Contra el canon, el canon | RED/ACCIÓN

Contra el canon, el canon

Algunos quieren imponer una lista inapelable de libros fundamentales para la humanidad, otros creemos que la propia lista es más importante que cualquier imposición.

Hola amigos, bienvenidos a una nueva edición de SIE7E PÁRRAFOS. Hoy vamos a hablar del canon personal de cada uno, esa biblioteca esencial que todos nosotros tenemos en nuestras casas o en nuestras cabezas. 

1. Primera estación: la encrucijada

El otro día me pidieron para el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA) una lista con mis 10 libros indispensables. La hice y la publicaron en el link que compartí en la línea anterior. Cuando la terminé, me dí cuenta de que había elegido todos clásicos. Lleva años y muchas lecturas armar el propio canon. No por solemnidad sino porque en mi caso me cuesta distinguir los amores pasajeros de los trascendentales. De hecho, apreté send y ya me di cuenta de que me había olvidado de Claus y Lucas de Agota Kristof (agotado por años y ahora reeditado por Libros del Asteroide); o de Herta Müller. 

Hace pocos años me fanaticé con Karl Ove Knausgard, el escritor noruego. Ahora estoy obsesionado con la norteamericana Vivian Gornick y en el medio van y vienen ilusiones como Rachel Cusk, Carolina Sanín, Anne Carson, o incluso desilusiones que me guardo para mi solita. Lo malo mejor desterrarlo en el silencio que ejecutarlo en público. Como dice Beatriz Sarlo en una reciente columna en diario español El País, “cada libro llega a su tiempo y mientras tanto nos entretenemos con otros”. 

2. Segunda estación: el desprejuicio

Un periodista literario decía que era ridículo leer los tomos de Mi lucha, de Knausgard, que para eso releía a Proust. Hay que decir esa frase, eh... Algo le debe haber gustado para que se le ocurra compararlos. Porque está bien, uno puede decir lo que quiere, ¿pero Knausgard y Proust? No, chicos. Así no. Ni peras con manzanas ni manzanas con manzanas. Cada libro genera su propio universo de valores, atribuir los de uno a otro y los de otro a uno es como indicarle a la gente de quién enamorarse.

Pienso también que no hay que torturarse por lo que no leímos. A mi, por ejemplo, La divina comedia me pesaba. Era una tarea que venía pateando desde la facultad y de golpe el demente de Pablo Maurette organizó el famoso #Dante2018, donde propuso leer en grupo un canto por día y comentarlo por twitter. Así, avancé con enorme gusto por el Infierno, Purgatorio y Paraíso, acompañada por más de cinco mil lectores. Ahora está en marcha el #Homero2019. Recomiendo la experiencia. 

3. Tercera estación: la libertad

Siguiendo con mi decálogo de tres (¿triálogo?), digo que no hay que imponerse nada. En todo caso, hay que imponerse no imponer. Ser un poco menos snob que aquel periodista y no dudar si preferimos leer (y releer) Harry Potter antes que Rayuela. Ya nos va a picar el bichito o no. Y no faltará quien diga la frase invirtiendo el orden de los factores y estará bien. Tiempo al tiempo, porque el perdido se recupera pero el obligado no se disfruta. Los trenes pasan miles de veces y hay libros hay a montones. Y cuando no haya más libros, seguirán habiendo libros. Hay algunas cosas que no cambian, no nos engañemos. Y como decía Borges, si un libro te aburre, dejalo. Ahora bien, la misma regla no rige para este newsletter. Este newsletter se lee hasta el final y más vale que sigan o sino una tremenda maldición caerá sobre vosotros. (Recuerdo por cierto un libro de Enrique Vila-Matas, La asesina ilustrada, en la que se advertía al lector que podía morir si lo leía. Qué advertencia más potente, ¿no creen?)

Y aquí, los libros de no ficción de la semana:

4. Los muchachos de zinc, de Svetlana Alexiévich, comentado por Fernanda García Lao

“Entre 1979 y 1989 la Unión Soviética ocupó Afganistán. En la contienda participaron más de un millón de hombres y mujeres. En 1986 Svetlana Alexiévich comienza sus anotaciones sobre el conflicto. La censura del régimen vigila la información que circula, oculta el número de muertos, de heridos, las condiciones de los soldados y las víctimas afganas. Los que vuelven a casa son llevados a las escuelas para reivindicar la guerra como un acto de salvación, un acto patriótico. Pero llegan ataúdes del frente. Los Generales dan discursos, las madres lloran y los demás, guardan silencio. Alexiévich se niega a callar. En 1988, un año antes del fin de la guerra, se traslada a Kabul y toma notas. No es la primera vez que escribe sobre un conflicto armado, también ha escrito sobre la tragedia de Chernóbil. El 23 de septiembre de 1988 anota: “He subido a un helicóptero… Desde el aire he visto centenares de ataúdes de zinc, el suministro para el futuro, brillan bajo el sol, es bonito y terrorífico…Cuando te enfrentas a algo así enseguida surge un pensamiento: la literatura se ahoga dentro de sus límites...El hecho y su reproducción solo sirven para expresar lo que ven los ojos, ¿quién necesita un informe detallado?”. Aquí el comentario completo.

5. Los muertos de nuestras guerras, de Federico Lorenz, comentado por Pablo Alabarces

“La Primera Guerra Mundial (Primera porque luego hubo Segunda: hasta entonces se limitó a llamarse la Gran Guerra) dejó entre 10 y 31 millones de muertos, según el mayor o menor optimismo del calculista. Esa cifra no toma en cuenta a los heridos, unos 23 millones, sin ser muy preciso, y empalidece (¿empalidece? ¿se disimula?) ante los 70 millones de la siguiente. No hay comparación posible que pueda hacernos entender esas cifras: ni siquiera que la población actual de la Argentina es inferior a la suma total de afectados entre 1914 y 1918 –¿podemos hacer ese esfuerzo: imaginar todo el país devastado y sin ningún habitante ileso? ¿ni uno ni una? Lorenz le da a la cifra una vuelta de tuerca y la vuelve cuerpos: cuerpos concretos, aunque muchas veces sean apenas sus fragmentos. Y esa concreción implica tres cuestiones: el duelo y el pesar, por supuesto; pero también el cuerpo y su sepultura; y en el comienzo y en el final, su identidad. ¿Se pueden sepultar treinta millones de cuerpos? ¿Y se pueden nombrar treinta millones de cuerpos? Sigamos con las comparaciones odiosas: no hemos podido nombrar ni sepultar a los 649 argentinos muertos en Malvinas; no hemos podido nombrar ni sepultar a los 30.000 desaparecidos en la masacre de la dictadura. Lorenz desplaza su relato entre esas preguntas con maestría, con desgarro, con dolor”. Aquí, el comentario completo.

Hasta aquí llegamos por hoy, queridos amigos. Si están en esta línea por temor a la maldición, les confieso que era una broma: no hay maldición alguna. Ojalá encuentren el libro que funde su propio canon. ¡Nos encontramos la próxima semana!

Saludos,

Flor.

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Sobre libros y escritores. Todos los martes, por Flor Ure.

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