7000 artesanos del país necesitan vender sus tejidos y ya hay una manera de contactarlos directamente | RED/ACCIÓN

7000 artesanos del país necesitan vender sus tejidos y ya hay una manera de contactarlos directamente

Ilustración por Pablo Domrose

Berta Ponce tiene el telar a la sombra de un algarrobo porque en Santiago del Estero siempre hace calor. Aprendió a tejer viendo a su mamá y su mamá aprendió de su abuela. Lleva 50 de sus 64 años hilando lana de oveja y tejiendo.

Su especialidad son los ponchos e imagina “un milagro”: fantasea con que ahora que su celular está en un registro online de artesanos textiles, un grupo de folklore la llama y le encarga seis ponchos. Tendrá trabajo para un año y compensará lo “justo” que vive con la jubilación mínima. Se sentará a tejer “como lo hacía mamá, en el lugar más fresquito, debajo del algarrobo”.

Berta vive en el campo, en Villa Atamisqui, a 120 kilómetros de la capital santiagueña. Es una de los 6.900 artesanos y artesanas -95% son mujeres- que fueron identificados e incluidos en un registro de hilanderos y tejedores del país que sirvió para armar una plataforma desde la que cualquier persona puede contactarlos.

Los objetivos son varios: darle visibilidad a su trabajo, apuntalar sus economías familiares y fomentar el trabajo en red. En la medida que se logren esas pautas, se podrán sostener cadenas productivas regionales y será más sencillo preservar oficios tradicionales de gran patrimonio cultural.

Berta Ponce teje en Santiago del Estero. Usa un telar "plantado" o sujeto con palos fijos a la tierra. Foto: ReNATRA

“Intentamos darle voz a artesanos que trabajan de manera silenciosa y que por lo general están ocultos debajo de los intermediarios”, asegura Sofía Marré, del Centro Textil del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), que trabajó en el armado del registro junto al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y la Secretaría de Cultura de la Nación.

Marré explica que el Registro Nacional de Artesanos Textiles de la República Argentina (ReNATRA) no tiene antecedentes en el país y crea un canal directo con el consumidor. “El artesano va a tener que aprender a administrar y negociar con quien los llame, pero achica el camino y le abre puertas para darse a conocer en el mercado, que pueden ser empresas, diseñadores o particulares”.

Fuente: ReNATRA

Contactá a un artesano

El primer aporte del registro es saber dónde están los artesanos y quiénes son: cómo se llaman, en qué parajes viven, cómo se los puede contactar y qué tipo de tejido o hilado hacen.

“Yo hago el hilado del vellón de oveja en un rueca, que es una máquina de pie. Y después sé tejer en telar de cintura y a dos agujas”, cuenta Lucrecia Cruz, que nació en Salta y ahora, a os 57 años, vive en Huacalera, muy cerca de Tilcara, en Jujuy.

Lucrecia es aimará, aprendió el oficio de su mamá y teje en grupo junto a otras 10 personas. “Hacemos guantes, mantas, pie de camas y alfombras. Le vendemos a gente que después lo vende en Buenos Aires. También vamos a ferias. Pero el oficio se está perdiendo. Lo que necesitamos son más pedidos. Nosotras podemos hacer hasta 20 piezas más por mes”, asegura y cuenta que ya tienen un perfil en Facebook.

Lucrecia Cruz compra el vellón de oveja y hace el hilado con la rueca. Teje mantas, alfombras y pie de camas en Huacalera, Jujuy. Foto: Familia Cruz

El relevamiento se empezó a trabajar en 2013 y no es definitivo, ya que se amplía a medida que se logra ubicar o se suman espontáneamente más artesanos. Hay criollos, como Berta; comunidades de pueblos originarios, como Wichí o Qom; colonias de inmigrantes europeos, como en el Litoral; y también artesanos urbanos.

“Dentro del rubro artesanos, el textil es el más numeroso del país. Son mucho más que los orfebres o los que trabajan la madera o el cuero”, asegura Roxana Amarilla, directora del Mercado Nacional de Artesanías Tradicionales de la Argentina (MATRA), que depende de la Secretaría de Cultura.

Roxana reconoce que no saben exactamente cuántos artesanos textiles hay en el país ni cuánto aportan al PBI. “Esa información es una deuda pendiente”, dice y resalta que el registro es un primer paso. Afirma que ayudar a sostener el trabajo que hacen estos 6.900 artesanos es ayudar a sostener una “manifestación viva de la cultura”.

