Ariana Budasoff | RED/ACCIÓN
REDACCION | 8 de abril de 2019

Ariana Budasoff / Editora

Estudié Comunicación Social, y al día siguiente de dar el último examen salí a buscar el resto de mi vida. Con algo de ropa y muchas agallas, me mudé al ombligo del país. Trabajé en una agencia de comunicación que tenía contratos con grandes empresas; di clases de hebreo y de historia; hice radio; trabajé como periodista en el Ministerio de Cultura de la Nación donde conté historias tan variadas como la idiosincrasia argentina.

Para convertirme en licenciada hice una investigación sobre historias de amor en la militancia, las cárceles y los centros clandestinos de la última dictadura militar que me apasionó. Con el proyecto de continuar ese trabajo gané una beca doctoral del CONICET. La devolví. Las reglas indicaban que era excluyente respecto a cualquier otro trabajo; yo quería ser periodista. Hice talleres de crónicas y perfiles con grandes referentes del género en los que redescubrí la no ficción: ese matrimonio perfecto entre periodismo y literatura. Y me enamoré para siempre.

Cursé la Especialización en Periodismo Narrativo coordinada por Leila Guerriero. También la Maestría en Comunicación y Derechos Humanos de la Universidad Nacional de La Plata. En 2017 quedé nominada al Premio Gabriel García Márquez de Periodismo. Mi crónica titulada “Alberto Camps y Rosa María Pargas: una historia de amor”, que narra los devenires de dos militantes desaparecidos en la última dictadura, fue elegida por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) como una de las diez mejores de Iberoamérica. A raíz de esto fui invitada a colaborar con el sitio Ética Segura, Red de Ética y Periodismo de la FNPI. También escribí para varios medios nacionales e internacionales. Mis textos fueron publicados en Gatopardo, Vice, Cosecha Roja, Tiempo Argentino, Presentes.  

Siempre quise cambiar el mundo. Siempre pensé que el periodismo era una herramienta para hacerlo. Por eso vivo al asecho de buenas historias. Devoro textos, recurro a nuevos y viejos autores que me punzan, que me inspiran, que me muestran una y otra vez lo que siempre supe que quería hacer. Porque, desde el principio, mi relación con las palabras fue como con los chocolates: intensa y ambiciosa. Hablo mucho. Escribo mucho. Leo mucho. Siempre quiero un poco más.

Sociedad | 1 de abril de 2019

Dos mujeres padaung esperan a los clientes en una tienda de recuerdos en Myanmar. Foto: KHIN MAUNG WIN/AFP

Las mujeres no lloran: prácticas invasivas que se realizan en el mundo en el nombre de la belleza

La imagen de un torso desnudo con una cinta ancha fajando los pechos. El vientre salido. Debajo, otra: una mano exhibe una piedra maciza. Más abajo: una par de brazos adultos presionan la piedra sobre el tórax de una niña. Y al lado una leyenda: “Si no te aplano los senos, los hombres van a comenzar a acecharte para tener sexo contigo”. La que habla es una joven que se hace llamar Kinaya para narrar su historia. Hoy vive en Reino Unido y recuerda cómo su madre le aplicó ese método cuando tenía diez años. Con ese y otros testimonios, la BBC publicó una nota sobre el “planchado de senos”, una práctica originaria de África Occidental que las madres hacen con sus hijas preadolescentes para detener el crecimiento de sus pechos y así evitar que se vuelvan atractivas para los hombres. Consiste en vendarlos, aplastarlos o pasar sobre ellos un objeto caliente. Es un método agresivo. Doloroso. Y no es la única costumbre de este tipo en el mundo.

Son numerosos los países y culturas que a lo largo de la historia han realizado —y continúan realizando— prácticas invasivas en las mujeres de sus comunidades en el nombre de la belleza o de la protección. De una u otra manera, los cuerpos son lastimados y vejados por y para los hombres.  

Planchado de senos, un tormento oculto

Si bien el planchado de senos se practica especialmente en países como Camerún —donde según datos de la Corporación Alemana para la Cooperación Internacional (GIZ), pionera en investigar y denunciar esta forma de mutilación femenina, una de cada 10 mujeres ha sufrido ese procedimiento— no es privativa de este territorio. También se realiza en Guinea-Bissau, Chad, Togo, Benín y Guinea-Conakry. Y no se limita al continente africano: la periodista de la BBC Amber Haque dice que se ha extendido a diferentes países europeos, producto de la inmigración de algunas familias que mantenían la costumbre ancestral. Uno de ellos es Reino Unido, donde los casos son tan numerosos que “el Sindicato Nacional de Educadores está pidiendo que se incluyan clases de concientización sobre el tema con el objetivo de proteger a las niñas del abuso”, cuenta.

La investigación realizada por GIZ en 2006 arrojó como resultado que, para ese momento, cerca de cuatro millones de camerunesas habían sido víctimas del planchado de senos, con sesiones de quemaduras y vejámenes que podían realizarse a diario por un período de seis meses o más. El informe también demostró que el objetivo de protección por el cual se realiza (que las niñas no sean víctimas de violaciones o abusos, que no tengan sexo a una edad temprana, evitar embarazos precoces) ni siqueira se cumplía, ya que en Camerún tres de cada diez mujeres quedan embarazadas o son madres antes de los 20 años. En 2010 el Fondo de Población de la ONU publicó una cifra similar: cerca del 30% de las mujeres de este país había sido madre antes de los 18.

En el testimonio recogido por Amber Haque, Kinaya recuerda: “No me dejaban quejarme, pero dolía mucho”; “No nos permitían llorar. Si lo hacías, te decían que ibas a traer la vergüenza a tu familia. Que no eras una mujer fuerte”; “Nunca te acostumbras a ese dolor”. Ella, ahora, es madre de dos hijas. Cuando una de sus niñas cumpló 10 años, su madre, la abuela de la niña, le propuso aplicarle el planchado de senos. “De inmediato dije que no, que ninguna de mis hijas iba a pasar por eso. Yo todavía estoy viviendo el trauma”, le dijo a la BBC. Y decidió mudarse lejos de su familia ante el peligro de que su madre, sin su autorización, le aplicara ese método a sus hijas.

Además de quemaduras, el planchado de senos puede generar infecciones, quistes, deformidades, daño en los tejidos e incluso la destrucción de las glándulas mamarias, lo que imposibilita la práctica de la lactancia materna. Sin mencionar los traumas y problemas psicológicos. Aunque la ONU ha incluido esta práctica entre los crímenes más usuales que se perpetran contra las mujeres, este rito no ha sido tan difundido como lo es la ablación del clítoris, por ejemplo, que cada 6 de febrero se conmemora con el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina. El silencio de muchas de las mujeres que por vergüenza, miedo, o aun por no saber que se trata de un abuso no denuncian haber sufrido este procedimiento, no hace más que perpetuarlo.

“En principio no existe una norma específica que prohíba o castigue el aplanamiento, pero tanto en la Unión Europea como en Reino Unido esta práctica es considerada una forma de abuso infantil y puede ser tratada como un crimen”, afirma la BBC.

Mujeres jirafa: de tradición cultural a atractivo turístico

Otra de las costumbres peligrosas e invasivas que nacieron en el nombre de la belleza y siguen vigentes es la de las mujeres que integran la tribu Padaung, dentro del grupo étnico Karenni. Habitan la zona fronteriza entre Myanmar (antigua Birmania) y Tailandia, y son conocidas también como “mujeres jirafa” porque viven ataviadas con numerosos y pesados collares que forman una espiral de latón que abraza su cuello. Este adorno, que mide de 30 a 40 centímetros de diámetro, se coloca a las niñas de la comunidad a los 5 años, edad en la que comienza “el proceso de embellecimiento”. A partir de allí se les agrega uno por año hasta que el cuello resista. Estos aros ejercen, a medida que se van sumando, una presión progresiva en la clavícula que la oprime hacia abajo y genera la ilusión de un cuello más largo y estirado. También atrofian los músculos: después de años de cargarlos generan un efecto de soporte.

