Cómo funciona la red de docentes y familias que se activa cuando desaparece una nena o adolescente en el Bajo Flores

En tres años acompañaron a más de 30 familias. En cada caso pusieron en marcha un protocolo con el que ayudaron a buscarlas. Todas las chicas aparecieron y sus historias revelan una realidad compleja, que no puede reducirse al mito de una camioneta que va secuestrando chicas por la ciudad. La red también trabaja con las escuelas para que a su vuelta las chicas no sean juzgadas por sus compañeros o maestros.

Por Emilia Erbetta

31 de julio de 2018

PortadaBajoFlores

La tarde de 2015 en que Jimena no volvió de la escuela, sus padres rápidamente supieron que algo no andaba bien. La última semana no había sido fácil en su casa: unos días antes su papá la había encontrado chateando por Facebook con una persona que no conocían y que tenía como contactos a muchas otras nenas y adolescentes. Jimena, de 13 años, siempre volvía a su casa un ratito después de terminadas las clases, nunca se demoraba más de media hora.

En abril pasado, la Red realizó un festival buscando fortalecer vínculos en el barrio.

Según el Censo 2010, en las treinta manzanas que forman la 1-11-14 viven unas 26 mil personas, aunque las organizaciones barriales aseguran que el número real de habitantes podría ser tres veces mayor. Ubicada en Bajo Flores, en el sur de la ciudad, entre Villa Soldati, Villa Lugano y Parque Chacabuco, es una de las villas más grandes y pobladas de la ciudad. En 1976, la barriada fue arrasada por las topadoras y desde la década del 80 volvió a crecer con la llegada de migrantes internos y de países limítrofes.

Jimena no era la primera adolescente que desaparecía en la 1-11-14 y no iba a ser la última. Tres años después, todos los meses falta alguna chica: no está en su casa, no está en la escuela. Circulan en redes los flyers que piden su aparición. Algunas desaparecen apenas unos días, otras varias semanas. Su ausencia llena las aulas de preguntas y hunde a las familias en la angustia. A veces, la noticia sobre su desaparición cruza los límites de la villa y de la escuela y llega a los noticieros.

Hablar con las chicas y abrazarlas, eso hizo la red

Como consecuencia de estos hechos, se conformó la Red de docentes, familias y organizaciones del Bajo Flores. Se creó a comienzos del 2015, cuando en distintas escuelas algunas maestras y maestros notaron que algo le pasaba a sus alumnas, la mayoría nenas que cursaban 6º y 7º grado y que vivían en la 1-11-14, una de las villas más grandes del país. Estaban raras, distintas, no respondían como siempre. Hablaron con ellas, citaron a sus familias y una de ellas se animó a contar que hacía meses que era hostigada por Facebook.

De a poco, entendieron qué pasaba: las chicas estaban en contacto con perfiles truchos que primero eran amigables y después empezaban a pedir cosas a cambio: mandame una foto desnuda, mandame un video, yo sé dónde vivís, yo sé dónde trabaja tu mamá. A los 12, 13 años padecían el acoso en absoluto silencio.

Esta situación prendió las alarmas en varias escuelas: conversando entre sí muchos docentes se dieron cuenta de que sus alumnas habían pasado por situaciones similares y desde Ademys, la asociación gremial que agrupaba a muchos de ellos, armaron un material didáctico para trabajar en los cursos. Lo llamaron “Atrapadas por internet” y en ese momento fue una herramienta para identificar situaciones similares en el aula y transmitir a las alumnas y sus familias estrategias para protegerse.

La Red busca generar espacios saludables para las chicas del barrio. | Rodrigo Mendoza
La Red busca generar espacios saludables para las chicas del barrio. | Rodrigo Mendoza

Cuando desapareció Jimena, los docentes ya venían trabajando en red, charlando por WhatsApp y juntándose en asamblea con las organizaciones sociales que militan en el barrio para abordar estos casos de grooming que, veían, se daban sobre todo con chicas de familias bolivianas que vivían en el Bajo Flores.

