Maria Eugenia Maurello | RED/ACCIÓN
Cultura | 1 de enero de 2019

Michelangelo Pistoletto | Foto: MUNTREF

“Soy capaz de usar la creación como un nuevo sistema político”

Referente del Arte Pobre, aquel que usa elementos cotidianos para sus creaciones, el artistas italiano Michelangelo Pistoletto visitó por primera vez Buenos Aires.

En una entrevista con RED/ACCIÓN, Pistoletto habla sobre qué conmueve a los jóvenes y por qué hay que pensar una nueva democracia.

Ataviado con saco, camisa y pantalón negro. Ahí está el reconocido artista italiano Michelangelo Pistoletto, por primera vez en Buenos Aires, en el entrepiso de un lujoso hotel del centro porteño, whisky en mano, dispuesto a la entrevista. El epílogo de ese relato -el de su atuendo- es el sombrero Panamá que deja sobre una mesa cercana, apenas empieza la conversación.

Llegó para participar en una conferencia en la Bienal del Sur y con la idea de explorar, además, lugares para presentar su obra en el 2019. Es uno de los referentes ineludibles del Arte Povera (“Arte Pobre”). Aquel que a fines de los ’60 propuso como imperativo trabajar con materiales cotidianos: entre otros; tierra, troncos, telas, cartón y espejos.

Estos elementos se transformaron en una constante en su trabajo. Alcanza con recordar la pieza División y multiplicación del espejo (creada en 1973) exhibida entre el 2016 y el 2017 en el Centro Cultural Kirchner en el marco de una muestra sobre el universo borgeano.

Foto: MUNTREF

A los 85 años, Pistoletto sostiene su propia escuela, la CittadellArte, en Biella, su tierra natal, y continúa realizando performances por todo el mundo. Antes,  estuvo en el Museo de Arte Contemporáneo de Chile adonde está expuesta “El Tercer Paraíso”, obra que surge del proyecto homónimo y que es versionada en las embajadas que este movimiento tiene en diferentes países. Se trata de una forma similar a la del infinito, aunque con tres círculos: uno de los extremos representa lo natural, el otro lo artificial y la interacción es el símbolo del equilibrio, donde el arte no es otra cosa que el motor de las transformaciones sociales.

¿Qué recuerda de los inicios del Arte Povera?

-Representaba volver a lo esencial, sacar lo superfluo, lo accesorio. Fui parte del Arte Pop, aunque no del glamour consumista del arte norteamericano sino que mi referente está en lo humano. El Arte Povera es radical. Tiene que ver con la relación del hombre con la naturaleza, como la cultura que pone la tierra y el artificio en conexión. Mi trabajo de ahora es una evolución de lo que fue el Arte Povera.

¿Cómo se da el proceso creativo? ¿Primero trabaja con la forma o con el material?

-Primero la forma. La forma es una fórmula de la creación y puede tomar cualquier materialidad, depende de los intereses y del lugar. El proyecto “El Tercer Paraíso” tiene doscientas embajadas en el mundo. Cada uno tiene su símbolo de “El Tercer Paraíso” y cada material está conectado a la situación local.

“El Tercer Paraíso” expuesto en Chile está hecho con tela de ropa ¿por qué?

-Por la moda, porque crea vestido y después, una vez que pasa, el vestido se transforma en trapo. Esta obra propone la regeneración de los trapos, dándoles otra vida.

Los jóvenes contemporáneos son muy diferentes a los de su época, están atravesados por la revolución tecnológica ¿Qué cree que los inquieta?

-Existe un homo sapiens y un homo tecno, como artista tengo una pierna sapiens y otra tecno. Hay que aprender a caminar con las dos. Quiero que los estudiantes trabajen en la creación de este equilibrio. Es la combinación del primer paraíso, el natural  y el segundo, el artificial. El tercero es la unión de la naturaleza y el artificio. El vocablo artificio tiene como base la palabra arte. El mundo social es un mundo organizado para el arte, para que pueda producir comunicación, inteligencia y todo lo existente en la sociedad. El arte asume la primera responsabilidad de la sociedad.

¿Siempre pensó así?