Según las creencias y tradiciones de esta etnia, los collares son joyas y cuanto más cantidad y más extenso el cuello, más atractiva resulta la mujer, dado que además de destacar su belleza solían simbolizar que la portadora provenía de una familia con gran poder adquisitivo. Los anillos nunca se quitan.

Existen diversos mitos y leyendas alrededor del origen de esta tradición. Algunas dicen que era una manera de evitar ataques de tigres, lo que resulta absurdo ya que los hombres no usan los collares y los tigres no discriminan según el género o la genitalidad a la hora de atacar. Otras afirman que era un modo de evitar que las mujeres sean secuestradas y esclavizadas por miembros de otras tribus ya que el peso de los collares les impedía realizar tareas pesadas, lo que reducía su valor como sirvientas. También circula la versión de que la práctica nació para que las mujeres se vieran como un dragón, una figura relevante en su cultura. Lo cierto es que el motivo más arraigado del uso de los collares es volverlas más atractivas para los hombres de la etnia. En la actualidad, para muchas mujeres, esta costumbre también es su medio de vida.

En 1990, a causa de un conflicto con el régimen militar en Birmania, muchos integrantes de la tribu huyeron a Tailandia. De cara a los problemas que enfrentaban por encontrarse en la frontera, no encontraron más opción que subsistir con el dinero que los turistas pagaban por ver a las exóticas “mujeres jirafa”. Si bien la costumbre se redujo con el paso de los años, al ver la curiosidad que despertaban en los visitantes, dispuestos a pagar buenas sumas por verlas lucir sus cuellos tapizados de aros dorados, algunas mujeres padaung decidieron conservar la tradición. Las agencias de turismo lo saben y no dejan de explotar este “atractivo”. Muchas madres obligan a sus hijas a continuar con esta tradición con el fin de asegurarles un futuro económico. Volverlas una atracción para quienes visitan el sudeste asiático. Los collares pesan. Pesa más sobrevivir.

Pies de loto: una tortura china

Como sucede con la mayoría de estas prácticas, el origen del vendaje de pies que se extendió en China desde fines del siglo X hasta mediados del XX para lograr que las mujeres redujeran su tamaño tiene diferentes versiones. Una de las más difundidas cuenta que poco antes de la dinastía Song, la concubina preferida del Emperador Li Yu bailaba para él sobre un escenario con forma de loto y en una ocasión vendó sus pies para que se asemejaran a esa misma figura mientras danzaba. Otra versión, bastante similar, relata que la práctica surgió en la dinastía Tang, entre las bailarinas de la corte. Sea como fuera, ambas coinciden en que al ver esto las mujeres de clase alta comenzaron a imitar este procedimiento y pronto la práctica se transformó en sinónimo de belleza.  

Para lograr encoger los pies, se vendaban los dedos de tal manera que quedaban doblados bajo la planta, formando un arco. Una vez difundida esta costumbre, el proceso comenzaba con las niñas entre los 2 y los 5 años, antes de que sus pies se desarrollaran por completo. Primero los ablandaban sumergiéndolos en una mezcla tibia de hierbas y sangre animal. Las uñas se cortaban al ras para evitar que al crecer lastimaran la planta y provocaran infecciones. El vendaje se realizaba con tiras de algodón y los dedos eran presionados con fuerza hacia abajo hasta quebrarlos. El arco también se rompía. Con cada vuelta de la venda se comprimían un poco más, estrechando el empeine y el talón entre sí. Los pies de las niñas se revisaban asiduamente, se lavaban y volvían a vendarse.

Al margen de los cuidados proporcionados, era frecuente que las uñas se encarnaran e infectaran, por eso en algunos casos se extraían por completo. También podían ser los tejidos de los dedos rotos y doblados los que se enfermaran llegando al desprendimiento, en casos extremos. Esto era visto como algo beneficioso ya que permitía ajustar aún más los vendajes y que el pie luciera más pequeño. A veces estas infecciones eran generadas intencionalmente para que eso sucediera.

El vendado de pies fue en un primer momento exclusivo de las clases altas, luego se extendió hacia todos los estratos sociales. Aplicar este procedimiento a las niñas de alta alcurnia implicaba eximirlas de realizar tareas pesadas, destinadas a mujeres de clase baja. También señalaba que sus maridos debían ser lo suficientemente adinerados como para lograr el matrimonio con una dama que deberían mantener. Estar casado con una mujer con pies de loto era signo de prestigio para los hombres.​

Se calcula que más de mil millones de mujeres chinas tuvieron sus pies vendados. Ellas, sus familias y maridos se enorgullecían de esas extremidades comprimidas, cuyo tamaño ideal era de siete centímetros. Para presumirlos los cubrían con glamorosos zapatos con forma cónica, llamados también “zapatos de loto”, ya que intentaban emular el capullo de esa flor. Se fabricaban con sedas y telas exquisitas y exhibían estampas sofisticadas y bordados muy elaborados.  ​

Otra característica sinónimo de sensualidad para los hombres chinos era el “andar de loto”: los pasos cortos y frágiles, el caminar delicado —que en realidad era vacilante y dificultoso— de una mujer de pies vendados.

Aunque ya había conocido algunos detractores, recién a comienzos del siglo XX esta práctica comenzó a declinar a causa de los primeros cuestionamientos y campañas que la desalentaban por considerarla salvaje y atroz. No fue sino hasta que el gigante asiático quedó bajo el mando comunista de Mao, en 1949, que se estableció, estricta y definitiva, la prohibición de los pies de loto.

En 2017, las antropólogas norteamericanas Laurel Bossen y Hill Gates publicaron Bound feet, Young hands (Pies vendados, manos jóvenes). Una investigación para la que entrevistaron a cerca de 1.800 mujeres mayores de diferentes localidades de la China rural: la última generación de pies vendados.  

Uno de los resultados sobre el que echó luz la pesquisa sugiere que la práctica fue malinterpretada durante todos estos años. Las académicas explican, luego de sus conversaciones con las mujeres, que las niñas a quienes se les aplicaba esta práctica no llevaban una vida ociosa sino que más bien servían a un propósito económico: principalmente en el campo las niñas, desde pequeñas, tejían y trabajaban con sus manos. La práctica de vendar los pies, según su estudio, era una manera de garantizar que permanecieran sentadas y ayudaran a fabricar productos artesanales como hilados, telas, y redes de pesca que utilizaban las familias para obtener ganancias. A algunas de a ellas les decían que llevar adelante esas labores era lo que les brindaría más oportunidades de casarse.

“Es necesario conectar las manos y los pies. Las mujeres con pies vendados desempeñaron importantes trabajos manuales dentro de las industrias artesanales. La imagen de ellas como trofeos sexuales ociosos es una seria distorsión de la historia”, aseguró Bossen al promocionar su libro.

Sean cuales hayan sido los motivos, el vendaje de pies era una verdadera tortura china.  

Sociedad | 27 de marzo de 2019

Alerta Sofía, el sistema para encontrar niñas y niños extraviados, ya funciona en nuestro país

Se lanzó Alerta Sofía, una iniciativa para optimizar la localización de menores desaparecidos en Argentina. Este programa es impulsado de manera conjunta entre el Centro Internacional para Niños Desaparecidos y Explotados —organismo que desarrolla este sistema a nivel global—, la red social Facebook y el Ministerio de Seguridad de la Nación.

A qué se debe su nombre. El programa es la versión nacional de Alerta Amber, creado en Estados Unidos en 1996 a causa de la desaparición de Amber Hagerman, una niña que fue secuestrada en Arlington, Texas, y días después encontrada sin vida. Alerta Amber fue replicado y funciona en al menos 14 países. Australia, Canadá, Estados Unidos, Francia, Alemania, Países Bajos, Reino Unido, México y Ecuador son algunos de ellos. En Argentina la iniciativa toma el nombre de Sofía Herrera, la niña que desapareció en Tierra del Fuego en septiembre de 2008. Sofía tenía tres años cuando sus papás fueron a un camping cercano a la ciudad de Río Grande. De un momento a otro la perdieron de vista y nunca volvieron a saber de ella. A más de una década, no han dejado de buscarla ni un solo día. Su mamá, María Elena Delgado, también estuvo presente en el lanzamiento de esta iniciativa y se mostró emocionada y agradecida de que el programa llevara el nombre de su hija.

