Conspiración tecnológica o una sociedad superficial: ¿qué hay detrás del #10YearChallenge? | RED/ACCIÓN

Conspiración tecnológica o una sociedad superficial: ¿qué hay detrás del #10YearChallenge?

Ilustración: Mana Le Calvet

Lo habrán visto: gente subiendo imágenes comparativas entre ellos hoy y ellos diez años atrás. Lo habrán hecho, incluso: un espejo de lo que fueron y lo que son, un recuerdo de aquel 15 de enero de 2009 y este 15 de enero de 2019. Habrán pensado dónde estaban aquel verano, cómo tenían el pelo, con qué amigo o familiar se juntaban que ya no.

Quienes saben de lo que hablo conocen el fenómeno como el #10YearChallenge (el desafío de los 10 años). Hay algo clave en ese nombre, la palabra desafío. Pensemos: ¿cuál sería, técnicamente, el desafío en todo esto? No solo validar nuestra vanidad, les aseguro.

La variante filosófica del asunto pregunta por qué nos divierte tanto. Un día algo sucede en las redes que todos hacen y parece relevante y por algún motivo no queremos quedarnos afuera. Nos lanzamos a eso como si fuera una aventura, como quien entra a una pista de baile en busca de su gran amor.

Pasó a fin de año con el Top Nine 2018, de repente todos ponían en Instagram un mosaico demodé con las nueve imágenes más celebradas de su año. ¿Por qué? ¿Qué nos falta y qué nos da aquello que se vuelve tendencia? Puse algunos likes en aquel entonces, algo del año ajeno contaba también mi año, pero no quise hacer el propio. Una voz de alerta, supongo.

También pasó con el huevo. Obviamente, si usted es una persona con relativa curiosidad se preguntará qué es el huevo. La respuesta es fascinante y parece una obra de Duchamp. A algún extraño habitante de esta tierra se le ocurrió hacer una cuenta de Instagram de un huevo en la que invitaba a la gente a ponerle like a ese huevo (el posteo único de la cuenta) y así lograr que fuera la imagen más likeada de la historia de Instagram (récord que ostentaba Kylie Jenner, la hermana de Kim Kardashian, con 18 millones). El truco funcionó y explotó ayer: siete millones empezaron a seguir la cuenta y la imagen acumuló 45 millones de likes.

Tengo amigos que respeto incluso que dieron su aporte para el éxito del huevo. Cuando les pregunté por qué, la respuesta fue una mueca tan inentendible como el like mismo. Esa mueca era la forma en la que el cosmos me avisaba lo obvio, lo que ya debí entender cuando compartí en Instagram la primera de mis notas: este es el mundo en que vivimos.

Entra entonces la segunda variante de la cuestión, y en este caso además la más interesante. Los creadores de huevo rápidamente pusieron un link en el perfil en donde uno puede comprar el merchandasing del testículo. Digamos que ahí el truco es más bien obvio y de mal gusto, ¿pero en un caso como el del 10 year challenge? Si subir imágenes es gratuito, ¿quién monetiza?, ¿qué dios detrás de dios saca provecho?

No tan difundido como el challenge pero casi, apareció una nota en Wired sobre el riesgo de exponer tan livianamente esta información y sobre la posibilidad de que el meme lanzado alegremente fuera en verdad un truco para entrenar un algoritmo de reconocimiento facial que tome en cuenta el envejecimiento.

En el artículo, la periodista Kate O’Neill dice: “los humanos son las fuentes de datos más ricas para la mayoría de las tecnologías emergentes en el mundo. Debemos saber esto, y proceder con la debida diligencia y sofisticación”. Además, expone las muchas maneras en que podría usarse “el desafío” para mejorar el machine learning.

Sí, las imágenes ya estaban a disposición en la web, dice, pero no necesariamente catalogadas o fechadas. Para ella, quienes aceptaron el desafío le indicaron a un posible algoritmo cómo eran antes y cómo son ahora. Dicho de otro modo, se clasificaron.

Lo mismo sugirió Nicholas Thompson, editor en Wired: “Digamos que querés entrenar un algoritmo de reconocimiento facial que tome en cuenta el envejecimiento. ¿Qué hacer? Tal vez empezar con un meme como # 10YearChallenge”. Para él, la movida que tanto divierte a la multitud bien podría ser una herramienta. ¿Es muy difícil pensarlo sin parecer un loco alterado por las teorías conspirativas que necesariamente terminarían teniendo base en el 9/11 y las Torres Gemelas?

