Emilia Erbetta | RED/ACCIÓN
Sociedad | 18 de enero de 2019

Foto: Alberto Raggio / AFP

Recortan el presupuesto de políticas públicas destinadas a niñas, niños y adolescentes

Qué pasó. Desde Infancia en Deuda advierten que el Poder Ejecutivo recortó, a través de una decisión administrativa firmada el 11 de enero pasado, por el Jefe de Gabinete Marcos Peña y el Ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, 56% la partida para la Defensoría de Niñas, Niños y Adolescentes, 59% los fondos destinados a la Comisión Bicameral encargada de la designación del Defensor o Defensora, y 21% a la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia.

Cómo se hizo el recorte. Cuando el Ejecutivo envió al Congreso el proyecto de Presupuesto 2019, Infancia en Deuda advirtió que las partidas asignadas a estas áreas implicaban un recorte real de fondos, porque no compensaban la inflación estimada por el Gobierno.

De allí que, tras la presión de las organizaciones, como se puede ver en el artículo 16 del presupuesto aprobado en noviembre, se contemplaron aumentos en todas las áreas.

Sin embargo, la decisión administrativa firmada este enero “distribuye el presupuesto para estas áreas solo con los montos que el Ejecutivo había contemplado en el proyecto original de presupuesto, sin tener en cuenta que el Congreso había aumentado las partidas a estas áreas”, explica Julieta Izcurdia, abogada y miembro de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ), una de las organizaciones que conforma Infancia en Deuda.

Cuál es el monto final asignado a cada área. De esta manera, el presupuesto para la Defensoría, que luego de las modificaciones al proyecto en el Congreso había quedado en 50.174.283 pesos, ahora volvió al monto original trazado por el Ejecutivo, de 22.174. 283 pesos, como se puede ver en las páginas 101 y 102 de la decisión administrativa del 11 de enero. Lo que significa un ajuste de 28 millones de pesos.

Mientras que en el caso de la Comisión Bicameral, la partida quedó en 2.771.786 de pesos (ver páginas 93 y 94) cuando el Congreso había otorgado 6.771.786 pesos. Recortado así, 4 millones.
En tanto a la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia le corresponderán 3.305.474.918 de pesos (la suma de los programas detallados en las página 2703, 2763, 2773, 2783 y 2796). Es decir, las partidas no incluyen los 900 millones extra que le había asignado el Congreso y con los que había alcanzado los 4.205.474.918 de pesos.

No es la primera vez que el Poder Ejecutivo reasigna partidas presupuestarias, pero las organizaciones consideran que la decisión es inconstitucional. “La Constitución establece que son las y los integrantes del Poder Legislativo quienes tienen que discutir democráticamente cuántos recursos destinar a diferentes políticas públicas y el Ejecutivo lo que debería hacer es distribuir e implementar ese presupuesto”, asegura Izcurdia.

Por qué es importante. Trece años después de la sanción de la Ley nacional 26.061 de protección integral de los derechos de las niñas, niños y adolescentes, la elección del Defensor o Defensora sigue sin concretarse. Aunque en los planes originales la decisión de la Comisión Bicameral estaba planeada para el 20 de noviembre, eso no sucedió y ahora las organizaciones apuestan a que sea tratado en sesiones extraordinarias durante febrero. La Comisión elige y las cámaras de Senadores y Diputados deben aprobar esa elección.

El recorte del presupuesto enciende las alarmas porque reduce la partida anual destinada a la puesta en marcha y funcionamiento de la Defensoría. “Cuando es muy importante que la Defensoría tenga presupuesto para funcionar durante 2019”, advierte Izcurdia.

2019 es un año “en que esperamos se cree esta institución, que tiene mucha relevancia en el monitoreo de políticas públicas de niñez a nivel federal, sobre todo teniendo en cuenta que en Argentina el 48% de las niñas y niños se encuentran en una situación de pobreza, no solo a nivel económico sino también en el acceso a sus derechos”, concluye Izcurdia.

Salud | 30 de noviembre de 2018

Foto: Rodrigo Mendoza

Adolescentes con VIH: el sistema del Hospital Garrahan para acompañarlos en su paso al mundo adulto

Desde hace una década, el Hospital Garrahan acompaña a los adolescentes que viven con el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) en su transición desde el sistema pediátrico al de adultos, para evitar que, en el tránsito, abandonen el tratamiento. Ya acompañaron a 400 chicos y chicas y hoy otros 140 preparan su pasaje. La mayoría nacieron con el virus.

El Programa de Transición de Adolescentes del Garrahan es un proyecto institucional. Pero en otros hospitales pediátricos, sin políticas públicas específicas, la suavidad del pasaje al sistema de adultos depende de la buena voluntad profesional. Y es ahí donde muchos chicos y chicas quedan en el camino. ¿Se puede replicar este modelo en otros hospitales?

Solange Arazi Caillaud es pediatra infectóloga:  trabaja con niños y adolescentes con VIH en el Hospital Garrahan desde hace 15 años y junto con Rosa Bologna, jefa del Servicio de Epidemiología e Infectología, fue quien empezó en 2007 con una prueba piloto para acompañar cuerpo a cuerpo a 30 jóvenes positivos y verticales en la transición de la atención pediátrica al hospital de adultos.

En ese momento en el Garrahan se atendían más de quinientos chicos y jóvenes con VIH, unos ochenta eran mayores de 16. “Había chicos de hasta de 24 años que nadie se ocupaba de derivar y quedaban medio en el limbo. Eran los sobrevivientes: nunca se había pensado que iban a llegar a ser adolescentes y que iban a poder seguirse en un hospital de adultos y seguían viniendo acá para controles de laboratorio, tomaban la medicación y zafaban”, relata.

