoso fantasma, nuestro p0oco de soberanía, nuestra apariencia de dignidad. Por la fuerza, los trabajos de duelo cansan; nos hacemos a la idea de no ser amados, de dar vueltas sin padre, a la buena de Dios, sustituimos  a los compañeros por amigos, algunos; y sobrevivimos, al margen, sin volver a pensar en los días elegidos. Hacerse mayor, en suma, n o es ir por la noche a las reuniones. Es, entre dos tristezas –quedarse solo en casa o quedarse frio en medio de los exaltados -, elegir la menor.

Desde luego el “asesinato del Padre” es un cliché que permite quedar bien. Como si hubiera sido un hijo particularmente sanguinario. Solo tuve que levantar actas de defunción , una tras otra, sin precipitar las cosas. Mis padres se suicidaron moralmente por su cuenta, como unos mayores. Althusser acabo como asesino; Castro como tirano, Mitterrand, consesual. Aqui es donde cierro mi redoble de tambores para proceder dignamente a los funerales. Mi declaración de quiebra: un registro de obituario”.  

Cuatro

“¿Quien habría apostado por el estancamiento político, el fango habitual? Allende había diferido durante tres años la cuchilla; por mas que la apuesta estratégica fuera escasa, la CIA no lo dejó escapar; la mitad de su gabinete fue pasado por las armas,  la otra al campo de concentración-¿Cuánto tiempo permaneceríamos nostros indemnes? Ya un año sería un milagro: el tiempo de mostrar el camino por donde otros, mas tarde, seguirían nuestros pasos. Yo miraba con el corazón encogido a mis compañeros de gabinete, distribuidas las celebridades, llenos de la alegría insensata de quien llega a estos asuntos sin sospechar nada”.   

Cinco

“La primera huella consignada de este cálculo equivocado de productividad se halla en la carta VII del viejo Platón, donde cuenta porque respondió afirmativamente a la carta de Dión invitándolo a Sicilia para asistir a su tío el tirano Dionisio II, en calidad de ayuda de decisión. “Como me preguntaba si debía ponerme en camino y respo9nder a esa invitación o tomar partido, lo que sin embargo hizo inclinar la balanza fue que, si alguna vez se debería acometer la realización de mis concepciones en materia de ley y de régimen político, era el momento de probar. En efecto, solo tenía que convencer a un ho9mbre y eso bastaría para asegurar el advenimiento del Bien. Fue pues en ese estado de ánimo y dispuesto a realiza esa tarea como abandone Atenas; no por los motivos que me atribuyen algunos, sino por miedo sobre todo de quedar entonces a mis propios ojos por alguien que se no es nada más que un pico de oro y que, en cambio, se muestra incapaz de acometer resueltamente la acción”. Suscribo en su integridad los motivos del detenido de Siracusa. Que se diga que Platón y Debray se han encontrado por fin en la definición de añagazas y cimbeles. Un comunicado de la AFP sería bienvenido”.

Seis

“Enmarañado en “las fuerzas del dinero”, de Gaulle no tenía “la base social de su proyecto político”. Solo la izquierda, a mi modo de ver, con su desinterés innato y sus fuerzas obreras, podía llenar esa casilla vacía, la independencia de los pueblos, por el momento ocupada por las barrigas de le era Pompidou, vacante demasiado ridícula para no ser provisional. Así pues, nosotros expulsaríamos a los usurpadores. Cuando un gobernante ha elegido un cuarto de siglo la oposición, no llega al poder sino para hacer historia, más que política. Esa fue mi apuesta mitterrandista, en 1981, como lo había sido en 1974”.  

Siete

“La política como religión nacional toca a su fin; no es sano confundir un sacerdocio con un oficio. Los hay más degradantes. ¿En qué consiste ese oficio? En hacerse elegir, en saber esperar, en estrechar manos, en despedir los ascensores, en soltar amenas simplezas en los estudios, en pasar revista a la prensa por la mañana y en cazar en jauría. Eran costosos malentendidos los mios, pero es una lástima para el porvenir. El tiempo de los profesionales, luego de los prudentes, ha llegado. El problema es que los profesionales, por mucha ciencia y conciencia que tengan, no tienen por una vez ninguna imaginación. En política como en otras partes, solo los outsiders tienen ideas nuevas”.


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