Cómo se gestó Seamos Uno, la campaña de ayuda social que en 38 días lleva distribuidas más de 120.000 cajas de alimentos | RED/ACCIÓN

Cómo se gestó Seamos Uno, la campaña de ayuda social que en 38 días lleva distribuidas más de 120.000 cajas de alimentos

Nació en un chat entre un empresario y un sacerdote, y creció hasta involucrar a más de 30 empresas, diversas instituciones religiosas y muchas organizaciones civiles. Rodrigo Zarazaga, vocero del plan, y algunos ejecutivos cuentan los detalles de una campaña que ya distribuyó casi 7 millones de raciones de comida, pero que aún necesita sumar voluntades para alcanzar su objetivo: entregar un millón de cajas de alimentos para atenuar el hambre.

Intervención: Pablo Domrose. Fotos: Seamos Uno

El 17 de marzo, tres días antes de que se estableciera la cuarentena obligatoria en la Argentina, el sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga y el empresario Gastón Remy cruzaron un chat. Quince días después, con el protagonismo de una red de iglesias, empresas, organizaciones de la sociedad civil y la participación del Estado, nació la campaña Seamos Uno, inédita por su escala y ambición: entregar un millón de cajas con alimentos e higiene para más de 4 millones de argentinos.

En esa primera conversación, Remy le cuenta que algunos empresarios se estaban preguntando cómo ayudar, y que contaban con depósitos que podrían convertirse en hospitales de campaña.

—Más simple –respondió Zarazaga–. Morfi y logística para repartirla. La otra opción es sentarse a esperar los saqueos.

A 38 días de su lanzamiento, la campaña lleva entregadas 122.400 cajas, es decir, más de 3.000 entregas diaria. Cada caja contiene lo necesario para alimentar a una familia de cuatro integrantes por una semana. Para dimensionar el alcance de la campaña, basta decir que ya distribuyó el equivalente a 6.854.500 raciones de comida.

Con más de 30 camiones de distribución y dos centros logísticos, la campaña llega directamente a unos 120 puntos de la ciudad y el conurbano bonaerense, aunque desde esos lugares puede alcanzar a otros 700.

Cada caja contiene 15 kilos de alimentos y elementos de higiene. Por el contenido, su costo ronda los $3.000. Sin embargo, la organización logró bajar ese valor a $1.000 con compras directas y por volumen, y con una serie de subsidios de empresas proveedoras en cuestiones logísticas y otros costos de estructura.

La campaña llega directamente a unos 120 puntos de la ciudad y el conurbano.

Zarazaga, teólogo y politólogo, es un cura singular. Tiene un profundo conocimiento de la realidad de la pobreza, principalmente por su trabajo en varias villas y asentamientos del conurbano bonaerense. Y lo combina con una formación académica sólida: es Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de California, investigador del CONICET y autor de varios libros.

Hoy es el presidente del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) y allí dirige la Escuela de Liderazgo Político. Suele sentar a su mesa (literalmente) a grandes empresarios, dirigentes sindicales, líderes barriales y algunos políticos. Inspirador, uno de los principales motores y además vocero de Seamos Uno, en diálogo con RED/ACCIÓN se sorprende por el impacto de la campaña.

—No tenía idea de que se podía armar algo tan grande en tan poco tiempo. Y creo que se pudo hacer porque está montado sobre lo mejor de las personas y de las organizaciones, eso que tal vez emerge justamente por el momento de crisis. Los pastores con los jesuitas, con la comunidad judía; el mundo de las empresas privadas con el Estado; la AMIA con Cáritas, con el Banco de Alimentos. Todos apostando a construir desde lo mejor de cada organización, de cada empresa y de cada persona. 

Uno de los impulsores del proyecto, que prefiere permanecer en el anonimato, señala que “sin darnos cuenta desarrollamos una organización líquida, porque a partir de algunos mensaje de chat en el que nos preguntábamos ‘qué podemos hacer’, en 15 días montamos un programa con escala que involucra directamente a más de 30 CEOs –muchos competidores entre sí– a las Iglesias, a las organizaciones de la sociedad civil, a los referentes barriales y al Estado, todos coordinados y sin una sola reunión física.”

Las cuatro grandes auditoras (Ernst & Young, KPMG, Deloitte y Price) trabajan de manera coordinada para controlar distintos capítulos del proyecto, desde las donaciones hasta la logística de la entrega geolocalizada. Y empresas competidoras directas entre sí, como Accenture, IBM y McKinsey, desarrollaron, con herramientas que usa Mercado Libre, una aplicación para rastrear ‘la última milla’, es decir, la entrega final.

Uno de los coordinadores general del proyecto señala que además de la confianza y la urgencia, dos de los elementos fundacionales, la tecnología fue un enorme catalizador. “Con herramientas tecnológicas gestionamos originalmente la creación del proyecto, y hoy registramos en tiempo real todo el recorrido del dinero (desde que alguien lo dona a la cuenta hasta que se paga la compra de un producto), los procesos de armado y la distribución de las cajas. Porque la transparencia es otro motor de la confianza.”

