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Cómo trabaja el equipo que salva vidas del suicidio

En Argentina se suicidan 3.000 personas por año. En ese mismo lapso, 31 voluntarios del Centro de Asistencia al Suicida atienden más de 1.000 llamados. Si todos pusiéramos en práctica sus técnicas básicas, habría mucha menos personas con pensamientos suicidas.

por Stella Bin

23 de abril de 2018

En una época en la que la vertiginosidad cotidiana dificulta la escucha y el encuentro con el otro, cuando Pedro se suma a una reunión impone otro ritmo. Él mira a los ojos y escucha de manera atenta. No sólo no interrumpe en ningún momento mientras se le hace una pregunta, si no que se calla apenas otro comienza a hablar. Tal vez es un hábito adquirido producto de su actividad como voluntario en el Centro de Asistencia al Suicida (CAS).

En Argentina se suicidan unas 3.000 personas por año. 3.139 en 2016 para ser más exactos, según datos del Ministerio de Salud de la Nación, que RED/ACCIÓN abre a la comunidad a través de este link. Y Pedro es uno de los 31 voluntarios que con su escucha intenta que cada vez haya menos personas que decidan terminar con su vida. Él atiende los llamados que las personas hacen desde la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires al 135 o desde el resto del país al 011-5275-1135.

La cantidad de personas que decidieron terminar con sus vidas no ha variado sustancialmente desde 2007, cuando el organismo oficial registró 2.996 suicidios.

Pedro tiene 57 años, es ingeniero químico y trabaja en una pequeña empresa a la que entra a las 8.30 hs.. Sale a las 17 hs. y el día que le toca cumplir su turnos de cuatro horas semanales como voluntario anónimo tiene una hora para llegar a su casa o a la oficina del CAS y sentarse frente al teléfono y la computadora.

A esas herramientas sumará sus años de entrenamiento y con ellos tratará de convencer a la persona que lo llama de que a él su padecer le importa. Puede parecer que el objetivo es pequeño al lado de una decisión tan enorme como el suicidio. Sin embargo, los especialistas coinciden en que es uno de los factor determinante.

Pedro vive en el Gran Buenos Aires junto a su mujer y como su trabajo es anónimo son muy pocas las personas que saben de su tarea en el CAS. Por eso, Pedro no es su verdadero nombre, sino uno elegido al azar para proteger su identidad. Su esposa, su hija, su yerno y dos o tres amigos son los únicos que saben de su obsesión por salvar vidas del suicidio.

El CAS se creó hace 50 años y funciona en una oficina prestada, de 1,50 por 2 metros, en el centro de la ciudad de Buenos Aires. El lugar está equipado con un escritorio, dos sillas, una computadora y dos líneas telefónicas. Una en la que reciben las llamadas y otro para contactar al 911 o 107, en los pocos casos que es necesario hacerlo y que la persona lo autoriza.

A cada persona que llama, el voluntario le pregunta el nombre de pila, con el objetivo de establecer un diálogo más personal. Luego, “se le pregunta o se lo deja hablar de su problema. Cuando manifiesta tener pensamientos suicidas se le permite hablar libremente sobre ello”, explica Pedro.

El anonimato, tan celosamente cuidado por los voluntarios del CAS, y la confidencialidad tienen el propósito de generar un clima íntimo en el que el consultante realmente se sienta cómodo para hablar.

De hecho, hace algunos años una de las voluntarias era una actriz muy conocida a la que solían preguntarle si esa voz era la de la actriz. “Siempre me dicen que mi voz se parece a la de ella, pero no, nada que ver”, respondía la voluntaria.

“El voluntario va conociendo al consultante, sus problemas y lo que él está reclamando. Aunque muchas veces su reclamo no se condiga con lo que realmente necesita”, revela Pedro.

Lo más importante, repetirá varias veces durante la entrevista, es que el consultante se sienta escuchado y se escuche a sí mismo. En este “reflexionar juntos” suelen aparecer alternativas de acción, muchas veces propuestas por él mismo.

Si la persona está en riesgo inminente y acepta ayuda, el voluntario le solicita la dirección y el teléfono para enviarle una ambulancia o la policía. Siempre con el consentimiento del consultante. “Las pocas veces que anotamos estos datos, una vez pasado el pedido de ayuda el papel se rompe para preservar, en lo que a nosotros respecta, el anonimato del llamado”, detalla Pedro.

Los voluntarios tampoco dan ningún dato sobre ellos y se comprometen a no hacer públicas las historias que escuchan, ni siquiera en forma anónima.

Escuchar al otro

En 2017 el CAS recibió unos 1000 llamados efectivos y estiman que al ritmo que vienen este año alcanzarán los 1500. “Esto es porque sumamos más voluntarios, ya somos 31, y hemos difundido nuestro trabajo en las redes y en los medios”, explica Alberto Fernández, secretario de la organización sin fines de lucro.

A esos 1000 llamados hay que sumarle unos 1000 más por año, provenientes de unas 30 personas que se comunican con asiduidad. “Es gente que encontró en nosotros un espacio de escucha para calmar su ansiedad”.

“Los voluntarios se forman para abrazar con una ternura que no se ve en otro lugar”, dirá Juan, un ciudadano que hizo la capacitación pero que no se sumó como voluntario. Por año, el Centro de Asistencia al Suicida forma a 20 voluntarios. La mayoría no se suma a la atención en las guardias. De hecho, aún no tienen cubiertas las 24 horas de atención. Sin embargo, para el CAS, en esos casos enseñar a escuchar a las personas es un valor que aporta salud a la sociedad.