Cómo funciona. Cuando se active el Alerta Sofía el programa difundirá de inmediato imágenes e información de los menores desaparecidos. Los avisos de búsqueda se publicarán en redes sociales, buscadores de Internet, medios de comunicación y llegarán, también, a los teléfonos celulares en áreas determinadas dentro de los radios de búsqueda para que la comunidad pueda colaborar. En los muros de Facebook el aviso tendrá dos botones: “más información” y “compartir”. Quienes puedan aportar datos útiles podrán llamar al 134. El objetivo de esta iniciativa es optimizar los mecanismos de investigación y alcanzar a más personas en la menor cantidad de tiempo posible para tener resultados eficaces.

Niños perdidos en Argentina en datos. Según la última actualización del Registro Nacional de Información de Personas Menores Extraviadas (RNIPME), su Informe de Gestión 2017, ese año arrojó las siguientes estadísticas:

  • Ingresaron un total de 2571 denuncias de búsquedas. De las que 1154 continúan en investigación activa; 1227 niños fueron encontrados (y hay documentación correspondiente que acredita el cierre de esos casos); y 190 han regresado a sus domicilios pero aún no se cuenta con la documentación que da prueba de ello.
  • De las denuncias recibidas, 1706 eran por niñas y adolescentes mujeres, mientras que 865 eran por varones.
  • La menor cantidad de denuncias corresponde a niños de 0 a 5 años (203) y la mayor a adolescentes de 13 a 17 (1980), quedando en el centro la franja etaria de 6 a 12 (260) y un pequeño número (128) sin datos de edad.
  • Según datos de Missing Children Argentina —organización sin fines de lucro que ayuda a las familias a encontrar a niños extraviados desde 1999—, en 2017 recibieron 653 denuncias de chicos perdidos. Entre las principales causas señaladas se encuentran las crisis de identidad de los adolescentes y jóvenes (44%) y los conflictos familiares (35%). Coinciden con el RNIPME en que, del total de chicos perdidos, la mayoría son adolescentes mujeres (71%) de 13 a 17 años.

Si se extravía un niño, niña o adolescente o tenés datos que ayuden a encontrarlos, llama gratis a la línea 142

Sociedad | 24 de marzo de 2019

Foto: gentileza María del Carmen Roqueta | Intervención: Pablo Domrose

María del Carmen Roqueta, la mujer que le dio a Jorge Rafael Videla su última condena

Es 5 de julio de 2012 en la ciudad de Buenos Aires. Jorge Rafael Videla está sentado en la sala del Tribunal Oral Federal Número 6, del lado de los acusados. “Vamos a dar lectura al veredicto”, anuncia María del Carmen Roqueta, presidenta del tribunal. La sala está colmada, y el público mira expectante, como si estuviera asistiendo a una película de suspenso y palpitara el momento cúlmine. Pero lo que sucede aquí —lo saben bien— no tiene nada de ficción.

“Este tribunal resuelve: condenar a Jorge Rafael Videla por ser autor penalmente responsable de los delitos de sustracción, retención y ocultamiento de un menor de diez años en los siguientes casos:…”. A continuación la lista de nombres es enorme.

El acusado escucha y mira fijo con el ceño fruncido. Contrae y retrae la boca con ese espasmo involuntario de los hombres de cierta edad. La jueza continúa: “(…)Condenar a Jorge Rafael Videla a la pena única de reclusión perpetua, inhabilitación absoluta perpetua y accesorias legales”.

Videla tiene un saco azul grisáceo, una camisa blanca, una corbata bordó con pintas. Tiene algo de pelo cano a los lados de la cabeza y en la nuca, un bigote blanco, labios pálidos apretados. Tiene 86 años, y una expresión compungida. Y una cadena perpetua.

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El 18 de marzo de 2019 suena el timbre en un edificio de pocos años con puertas acristaladas en el corazón de Palermo Hollywood. Desde afuera se ve un fondo con césped prolijamente afeitado que se ofrece al sol de los últimos días de verano. La exjueza abre la puerta y conduce hacia allí. Al lado del pasto hay una pileta, y luego un deck de madera oscura y más atrás, una parrilla. Todo está rodeado de luces que la tarde azul vuelve innecesarias.

—Sentí que había ofrecido un juicio con calidad, con administración de Justicia, como todos pretenden, más en estos casos tan trascendentes.  

Si se piensa en la jueza que condenó a Videla, sin conocerla, quizás la imaginación delinee una mujer mayor, endurecida por un barniz de rigidez y severidad. Pero no hay rastros de eso en ella. A María del Carmen Roqueta se la conoce como “Marita”. Tiene una melena corta y lacia color miel, y ojos verdes con destellos ambarinos. Tiene 65 años.

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Roqueta nació en 1953, en la ciudad de Buenos Aires. Fue la menor de una familia “sencilla, humilde”, de padres comerciantes, dueños de un almacén de ramos generales, con dos hijas mujeres. Su hermana mayor murió hace un mes. Durante su niñez vivió en Lomas del Mirador y en Valentín Alsina. Ahí cursó la escuela primaria y la secundaria.

—Siempre fui una chica muy inquieta, muy curiosa, y lo sigo siendo. Me gustaba estudiar, siempre me apasionó la historia argentina, así que pensaba seguir esa carrera o periodismo. Pero en algún momento pensé que si cursaba Derecho iba a poder hacer todo. Además, en mi casa se hablaba mucho de política y la conciencia social estaba muy presente. Mi mamá decía: “Hay que ver la pobreza, la marginalidad, las injusticias cotidianas”. Ese era mi impulso: trabajar por la justicia. Y salí a intentar cambiar el mundo en plenos años 70.

Hizo su carrera universitaria a los saltos. Los primeros años trabajando de cadeta y luego de administrativa en una empresa constructora; después de empleada de un banco donde conoció al que sería su marido y el padre de su hija: el director de televisión, cine y teatro, Claudio Ferrari, que en ese momento también era bancario. Además ella militaba en el centro de estudiantes de la UBA. Cuando la dictadura la intervino, dejó de ir.

—Fueron años aterradores. Se llevaron a muchos compañeros. Ya no se podía ir. Preparaba algunas materias libres para no perder la regularidad, por eso mi carrera se hizo larga, como hasta el 80 no volví a cursar. Recuerdo haber llamado a una compañera desde el teléfono público de Florida y Diagonal Norte, decirle: “Hola” y ella: “Se llevaron a fulanito. Cortá”. ¿Viste cuando te das vuelta, ves la ciudad y decís: “Ahora, a dónde voy, qué hago”? El recuerdo de sentirme sola. Y el miedo. Mucho miedo.

Esos años estuvieron para Roqueta rodeados de ausencias: en 1978 murió su papá. Dos años después se casó. En 1984 murió su mamá, y en 1986 su matrimonio terminó. Pero de esa relación, en 1982, nació su hija, Flora Ferrari.

—Desde ahí la batallé sola. Terminé la carrera después de tener a mi nena, con un divorcio en el medio. Y después sí volví a militar en el peronismo. Siempre me había interesado la política pero lo que me marcó fue el levantamiento de los carapintada en semana santa. Ese domingo de Pascuas agarré a Flor, que era chiquitita, y me fui a la Plaza. Sentía que uno tenía que salir con los hijos, que después de todo lo que había pasado había que seguir apostando por la vida.

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Ya instalada la democracia, la entonces abogada comenzó a trabajar junto a Chacho Álvarez. Luego fue “redactora de leyes y decretos” en La Plata, cuando Antonio Cafiero ganó la gobernación de la Provincia, y cuando Menem asumió la Presidencia, se fue al Ministerio del Interior de la Nación con las mismas tareas. “Trabajé mucho”, recuerda.

Inquieta, con el deseo de crecer en su profesión, a principio de los 90 estaba lista para pasar a otra cosa. Su objetivo era ambicioso: el Poder Judicial.

—Había logrado una entrevista con el secretario de un juzgado y me dijo: “Esto es Penal. El juez no quiere mujeres”.

Roqueta volvió a intentarlo.

—Cuando se dio, creo que fue porque estuve en el lugar correcto, en el momento indicado y despierta.