El primer paso para armar el programa de transición fue encontrar socios en consultorios de adultos. Personalmente, Arazi Caillaud buscó referentes en cada hospital porteño, con la idea de que los chicos lleguen a espacios donde son esperados. Después, implementaron un consultorio de transición para adolescentes, con otras reglas. “Son consultas mucho más largas, donde intentamos que ellos poco a poco cobren más autonomía, y un rol más activo. Los preparamos para el hospital de adultos, donde se van a tener que manejar solos”, explica.

Antes de que se concrete la transición, la pediatra repasa una suerte de check list para saber si las condiciones del traspaso están dadas. Una de las cuestiones básicas es que ellos entiendan su patología de base: qué es el VIH, cómo se transmite y cómo no, qué tienen que hacer y a dónde deben recurrir si tienen algún problema.

En el consultorio de adolescentes positivos del Garrahan hoy se atienden unos 130 pacientes de entre 14 y 18 años. Con los niños, suman casi 400. Con la medicación antirretroviral, el HIV se convirtió en una enfermedad crónica: hoy una persona que adhiere al tratamiento y reduce su carga viral hasta que sea indetectable tiene la misma expectativa de vida de una persona sin el virus. Pero la adherencia no es algo que viene dado de una vez y para siempre. “Casi todos dejan de adherir en la adolescencia”, explica Arazi Caillaud. “La medicación es lo que está ahí, es contra lo que se rebelan los pibes: es la medicación, no es el virus, porque el virus no lo ven, es muy abstracto”.

En 2007, el 75% de los chicos y chicas positivos que se atendían en el Garrahan había perdido al menos un padre o madre por causas asociadas al VIH/Sida. La mitad había perdido a los dos. Para muchos de ellos, el estigma de “me voy a morir de esto” sigue muy presente.

Medicados desde el nacimiento

La mayoría toma medicación casi desde el nacimiento: empezaron con remedios muy difíciles de tragar, con sabores horribles. Y aunque hoy ya no tomen 15 pastillas por día sino 2, viene con una media de 14 años de tratamiento encima. “Estos chicos son complejos desde lo virológico, tienen una vida super compleja, con un montón de eventos tristes, con muchas pérdidas y muchos duelos. Y eso hace que la adherencia, la posibilidad de mantener este tratamiento de por vida, sea más difícil”.

A veces, directamente suspenden el tratamiento: cuando llegan al consultorio hace varios meses que abandonaron la medicación. “Nosotros intentamos que entiendan por qué tienen que tomar, qué pasa si no toman, cuáles son las complicaciones, y qué es lo que puede pasar”, explica Caillaud. “Y que después decidan. Uno de los derechos de los adolescentes es la autonomía y la toma de decisiones: si no quieren tomar, yo no los puedo obligar”.

Solange Arazi Caillaud / Foto : Rodrigo Mendoza

Los obstáculos para la transición son tanto institucionales como afectivos: para los verticales el hospital pediátrico es su segunda casa y para sus familias es el lugar donde “los salvaron”. La idea de que tienen que irse despierta fantasías y miedos que Arazi Caillaud tiene que ir desactivando con delicadeza. “Es un proceso de empoderamiento y autonomía. Yo les hablo de que se van a cambiar de hospital desde que tienen 14, para efectivizarlo a los 17, 18. Esa efectivización se hace charlando con los pacientes y sus familias: elegimos el hospital en conjunto, por distancia, por accesibilidad, vemos qué colectivos les quedan bien. A veces miramos en Google Maps. Queremos que sepan que conocemos a los médicos que los van a atender, porque tienen un montón de ideas armadas sobre el sistema de adultos: piensan que los van a echar, que no les van a dar bola”.

“Este tema no ha estado nunca en agenda”, reconoce Silvina Vulcano, tocoginecóloga y responsable del área de transmisión perinatal de la Coordinación de Salud Sexual, Sida e Infecciones de Transmisión Sexual del ministerio de Salud porteño, donde se ocupa de diseñar estrategias para mejorar el diagnóstico de VIH durante el embarazo y la lactancia, para reducir el número de bebés positivos en la ciudad de Buenos Aires.

A la par, Vulcano viene trabajando con la Red Argentina de Jóvenes y Adolescentes Positivos (RAJAP) en el diseño de estrategias de transición que garanticen el acceso a la salud. “Convocamos a los chicos para preguntarles: ¿cómo resolvemos esto entre todos? Porque ellos son los que utilizan el sistema, ellos son los que pudieron ver concretamente qué es lo que pasa”, cuenta Vulcano, que también es parte de la Dirección de Sida y ETS del ex Ministerio de Salud de la Nación y ha viajado con Arazi Caillaud a distintas provincias del país para contar la experiencia del Garrahan.

“Los chicos de la red nos cuentan que muchas veces los lugares les quedan incómodos, por lo cual el acceso no está garantizado, o que no tienen la posibilidad que tenían con el pediatra de ser atendidos en cualquier turno, en cualquier horario”, dice Vulcano. Se trata de aceitar un proceso de adaptación doble: del sistema de adultos para ser más accesible para estos adolescentes que llevan toda la vida en tratamiento y de ellos para entender que ya no son niños.

Una posibilidad, explica Vulcano, es descentralizar el sistema para que cuando llegan a la adolescencia pasen a atenderse no con infectólogos de adultos sino con hebiatras, médicos especializados en adolescentes, que tengan una mirada más amplia, y en el caso de necesitar una consulta con el infectólogo sea una interconsulta puntual. Es una problemática que está en discusión y hay varias opciones abiertas: el 14 de noviembre Vulcano organizó en el Hospital Durand unas jornadas para conversar con colegas sobre este tema.

“Nosotros lo vemos como parte de una política integrada hacia el adolescente. El tema es que el armado de equipos integrados es muy conflictivo: en el sistema de salud armar redes para la asistencia, control y seguimiento de jóvenes y adolescentes, no solo en situación de VIH, cuesta bastante”, reconoce Vulcano.