Por eso, organizarse para pedir su aparición no fue difícil. Se acercaron a la escuela y contactaron a la familia. Hicieron una volanteada por el barrio y por zonas cercanas, inundaron las redes sociales con su foto y marcharon frente a la comisaría. Cuando nada de eso alcanzó, cortaron el cruce de la calle Acoyte y la avenida Rivadavia y convocaron a los medios.

Unos días más tarde, encontraron a Jimena en una plaza del centro después de que la policía interceptara una llamada que había hecho a su mamá. Estaba acompañada por dos adultos.

Desde la desaparición de Jimena hasta hoy, sistematizaron un protocolo de acción comunitaria que se pone en marcha ni bien se enteran que otra chica no volvió a su casa.

Así lo explica Andrea, maestra de grado en una escuela del distrito 8, que en la Red se encarga del vínculo con la prensa: “Cuando sabemos de qué escuela es la piba, nos contactamos para hacer el acompañamiento por dos vías: en la escuela, con el docente, para que labure con los compañeros y otros maestros, para que no la revictimicen. Y con la familia vamos a hacer la denuncia si todavía no la hicieron y tratamos de entender el entramado de esa piba”.

La abogada Karina Valobra en una reunión de la Red. | Rodrigo Mendoza
La abogada Karina Valobra en una reunión de la Red. | Rodrigo Mendoza

Un plan de acción para buscarlas y cuidarlas

Después de esa primera instancia de escucha, coordinan con la familia un plan de acción: volanteadas, difusión en redes sociales, articulación con otras organizaciones, cortes de calle y, si lo creen necesario, convocan a los medios.

En todo momento, el cuidado de la información es fundamental: cualquier dato que se filtre puede hacer que la vuelta a la casa y a la escuela sea todavía más difícil. “Muchas veces los medios preguntan cosas que no vienen a cuestión: cómo se lleva con la mamá, si tiene novio, de qué nacionalidad es”, cuenta Andrea. Y concluye: “Por eso yo trato de no saber casi nada sobre su vida íntima y privada para no tener con qué pisar el palito. Si me preguntan de qué nacionalidad es yo les digo ni idea: lo que sé es que tiene 15 años y no está ni en su casa ni en la escuela y no están haciendo nada para buscarla".

La búsqueda por el barrio y por redes sociales funciona como un llamado. Lo importante siempre es esto: que la nena sepa que la buscan, que la esperan en su casa, en la escuela. Que no es lo mismo volver o no volver: que a alguien le importa.

Más de 30 chicas desaparecidas y encontradas

Cuando conoció a los docentes de la Red, Noelia, la mamá de Jimena, desconfió. Con su marido ya habían hecho la denuncia por la desaparición de su hija en la comisaría y ahí les habían recomendado que no hablaran con “ninguna organización” porque iban a entorpecer la investigación. Estaban solos: no conocían a demasiada gente en el barrio. Habían llegado de Bolivia hacía diez años, cuando Jimena era bebé y siempre habían vivido ahí, “en el bajo”, pero habían construido su vida en la 1-11-14 aislados de lo que pasaba a su alrededor.

“Al principio nuestra casa era una cajita de cristal, yo salía temprano para ir a trabajar con mis hijas, porque ellas no estudiaban por la zona, las llevaba hasta Floresta. A la tarde las retiraba y otra vez a la casa. Era una cajita porque no veíamos nuestro entorno, no veíamos esta situación de que se perdían chicas, de que había bailes por la zona y toda esas cosas”, relata Noelia.

Recuerda esa época como un tiempo entre ideal e ilusorio, que empezó a quebrarse cuando Jimena empezó la secundaria y se rompió definitivamente el día que no volvió a su casa. Estuvo afuera durante 12 días y su desaparición fue noticia en los medios nacionales.

