Cómo se integran en las escuelas argentinas los niños venezolanos

El Ministerio de Educación dictó una resolución que garantiza y facilita el acceso de estudiantes llegados de Venezuela con o sin papeles, pero aún no está claro cómo es el proceso.

Por Brian Majlin

8 de agosto de 2018

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“Aquí las cosas son más razonadas, pero en Venezuela es todo más al caletre”, dice Sophia Berconsky, alumna de segundo año en una escuela privada porteña. Según la Real Academia Española, “caletre” significa “capacidad”, pero en la jerga venezolana es un modo de estudio mecánico. Aprender de memoria.

Hace unas semanas, durante el acto patrio del 9 de julio, Sophia fue abanderada en el Instituto Lange Ley y cantó frente a toda la escuela el Himno Nacional Argentino. Lo aprendió porque la incomodaba no saberlo. Esos actos rituales, o la jura de la bandera en cuarto grado, son parte de lo que la escuela argentina ha tenido desde sus inicios como objetivo: la conformación de una identidad nacional.

Sophia llegó con su mamá y su papá, Gabriela y Federico, y con su hermano menor, Eduardo, en julio de 2016. Ella había finalizado el año lectivo venezolano que había empezado en septiembre de 2015. La familia vino a la Argentina porque Federico es argentino –se había exiliado en Venezuela siendo un niño, en 1975– y aquí los esperaban algunos parientes.

Al llegar a Buenos Aires, su hijo Eduardo empezó el sexto grado en el Normal 6 (adelantando seis meses su cursada) y Sophia debió esperar nueve meses para iniciar el secundario. Este es el primer problema que encuentran los venezolanos que buscan integrarse al sistema educativo argentino: el desfasaje temporal con el sistema venezolano. Todos los chicos que vienen de ahí tienen que adelantarse o retrasarse seis meses respecto de su año en curso.

Ese paréntesis adaptativo también lo padecieron los mellizos Juan Ignacio y Santiago Andrés Sarcos, de ocho años, que llegaron al país en diciembre de 2017. Su mamá, Florencia Navarro, es una argentina que emigró siendo muy chica a Venezuela, en 1978. Vivió casi 40 años en Caracas, hasta que debió dejar todo y salir junto a su familia. Acá tenía la posibilidad “de darle cierta legalidad” a su familia; es decir, que tuviera acceso rápido a la ciudadanía.

Sus hijos llegaron al país en la mitad de su segundo grado y, en seguida, a los dos o tres días, fueron a una escuela a preguntar cómo inscribirse. Hicieron el trámite online y fueron asignados, seis meses después, en el segundo grado del colegio Mariano Acha. Al ver la diferencia de edad con sus compañeros, la madre solicitó que los dejasen pasar a tercero, pero no había mecanismos previstos: debieron rendir unos exámenes y pudieron avanzar.

Lo mismo ocurrió con Emiliana Carantón, que llegó en septiembre de 2017. Tras ocho meses sin ir a la escuela y con un paso previo por Colombia, empezó en el Instituto Lange Ley junto a su hermano Nicolás. Ella, que con 16 años debía estar en cuarto año, debió comenzar en segundo porque de Venezuela traía aprobado primer año. Explican los padres –Erik y Silvina Carantón: él, colombiano y ella, argentina; ambos criados en Venezuela– que la clave fue la escuela, en donde les sugirieron que “golpearan puertas” en las dependencias públicas correspondientes. De esa forma, lograron que la Dirección de Gestión Privada avalara un mecanismo de exámenes libres de todo segundo año, y Emiliana pudo pasar a tercero.

La identidad nacional

“¿Qué es ser argentino hoy?”, se pregunta Jason Beech, doctor en educación por la Universidad de Londres, investigador y docente del CONICET y de la Universidad de San Andrés. “Eso está abierto a la discusión. No es que la escuela renuncie a la identidad nacional, pero ahora respeta valores e identidades regionales”.

Los últimos datos disponibles del Ministerio de Educación (del relevamiento anual 2016) dicen que había 147.511 extranjeros en el sistema educativo de Argentina (lo que incluye jardín, primaria y secundaria).

La escuela argentina tuvo desde sus orígenes la finalidad de forjar una identidad nacional creada a partir de las diversidades de la inmigración, explica Beech en su artículo Migraciones y educación en la Ciudad de Buenos Aires.

Durante gran parte del siglo XX mermó la llegada de extranjeros, pero en los últimos 20 años el crecimiento es notable. Aunque esos 147.511 chicos representan poco más del 1,5% del total de la matrícula, si se lo compara con los datos de 1996 se entiende la magnitud: en ese entonces había 68.248 alumnos extranjeros, que representaban solo el 0.8% de la matrícula. Sigue siendo poco, pero se ha duplicado y casi todos se concentran en Provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde hay 115.901 de los 147.511 alumnos extranjeros.

