Chicas en Tecnología: cómo funciona la organización que busca cerrar la brecha de género en el mundo informático | RED/ACCIÓN

Chicas en Tecnología: cómo funciona la organización que busca cerrar la brecha de género en el mundo informático

Melina Masnatta, Carolina Hadad, Sofía Contreras y Mariana Varela trabajan juntas desde 2015 con un objetivo: que cada vez más mujeres desarrollen programas, aplicaciones y vean una carrera en tecnología como una opción.

Ilustración: Pablo Domrose

Melina, Mariana, Carolina y Sofía, desde distintas disciplinas, habían identificado el mismo problema. Por eso cuando se conocieron en 2014, en una meetup —un encuentro estilo afteroffice donde las personas que tienen un interés común se reúnen a debatir sobre eso—, no lo dudaron: tenían que hacer algo para cambiar la situación de las mujeres en tecnología.

Quienes fueron marcó quienes serían.

Melina Masnatta tiene 35 años. Creció con una computadora Commodore 64 —aquellas que en 1982 sacaron a esta herramienta del pedestal de las elites y las volvieron un objeto cotidiano—, jugaba videojuegos, nadie le decía que había cosas que no podía hacer por ser mujer. Hasta que quiso estudiar criminología: le interesaba cómo la ciencia y la tecnología podían ayudar a resolver crímenes. “Cuando le pregunté a mi profesora de matemática por la carrera —porque el plan de estudio tenía mucha física, química, matemática— me dijo: ‘Eso es para señores gordos con pipa’”. Entonces decidió estudiar Ciencias de la Educación y comenzó a trabajar en diferentes ámbitos que vinculaban la educación con la tecnología. Cuando la tecnología empezó a entrar cada vez con más potencia en el ámbito educativo notó que las docentes tenían miedo de usar las computadoras y que quienes diseñaban las propuestas para las escuelas eran en su mayoría varones que no contemplaban —porque no lo experimentaban— cómo esa situación afectaba a quienes no habían tenido nunca antes cercanía con la informática. “No pensaban cómo hacer un entorno más llevadero para alguien que tenía que hacer un paso previo porque no estaba familiarizado con la tecnología”.

Mariana Varela tiene 35. Cuando era chica jugaba con las hojas llamadas “de formulario continuo” (las que estaban unidas unas a otras) que le daba su abuela. Las usaba para dibujar entre medio de los números y códigos que tenían impresos, porque las hojas que iban a parar a sus crayones ya habían sido usadas. Eso, dice, la marcó de alguna forma. Mariana también tuvo, desde pequeña, la Commodore 64. Recuerda que fue su madre, que era la cabeza de su familia, quien la compró y se encargó de hacer todas las conexiones. Siempre supo que quería dedicarse al diseño y desde chica advirtió que podía usar la computadora para eso: hacía dibujos digitales y los imprimía. Como creció muy cerca de la tecnología y en una familia gobernada por mujeres, nunca sintió la distancia con la informática ni que ser mujer le trajera ninguna limitación. Hasta que, ya recibida de diseñadora gráfica, empezó a trabajar con varones: “Siempre trabajé en diseño web o digital. Empecé a relacionarme con los programadores y a veces ellos me daban una explicación un poco azucarada de cómo se integraba su trabajo con el mío, como si fuera una magia que yo no iba a entender”.

Sofía Contreras tiene 30. Cuando estaba en segundo año de la secundaria y debía elegir una orientación para los próximos tres, ella quería hacer algo relacionado con carpintería, robótica, programación, electricidad. Su hermano iba a una escuela técnica y ella veía “cómo con sus amigos creaban robots, jugaban con cables”, y deseaba tener esa posibilidad. Pero en Carlos Paz, Córdoba, donde nació, la única escuela con orientación técnica estaba destinada solo a los varones. Además, cuando le contaba a sus amigos y amigas que quería estudiar en esa escuela la miraban raro, “como si fuera un extraterrestre”. Mientras crecía entendía que la sociedad iba generando estructuras que dictaban dónde podían estar las mujeres, a qué oportunidades podían acceder. “Me empecé a plantear por qué se generaban y por qué la sociedad y las instituciones nos iban indicando qué podíamos hacer y, más importante, quiénes debíamos ser”. Cuando comenzó a trabajar en el mundo del emprendedurismo tecnológico, Sofía descubrió que de 300 emprendimientos que veía por año solo diez tenían emprendedoras mujeres en su equipo, de las cuales solo tres tenían alguna experiencia en tecnología y sabían desarrollar código. Tres.

Carolina Hadad tiene 30. Cuando estaba en la secundaria no tenía idea de qué carrera elegiría después. Lo que ella buscaba era poder dedicarse a algo que tuviera un impacto positivo en la realidad, que generara algún cambio. En su escuela no había tenido programación, nunca había escuchado hablar de la programación ni sabía de qué se trataba. Hasta que una persona que la orientaba respecto a su vocación le sugirió que investigara carreras que desconocía. Ahí lo descubrió: “Me di cuenta de que era algo que nunca había considerado, que era algo que podía aplicar en un montón de disciplinas y, lo que era más importante para mí, que realmente podía transformar nuestras realidades. Durante muchos años, en mis primeros trabajos y en la facultad, siempre fui la única mujer o una de las muy pocas mujeres. Eso me hacía sentir diferente, me sentía muy observada todo el tiempo. La sociedad nos decía que esto no era para nosotras”. Carolina asegura que llegó a la programación casi de casualidad y que su historia es la de muchas mujeres. Eso, dice, debe cambiar.

