Un pequeño empujón, comentado por Marina Dal Poggetto | RED/ACCIÓN

Un pequeño empujón, comentado por Marina Dal Poggetto

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Un pequeño empujón
Richard H. Thaler y Cass R. Sunstein
Taurus

Uno (mi comentario)

Un pequeño empujón o Nudge (su título original en inglés) es un libro interesante donde se mezcla teoría (en forma simplificada y amena de lo que hoy ya es una rama de la economía, la economía del comportamiento) y fundamentalmente casos donde esta práctica se aplicó y/o se podría aplicar en políticas destinadas a salud, educación, pensiones, mercado de crédito y en general en todas aquellas áreas donde las decisiones de los individuos tienen impactos no visibles en el corto plazo sobre su función de utilidad individual y la social. Esta práctica parte de la idea de que al no existir “la racionalidad del consumidor”, supuesto sobre el cual se basa la teoría económica clásica, y las decisiones de los individuos estar deformadas por razones de racionalidad limitada, la falta de autocontrol o la existencia de preferencias sociales tiene sentido que desde la política se orienten esas decisiones para ayudarlos a tomar las correctas. Los autores Richard Thaler (economista que recibió el Premio Nobel de Economía en 2017 por sus contribuciones a la Economía del Comportamiento) y Cass Sunstein (abogado) llaman a esta práctica “arquitectura de las decisiones” y la definen como un “paternalismo libertario”. Y defendiéndose del ataque de los liberales que están en contra de cualquier injerencia de la política en los mercados, aclaran que el “paternalismo libertario” no es un oxímoron; las personas deben ser libres para hacer lo que deseen y desvincularse de los acuerdos desventajosos. Y para esto es legítimo que los arquitectos de las decisiones (quienes definen las políticas públicas), traten de influir positivamente en la conducta de la gente a través del “nudge” (el pequeño empujón) a los ciudadanos para que tomen la opción que ellos mismos hubieran tomado si hubieran tenido toda la información disponible, fueran perfectamente racionales y tuvieran total autocontrol. Es decir, si actuaran como homo economicus (econs en el sentido del agente con racionalidad perfecta que estudiamos en la facultad) en vez de como homo sapiens (humanos), las dos categorías que usan los autores para definir los comportamientos. En rigor, el concepto del nudge es por la positiva, ayudar a los agentes a tomar la decisión correcta. Del otro lado, el marketing, opera muchas veces al revés, ayudando a los agentes a incentivar la demanda de un producto y/o servicio aprovechando la información asimétrica. El libro está plagado de ejemplos y eso por momentos lo vuelve tedioso. Pero no por ello deja de ser más que interesante el intento de escribir para no economistas, lo que hoy ya es una rama de la economía formal con crecientes aplicaciones prácticas. Vale remarcar que desde ya hace varios años, la economía del comportamiento ha entrado en ministerios y agencias, influyendo en el diseño de las políticas públicas induciendo a los ciudadanos (vía un pequeño empujón) a que cambien su comportamiento, sin por ello prohibirles nada. El ejemplo con el que arranca el libro es el de un comedor en un colegio donde el cambio en la forma de presentación de los alimentos permitió cambiar conductas de los alumnos induciendo un consumo más saludable, pero a lo largo del libro se presenta un enorme número de ejemplos que intentan cambiar sesgos en los comportamientos de los individuos.

Dos (la selección)

Quienes rechazan el paternalismo con frecuencia sostienen que los seres humanos toman unas decisiones magníficas y, sino magníficas, desde luego mejores que las que tomaría cualquier otro (especialmente si ese otro trabaja para el gobierno). Tanto si han estudiado economía, como si no, muchas personas parecen suscribir implícitamente el concepto de homo economicus: la idea de que cada uno de nosotros siempre piensa y escoge bien y por lo tanto encaja en la imagen de los seres humanos que presentan los libros de texto de los economistas. En esos libros aparece un homo economicus que puede pensar como Albert Einstein, tiene tanta memoria como el ordenador de mayor capacidad y la voluntad de Mahatma Ghandi. Bien por él, pero la gente que conocemos no es así. La gente real tiene dificultades para dividir por más de una cifra sin calculadora, a veces olvida el cumpleaños de su pareja y tiene resaca el día de Año Nuevo. No es un homo economicus, es un homo sapiens. Para reducir el uso del Latin al mínimo usaremos a esas especies imaginaria y real “econs” y “humanos

