Cómo convivir con tus muertos: el trabajo de los psicólogos especializados en duelo | RED/ACCIÓN

Cómo convivir con tus muertos: el trabajo de los psicólogos especializados en duelo

La fundadora de Aiken, única ONG del país dedicada al acompañamiento psicológico de niños, niñas y adolescentes en duelo, y las terapeutas que integran En Duelo, un equipo que acompaña a familias a transitar pérdidas, cuentan qué recursos utilizan para ayudar a atravesar estos procesos y concebir a la muerte como lo que es: parte de la vida.

Ilustración: Pablo Domrose

Este contenido contó con participación de lectores de RED/ACCIÓN

El año pasado llegó al consultorio de Fabiana Camer —psicóloga especialista en duelo y fundadora del equipo de acompañamiento para personas que atraviesan una situación de pérdida, “En duelo”— Juan Salvador Martínez, un hombre de más de 80 años que acababa de perder a su compañera de toda la vida.

Él le había pedido a su familia que lo llevaran a terapia al ver que solo no iba a poder con el dolor. El recurso que encontró para procesar la tristeza fue escribir la historia de amor de ellos dos. Ese texto que comenzó como terapia se transformó en un libro grueso titulado Solo pienso en tí, que Martínez publicó y presentó en el salón de actos de una escuela de La Emilia, una localidad del partido bonaerense de San Nicolás que limita con la provincia de Santa Fe. El libro, también incluye al final una recomendación para otros viudos en duelo. 

El acompañamiento de Fabiana le permitió transitar esa etapa y convertir el dolor en algo más.

En nuestro país, donde mueren 822 personas por día (según una estadística de 2016), muchos necesitan ese tipo de contención. Hay profesionales que se ocupan de brindarla y se especializan en diferentes poblaciones y edades.     

Aiken es la única ONG de Argentina que se dedica al acompañamiento psicológico de niños y adolescentes en duelo.

Todo comenzó en Aldana Di Costanzo, quien también fue una niña en duelo. Su padre, Gerardo, murió de cáncer cuando ella tenía 6. En su adolescencia, también murió su padrastro, quien había sido pareja de su madre tiempo después de quedar viuda. Cuando creció “y no casualmente”, dice, estudió psicología. Un día, leyendo a Elisabeth Kübler Ross —psiquiatra y escritora suizo-estadounidense, y una de las mayores exponentes en el mundo de la muerte y los cuidados paliativos—, la atrajo lo que la especialista contaba acerca de cómo trabajaban en otros países con niños en duelo. Ahí, lo supo: “¡Qué bueno que está esto! Quiero hacer algo así, acá”. 

Foto: gentileza Aiken

Empezó a indagar qué cosas similares se estaban haciendo en la Argentina para poder sumarse como voluntaria. La búsqueda fue ardua e inútil: no había nada parecido de este lado del mundo. 

“Y ahí decidí crearlo. Ahora miro para atrás y es una locura lo que hice”, asegura.

Entonces era 2008 y Aldana tenía 25 años.

Empezó sola con su idea. Como quiso involucrarse de lleno en el tema entró como voluntaria a una unidad de cuidados paliativos del Hospital Tornú, donde se empapó de los por mayores y menores de la muerte y del acompañamiento del duelo. Ahí conoció a una psicóloga a la que le comentó su proyecto y le contagió el entusiasmo. Después pasó lo mismo con otro psicólogo. Fueron tres. Después 15. Hoy, 11 años después, son 45. La mayoría psicólogos y psicólogas. La mayoría, voluntarios y voluntarias. Y reciben a alrededor de 130 niños, niñas y adolescentes. 

"Siempre puede salir el sol"

“Aiken significa 'vida', en lengua mapuche y tehuelche. Porque la idea es resignificar la vida de los que quedan después de una muerte tan importante”, explica Di Constanzo, y cuenta que al nombre lo pensó junto a su madre. 

La vida habita todos los rincones de la inmensa casa donde funciona la fundación. Blanca, luminosa, de techos altos, con un patio inundado de sol y muros sembrados de carteles, mensajes y mariposas de colores —el logo de Aiken, que tiene que ver con la transformación que implica el duelo— con frases, sentimientos y emociones escritas por los niños, niñas, adultos y adultas. 