Melina Masnatta, Carolina Hadad, Sofía Contreras y Mariana Varela fundaron Chicas en Tecnología

Formar y acompañar a la próxima generación de mujeres líderes en tecnología

En 2015, Melina, Mariana, Sofía y Carolina crearon Chicas en Tecnología: una organización de la sociedad civil sin fines de lucro que tiene como objetivo cerrar la brecha de género en el sector, “trabajando, ayudando, formando, y acompañando a la próxima generación de mujeres líderes en tecnología”.

—Hicimos un análisis, buscamos datos y decidimos ponernos a trabajar en el último eslabón donde las mujeres se terminan de ir, que es en el nivel secundario —dice Melina Masnatta—. Nos unimos con el objetivo de romper con todos los estereotipos y hacerlo de una manera sistémica, es decir, no solamente tratar de involucrar a las más jóvenes si no empezar a trabajar con sus ecosistemas: con las escuelas, con las universidades, con los próximos empleadores, porque hay mucho desconocimiento.

Chicas en Tecnología ofrece diferentes programas libres y gratuitos, áreas de investigación, talleres, charlas y eventos para jóvenes y adolescentes, así como para los universos que las rodean.   

La imagen puede contener: 3 personas, personas sonriendo, personas sentadas, computadora portátil e interior
Fuente: Chicas en Tecnología

Programando Un Mundo Mejor es quizás la iniciativa que más se destaca: una propuesta para chicas que están cursando sus estudios secundarios en la que las participantes identifican algún problema social en sus barrios o comunidades (como bullying, contaminación, acoso callejero) y luego diseñan y desarrollan, desde cero y sin conocimiento previo, una aplicación para celular que ayuda a resolverlos. De esta manera producen tecnología con impacto social y, a la vez, se convierten en líderes y referentes dentro de sus comunidades.

Inscribirse en Programando Un Mundo Mejor

—Ya hay creadas más de 200 aplicaciones que resuelven problemas muy variados —dice Masnatta—. Las chicas pasan por nuestros programas y hacen una transformación súper grande. Lo que pasa es que después vuelven a la casa y dicen: “Quiero ser desarrolladora de videojuegos” y la mamá, el papá o adulto responsable les dice: “Eso no es una carrera”. O, como nos pasó con unas chicas que crearon una app para prevenir el bullying y las entrevistaron en los medios, la directora las llamó y en vez de felicitarlas las retó por haber dicho que había bullying en la escuela.

Por eso es que Chicas en Tecnología identificó que para que el cambio sea real tiene que ser de raíz: trabajar no solo con las adolescentes sino también con las familias, las escuelas, las universidades, las empresas.

Otra de las iniciativas que lanzaron es Mujeres Argentinas en STEAM (acrónimo en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas: science, technology, engineering, art and mathematics). Es una propuesta que busca visibilizar mujeres líderes en esas áreas publicando sus perfiles. Esta campaña ya tuvo dos ediciones. En el marco del Día Internacional de la Mujer 2019 reunieron 50 referentes nuevas de la ciencia y la tecnología en nuestro país.

Cada pérfil de mujeres líderes en tecnología, ofrece un audio con un consejo de esa referente.

Melina Masnatta recuerda que en las décadas del 60 y el 70 en el mundo de la computación y la informática había más mujeres que varones. “La primera persona que programó en la historia de la humanidad fue una mujer, la que creó el software que llevó al hombre a la Luna fue una mujer”. Sin embargo desde los 80 —asegura— los números de mujeres en carreras vinculadas a la tecnología comenzaron a caer estrepitosamente.

En 2018 publicaron un estudio junto al Instituto para la Integración de América Latina y el Caribe (INTAL) del Banco Interamericano de Desarrollo llamado "Un potencial con barreras: La participación de las mujeres en el área de Ciencia y Tecnología en Argentina". Uno de los resultados que arrojó esta investigación —para la que se relevaron 81 universidades—  muestra que, en nuestro país, solo el 16% de las personas que escogen estudiar carreras relacionadas con programación son mujeres. Y que, si bien es un tema que está en agenda, y cada vez se ven en la escena pública más mujeres referentes en estas áreas, la situación no está mejorando: solo un 6% de los equipos que desarrollan aplicaciones en el mundo son mujeres, lo que trae como resultado apps sin perspectiva de género, es decir: que no tienen en cuenta los ciclos de las mujeres, sus cuerpos, sus conflictos, sus tiempos.

Antes de esta investigación, en Argentina no había datos respecto a cuántas mujeres se dedican a estudiar carreras vinculadas a la programación, la informática, cuántas efectivamente se reciben y se incorporan al mercado laboral. Por eso, además de enfocarse en el trabajo con adolescentes, Chicas en Tecnología se dedicó a crear un área de medición e investigación, porque, según afirman, “lo que no se puede medir no se puede mejorar”.

Chicas en Tecnología comenzó con 23 mujeres que, en 2015, participaron del primer programa. Hoy está presente en 57 localidades de 14 provincias argentinas, donde trabajan con una gran red de educadoras y educadores que se involucraron con la organización y de manera voluntaria actúan como embajadoras y embajadores. Por sus propuestas ya pasaron miles de personas.

Para ayudar a las chicas a programar, la organización sumó a mentores y mentoras que las guían y acompañan en el desarrollo de sus apps.

Anotarse para ser mentora o mentor de Chicas en Tecnología

Las cuatro cofundadoras, junto a sus colaboradoras y colaboradores, siguen trabajando no solo para que las mujeres sepan que tener una carrera en tecnología es una opción, si no para que las escuelas, las familias, los docentes, las universidades y los espacios de trabajo sean cada vez más inclusivos y, progresivamente, se pueda revertir un problema que es cultural y social.

Para conocer la agenda de actividades y anotarse en alguna iniciativa, hay varios canales de comunicación con Chicas en Tecnología. Puede ser a través de su sitio web o cuentas de Facebook, Twitter o Instagram.

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