En 1993 juró como jueza del Tribunal Oral Federal número 6, donde ejerció hasta abril de 2016, cuando se jubiló.

El camino no fue apacible. En los primeros años debió lidiar con los prejuicios y las suspicacias de sus colegas por ser mujer, por ser joven, y porque no venía del mismo riñón judicial sino de la política. También con las críticas de los medios que, para pegarle al Gobierno del cual ella era parte, se encargaban de ella.

—Publicaron que era la amante de Corach. ¡Nada que ver! —exclama y ríe como si la sola idea le resultara tan inverosímil como un animal mitológico. —Decían que era una tarada, que no sabía nada. En el momento fue durísimo. Nos pegaban a todos. Y ¡pum!, me pegaron a mí. Clarín me pegó, Página 12 me pegó, Verbitsky ​me pegó. Ellos ponían: “Joven abogada, sin experiencia en el Poder Judicial”. Eso fue lo que más me costó: que me reconocieran. Ser la única mujer, y jueza. Fácil no fue.

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La causa conocida como “Plan Sistemático” entró a su tribunal por sorteo. Videla había sido juzgado y sentenciado a reclusión perpetua en el Juicio a las Juntas de 1985. En diciembre de 1990 Carlos Menem indultó a todos los condenados. Ese decreto se sumaba a las leyes de Obediencia Debida (1987) y Punto Final (1986), pero esas leyes no incluían las causas por robo de bebés, y las Abuelas de Plaza de Mayo no descansaron hasta demostrar que había habido un plan sistemático para apropiarse de los niños nacidos en cautiverio.

—Era un tema que en el juicio de 1985 no se había podido probar porque todavía no había información suficiente  —explica Roqueta—. Después, en 2003, 2004, cuando se anulan las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y se reabren las causas, Videla es investigado también por otros casos. Nosotros le dimos 50 años que era el límite por esos delitos, pero teníamos que unificar la condena con la causa original, entonces fue perpetua.

—¿Qué recordás del juicio?

—Para mí fue mucho, mucho, trabajo. Era importante contar con un buen equipo, con mucha empatía, que entendieran qué estábamos haciendo. Y hacer un juicio como se hacía cualquier otro: con las mismas garantías y la protección de los imputados, y de las víctimas. Mantener la objetividad al máximo. Difícil.

Roqueta, mujer menuda, de modos amables pero enérgicos, recuerda que los condenados nunca mostraron arrepentimiento: “No, ninguno. Videla reivindicaba todo y negaba el robo de bebés. Sí se hacía cargo de las órdenes que había impartido. Como soldado decía que era responsable de lo que había pasado: ‘Una guerra infame pero guerra al fin’”. También recuerda que siempre le hablaron con cordialidad y respeto: “Todos. Videla era militar así que era conocedor de la jerarquía. Y la jerarquía la tenía yo. Y encima era una mujer” —dice y ríe.

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Desde que está jubilada disfruta de no tener horarios y aprovecha su tiempo para hacer yoga, salir con amigas, pasar tiempo con su hija, ver maratones de Friends en Netflix, escribir y viajar.

Aunque no extraña el ejercicio de la profesión sigue atenta las causas que ocupan la agenda nacional. “No, no me puedo desconectar. Tantos años trabajando y marcando una jurisprudencia de protección de las garantías procesales y ahora veo cosas que me indignan muchísimo.” Cree que la Justicia argentina tiene agujeros profundos.

—Da la sensación de que es algo sucio, corrupto y alejado de la sociedad. No es así en todos sus sectores, pero esta es la imagen que se tiene. Y la estructura es un desastre. Creo que como en su momento fue política de Estado avanzar con los juicios de lesa humanidad, debería haber un acuerdo para armar una Justicia que sea creíble y accesible. Eso es lo más importante: que cualquier persona que pise este país tenga un acceso sencillo.

Respecto a la condena a Jorge Rafael Videla (que falleció el 17 de mayo de 2013 a los 87 años y mientras estaba detenido en el penal de Marcos Paz) Roqueta señala:

—Lo que tratás de decir al final es: “Hice un juicio justo”. Me quedé muy tranquila porque era una sentencia recontratrabajada. Decir “hacer justicia” es algo muy fuerte, una trata de administrar de la mejor manera.

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El 24 de marzo de 1976, cuando se despertó, su madre le dijo que había un golpe de Estado. Roqueta se puso a llorar. Tenía 22 años.

Estaba en tercer año de Derecho. El 23 de marzo, en la facultad, el ambiente era denso. El golpe se palpitaba fuerte. El 24 a la mañana fue a la oficina de la empresa constructora donde trabajaba como administrativa, en el centro porteño.

—Estaba aterrada. Siempre me acuerdo que uno de los jefes que trabaja ahí como tesorero me dijo: “Aprendé a mirar a la gente que camina por la calle. Vas a ver que van con la cabeza baja”. Empecé a prestar atención y era cierto. “Cuando vos ves que la gente comienza a caminar con la cabeza baja estamos muy pero muy mal”.

Hoy, 24 de marzo de 2019, María del Carmen Roqueta va a ir a la Plaza de Mayo. A marchar.

Actualidad | 14 de marzo de 2019

Ilustración: Pablo Domrose

Y parirás como quieras: quiénes son y en qué consiste el oficio de las doulas

Partos traumáticos, cesáreas innecesarias, episiotomías porque sí, ambientes hostiles, agresiones del personal médico, bebés saludables arrebatados de sus madres al nacer para ser inmediatamente pesados, medidos, pinchados. En épocas de luchas y conquistas femeninas en todos los frentes, cada vez son más las mujeres que, alertadas por estas historias que circulan en medios y redes o por malas experiencias propias, eligen tener lo que se denomina un “parto respetado” o “humanizado”. Estas situaciones hicieron resurgir un oficio ancestral que la asepsia de la ciencia y la medicina había desplazado: las doulas.

“Doula quiere decir esclava o sirvienta, en griego. En la antigüedad, era la que sabía todo lo referente al embarazo, al parto, al posparto, a los cuidados del bebé, era la empleada más importante de la casa”, dice Melina Bronfman, una de las fundadoras de Doulas de Argentina —organización que surgió en 2007 y ofrece formación a mujeres que quieren ejercer este oficio—. Hoy, explica, el término adquirió otro significado: es una mujer que, en la mayoría de los casos, ya transitó la experiencia de la maternidad y se pone al servicio de otra porque sabe exactamente qué es lo que está experimentando y qué es lo que necesita: el apoyo permanente, la transmisión de sabiduría.

Yo creo que las doulas resurgieron a partir de que el parto se institucionalizó. En los años 50, 60, las mujeres acompañaban a otras mujeres sin tener este nombre”, cuenta Bronfman. “Nuestra filosofía —agrega— se basa en respetar la fisiología del parto que es bellísima, que es placentera, que es sencilla y que permite tener una experiencia muy fortalecedora en la salud y las emociones tanto de la madre como del bebé que nace. Si bien cada vez más mujeres eligen doulas hay muchas que no saben que existen y esto tiene que ver con la posibilidad de acceder a esa información. Hay parturientas que en un hospital público reciben el acompañamiento de una doula y creen que es como un hada madrina que apareció de la nada, no saben que están teniendo la asistencia de una mujer formada especialmente para eso”.

Bronfman dice que en algunas clínicas privadas y en el Hospital de Morón ya se incluye a las doulas como parte del equipo que se ofrece a la futura madre y que cada vez son más los obstetras que reconocen el valor de su presencia en el parto. “Admiten que da un resultado altamente positivo que no va en desmedro de su labor sino todo lo contrario. Las mujeres que tienen el acompañamiento de una doula suelen tener un recuerdo hermoso de su parto”.  

