100 MUJERES

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Andrea Servera

Está convencida de que todos podemos bailar. Por eso trabaja para llevar la danza donde esta no llega, como cuando montó una obra de hip hop en la villa La Cava, barrio de la zona norte del Gran Buenos Aires.

Por María Eugenia Maurello

6 de julio de 2018

Corrían los años ’80 y Andrea Servera cursaba la secundaria en Morón, provincia de Buenos Aires. Dibujaba y escribía notas en la revista clandestina La Chacota, que hacía con sus compañeros del colegio Manuel Dorrego.

Eran tiempos de la primavera democrática y de empezar a curiosear en los sitios típicos del under porteño, yendo y viniendo del conurbano a la ciudad. Así fue que en un viaje en tren, mientras charlaba con Guillermo Angelelli del Clú del Claun, su vida cambió para siempre.

Angelelli le sugirió que estudiara danza contemporánea y si bien Servera -que antes había aprendido clásico, folklore, español y jazz- no sabía bien de qué se trataba igual guardó el papelito donde estaba escrito el nombre de la profesora. Empezó a tomar clases con Ana Kamien, después se inscribió en el Teatro General San Martín y alcanzó reconocimiento a través de las becas que obtuvo y las giras que realizó por América y Europa. “Nunca trabajé de nada que no tenga que ver con la danza”, recuerda hoy, con más de 30 años arriba de los escenarios.

Bailarina y coreógrafa -todo terreno- hizo que su carrera oscile entre ámbitos bien diferentes, a veces por necesidad otras por convicción: bailó con Pablito Ruiz; formó parte de la troupe de bailarinas de Ricky Martin; hizo lo propio en la discoteca el Morocco a donde fue parte de las Funky Divas y las Moroquitas; bailó tango; realizó coreografías para desfiles de ropa de niños y de renombrados diseñadores de indumentaria (Vicki Otero, Martín Churba y los Köstume, entre otros).

El impulso de transformación que signa su trabajo se hizo más visible en 1989 cuando volvió de un viaje a Nueva York. Allá quedó fascinada con la danza del hip hop y con su lenguaje, el del suburbio. Lo traspoló a estas tierras y lo profundizó a fines de la década del ‘90 cuando entró a trabajar en la Fundación Crear Vale la Pena, creada por Inés Sanguinetti.

Llevó el baile a la villa La Cava, en San Isidro. Y desde ese momento su preocupación por lo social se hizo indisoluble. Enseñó danza durante tres años en la cárcel de mujeres de Ezeiza y en 2011 fundó su propia compañía, el Combinado Argentino de Danza (CAD) con personas que se expresan de maneras diversas. Por eso es que el CAD baila en el teatro y en la calle, en zonas más pudientes y en otras humildes, con bailarines formados en danza clásica y con otros que aprendieron a bailar en el barrio. “Crear un momento feliz en un lugar que generalmente no lo tiene es un milagro” comenta.

También en lo impredecible encontró un lugar de transformación. Eso pasó después del accidente automovilístico que sufrió en 2005 y que la dejó postrada durante meses con un pronóstico nada alentador. Los médicos anunciaron que no podría volver a bailar. “Fue un antes y un después en mi vida en general y fue un despertar a la conciencia”, recuerda.

Pero, Andrea no sólo se repuso y continuó bailando aún con un reemplazo de cadera, sino que además, durante el extenso reposo, se reinventó -incluso en lo artístico- echando mano a otra destreza: el bordado.

Todavía hoy lo hace y basta que arranque para que no pare de bordar. Puede pasar horas haciéndolo. Cuando entra en el “estado de bordado” es como, valga la analogía, si se tratase de un momento de meditación.

“Desde el arte vi como muchas personas cambiaron su destino y eso me emociona un montón” cuenta Servera que actualmente está trabajando en el proyecto Recreo que consiste en “llevar la danza a donde la danza no llega”.

¿Cómo lo hace? A través de intervenciones en los recreos de las escuelas públicas, en festivales en barrios y en talleres en comedores. Además, junto con Yamila Bortnik e Inés Saavedra está en la enorme tarea de recuperar y resignificar el emblemático espacio del Idisher Folks Theater (más conocido como IFT), en el corazón del barrio del Abasto.

Ofrecen clases de baile y hacen foco, una vez más, en la inclusión. La misma idea sostenida en el tiempo; que todos pueden bailar. Y cuando hace referencia a todos, son todos. “Ojalá podamos refundar ese espacio” expresa, como si ya estuviera anticipando una nueva transformación.

AndreServera

Nombre: Andrea Servera
Edad: 49
Profesión: Artista
Sector en el que trabaja: Danza
Lugar de Nacimiento: CABA. Luego se mudó a Merlo.
Lugar en el que desarrolla su actividad: Todo el país

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Lo que más me motiva es la idea de sanación, de transformación, de curar; que algo que me hizo daño o que me hizo feliz también me hace bien transformarlo. Es la manera que tengo de expresarlo. Creo que tiene que ver con eso, que mi motor es la vida misma. Es lo que va pasando. Me encanta hacer cosas, llegar a la gente, tener proyectos. Me parece que es vital estar haciendo. A veces me zarpo, me voy de mambo y estoy sobrepasada pero en el medio siempre está bueno estar haciendo.

2. ¿Qué te hace feliz?
Ver a las pibas, a las adolescentes, a las niñas. Esto llamado “la revolución de las hijas” es algo muy alucinante. Y no es solo acá, está pasando en México, en Chile. Es muy importante el despertar. Cómo nos enseñan. Aprendo de mis hijas y de las amigas de mis hijas. Están haciendo un cambio tan fuerte que hará que el futuro sea diferente. Eso me gusta mucho y en ese cambio va a aparecer algo que nos está faltando como sociedad que es la preservación de los niños. Es un tema complicado porque los niños están muy descuidados, pero me parece que todo esto abre los ojos y despierta. Es hermoso.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Lo raro que es el mundo. Todo este último tiempo me cuesta entender que se hable tanto de cosas que no entiendo. Hay un mundo que habla de las Lebacs y de la Bolsa y siento que son cosas que no existen. La imaginación del poder. La ambición absoluta y descontrolada de quienes gobiernan en general me parece una locura. Me cuesta mucho entender la precariedad de la sociedad. La no oportunidad me mata. Me parece loco que no nos demos cuenta que los problemas de la seguridad tienen que ver con toda esa otra locura: ¿Cómo un pibe va a creer que la vida tiene valor si desde chico lo cagaron a palos o estuvo choreando con la familia? ¿Qué valor puede tener la vida para él?. Eso me quita el sueño.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Me gustaría trabajar para generar más contextos de oportunidad, aportar lo que pueda para generar eso. Lo intento hacer desde lugares chiquitos. Me gustaría sentir que son decisiones políticas, nunca lo siento así. Siempre siento que hay muy poca decisión política de cambiar algo de la vida de la gente, de verdad. Me parece que es algo muy mentiroso, muy hipócrita.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Exactamente qué, no me acuerdo. Me imagino que a lo mejor habré dicho que quería ser maestra por una que tuve en la escuela a la que quise mucho. Me acuerdo sí que quería ser grande. Quería “volar” para poder hacer lo que quisiera: elegir y poder decir que no. Por eso digo que es importante que el mundo esté cambiando, que los chicos van a poder decir cada vez más “no” y vamos a tener herramientas para cuidarlos. Ellos mismos están siendo educados para construir un mundo mejor.

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