-Sí, siempre. A fines de los años 50 empecé la búsqueda sobre mi identidad; quién soy yo, por qué soy yo, cómo es el mundo en el que vivo y cuál es mi responsabilidad. Todo lo que el mundo había organizado para mí era degradante y desilusionante. Iba a una escuela que era tan cristiana como fascista (“Creo en Dios y creo en Mussolini”) Después los norteamericanos bombardearon mi ciudad. Una bomba cayó donde vivíamos pero no explotó. Estoy vivo de milagro. Al mismo tiempo los alemanes de las SS se llevaban a las personas a la cámara de gas. Después llegó el miedo atómico ¡Cómo iba a confiar en la sociedad! La humanidad era una desilusión total y yo no quería formar parte de eso. Pensaba que tenía que encontrar el sistema justo para vivir y para que la sociedad funcione.

Foto: MUNTREF

En ese momento, ¿quién era su referente?

-Piero della Francesca. Cuando vi “La Resurrección de Cristo” entendí que había hecho una obra fenomenológica que era la perspectiva. La resurrección no era lo importante sino que era una excusa para trabajar la perspectiva. Entonces me pregunté: ¿es posible crear una nueva perspectiva para la sociedad?

Y en la vida diaria ¿quién era su maestro?

-Mi padre que era pintor. Él pintaba la naturaleza muerta y mi madre tomaba lo pedazos ya pintados y los cocinaba ¡Estoy alimentado del arte de mi papá y mi mamá! Con mi padre aprendí a restaurar obras antiguas, pero mi madre creía que el futuro estaba en la publicidad y me inscribió en una escuela. Durante el día trabajaba como restaurador y a la noche en publicidad. A través de la publicidad descubrí el arte moderno.

Foto: MUNTREF

Si se considera que el arte y la política son indisociables y que en este momento existen avanzadas de gobiernos de derecha, como el de Jair Bolsonaro en Brasil…

-Eso es una situación inevitable.

¿Por qué?

-Porque el sistema democrático falló. O superamos el momento ideológico de forma práctica (lo que propone con “El Tercer Paraíso”) o estamos completamente invadidos por los sistemas totalitarios y populistas. Se tiene que organizar un nuevo sistema para realizar la democracia.

¿Cómo sería?

-Estamos trabajando en eso. Soy un artista capaz de usar la creación como nuevo sistema político. Eso se llama demopraxis (demopráctica). La palabra cratos (poder) se sustituye por praxis (práctica). La vida avanza a través de la práctica y no de la ideología que se aleja de la práctica. El poder es el de la práctica. Eso existe en todas las asociaciones, organizaciones y fundaciones, en lo privado y en lo público.
Lo cierto es que ese poder al que alude ya se está materializado en encuentros que primero se realizan hacia adentro de las organizaciones y que después, a través de un representante, participan de un fórum, ampliado, donde se discute en torno a los 17 puntos sobre la sosteniblidad que propone la Organización de Naciones Unidas (ONU). Este nuevo sistema se está experimentando en Cuba y en embajadas de “El Tercer Paraíso”. ¿Lo próximo? La búsqueda de nuevos embajadores en América Latina. En esa tarea está Pistoletto, en la generación de nuevos paraísos.

Series | 7 de agosto de 2018

Roxana Amarilla: “Me emociona cuando consigo pequeñas cosas”

100 MUJERES

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Roxana Amarilla

Exploradora de culturas, busca hacer visible el valor del trabajo artesanal. Procura que se respeten las tradiciones de los pueblos indígenas, que los artesanos puedan mostrar su arte al mundo.

Por María Eugenia Maurello

7 de agosto de 2018






“Todos eran pequeños objetos bellos y preciosos”, dice Roxana Amarilla y alude a las artesanías que sus padres le traían de los viajes que hacían por el país y el mundo. Podía tratarse de una pequeña cesta multicolor o de una camisa bordada. Ella los atesoraba y, aún siendo una niña, comenzaba a conectarse con el valor de esas piezas y fundamentalmente con el trabajo de los artesanos. 

Ya adolescente, durante la década del ’80, intentó incursionar haciendo remeras teñidas con la técnica planji que vendía entre sus compañeros de la escuela secundaria en su Corrientes natal. También se atrevió a realizar collares tejidos con hilos. “Pero no era eso lo que estaba necesitando hacer, sino que estaba buscando una identidad de la tierra”, explica. 

Formada en Comunicación Social en la Universidad Nacional del Nordeste, a los 19 años publicó sus primeros artículos apropósito de la cultura popular en el suplemento del diario Época y fue en ese momento que supo que por ahí iría la cosa: “la gestión viene desde hace muchísimos años, siempre fui una comunicadora que trabajó temas de cultura”.

