Cayó del cielo por un escopetazo y un día volvió a volar: la historia del cóndor hembra Janpi Yaku

Fue encontrada en marzo de este año con una herida de bala en la cabeza. Después de seis meses de rehabilitación en Buenos Aires, fue llevada de regreso a su hábitat natural y liberada. La Fundación Bioandina, encargada del programa de conservación de cóndores, ya lleva 175 liberados desde 1991 hasta hoy. Viajamos a Jujuy en el mismo avión que Janpi Yaku para conocer, desde cerca, el espectáculo de la libertad.

Por Joaquín Sánchez Mariño

25 de septiembre de 2018

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El 9 de enero de 2017 cayó un cóndor del cielo cerca de Volcán, un pequeño pueblo jujeño. Lo encontraron los lugareños, que llamaron a las autoridades y en pocas horas lo llevaron a un centro de tratamiento para animales. Le salvaron la vida.

Un día después, la naturaleza cayó aún con más fuerza. “Parecía que se había roto el cielo” dirá luego Marcela Arjona, Diputada Provincial y habitante de Volcán. “Escuchamos un estruendo y de pronto empezó a subir el agua”, recuerda.

Salió por la única ventana de su casa que no tenía rejas, con su hijo en brazos, mientras el lodo le cubría la mitad del cuerpo. Horas antes, tras una tormenta como nunca se había visto en esa zona, había sonado una alarma en el pueblo anunciando la caída de un alud.

El 60% de Volcán quedó bajo el lodo. La gente escapaba por los techos y los buscaban en grúas. Cuatro personas no pudieron escapar. La historia del pueblo cambió para siempre.

Once meses después, en noviembre de 2017, el mismo cóndor que había caído un día antes fue llevado de vuelta a la zona y liberado. Todos lo recuerdan no solo como el día en que Wila volvió a desplegar sus alas, sino también como el día exacto en que renació Volcán. “Porque así como vino a advertirnos lo que pasaría un día antes del alud, ese cóndor también vino a demostrarnos que se puede volver a volar unos meses después”, dirá luego Noemí Martínez, una guía espiritual y maestra de ceremonias jujeña.

No fue la última vez que Volcán recibió un mensaje de ese estilo. Sin ir más lejos, el pasado 21 de septiembre volvió a escucharlo. Pero esa es otra historia que bien podría empezarse a contar en un avión, con este video:

La azafata anuncia: “queridos pasajeros, queremos contarles que en este vuelo estamos llevando a un cóndor”. Se hace un silencio. Continúa la azafata: “se llama Janpi Yaku, es una hembra adulta que fue rehabilitada tras recibir un disparo y será liberada mañana en su hábitat natural”. Algunos aplauden tímidamente, sin entender del todo lo que sucede.

Lo comprenderán después, cuando aterricemos en el aeropuerto de Jujuy y vean bajar del avión a una especie de jaula gigante en la que va un ejemplar de cóndor andino.

Nos recibe Luis Jacome, Presidente de la Fundación Bioandina y Director del Proyecto Conservación Cóndor Andino. Tiene el pelo largo y entrecano. Usa camisa marrón clarita, tirando al verde. Saluda con tranquilidad, con alegría. Silvia Fisher, de Aerolíneas Argentinas, le cuenta que fue un viaje más bien tranquilo, sin turbulencias para nosotros ni para el animal.

Luis agradece. Tiene, curiosamente, un poco de cara de cóndor. Pero más bien lo adivino, todavía no conocí a Janpi Yaku y aunque haya visto resúmenes de otras liberaciones, esta es una de esas cosas que son siempre diferentes a su representación en video.

Hasta el momento, Luis y la fundación llevan rescatados 286 cóndores y 175 liberados. “Algunos vuelven a la vida silvestre, otros se mueren por la gravedad de las heridas, y otros quedan en cautiverio porque las heridas no les permite ser liberados. Con ellos formamos programas reproductivos en cautiverio y criamos a los pichones para liberarlos luego. El 100% de los que criamos en cautiverio son para liberar”, explica Luis, que trabaja en conjunto con el Ecoparque de Buenos Aires, donde se recupera a los animales. Allí, ya criaron 65 pichones de cóndor, un récord a nivel mundial, y hay 14 adultos  en rehabilitación.