Aunque, como ya lo demostró el Garrahan, no es imposible.

Si querés contactarte con el Hospital Garrahan, tiene un área destinada recibir consultas de pacientes e instituciones de todo el país:

Contactá al Garrahan

Salud | 30 de noviembre de 2018

Foto: Camila Arce | Intervención: Pablo Domrose

Cómo viven y enfrentan el tratamiento los adolescentes que nacieron con VIH

Tienen entre 20 y 30 años y son una generación de sobrevivientes: los médicos no pensaron que iban a llegar a la adolescencia y ahora muchos de ellos viven el pasaje entre el sistema pediátrico y el de adultos como un duelo que pone en riesgo su adherencia al tratamiento.

Desde la Red Argentina de Jóvenes y Adolescentes Positivos (RAJAP) advierten que no hay políticas públicas pensadas para ellos y reclaman estrategias de acompañamiento en la adolescencia.

“No es que tengo VIH hace unos años, llevo toda la vida en tratamiento”, escucho por teléfono. La que habla desde su casa en Rosario es Camila Arce. Tiene 23 años: nació en 1994, cuando la epidemia de VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana) llevaba casi 15 años. Sin embargo, los médicos se resistían a testear a su papá, aunque hiciera tiempo que caía enfermo con distintas infecciones: como hombre heterosexual, decían, no era parte de lo que entonces se entendía como “población de riesgo”.

Camila nació con el virus: en esos años los tratamientos no eran tan efectivos como hoy y cuando su mamá confirmó que también era seropositiva ya era demasiado tarde para evitar la transmisión perinatal. “Vos tenés un virus que si no tomás los medicamentos te podés enfermar como tu papá”, le dijo cuando tenía 4 años, poco después de la muerte de su papá. “Vas a estar bien y vas a tener una vida como cualquiera, pero es mejor que no se lo digas a nadie porque la gente no lo entiende”.

Su historia está lejos de ser una historia del pasado. Como ella, todavía hoy nacen niños y niñas positivos, “verticales” en la jerga médica. Es más, en Argentina 5 de cada 100 bebés de madres con VIH son diagnosticados con el virus. Diseñar políticas públicas que tengan en cuenta su situación es no solo una deuda del presente, sino una obligación para el futuro.

El tratamiento antirretroviral altamente efectivo llegó a Argentina en el año 2000, cuando Camila tenía 5 años. El “cóctel” cambió todo -los médicos hablaban del “efecto Lázaro”, porque personas muy enfermas se recuperaban rápidamente- y ella empezó a tomarlo poco antes de empezar primer grado: eran jarabes muy feos y polvos diseñados para adultos que no podían tragar sólidos. No había -todavía no hay- formulación pediátrica, los infectólogos dosificaban la medicación de adultos para los chicos. Veinte años después, está cansada: llegó a tomar 18 pastillas por día, nueve a la mañana y nueve a la noche.

Punto de encuentro

Conoció a la Red Argentina de Jóvenes y Adolescentes Positivos (RAJAP) en 2010, a los 16 años. Era lo que estaba buscando: un lugar donde encontrarse con otros adolescentes que vivieran con VIH. Hasta ese momento, la única otra persona positiva que conocía era su mamá.  Participó en un el primer encuentro nacional de la red en Chapadmalal, provincia de Buenos Aires, y volvió decidida a ser visible.

Contó que era VIH positiva en la escuela y en sus redes sociales. La visibilidad tuvo sus pro y sus contra: “Me permitió conocer a un montón de gente que está viviendo muy mal y que necesita hablar con alguien. Pero también me pasa que hay chicas, y sobre todo chicos, que no tienen información y no quieren seguir conociéndome”.

Como Camila, Matías Chaves se hizo visible unos meses después de sumarse a RAJAP: el 1 de diciembre -Día Mundial de la Lucha contra el Sida- de 2015, a los 23 años, apareció con nombre y apellido en una nota periodística y lo contó en su cuenta de Facebook. Lo hizo pensando en otros como él que, por distintas razones, no pueden hacerlo. Para enviar un mensaje: se puede vivir -amar, tener hijos, trabajar – con VIH. Fue un paso sin retorno: una vez que todo el mundo sabe, no hay vuelta atrás. Tus jefes lo saben, cualquiera que te stalkee en redes lo puede saber. Y, como le dijo alguna vez su mamá a Camila: no todos entienden.

RAJAP fue creada en 2010 por un grupo de chicas y chicos positivos que no encontraban lo que necesitaban: un espacio por fuera de los ámbitos terapéuticos donde hablar sobre cómo es ser joven y vivir con VIH, entre pares, por fuera de la jerarquía que impone el consultorio médico. Del primer encuentro en Chapadmalal participaron unos 40 adolescentes y jóvenes. Hoy la red tiene casi mil integrantes, y de ellos, cerca del 10% nacieron con el virus: en el grupo de “vertis” (como se autodenominan ellos) son unos 80. El más chico tiene 14 años.

Foto: Camila Arce

“Quise entrar a RAJAP porque quería conocer gente que tuviera lo mismo que yo, porque me sentía re sola”, dice Carolina mientras juega con sus uñas largas y adornadas con strass. Su mamá murió cuando tenía 23 años y su papá a los 33. Ahora Carolina tiene 27, conoce su diagnóstico hace más de 15 años, pero todavía le cuesta nombrar al virus: “Cuando entré a la red vi que no era la única que lo tenía, escuché otras historias y pensé ‘waw, yo me quejaba de la mía y hay otras peores’“. “Igual, no es que solo hablamos del virus”, aclara Matías. Tienen 15, 20, 25 años: les preocupa la escuela, el trabajo, el amor, el sexo, los amigos. Y en ese mundo, el virus es algo importante, claro, pero que no los define: nadie es sólo su carga viral.

