100 MUJERES

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Beatriz Mendoza

Es una de las 17 personas que denunciaron la contaminación del Riachuelo. La demanda llevó, hace 10 años, a que la Corte Suprema de Justicia ordenara al Estado Nacional, la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires a sanear la cuenca. Es el fallo ambiental más trascendental del país.

Por Javier Drovetto

8 de junio de 2018

Hace diez años, la Corte Suprema de Justicia sentenció al Estado nacional, la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires a sanear el Riachuelo. Les ordenó mejorar la calidad de vida de los habitantes de la cuenca y remediar el agua, aire y suelo a lo largo de los 64 kilómetros de río y su entorno.

A esa sentencia, del 8 de julio de 2008, la llaman el “Fallo Mendoza” o “Causa Mendoza”, rótulos con los que carga y convive Beatriz Mendoza, una de las personas que se atrevió a iniciar en 2002 la demanda por contaminación que desencadenó la sentencia ambiental más trascendente del país.

Fueron 17 los que firmaron la demanda, pero en el escrito, el nombre de Beatriz encabezó la lista. Y para ella ya nada fue igual. El periodismo y la justicia empezaron a hablar de la “causa Mendoza”. Y Beatriz le puso el cuerpo: jamás abandonó la lucha.

“Al principio no entendía ni me acostumbraba, porque yo no elegí que llevara mi nombre. Siempre sentí que fue porque fui la última en entregar el DNI a los abogados”, cuenta Beatriz, que tiene 65 años, es psicóloga social y hoy es la directora de Salud y Ambiente de Avellaneda. “Pero seguí adelante y ahora siento que es el nombre que debe tener la causa porque fui capaz de generar un proceso, sin saberlo, que permitió que el tema figurara por primera vez en la agenda pública”, considera.

Cuando inició el reclamo, en 2002, había cumplido 49 años y le detectaron que tenía seis veces más tolueno en su sangre que el límite tolerable en una persona. Ese tóxico, derivado del petróleo, entró a su cuerpo mientras trabajaba como psicóloga social en el centro de salud de Villa Inflamable, un barrio ubicado en el corazón del polo petroquímico de Dock Sud. En la demanda le apuntan a 44 empresas de ese polo industrial. Ella no sabe si fue el agua que tomó de la canilla, el aire que respiró o haber caminado durante dos años un barrio que está reposado sobre tierras contaminadas de la cuenca.

Beatriz nació en Avellaneda, pero ya de chica su papá la llevaba a caminar por lo que hoy es Villa Inflamable. Cuando eligió ingresar al centro de salud del barrio, en el año 2000, lo hizo porque “estaba todo por hacer”. Aunque ahora reconoce que no sabía bien a dónde estaba metiéndose, cita al escritor portugués José Saramago para tratar de entender por qué tomó el puesto en esa salita: “Uno siempre va al lugar donde lo están esperando”.

En Villa Inflamable viven unas 1800 familias. La mayoría en casas precarias, de chapa, madera y un poco de ladrillo. Están rodeadas de empresas químicas que echan humo negro. De día y de noche.

A Beatriz, los tóxicos le afectaron el sistema nervioso y le diagnosticaron polineuritis en bota. Si los mosquitos la pican, lo nota tarde, cuando sus piernas se llenan de ronchas. Si se quema, se da cuenta unos segundos después o al verse la ampolla. Es como si el alerta de su sistema nervioso viajara lento o se interrumpiese en su camino al cerebro.

De los que firmaron la demanda, varios siguen en contacto. Pero Beatriz es la única que sostiene una lucha abierta. Cuando la Corte les dio la razón sobre la contaminación que sufrieron y la necesidad de recomponer el ambiente dañado en toda la cuenca, también se declaró incompetente respecto al reclamo de un resarcimiento económico. Esa definición desalentó al grupo, pero no a Beatriz. Ella sigue yendo a Villa Inflamable, ya como funcionaria, un cargo que aceptó justamente porque le permite seguir visitando el barrio y continuar involucrada con la causa. Además, participa de reclamos colectivos por el cumplimiento del fallo; y hasta escribió un libro titulado “Riachuelo, zona de promesas”.

