Federico Kukso | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 30 de enero de 2019

Leonardo Da Vinci, comentado por Federico Kukso

Leonardo Da Vinci
Walter Isaacson
Debate

Selección y comentario por Federico Kukso, periodista especialista en ciencia.

Uno (mi comentario)

En los 67 años que vivió, Leonardo Da Vinci fue tantas cosas que cualquier palabra utilizada para etiquetarlo le queda chica. Este florentino del siglo XV fue pintor, arquitecto, anatomista, botánico, escritor, escultor, filósofo, urbanista, músico. Y sobre todo, inventor: entre los dibujos de diseños e invenciones que dejó este hombre vegetariano, disléxico y que nunca se casó ni tuvo hijos, varias generaciones de investigadores han creído reconocer prototipos o antecedentes de artilugios modernos como el aeroplano, el helicóptero, el submarino, la turbina de agua, el paracaídas, el chaleco salvavidas, el automóvil, una máquina para pulir lentes, y hasta la ametralladora y granadas de fragmentación. (…)

Más allá de sus magníficas pinturas (como La anunciación, La última cena y, desde ya, La Mona Lisa), gran parte del mundo desconoció su desbordante creatividad recién hasta bien entrado el siglo XIX cuando comenzaron a publicarse copias de sus cuadernos y recopilaciones de sus diseños, que con los años habían pasado de mano en mano para deleite visual e intelectual de unos pocos. Por ejemplo, el llamado Códice Leicester -de 72 páginas y que reúne notas sobre fósiles, el movimiento del agua y la luminosidad de la luna- fue comprado en 1719 por el terrateniente inglés Thomas Coke y luego en 1994 por Bill Gates quien pagó por él en una subasta 30,8 millones de dólares.

Aún así, pese a las recurrentes exposiciones, los incontables documentales y las hordas de turistas que hacen una procesión en el Museo del Louvre para ver y sacarse selfies frente a la minúscula Gioconda, Leonardo sigue siendo un misterio: un interrogante que desde hace años no deja dormir al escritor estadounidense Walter Isaacson quien finalmente, luego de excavar en las vidas de figuras como Albert Einstein, Steve Jobs, Benjamin Franklin y Henry Kissinger, puso a funcionar sus trucos de biógrafo para correr la cortina de intriga que aún pende sobre esta figura descomunal, una de las pocas personas que merece ser llamado un verdadero genio universal, un inventor inagotable de curiosidad infinita.

“Me embarqué en este libro porque Leonardo da Vinci constituye el paradigma del principal tema de mis anteriores biografías: que la capacidad de establecer conexiones entre diferentes disciplinas —artes y ciencias, humanidades y tecnología— es la clave de la innovación, de la imaginación y del genio”.

Así, para explorar el “planeta Da Vinci” y componer el tratado más exahustivo sobre la vida de este “artista total”, el biógrafo recurrió a más de 7200 páginas de notas, facturas, garabatos y cuadernos, todos fósiles de su imaginación, una maravillosa guía para entender a la persona a la que el historiador del arte Kenneth Clark describió como “el hombre más implacablemente curioso de la historia”.

Dos (la selección)

“Durante mi investigación descubrí que muchos hechos acerca de la vida de Leonardo, desde el lugar donde nació hasta cómo murió, han sido debatidos, mitificados y rodeados de misterio. Asimismo descubrí, al principio con estupor y luego con satisfacción, que Leonardo no siempre era un gigante. Cometía errores. Se iba por la tangente, en sentido lateral, enfrascado en problemas matemáticos que no consistían sino en un mero pasatiempo. No hace falta recordar que dejó muchos cuadros inacabados, en especial la Adoración de los Reyes, San Jerónimo y la Batalla de Anghiari. La consecuencia se traduce en que hoy se conservan solo unas quince obras que pueden ser, total o parcialmente, atribuidas a él”.

Tres

“Aunque la mayoría de sus contemporáneos lo considerasen amistoso y afable, Leonardo se muestra a veces oscuro y angustiado. Sus cuadernos y dibujos ofrecen una ventana a su mente febril, imaginativa, maniaca y, en ocasiones, exaltada. Si hubiera sido un estudiante de principios del siglo XXI, podrían haberle recetado medicamentos para aliviar sus cambios de humor y su trastorno de déficit de atención”.

Cuatro

“El siglo XV de Leonardo, de Colón y de Gutenberg fue una época de descubrimientos, de exploración y de difusión del conocimiento mediante las nuevas tecnologías; en definitiva, parecida a la nuestra. Por eso tenemos mucho que aprender de Leonardo. Su capacidad de combinar el arte, la ciencia, la tecnología, las humanidades y la imaginación sigue resultando una fórmula imperecedera para la creatividad. Al igual que la poca importancia que daba al hecho de ser un inadaptado: bastardo, homosexual, vegetariano, zurdo, distraído y, a veces, herético. Florencia prosperó en el siglo XV porque se sentía cómoda con personas así. Ante todo, la curiosidad y el afán de experimentación sin límites de Leonardo nos recuerdan la importancia de inculcar en nosotros y en nuestros hijos no solo el conocimiento, sino también la voluntad de cuestionarlo, de ser imaginativos y —como los inadaptados y los rebeldes con talento de cualquier época— de pensar de forma diferente”.