“Son muchas las instituciones que nos ayudan a que esto sea posible”, dice Luis. Y las menciona: Fundación Bioparc. Asociación Beauval Nature. Grand Parc du Puy du Fou. Parques Nacionales. Gendarmería Nacional y todas las Secretarías y Ministerios de Ambiente del país.

Después, con Janpi ya liberado, dirá: “una de las primeras cosas que aprendí de estas aves es que tienen plumas grandes, pequeñas, medianas… pero a la hora de volar las usa todas por igual”.

El cóndor hembra Janpi Yaku, recién llegada a Jujuy, descansa en la sala VIP del aeropuerto.
El cóndor hembra Janpi Yaku, recién llegada a Jujuy, descansa en la sala VIP del aeropuerto.

Peligro: hombres sueltos

En enero de este año fueron hallados muertos 34 cóndores en la provincia de Mendoza. La causa: envenenamiento. También encontraron muerto a un puma. La secuencia probable es que el puma haya caído tras comer un animal intencionalmente contaminado por veneno, y luego los cóndores, que son carroñeros, comieron al puma muerto y cayeron ellos también.

El año pasado en Jujuy murieron 19 por la misma razón: el carbofurano, un pesticida de libre circulación. Janpi tuvo mejor suerte: apenas tenía una herida de escopeta en la cabeza y todo el cuerpo intoxicado con plomo. Lo suyo fue producto de un cazador o alguien de la zona que estaría “protegiendo” a su rebaño, ignorando el hecho de que los cóndores no cazan animales vivos.

Lo encontró Facundo Mendoza. Iba a su trabajo a caballo cuando, a la vera del río de Terma de Reyes, vio al cóndor tendido. Tenía las alas abiertas. No podía caminar ni volar. Le sacó una foto y la mandó al grupo de su familia. Un tío se encargó de avisar a las autoridades. Facundo se quedó con el ave hasta que una hora y media después llegaron a buscarla.

Así fue encontrada Janpi Yaku, en Terma de Reyes, Jujuy.
Así fue encontrada Janpi Yaku, en Terma de Reyes, Jujuy.

“Yo pensé que se iba a morir, que no iban a poder curarlo. Pero cuando me enteré de que lo habían recuperado me alegré mucho”, dice. Para él, como para casi toda la gente de la zona, el cóndor es un ser tutelar. Liberarlo es mandar un mensaje a los ancestros, ponerse en contacto con “el mundo de arriba”. Pero para Noemí, la encargada de realizar la ceremonia de la suelta, liberarlo es liberarse uno: “Es una reciprocidad. No somos las personas las que estamos salvando al cóndor hembra, es ella que nos está salvando a nosotros”.

Noemí le pide a una amiga que la tape con el poncho. El viento, constante a los 3600 metros de altura a los que estamos, no le permite encender el fuego. Gira la piedra de su encendedor una, dos, tres… quince veces. La llama se inicia y se apaga. Noemí no se desalienta: cubre el otro flanco y continúa, hasta que el encendedor aguanta el fuego y prende una especie de briqueta. Enseguida se arma una pequeña humareda doméstica que Noemí utiliza para purificar la zona. Balancea su dispositivo purificador y el humo se reparte y vuela por la cuesta de Lipán.

Luego busca unas rosas y arroja pétalos desde el centro hasta la cornisa, como marcando un camino. Pienso: es raro. Pienso: tal vez sea el camino de rosas el punto de encuentro entre el romance de la cosmovisión urbana y el de la naturalista. Rosas para un cóndor como prefacio de su libertad.

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Luego viene el agua, recogida del mismo río en el que fue encontrada Janpi Yaku. La recogió un día antes el secretario de Biodiversidad de la provincia, Javier Gronda, que fue a Terma de Reyes con esa misión. Pienso, otra vez: raro. Pienso: un funcionario público haciendo los mandados para un ritual que excede por mucho la burocracia estatal. Pero es, como todo en este viaje, una rareza extraordinaria, una forma de la magia.