No todas las doulas tienen una mirada tan optimista respecto a la relación con el personal médico: “Hay muchos que no nos reconocen porque no tienen en claro cuál es nuestra función, lo que hace que sea muy difícil realizarla”, dice Magalí Saban, doula desde hace dos años. “Nuestro rol es acompañar a la mujer embarazada, estar presente brindando información, confort físico, emocional, espiritual, contención. Una doula no es un partera ni la suplanta, no realiza tactos, no puede medicar ni determinar ninguna situación clínica de la madre o el bebé. Para nosotras lo importante es que las mujeres, con su pareja y su entorno, se sientan cuidadas y respetadas en sus tiempos que es es algo que no sucede porque los ritmos del sistema de salud son otros. Pienso que de ahí viene nuestro rol: como hay tanta saturación en clínicas y hospitales surge esta necesidad de una persona que acompañe de otra manera y llene ese vacío que los médicos no cubren. Hay parteras que sí se comportan así y ejercen el rol de doulas pero no son la mayoría”.

Foto: Pexels.com

Magalí Saban y Jésica Endelman: la historia de un acompañamiento

Saban se convirtió en doula a causa de una propia mala experiencia. Madre de cinco hijos, su primera niña nació por cesárea cuando ella deseaba un parto natural y no había habido ninguna irregularidad en su embarazo ni al momento de dar a luz. “Nunca me explicaron los motivos. Después de casi nueve años me atrevo a decir que sufrí violencia obstétrica. Cada vez escucho más casos de mujeres violentadas en sus partos. Por lo general no nos damos cuenta en el momento sino con el correr del tiempo, cuando recordamos y decimos: ‘¿Qué pasó?, ¿cuánto tiempo hubo entre que comenzó el trabajo de parto y la cesárea?, ¿por qué no me dejaron decidir?’. Aunque mi hija nació bien y yo físicamente estaba bien, a nivel emocional me costó mucho sanar”.

Luego de eso conoció a un nuevo equipo médico de obstetras y parteras que, sin llamarse doulas, realizaban un acompañamiento constante durante el embarazo y el parto. Junto a ellos tuvo a sus otros cuatro niños. “Cuando tuve a mi segunda hija descubrí la verdadera manera de parir. Iba mucho más allá del parto vaginal, pasaba por sentirme acompañada; ellos me contuvieron, estuvieron al lado mío. Después de vivir esa experiencia dije: ‘Quiero hacer esto mismo con las mujeres, que sepan que tienen esta posibilidad, que son ellas las protagonistas’. Entendí la importancia de conocer nuestras debilidades, nuestros miedos. La información es una forma de empoderar a esa mujer que va a traer a su hijo al mundo”.

Saban realizó una formación con profesionales de la organización DONA International, una institución líder en capacitación de doulas que vino a impartir cursos en Buenos Aires. Y al poco tiempo comenzó a acompañar embarazos y partos.

Jésica Endelman es mamá de tres. Después de haber tenido su primer hijo con la ayuda de un médico que no respondía sus inquietudes y la trataba con soberbia, y volver a elegirlo porque era un profesional de renombre, el célebre obstetra la abandonó en medio de un trabajo de parto prematuro.

“Empecé con contracciones casi dos meses antes de la fecha. Cuando fui a la clínica y llamé a mi médico para avisarle me dijo: ‘Yo no voy y tampoco llames a la partera’. Le pedí que por favor viniera. Volvió a negarse. Habló con el médico de guardia y le dijo: ‘Metela en una ambulancia y que me la traigan’. Él le respondió que no, que yo ya estaba con dilatación completa. ‘Yo no voy a ir, atendela vos’, le dijo. El doctor de guardia me intentó tranquilizar: ‘Te voy a atender. No hay anestesista ni partera así que vamos a estar tu esposo, vos y yo. Todo va a estar bien’”.

Endelman tuvo a su segundo hijo prematuro, con un médico que no conocía, y llena de angustia. Cuando se embarazó por tercera vez, sintió miedo: “Mi revolución emocional tenía que ver con lo que había pasado con mi segundo hijo, me preguntaba por qué había tenido un parto prematuro si todo había estado bien y qué podía hacer para que no volviera a pasar. Estaba muy trabada en ese cuestionamiento. Es ahí donde entra Maga [Saban]”.

Jesica ya conocía a Magalí y empezó a encontrarse con ella para que la acompañara en la última etapa de su embarazo.

“En las reuniones charlamos mucho. Yo tenía un nudo que ella me permitió destrabar. Pudimos ponerle nombre a los miedos, a las sensaciones, a las culpas, a toda esa carga tan pesada que me había puesto encima —‘qué hice yo para tener un parto prematuro; en qué fallé; en qué no me cuidé’—. Con ejercicios de yoga, de respiración, de meditación, me acompañó a conectarme con el embarazo, con el bebé, a imaginarme cómo podía ser su llegada. También hicimos ejercicios para aliviar los dolores de la panza, del peso, de la postura. Y me ayudó a atravesar las contracciones de una manera consciente, a que el dolor no me frenara sino que me acompañara, que fueran herramientas para darle la bienvenida a mi bebé”.

Para Endelman la experiencia fue inigualable: “Tener una doula en el embarazo implica una conexión, es la energía que fluye entre dos mujeres que se cuentan sus vivencias. El acompañamiento tiene que ver con la posibilidad de que una par te comparta su información, te brinde su fuerza y la hagas propia. Te permite conectarte con uno de los estados más hermosos y te ayuda a transitarlo con mucho amor, con recursos físicos, espirituales y emocionales. También es parte de un proceso íntegro que tiene que ver con empoderarte, con vivir la maternidad en forma consciente en cuanto a la alimentación, la crianza, lo emocional, lo espiritual”.


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Mitos y prejuicios

Ni asisten únicamente partos domiciliarios o acuáticos, ni suplantan a las parteras o a las parejas. Las doulas acompañan nacimientos donde las familias lo deseen siempre que haya presencia médica y que “las condiciones estén dadas para que se desarrolle de manera cuidada y protegida, sin riesgos y bajo normas lógicas”, afirma Saban. Pero aunque cada vez sea más frecuente escuchar que diferentes mujeres escogen transitar el embarazo en su compañía y optan por diversas formas de parir, todavía son muchos los mitos y las suspicacias que despierta salirse del paradigma cristalizado del nacimiento: el de la institución, el de la asepsia clínica.

Stella Bin deseaba ser madre pero no quería parir en un hospital, les tenía fobia a las instituciones médicas. Primero, encontró un equipo de obstetras y parteras que, sin llamarse doulas, hacían partos respetados. Después, empezó a buscar un hijo. Cuando contaba que quería tenerlo en su casa las reacciones eran: “¡Pero vos estás loca!”; “¡Con todas las posibilidades que tenés lo vas a poner en riesgo!”; “Tenerlo en una clínica es lo más seguro”. Una de las pocas personas que la entendió, porque en otra época había tenido a sus hijos en la casa de la partera, fue su suegra.

Hoy es mamá de dos varones. Aunque hizo todo lo posible para que nacieran en su hogar, por diferentes motivos en ambas ocasiones debieron hacerle cesárea.

“Aunque no fueron partos naturales fueron respetados. El punto es que no te desnuden cuando quieran; que no te rasuren como quieran; que no haya veinte personas opinando mientras vos estás en una situación que es muy personal. Que no te traten con brusquedad. Yo tuve muy buenas experiencias gracias a este acompañamiento y a que tenía una prepaga y podía acceder a eso pero hay relatos terribles. Una mujer debe tener el derecho a decidir cómo parir. Lo que pasa es que la medicina, la ciencia, la esterilidad, atravesó todo. ¿Es necesario pinchar al bebé en los primeros cinco minutos de vida? No, podemos hacerlo cuando esté más fuerte. Mis hijos tienen todas las vacunas. Se puede esperar un poco. Es un momento crítico, de felicidad, de angustia, de miedo y es ahí donde, me parece, tiene que aparecer otra persona, alguien que entienda y que diga: ‘A todas nos pasó. Por esta pasamos y de esta salimos’”.

Beneficios y recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud

Noelia Schulz es doula y codirectora de “Crianza en Brazos: escuela de Porteo”, un lugar que busca “difundir la crianza respetuosa, la comunicación empática y el porteo ergonómico”. Se convirtió en doula después de ser mamá, hace más de seis años. En 2015 realizó una formación con Doulas de Argentina y cuenta que, aunque la mayoría son mujeres que fueron madres, “recientemente en algunas escuelas se ha aceptado a mujeres que no lo han sido e incluso a hombres”.

