Todo Messi, comentado por Federico Lorenz | RED/ACCIÓN

Todo Messi, comentado por Federico Lorenz

Todo Messi
Jordi Puntí
Anagrama

Uno (mi comentario)

Hubo una época en la que jugaba al fútbol cinco tres veces por semana. Éramos dos equipos armados por compañeros de trabajo en Telefónica. Nos conocíamos todos, pero en el momento del partido nos mostrábamos los dients como debe ser. Yo estaba en el equipo que perdía siempre, que “casi” ganaba. Nos derrotaban sistemáticamente, de verdad. Todas las veces, hasta que las burlas dejaron de conmovernos. Hasta que un día, recuerdo perfectamente la epifanía, empezamos a ganar. Nos salían todas las jugadas, nos encontrábamos siempre. Los pataduras nos empezamos a sentir cracks. Héroes de la alfombra y la arena.

Fue una sensación muy rara para mí, pero que al leer el emocionante libro de Puntí rememoré en toda su intensidad y confieso que con algo de nostalgia. No me crié en un hogar futbolero, más bien lo contrario. Mi padre era de los que decía que los problemas de la Argentina se solucionarían poniendo cargas en el Monumental o en la Bombonera el día de un Boca – River. Mi abuelo materno me hizo de Boca, pero jamás tuve estímulos ni para jugar, ni para apasionarme por el fútbol. Ese mundo siempre me fue ajeno, distante, pero lo envidié y lo envidio con todas mis fuerzas, y acaso por eso recuerde con tanta intensidad esas semanas de gloria de nuestro equipo. El fútbol genera complicidades y armonías, comunidades tan intensas que no se las puede describir más que contando jugadas o calificando jugadores, y eso es lo que hace con maestría Puntí.

Afortunadamente mis hijos se acercaron al fútbol de la mano de Ángel, su tío, que les enseñó todo lo que yo no sabía: cómo pegarle a la pelota, como mantenerla pegada al pie, cuándo y cómo largarla… Y después hicieron su propio camino. Ellos son de la generación de Messi, yo de los que vieron jugar a Maradona. Alguien podría decirme que me lo perdí: pero nadie con corazón humano es insensible a los milagros deportivos, y ambos lo son. Vi la carrera inmortal de Maradona contra los ingleses en 1986. Acaso no percibí dos terceras partes de las habilidades desplegadas por el 10 para batir el arco inglés, pero ¿quién podría permanecer indiferente a un momento como ese? Por eso es que me quedo pegado a él, como si fuera la pelota que no regala, porque mi memoria de lo que el futbol y algunos jugadores generan está atado a ese momento. Y deportivamente entonces, digo que para mí el mejor es Diego, y no Messi, para jugar un partido con mis hijos. Pero la pasión que ellos transmiten por la Pulga es la que leo en las crónicas del fanático Puntí, e imagino que deberé darles la razón.

Dos (la selección)

Vuelvo al principio. En mi caso, entre las múltiples razones para decidir que Leo Messi es mi jugador favorito de todos los tiempos, está el hecho de que a veces sueño con él. Que yo recuerde, en el pasado solo había soñado con alguna jugada de Ronaldinho, o con algún partido de juego colectivo, sin distinguir a los jugadores en la bruma del sueño, generalmente la víspera de un Barça-Madrid (y ganábamos nosotros, claro). Con Messi, en cambio, he soñado varias veces. He soñado con él como si yo fuera su padre y le sirviera el desayuno en la barra de una cantina. He soñado con él a través de una conexión sanguínea, como un hermano mayor que le hacía compañía en un autobús vacío y aparcado en el exterior de un campo de fútbol desierto. He soñado con él haciendo goles extraordinarios, regates que desafiaban las leyes de la física y jugadas que se desplegaban ante mí con la maravilla de una aurora boreal. A menudo en estos sueños Messi estaba solo, y supongo que con este detalle un psiquiatra freudiano podría contarme más cosas de mí mismo que el propio jugador argentina, pero yo lo entiendo -me gusta entenderlo- como una conexión más allá del presente, una relación que tiene lugar en el mundo etéreo del inconsciente. Él no lo sabe, pero con su juego me ha hecho feliz muchas veces, en la realidad del presente y en la ficción de los sueños.