Beatriz aprendió a “no renunciar ante la tristeza” y a “planificar la esperanza”. Lo dice en el contexto de que Acumar, la autoridad interjurisdiccional creada para sanear la cuenca, no sabe en qué plazo podrá cumplir la sentencia. Así quedó formalmente expuesto durante la última audiencia pública convocada por la Corte en marzo pasado.

“La Corte no puede hacer cumplir sus órdenes”, se indigna, pero rápidamente destaca que el fallo es “un punto de no retorno”, que “los vecinos de la cuenca ahora conocen sus derechos” y que “no importa en cuánto tiempo, pero ineludiblemente la sentencia generará cambios que beneficien a una gran masa de personas”. Para que eso ocurra, considera que los jueces de la Corte deben ser “más supremos”.

A partir del fallo y según el último informe que preparó Acumar para la Corte, 505 de las 1385 industrias identificadas como contaminantes de la cuenca fueron reconvertidas y no causan daño. Del polo petroquímico, apenas 8 de 24. De las 4,3 millones de personas que necesitaban cloacas, 2,3 millones sumaron ese servicio. De los 447 basurales relevados en 2008 quedan 301. Mientras que por lo menos 1,6 millones de personas viven sobre la cuenca en condiciones consideradas riesgosas desde el punto de vista sanitario y social.

Beatriz vive en Wilde, a 20 cuadras de Villa Inflamable. Se separó hace 24 años. Antes, tuvo tres hijos: un varón y dos mujeres. La menor falleció el año pasado y por eso vive con su nieta de 14 años. Además tiene otros cuatro nietos.

Hay otro rótulo judicial que Beatriz reinterpretó con el tiempo y le dio energía para su lucha. “Cuando firmé la demanda me convertí en parte actora desde el punto de vista legal. Y ese ser actora fue intervenir para convertir lo dramático de la cuenca en política pública, conocer, informarnos y saber acerca de nuestros derechos ciudadanos”.

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Nombre: Beatriz Mendoza
Edad: 65 años
Profesión: Psicóloga social
Sector en el que trabaja: Salud
Lugar
de Nacimiento: Avellaneda
Lugar en el que desarrolla su actividad: Avellaneda

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
El amor y la justicia. Los dos están relacionados. Porque hablo del amor por el otro, el que tiene menos instrumentos y sufre. Ellos despiertan mi necesidad de acción ante el sufrimiento. En otros momentos de mi vida algunos conflictos familiares o problemas de salud me sacaban la energía. Pero en general no me permito que capturen mi energía.

2. ¿Qué te hace feliz?
Me hace feliz el olor a tostadas y café con leche por las mañanas, que me remiten a mi abuela y el desayuno que me preparaba cuando era chica. También, un atardecer con sol en las montañas, en Nono, Córdoba. Y un recuerdo, caminar de la mano de mi padre cuando era chiquita. Lo veía tan grande, me daba tanta seguridad.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
A veces, los problemas financieros o problemas de familia. Lo que hago es convencerme de que la noche agiganta los problemas y que en un par de horas amanece otra vez y le daré a las cosas la dimensión que tienen.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Hace rato que dejé de lado el pensamiento mágico de que voy a cambiar el mundo. Sí intento cada día cambiar mi entorno. Sobre todo en lo laboral, que es el campo social, los problemas son altamente complejos. Soy consciente de que los cambios son super estructurales. Entonces mi limito a trabajar en equipo, a generar conciencia, a empoderar a las mujeres que son quienes más sufren junto a sus hijos y a facilitar herramientas para que puedan sentirse sujetos de derechos.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Docente. Mis maestros de la escuela primaria y más tarde mis profesores. Ana Caldino, de la primaria 10 de Sarandí; Isabel Roteta Campos de Meijide, mi profe de castellano en el Normal de Avellaneda; y la hermana Gloria Sulligoy, del colegio San Ignacio. Ellas contribuyeron a que antes de que estudiara psicología social, me recibiera y trabajara unos años como profesora de geografía.

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