Las chicas del barrio en el festival organizado por la Red. | Facebook de la Red
Las chicas del barrio en el festival organizado por la Red. | Facebook de la Red

De ese momento ya pasaron casi tres años: hoy Jimena tiene 16 y cambió de escuela. Tiene algunas amigas y habla más con sus papás. Fue en este tiempo que Noelia y su marido dejaron de estar tan solos y se sumaron a la Red. Ahora participan de todas las reuniones y se acercan a las familias que buscan a sus hijas.

“Nosotres sabemos quién es la piba, quién es la mamá, dónde vive. Eso nos diferencia del Estado: no la convocamos al espacio de la Red sino que vamos hasta su casa y nos presentamos como lo que somos: un grupo de docentes y una abogada que ayudamos a que la piba aparezca”, explica Griselda, profesora de teatro en una de las escuelas que funciona en el Bajo Flores.

“Empezamos a preguntar: qué sabe, dónde estuvo, si intuye algunas cosas: muchas veces los relatos de las mamás son muy precisos y son ellas las que salen a buscarlas por lugares muy puntuales”, detalla Griselda.

En estos tres años acompañaron a por lo menos unas 30 familias. En estos tres años más de 30 chicas del Bajo Flores faltaron de sus casas unos días, varias semanas. El grupo de WhatsApp de la Red hoy tiene casi 80 integrantes. En algunas asambleas pueden llegar a reunir más de 50 personas, entre familiares, docentes y organizaciones.

El invalorable apoyo de una abogada

Karina Valobra es abogada y milita en la 1-11-14 hace 20 años. Está al frente de un taller de cine y derechos humanos, interviene denunciando la violencia policial y el gatillo fácil en el barrio y ofrece patrocinio legal gratuito tanto por dentro como por fuera de la Red.

Como abogada, Valobra es una de las encargadas de acompañar a las familias en el circuito de denuncia, que puede ser muy hostil. Ella misma menciona el caso de una mamá a la que no quisieron tomarle la denuncia en la comisaría. Aunque se trataba de una averiguación de paradero, le dijeron que si hacía la denuncia su hija iba a quedar marcada para siempre, como si tuviera antecedentes penales.

Para una familia pobre, recorrer el circuito policial y legal que se abre con la desaparición puede ser muy difícil. Y cuando las mamás están solas es directamente imposible.

“No hay recursos facilitados”, señala Valobra. Y amplía: “Para ir a hacer la denuncia tenés que faltar a tu trabajo, porque te lleva varias horas de tu mañana. Después, se abren varios dispositivos que implican faltar durante una semana seguida, porque con la denuncia penal no solo se inician una serie de trámites que implican tener que concurrir personalmente a un montón de lugares -la fiscalía, el juzgado, los dispositivos del sistema de protección integral de derechos de niños, niñas y adolescentes- sino que además hay que hacer una gestión ante el Registro Nacional de Personas Menores Extraviadas, que son los que expiden afiches con las búsquedas y difunden las alertas en las comisarías. No hay oficinas en los barrios y en la mayoría de los casos las madres no tienen empleos donde sea posible pedir una licencia”.

Los fines de semana, el único lugar al que se puede acudir es la comisaría. Los sábados, domingos y feriados las oficinas de la Agencia Territorial de Acceso a la Justicia (ATAJO) -organismo que depende del Ministerio Público Fiscal y que funciona cual mesa de entrada de una fiscalía en los barrios más pobres- están cerradas. “Y la comisaría es muy hostil con estas situaciones. Allí, les dicen que se fue con el novio, que hay que esperar y a veces también tienen un trato discriminatorio, porque si voy yo o una docente nos toman la denuncia en seguida, pero si va una señora del barrio, inmigrante, con el documento boliviano, no”, cuenta Valobra.

El día a día de las nenas que desaparecen

Cada historia es distinta, pero todas tienen algo en común: las que desaparecen son adolescentes, son pobres, y la mayoría son hijas de migrantes. Adolescentes que todavía van a la escuela, que se pasan el día encerradas en casa con el celular, deambulando en redes sociales, fantaseando con una vida menos difícil, en la que no tengan que atravesar una montaña de basura para ir a la escuela o donde el día no se consuma entre buscar a los hermanitos, lavar la ropa y prepararles la comida mientras su mamá trabaja más de 16 horas por día.