Cada voluntario hace por lo menos una guardia semanal de cuatro horas. A esto se suma una supervisión quincenal, una reunión de una o dos horas con todo el equipo en la que se aúnan criterios porque el trabajo es muy solitario. “La mitad de las guardias se hacen fuera de la oficina del CAS. Quienes cuentan con las condiciones mínimas que tiene la guardia realizan su labor de manera externa”, cuenta Fernández.

La escucha activa de los voluntarios implica mucha concentración y compromiso emocional. “Uno se prepara anímicamente para estar disponible para el otro. Pero no somos impermeables al dolor del otro. Hay días que resultan agotadores. Una guardia puede no recibir ningún llamado, o recibir cuatro o cinco”, describe Pedro.

De los datos relevados por el Ministerio de Salud, llama la atención que siempre la cantidad de varones que se suicidan superen tres o cuatro veces, dependiendo la edad, al número de mujeres.

Esta relación entre los suicidios por género es compartida con la mayoría de los países del mundo. Tal vez por eso, los llamados al CAS siguen una proporción inversa. Reciben tres o cuatro veces más llamados de mujeres que de varones.

¿Por qué ocurre esto? “Se han ensayado varias explicaciones desde la psicología, la cultura y la biología. La más sencilla es que los hombres se suicidan más porque piden menos ayuda. Y ¿por qué piden menos ayuda? Eso sí hay que explicarlo desde lo cultural. En países como Nueva Zelanda o Argentina, donde la cultura exalta un modelo masculino autosuficiente, los suicidios masculinos son aún mayores”, explica Fernández.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el mundo se suicidan 800.000 personas al año, lo que equivale a un suicidio cada 40 segundos. Y por cada adulto que se suicida, estiman hay 20 que lo intentaron. 78% de esas muertes ocurren en países de bajo-medio ingreso.

Para la región, los datos encienden una alarma sobre Uruguay, un país al que los argentinos sabemos mirar como ejemplo de calidad de vida.

La OMS, en un informe elaborado en 2014 reveló que en América, América Latina más Norte América, se suicidan unas 65.000 personas por año.

La creencia indica que la gente se suicida por una causa. Sin embargo, los que trabajan con esta problemática la desmienten. “El que se suicida no lo hace por una causa. Es más, existe esta suposición incluso en personas con ideas suicidas, de que el suicidio acontece por una causa específica: un duelo, una separación, una enfermedad o una crisis económica. La falsedad de esta idea se hace evidente cuando vemos que la mayoría de las personas que atraviesan esas situaciones no se suicidan”, describe Fernández.

Por eso, ellos no hablan de causas, si no de “disparadores” en un proceso que es mucho más amplio. Así lo explica la psicóloga Fernanda Azcoitía, presidenta del CAS: “Detrás de cada suicidio hay una historia y el desarrollo de una personalidad que acepta al suicidio como alternativa válida”.

Los que conforman el CAS entienden que el suicidio es un proceso que tiene varias etapas. “Tal vez empieza con un problema, que se transforma en crisis y que pasa a ser fantasía suicida y se transforman en idea y plan suicida. Muchas veces escuchamos: ‘Yo no me quiero matar, pero…’”, relata Pedro.

Como la idea suicida es vergonzante las personas no la cuentan, por eso es importante el anonimato. En los llamados, dice Pedro, “hay gente que nos cuenta que hace 20 años hace terapia, pero nunca le contó a su psicólogo sus ideas suicidas. Otros nunca fueron al psicólogo. Por eso es importante que uno muestre interés e invite a hablar al otro”.

“Esto no significa que no le pueda pasar a cualquiera, pero no por un hecho puntual sino por toda una historia que nosotros llamamos proceso suicida y suele abarcar años”, amplía Azcoitía. Por lo mismo, la recuperación de esta condición de riesgo tampoco puede ser inmediata. Exige un compromiso con la vida y una actitud de lucha frente a los problemas que es lo que los voluntarios buscan incentivar en los consultantes.

Por eso, generalmente es el consultante el que corta la llamada. “Muchas veces, entusiasmado por poner en práctica lo que descubrió”, cuenta Pedro.

Pocos voluntarios son psicólogos. “No necesitamos serlo porque lo que hacemos es algo más primitivo, que es la asistencia. La capacidad de consolar al otro que tiene un millón y medio de años de historia. Es sólo un ser humano escuchando a otro ser humano., generando un espacio íntimo de confianza mutua para hacer lo que es más distintivo de nuestra especie, brindar consuelo desde la escucha y la palabra. Por eso también es tan agotadora la tarea”, detalla Pedro.

Los días que tiene guardia en el CAS, Pedro termina a las 22 hs. Suele pasar que los llamados lo afectan y le cuesta desengancharse. “Pero intentamos no seguir pensando sobre el tema una vez que terminó el turno. De nada sirve darle vuelta al tema. Eso se logra con entrenamiento. Porque al comienzo uno se queda enganchado con las historias, con lo que podría haber dicho y no se le ocurrió”.

Por eso, cada voluntario tiene un padrino al que puede llamar y con el que analiza por qué se queda enganchado. En estos casos siempre se resalta que lo realmente importante es lo que se hizo: detenerse y escuchar al otro de manera atenta, interesado por ayudarlo a encontrar otra mirada para las cosas que lo angustian.

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