Schulz asegura que cada vez son más los estudios que arrojan evidencia acerca de los beneficios de contar con una doula durante el embrazo y el parto: “Trabajos de parto más cortos (en un 25% de los casos), menos necesidad de analgesia (en un 60%), menor tasa de cesáreas (en un 50%). Mujeres que atraviesan estos momentos con mayor confianza y autoestima”.

La Organización Mundial de la Salud respalda sus afirmaciones. En 2018 enlistó 26 nuevas recomendaciones “para una experiencia positiva en el parto”. El derecho a decidir cómo controlar el dolor y a rechazar intervenciones médicas innecesarias fueron dos de ellas. Otras, como una “atención respetuosa de la maternidad” y el derecho al “acompañamiento durante el trabajo de parto y el parto” ya estaban incluidas en la Ley 25.929 de parto humanizado que rige en Argentina desde 2004. Sin embargo, en muchos casos, el parto respetado no se respeta. Por eso las doulas son requeridas con mayor frecuencia. Pero, exceptuando el Hospital de Morón donde el servicio es público, solo pueden acceder a ese acompañamiento quienes pueden pagarlo. ¿Qué pasa entonces con las personas que no pueden costear este servicio? ¿Solo quienes tienen dinero merecen respeto? El parto humanizado no puede ser una elección. La violencia obstétrica también es violencia de género.

Para más información comunicate con Doulas de Argentina

Educación | 1 de marzo de 2019

Foto: Aylen Romachuk | Intervención: Pablo Domrose

La historia del docente que creó una radio escolar y está nominado a ser el mejor maestro del mundo

En su foto de perfil de facebook Martín Salvetti está de espaldas, en la playa, relajado en una reposera plegable verde de esas que todavía se sacan a la vereda las noches de verano en algunos barrios bonaerenses. Mira el mar. El horizonte. Las montañas. Un futuro que no adivina. Mira —parece— el banner que anuncia a los 50 maestros nominados al Global Teacher Prize 2019, un premio de un millón de dólares que distingue al mejor del mundo.

Entre ellos está él.

La Escuela Técnica Nº 5 “2 de abril” (o “El Glorioso Industrial de Temperley”, para el barrio) se levanta sobre una vereda ancha que muerde una calle adoquinada de la zona sur del conurbano bonaerense, en el partido de Lomas de Zamora. Es una secundaria de educación técnica, con fachada de ladrillos anaranjados y un cartel azul desteñido en medio de las guardas cuadrillé que forman las ventanas.

—¿Y aprobaste? —pregunta un preceptor a un estudiante que va de salida.

—Ya pasé, papi.

—Disculpá. Martín está en la radio —dice y muestra el camino.

Es 26 de febrero. Son días de mesas de exámen. Adentro, en escalones y en los muros mitad blancos, mitad verde oliva, aparecen palabras como “solidaridad”, “respeto”.

Salvetti —45 años, ojos almendrados, chomba azul oscura y jeans— abre la puerta y estira una sonrisa ancha y noble. Pide un ratito. Dos periodistas esperamos. Adentro, hay más.

Minutos después un hombre calvo, de lentes sin montura, pasa y pregunta si buscamos a alguien. Cuando escucha casi al unísono el nombre de Martín asiente con la cabeza y hace un gesto de obviedad. Es que desde que se supo que está entre los 10 mejores maestros del mundo, este docente de Temperley se convirtió en un rock star de la educación y el desfile de periodistas se volvió frecuente.

La FM 88.5 del Industrial de Temperley es espaciosa. Tiene paredes rojas, cortinas maíz, cuadros con fotos de los estudiantes que la llevan adelante desde 2001 y algunos personajes que pasaron por ahí: Estela de Carloto, Osvaldo Bayer, Teresa Parodi, Juan María Traverso, Adrián Paenza. Un cartel pintado en hoja de cuaderno que pide: “La radio es tuya. Cuidala”. Un mate. Una guitarra eléctrica. Los equipos.

La radio, montada y conducida por los alumnos junto a Salvetti, fue la semilla de este premio que equivale al Nobel de la educación y es otorgado por la Fundación Varkey, una organización sin fines de lucro creada y presidida por el hindú Sunny Varkey —hijo de profesores— con la misión de reconocer a los mejores maestros del mundo. En 2014, luego de realizar un estudio internacional sobre el estado de los docentes y la educación que arrojó resultados desalentadores, Varkey fundó el Global Teacher Prize: un premio que se entrega anualmente y busca destacar el trabajo de los educadores, motivarlos y elevar la profesión.

En esta edición participaron 10.000 candidatos de 179 países. Entre los mejores 50 hubo dos argentinos: Martín Salvetti y María Cristina Gómez, profesora de Historia, santafecina. Salvetti luego pasó a estar en el “top 10”.

Cuando lo llamaron para contarle se puso a llorar.

—Fue el 13 de diciembre… 1ro de diciembre… No: 27 de noviembre. Ya no sé ni el día que es. 27 de noviembre me enteré. Estaba trabajando con un grupo de mecánicos y me llamó el presidente de la Fundación Varkey, me dijo: “Martín sos uno de los 50 maestros del mundo”. Ahí me hizo un click la vida.

Además de ser docente del Industrial, Salvetti está a cargo de la Dirección de Automotores del municipio de Lomas de Zamora. Cuando recibió la noticia estaba hablando sobre una reparación con el jefe de taller y los mecánicos.

—Es muy difícil que yo atienda una llamada de un número que no conozco, nunca me imaginé que me llamaban para eso.

Debía guardar el secreto hasta el 13 de diciembre, cuando la Fundación lo haría público. No aguantó. Se lo contó a su esposa Analía, a sus hijos Juan y Agostina, de 12 y 15 años, y al director de la escuela Héctor Deluca. No podían creer lo que estaba pasando.

—Que ahora la escuela esté en el mundo es… ¡Guau! Yo tengo que estar tranquilo —dice Salvetti como una autoimposición—, yo no tengo que estar revolucionado porque soy profe de acá y tengo muchas responsabilidades. No quiero sacar los pies de la tierra.

—¿Cómo fue la postulación?

—Una colega tuya hizo unas entrevistas sobre mi trabajo y me dijo: “Martín dale, presentate”. Cuando vi las bases, me pareció mucho. La postulación cerraba el 23 de septiembre y el 26 no la había hecho. Informé que no había llegado y me dijeron: “Justo dieron una semana más para la inscripción, así que tenés que participar sí o sí”. Me senté [a completar la aplicación] y hoy estoy acá. Siempre jugando al límite: si terminaba el 1 de noviembre la debo haber entregado el 31 de octubre. No. 1 de octubre o 30 de septiembre. Por ahí.

Salvetti vuelve a enredarse entre los días. Es que desde mediados de diciembre todo fue vertiginoso, como si hubiese sido arrasado por una ola brava que lo arrastra, se vio acosado por entrevistas, llamados, cámaras y periodistas. Lo que le sucedió los últimos meses recuerda al personaje que interpreta el actor italiano Roberto Benigni en la película de Woody Allen A Roma con amor: un ciudadano de a pie que un día se despierta y es una celebridad acosada por la prensa que quiere saber hasta qué comió en el desayuno. Algo similar experimenta Salvetti en este momento. A diferencia del personaje de Benigni, él sí sabe por qué.

En el principio quiso ser otra cosa. Pensaba que de grande se convertiría en médico, hasta que se rompió una pierna jugando a la pelota, vio su propia sangre y se desmayó. “Ahí dije: ‘No. Médico no’” —recuerda y ríe—. Después quiso ser periodista. En el medio, se interesó por la educación técnica. Y así fue que ingresó al Industrial de Temperley como alumno en 1986. Ahí surgió su amor a la radio.

—El otro día lo recordamos con Sebastián Uslenghi, que fue conductor de Radio Disney y también es exalumno de la escuela. Teníamos un amigo al que le iban a hacer un trasplante de hígado, entonces hicimos una campaña para juntar fondos y fuimos a visitar una radio de la comunidad. Fue la primera vez que hablamos al micrófono. Él dice que ahí a los dos nos picó el bichito. Y capaz tiene razón. Capaz que ahí empezó.