—Creo que la semilla estuvo en la paciente construcción de confianza entre los distintos actores –coincide Zarazaga–. Entre el CIAS e IDEA (Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina); entre los evangélicos y los católicos; entre algunas organizaciones sociales y el Estado, con relaciones que la urgencia de la pandemia obligó a poner en juego.

La relación entre el CIAS e IDEA se remonta a la edición 2016 del Coloquio que la entidad cada año organiza en Mar del Plata, donde Zarazaga participó de un panel sobre integración social. En ese momento su rol no fue muy celebrado: con títulos como “Un sacerdote hizo enojar a los empresarios de IDEA” o “Las frases más duras del cura Zarazaga para los empresarios y políticos en Idea”, los medios se centraron en algunas de sus frases polémicas, aunque el mensaje del jesuita se centró en la siguiente: “Nosotros, el tercio que está arriba, nos tenemos que hacer cargo del tercio que está abajo”.

Rodrigo Zarazaga. Foto: Télam

Un empresario que estaba presente en ese momento, hoy recuerda: “Al cura lo invitamos y nos interpeló. Algunos se enojaron y aunque nos costó, nosotros de verdad abrazamos el mensaje: la integración social tiene que ser un pilar estratégico. Nos costó y nos sigue costando mucho entender cómo es ese partido, dónde se juega, pero este proyecto es un paso importante en ese camino”.

Como ejemplo, el mismo empresario señala que en esta campaña muchos de los CEOs no sólo están poniendo su dinero o sus estructuras, sino que están poniendo su cuerpo, liderando personalmente la gestión de compras o la logística de distribución.

Zarazaga se entusiasma al responder los diversos roles de quienes integran los equipos de la campaña:

—Nosotros coordinamos con el Estado, porque ni las iglesias ni los privados pueden reemplazar su función, pero en un momento de crisis lo que sí podemos es ayudar. Lo hacemos con los recursos que aporta el empresariado, o la capilaridad que aportamos las iglesias y las organizaciones de la sociedad civil. En muchas casos, los gobiernos de la Ciudad y de la provincia de Buenos Aires nos dicen ‘allí hay una emergencia’, y nosotros llegamos hasta ese territorio.

—¿A quiénes está llegando la campaña?
—Acá tenés 6.000 templos evangelistas, los curas villeros, todas las Cáritas de las diócesis, 1.400 merenderos del Banco de Alimentos. Tenés toda la capacidad articuladora del CIAS, de modo que podemos llegar no solo a los pobres estructurales sino también a los nuevos pobres de esta crisis: todos los que se quedaron sin changas, como el vendedor ambulante del tren, el albañil, la peluquera monotributista, la empleadas doméstica que trabajaba en negro o el peón de taxi. Son gente que vive al día, sin ahorros y que hoy sin ingresos tiene problemas para comer.

La distribución final la hacen las parroquias, templos e iglesias evangélicas de cada localidad, entre otras organizaciones.

—¿Hasta cuándo se prolonga la campaña y cómo viene en término de donaciones?
—Inicialmente pensamos la campaña para la cuarentena, sin saber con precisión cuánto duraría. Naturalmente esto no lo podemos sostener al infinito, pero la impresión que tenemos es que los meses de necesidad van a ser más y vamos a estirarla. Con las donaciones diría que hoy llenamos un poco más de medio tanque, pero aún falta muchísimo. Por supuesto es un momento difícil inclusive para pedir donaciones, porque todo el mundo tiene miedo. Pero entre la conciencia de la necesidad, la transparencia y el impacto que estamos teniendo, esperamos que más gente se sume.

—¿Cuál fue el mayor desafío?
—Conectar mundos y criterios diversos. Por ejemplo, para seleccionar los ingredientes hubo que articular criterios nutricionales y de eficiencia económica. Con voces que decían ‘hagamos una caja más barata y simple y llegamos a más gente’, y otras que sostenían que había que incluir ensalada de frutas y detergente, por ejemplo. En este punto fue fundamental la voz del Estado. Y las cajas incluyen ensalada de fruta y detergente.

¿Cómo se resolvieron las diferencias?
—Se resolvieron recordando que el norte del proyecto es combatir el hambre. Eso siempre es muy ordenador. Determinada decisión, ¿nos acerca o nos aleja de llegar al millón de cajas? Pero nada hubiera sido posible sin la construcción de confianza. Porque no hay manera de construir una sociedad en el que nadie cree en nadie.

—¿Qué necesitan?
—Que las personas se sigan sumando, que colaboren con lo que puedan. Hoy diría que tenemos la mitad del tanque lleno, pero aún nos falta la otra mitad.


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