Al entrar se ve una cartelera con fotos del equipo, algunos anuncios, y la voz de uno de los niños diciendo qué es “lo que más me gusta de Aiken” y dando “un mensaje para otro niño en duelo”. Al fondo de la casa, tras una puerta blanca con un cartel que anuncia “acá descargamos nuestras emociones con cuidado”, se abre una sala tapizada de goma eva de colores, flota flotas, colchonetas y texturas para descargar las emociones “de manera saludable, cuidada y conducida”. 

Es un lugar donde se habla de la muerte, lleno de vida.

“Todo el tiempo trabajamos con el arte, con el cuerpo, con la música, con la lectura y con dinámicas que tratan el tema del ser querido fallecido o de las emociones en general”, explica Aldana. 

El punto fuerte de la organización es el acompañamiento psicológico a niños, niñas y adolescentes por la muerte del padre, la madre o los hermanos, y de los adultos que quedan a su cargo. Aunque al ver otras necesidades, también abrieron un grupo de adultos en duelo por muertes de hijos, y uno reciente de jóvenes en duelo.

Al ingresar, los participantes se dividen según edades y asisten a encuentros quincenales en los que trabajan ellos por un lado y, en simultáneo, en otra sala, sus familiares a cargo. Al finalizar tienen un espacio para compartir todos juntos. Cada dos semanas el encuentro es con el mismo grupo de pares, de este modo niños y adultos van estrechando lazos. Y, de ser necesario, además de ese espacio grupal les ofrecen una instancia individual. 

“Si cuando yo perdí a mi papá hubiera habido un Aiken, hubiese sido genial porque yo tengo mucho registro de soledad, de que nadie entendiera por lo que estaba pasando. Este lugar es un alivio, porque ellos vienen y saben que los compañeros están en la misma, que pueden preguntar lo que sea, que se van a sentir libres, que no van a ser juzgados, que pueden expresar las emociones que quieran. Es como un oasis en el medio de la sociedad que no sabe cómo encarar el tema de la muerte”, asegura la fundadora.

“No todo niño en duelo —agrega— necesita imperiosamente un espacio terapéutico. Lo que creemos es que todo niño en duelo necesita ser incluido, escuchado, tener un adulto que lo habilite emocionalmente a expresarse, a preguntar, que esté acompañado y contenido. El problemas es que muchas veces esta contención no ocurre. Cuando no pasa en la familia, ni en el colegio, ni con sus amigos, necesitan un espacio de contención”. 

Invitamos a nuestros lectores a que compartan sus experiencias.

Cómo explicar la muerte a niños y niñas

En Aiken hay un cartel que se titula: “Cómo comunicar la muerte a un niño”. Eso que parece tan duro y arduo, en realidad es más sencillo de lo que los adultos muchas veces creen. Aldana explica algunos de los puntos más importantes a tener en cuenta en estas situaciones: 

“Lo que primero hay que mirar es la edad del niño, porque eso va a marcar su posibilidad de comprensión. En línea general, siempre hay que usar la palabra muerte, evitar eufemismos como ‘se fue de viaje’, ‘está descansando en paz’. Hay que usar frases cortas y sencillas, sin darles demasiada explicación, no por ocultar, si no para darle tiempo a que procesen".

"Se le dice que el ser querido se murió y se espera a ver la reacción y la necesidad de saber más del niño. A medida que esté listo para preguntar, el adulto va a estar disponible para responderle. Si preguntan hay que responderles todo, con verdades cortas, sencillas. Que entienda que algo pasó en el cuerpo, que algún órgano dejó de funcionar. Son pequeños conceptos que van procesando para entender la muerte”. 

Los adultos siempre tienen que ser sinceros, dice la terapeuta. También frente a lo que no tiene respuestas. Si no las hay, explicarle a los niños que no las hay. Recomienda que el no saber sea una opción, porque es real. Cuando los niños y niñas reciben respuesta se sienten aliviados, asegura, “porque entender qué le pasó a sus seres queridos va posibilitando el proceso de duelo”.

La psicóloga Julia Vaca, que integra junto a las terapeutas Fabiana Camer y Mariana Rivas el equipo de En duelo, en la ciudad de San Nicolás, también se especializa en el trabajo con niños, niñas y adolescentes, y coincide con lo que indica Di Constanzo. 

Foto: Julia Vaca y Fabiana Camer. Gentileza Julia Vaca.