Martín nació en Temperley, a pocas cuadras del Industrial.

—Vivía acá, a diez cuadras. Mi papá era ferroviario, falleció cuando yo estaba acá, en quinto año. Mi mamá fue preceptora en esta escuela cuando yo era estudiante. Tengo un hermano que se llama Hernán, también exalumno. Tengo mucho sentido de pertenencia, soy un agradecido a este lugar.

Acá. La vida de Martín está acá. Su acá, siempre, es la escuela.

—Permiso, Martín, buenas tardes —irrumpe una chica rubia. Hay una señora de Radio Nacional que quiere saber si puede hablar con vos, para el jueves, quiere que vayas.

—El jueves estoy en Mendoza. Dejá. Que se comuniquen conmigo, si no los van a volver locos a ustedes. Que no llamen a la escuela, así no los molestan. Que me escriban por redes sociales o algo. Gracias, Carlita.

Salvetti recuerda una infancia feliz: “dos padres fantásticos”, jugar a la pelota en el barrio “en cualquier campito” y con los autitos en la vereda. Una infancia de muchos amigos. De ir a la cancha con su papá.

Ferviente hincha de Temperley cuenta que ayer jugaron contra Ferro. Que en el medio del partido le hicieron un homenaje y le entregaron una camiseta. Que después de sus dos hijos fue el premio más importante de su vida.

En 1992 egresó del Industrial como Técnico en Automotores. Trabajó poco tiempo en una empresa chilena de seguros y en Coca Cola. Y un año después, en 1994, volvió a la escuela, de donde no se iría jamás. Primero fue preceptor: tenía 21 años y la necesidad de pagarse los estudios universitarios. Y mientras estudiaba periodismo —primero en la Universidad de Lomas de Zamora, después en la Escuela Superior de Ciencias Deportivas de Fernando Niembro y Marcelo Araujo— hacía una capacitación docente para obtener un título base de enseñanza en escuela técnica. Ahí descubrió que eso era lo que quería hacer. Los años de preceptor se fusionaron con los de profesor. Hoy es jefe del Área de Automotores, tiene a cargo la formación profesional de adultos, el turno noche en el taller mecánico del municipio y está al frente de dos proyectos: el de radio y otro llamado “Un carro por un caballo”, una iniciativa que lleva adelante con el apoyo de la Municipalidad de Lomas de Zamora desde 2015. Consiste en restaurar, en los talleres de mecánica para adultos, motos que fueron incautadas y luego ensamblarlas a un carro diseñado por alumnos de herrería. Estos nuevos vehículos son entregados al municipio que a su vez se los otorga a cooperativas de cartoneros y a carreros a cambio de sus caballos. El objetivo es disminuir la tracción a sangre.

Ambas actividades le valieron la nominación. Pero su corazón está en la radio que empezó en el 2001: “En medio de la crisis socioeconómica del país, con el equipo directivo y docente pensamos que teníamos que hacer algo para que el chico esté acá, en la escuela. Evaluamos que la radio es una herramienta que permite leer, comprender textos, expresarse. Como yo estudiaba periodismo el director me dijo: ‘Hacete cargo y llevalo adelante’. Arrancamos al lado del baño, un día se nos llenó de agua porque se rompió un tanque. Entonces pedimos que nos cedan este espacio, que era la sala de profesores. Lo fuimos ampliando y con ayuda de la Universidad de Lomas y gracias a haber ganado un premio al mejor proyecto educativo en una convocatoria de la Fundación YPF, en 2007, la equipamos y la abrimos a toda la comunidad. Y esta es nuestra FM. Hoy no porque tenemos cortes de luz y no quiero que se me queme el equipo al inicio de clases, pero después, cuando empecemos, cualquier vecino sintoniza la 88.5 y escucha la radio de la escuela”.

Así, una institución que se especializa en herrería, mecánica y automotores consiguió obtener la primera radio de una escuela pública en zona urbana.

—Y hoy el trabajo nos dice que no estábamos equivocados.

Para fundamentar su afirmación Salvetti recurre a lo divino:

—Pensemos que el Papa Francisco es técnico químico. El técnico tiene mucha relación con todo porque trata de resolver y plasmar con sus manos lo que pretende hacer.

Foto: Aylen Romachuk

El 24 de marzo se celebrará en Dubai la ceremonia de premiación. Los diez finalistas viajarán y se enterarán allí mismo quién se convertirá en el mejor maestro del mundo.

En estos días de expectativa Salvetti cierra los párpados gruesos y dice que él ya ganó. Que recién ahora está disfrutando de lo que le pasa. Que no le gusta la exposición y quiere salir de los medios. Que lo hace para visibilizar a su escuela y la educación pública que se desvaloriza tanto. Que al maestro hay que valorarlo más que distinguirlo. Que el horizonte es la educación de los pibes. Que no quiere el millón de dólares, que su único sueño es que sus hijos puedan viajar con él a los Emiratos, algo que no cree poder lograr. Que ese sería el premio más importante de su vida.

No puede imaginar la noche de la gala. La piensa tan extraña como si viajara a otro planeta: “Qué se yo. La verdad que no sé. Creo que van presidentes del mundo. Doy una master class, una clase allá en Dubai. Por ahora no estoy preparado. Estoy acá: tratando de resolver las mesas de exámenes y la inscripción de formación profesional para adultos”.

Cuando no está en su acá, la escuela, Salvetti se dedica a sus Bonsai —tiene 250 árboles que son, dice, su cable a tierra—; va al club; a comer con amigos: “Asado. Siempre. Ahí sí soy el número uno”.

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Sociedad | 11 de febrero de 2019

Foto: Cmax Foundation | Intervención: Pablo Domrose

Es argentino, creó un refugio para desplazados, y hoy lo lleva al mundo entero

En medio de la crisis de 2001, mientras vivía en una clínica abandonada sin dinero para comer, Nicolás García Mayor, diseñador industrial bahiense, ideó un refugio instantáneo para víctimas de catástrofes naturales y refugiados y se convirtió en uno de los Diez Jóvenes Sobresalientes del Mundo. En ese momento tenía 23 años, y esta es su historia.

“Hoy voy a recibir a mi próximo invitado con mucho orgullo”. Es noviembre de 2016. Es Buenos Aires. Susana Giménez se levanta del escritorio acomodándose la cadenita que adorna, a modo de cinto, el vestido de leopardo en el que está enfundada. Se contonea hasta su afamado living.

“Él está sentadito ahí, es amoroso. Se trata de Nicolás García Mayor. Él es una de las personas que nos devuelve la esperanza de un futuro mejor”—completa la diva al sentarse en el sofá.

Es mayo de 2017. Es Washington. Sulema Salazar, conductora de Telemundo 44, una estación que ofrece noticias para la comunidad de habla hispana, interpela a su colega: “Hoy Valeria Barriga nos presenta un reportaje especial titulado ‘El refugio de los sueños’. Pero Valeria, ¿quién está detrás del refugio de los sueños?”. “Pues fìjate que en este caso es un argentino. Su nombre es Nicolás García Mayor, él ahora reside aquí en la capital y ha tenido reconocimientos a nivel internacional por su trabajo humanitario. Y fìjate que ahora nos presenta una idea que podría ser la solución para un problema mundial que nos concierne a todos —responde Barriga y da pie al video de su reportaje con el diseñador.  

Presentaciones idénticas se repitieron en la pantalla de la CNN; en la de TN. En el país del norte y en el del sur.

Foto gentileza de Cmax Foundation

En todas García Mayor (40) agradece —modesto— los elogios de los periodistas impresionados, recibe los aplausos e intenta salir del lugar sacro en el que queda encallado. Dice cosas como: “Mi objetivo es resolver un problema social”. “Fui a una universidad pública y quiero dejar algo a mi país que me permitió estudiar gratuitamente”.“Las cosas no son imposibles, no hay que bajar los brazos”. “Agradezco, por todo, a dios”.  El reportero de la CNN se quiebra. El lugar sacro, crece.

En el mundo hay 70 millones de refugiados y desplazados. Personas que huyeron de su tierra para salvarse. De la violencia. De las persecuciones. Del hambre.  

