Aldana Di Costanzo: "No quiero más niños viviendo su duelo en soledad" | RED/ACCIÓN

Aldana Di Costanzo: “No quiero más niños viviendo su duelo en soledad”

En la infancia, la muerte de un ser querido es confusión, tristeza y enojo. Aldana Di Costanzo lo sabe: tenía seis años cuando su papá murió de cáncer. Ya recibida de psicóloga, creó una fundación para acompañar a niños y niñas que atraviesan esa experiencia.

Ilustración: Pablo Domrose

En la infancia, la muerte de un ser querido es confusión, tristeza y enojo. Aldana Di Costanzo lo sabe: tenía seis años cuando su papá murió de cáncer. Ya recibida de psicóloga, creó una fundación para acompañar a niños y niñas que atraviesan esa experiencia.

Por su corta edad, del período de la enfermedad de Gerardo, su padre, no tiene demasiados recuerdos. Sin embargo, sí recuerda el momento en que su mamá Cristina la sentó a upa en una pierna y a su hermano mayor en la otra para comunicarles acerca de su muerte: “Papá se murió. Ya no sufre más. Diosito se lo llevó al cielo”. Esas fueron las palabras que Aldana retuvo. “Llorando, yo le decía que no podía ser, que por favor me diga que era una pesadilla. Estaba muy enojada”, recuerda.  

Años después y con un título de psicóloga en su currículum, Di Costanzo destaca lo afortunada que fue por tener a su madre, que a pesar de su propio sufrimiento, como pudo y con herramientas que improvisó, logró guiar a sus hijos en el proceso de duelo. “Dolida, sin ningún tipo de formación en el tema, pero con mucha intuición nos acompañó muchísimo. Si no fuese por ella, creo que hubiese disparado para cualquier lado”, reconoce. Este último punto fue clave, ya que según su experiencia el niño sin apoyo emocional suele tener problemas de conducta o de aprendizaje y, peor aún, puede desencadenar adicciones, depresiones y suicidios.

Leyendo el libro Sobre el duelo y el dolor, de Elisabeth Kübler-Ross y David Kessler, Di Costanzo descubrió que en el exterior existían grupos de terapeutas que trabajaban con los niños en duelo. Pensó qué bueno hubiese sido para su familia haber podido contar con profesionales que la acompañaran, guiaran y aconsejaran. Para ella, ya era tarde, pero no para el resto de los niños que a diario despiden a una madre, un padre o un hermano.

Investigó, comprobó que en la Argentina no existía nada similar y en 2008 creó la Fundación Aikén. “No tenía ahorros ni contactos, pero estaba decida. No quería más niños viviendo su duelo en soledad”, dice. A una década de su creación, trabajan más de 40 voluntarios que han acompañado a más de 700 niños y adolescentes. Además de la atención psicológica, realizan consultorías y capacitaciones para empresas y colegios. Según sus registros, llevan más de 2.500 personas capacitadas y, por su impacto, más de 30.000 niños beneficiados. 

La clave, explica Di Costanzo, es que los niños sean incluidos en el duelo. Es decir, hay que hablar con ellos acerca de sus sentimientos y explicarles qué significa que ese ser querido haya muerto. “Creyendo que se les evita el dolor, por lo general los adultos dejan de nombrar a ese padre o hermano fallecido y suelen creer que tienen que estar fuertes, y lloran a escondidas. Todo lo contrario, es necesario habilitarle al niño las emociones y para eso el menor necesita hablar, entender y ver que al adulto también le pasan cosas para que entonces él pueda permitirse sus propias emociones”, explica.

Incluso, agrega, guiados por creencias religiosas o para suavizar lo tajante que puede significar la muerte, los adultos suelen decirles a los niños que ese ser querido se fue, que está en el cielo o adentro de su corazón, pero jamás les nombran la palabra muerte. “Cada uno le puede agregar el simbolismo religioso o ideológico que quiera, pero en el enunciado siempre tienen que estar presente que la persona se murió porque, dependiendo de la edad del chico, lo metafórico puede ser más confuso”, argumenta.  Además sostiene que es bueno que a los chicos se les consulte si quieren ir al velatorio y, si la decisión es ir,  hay que describirles el escenario, ellos deben llegar sabiendo cómo estará el cuerpo del familiar y que, posiblemente, habrá mucha gente llorando.