Guadalupe es una de las coordinadoras del grupo de  verticales de RAJAP. Nació en 1998: sus recuerdos de la infancia pasan entre el Hospital Garrahan y la ambulancia, que la levantaba en su casa cada vez que sus pulmones se rendían. Hasta el año pasado, se controló ahí con su pediatra infectóloga. La primera vez que se atendió en el Hospital Argerich la acompañó su mamá, algo insólito en un hospital de adultos. “Me costó un montón hacer la transición”, reconoce.

Dejar al pediatra

Despedirse del sistema pediátrico puede ser traumático: los infectólogos, acostumbrados a trabajar con adultos, no tienen la paciencia de los pediatras y muchas veces “los vertis” no conocen del todo qué implica vivir con VIH, porque sus médicos siempre hablaron con los adultos que los acompañaban. Algunos, aunque sospechan porque llevan toda la vida tomando pastillas, conocen su diagnóstico recién entrando en la pubertad.

Algunas instituciones, como el Hospital Garrahan, trabajan en programas de articulación y acompañamiento para los adolescentes positivos hace años pero no hay una mirada estratégica a nivel de políticas públicas: en otros hospitales, depende de la buena voluntad de los profesionales. Para Camila, dejar de atenderse en el Hospital de Niños de Rosario no solo fue un duelo: en el proceso se dio cuenta de qué podía pasar con quienes logran hacer el traspaso: “Muchos chicos que conozco en esa transición dejan el tratamiento porque el sistema les dice ‘no te podés atender más acá’ y no vuelven nunca más”.

“Yo siento que falta la comprensión de los médicos”, dice Guada. “No entienden que venimos de una transición y que es difícil”. Ahora mismo, a ella le está costando adherir al tratamiento: le pidió a su infectóloga que revisara la medicación porque le pone los ojos amarillos. Nunca antes se le hubiera ocurrido que podía pedir un “cambio de esquema”. Eso también lo aprendió en RAJAP.  A Matías, entrar a la red lo ayudó a problematizar la relación con los médicos: ahora se anima a preguntar y a cuestionar.

Foto: Camila Arce

Hasta hace seis meses, Camila tomaba seis pastillas. Algunos de sus amigos positivos estaban tomando dos o tres. Le pidió a su infectólogo -el mismo que atiende a su mamá- que le cambiara la medicación porque tenía muchos efectos secundarios: le dolía el hígado, la cabeza, tenía náuseas y mareos. “Él me decía es imaginación tuya, no me escuchaba aunque soy yo la que toma la medicación hace 21 años”, cuenta ahora.

Como adolescentes y jóvenes que llevan toda la vida transitando los pasillos del sistema de salud, la experiencia de los y las verticales permite pensar cómo impactan las lógicas de  la relación médico paciente en la vida de las personas con patologías crónicas.

Camila ha pensado mucho al respecto: “Hay una cuestión hegemónica: los médicos son los que saben, los pacientes son los que escuchan y ellos siempre tienen la última palabra. Pero no funciona así: funciona en equipo. Muchas veces, cuando les planteamos que estamos cansados de tomar medicación nos dicen “bueno, estás viva, qué más querés”. Y esa no es una respuesta, eso de verdad hace que muchos chicos pierdan la adherencia al tratamiento. Yo por ahora estoy cansada pero resisto, quiero vivir”.

Contactá a la RAJAP

Sociedad | 13 de septiembre de 2018

En el Bajo Flores, un taller de estética y peluquería busca desarticular la violencia de género

Una red de docentes, familias y organizaciones de este barrio porteño trabaja para que las adolescentes que viven allí afiancen su identidad y se revinculen con sus madres. Así luchan contra una matriz de violencia, generando espacios de escucha y contención.

-¿Qué es la belleza para vos?

Sábado a la tarde en Flores, el barrio más grande de Buenos Aires. Un grupo de 20 mujeres, algunas adolescentes, otras sus mamás, están en ronda en una de las salas del Centro de Formación Profesional Nº 24 (CFP), para la primera clase del taller de estética, peluquería y maquillaje con perspectiva de género.

-Actitud – contesta una de ellas.
-Quererse – dice otra.
-Lo que no se ve.

Responden con un ovillo de tela en las manos. Mientras piensan la respuesta buscan con la mirada a otra compañera. Cuando terminan, se lo lanzan y en ese gesto le ceden la palabra.

-¿Qué podés aportar vos al taller? -pregunta una docente.
-Yo acá, para lo que necesiten, voy a estar
-Buena onda
-Abrazos
-Consejos

Y el ovillo vuelve a saltar hacia otras manos.

* * *

El taller es una iniciativa de la Red de Docentes, Familias y Organizaciones del Bajo Flores, que trabaja acompañando a las adolescentes y sus familias cada vez que una de ellas falta de su casa por demasiados días. Los miembros de la Red ayudan y asesoran con la denuncia, organizan marchas frente a las comisarías, cortes de calles, hablan con la escuela y con los medios y en muchos casos incluso recorren los barrios buscándolas hasta que aparecen. Con más de 3 años de trabajo y organización horizontal y comunitaria, el proceso de búsqueda ya está bastante aceitado, pero el después -la situación que se abre cuando las adolescentes vuelven a casa- todavía es muy complicado: si el Estado no acompaña, si no hay propuestas para que las chicas puedan encontrarle un sentido a revincularse con su familia, a volver a la escuela, nada garantiza que no vuelvan a desaparecer.

El taller que empezó hace una semana en el CFP no es la primera de las experiencias de este tipo que motoriza la red. “El año pasado armamos un taller en la Cazona de Flores que buscaba responder a esa pregunta: “aparecen las pibas ¿y ahora qué?”, cuenta Andrea, docente del Distrito 8° y parte de la Red casi desde el comienzo. Es que, con las chicas de vuelta en casa, resuelta la angustia que genera la ausencia, se abrían preguntas nuevas y urgentes: “¿Por qué se van? ¿por qué están acá? ¿qué hacemos para sostener esa estadía en en barrio, en la casa, en la escuela?”.

