Cómo luchan contra la tentación del suicidio los jóvenes de Fiambalá

Los suicidios se han convertido en la segunda causa de muerte entre los jóvenes de Argentina. Por año, afecta a 14 de cada 100.000. Una ciudad catamarqueña logró revertir esa tendencia.

por Stella Bin

24 de abril de 2018

La Organización Mundial de la Salud (OMS) sostiene que para 2020 el suicidio y la depresión serán epidemia en el mundo. Y el Centro de Asistencia al Suicida (CAS) alerta desde su página web que el suicidio juvenil se ha convertido en la segunda causa de muerte de ese grupo etario afectando cada año a 14 de cada 100.000 jóvenes en Argentina.

“Si bien el suicidio existe desde siempre, en las últimas décadas la cantidad de personas que optan por terminar con sus vidas ha acelerado su aumento. El alcohol, las droga, el bullying, el ciberbullying, la bulimia, la anorexia, la falta de contacto humano, de familia… hace que se camine hacia un sinsentido que acercan al suicidio”, explica la presidenta del CAS, la psicóloga Fernanda Azcoitía.

Este sinsentido afecta a las poblaciones más vulnerables: los adolescentes y jóvenes. Por eso, la OMS destaca que el suicidio es la segunda causa de muerte en los jóvenes de entre 15 y 29 años.

En ese contexto, cabe pensar que es necesaria una política pública para trabajar en prevención y asistencia. Sin embargo, detalla Azcoitía, “desde el estado nacional no se ha hecho nada integral. En 2015, se sancionó y promulgó la Ley 27.130, de Prevención del Suicidio. Pero aún no se reglamentó”.

Consultado el Ministerio de Salud de la Nación, organismo responsable de la reglamentación de la ley, respondieron vía mail que la ley “se encuentra en proceso, siguiendo los pasos administrativos del ministerio”.

Pero algunas provincias sí han legislado sobre el tema. Un ejemplo es Catamarca, que tiene la ley provincial 5262, sancionada en 2008 y reglamentada en 2010.

Tasas de suicidio por provincia:

Según datos del Ministerio de Salud de la Nación, en 2013, en Catamarca se suicidaron 43 personas. Ese año los habitantes de Fiambalá, una de las localidades más afectadas por esta problemática, contabilizaron 18 suicidios en jóvenes de entre 12 y 23 años.

Para ayudar a armarse una composición mental sobre el impacto del suicidio en Fiambalá, cabe contemplar que según el Instituto de Estadísticas y Censos (INDEC), en 2010, esta localidad del oeste de Catamarca tenía 4.639 habitantes y si se suma a los ciudadanos de las localidades linderas ascienden a 8.000

La historia de Ana

Ana es el nombre de fantasía que elegimos para preservar la identidad de esta menor de 16 años que vive en Fiambalá. Si bien Ana era una niña cuando se dió esa tasa de suicidios en su pueblo, pocos años después ella también pensaba en suicidarse.

Su mamá era la directora de una escuela de un pueblo cercano, pero no tanto como para ir y venir todos los días. Ana sólo la veía los fines de semana. “Mi papá también trabajaba mucho y yo estaba con una niñera. Me sentía sola”. El llanto y la voz entrecortada de Ana atraviesan kilómetros hasta escucharse en mí teléfono. No la interrumpo. Sigue llorando y hablando: “Sentí que la vida era una mierda, que cuando tenía problemas mi mamá no estaba y no veía salida posible”.

Logra calmarse cuando recuerda lo mucho que insistió su mamá para que ella fuera al retiro espiritual que organizaba cada año el grupo de misioneros de la porteña Parroquia Santa Magdalena Sofía Barat. Grupo que por entonces, ya habían desarrollado el Proyecto El Camino.

Ese día, Ana quería ir a la “Fiesta del Médano”, una fiesta popular que se realiza todos los años, al aire libre, sobre un médano. “Pero mi mamá, que me veía mal, no me dejó ir. Y me mandó al retiro. Yo no quería ir porque creía que me iba a sentir sola y me iban a hacer rezar. Yo sólo iba a la iglesia los domingos, por obligación. Llegué casi llorando a la escuela 314 donde se hacía el encuentro”.