Señala que evadir el tema, dejar de hablar de la persona fallecida y ocultar sus fotos o referirse a la muerte con eufemismos y disfrazarla, va en contra de la posibilidad de transitar un duelo de manera saludable. Lo que recomienda, al igual que Aiken, es dialogar con los niños al respecto. 

“Hay cuatro conceptos que tenemos en cuenta a la hora de hablar de la muerte con los niños: el primero es que todos nos vamos a morir; el segundo es la irreversibilidad, explicarles que el que se muere no vuelve a vivir; el tercero tiene que ver con dar una explicación concreta. Los niños que no tienen desarrollado el pensamiento abstracto necesitan explicaciones que puedan comprender, como por ejemplo que el cuerpo deja de funcionar cuando uno se muere. El último concepto tiene que ver con que toda muerte tiene un por qué. Explicar, en la medida que se pueda, qué sucedió con la persona”, detalla. 

En sus sesiones de terapia, Julia también trabaja con fotos, con la familia del niño o adolescente, con materiales plásticos, con diarios y diferentes rituales para recordar a la persona, honrar la presencia que haya tenido en su vida. 

“El duelo se lleva mejor en los casos en los que los adultos a cargo pueden elaborar la pérdida, hablar de la muerte sin que se transforme en tabú. Que los niños puedan conocer el por qué de las emociones de los papás, por ejemplo, si los ven llorando. Siempre que la palabra pueda mediatizar la emoción y los chicos puedan entender lo que sucede, el pronóstico va a ser más positivo ”, sostiene Vaca. Y añade: “Los niños toman con mucha más naturalidad cuestiones de la vida, como por ejemplo, la muerte. Muchas veces somos los adultos los que la complicamos”. 

El proyecto En duelo nació cuando Fabiana Camer, que ahora acompaña a adultos y familias en duelo, vio en televisión una entrevista a la psicoterapeuta Diana Liberman, quien creó el primer centro de recuperación emocional de la pérdida, en la ciudad de Buenos Aires. Al escucharla, quedó obnubilada con el enfoque “porque tiene mucho de vital, de trabajar con recursos”, dice. Y decidió especializarse con ella como terapeuta de duelo.

A Mariana Rivas, colega especializada en problemas asociados a fertilidad, la conocía de antes. Después, la vida la cruzó con Julia, quien ya estaba dedicada a niños y adolescentes. Entre las tres terminaron de armar el equipo de acompañamiento, hace seis años. 

“Con Fabi y con Mariana pensamos que el tema de la muerte, en nuestra sociedad, es algo que cada vez se trata menos, que cuanto más lejos lo tengamos mejor, pero justamente la evitación está en la base de muchas psicopatologías. Creímos que desarrollar este proyecto realmente iba a poder ayudar a mucha gente”, sostiene Julia.

Conversación de RED/ACCIÓN con una seguidora de nuestro Instagram.

La presencia de la ausencia

Fabiana se dedica a todo tipo de duelo de adultos que hayan tenido pérdidas.

Las terapias que brinda consisten en otorgarle a las personas diferentes recursos, “como la posibilidad de hacer rituales, escribirles cartas, trabajar con fotografías, armar cajas de recuerdos, o escribir diarios de duelo". Trabajan sobre las fechas importantes, “como el primer cumpleaños de cada uno, la primera Navidad, el cumpleaños de la persona fallecida, Día del Padre o de la Madre y se eligen tareas para realizar en esas fechas”, explica. 

La terapeuta señala que “antes se trabajaba con la idea de soltar, pero ya no se piensa más desde ese lado porque la persona está más presente que nunca una vez que muere”, entonces ellas trabajan con lo que llaman “la presencia de la ausencia”. 

Fabiana recuerda el día de la presentación del libro de Martínez: “Llegué al salón, porque me había invitado, y estaba lleno. Yo dije: ‘Debe haber otro evento acá’. No, ¡se lo había armado él! A partir de eso empezó a ir a un taller literario, y ya ha ganado algunos premios en poesía. ¡A los 80 años! Hace poco vino a visitarme, y como las mariposas tienen un significado en todos los procesos de duelo, porque tiene que ver con el cambio y con la resiliencia, me pintó una y me trajo el cuadro”. 

Ese es el resultado de un lado humano y luminoso de acompañar el duelo.

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