Decir que no no es malo | RED/ACCIÓN

Decir "no": por qué nos cuesta tanto y cómo se relaciona con el temor a confrontar o decepcionar

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Es habitual que muchas personas asuman compromisos que en el fondo no quieren o les generan una gran sobrecarga o mucho estrés. El deseo de no frustrar al otro y expectativas que no condicen con la realidad están en el centro de la cuestión. En esta nota, lectores y lectoras de RED/ACCIÓN confiesan cómo decir que sí puso en riesgo su bienestar mental. Y especialistas en psicología dan recomendaciones para aprender a pronunciar esa sílaba que puede resultar liberadora.

Decir "no": por qué nos cuesta tanto y cómo se relaciona con el temor a confrontar o decepcionar

Ilustración: Denise Belluzzo

Este contenido contó con la participación de lectores y miembros co-responsables de RED/ACCIÓN

Osjanny es una mujer de 34 años que trabaja en una start up de delivery. Cuenta que muchas veces aceptó pedidos y asumió compromisos que la llevaron a la sobrexigencia laboral. “Decía que sí porque quería destacarme, mostrarme productiva, dar a entender que podía con todo y, además, me mostraba animada a hacerlo, inclusive cuando no tenía mucha idea de cómo hacerlo. Me quedaba hasta tarde dándole vueltas a la situación y buscando la mejor solución”, cuenta. Lo mismo —ese “sí” fácil— también lo practicó en varias ocasiones en sus relaciones personales, por miedo a que la otra persona se sintiera desestimada.

“Me enfermé, tuve contracturas, descuidé mi salud emocional y física, me estalló la cabeza y hasta tuve un ataque de pánico. Entonces, pedí ayuda”, dice la joven que es lectora de RED/ACCIÓN.

No es la única persona de nuestra comunidad a quien le cuesta decir que “no”.

Sebastián, por ejemplo, es pastor en congregaciones de la Iglesia Adventista en Neuquén. “A veces alguien de la iglesia me pide que lo visite en su casa a las 16. Yo tengo una reunión a las 15 y sé que no hay forma de que termine en una hora. Pero me autoengaño y digo que sí. Y luego me empiezo a estresar, porque me doy cuenta de que no voy a poder”, dice.

Lorena, por su parte, admite: “Durante mucho tiempo hice cosas o acepté situaciones por temor a perder a alguien. Al enfermarme y empezar a hacer terapia me di cuenta y aprendí a decir que no a las situaciones que me generan estrés”.

Aunque a muchos les resulte evidente que decir que sí a todo es perjudicial, nos cuesta decir “no”.

¿Por qué decimos que sí cuando quisiéramos (o deberíamos) decir no?

“Decimos que sí porque no nos gusta o queremos evadir la confrontación. Algunas personas siempre buscan complacer porque quieren sentir que agradan o que se las necesita. Decir que sí es una forma de obtener esa aprobación. El problema es que para algunos, se vuelve un hábito decir ‘sí’”, explica por mail Susan Newman, doctora en Psicología Social de los Estados Unidos. Ella escribió El libro del NO: 365 maneras de decirlo y significarlo —y dejar de complacer a las personas para siempre.

“Por otro lado, hay quienes no quieren ser vistos como egoístas o vagos. Algunos temen arriesgar o dañar sus relaciones si decepcionan a alguien. Pero no entienden que rechazar el pedido de alguien va a tener poco o ningún impacto. Cuando decís que no, las personas no están pensando en vos tanto como creés”, agrega Newman.

A propósito, una de las respuestas que nos dieron nuestros seguidores en las redes fue la de Miri, quien dice que no le cuesta decir que “no”. “Básicamente no me interesa que la gente me quiera. No es algo que yo desee. Negar implica diferenciarse. Decirle no a alguien es decirle soy otra persona, no vos”, explica. Y completa su idea: “Pienso que la gente te debe querer por muchas cosas y no por la entrega”.

Anu Chis también contestó sobre el tema en las redes: “Muchas veces no sabemos decir ‘no’ por miedo a que la otra persona se enoje, miedo a ser rechazado. También podría ser porque uno se cree que va a poder con todo. Hay que aprender a delegar”.

