Cómo fue que de un día para otro los argentinos empezamos a aplaudir a las nueve de la noche | RED/ACCIÓN

Cómo fue que de un día para otro los argentinos empezamos a aplaudir a las nueve de la noche

El 19 de marzo lo hicimos por primera vez y desde entonces lo repetimos. En esta crónica hablamos de los orígenes (y sus promotores) y de las sensaciones en torno a una nueva rutina que muestra lo mejor que tenemos (y también algo de lo peor).

Ilustración: Pablo Domrose

Este contenido contó con participación de lectores de RED/ACCIÓN

Clap-clap. Cada noche a las nueve, Laura Echezarreta aplaude en su balcón junto a la gente de su cuadra. “Aplaudo a médicos, a los trabajadores esenciales y a nosotros mismos porque es difícil”, dice.

“Encontré en ese minuto la posibilidad de unirme a mis vecinos y de hacer algo juntos en medio de tanto aislamiento. Apuesto a la buena vecindad, a lo que nos une, y me pongo furiosa si alguien intenta usar partidariamente ese espacio”. A veces, después del aplauso, incluso saca un parlante y pone el himno.

Los aplausos en los balcones comenzaron en la Argentina el jueves 19 de marzo a las nueve de la noche y desde entonces se repiten. Algunas veces es la cita más importante del día; otras veces se parece a un trámite aburrido. Clap-clap. Pero seguramente en muchísimos casos el aplauso logró que los vecinos se conocieran la cara y cruzaran unas palabras de balcón a balcón.

Nuestros aplausos nacieron con el ejemplo de quienes aplaudieron y cantaron en sus balcones en Italia (desde el 25 de febrero) y de los que aplaudieron y vivaron a los trabajadores de la salud en España (desde el 2 de marzo). Más de un 20% de la población mundial permanece en cuarentena obligatoria, y también aplaude en Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Francia e India. De repente, este ruido de palmas de la tarde o de la noche (depende dónde se dé) se convirtió en un nuevo lenguaje global.

Incluso así, nuestras palmas suenan de un modo particular. Porque, en todos estos días, estos aplausos atravesaron una grieta con las cacerolas (luego de que el presidente Alberto Fernández dijera que era hora de que los empresarios ganaran menos dinero surgió una reacción antikirchnerista, también en los balcones pero a las 21:30, para que la clase política rebajara sus sueldos).

Hubo intentos de apropiación de los aplausos (Daniel Filmus, ahora secretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur en la Cancillería, escribió un tweet que generó polémica, aunque el texto en sí no era tan controvertido) y hubo un aplauso/“ruidazo” contra la violencia de género y los femicidios, y algunas consignas en el Día de la Memoria.

El aplauso argentino muy pronto cobró identidad.

Uno de los primeros flyers. Autor: desconocido. Circuló en redes sociales.
  • “Aplaudo a mis hermanes, mis cuñades, mis primas, sus compañeres de trabajo y amigues de toda la vida que se dedican a la medicina y a la enfermería”, me escribe Rocío Sánchez Andía. Su padre, sus tres hermanas y su hermano son todos médicos. “Aplaudo fuerte pensando en elles que ponen el cuerpo, que dejan su casa y sus afectos para contener pacientes y familiares. Aplaudo pensando también en los que no se ven adentro de un hospital, supermercado, lavadero, verdulería panadería, banco, delivery, colectivo. Esos que son invisibles a muchos y hoy también dejan sus casas y sus afectos para contener a personas que no los miran ni agradecen. Aplaudo para que lo que venga los encuentre con esa fuerza de mi aplauso por si les hace falta”.
  • “Los aplausos me generan enojo”, dice Lorena, que es médica. “Entiendo que algunas personas aplauden la valentía, aplauden la vocación. Entiendo que aplauden porque tienen miedo, porque están asustados, porque necesitan héroes. Pero no somos héroes, somos profesionales que realizamos una actividad especial y, a pesar de esto, estamos expuestos, indefensos, sin herramientas”.
  • “Cada día entero en casa es una performance que aplaudimos al terminar el día, a las 21 todxs lxs artistas salimos a los balcones a saludar luego de cada función”, escribió en su diario de cuarentena, el 29 de marzo, la bailarina y coreógrafa Valeria Primost.
  • “En mi barrio a las nueve de la noche alguien pone el himno a todo volumen”, cuenta Sebastián Puj. “Durante algunos días hubo cacerolazos, pero desde el viernes pasado se calmaron. Los aplausos y el himno siguen”.
  • “En uno de los aplausos alguien canta la marcha peronista y otro lo insulta”, dice Santiago Valentino. “Aquel redobla la apuesta y canta canciones de La Cámpora. ‘¡Ustedes son como los zombies de The Walking Dead!’, le dice el indignado. El camporista responde: ‘¿Vos ves The Walking Dead? ¡Entonces te quiero avisar que en la temporada 10 Negan mata a Alpha!”. Ocurrió en Las Cañitas.