Buscando respuestas a esas preguntas, notaron no había actividades diseñadas especialmente para las adolescentes. “Así surgió la idea de armar un espacio fuera del barrio donde las pibas pudieran transitar esta adolescencia que no pueden hacerlo en el barrio porque la esquina está tomada por los narcos, la plaza no existe, en la casa de la amiga no se pueden juntar, porque la única salida es ir del reviente al boliche”, explica Andrea. “Entonces pensamos un lugar que se sostuviera una vez por semana y donde durante algunas horas ellas pudieran transitar la adolescencia de una manera diferente: con una mirada de acompañamiento, cuidada”.

Durante varios meses de 2017, un grupo de chicas del barrio fueron al cine, hicieron serigrafía, conversaron sobre qué querían hacer de sus vidas. Algunas propuestas funcionaban bien y otras no tanto. Pero había un momento en el que la tarde y la palabra fluían libremente: cuando estaban frente al espejo, pintándose las uñas o pasándose la planchita, aparecían relatos que no habían aparecido antes y que les permitieron a quienes son parte de la Red entender lo que hoy llaman “la trama compleja de las adolescencias precarizadas”.

Así surgió la idea de armar el taller en el CFP 24 de Flores, que empezó el sábado 18 de agosto pasado: quince encuentros de tres horas pensados para que las chicas y sus madres se vinculen en un espacio distinto, donde la palabra circule sin miedos. Les hacía ruido hacer un taller asociado a la belleza pero entendieron que no se trataba de juzgarlas sino de escucharlas. Por eso, el taller también es una experiencia transformadora para las docentes de la Red.“Para poder acompañarte tengo que escuchar tu deseo. Y saber que tengo que escuchar tu deseo es reconocerte como sujeta. No sos un objeto más al que yo le deposito un saber”, explica Andrea. .

Prepararon el taller durante meses. Lo discutieron en un proceso guiado por la experiencia de estos tres años y lo que aprendieron de cada historia. Así surgió la idea de que el taller fuera para madres e hijas. “Una de las lecturas que surge de los acompañamientos es la brecha cultural generacional sarpada que hay entre las pibas y sus madres, que no tiene que ver solamente con la edad, sino también con la cultura”, explica Jaz, miembro de la red y parte de un bachillerato popular que funciona en el barrio. Es que aunque muchas de las mamás sos jóvenes, llegaron al Bajo Flores hace unos diez o quince años, cuando el barrio era distinto. Muchas de ellas, además, vienen de zonas rurales de Bolivia, un mundo muy diferente al que hoy habitan su hijas.

“Apostamos a que la perspectiva de género va tanto para las pibas como para las madres”, dice Jaz. “Todas las mujeres somos criadas en una cultura muy machista. Queremos problematizar los estereotipos de belleza: vamos a darnos el espacio para contenernos, para desnaturalizar y cuestionar determinadas violencias y desde ahí generar pensamiento comunitario”.

Armaron lo contenidos del taller a partir de los ejes temáticos propuestos por el CFP: manicuría, maquillaje, cuidado de la piel, peluquería. No es un taller de formación para el trabajo: el objetivo no es que las chicas y sus madres se capaciten laboralmente sino que encuentren una oportunidad de vincularse de otra manera, liberadas al menos por un rato del peso enorme de la vida cotidiana en la villa.

Hace tres años, Andrea fue al Encuentro Nacional de Mujeres por primera vez. Entre la grilla de actividades encontró un taller de “mujer y tiempo libre”. En ese momento pensó “qué pavada”. Hoy lo ve de otra forma: entiende que el ocio es un animal escurridizo para las mujeres en general (en Argentina el 76 % del trabajo doméstico no remunerado y las tareas de cuidado recaen sobre nosotras) pero para las mujeres del Bajo Flores es un lujo que no pueden darse.

Para las mujeres de la 1.11.14 -migrantes, trabajadoras, jefas de hogar- y sus hijas, permitirse unas horas de autocuidado, de conversación con otras mujeres, puede ser revolucionario.

La Red lleva tres años trabajando en el diseño de estrategias comunitarias para acompañar y contener a las adolescentes del barrio, para entender cómo se cruzan en sus vidas la pobreza, el machismo, la violencia y el deseo. “Apostamos a un encuentro de construcción colectiva del saber pero también buscamos generar momentos de cohesión grupal”, explica Jaz. “No solo para que se hagan amigas las pibas o las madres del taller sino para que se cuestionen ciertas cosas que tenemos naturalizadas para que después puedan hacerse amigas de otras vecinas. Partimos de la premisa de que la violencia no es amor ni una forma de relacionarse, de que los hombres no valen más que las mujeres. Desde allí, todo lo que trabajemos va a ser disruptivo”.

Sociedad | 31 de julio de 2018

Cómo funciona la red de docentes y familias que se activa cuando desaparece una nena o adolescente en el Bajo Flores

En tres años acompañaron a más de 30 familias. En cada caso pusieron en marcha un protocolo con el que ayudaron a buscarlas. Todas las chicas aparecieron y sus historias revelan una realidad compleja, que no puede reducirse al mito de una camioneta que va secuestrando chicas por la ciudad. La red también trabaja con las escuelas para que a su vuelta las chicas no sean juzgadas por sus compañeros o maestros.

La tarde de 2015 en que Jimena no volvió de la escuela, sus padres rápidamente supieron que algo no andaba bien. La última semana no había sido fácil en su casa: unos días antes su papá la había encontrado chateando por Facebook con una persona que no conocían y que tenía como contactos a muchas otras nenas y adolescentes. Jimena, de 13 años, siempre volvía a su casa un ratito después de terminadas las clases, nunca se demoraba más de media hora.

