Leonardo Da Vinci, comentado por Federico Kukso | RED/ACCIÓN

Leonardo Da Vinci, comentado por Federico Kukso

Leonardo Da Vinci
Walter Isaacson
Debate

Selección y comentario por Federico Kukso, periodista especialista en ciencia.

Uno (mi comentario)

En los 67 años que vivió, Leonardo Da Vinci fue tantas cosas que cualquier palabra utilizada para etiquetarlo le queda chica. Este florentino del siglo XV fue pintor, arquitecto, anatomista, botánico, escritor, escultor, filósofo, urbanista, músico. Y sobre todo, inventor: entre los dibujos de diseños e invenciones que dejó este hombre vegetariano, disléxico y que nunca se casó ni tuvo hijos, varias generaciones de investigadores han creído reconocer prototipos o antecedentes de artilugios modernos como el aeroplano, el helicóptero, el submarino, la turbina de agua, el paracaídas, el chaleco salvavidas, el automóvil, una máquina para pulir lentes, y hasta la ametralladora y granadas de fragmentación. (...)

Más allá de sus magníficas pinturas (como La anunciación, La última cena y, desde ya, La Mona Lisa), gran parte del mundo desconoció su desbordante creatividad recién hasta bien entrado el siglo XIX cuando comenzaron a publicarse copias de sus cuadernos y recopilaciones de sus diseños, que con los años habían pasado de mano en mano para deleite visual e intelectual de unos pocos. Por ejemplo, el llamado Códice Leicester -de 72 páginas y que reúne notas sobre fósiles, el movimiento del agua y la luminosidad de la luna- fue comprado en 1719 por el terrateniente inglés Thomas Coke y luego en 1994 por Bill Gates quien pagó por él en una subasta 30,8 millones de dólares.

Aún así, pese a las recurrentes exposiciones, los incontables documentales y las hordas de turistas que hacen una procesión en el Museo del Louvre para ver y sacarse selfies frente a la minúscula Gioconda, Leonardo sigue siendo un misterio: un interrogante que desde hace años no deja dormir al escritor estadounidense Walter Isaacson quien finalmente, luego de excavar en las vidas de figuras como Albert Einstein, Steve Jobs, Benjamin Franklin y Henry Kissinger, puso a funcionar sus trucos de biógrafo para correr la cortina de intriga que aún pende sobre esta figura descomunal, una de las pocas personas que merece ser llamado un verdadero genio universal, un inventor inagotable de curiosidad infinita.

“Me embarqué en este libro porque Leonardo da Vinci constituye el paradigma del principal tema de mis anteriores biografías: que la capacidad de establecer conexiones entre diferentes disciplinas —artes y ciencias, humanidades y tecnología— es la clave de la innovación, de la imaginación y del genio”.

Así, para explorar el “planeta Da Vinci” y componer el tratado más exahustivo sobre la vida de este “artista total”, el biógrafo recurrió a más de 7200 páginas de notas, facturas, garabatos y cuadernos, todos fósiles de su imaginación, una maravillosa guía para entender a la persona a la que el historiador del arte Kenneth Clark describió como “el hombre más implacablemente curioso de la historia”.

Dos (la selección)

“Durante mi investigación descubrí que muchos hechos acerca de la vida de Leonardo, desde el lugar donde nació hasta cómo murió, han sido debatidos, mitificados y rodeados de misterio. Asimismo descubrí, al principio con estupor y luego con satisfacción, que Leonardo no siempre era un gigante. Cometía errores. Se iba por la tangente, en sentido lateral, enfrascado en problemas matemáticos que no consistían sino en un mero pasatiempo. No hace falta recordar que dejó muchos cuadros inacabados, en especial la Adoración de los Reyes, San Jerónimo y la Batalla de Anghiari. La consecuencia se traduce en que hoy se conservan solo unas quince obras que pueden ser, total o parcialmente, atribuidas a él”.

Tres

“Aunque la mayoría de sus contemporáneos lo considerasen amistoso y afable, Leonardo se muestra a veces oscuro y angustiado. Sus cuadernos y dibujos ofrecen una ventana a su mente febril, imaginativa, maniaca y, en ocasiones, exaltada. Si hubiera sido un estudiante de principios del siglo XXI, podrían haberle recetado medicamentos para aliviar sus cambios de humor y su trastorno de déficit de atención”.

Cuatro

“El siglo XV de Leonardo, de Colón y de Gutenberg fue una época de descubrimientos, de exploración y de difusión del conocimiento mediante las nuevas tecnologías; en definitiva, parecida a la nuestra. Por eso tenemos mucho que aprender de Leonardo. Su capacidad de combinar el arte, la ciencia, la tecnología, las humanidades y la imaginación sigue resultando una fórmula imperecedera para la creatividad. Al igual que la poca importancia que daba al hecho de ser un inadaptado: bastardo, homosexual, vegetariano, zurdo, distraído y, a veces, herético. Florencia prosperó en el siglo XV porque se sentía cómoda con personas así. Ante todo, la curiosidad y el afán de experimentación sin límites de Leonardo nos recuerdan la importancia de inculcar en nosotros y en nuestros hijos no solo el conocimiento, sino también la voluntad de cuestionarlo, de ser imaginativos y —como los inadaptados y los rebeldes con talento de cualquier época— de pensar de forma diferente”.

Cinco

“Entre los jóvenes que se convirtieron en compañeros de Leonardo, el más importante, con diferencia, fue el bribonzuelo apodado Salai, que se presentó el 22 de julio de 1490, cuando Leonardo tenía treinta y ocho años. «Giacomo se ha venido a vivir conmigo», así queda registrado el hecho en su cuaderno. Constituye una anotación de una extraña ambigüedad, ya que podría haber indicado que se trataba de un joven discípulo o ayudante. Sin embargo, también parece verdad que la suya fue una relación singularmente equívoca”.

Seis

“Leonardo vestía de forma muy vistosa, a veces informal, según el Anónimo Gaddiano, «con una túnica rosada hasta la rodilla, aunque los demás en aquella época llevaran prendas largas». Con los años, se dejó una barba que le «llegaba a la mitad del pecho y cuyos rizos llevaba siempre bien peinados». Sobre todo, era famoso por su disposición a compartirlo todo. «Sumamente liberal, acogía y ayudaba a cualquier amigo, pobre o rico», según Vasari. No actuaba motivado por la riqueza o las posesiones terrenales. En sus cuadernos criticó «a los hombres que no desean sino el enriquecimiento material y carecen por completo del afán de saber, que es el sustento y el auténtico y perdurable patrimonio del espíritu»”.

Siete

“A Leonardo Da Vinci le gustaba jactarse de que, como no había recibido una educación formal, tuvo que aprender de sus propias experiencias. Fue alrededor de 1490 cuando escribió su diatriba sobre su condición de «hombre sin letras» y «discípulo de la experiencia», con su ataque a los que citaban a los sabios de la Antigüedad en lugar de hacer observaciones por su propia cuenta. «Aunque yo no puedo citar a autores como ellos —proclamó casi con orgullo—, me basaré en algo mucho más grande y digno: en la experiencia». A lo largo de su vida, repetiría esta afirmación de preferir la experiencia sobre el saber recibido. «Quien puede ir a la fuente no se conforma con la jarra», escribió. Esto lo distinguió del hombre del Renacimiento arquetípico, que abrazaba de forma acrítica el resurgir del conocimiento aportado por las obras redescubiertas de la Antigüedad”.


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