Cinco

“Entre los jóvenes que se convirtieron en compañeros de Leonardo, el más importante, con diferencia, fue el bribonzuelo apodado Salai, que se presentó el 22 de julio de 1490, cuando Leonardo tenía treinta y ocho años. «Giacomo se ha venido a vivir conmigo», así queda registrado el hecho en su cuaderno. Constituye una anotación de una extraña ambigüedad, ya que podría haber indicado que se trataba de un joven discípulo o ayudante. Sin embargo, también parece verdad que la suya fue una relación singularmente equívoca”.

Seis

“Leonardo vestía de forma muy vistosa, a veces informal, según el Anónimo Gaddiano, «con una túnica rosada hasta la rodilla, aunque los demás en aquella época llevaran prendas largas». Con los años, se dejó una barba que le «llegaba a la mitad del pecho y cuyos rizos llevaba siempre bien peinados». Sobre todo, era famoso por su disposición a compartirlo todo. «Sumamente liberal, acogía y ayudaba a cualquier amigo, pobre o rico», según Vasari. No actuaba motivado por la riqueza o las posesiones terrenales. En sus cuadernos criticó «a los hombres que no desean sino el enriquecimiento material y carecen por completo del afán de saber, que es el sustento y el auténtico y perdurable patrimonio del espíritu»”.

Siete

“A Leonardo Da Vinci le gustaba jactarse de que, como no había recibido una educación formal, tuvo que aprender de sus propias experiencias. Fue alrededor de 1490 cuando escribió su diatriba sobre su condición de «hombre sin letras» y «discípulo de la experiencia», con su ataque a los que citaban a los sabios de la Antigüedad en lugar de hacer observaciones por su propia cuenta. «Aunque yo no puedo citar a autores como ellos —proclamó casi con orgullo—, me basaré en algo mucho más grande y digno: en la experiencia». A lo largo de su vida, repetiría esta afirmación de preferir la experiencia sobre el saber recibido. «Quien puede ir a la fuente no se conforma con la jarra», escribió. Esto lo distinguió del hombre del Renacimiento arquetípico, que abrazaba de forma acrítica el resurgir del conocimiento aportado por las obras redescubiertas de la Antigüedad”.


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Sie7e Párrafos | 17 de diciembre de 2018

Biografía monumental del primer hombre en pisar la luna: Neil Armstrong

El primer hombre
James R. Hansen
Debate

Selección y comentario por Federico Kukso, periodista científico. Se especializó en historia de la ciencia y STS (Science and Technology Studies) en el MIT y en la Universidad de Harvard. Es miembro de la comisión directiva de la World Federation of Science Journalists (WFSJ) y autor de los libros “El baño no fue siempre así”, “Todo lo que necesitás saber sobre ciencia” y “Dinosaurios del Fin del Mundo”.

Uno (mi selección)

Como Clark Kent -que creció en Smallville, Kansas-, los primeros y últimos años de Neil Armstrong transcurrieron también en el corazón de Estados Unidos. En su caso, en una granja de Ohio. Desde ahí, como un Superman no kriptoniano sino terrestre, se elevó a los cielos. Y con su hazaña nos elevó a todos como especie. (…)

(sigue mi comentario)

(…) La vida del primer ser humano que estampó su humanidad –y a la Humanidad– en la Luna está cruzada por una contradicción: uno de los hombres más conocidos del siglo XX es, a la vez, uno de los más desconocidos. Tal vez porque este hombre-ícono, héroe de una época en la que el espacio estremecía la imaginación, hasta el día de su muerte el 25 de agosto de 2012 fue un enigma: frío, contemplativo, modesto y de nervios de acero, este explorador taciturno le rehuyó a las cámaras y a la fama, antes y después de su pequeño paso y salto gigante. A diferencia de su colega y compañero de hazaña Buzz Aldrin que aún hoy le exprime el jugo mediático a la gran hazaña del siglo XX, Armstrong se exilió del mundo.

Ahí reside la monumentalidad del trabajo de su biógrafo, el historiador James Hansen, quien a través de entrevistas exclusivas desnuda en El primer hombre los secretos del Robinson Crusoe moderno, el viajero obsesionado, el padre, el esposo, el hijo.

