Un juego con resultado incierto, como el amor mismo | RED/ACCIÓN

Un juego con resultado incierto, como el amor mismo

27 maneras de enamorarse
Santiago Craig
Factotum

Selección y comentario por Carolina Justo von Lurzer, comunicóloga, Investigadora de CONICET. Docente en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Autora de Mamá Mala, crónicas de una maternidad inesperada.   

Uno (mi comentario)

Recorrí la lista de libros de no ficción sugeridos para cumplir con la elección de dos. No pude resistirme a la literatura que proponía 27 maneras de enamorarse. Eso necesito, pensé. Que alguien me diga cómo, ver si alguna de las que conozco funciona, si alguien tuvo éxito o acaso los mismos fracasos. Si, quizás, alguien pensó alguna vez como hago yo cada tanto que eso en realidad no existe o más aún, que si existe hay que evitarlo. Hallé instrucciones e historias, un poco de cada cosa. Un juego aleatorio de hipótesis, procedimientos y resultados. 27 maneras es una invitación a identificarse, desencontrarse, esperanzarse y saber que todo es, al final, un poco ficción. El minucioso detalle de pequeñas acciones y múltiples azares de la vida cotidiana. Poco hay de fascinante en sus relatos todo es más bien del orden de lo fantástico. Quizás la instrucción original sea: inscriba el amor en el orden de lo cósmico, abra el libro, no espere de él soluciones japonesas ni justicias peronistas, déjese llevar por lo desparejo del afecto, traicione todas sus expectativas y aun así, disfrute.

Dos (la selección)

Adentro, no se digan nada: el camino está allanado. Atolondrados, torpes, chúpense donde puedan, rasgúñense, choquen los dientes y jadeen. Al rato, desnudos, sin pudor, fumen otra vez, viéndose blandos en un espejo, manden el mismo mensaje a distintos teléfonos. Van para ahí. En un rato. Ya llegan. Escúchela decir que su esposo se llama Raúl y es ingeniero. No de los que hacen cosas, de los que tienen un título. Cuéntele que su mujer se llama Amanda. Que siempre estuvo ahí, desde chicos. Que es buena como un vaso de agua. Cuando salgan, reciba los caramelos sin gusto que le dan con el cambio. Chúpenlos juntos. Estén callados. Déjela en la esquina de su casa. Antes de volver a la suya, pase otra vez por el bar. Mire el fondo acaramelado del vaso de whisky. Pregúntese cuánto hace que está ahí. Si se contesta un siglo, esté de acuerdo. Si se dice media hora, también coincida. (:63)

Tres

Lo que sigue es fácil. Entre las virutas blandas descubra la piedra dentro de la caja. Opaca y fría. No es una joya, es fea. Por un momento piense que fue estafado. Pero rápidamente dese cuenta de que es un meteorito. Hay miles en el campo. Casi nadie sabe. A casi nadie le importa. Son eso. Piedras feas. Vienen del espacio. En el espacio también hay cosas que son feas e inútiles. (:10)

Cuatro

Hugo fue el primero, aunque podría haber sido cualquiera de los dos. Preguntó algo bastante idiota. Algo sobre la cantidad de estrellas. Nada que incluyera el protocolo. Eva no le contestó, pero el silencio se hizo distinto. Hugo había instalado en el aire una espera. (:42)

Cinco

Atento, retirándose un poco de las cabinas y simulando elongar, desatar contracturas, Luis pudo ver que Francisca también ahí, después de vaciar el cargador, apretaba el botón para atraer hacia ella los blancos y los consolaba. Se acercó para saber, siempre discreto, y vio que, además, los acariciaba con la palma de su mano, que incluso, en algunas ocasiones, llegaba a besarlos. (:18)

Seis

Separado de su vida anterior, que era estar ahí solamente, Ernesto se angustia. No angustia, se entiende, otra cosa, una congoja química, una chispita de miel amarga. Va entendiendo que el amor empieza en uno, siempre, nunca en dos. Es ampliarse el amor, quererse más a uno en otros. No querer a otros, eso no se puede. Dejar afuera todo lo que no nos importa. Eso es el amor. Desprecio. Hacerse todavía más sólido, alinear en una fila perfecta la identidad y dársela al otro que nos llama. Sin voluntad, seguir la voz, las garras rojas, el taconeo, separarse para siempre de lo anterior. Verse, esta vez sí, por primera vez, vivo. Sabiendo ser, palpitando. (:87)

Siete

La medialuna y el café tienen gusto a perfume. Me pasé con el rociador. Tanto perfume es de vieja. Ya hago cosas de vieja. La carta también tiene olor a perfume. Me la acerco a la nariz y la huelo. Detrás del perfume está todavía el olor granulado y áspero del papel. Me miran los tipos de la mesa de al lado. O pienso que me miran, no sé. Me da vergüenza lo mismo. Tan acostumbrada que estaba a que me miren, ahora ya me es raro. (:118)


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