En 2005, mientras oficiaba como asesora parlamentaria en la Cámara de Diputados de la Nación se involucró de lleno con el proyecto de la Ley Nacional de Artesanías que venía con media sanción del Senado. No solo se puso la “discusión al hombro”, sino que además optó por vincularse con los artesanos de todo el país que por ese entonces reclamaban ante el congreso.

Tiempo después, en 2010, le ofrecieron hacer la curaduría de una muestra de artesanías por el Bicentenario de la patria. Con esa exhibición recorrió 35 ciudades de 22 provincias argentinas y en el 2011 se hizo cargo del Mercado Nacional de Artesanías Tradicionales de la Argentina (MATRA), donde continúa como directora. Además, está trabajando con la Universidad de Buenos Aires en el armado del Observatorio del Valor Arsenal y en la convocatoria del reconocimiento para la Calidad Artesanal del World Crafts Council

Hasta acá, Amarilla desandó territorios de norte a sur y de este a oeste, exploró artes y oficios e hizo visible el trabajo de los artesanos. Y en su caso hacer visible tiene que ver con algo tan necesario como ponerlos en el mapa para que sean vistos y con procurar que se termine con el anonimato: que los artesanos no queden reducidos como informantes de un saber o como simples proveedores de materiales.

Por el contrario: “primero hay que ver lo que tenés delante –explica Amarilla-  porque tenés un artista y una obra, y si no sos sensible a la obra no va a funcionar”.

De todas las artesanías que la rodean a cotidiano ¿alguna la conmueve especialmente? “Ahora me enamoré de dos ponchos que aunque no son los más espectaculares, está bueno poner eso en valor”. Refiere a la pieza de una migrante, María Vilma Márquez Miranda, quién  proviene de la región chilena de Chiloe y que en un taller dictado en Río Gallegos recuperó la técnica que había aprendido de chica. La otra obra está hecha por Teresita Rougier; oriunda de Villa Elisa, Entre Ríos. Se trata de una hacedora que entre sus antecedentes cuenta con haber participado en la lucha de las Ligas Agrarias en los años ’70.

Ambas artesanías se pueden ver en la exposición “Poncho, territorio y cultura” también curada por Amarilla, en el Museo Parlamentario de la Honorable Cámara de Senadores de la Nación. En ese espacio se exhiben 36 ponchos contemporáneos que no solo visibilizan “tradiciones potentes” sino que además están propuestos en términos del consumo consciente.

Nada tienen que ver con la superproducción, el hiperconsumo y la contaminación. Tal cual lo expresa en el catálogo de la muestra, el foco está conocer el nombre del artesano: “es parte de la transparencia de la cadena de valor que la artesanía ofrece a una sociedad que se pregunta quién hizo su ropa”. Y así, una vez más, con esta acción extiende puentes para encontrarse con los artesanos, para que ellos aparezcan y ganen escena.

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Nombre: Roxana Amarilla
Edad: 51 años
Profesión: Comunicadora que trabaja en gestión cultural
Sector en el que trabaja: Cultura
Lugar de Nacimiento: San Juan de Vera de las Siete Corrientes, Corrientes. Luego se mudó a la CABA
Lugar en el que desarrolla su actividad: Todo el país y también en el exterior

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Las piezas con las que trabajo que tienen un poder increíble y los artistas que son los creadores, los demiurgos (N. de R.: El demiurgo, en la filosofía gnóstica, es la entidad que sin ser necesariamente creadora, es impulsora del universo), son semidioses. Hay mucha obra con poder y tiene que ver con toda la energía que pusieron en crear

2. ¿Qué te hace feliz?
Los logros de mis hijas y sus pequeñas conquistas; cuando aprueban una materia o la obra de una de ellas es considerada por una crítica. También las alegrías de los compañeros de trabajo o los artesanos cuando logran una pieza y la comparten. Los triunfos después de largas luchas también me emocionan y algunas tradiciones de pueblos originarios que todavía están vigentes, cuando las puedo atestiguar o comprendo algo que por ahí lo tuve durante mucho tiempo delante de mis narices y tardé mucho en recibir la información necesaria para aprenderlo. Y últimamente, me emociona cuando consigo pequeñas cosas, como que determinados artesanos que no tienen posibilidades puedan visitar una feria internacional. Hay una experiencia de percepción del mundo que puede cambiar cuando salen de tierra adentro y llegan a un lugar. Cuando entienden cómo funcionan las cosas tiene muchas más posibilidades de luchar contra lo que los está aplastando. Lograr eso es fantástico