Cómo empezaron los aplausos argentinos

La génesis del aplauso argentino es nebulosa. Al menos desde el día 15 de marzo (cuatro días antes de la ocasión), Twitter registra apariciones del hashtag #ArgentinaAplaude.

“Es difícil simplificar el afecto de un pueblo, de una multitud, de miles y miles para con alguna persona o personas en un signo tan simple, en un gesto que es hacer clap-clap”, dice Juan Carr, de Red Solidaria, uno de los primeros promotores del aplauso argentino.

Sigue: “Hacemos dar la vuelta olímpica a veteranos de Malvinas, a Madres del Dolor, a trasplantados, a voluntarios, a víctimas de violencia… y la multitud aclama y es una sensación incomparable. Ahí se encuentran afectivamente miles de personas que no se conocen haciendo clap-clap”.

Una temprana adhesión de Juan Carr al aplauso, el 18 de marzo, en Instagram.

Change.org mantiene muchas campañas de coronavirus (#UnidosContraElCoronavirus: www.coronavirus.changeargentina.org) y también estuvo en el principio del aplauso. “A mediados de marzo, teníamos varias peticiones de coronavirus, por ejemplo para aumentar el sueldo de los médicos”, dice Inés Alberico, coordinadora de campañas. “Entonces, viendo lo que nos contaban de los aplausos nuestros pares desde España, se nos ocurrió que hacerlo acá podía ser una buena idea. Armamos un tweet y pegó bastante. Pero puede ser que también otras personas lo hayan hecho al mismo tiempo”.

Otro apoyo inicial fue el de Argentina Conversa, uno de cuyos referentes es Marta Oyahanarte. “Cuatro miembros de Argentina Conversa tenemos un programa de radio, y el martes 17 de marzo mencionamos lo que estaba ocurriendo en España y dijimos: ‘Qué bueno sería que esto se hiciera acá en la Argentina’. Nos pusimos en contacto con Gastón Marra y otros chicos que trabajan en las redes, y ellos lo publicaron como idea”, dice Oyahanarte. “Estas cosas surgen de una manera sincronizada entre mucha gente, sin que nadie tenga conciencia de esa sincronización. Así de simple, el aplauso era una cosa que estaba flotando en el aire”.

Gastón Marra, miembro de Argentina Conversa y licenciado en Sistemas de Información, se hizo cargo de la cuenta de Twitter de esa organización en ese momento para postear el tweet con la propuesta de los aplausos. Claudio Avruj, ex secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural, fue el primero que lo retweeteó, minutos más tarde, y así empezó a rodar.

“No había mucho movimiento en Twitter hasta el día 18”, dice Marra. “En este caso no hubo un único tweet masivo viral; este tema fue muy espontáneo, como pocas veces sucede. Cuando veía que los medios no lo replicaban, pensé que iba a ser un fracaso… pero el día 19 empecé a oír los aplausos y se me puso la piel de gallina”.

La magia rutinaria de un aplauso

Los estudiosos del comportamiento –según Selecciones– aseguran que cualquier forma de aplauso satisface la necesidad humana de expresar una opinión. Los niños y los chimpancés aplauden aun cuando nadie les haya enseñado. Y en el teatro, el aplauso da al público la sensación de que está participando.

Mientras que un teórico del aplauso, el director de teatro Jan Lauwers, dice que el golpe de palmas es una manera de sacarse de encima lo que cada espectador podría llevarse en silencio (como las fotografías en los viajes, un mecanismo de sustitución de lo vivido), otro, Peter Sellars, lo discute: el aplauso es una forma de oración posreligiosa.

Como sea, nuestros aplausos ya son una rutina. Y en el futuro estarán en la memoria colectiva y en los recuerdos de infancia de los ciudadanos que hoy son niños, como Lautaro.

Lautaro tiene 17 meses. Una vecina, Miriam Maidana, cuenta su historia: “Lautaro espera los aplausos con fervor: saca su trompetita, aplaude, grita”. Parece que comenzó a caminar pronto y disfrutaba correteando en las cocheras del edificio, en la vereda, en la plaza Almagro, en fin, en cualquier espacio abierto como los de antes. Hace varios días que está encerrado con su mamá y su papá, y berrinchea. “Hasta que llegan los aplausos: ¡ahí es protagonista!”, dice Miriam. “A veces cuesta que entienda la diferencia entre los aplausos de las 21, de las 21:30 o de las 18. Pero a las 21 aprovechamos y lo saludamos de distintos balcones. Él nos celebra”. Clap-clap.

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