Crecer en esta precariedad extrema las hace doblemente vulnerables: qué pasa cuando a todo lo propio de la adolescencia -la inseguridad, el deseo, la rebeldía, la experimentación, en definitiva, las ganas de rajar- se suma no tener un lugar seguro donde juntarte con tus amigas, un espacio para hacer deporte, ni una red de vínculos que te reciba cuando te peleás con tu mamá, que está desbordada porque trabaja más horas de las que su cuerpo puede aguantar.

“La verdad es que las pibas viven en un estado de mucha vulnerabilidad”, remarca Griselda. “Si vos vivís en un rancho que se te llueve, con tu mamá, tu hermano, el colchón mojado, barro, olor a mierda, es imposible que quieras volver ahí. Las pibas muchas veces se van porque están hartas de vivir en esas condiciones, y claro que hay otros que aprovechan esa situación y que eso otros además son adultos”.

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Ellas no tienen las mismas libertades que los varones. Sobre sus cuerpos y los de sus mamás se carga todo el peso del trabajo doméstico, incluso muchas veces a costa de la escuela. “La tarea doméstica es un encierro para ellas y cuando zafan de eso, zafan de la peor manera”, advierte Griselda. “Por eso una de nuestras consignas es ni encerradas ni desaparecidas, con vida digna todas las pibas”.

“No hay una sola razón por la que las chicas desaparecen”, aclara Karina Valobra. “Hay patrones, si, pero no una única causa”, insiste. Lo que las chicas cuentan cuando vuelven les permite tener algunas hipótesis: tienen entre 13 y 17 años, quieren ser libres y autónomas, tener algo de plata para sus cosas, y por redes reciben ofertas de trabajo, promesas de amor, muchas veces las dos cosas a la vez.

Sus relatos arman un rompecabezas, pero al que siempre le faltan piezas: nadie sabe del todo por dónde anduvieron. La mayoría cuenta que estuvo trabajando: en La Salada, en una pollería, tarjeteando en los boliches de la zona.

Algunos lugares también se repiten: Villa Celina, el barrio El Tongui, en Lomas de Zamora, el Parque Avellaneda, el boliche El Bacilón, en Liniers, que funciona de día y compite con la escuela. De los adultos que muchas veces las esperan en la huida, nunca dicen nada.

Los relatos tienen huecos, incongruencias, llegan siempre a un punto muerto. Las investigaciones penales, si las hay, se cierran con la vuelta a la casa. Desde la Red evitan hablar de trata de personas y de explotación sexual: entienden que acá están frente a un entramado más complejo, que las trayectorias son múltiples y distintas, y que reducir estas ausencias a la presencia fantasmal de una combi blanca no permite entender qué está pasando con ellas ni pensar una estrategia comunitaria frente a las formas en que las chicas del barrio transitan su adolescencia.

El mensaje del mural es claro: "HABLEMOS". | Facebook de la Red
El mensaje del mural es claro: "HABLEMOS". | Facebook de la Red

En el barrio, frente a la escuela número 12, en Cobo y Curapaligüe, hay un mural que pintó un grupo de chicas en el marco de una actividad que organizó la Red. La idea era transformar esa realidad -la del acoso en redes, la de la angustia del encierro, la de las ausencias- en arte, para comunicárselo al resto del barrio.

Unos días antes, las y los docentes les habían preguntado qué querían comunicar a quienes vieran el mural. Todas plantearon lo mismo: querían que hablara de lo importante que había sido para ellas encontrar por fin un espacio donde contar lo que les pasaba, donde reencontrarse con sus mamás, donde alguien las escuchara.

El mural muestra una cara gigante con la boca abierta y un mensaje claro. Dice: HABLEMOS.

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Los nombres de algunas personas mencionadas en esta nota han sido cambiados para preservar su intimidad.

Si querés más información sobre la red, ellos están dispuesto a contar su experiencia y ayudar a los que lo necesiten:

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