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
No poder cumplir con la palabra empeñada. Si hay una expectativa hay que cumplirla. Cuando trabajás en políticas públicas las posibilidades de no cumplir la palabra empeñada te quitan todo. Y es posible que no lo puedas cumplir porque las políticas públicas en Argentina son volubles. Es lo contrario a empeñar la palabra. Eso me decepciona. Todo es cuestión de manejarse sinceramente con el otro. Aparte los artesanos vieron tanto que vos te sentás a contarle y la gente entiende porque seguramente no es la primera vez que pasa, pero hay que ir con la verdad.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Que desaparezca la pobreza y que los pueblos indígenas sean respetados.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Cuando era chica quería ser viajera. Escribía historias. No decía que quería ser escritora, yo escribía. Y el deseo que tenía era de viajar, de explorar. Ser una exploradora, eso que de algún modo soy.

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Series | 6 de julio de 2018

Andrea Servera: “Crear un momento feliz en un lugar que generalmente no lo tiene es un milagro”

100 MUJERES

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Andrea Servera

Está convencida de que todos podemos bailar. Por eso trabaja para llevar la danza donde esta no llega, como cuando montó una obra de hip hop en la villa La Cava, barrio de la zona norte del Gran Buenos Aires.

Por María Eugenia Maurello

6 de julio de 2018






Corrían los años ’80 y Andrea Servera cursaba la secundaria en Morón, provincia de Buenos Aires. Dibujaba y escribía notas en la revista clandestina La Chacota, que hacía con sus compañeros del colegio Manuel Dorrego.

Eran tiempos de la primavera democrática y de empezar a curiosear en los sitios típicos del under porteño, yendo y viniendo del conurbano a la ciudad. Así fue que en un viaje en tren, mientras charlaba con Guillermo Angelelli del Clú del Claun, su vida cambió para siempre.

Angelelli le sugirió que estudiara danza contemporánea y si bien Servera -que antes había aprendido clásico, folklore, español y jazz- no sabía bien de qué se trataba igual guardó el papelito donde estaba escrito el nombre de la profesora. Empezó a tomar clases con Ana Kamien, después se inscribió en el Teatro General San Martín y alcanzó reconocimiento a través de las becas que obtuvo y las giras que realizó por América y Europa. “Nunca trabajé de nada que no tenga que ver con la danza”, recuerda hoy, con más de 30 años arriba de los escenarios.

Bailarina y coreógrafa -todo terreno- hizo que su carrera oscile entre ámbitos bien diferentes, a veces por necesidad otras por convicción: bailó con Pablito Ruiz; formó parte de la troupe de bailarinas de Ricky Martin; hizo lo propio en la discoteca el Morocco a donde fue parte de las Funky Divas y las Moroquitas; bailó tango; realizó coreografías para desfiles de ropa de niños y de renombrados diseñadores de indumentaria (Vicki Otero, Martín Churba y los Köstume, entre otros).

El impulso de transformación que signa su trabajo se hizo más visible en 1989 cuando volvió de un viaje a Nueva York. Allá quedó fascinada con la danza del hip hop y con su lenguaje, el del suburbio. Lo traspoló a estas tierras y lo profundizó a fines de la década del ‘90 cuando entró a trabajar en la Fundación Crear Vale la Pena, creada por Inés Sanguinetti.

Llevó el baile a la villa La Cava, en San Isidro. Y desde ese momento su preocupación por lo social se hizo indisoluble. Enseñó danza durante tres años en la cárcel de mujeres de Ezeiza y en 2011 fundó su propia compañía, el Combinado Argentino de Danza (CAD) con personas que se expresan de maneras diversas. Por eso es que el CAD baila en el teatro y en la calle, en zonas más pudientes y en otras humildes, con bailarines formados en danza clásica y con otros que aprendieron a bailar en el barrio. “Crear un momento feliz en un lugar que generalmente no lo tiene es un milagro” comenta.

También en lo impredecible encontró un lugar de transformación. Eso pasó después del accidente automovilístico que sufrió en 2005 y que la dejó postrada durante meses con un pronóstico nada alentador. Los médicos anunciaron que no podría volver a bailar. “Fue un antes y un después en mi vida en general y fue un despertar a la conciencia”, recuerda.

