Cuando los ciudadanos fijan el presupuesto: lecciones para la democracia

En la mayoría de las democracias persiste el mismo problema subyacente: los representantes electos no creen que los votantes puedan tolerar la verdad financiera. Pero hay evidencia que involucrarlos resulta en presupuestos mejores.

Por David Pritchard y Lyn Carson

14 de mayo de 2018

Los representantes electos en la actualidad toman las decisiones difíciles sobre las finanzas públicas a puertas cerradas.

Al hacerlo, los políticos democráticos confían en el consejo de burócratas financieros que satisfacen muchas veces las necesidades políticas del gobierno electo. Los políticos rara vez preguntan a los votantes qué es lo que piensan sobre las opciones presupuestarias. Y no son mejores en lo que tiene que ver con explicar las razones para un presupuesto. Las explicaciones son, por lo general, no más que algunas frases tontas, como “empleos y crecimiento” o “en movimiento”. Nunca explican las complejas compensaciones que tienen lugar en un presupuesto como tampoco su razonamiento financiero general.

Esta reticencia a explicar las finanzas públicas fue muy evidente durante la crisis financiera global.

En Australia, Gran Bretaña y Francia, los gobiernos de centro izquierda pidieron prestadas grandes sumas para mantener la demanda privada y, en un caso, financiar a los bancos privados. En cada país, estas políticas ayudaron mucho a minimizar los costos humanos de la crisis.

Con todo, en las elecciones que siguieron los políticos de centro izquierda que habían introducido estas políticas se negaron con propiedad a justificarlas. Temieron que los votantes no toleraran una discusión enérgica sobre las finanzas públicas. Sin una justificación por sus políticas generalmente acertadas, cada uno de estos gobiernos fue derrotado por opositores de la centro derecha.

En la mayoría de las democracias persiste el mismo problema subyacente: los representantes electos no creen que los votantes puedan tolerar la verdad financiera. Asumen que la democracia no es buena para administrar las finanzas públicas. Para ellos, una democracia sólo puede equilibrar el presupuesto dejando a los votantes desinformados.

Durante décadas, nosotros, de manera independiente, hemos estudiado a la democracia de hoy y de la antiguedad. Aprendimos que esta presunción está totalmente equivocada. Hay cada vez más ejemplos sobre la forma como el hecho de involucrar a los votantes comunes resulta en presupuestos mejores.

En 1989, los consejos de localidades brasileñas pobres comenzaron a involucrar a los residentes para la fijación de los presupuestos. Esta forma participativa de elaboración del presupuesto se diseminó pronto por toda Sudamérica. Y ahora ha sido probada con éxito en Alemania, España, Italia, Portugal, Suecia, Estados Unidos, Polonia y Australia, mientras se crearon también algunos proyectos piloto en Francia. El presupuesto participativo está basado en el claro principio de que aquellos que se verán más afectados por una dura partida presupuestaria debieran estar involucrados en su creación.

A pesar de estos exitosos experimentos democráticos, los representantes electos aún evitan involucrar a los votantes comunes en la fijación de los presupuestos. Esto es muy distinto a lo que ocurrió en la antigua Atenas, 2.500 años atrás.

Cómo lo hicieron los antiguos atenienses

En la democracia ateniense los ciudadanos comunes eran los que fijaban en realidad el presupuesto. Este antiguo estado griego contaba con un sólido presupuesto a pesar de, o, debiéramos decir, a raíz de la participación de los ciudadanos en la toma de duras decisiones presupuestarias.

La antigua Atenas era un estado increíblemente exitoso. Desarrolló la democracia hasta un nivel más alto de lo que nadie había logrado antes de los tiempos modernos. Fue el principal innovador cultural de los tiempos clásicos. La Atenas democrática pronto se convirtió en una superpotencia militar. Estos éxitos no tuvieron lugar por poco dinero. Dependieron de la habilidad de la democracia ateniense para recaudar nuevos impuestos y controlar el gasto público.