“Siempre me ha parecido sorprendente que uno de los mayores logros del milenio, la llegada de Neil Armstrong a la Luna, un triunfo de valor y tecnología, no haya tenido prácticamente ninguna influencia en el mundo en general -escribió desilusionado el escritor inglés J. G. Ballard-. Neil Armstrong puede que sea el único ser humano de nuestro tiempo en ser recordado dentro de 50.000 años pero para nosotros su logro significa prácticamente nada.”

El libro -y la biopic recientemente estrenada, basada en el trabajo de Hansen- apunta a recomponer esta falta: nos acerca al hombre que fue más lejos.

Dos (mi selección)

El comentarista Heywood Hale Broun, de la CBS, más conocido por su irreverente periodismo deportivo, vivió el despegue con varios miles de personas en Cocoa Beach, a unos veinticinco kilómetros al sur de la plataforma de lanzamiento, y dijo a las decenas de millones de espectadores de Cronkite: “En un partido de tenis miras a un lado y a otro. En el lanzamiento de un cohete, no dejas de mirar hacia arriba. Tus ojos ascienden, tus esperanzas también y, al final, toda la multitud, como si fuera un enorme cangrejo con muchos ojos, mira hacia arriba sumida en un gran silencio. Se oye un pequeño “Oooh” cuando sube el cohete, pero, a partir de entonces, todo son miradas y gestos. Es la poesía de la esperanza; si se quiere, una esperanza no hablada, sino percibida en los gestos de concentración que hace la gente al seguir el ascenso del cohete”.

Tres

Neil Armstrong nunca relacionó la decisión de ser astronauta con el fallecimiento de su hija: “Para mí fue difícil dejar lo que estaba haciendo, que me gustaba mucho, para irme a Houston. Pero, en 1962, el programa Mercury estaba en marcha, todos los proyectos futuros estaban bien diseñados y la misión lunar iba a hacerse realidad. Llegué a la conclusión de que si quería salir de los límites de la atmósfera y adentrarme en las profundidades del espacio, esa era la manera de hacerlo”.

Cuatro

Los Nuevos Nueve (Neil Armstrong, el comandante Frank Norman de las Fuerzas Aéreas, el teniente Charles Conrad Jr., el capitán James A. McDivitt de las Fuerzas Aéreas, Elliot M. See Jr., los capitanes de las Fuerzas Aéreas Thomas P. Stafford y Edward H. White II y el capitán de corbeta John W. Young) eran un grupo extraordinario. En opinión de los máximos responsables del programa espacial tripulados de Estados Unidos, era, sin duda alguna, el mejor elenco de astronautas de la historia. La media de edad del grupo era treinta y dos años y medio, el peso 73,2 kilos y la altura un metro setenta y ocho. Con un metro ochenta y setenta y cinco kilos, Neil estaba un poco por encima de ese rango. Todos estaban casados, ninguno se había divorciado nunca y todos tenían hijos.

Cinco

Ante las críticas internacionales, Kennedy pensó que solo una hazaña espectacular restituiría la respetabilidad de Estados Unidos, así que echó mano del programa espacial con tripulación. Él veía en la NASA y sus astronautas un medio para un fin político. “Ahora es el momento de dar pasos más grandes, el momento de una gran empresa estadounidense, el momento de que esta nación adopte un liderazgo claro en los hitos del espacio, que en muchos sentidos guardan la llave de nuestro futuro en la Tierra”. Con estas históricas palabras, expresadas durante una sesión conjunta del Congreso el 25 de mayo de 1961, el presidente lanzó el guante: “Creo que esta nación debería comprometerse a conseguir el objetivo de llevar a un hombre a la Luna y devolverlo sano y salvo a la Tierra antes de que termine la década”.

Seis

Algunas mujeres sospechaban que sus maridos tenían aventuras extramatrimoniales; es posible que algunas lo supieran a ciencia cierta. Los periodistas que cubrían las actividades de la NASA tenían conocimiento de algunas indiscreciones, pero en el Estados Unidos de los años sesenta no se hablaba de esas cosas. La presión para las mujeres de los astronautas era extraordinaria. Todas ellas llevaban una pesada carga, pues debían aparecer en público como la Sra. Astronauta y la Madre Típicamente Estadounidense. Sabían lo que esperaba de ellas la NASA, e incluso la Casa Blanca. Para la esposa de un astronauta, elegir vestuario iba mucho más allá del estilo o incluso de la vanidad de una mujer. Había que respetar el aspecto saludable y santificado del programa espacial y de Estados Unidos.

Siete

(04.13.24.13 h) Armstrong: “Voy a salir del módulo lunar”.

Los millones de personas que vieron lo que ocurrió a continuación nunca olvidarán el momento en que Armstrong dio el primer paso sobre la superficie lunar. Contemplar las oscuras imágenes en blanco y negro que llegaban desde 400.000 kilómetros de distancia se hizo eterno hasta que Neil, con la mano derecha en la escalera, pisó finalmente la Luna con la bota izquierda.


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