Ese verano de 2016, durante el retiro, Ana no sólo se contactó con jóvenes a los que les pasaban cosas similares si no que pudo contar sus angustias. En ese marco, su mamá le escribió una carta. “Me dijo que la perdonara por no haber estado, que me quería”, Ana vuelve a llorar. “Cuando salí la abracé y todo comenzó a cambiar. Entonces, yo solo pensaba en mí. Ahora pienso en los demás también, en lo que otros necesitan”.

Pasaron un par de años de aquel encuentro y Ana ya era otra Ana. Observó que una conocida de cuando ella iba al jardín de infantes ponía en sus estados de WhatsApp que estaba mal. La llamó, la escuchó decir que quería matarse, la dejó hablar y le dijo que si la necesitaba ella estaba ahí. Y cada vez que la necesitó trató de estar. Poco a poco se fue recuperando y hoy es su compañera de secundaria.

Historias como la de Ana, contadas en primera persona, son frecuentes en Fiambalá. En parte porque Proyecto El Camino, que se conformó a partir de la situación que detectaron allí, trabajó duro para revertir el número de suicidios.

“Nosotros íbamos a misionar a Fiambalá y los pueblos de alrededor desde 2007. Cuando nos enteramos del número de suicidios en 2013, entendimos que teníamos que cambiar. Nuestra propuesta no era suficiente para las necesidades de los jóvenes”, explica Joaquín Casaburro, uno de los fundadores de El Camino.

Al proyecto, hoy los expertos lo miran con mucha atención, viendo la posibilidad de replicar su accionar en otros lugares.

Cómo trabaja El Camino

Los misioneros visitaban la zona desde 2007. Para los que no saben, “misionar es compartir la vida desde una mirada creyente”, explica casaburro. Y profundiza: “Visitábamos a la localidad durante 15 días en verano y en invierno. Nos hospedábamos en escuelas o clubes. Por la mañana tomábamos mate y charlábamos en alguna casa, por la tarde organizábamos juegos con los más chicos y por la tardecita-noche charlas y actividades con los jóvenes”.

Pero el invierno de 2013 fue diferente. Mientras estaban en Fiambalá se suicidó Hugo, “un chico de 16 años que jugaba muy bien al fútbol y al que conocíamos bastante”. A partir de esa muerte comenzaron a averiguar y descubrieron la alta tasa de muertes por suicidios entre los jóvenes.

“Ese año leímos mucho sobre los suicidios en Catamarca y empezamos a tejer redes”, cuenta Casaburro. Se contactaron con José Lumerman, un psiquiatra especializado en suicidios que trabaja en el Instituto Austral, en Neuquén. Y él los ayudó a comprender el fenómeno.

“Entendimos que la pobreza y la injusticia llevan a la depresión, la violencia, el desgano, el no querer vivir. También la adoración a San La Muerte, muy difundida en la zona, impactan sobre la mirada que se tiene de la vida y la muerte”, explica Casaburro.

Lumerman los alentó a que siguieran haciendo las misiones, profundizando la escucha, la charla y la celebración: comer rico, cantar, jugar. “El nos remarcó que con las misiones podíamos generar un vínculo de cercanía rápidamente. Algo que a un profesional de la salud o al Estados le costaba mucho tiempo construir”, dice Casaburro.

El psiquiatra también les explicó que “el primer responsable es el Estado y que no se puede abordar esta problemática sin incluirlo”.

En 2015, El Camino comenzó a funcionar en Fiambalá con el objetivo de empoderar a jóvenes con potencial de liderazgo. Cuando arrancaron eran 12 jóvenes. Hoy, son más de 120.

Reunión de jóvenes de Fiambalá, en marzo pasado. Proyecto "El Camino".
Reunión de jóvenes de Fiambalá, en marzo pasado. Proyecto "El Camino".

Empezaron haciendo un retiro en una escuela, con 50 chicos y chicas, que duró 4 días. El primer día los invitaron a pensar en quiénes eran, su identidad, su propia historia. Se escucharon relatos de violencia de género, abusos e injusticia social.