La democracia ateniense exigía discusiones francas sobre este gasto público. Esta exigencia figuraba en la base de su sorprendente éxito para equilibrar los presupuestos. En esta democracia directa, los asistentes a la asamblea votaban a favor o en contra de cada política. La asamblea ateniense se reunía cuarenta veces por año. El veinte por ciento de los votantes siempre se hacían presentes. Existía por ende una gran diferencia con la actualidad: los ciudadanos comunes asistían regularmente a las reuniones para discutir y decidir sobre las finanzas públicas.

Los asistentes atenienses a la asamblea esperaban que un político que apoyaba una política calculara su costo con precisión. Tenía que demostrar si (esa política) era asequible o no. Y muchas veces enfrentaba las argumentaciones en contra de políticos de la oposición que aseguraban que no era accesible. En respuesta, (el político) debía decir de qué forma se podía reducir el costo o de qué manera se podía crear un nuevo impuesto.

En la antigua Atenas, los políticos no creían ciertamente que los votantes comunes no podían tolerar la verdad financiera. Convencían muchas veces a los votantes para aumentar los impuestos o recortar beneficios en aras de un bien mejor.

La fijación del presupuesto hoy

Hoy, en la mayoría de los ejercicios de presupuestación participativa, los votantes comunes deliberan por lo general sobre sólo una parte del presupuesto. En 2014, sin embargo, un consejo local de Australia lo hizo de forma distinta. La Ciudad de Melbourne le pidió a un grupo de gente común que ayudara a fijar todo el presupuesto de 2.500 millones de euros. Este grupo era un segmento de residentes locales elegidos al azar. El consejo le dio a este grupo acceso total a sus registros financieros y funcionarios públicos del área financiera.

Durante tres meses, estos votantes comunes mantuvieron reuniones habituales sobre este presupuesto. Al cabo de cuarenta horas de deliberaciones, pudieron ponerse de acuerdo sobre las prioridades de gasto y hacer recomendaciones sobre los impuestos locales. Propusieron soluciones presupuestarias en las que nadie había pensado antes de las deliberaciones.

Para sorpresa de todos, estos votantes comunes recomendaron aumentos impositivos y hasta la venta de bienes públicos subutilizados. Fijaron también límites para este tipo de ventas de bienes: estimaron que la recolección de residuos era un servicio vital para la comunidad local y nunca debía ser vendida. La Ciudad de Melbourne incorporó en su gran mayoría lo que este grupo había elaborado para su presupuesto a diez años.

A partir de estos dos ejemplos podemos extraer tres importantes lecciones. En primer lugar, un debate público riguroso sobre las finanzas públicas resulta esencial. En la antigua Atenas la discusión franca erradicó políticas inaccesibles. Preparó el terreno para aumentos impositivos necesarios para la financiación de otras políticas. En Melbourne, los debates de los ciudadanos comunes ayudaron al consejo a aumentar impuestos locales y a mantener en manos públicas importantes servicios.

En segundo lugar, los representantes electos no debieran temer decirles la verdad financiera a los votantes. El hecho de involucrar a los votantes comunes en los debates sobre finanzas públicas ayuda de hecho a construir consenso para reformas duras. Los votantes atenienses no castigaban a los políticos por impuestos más elevados porque ellos eran los que habían votado por ellos en primer lugar.

En tercer lugar, la democracia antigua griega era sorprendentemente buena para resolver de forma exitosa las crisis de presupuesto.

Mientras los políticos modernos sean lo suficientemente valientes, llanamente, para hablar sobre las finanzas públicas, no hay razón por la que las democracias contemporáneas no podrían reproducir la experiencia ateniense. En lugar de tratar de vender sus presupuestos con frases tontas, los representantes electos harían mejor en hablar abiertamente sobre los problemas de presupuesto y escuchar las buenas soluciones que tienen los votantes comunes.

David M. Pritchard
Becario investigador en la Universidad de Estrasburgo

Lyn Carson
Directora de investigaciones en la Fundación NewDemocracy, Universidad de Western Sydney

© The Conversation
Traducción: Silvia S. Simonetti

Photo by Steve Johnson on Unsplash

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