Para Néstor Tamburini, doctor en Psicología y jefe del servicio de Salud Mental del Hospital de Boulogne (municipio de San Isidro), el hecho que explica que muchas veces digamos “sí” aun en desmedro de nuestro bienestar es que “se expandieron los límites personales de la gente en relación a su constitución subjetiva”. Así lo explica: “Lo que tiene que ver con bordes de estructuración del psiquismo implica aceptar que hay cosas que se pueden y cosas que no. Las fronteras entre el sí y el no se volvieron más difusas. Uno puede decir que no cuando acepta que no todo es posible, pero hoy la cultura impone que sí lo es”.

Para el especialista en salud mental, que dirige el espacio de reflexión y difusión S.O.S mental, esto se refleja en distintos ámbitos de la vida, como el laboral, en el cual el home office nos parece decir que podemos trabajar a cualquier hora y en cualquier lugar, “ofreciendo una ilusoria sensación de sin limites”.

Tamburini, que también es sexólogo clínico y docente universitario, coincide que, en esta dificultad para decir que no, también incide la necesidad de no ser desagradable. “No nos bancamos frustrar al otro ni ser frustrados por el otro. Es por esto que el enojo en nuestra sociedad se ha vuelto cotidiano”, enfatiza. Pero vuelve a una cultura que transmite el mensaje de que todo es posible si te lo proponés: muchas personas, entonces se frustran con facilidad ante ”la imposibilidad de todo, no valorando el 'algo'”.

Por otra parte, hay quienes tienen dificultades para encontrar un equilibrio entre su vocación o su pasión y otros intereses, como la vida familiar. Le pasa a Virginia, quien además de su trabajo a tiempo completo en una biblioteca es activista sobre el Tratado de Marrakech y mamá. “Uno no llega a hacer todo. Mi hija me dice cuando quiero hacer muchas cosas que no puedo ser mamá pulpo. Encontrar el equilibrio para mantener la vida privada, mi familia, y eso que hago de corazón tiene un desbalance y a veces es difícil encontrar el rumbo”, admite.

Los riesgos de decir que sí siempre

“El problema de decir sí cuando querés decir no es que no reservás tiempo para vos mismo y no protegés tus propios límites. Las personas que dicen que sí suelen resentirse con quien les pide algo o culparse a ellas mismas. Decir que sí siempre aumenta la presión y el estrés que las personas se ponen a una misma”, explica Newman.

Y enfatiza: “Todos tenemos una limitada energía física y emocional. Si aceptamos ayudar a todo aquel que lo pide no nos queda energía para asistir a quien realmente necesita de nosotros”.

Para Tamburini, la ausencia de límites claros lleva a la desilusión y a la frustración: “Veo que de las 20 cosas que me anoté para hacer solo pude hacer 2”. Y aclara que, si bien depende de la estructura de personalidad del sujeto, este tipo de conductas puede llevar a la ansiedad o a cuadros de depresión. En algunos casos, dice, esto deriva en conductas autolesivas (como cuando adolescentes se cortan a sí mismos) o al consumo problemático de sustancias como alcohol, drogas o psicofármacos.

Captura de Facebook que refleja conversación sobre el tema.

En busca de ese “no” positivo

¿Se puede aprender a decir “no”? La respuesta es un rotundo “sí”. Algo que ilustran las experiencias de parte de nuestra comunidad.

Osjanny, la lectora con la que abrimos esta nota, completa su historia: “Ahora, a partir de soltar el exceso de control, digo que no. No por evitar desafíos, sino porque pienso más en mi salud y en mi equipo. Solté ese control. Me organicé y prioricé eso antes que la urgencia del otro. Termino con mis prioridades y después respondo, lo que no sé lo derivo con quien puede dar una mejor respuesta. Acepto proyectos que realmente me gusten y en los que sienta que pueda poner en práctica y expandir mis conocimientos”.

Por otro lado, a Verónica, que hoy tiene 70, su experiencia le indicó que decir no “es la mejor forma de autocuidado”. Hace cinco años decidió que no aceptaría que sus hermanos delegaran en ella el 100% del cuidado de su madre, una tarea que había hecho que Verónica, entre otras cosas, descuidara incluso su propia salud. “Estaba molida. Me liberé de tanto lastre simplemente por una intuición de supervivencia”, cuenta.