A los dos años de fallecer su padre, su madre se enamoró de otro hombre y se casó. Aunque él nunca ocupó el lugar del padre, Di Costanzo reconoce que Francisco, su padrastro, supo acompañarla en momentos claves de su infancia y adolescencia. “Él también falleció. Lo amé muchísimo. Yo hacía gimnasia rítmica, llegué a estar en la Selección Nacional y él estuvo muy presente en esa etapa de mi vida, me apoyó y me acompañó, y por supuesto fue un muy buen compañero de mi mamá”, dice.

Esa perseverancia fue la que un tiempo después hizo que ella se convirtiese en el sostén de la familia. Como suele pasar cuando el que fallece es el sostén económico, los problemas de dinero fueron una constante en su vida. Pero decidida a salir adelante, a sus 18 años, mientras cursaba sus estudios universitarios, Di Costanzo empezó a trabajar como moza. Un año después de ir y venir desde Ramos Mejía, su barrio natal, se mudó a la ciudad de Buenos Aires. Pagaba sus estudios y el alquiler de su departamento, y ayudaba a su madre. Cursó libre un cuatrimestre para irse a Costa Rica a trabajar y volver con dólares para pagar deudas.

El duelo, explica Di Costanzo, probablemente nunca termina. Pero está convencida de que es posible darle un nuevo sentido. En su caso, el nuevo sentido es representado por la Fundación Aikén. “Por supuesto, si fuese posible elegiría tener a mi papá, pero de alguna manera, fue por su muerte que nació Aikén. Nada es casual: tampoco que haya elegido psicología como profesión”, opina.

Ya adulta, madre, esposa, profesional y con el proceso de duelo elaborado, Di Costanzo  define a la muerte como “el fin de una etapa de la vida”.  Diariamente piensa en la posibilidad de la muerte: la propia, la de su madre; incluso, en la de su marido y la de sus dos hijos, Tomás (de 5 años) y Fausto (de 3). “Aunque doloroso, es una posibilidad muy real. Sin embargo, lejos de ser un pensamiento masoquista, hace que me conecte más con la vida y mi familia. Veo a mis hijos y soy consciente de lo afortunada que soy de tenerlos”, concluye. 

Nombre: Aldana Di Costanzo
Edad: 37 años
Profesión: psicóloga
Sector en el que se destacó: atención psicológica de niños y adolescentes en duelo
Lugar de nacimiento: Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires
Lugar donde desarrolló su actividad: Ciudad Autónoma de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué te inspira a hacer lo que haces?
Mis hijos son mi principal motivación. Levantarme a la mañana para ir a besarlos y abrazarlos es lo que me da energía.  En segundo lugar, dejar una huella, quiero que mi vida tenga un sentido y deje algo para otros. Como de alguna manera mi papá, sin saberlo, lo hizo con Aikén.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mis tres hijos: Tomás, Fausto y Aikén.

3. ¿Qué no te deja dormir?
Desde el punto de vista mundano me preocupa mucho la inseguridad, la exposición al daño físico a la violencia y el dolor del otro en todas sus formas. A veces voy por la calle llorando por lo que veo.

Después, lo que no me deja dormir es pensar cómo hacer sustentable Aikén. Eso me quita el sueño, me estresa y me agota. Es un trabajo muy hermoso, pero me asusta la idea de llegar a los 60 años sin saber cómo lograr un presupuesto para el año siguiente. Tiene que haber alguna manera de sostener. Ahora tenemos un tercio del presupuesto que necesitamos para el año que viene y no puedo dejar de pensar cómo llegar a los dos tercios que me faltan.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
La violencia y la indiferencia. Desde las guerras hasta que a una anciano le den el asiento en un colectivo. Cuando pienso en referentes le pediría ayuda a la Madre Teresa de Calcuta y a Elisabeth Kübler-Ross, pero también a mi abuela paterna, que para mí fue como una santa sin haber sido canonizada: fue el ser más bueno del mundo, siempre pensando bien del otro y con buenas intenciones.   

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Quería ser abogada para ayudar a la gente y quería ser bioquímica para encontrar la vacuna del HIV y salvar a la gente. 

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