En abril pasado, la Red realizó un festival buscando fortalecer vínculos en el barrio.

Según el Censo 2010, en las treinta manzanas que forman la 1-11-14 viven unas 26 mil personas, aunque las organizaciones barriales aseguran que el número real de habitantes podría ser tres veces mayor. Ubicada en Bajo Flores, en el sur de la ciudad, entre Villa Soldati, Villa Lugano y Parque Chacabuco, es una de las villas más grandes y pobladas de la ciudad. En 1976, la barriada fue arrasada por las topadoras y desde la década del 80 volvió a crecer con la llegada de migrantes internos y de países limítrofes.

Jimena no era la primera adolescente que desaparecía en la 1-11-14 y no iba a ser la última. Tres años después, todos los meses falta alguna chica: no está en su casa, no está en la escuela. Circulan en redes los flyers que piden su aparición. Algunas desaparecen apenas unos días, otras varias semanas. Su ausencia llena las aulas de preguntas y hunde a las familias en la angustia. A veces, la noticia sobre su desaparición cruza los límites de la villa y de la escuela y llega a los noticieros.

Hablar con las chicas y abrazarlas, eso hizo la red

Como consecuencia de estos hechos, se conformó la Red de docentes, familias y organizaciones del Bajo Flores. Se creó a comienzos del 2015, cuando en distintas escuelas algunas maestras y maestros notaron que algo le pasaba a sus alumnas, la mayoría nenas que cursaban 6º y 7º grado y que vivían en la 1-11-14, una de las villas más grandes del país. Estaban raras, distintas, no respondían como siempre. Hablaron con ellas, citaron a sus familias y una de ellas se animó a contar que hacía meses que era hostigada por Facebook.

De a poco, entendieron qué pasaba: las chicas estaban en contacto con perfiles truchos que primero eran amigables y después empezaban a pedir cosas a cambio: mandame una foto desnuda, mandame un video, yo sé dónde vivís, yo sé dónde trabaja tu mamá. A los 12, 13 años padecían el acoso en absoluto silencio.

Esta situación prendió las alarmas en varias escuelas: conversando entre sí muchos docentes se dieron cuenta de que sus alumnas habían pasado por situaciones similares y desde Ademys, la asociación gremial que agrupaba a muchos de ellos, armaron un material didáctico para trabajar en los cursos. Lo llamaron “Atrapadas por internet” y en ese momento fue una herramienta para identificar situaciones similares en el aula y transmitir a las alumnas y sus familias estrategias para protegerse.

La Red busca generar espacios saludables para las chicas del barrio. | Rodrigo Mendoza
La Red busca generar espacios saludables para las chicas del barrio. | Rodrigo Mendoza

Cuando desapareció Jimena, los docentes ya venían trabajando en red, charlando por WhatsApp y juntándose en asamblea con las organizaciones sociales que militan en el barrio para abordar estos casos de grooming que, veían, se daban sobre todo con chicas de familias bolivianas que vivían en el Bajo Flores.

Por eso, organizarse para pedir su aparición no fue difícil. Se acercaron a la escuela y contactaron a la familia. Hicieron una volanteada por el barrio y por zonas cercanas, inundaron las redes sociales con su foto y marcharon frente a la comisaría. Cuando nada de eso alcanzó, cortaron el cruce de la calle Acoyte y la avenida Rivadavia y convocaron a los medios.

Unos días más tarde, encontraron a Jimena en una plaza del centro después de que la policía interceptara una llamada que había hecho a su mamá. Estaba acompañada por dos adultos.

Desde la desaparición de Jimena hasta hoy, sistematizaron un protocolo de acción comunitaria que se pone en marcha ni bien se enteran que otra chica no volvió a su casa.

Así lo explica Andrea, maestra de grado en una escuela del distrito 8, que en la Red se encarga del vínculo con la prensa: “Cuando sabemos de qué escuela es la piba, nos contactamos para hacer el acompañamiento por dos vías: en la escuela, con el docente, para que labure con los compañeros y otros maestros, para que no la revictimicen. Y con la familia vamos a hacer la denuncia si todavía no la hicieron y tratamos de entender el entramado de esa piba”.

La abogada Karina Valobra en una reunión de la Red. | Rodrigo Mendoza
La abogada Karina Valobra en una reunión de la Red. | Rodrigo Mendoza

Un plan de acción para buscarlas y cuidarlas

Después de esa primera instancia de escucha, coordinan con la familia un plan de acción: volanteadas, difusión en redes sociales, articulación con otras organizaciones, cortes de calle y, si lo creen necesario, convocan a los medios.

En todo momento, el cuidado de la información es fundamental: cualquier dato que se filtre puede hacer que la vuelta a la casa y a la escuela sea todavía más difícil. “Muchas veces los medios preguntan cosas que no vienen a cuestión: cómo se lleva con la mamá, si tiene novio, de qué nacionalidad es”, cuenta Andrea. Y concluye: “Por eso yo trato de no saber casi nada sobre su vida íntima y privada para no tener con qué pisar el palito. Si me preguntan de qué nacionalidad es yo les digo ni idea: lo que sé es que tiene 15 años y no está ni en su casa ni en la escuela y no están haciendo nada para buscarla”.

La búsqueda por el barrio y por redes sociales funciona como un llamado. Lo importante siempre es esto: que la nena sepa que la buscan, que la esperan en su casa, en la escuela. Que no es lo mismo volver o no volver: que a alguien le importa.