Pero, Andrea no sólo se repuso y continuó bailando aún con un reemplazo de cadera, sino que además, durante el extenso reposo, se reinventó -incluso en lo artístico- echando mano a otra destreza: el bordado.

Todavía hoy lo hace y basta que arranque para que no pare de bordar. Puede pasar horas haciéndolo. Cuando entra en el “estado de bordado” es como, valga la analogía, si se tratase de un momento de meditación.

“Desde el arte vi como muchas personas cambiaron su destino y eso me emociona un montón” cuenta Servera que actualmente está trabajando en el proyecto Recreo que consiste en “llevar la danza a donde la danza no llega”.

¿Cómo lo hace? A través de intervenciones en los recreos de las escuelas públicas, en festivales en barrios y en talleres en comedores. Además, junto con Yamila Bortnik e Inés Saavedra está en la enorme tarea de recuperar y resignificar el emblemático espacio del Idisher Folks Theater (más conocido como IFT), en el corazón del barrio del Abasto.

Ofrecen clases de baile y hacen foco, una vez más, en la inclusión. La misma idea sostenida en el tiempo; que todos pueden bailar. Y cuando hace referencia a todos, son todos. “Ojalá podamos refundar ese espacio” expresa, como si ya estuviera anticipando una nueva transformación.

AndreServera

Nombre: Andrea Servera
Edad: 49
Profesión: Artista
Sector en el que trabaja: Danza
Lugar de Nacimiento: CABA. Luego se mudó a Merlo.
Lugar en el que desarrolla su actividad: Todo el país

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Lo que más me motiva es la idea de sanación, de transformación, de curar; que algo que me hizo daño o que me hizo feliz también me hace bien transformarlo. Es la manera que tengo de expresarlo. Creo que tiene que ver con eso, que mi motor es la vida misma. Es lo que va pasando. Me encanta hacer cosas, llegar a la gente, tener proyectos. Me parece que es vital estar haciendo. A veces me zarpo, me voy de mambo y estoy sobrepasada pero en el medio siempre está bueno estar haciendo.

2. ¿Qué te hace feliz?
Ver a las pibas, a las adolescentes, a las niñas. Esto llamado “la revolución de las hijas” es algo muy alucinante. Y no es solo acá, está pasando en México, en Chile. Es muy importante el despertar. Cómo nos enseñan. Aprendo de mis hijas y de las amigas de mis hijas. Están haciendo un cambio tan fuerte que hará que el futuro sea diferente. Eso me gusta mucho y en ese cambio va a aparecer algo que nos está faltando como sociedad que es la preservación de los niños. Es un tema complicado porque los niños están muy descuidados, pero me parece que todo esto abre los ojos y despierta. Es hermoso.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Lo raro que es el mundo. Todo este último tiempo me cuesta entender que se hable tanto de cosas que no entiendo. Hay un mundo que habla de las Lebacs y de la Bolsa y siento que son cosas que no existen. La imaginación del poder. La ambición absoluta y descontrolada de quienes gobiernan en general me parece una locura. Me cuesta mucho entender la precariedad de la sociedad. La no oportunidad me mata. Me parece loco que no nos demos cuenta que los problemas de la seguridad tienen que ver con toda esa otra locura: ¿Cómo un pibe va a creer que la vida tiene valor si desde chico lo cagaron a palos o estuvo choreando con la familia? ¿Qué valor puede tener la vida para él?. Eso me quita el sueño.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Me gustaría trabajar para generar más contextos de oportunidad, aportar lo que pueda para generar eso. Lo intento hacer desde lugares chiquitos. Me gustaría sentir que son decisiones políticas, nunca lo siento así. Siempre siento que hay muy poca decisión política de cambiar algo de la vida de la gente, de verdad. Me parece que es algo muy mentiroso, muy hipócrita.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Exactamente qué, no me acuerdo. Me imagino que a lo mejor habré dicho que quería ser maestra por una que tuve en la escuela a la que quise mucho. Me acuerdo sí que quería ser grande. Quería “volar” para poder hacer lo que quisiera: elegir y poder decir que no. Por eso digo que es importante que el mundo esté cambiando, que los chicos van a poder decir cada vez más “no” y vamos a tener herramientas para cuidarlos. Ellos mismos están siendo educados para construir un mundo mejor.

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