Tres

Nuestra fuente básica de información es la emergente de la ciencia de la decisión… Esta plantea serias dudas sobre la racionalidad de muchos de nuestros juicios y decisiones. No es que los econs hagan siempre previsiones perfectas (eso implicaría que son omnicientes), sino que sus previsiones no son sesgadas. Es decir, pueden ser erróneas, pero no sistemáticamente erróneas en una dirección previsible. A diferencia de los econs, los humanos se equivocan de una forma previsible.

Cuatro

Las personas tienen un optimismo no realista incluso cuando hay mucho en juego. Este puede explicar muchos de los riesgos que se asumen, en especial, cuando están relacionados con la vida y la salud. Al pedirles que imaginen su futuro, los estudiantes suelen responder que tienen menos probabilidades que sus compañeros de ser despedidos de un trabajo, sufrir un infarto o tener cancer, divorciarse después de pocos años de matrimonio o tener problemas con la bebida. Los fumadores conocen los riesgos estadísticos y con frecuencia incluso los exageran, pero casi todos creen que tienen menos probabilidades de que se les diagnostique cancer de pulmón o una enfermedad del corazón que a la mayoría de los no fumadores. Las loterías tienen éxito en parte por ese optimismo ilusorio.  El optimismo no realista es un rasgo universal de la vida humana; caracteriza a la mayoría de las personas de casi todas las categorías sociales. Cuando sobreestiman su inmunidad personal dejan de tomar medidas preventivas razonables. Si corren riesgos a causa del optimismo ilusorio, les podría venir bien un nudge. 

Cinco

Una de las causas del sesgo del status quo es la falta de atención. Mucha gente adopta lo que denominaremos el heurístico de “sí, lo que sea”… La combinación de la aversión a la pérdida con la elección irreflexiva implica que si una opción se designa “por defecto” atraerá a una cuota del mercado mayor. Por lo tanto, las opciones por defecto actúan como poderosos nudges. En muchos contextos, su poder como nudges es incluso mayor, pues los consumidores piensan, con razón o sin ella, que los valores preseleccionados cuentan con el apoyo implícito de quien los establece, sea éste el Empresario, el Gobierno y el Programador de Televisión. 

Seis

Aquí se plantea problema de la “ignorancia pluralista”, es la ignorancia por parte de todos o de la mayoría sobre lo que piensan otras personas. Podemos mantener una práctica o una tradición no porque nos agrade, o incluso porque la consideremos defendible, sino simplemente porque creemos que le gusta a la mayoría de la gente. Muchas prácticas sociales persisten por esa razón y un pequeño sobresalto, o un nudge pueden desenterrarla. Hay nudges que ponen en marcha una especie de efecto en cadena y con frecuencia pueden producir cambios espectaculares, aunque no tengan trascendencia mundial, y provocar el rechazo de prácticas muy antiguas. 

Siete

Si los consumidores tienen una convicción que no es completamente racional, las empresas con frecuencia tienen más incentivos a atender ese interés que a erradicarlo. Cuando todavía había mucha gente que tenía miedo a viajar en avión, era habitual que se vendieran seguros de viaje en los aeropuertos a precios exorbitantes. Pero no había mostradores que vendieran el consejo de no contratarlos. En muchos mercados, las empresas compiten por los mismos consumidores, pero ofrecen productos que son diametralmente opuestos. Unas venden tabaco; otras, productos para dejar de fumar. Unas venden comida rápida; otras, asesoramiento dietético. Si todos los consumidores fueran econs, no habría razón para preocuparse sobre cuál de estos intereses en competencia va a ganar. Pero si algunos son humanos que a veces toman malas decisiones (desde su propio punto de vista), entonces todos nosotros podríamos tener un interés en el cual de esos dos tipos de empresa gana la batalla. Por su puesto el Gobierno puede prohibir algunos tipos de actividades, pero como paternalistas libertarios preferimos el nudge y somos muy conscientes de que ellos gobiernos están llenos de humanos.


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