Hasta ahora la presencia de venezolanos era casi indistinguible entre los chicos de Bolivia, Paraguay y Perú. Apenas había 249 chicos en nivel inicial, 525 chicos en primarios y 338 en secundarios, según los datos de 2016. Sin embargo, la infrecuente migración venezolana -producto de la situación política y económica de su país en los últimos años- empujó a casi 65 mil venezolanos en los últimos dos años, según el registro de la Dirección Nacional de Migraciones.

Hablamos de un salto de las 12 mil residencias otorgadas en 2016 a las 32 mil de 2017 y las más de 20 mil que ya han entregado en lo que va de 2018. Los datos muestran un incremento del 1600% en las residencias otorgadas entre 2012 y 2017. La comunidad pasó a ser una de las más importantes, detrás de la boliviana y la paraguaya, y se acercaría a las peruanas, uruguaya e italiana.

Eva María, venezolana de 4 años, acompañó a la niña que izó la bandera: está en Buenos Aires desde diciembre de 2017.
Eva María, venezolana de 4 años, acompañó a la niña que izó la bandera: está en Buenos Aires desde diciembre de 2017.

Integrar está bien, pero ¿cómo se hace?

Ante este panorama, y aún sin datos oficiales de los distritos que más venezolanos reciben (Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Provincia de Buenos Aires, Provincia de Mendoza) ni de la Embajada Venezolana –todos ellos consultados para esta nota– la presencia de alumnos venezolanos se hace indisimulable.

Isadora tiene 25 años y es madre de Leia, una niña de 3 años que asiste a un jardín público porteño. Llegó en septiembre de 2017, y eligió la Argentina por la facilidad en el otorgamiento de las residencias.

“Leia sabe que somos de otro país si se lo refuerzo, pero si no, no se entera. Es más difícil para mí en estos días de actos patrios: me duele que no pueda vivirlo en su país. Ella se va a sentir cada vez más argentina que venezolana”, explica Isadora, que estudiará para ser maestra en Buenos Aires.

La facilidad para incorporarse fue reforzada en febrero de este año, cuando el Ministerio de Educación nacional dictó la resolución 232-E, que garantiza y facilita el acceso de estudiantes venezolanos, con o sin papeles, al sistema educativo argentino.

Pero esa resolución –firmada por el ministro de Educación, Alejandro Finocchiaro– no indica el modo en que las escuelas deben recibir a los venezolanos. Eso señala Beech en su artículo, en el que identifica el problema de la segregación de comunidades extranjeras en distintas escuelas. Si bien reconoce que la lógica que buscaba borrar las diferencias dio paso desde 2006 a una visión más plural (con la Ley de Educación Nacional 26.206), explica que en la práctica a veces la diferencia queda sepultada.

Para Manuel Becerra, magister en Historia por la Universidad de San Martín y profesor en escuela media y terciarios porteños, desde 1983 el espíritu nacionalista ya no está en la escuela primaria, aunque lo reconoce aún en algunos rituales como la jura de la bandera en cuarto grado. En la secundaria las cosas son más relajadas; salvo que se disponga algún mecanismo para los que hablan un idioma diferente, el proceso de enseñar se da normalmente.

“La política inclusiva y abiertamente recuperadora de una tradición latinoamericanista de los gobiernos kirchneristas supuso un cambio en este modelo que permitió la integración de alumnos extranjeros sin mayores inconvenientes”, dice Becerra. “Ante el cambio de gobierno, lo que ocurrió fue una prescindencia: no hubo mandatos ni a favor ni en contrario”.

Por su parte, Diego Schermuk, rector del Instituto Lange Ley, separa en dos la tarea de integración: por un lado está la tarea normativa, que facilita el ingreso, y por el otro la tarea pedagógica donde, dice, no hay ningún lineamiento que indique cómo actuar. La responsabilidad queda en la escuela.

Para que el peso no recaiga en cada escuela, concluye Beech, “debería funcionar alguna lógica más sistémica que abra espacios que propicien la reflexión y formación docente y, por otro lado, que apunte a des-segregar”.

 Dónde ayudar

Aunque destacan la solidaridad de todos los que los han recibido, los extranjeros coinciden en que el principal problema que perciben al llegar es la falta de información y la sensación de vulnerabilidad. Para ello suelen recurrir a distintas redes sociales en las que buscar datos.

Los núcleos principales donde se reúnen son los grupos de Facebook e Instagram.

Especialmente las comunidades de:

Allí reciben ayuda que va desde los sencillos consejos gastronómicos hasta las especificidades sobre trámites u oportunidades laborales.

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