Josefina, otra lectora, habla desde su experiencia de decir que “no” ante pedidos de sus padres. “Si bien puede generar tensión, no es un no egoísta, sino de crecimiento y aprendizaje. Es entender que los límites son sanos para todos. Por eso es importante explicar que a veces decir que ‘no’ no es un capricho".

También cuenta que en un momento debió rechazar pedidos de una amiga que era “muy posesiva”. “Tuve que ponerle un freno fuerte y nos distanciamos. En su momento no lo comprendió. Pero de a poco recobramos la amistad desde un lugar más sano. Quizás la comprensión requiere un tiempo masticarla. Y si se logra superar las relaciones se resignifican y son más fuertes. Y, si quedan en el camino, está bien que así sea”, reflexiona.

Por su lado, Gabriela cuenta que hace unos dos años decidió no aceptar aquellos compromisos que no la entusiasmaran o para los cuales no tuviese tiempo. Dice que “el compromiso sigue firme” porque, en el camino, tuvo aprendizajes.

“Aprendí que no soy imprescindible y las cosas funcionan en mi ausencia. Que mi salud mental es una prioridad. Y aprender a decir que no es tan preventivo como hacer ejercicio o pasar tiempo al aire libre. También que hay otras personas capaces de hacer el mismo trabajo que el que yo haría en el área que se necesita, en algunos casos inclusive mejor. Y que decir que no también ayuda a otros, porque pueden desarrollar o inclusive descubrir nuevas habilidades cuando se las da la oportunidad que yo no acepto”. Además, dice, al ser más selectiva disfruta y pone más dedicación en aquellas cosas que dice que sí.

“Lo más difícil en mi caso es hacer ese análisis de la propuesta con cabeza fría para saber si estoy en condiciones de aceptar. Si no lo estoy, pero está dentro de mis posibilidades, me gusta ofrecer alternativas para que quien solicita no se vaya con las “manos vacías” (recomiendo personas en las que confío o me ofrezco para hacerlo en otro momento en que sí esté disponible)”, agrega.

Consejos profesionales para decir que no

Tamburini señala que para aprender a decir que no es necesario trabajar sobre el reconocimiento de los propios límites: “No es solo aprender a decirlo, hay que estar convencido. Y estar dispuesto a que a otros no les guste. La frustración es imprescindible para separarse del otro y reconocerlo como tal”.

Para el doctor en Psicología, es importante “tener muy claro el margen del sí y del no. Tener claro hasta dónde llegan tus posibilidades. La clave es no sobredimensionarlas. Ni creer que no puedo hacer nada, ni que lo puedo hacer todo. Y esto es complejo, porque es ensayo, error y reflexión”.

Newman también cree que conocer los propios límites es clave para saber decir que no.

Por otra parte, con base en sus últimas investigaciones señala que “las personas complacientes que son empujadas a su límite por sus amigos, familiares y, especialmente, sus hijos, compañeros de trabajo o jefes comienzan a decir que no cuando notan que la otra parte toma ventaja o que la relación es claramente asimétrica”.

Newman destaca que “decir que no es más fácil luego del primer NO a alguien”. Y, con eso en mente, la autora deja algunos consejos más (además de definir los límites) recogidos de su libro sobre el tema.

  • Hacé una lista de los “sí” que das en una semana. El número de algunas personas puede sorprender. Cualquier reacción negativa al ver la lista (como “¿Por qué accedí?”) es la medida real.
  • Prestá atención a cómo dividís tu tiempo. Si la mayoría de tu tiempo monopolizado en asistir a un amigo, ¿cuándo ves al resto? Si la familia o el trabajo te demanda mucho, ¿qué queda para tu propio entretenimiento?
  • Aclará tus prioridades. Pensá en quiénes son las personas que más querés ayudar: aquellas que son importantes para vos y para quienes querés estar disponible si te necesitan.
  • Dale el control a otras personas para facilitar tus responsabilidades.
  • Pensá en “no” antes de decir “sí, seguro, no hay drama”.

“Ninguna persona tiene por qué acomodarse siempre para decir que sí en pos de ser amada, respetada o admirada”, cierra Newman. “Decir que no hace sentir a la persona que tiene el control sobre su propia vida. Abre la posibilidad de hacer lo que la persona quiere y no lo que las otras personas quieren de ella. En síntesis, decir “no” es liberador.


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