Más de 30 chicas desaparecidas y encontradas

Cuando conoció a los docentes de la Red, Noelia, la mamá de Jimena, desconfió. Con su marido ya habían hecho la denuncia por la desaparición de su hija en la comisaría y ahí les habían recomendado que no hablaran con “ninguna organización” porque iban a entorpecer la investigación. Estaban solos: no conocían a demasiada gente en el barrio. Habían llegado de Bolivia hacía diez años, cuando Jimena era bebé y siempre habían vivido ahí, “en el bajo”, pero habían construido su vida en la 1-11-14 aislados de lo que pasaba a su alrededor.

“Al principio nuestra casa era una cajita de cristal, yo salía temprano para ir a trabajar con mis hijas, porque ellas no estudiaban por la zona, las llevaba hasta Floresta. A la tarde las retiraba y otra vez a la casa. Era una cajita porque no veíamos nuestro entorno, no veíamos esta situación de que se perdían chicas, de que había bailes por la zona y toda esas cosas”, relata Noelia.

Recuerda esa época como un tiempo entre ideal e ilusorio, que empezó a quebrarse cuando Jimena empezó la secundaria y se rompió definitivamente el día que no volvió a su casa. Estuvo afuera durante 12 días y su desaparición fue noticia en los medios nacionales.

Las chicas del barrio en el festival organizado por la Red. | Facebook de la Red
Las chicas del barrio en el festival organizado por la Red. | Facebook de la Red

De ese momento ya pasaron casi tres años: hoy Jimena tiene 16 y cambió de escuela. Tiene algunas amigas y habla más con sus papás. Fue en este tiempo que Noelia y su marido dejaron de estar tan solos y se sumaron a la Red. Ahora participan de todas las reuniones y se acercan a las familias que buscan a sus hijas.

“Nosotres sabemos quién es la piba, quién es la mamá, dónde vive. Eso nos diferencia del Estado: no la convocamos al espacio de la Red sino que vamos hasta su casa y nos presentamos como lo que somos: un grupo de docentes y una abogada que ayudamos a que la piba aparezca”, explica Griselda, profesora de teatro en una de las escuelas que funciona en el Bajo Flores.

“Empezamos a preguntar: qué sabe, dónde estuvo, si intuye algunas cosas: muchas veces los relatos de las mamás son muy precisos y son ellas las que salen a buscarlas por lugares muy puntuales”, detalla Griselda.

En estos tres años acompañaron a por lo menos unas 30 familias. En estos tres años más de 30 chicas del Bajo Flores faltaron de sus casas unos días, varias semanas. El grupo de WhatsApp de la Red hoy tiene casi 80 integrantes. En algunas asambleas pueden llegar a reunir más de 50 personas, entre familiares, docentes y organizaciones.

El invalorable apoyo de una abogada

Karina Valobra es abogada y milita en la 1-11-14 hace 20 años. Está al frente de un taller de cine y derechos humanos, interviene denunciando la violencia policial y el gatillo fácil en el barrio y ofrece patrocinio legal gratuito tanto por dentro como por fuera de la Red.

Como abogada, Valobra es una de las encargadas de acompañar a las familias en el circuito de denuncia, que puede ser muy hostil. Ella misma menciona el caso de una mamá a la que no quisieron tomarle la denuncia en la comisaría. Aunque se trataba de una averiguación de paradero, le dijeron que si hacía la denuncia su hija iba a quedar marcada para siempre, como si tuviera antecedentes penales.

Para una familia pobre, recorrer el circuito policial y legal que se abre con la desaparición puede ser muy difícil. Y cuando las mamás están solas es directamente imposible.

“No hay recursos facilitados”, señala Valobra. Y amplía: “Para ir a hacer la denuncia tenés que faltar a tu trabajo, porque te lleva varias horas de tu mañana. Después, se abren varios dispositivos que implican faltar durante una semana seguida, porque con la denuncia penal no solo se inician una serie de trámites que implican tener que concurrir personalmente a un montón de lugares -la fiscalía, el juzgado, los dispositivos del sistema de protección integral de derechos de niños, niñas y adolescentes- sino que además hay que hacer una gestión ante el Registro Nacional de Personas Menores Extraviadas, que son los que expiden afiches con las búsquedas y difunden las alertas en las comisarías. No hay oficinas en los barrios y en la mayoría de los casos las madres no tienen empleos donde sea posible pedir una licencia”.

Los fines de semana, el único lugar al que se puede acudir es la comisaría. Los sábados, domingos y feriados las oficinas de la Agencia Territorial de Acceso a la Justicia (ATAJO) -organismo que depende del Ministerio Público Fiscal y que funciona cual mesa de entrada de una fiscalía en los barrios más pobres- están cerradas. “Y la comisaría es muy hostil con estas situaciones. Allí, les dicen que se fue con el novio, que hay que esperar y a veces también tienen un trato discriminatorio, porque si voy yo o una docente nos toman la denuncia en seguida, pero si va una señora del barrio, inmigrante, con el documento boliviano, no”, cuenta Valobra.

El día a día de las nenas que desaparecen

Cada historia es distinta, pero todas tienen algo en común: las que desaparecen son adolescentes, son pobres, y la mayoría son hijas de migrantes. Adolescentes que todavía van a la escuela, que se pasan el día encerradas en casa con el celular, deambulando en redes sociales, fantaseando con una vida menos difícil, en la que no tengan que atravesar una montaña de basura para ir a la escuela o donde el día no se consuma entre buscar a los hermanitos, lavar la ropa y prepararles la comida mientras su mamá trabaja más de 16 horas por día.

Crecer en esta precariedad extrema las hace doblemente vulnerables: qué pasa cuando a todo lo propio de la adolescencia -la inseguridad, el deseo, la rebeldía, la experimentación, en definitiva, las ganas de rajar- se suma no tener un lugar seguro donde juntarte con tus amigas, un espacio para hacer deporte, ni una red de vínculos que te reciba cuando te peleás con tu mamá, que está desbordada porque trabaja más horas de las que su cuerpo puede aguantar.