El segundo día les propusieron reflexionar sobre quiénes eran ellos con los demás, cómo eran sus vínculos, sus amigos, sus noviazgos y la familia. “Esa noche les entregamos a cada uno una carta que le habían escrito sus padres”, detalla Casaburro.

El tercer día, “buscamos pensar quiénes somos frente a Dios y cómo sanar nuestros dolores”. Y el cuarto y último día, “tras ese recorrido introspectivo trabajamos en qué querían hacer, aclarándoles que nosotros estábamos dispuestos a acompañarlos en los proyectos que decidieron hacer y que no queríamos que los jóvenes se siguieran quitando la vida”. Resolvieron hacer un grupo misionero.

De ahí en más, todos los meses, dos jóvenes de El Camino viajan desde Buenos Aires para ayudarlos a organizarse. Casaburro cuenta que los acompañan en reuniones con el personal de la Intendencia para explicar la importancia de que el Estado trabaje con profesionales, psicólogos o psiquiatras. “También los apoyamos en la organización de juegos y actividades especiales para los más chicos durante las vacaciones de invierno y los retiros que hacemos los veranos”.

Así, en el recorrido que exige la organización de estos eventos, “los jóvenes comenzaron a involucrarse con la comunidad, a entablar otras relaciones. Pidieron colaboración a los comerciantes, al hospital, a la intendencia, al cura y las familias. Ellos mismos fueron armando un programa de prevención al suicidio. A tal punto que en 2016 la tasa fue de cero, en 2017 se produjeron dos suicidios y en 2018 ninguno”, sostiene Casaburro.

Como parte del mismo proyecto, en 2017 trajeron a 50 jóvenes de entre 12 y 22 años a Buenos Aires. La mayoría nunca había salido de Fiambalá.

Los llevaron a Ciudad Oculta, nombre con el que se conoce a la Villa 15,​ localizada en el barrio porteño de Villa Lugano, donde pudieron ver cómo sus habitantes se organizan bajo distintos objetivos. A las canchas de Boca y River; a comer a McDonald’s y cuatro días de campamento en Villa Gesell.

El objetivo del viaje era mostrarles herramientas de gestión, empoderamiento y liderazgo. Fueron 8 días fuera de sus casas, de su pueblo. ¿Lo que más les impactó? “Las personas en situación de calle entre tanta gente esquivándolos, sin detenerse”, describe Casaburro.

Los jóvenes recorren los pueblos cercanos a Fiambalá. Proyecto "El Camino".
Los jóvenes recorren los pueblos cercanos a Fiambalá. Proyecto "El Camino".

“Así, vimos que después de esta experiencia los chicos se vuelven otras personas. Muchas veces se convierten en líderes convocantes dentro de sus familias, las organizan. Por eso, nosotros creemos que el suicidio se puede trabajar con dispositivos simples, de alto impacto”, sostiene.

Precisamente, Proyecto El Camino busca ser una usina generadora de estos dispositivos. Hace pocas semanas los jóvenes de Fiambalá votaron a sus referentes. Cada comunidad eligió al suyo por uno o dos años. La idea a mediano y largo plazo, revela Casaburro “es empoderar a los jóvenes para que ellos se conviertan en los futuros líderes sociales y políticos”.

El trabajo de El Camino no es para soslayar. Menos cuando desde el Centro de Asistencia al Suicida se resalta que las estadísticas nos muestran que más de la mitad de los alumnos tienen pensamientos suicidas antes de terminar la escuela secundaria.

Por eso el CAS tiene online una guía para el docente, además de dar charlas y capacitaciones de prevención.

Por último, vale aclarar que los suicidios o intentos de suicidios pueden depender no sólo de cuestiones socio ambientales, sino además de una estructura psíquica descompuesta. En esos casos, el amor al prójimo no cura la enfermedad mental, de modo que no alcanza para tocar los resortes ni las causas del problema mental. Sólo la ayuda de profesionales logra revertir la dolencia.

Para el resto de los casos, las misiones religiosas y escuchar al que sufre alivian la angustia y la soledad humana, previniendo el suicidio.

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