Aquí y ahora, comentado por Ricardo Coler | RED/ACCIÓN

Aquí y ahora, comentado por Ricardo Coler

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Aquí y ahora
Paul Auster y JM Coetzee
Anagrama  

Uno (mi comentario)

Paul Auster y J.M.Coetzee fueron muy amigos entre 2008 y 2011 y es probable que aún lo sigan siendo. Durante ese período buscaron coincidir en conferencias, ferias y presentaciones. Viajaron invitados, cumplieron con sus obligaciones editoriales y luego recorrieron Europa o los Estados Unidos juntos y con sus queridas parejas. Cuando no se veían, se escribían cartas y así mantuvieron una fluida conversación epistolar sobre economía, deportes, cine, literatura y vida privada. Paul Auster compra un sándwich todos los mediodías en un local pequeño de Brooklyn. J.M.Coetzee hace años que apenas logra dormir cuatro horas durante la noche. Estos relatos de gente común contados por dos monstruos  como ellos, cobran otro significado. Todo se vuelve más vívido y lleno de detalles. El dueño del local que atiende a Auster no es cualquiera, es alguien con una historia y una particularidad. Pasar tanto tiempo despierto no es solo un problema, en el caso de Coetzee es el disparador para una indagación personal.

No creo que los escritores puedan considerarse pensadores por el solo hecho de ser novelistas o ensayistas. Pero es agradable descubrir que sus reflexiones sobre ciertos asuntos no siempre son mucho mejores, incluso pueden ser un poco peores, que las de sus lectores. Se nota además la diferencia en la profundidad con que uno y otro abordan los temas: el contraste entre describir algo con maestría y entrarle al asunto de manera descarnada.

Dos (la selección)

En cuanto a la posición de Franzen -que a juzgar por el extracto que citas me parece bastante cargada de ironía-, sospecho que yo simpatizo con él más que tú. Si se me plantea la opción de leer una novela del montón o pasar el rastrillo por el jardín, creo que prefiero pasar el rastrillo. No me produce un gran placer consumir novelas; y lo que es más importante, creo que la indiferencia hacia la lectura de narrativa como forma de recreo se está extendiendo por la sociedad. Se ha vuelto muy respetable, por lo menos entre los hombres, es decir que uno no lee narrativa. Yo soy un profesional, y tengo un interés profesional en el asunto, de manera que no me puedo usar a mí mismo como patrón. Pero confieso que no tengo paciencia para la narrativa que no intenta algo que no se haya intentado ya, preferiblemente con el medio en sí. 

Tres

Últimas noticias. Acabo de hablar por teléfono con Paola Novarese de Einaudi y tengo que pasarte dos informaciones de última hora. Primera: parece que los dos hemos sido víctimas de una patraña periodística. A lo largo de los últimos años, un tal Tommaso Debenedetti ha venido publicando falsas entrevistas con escritores en diversos periódicos -más de veinte, por lo visto, puede que más-, incluida una contigo que se remonta a 2001 y otra conmigo fecha tan reciente como enero del presente año. Un escándalo en marcha. Estoy más confuso que enfadado. ¿Por qué se tomaría alguien la molestia de inventar encuentros con escritores, que, como sabemos, son la gente menos importante del mundo?

Cuatro

Querido Paul:

La imagen que pintas de las comidas en la casa de los Hustvedt es muy interesante. 

En la versión paradigmática de la mesa familiar parece haber tres fases. En la primera te gradúas de la infancia para obtener un sitio a la mesa, donde te pasas varios años observando con cautela cómo se comporta la gente mayor que tú. En la segunda te empiezas a rebelar contra el orden de la mesa, contra los <<modales a la mesa>>, que ahora te parece que encarnan todo lo que tiene de falso y de hipócrita la sociedad y la familia en particular. Tu rebelión puede llegar al punto de que te lleves tu plato de comida al dormitorio y te lo comas ahí, o bien cojas la comida directamente de la nevera. Luego, en la tercera fase -la fase que tú describes- vuelves a descubrir la mesa como lugar de integración; y hasta empiezas a defender los valores de la mesa en contra de sus miembros más jóvenes y rebeldes.

Cinco

Querido John:

Me alegro mucho de que te haya llegado Invisible y lo hayas devorado con esa rapidez. 

No, tampoco me he detenido mucho a pensar el tema del incesto; al menos mientras escribía la novela. A diferencia de ti, tengo una hermana, pero es casi cuatro años menor que yo, y la idea de embarcarme por ese camino nunca se me ha pasado por la cabeza. (Por otro lado, cuando tenía dieciocho o diecinueve años, una noche soñé que estaba haciendo el amor con mi madre. El sueño me dejó perplejo entonces y me sigue desconcertando ahora, pues parece echar por tierra la clásica ecuación freudiana: sublimación de deseos mediante símbolos crípticos e imágenes sesgadas, cada cosa representando algo diferente. Según recuerdo, no me inquietó pero al despertarme me sentía horrorizado y asqueado).

Seis

Lo nuevo da placer, pero también lo da lo conocido. El placer de disfrutar de la comida que a uno le gusta, el placer de las relaciones sexuales. Por especial o compleja que pueda ser la vida erótica de alguien, un orgasmo es un orgasmo, y los esperamos con delectación debido al placer que nos han venido procurando en el pasado. 

Sin embargo, uno se siente bastante estúpido después de pasarse el día entero frente a un aparato de televisión viendo cómo unos jóvenes se abalanzan unos contra otros. Los libros siguen sin leer sobre la mesa. No sabes adónde han ido a parar las horas, y, lo que es peor, tu equipo ha perdido. Eso es lo que digo desde París, sabiendo que cuando los Giants de Nueva York jueguen mañana un partido crucial en la eliminatoria de fútbol americano, no tendré ocasión de verlo; y es algo que lamento mucho. 

Siete

En cuanto a la amistad entre hombres y mujeres, sí que me resulta curioso que el orden habitual de los acontecimientos hoy en día sea que primero el hombre y la mujer se hacen amantes y después amigos, en lugar de primero amigos y después amantes. Si esta organización es cierta, ¿acaso hemos de considerar que la amistad entre hombre y mujer es en cierto sentido más elevada que el amor erótico, una fase a la que ambos pueden acceder tras graduarse de la mera experiencia sexual del otro? Está claro que hay gente que piensa así: el curso del amor erótico es impredecible, dicen, no dura, se puede convertir de forma inesperada en su opuesto; la amistad, en cambio, es constante y duradera, puede estimular a los amigos para que se conviertan en mejores personas (tal como has dicho tú).


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