“La verdad es que las pibas viven en un estado de mucha vulnerabilidad”, remarca Griselda. “Si vos vivís en un rancho que se te llueve, con tu mamá, tu hermano, el colchón mojado, barro, olor a mierda, es imposible que quieras volver ahí. Las pibas muchas veces se van porque están hartas de vivir en esas condiciones, y claro que hay otros que aprovechan esa situación y que eso otros además son adultos”.

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Ellas no tienen las mismas libertades que los varones. Sobre sus cuerpos y los de sus mamás se carga todo el peso del trabajo doméstico, incluso muchas veces a costa de la escuela. “La tarea doméstica es un encierro para ellas y cuando zafan de eso, zafan de la peor manera”, advierte Griselda. “Por eso una de nuestras consignas es ni encerradas ni desaparecidas, con vida digna todas las pibas”.

“No hay una sola razón por la que las chicas desaparecen”, aclara Karina Valobra. “Hay patrones, si, pero no una única causa”, insiste. Lo que las chicas cuentan cuando vuelven les permite tener algunas hipótesis: tienen entre 13 y 17 años, quieren ser libres y autónomas, tener algo de plata para sus cosas, y por redes reciben ofertas de trabajo, promesas de amor, muchas veces las dos cosas a la vez.

Sus relatos arman un rompecabezas, pero al que siempre le faltan piezas: nadie sabe del todo por dónde anduvieron. La mayoría cuenta que estuvo trabajando: en La Salada, en una pollería, tarjeteando en los boliches de la zona.

Algunos lugares también se repiten: Villa Celina, el barrio El Tongui, en Lomas de Zamora, el Parque Avellaneda, el boliche El Bacilón, en Liniers, que funciona de día y compite con la escuela. De los adultos que muchas veces las esperan en la huida, nunca dicen nada.

Los relatos tienen huecos, incongruencias, llegan siempre a un punto muerto. Las investigaciones penales, si las hay, se cierran con la vuelta a la casa. Desde la Red evitan hablar de trata de personas y de explotación sexual: entienden que acá están frente a un entramado más complejo, que las trayectorias son múltiples y distintas, y que reducir estas ausencias a la presencia fantasmal de una combi blanca no permite entender qué está pasando con ellas ni pensar una estrategia comunitaria frente a las formas en que las chicas del barrio transitan su adolescencia.

El mensaje del mural es claro: "HABLEMOS". | Facebook de la Red
El mensaje del mural es claro: “HABLEMOS”. | Facebook de la Red

En el barrio, frente a la escuela número 12, en Cobo y Curapaligüe, hay un mural que pintó un grupo de chicas en el marco de una actividad que organizó la Red. La idea era transformar esa realidad -la del acoso en redes, la de la angustia del encierro, la de las ausencias- en arte, para comunicárselo al resto del barrio.

Unos días antes, las y los docentes les habían preguntado qué querían comunicar a quienes vieran el mural. Todas plantearon lo mismo: querían que hablara de lo importante que había sido para ellas encontrar por fin un espacio donde contar lo que les pasaba, donde reencontrarse con sus mamás, donde alguien las escuchara.

El mural muestra una cara gigante con la boca abierta y un mensaje claro. Dice: HABLEMOS.

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Los nombres de algunas personas mencionadas en esta nota han sido cambiados para preservar su intimidad.

Si querés más información sobre la red, ellos están dispuesto a contar su experiencia y ayudar a los que lo necesiten:


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Sociedad | 31 de julio de 2018

Qué hacer cuando desaparece una niña o adolescente

¿Dónde hacer la denuncia? La Red de docentes, familias y organizaciones del barrio porteño del Bajo Flores elaboró protocolo para actuar ante las desapariciones de niñas y adolescentes. Allí, lo primero que recomiendan es acudir a la Agencia Territorial de Acceso a la Justicia, que dependen del Ministerio Público Fiscal y enlazan directamente con la fiscalías. Hay varias en distintos barrios pobres del país. Aconsejan denunciar en la comisaría sólo cuando las agencias ATAJO estén cerradas (sábados, domingos y feriados) y en ese caso ir siempre acompañados.

¿Es necesario esperar 24 horas para que tomen la denuncia por desaparición? No, de hecho es importante realizar la denuncia lo antes posible.

¿Dónde y cómo denunciar? El Ministerio Público Fiscal (MPF) publicó en 2014 un instructivo para actuar ante una desaparición. Puede consultarse acá. El documento indica que quien tome la denuncia siempre debe entregar una copia de la denuncia y los datos del juzgado y de la fiscalía que intervienen. También es posible hacer una denuncia telefónica a la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (PROTEX) o a la línea 145 para que evalúen la urgencia y ordenen medidas inmediatas. Funcionan de lunes a viernes las 24 horas.

Consultar el instructivo del MPF

Por su parte, desde el MPF señalan que si la persona desaparecida es una niña, niño, adolescente, persona con discapacidad o un adulto mayor se puede denunciar en el Registro Nacional de Información de Personas Menores Extraviadas del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación a las líneas gratuitas 142 y 0800- 122-2442, habilitadas las 24 horas.

¿Dónde asesorarse? En la Ciudad de Buenos Aires, se puede llamar todos los días del año las 24 horas y en forma gratuita al Consejo de derechos de Niñ@s y Adolescentes de la Ciudad de Buenos Aires (línea 102)  o desde cualquier parte del país al Equipo de Niñ@s contra la explotación sexual y el grooming, que depende del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación al 0800-222-1717.

Por último, desde la Red de docentes, familiares y organizaciones del Bajo Flores recomiendan cuidar la información de la persona desaparecida que se hace pública. “La denuncia vacía y apresurada frente a las cámaras de los medios puede empeorar el problema, si no se toman recaudos”, advierten.