El registro logró reunir artesanos de todas las provincias. Formosa (1.371 artesanos) Neuquén (792), Salta (511), Buenos Aires (489), Río Negro (432) y Chubut (386) son las que más artesanos relevados tiene.

Sobre el tipo de fibras, la mayoría trabaja con lana de oveja y camélidos, como llamas, guanacos y vicuñas. Aunque también hay algunos, como las artesanas wichí, que usan vegetales, como el chaguar, que es una planta fibrosa con las que tejen las carteras conocidas como yica.

Arte y Esperanza es una ONG que desde 1986 compra y vende artesanías hechas por comunidades de pueblos originarios en dos locales, uno en San Isidro (provincia de Buenos Aires) y otro en el barrio porteño de San Telmo. Trabaja con 500 artesanos de pueblos Qom, Wichí, Pilagá, Kolla, Mapuche, Guaraní, Diaguita y Chané. Y tienen un catálogo online:

Mirá el catálogo de productos

“Lo que hacemos es comprarles sus productos a un precio justo y así acompañar el desarrollo y reconocimiento cultural. De hecho, pagamos los productos por adelantado. Por eso creemos que visibilizar su trabajo con este registro es importante”, considera Sebastián Homps, vocero de la ONG, que en lo que va del año invirtió $1.200.000 en la compra de artesanías, un 15% textiles.

La ONG Arte y Esperanza le compra a un precio justo las producciones de 500 artesanos de comunidades de pueblos originarios. Foto: Arte y Esperanza

La importancia productiva de la actividad artesanal textil se basa en que son muchos los actores que participan. En la obtención de la materia prima intervienen criadores de animales, esquiladores y transportistas. También hay personas que trabajan en el armado de las herramientas, como el telar y sus partes. Y dentro de ese proceso, algunos aportan maderas.

En el hilado y en el teñido se suman nuevos roles, incluso niños y niñas que hilan an­tes de saber tejer. En los distintos momentos de la ejecución del tejido, suele haber mujeres u hombres que tienden la urdimbre y combinan los colores en el momento del armado de la urdimbre. Luego hay quie­nes simplemente pasan la trama para armar el tejido.

“Esa trama social sustenta la actividad textil y, a su vez, es la actividad textil la que, en gran par­te, genera profundas relaciones sociales que suelen extenderse no solo a lo largo de una familia sino a lo largo del pueblo y de una región”, analiza la investigadora del Conicet, Cecilia Pérez de Micou en el libro "Reflexiones sobre las artesanías argentinas".

Por eso el producto textil es reconocible como originario de un lugar aunque aparezca en otro muy alejado. Estos textiles son un sello de origen, una marca de identidad que está relacionada con la aceptación tácita de todos y cada uno de los que intervienen, sigue Pérez de Micou.

Tapiz del monte de la artesana Negucha Mendoza, en Catamarca. Foto: ReNATRA.

En general, la mayoría de los artesanos hacen, en paralelo, alguna actividad. Tienen cultivos o crían animales. O tienen un empleo público de medio tiempo. Pero también hay excepciones en las que la producción de artesanía textil es el principal sostén de la economía familiar: pasa en pueblos como Londres (Catamarca), Iruya (Salta), Victorica (La Pampa) o Valcheta (Río Negro), por citar algunos.

Para Mario Vucetich, un porteño de 67 años, las artesanías textiles fueron (y son) su sustento de vida desde los 19 años. Mario es autodidacta y tiene su taller en La Paternal. “Mal no me fue. Tengo mi casa, mi auto y crié a mi hijo. Yo lo que hago son artesanías urbanas, pero con la misma técnica del telar europeo que introdujeron los españoles en el 1700”, cuenta.

Cuando alguien le pregunta cuánto tarda en hacer una manta de unos 2 metros cuadrados, tiene una respuesta armada que ayuda a explicar por qué es necesario visibilizar su trabajo, que sea rentable y que encuentre herederos de ese saber: “Me preguntás eso y te digo que tardo 40 años. Ese es el tiempo que me llevó aprender a preparar la urdimbre, enhebrar 2 mil hilos y tejer en un telar del 1700”.

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