Cualquiera que profundice sobre el tema va a encontrar rápidamente artículos sobre China. Es que el gigante asiático está desarrollando fuertemente tecnologías de reconocimiento biométrico. Por lo pronto, los chinos ya pueden extraer plata o registrarse en vuelos por medio de reconocimiento facial. La tecnología tiene cientos de bondades: es fácil encontrar a alguien que se pierde, es fácil detener delincuentes… pero toda virtud tiene al acecho a su enemigo más vulgar: el abuso de poder. Con esta técnica, quienes se opongan al gobierno podrían ser vigilados las 24 horas del día. Big brother, un poroto.

Consultado sobre el tema de challenge, Hipólito Giménez Blanco (consultor en tecnología y experto en e-commerce), dice: “Es sorprendente: aparece lo del #10YearChallenge y todos se suben a compartir datos gratis. Nadie piensa que está facilitando el trabajo de los data scientists y ayudando a los algoritmos a trabajar mejor”.

Y agrega: “¿Está mal que la gente ayude a mejorar los algoritmos? No necesariamente, pero sí me parece que está mal que no lo sepan. Hay que empezar a ver la información como un bien de cambio. Imaginemos esta situación: un día de tu cuenta de banco te sacan 500 pesos de prepo que van a ser utilizados para terminar con el hambre en el mundo. ¿Está mal que se termine el hambre en el mundo y que vos ayudes a eso? No. Pero por seguro en ese caso vas a pedir que te los pidan en lugar de sacártelos. Con la información es lo mismo, solo que no hay esa conciencia”.

¿Se imaginan? Le damos el poder de nuestro dinero y nuestra información a Greenpeace, Unicef y la fundación de Madonna en el África, ¿viviríamos en un mundo mejor? Me pregunto si un mundo mejor es un mundo que funciona bien pero en el cual somos marionetas, o uno que funciona mal pero donde todo es producto de nuestros actos y decisiones.

Yo no lo sé, por supuesto, pero seguro que Mark Zuckerberg tampoco. Ni él debe entender del todo el mundo del que es parte. Aunque claro, yo no lo entiendo desde mi departamento en el barrio porteño de Chacarita, él no lo entiende desde alguna isla a su nombre. Es solo una nimiedad paisajística, ¿pero por qué alguien que maneja esa cantidad de información es capaz de comprar una isla y yo no?

Es naif preguntárselo, pero Hipólito me ayuda en la respuesta: “Un ejemplo: los sitios necesitan validar permanentemente que la gente que llena los formularios online no sean robots sino personas, entonces se desarrolló una tecnología que se llama CAPTCHA. En principio era para identificar textos. Te muestran un texto, vos lo transcribís y con eso van creando una base de conocimiento que validan con patrones para saber que lo que escribiste sea lo que aparecía en la imagen. Eso evolucionó y ahora Google lo usa para casi todo. Ofrece el servicio de validación gratuita pero va recopilando información. Así por ejemplo te pide que reconozcas semáforos en fotos y bien podría cargar esa información en Waze, que ahora fue comprado por Google. Otra vez: es un ejemplo de cómo a veces sin saberlo estamos trabajando para grandes empresas o regalándoles información”, explica. Es decir, aunque algunos seamos chicatos para verlo, es un negocio absoluto tener dominio de la información de las personas.

Juan Melano, analista en tecnología, también analiza el fenómeno: “Esto ya lo vimos en Cambridge Analitica, era toda infomacion que salía de juegos inocentes que después se usaba con fines políticos”, dice.

Aunque advierte que “todas las cosas que compartimos es información pública que está siendo utilizado por empresas”, ve una luz de esperanza en algunos proyectos surgidos desde la industria misma de la tecnología: “Toda la iniciativa de OAI (Open Artificial Intelligence) de Elon Musk está encaminada hacia ese lado: si todos los algoritmos de inteligencia artificial que vamos creando son de open source o de código abierto podemos saber qué está haciendo esa inteligencia con los datos que nosotros le proveemos. Obviamente es medio utópico, pero es interesante el ejercicio para explicitar que se pueden hacer cosas no benignas con los datos y con los procesos de inteligencia artificial que hay detrás”.

Pienso cómo hacer trampa desde dentro yo también. Cómo engañar a la matrix. Lanzaría un nuevo desafío. Lo llamaría el Two Centuries Challenge. Postearía fotos del alma del ser humano entonces y el alma del ser humano hoy. Es un artefacto extraño, lo sé. ¿El hombre sigue siendo el lobo del hombre? O el espía, o el amante secreto que un día te deja desnudo en plena avenida de la libertad. ¿Será que los dinosaurios se fueron de mambo con la tecnología y chau? ¿Será que somos libres realmente o hijos de un algoritmo?

Cierro el pico. Aprete aquí abajo el botón minimizar. Prometo no robarle su huella dactilar.

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