Tres

El mundo visto como terreno de juego infinito. Es una imagen de libertad que nos estimula la imaginación. Cuántas veces no habremos oído historias de jugadores brasileños, colombianos o argentinos de origen humilde que se forjaron en la calle, en las playas, jugando descalzos en la favela, con una pelota medio deshinchada. Es una imagen mítica que nos gusta porque apela a nuestra niñez, a una nostalgia del fútbol sin la parafernalia profesional de hoy en día. Partidillos de dos contra dos. Tres contra tres. Una portería delimitada por dos jerséis.

Cuatro

No solo provoca que hurguemos en nuestra memoria -o en el diccionario de sinónimos- para encontrar elogios superlativos, sino que nos obliga a ser más inteligentes para no repetirnos. En esto, por ejemplo, los diarios argentinos tienen gran experiencia. Tras el 7-1 contra el Bayer Leverkusen, el diario deportivo Olé titulaba simplemente: «Picasso», y en el subtítulo lo remachaba: «Artista del fútbol». En Honduras, el diario Diez hacía alusión a los cinco goles: «La quinta sinfonía de Messi». En Cataluña, El 9 Esportiu también era conciso: «Alien».

Cinco

No hay muchos jugadores que durante el partido anden mejor que Messi. Los hay que corren más, o que son más ágiles, o que abarcan más territorio con cuatro zancadas, pero el caminar de Messi es único. Beckenbauer caminaba por la defensa como quien se pasea por una propiedad privada, un jardín, y les decía a los jugadores: «Tú pasas, tú no pasas.» Cuando no participaba en una jugada, el Mágico González deambulaba por el área rival con una parsimonia de peripatético que piensa. Ibrahimovic camina con el paso majestuoso y los aires de un ave zancuda, un flamenco que se sabe admirado. Messi, no, Messi camina como si hubiera perdido algún objeto. Parece que vaya mirando al suelo, cubre poco territorio, a veces incluso se diría que evalúa la distancia con los rivales, por si vale la pena acercarse o no. Hay porteros nerviosos que durante un partido caminan más que Messi, arriba y abajo, arriba y abajo. Si fuera otro jugador, a uno le darían ganas de pedirle que corra más, pero en el caso de Messi sabemos que es innecesario: nunca pierde de vista la jugada y sabe economizar los esfuerzos.

Seis

A veces me pregunto en qué momento Maradona se dio cuenta de que Messi era mejor que él, si es que ya se ha dado cuenta. (Sí, ya lo sé, aquí me tiro a la piscina descaradamente.) ¿Fue el día que Leo hizo «el gol de Maradona» frente al Getafe? Messi tenía entonces diecinueve años, y con una determinación de veterano reprodujo sin darse cuenta el golazo contra Inglaterra de Maradona (que lo había conseguido a los veinticinco). Era como si le dijera: ya he hecho tu mejor gol, ahora ya me puedo quitar de encima la presión.

Siete

Ronaldinho y Messi jugaron juntos durante casi tres años y medio hasta el último partido del brasileño con el Barca, el 9 de marzo de 2008. El primer gol de Messi con el primer equipo llegó gracias a una asistencia de Ronaldinho, un gol memorable que se merece un espacio aparte entre las fechas especiales. «Lo estuve buscando todo el partido», recordaba el brasileño años más tarde, «me hacía ilusión que marcara.» Después de aquel primer gol la conexión se repitió muchas veces, en ambas direcciones, aunque casi siempre Ronaldinho asistía y Messi marcaba. Repasar hoy esos partidos te permite entender mejor el aprendizaje: de qué forma, sin que sean necesarias las palabras, Ronaldinho le transmite la alegría del juego, la convicción de ser el mejor desde la humildad, la satisfacción de pasar un balón que acaba en gol. Cada vez que marcaba, Messi lo buscaba para la celebración, le señalaba en un acto de reconocimiento, se le subía a cuestas. Aprendía, cada partido, la complicidad de quien sabía más que él. Fueron los años de las sonrisas, del pelo largo, de la melena al viento, del cuerpo de veinte años que pone a prueba los límites en cada jugada. Después de ganar muchos títulos y un Balón de Oro, hacia el final de su vida en azulgrana, llegaron los altibajos del brasileño, las ausencias y los caprichos que dejaban al equipo en falsa, y cuando Ronaldinho por fin se fue, Messi heredó su camiseta con el 10 en la espalda. Y hasta hoy.


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