El agua está en una vasija de barro. Primero habla Luis, que pide silencio, que explica cómo sucederá todo: “Si todo va bien va a salir derechito a esa piedra” (lo cual luego sucede). Y dice que ésta es una ocasión para sanar nuestras aguas internas.

“Esta es una ocasión para sanar nuestras aguas internas” repito para mí, sesenta por ciento de agua que soy, como todos.

Y vuelvo a Luis: tiene los ojos despiertos, las manos entregadas, como si siempre ofreciera algo. ¿Qué nos viene a enseñar esta condorita?, dice. ¿Qué tenemos que aprender? Habla de nuestros corazones, habla del tipo que le disparó a Janpi -un solo tipo- y de cuántos somos ahora retirando ese disparo. Cuántos en el bien, cuán pocos en el mal. Nos pienso del lado de la fuerza y, aunque nada más lejano, esto también es Star Wars.

“Un solo tipo hizo ese disparo, y miren cuántos corazones somos viniendo a liberar a esta condorita”. Las manos abiertas, como si siempre ofreciera algo. Y entonces da lugar a Noemí, que seguía haciendo brotar el humo.

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Lo deja en el piso ahora y toma la vasija con agua. Con una rosa nos baña: hunde la flor en la vasija, la saca y nos salpica. Así por toda la ronda. Luego busca un vaso. Nos lo va pasando. La gente del lugar toma el vaso, arroja un poco de agua en la tierra, para la Pachamama, y recién después toma. Nunca ellos primero, nunca antes que la naturaleza.

El vaso llega a mí. Arrojo agua al piso. Tomo. Paso el vaso. Noemí dice: “Vamos a despertar con estas aguas. Que nos sane, así como cae en nuestros ojos, en nuestras manos y en nuestros corazones”.

Abrimos la ronda, dejamos que el canil donde fue transportado sea llevado al medio. Hacemos silencio. Apenas se escuchan los clicks de las cámaras. Ni los más chicos (muchos, por cierto), hablan. Abren el canil, esa especie de jaula. Una palabra ingrata para el acto de la libertad. Janpi probablemente no se detenga en esas cosas. Apenas se abre la reja, sale de un salto. Hace unos pasos siguiendo las rosas. No puedo dejar de pensar en que hace unos pasos siguiendo las rosas. Directo a la piedra. Ahí para. Y llega, entonces, la maravilla.

Janpi Yaku abre sus alas frente a nosotros. Muestra su virtud, no su poderío. Tres metros de alas, de una punta a la otra de sus plumas. Gira su cabeza, nos mira. No parece asombrado. No parece siquiera inquieto.

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Cambia el peso de una pierna a otra, como si estirara. La Cuesta de Lipán se abre frente a sus ojos como la imagen de su hogar. Hace cuánto que no vuelo, habrá de pensar. Los ruidos de las cámaras se acumulan y disuelven. El cóndor hembra más espectacular que he visto nunca -el único- se dispone de pronto a despedirse.

Cierra y abre sus alas otra vez. Aletea apenas, probando que esté todo en su lugar. Gira el cuerpo. Hacia un lado, hacia el otro. Creo que todos buscamos lo mismo, pienso. No sabemos muy bien qué es ni dónde está, pero es un cóndor y está ahí. Dilema resuelto.

No salta a volar de una, me explicarán luego, porque sabe que todavía no tiene la fuerza, entonces espera la corriente de aire cálido para lanzarse con ella y planear. Creo que todos buscamos lo mismo.

Pero no todos somos un cóndor. Janpi Yaku sí. Janpi Yaku encuentra la corriente de aire y mueve dos veces las alas y a la tercera se lanza en un clavado infinito hacia el vacío más absoluto de la provincia de Jujuy, y alguien echa un grito de festejo y suenan los cuernos y todos se acercan a la cornisa para despedirla y ella vuela por la Cuesta de Lipán vaya uno a saber hacia qué otra geografía.

¿Dónde dormirá esa noche? “Es posible que hoy mismo llegue a Bolivia”, dirá luego Luis. Es posible que se vaya para el lado de Potosí o que se quede por acá, dirá. En buenas condiciones, puede hacer 200 kilómetros en un día.

Y entonces, dónde estará. ¿Dónde estaríamos, si nos liberaran? Creo que todos buscamos lo mismo.

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