En el mundo hay robots con inteligencia artificial. Automóviles recargables. Impresoras 3D. Embriones fabricados sin óvulo ni espermatozoide. Pero cuando una catástrofe natural sacude el suelo no hay frazadas suficientes.

Con voluntad animal y tenacidad de acero, el diseñador industrial Nicolás García Mayor pone su trabajo al servicio de una meta: equilibrar las prioridades.

“La mía es la historia de un pibe común”, dijo en una de sus tantas notas a la prensa.

De mirada azul, prolijidad soberbia —traje gris oscuro, camisa negra brillante, pañuelo de bolsillo rojo — Nicolás García Mayor se acerca con sonrisa perfecta y aire de empresario. Es octubre de 2017, estamos en el Centro Cultural de la Ciencia donde se desarrolla el Mercado de Industrias Creativas de Argentina en el que en minutos liderará un conversatorio y brindará una masterclass titulada “Diseño centrado en las personas, el Diseño Urgente”. Ahora apura un café y le abre un agujero a su horario comprimido para conversar.   

—Disculpá que te haya mandado la información por mail pero tengo poco tiempo. Yo tengo otra forma de relacionarme con la gente —dice en tono de disculpa sincera y deja expuesta la calidez provinciana bajo el barniz de la presencia almidonada y la ropa formal. Como si en su acento sencillo, despreocupado, se trasluciera todo su ser: el pibe común que nació en Bahía Blanca, hermano del medio de una familia de pasar modesto. Padre colectivero, madre costurera.

El pibe común con curiosidad feroz que disfrutaba de desarmar cosas para ver cómo funcionaban y destripaba caracoles para saber qué tenían dentro. El que a los 12 años quería ser DJ, no tenía dinero para equipos e inventó una mezcladora de sonidos, luces y efectos con la cual musicalizó fiestas del colegio y casamientos. El que deseaba ser el primer universitario de la familia. Y no soltó su meta. Nunca.

Cuando terminó la secundaria Nicolás se mudó a la capital bonaerense para estudiar Diseño Industrial en la Universidad Nacional de La Plata. Para pagar el alquiler hacía las tareas de mantenimiento del edificio en el que vivía y preparaba hamburguesas en el buffet de la facultad. Pero en medio de la crisis de 2001 los amigos con los que compartía departamento se fueron. Eran días imposibles. Días sin dinero ni lugar para vivir. Fue entonces que empezó a diseñar gratis para el dueño de una prepaga a cambio de que lo dejara quedarse en una clínica que tenía abandonada. Un sitio enorme y sucio, sin luz ni agua caliente, que el bahiense no solo acondicionó sino que convirtió en un comedor comunitario para casi 200 personas.

Foto gentileza de Cmax Foundation

En una vieja sala de radiología como habitación, usando los cuartos más fríos como heladera y colgado a la luz eléctrica de un local vecino cursó sus dos últimos años de carrera y diseñó, con restos de basura y lo que encontró a su alcance, su tesis de grado: un refugio instantáneo para víctimas de desastres naturales y migrantes que podía ayudar a millones de personas. Una casa desplegable de polipropileno, aluminio y poliéster que se arma en once minutos y se convierte en una pequeña vivienda equipada con los enseres necesarios para acoger a diez personas. Plegado es un cuadrado de 80 centímetros. Lo bautizó Carlos Maximiliano, como su hermano menor. Entonces no lo sabía —no tenía cómo—, el mundo lo conocería como C-Max System.

Nicolás se graduó con diez. Su hermano mayor, Sebastián, vivía en España y en los días que no tenía para comer había soñado con unirse a él, tener su propio estudio en Barcelona y trabajar para Renault. Se fue con 20 euros en el bolsillo. Un mes después era empleado de la titánica fábrica francesa de automóviles y comenzaba a levantar su emprendimiento. Trabajó en Europa y Emiratos Árabes. Tuvo el mismo traductor que Maradona en Dubái. Diseñó espacios y objetos de lujo para Jaguar, Volvo, BMW, Audi, Coca Cola, Google, Facebook. Fue multipremiado a nivel mundial. A los 23 años tenía una casa frente al Mediterráneo. Pero decidió volver a su principio.

En Bahía Blanca abrió Ar estudio, una empresa de diseño exitosa. “Pero cuando tuve todo me di cuenta de que no tenía nada”, dice.

Había pasado más de una década de la creación del refugio cuando, en 2013, el proyecto fue escogido por la Cancillería argentina para participar del Foro Internacional para el Desarrollo de la Ayuda Humanitaria, en Washington. Y su vida dio un vuelco. El C-Max System —como lo presentó— dejó pasmados a los representantes del mundo y le pidieron que lo presentara en la Asamblea General de la ONU, ese mismo año.

—Fue histórico. Nunca habían llevado a esa instancia a un emprendedor de Argentina, que además no hablaba inglés. Nada —subraya.

“Inglés: very difficult” —bromeó con Susana recordando la frase que consagró Carlos Tevez—. “Me falta jugar bien al fútbol, ese es el problema”.

No fue necesario.

Foto gentileza de Cmax Foundation

Semanas antes de dejar atónitos a los gobernantes del planeta en Nueva York “sin saber decir ni hola” en la lengua universal, el Papa lo invitó al Vaticano. Su proyecto también lo había deslumbrado. En 2014, a sus 35, Nicolás fue nombrado por Naciones Unidas como uno de los Diez Jóvenes Sobresalientes del Mundo por su contribución a la niñez, la paz mundial y los derechos humanos. Dos años después el Gobierno de Barack Obama le otorgó la residencia permanente como Brilliant Talent por su labor en el campo de la innovación humanitaria.

Decidido a apostar todo por lo que se convirtió en el proyecto de su vida cerró su empresa, vendió sus cosas, besó a su familia y se mudó a Washington.  

—“Hay que quemar las naves”, dije. “Es ahora o nunca”. Sentí realmente que todas las cosas que me habían pasado no eran para decir: ‘Mirá lo que hice’, si no que me guiaban: ‘Mirá, estas puertas se están abriendo para que ayudes a la gente’.

En 2016, a dos cuadras de la Casa Blanca, abrió las primeras oficinas de Cmax System Inc., desde donde trabaja para fabricar los refugios a escala mundial. Su objetivo es conseguir que cuesten lo mismo que una carpa. También creó Cmax Foundation, una fundación destinada a atender las necesidades de aquellos lugares que fueron afectadas por catástrofes naturales.

—Queremos hacer una tarea más amplia, no solamente proveer refugios sino reconstruir un puente, armar una escuela, hacer obras a largo plazo. Sembrar en el camino otra visión.

Foto gentileza de Cmax Foundation

Aunque extraña a la familia y el flan con dulce de leche, dice que está feliz con la vida que eligió. Y en eso tiene que ver la fe.

—Soy bastante cristiano, entonces llevo esa alegría de haber cambiado cosas materiales por situaciones que estoy vivenciando y quedan marcadas en mi pasaporte, en los viajes que hago y en la gente que conozco. Eso para mí es lo más importante. Cada cosa que hago trato de agradecerla, más allá de que sea duro: recorro campos de refugiados, veo niños con heridas de bomba que no me puedo sacar de la cabeza. Chicos que quedaron solos en el mundo. Miles de personas buscando a sus familias. Cuando vivís esas situaciones, decís: “Cómo puede haber gente que se pelea por cosas estúpidas. No entienden la realidad del sufrimiento”. Yo lo veo, me duele y trato de convertirlo en algo bueno, trato de ser feliz con cada cosa, las más simples.

En 2007, su hermano Sebastián murió de cáncer. Nicolás se juró que con lo que le quedara de vida haría algo “que valiera la pena”.  

—En una de las notas que me pasaste decís que “para hacer las cosas bien, la única ruta es la larga”.

—Sí, olvidate. No conozco otra. No sé si es porque soy un desastre buscando rutas —ríe.

Con los años Nicolás se dio cuenta de que desarmaba caracoles para ver cómo funcionaba la “casa móvil” que llevaban, en la que se refugiaban. Quizás la ruta comenzó ahí. En su principio.