Una educación, comentado por Damián Tullio | RED/ACCIÓN

Una educación, comentado por Damián Tullio

Una educación
Tara Westover
Lumen

Uno (mi comentario)

Tara Westover se crió en una granja en el sur del estado de Idaho, en el seno de una familia poco convencional. Su padre y su madre eran devotos mormones que no creían en ninguna de las instituciones de Occidente. Para ellos, la escuela era un trama secreta del gobierno para lavarle la cabeza a la gente, las documentación innecesaria y la medicina moderna una conspiración para envenenar sus cuerpos. Así, la autora y sus hermanos se criaron en un mundo en el que hasta las heridas más graves se curaban con ungüentos, aromaterapia y rezos; y la información se obtenía de las escrituras sagradas de los profetas mormones o de la intuición.

En Una educación narra el proceso profundo, doloroso y contradictorio que la llevó de trabajar junto a su familia mezclando recetas magistrales de hierbas y levantar chatarra con su padre a la universidad sin ningún tipo de educación formal previa y luego, a instancias de un profesor que supo de su historia de vida, a hacer un doctorado en Europa, nada menos que en la Universidad de Cambridge.

El libro no podría haber llegado en mejor momento a las librerías argentinas: en días en que el movimiento antivacunas cobra más fuerza y los medios se ocupan largo y tendido de los terraplanistas, este testimonio se hace urgente. Más que una impugnación moral de por qué esas creencias están mal, Westover cuenta su historia con oficio: consigue espiar sobre lo que pasaba por la cabeza de sus padres y hermanos, y a partir de ahí muestra cómo construyó una salida. En el registro de qué sienten, piensan y a qué le temen aquellos que se niegan a dar por cierto el conocimiento obtenido a través del método científico —algo que ella misma hizo mientras vivía con sus padres—Una educación abre un camino posible para pensar cómo la desinformación opera en temas tan diversos como la sexualidad adolescente, la violencia intrafamiliar o la salud mental. Sus memorias son, sin duda, una historia de sacrificio y evolución personal, pero mientras las leía no podía dejar de pensarlas como una hoja de ruta para atravesar los nuevos desafíos que la discusión pública de masas nos pondrá delante.

Dos (la selección)

“Aunque solo tengo siete años, sé que ese hecho, más que ningún otro, diferencia a mi familia: nosotros no vamos a la escuela.

A papá le preocupa que el Gobierno nos obligue a ir, pese a que no puede obligarnos porque no sabe de nuestra existencia. De los siete hijos de mis padres, cuatro no tenemos partida de nacimiento. No tenemos historia clínica porque nacimos en casa y nunca hemos ido a una consulta médica o de enfermería. No tenemos expediente escolar porque jamás hemos pisado un aula. Cuando cumpla nueve años, inscribirán mi nacimiento en el registro civil, pero ahora, según el estado de Idaho y el gobierno federal, no existo.”

Tres

“Siempre había sabido que mi padre creía en un Dios distinto. De niña ya era consciente de que, aunque mi familia iba a la misma iglesia que todos los residentes de nuestra ciudad, no profesábamos la misma religión. Ellos creían en el decoro; nosotros lo practicábamos. Ellos creían en el poder sanador de Dios; nosotros dejábamos nuestras heridas en Sus manos. Ellos creían en la preparación para el Segundo Advenimiento; nosotros nos preparábamos. Desde que tenía uso de razón sabía que los miembros de mi familia eran los únicos mormones de verdad que había conocido, y sin embargo, hasta que fui a esa universidad, a esa capilla, no me percaté de la inmensidad del abismo. Me di cuenta entonces: o estaba con mi familia o estaba con los infieles, en un bando o en el otro, pues entre ambos no había ningún asidero.”

Cuatro

“Era consciente de que debía prepararme, tratar de adquirir los conocimientos de la enseñanza secundaria que [mi hermano] Tyler había asegurado que poseía. Sin embargo, no sabía cómo hacerlo ni quería pedirle ayuda. Tyler había empezado una nueva vida en Purdue —incluso iba a casarse— y yo dudaba que quisiera alguna responsabilidad en la mía.

Cuando acudió por Navidad vi que leía un libro titulado Los miserables y concluí que debía de ser la clase de obra que leían los universitarios. Me compré un ejemplar con la esperanza de aprender algo de historia y de literatura, pero no fue así. Era imposible, porque no distinguía la ficción del telón de fondo verídico. Napoleón me pareció tan real como Jean Valjean. No había oído hablar de ninguno de los dos.”

Cinco

“Evoqué el sueño del laberinto. Recordé las paredes construidas con sacos de grano y cajas de munición, con los miedos y las paranoias de mi padre, con sus escrituras y sus profecías. Había querido escapar del laberinto de recodos pronunciados que desorientaban, de pasillos que se modificaban sin cesar, en busca de algo valioso. Y de pronto lo entendí: ese algo valioso era el laberinto. Era lo único que me quedaba de la vida que había llevado en esa casa: un rompecabezas cuyas reglas nunca llegaría a entender porque no eran reglas sino una especie de jaula destinada a encerrarme. Podía quedarme y buscar lo que había sido mi hogar, o podía irme sin demora, antes de que las paredes se movieran y la salida se cerrara.”

Seis

“Envié el borrador [de mi tesis] al doctor Runciman y unos días después nos vimos en su despacho. Se sentó frente a mí y, con expresión de asombro, me dijo que el trabajo estaba bien. «Algunas partes son excelentes —añadió sonriendo—. Me sorprendería que no consiguieras el doctorado».

Mientras caminaba hacia casa con el voluminoso manuscrito recordé una clase que el doctor Kerry había empezado escribiendo en la pizarra: «¿Quién escribe la historia?». Me acordé de lo rara que me había parecido la pregunta. Mi concepto de los historiadores no era humano; yo los veía como a mi padre, más profetas que hombres, con visiones del pasado y del futuro que no podían ponerse en tela de juicio, y mucho menos desarrollarse. Al atravesar el King’s College, bajo la sombra de la enorme capilla, casi me extrañó mi apocamiento de entonces. «¿Quién escribe la historia? —pensé—. Yo.”

Siete

“…Las decisiones que tomé a partir de entonces no fueron las que ella habría tomado. Fueron las de una persona cambiada, las de un ser nuevo. El desarrollo de un nuevo yo.
Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición.
Yo lo llamo una educación.”

Damián Tullio nació en Lanús en 1985. Es licenciado en Letras (UBA). Ha sido colaborador de Rolling Stone Argentina, La Agenda BA y La Nación, entre otros. En 2012 publicó la nouvelle Algo que nunca le conté a nadie (Tenemos las máquinas).


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