Del "delirio" a la tranquilidad: por qué cada vez más personas cambian las grandes ciudades por pequeñas localidades | RED/ACCIÓN

Del "delirio" a la tranquilidad: por qué cada vez más personas cambian las grandes ciudades por pequeñas localidades

Desde el inicio de la pandemia se multiplicaron por 10 las consultas que recibió una fundación para migrar a pueblos. El encierro y la posibilidad de teletrabajar aceleraron la tendencia a buscar entornos más relajados, con menos viajes y cerca de la naturaleza. Quienes dieron el salto temían problemas de conectividad o el riesgo de estancamiento profesional, pero hoy notan que pueden desarrollarse lejos de los grandes centros urbanos.

Intervención: Pablo Domrose.

A mediados de agosto, Pablo Rinaldi decidió dejar de vivir en Capital Federal y volver a General Lamadrid, una localidad con menos de 10.000 habitantes, donde transcurrió su infancia. La mudanza era una posibilidad que venía rondando por su cabeza desde hace unos años, pero la pandemia lo llevó a acelerar la decisión.

“En General Lamadrid vive mi familia y la de mi novia. Ahí no hubo ningún caso de coronavirus y ya estábamos cansados de estar encerrados en un departamento en la ciudad de Buenos Aires. Con mi novia, empezamos a averiguar si podíamos continuar nuestros trabajos si nos mudábamos. Ya hace varios meses teletrabajábamos desde casa”, cuenta Rinaldi. Él, que tiene 31 años, es kinesiólogo y su pareja es contadora.

Como muchos jóvenes en General Lamadrid, Rinaldi se mudó a la Capital Federal para estudiar, se recibió y se quedó trabajando. Junto a Constanza, alquiló un departamento en Palermo y los primeros días de agosto de este año rescindieron el contrato. Mudaron sus cosas a un departamento de la familia, que estaba deshabitado, y viajaron a Lamadrid en auto.

Todavía la pareja se está acomodando. Al llegar, cada uno se instaló en lo de sus padres y mantuvieron 14 días de aislamiento por precaución. Ahora, van de una casa a la otra. Hace dos años habían comprado un terreno y ahora van a comenzar a construir. “Sabíamos que en algún momento íbamos a volver, pero no creíamos que iba a ser tan pronto. Acá el ritmo de vida es más relajado y no sufrimos la inseguridad. No queríamos formar una familia allá”, dice Rinaldi.

El terreno donde Rinaldi espera construir su casa.

En Capital Federal, la pareja salía temprano a trabajar y no se volvían a ver hasta la noche. Rinaldi cuenta: “Acá cortás al mediodía y almorzás en tu casa. Son otros ritmos y eso es lo que más se disfruta. La verdad es que no tengo ganas de volver. Lo que se va a extrañar son algunas actividades culturales y salir a algunos restaurantes”.

Rinaldi trabaja para una clínica y desde el comienzo de la cuarentena atiende a los pacientes por videollamada o por Zoom. Gracias a la modalidad virtual pudo mudarse y mantener su trabajo. Al principio, él temía que la conectividad no fuera lo suficientemente buena, pero finalmente comprobó que podía cumplir con sus tareas perfectamente. Además, dos veces por semana ayuda a su papá en la administración de un campo familiar. “Me gustan esas actividades. Voy con ganas”, comenta.

La pandemia multiplicó por 10 las consultas para migrar a pueblos

En tiempos de coronavirus, vivir en grandes ciudades implica para todos aquellos que teletrabajan estar encerrado entre cuatro paredes. Por eso algunas personas buscaron mudarse a pueblos o ciudades más pequeñas, sobre todo para tener más espacio al aire libre y evitar las aglomeraciones. En los últimos meses, la Fundación Es Vicis, que promueve el repoblamiento rural, recibió 10 veces más consultas para migrar a pueblos que en los meses previos a la pandemia.

Por su parte, Alvaro Zone es presidente de Responde, una organización dedicada a promover el desarrollo social y económico de los pequeños pueblos rurales de la Argentina, y también nota un interés marcado en familias que hoy sueñan con una vida más tranquila, en zonas con menos densidad poblacional y con posibilidad de acceder a más espacios verdes. “En este contexto mucha gente quiere volver a los pueblos. En estos meses, nos han llegado consultas de distintos tipos, pero en líneas generales era para que les dijéramos a donde irse o que los anotáramos como posibles migrantes. Desde Responde no hacemos ni una cosa ni la otra. Pero los invitábamos a visitar nuestro portal de pueblos en donde tenemos información detallada de cada uno y que cada cual pudiera investigar el que más les interesara”, comenta Zone.

La directora ejecutiva de Es Vicis, Cintia Jaime considera que las ciudades ya estaban expulsando gente antes de la pandemia y que muchas personas pensaban en migrar a lugares más tranquilos. Según ella, antes de mudarse aparecen distintas preguntas: ¿Voy a encontrar trabajo? ¿Habrá educación para mis hijos? ¿Hay atención médica? ¿Hay infraestructura y caminos? ¿El pueblo tiene conectividad? ¿Cómo me recibirán?

Si bien Argentina cuenta con 1.044 aglomeraciones urbanas, la Región Metropolitana de Buenos Aires (RMBA) y cuatro grandes ciudades de más de un millón de habitantes (Córdoba, Rosario, Mendoza y Tucumán) reúnen casi el 50% de la población del país. La población rural representa solo el 9% de la población.

“Muchas personas viven en grandes ciudades porque las ata el trabajo. Cuando la modalidad virtual se plantea como una opción, aparecen más personas que buscan concretar ese deseo de salir de las grandes urbes. En la gran ciudad, naturalizamos vivir hacinados, el ruido y la violencia. Pero hay otras formas posibles de vivir. Algunos prefieren pueblos chicos y otros, que son más citadinos buscan una opción intermedia”, desarrolla Jaime.

Es Vicis comenzó en 2016 con una prueba piloto en la pequeña localidad santafesina de Colonia Belgrano, ubicada a unos 100 kilómetros de la capital provincial. Se abrió una convocatoria para seleccionar a 20 familias para radicarse en el pueblo. Recibieron 20.000 formularios de personas que deseaban salir de la ciudad. Las familias seleccionadas lograron insertarse con el apoyo de esta organización que, en asociación con el Gobierno provincial y la Embajada de Suiza ofreció capacitaciones y facilitó la mudanza. Tras esta experiencia, el programa entró en una fase de escala con la idea de replicarla en otros 20 pueblos de todo el país.

"La inseguridad potenció el deseo de dejar la ciudad"

Joana Ojeda fue una de las seleccionadas para mudarse a Colonia Belgrano. Ella vivía en la ciudad de Santa Fe y un tío le comentó que una organización estaba tomando inscripciones para ir a instalarse en un pueblo. “Con mi esposo queríamos vivir en un lugar más tranquilo. Él trabajaba 12 horas por día en una empresa de seguridad privada y tenía una hora de viaje hasta el trabajo. La inseguridad potenció el deseo de dejar la ciudad. Queríamos darles otra vida a nuestros cuatro hijos. Vinimos a conocer el pueblo y nos encantó”, cuenta la mujer de 35 años.

En Santa Fe, Ojeda vendía calzado para bebés los fines de semana en una feria. Vendía 10 pares por semana. Con la capacitación de Es Vicis decidió que iba a hacer crecer ese proyecto en Colonia Belgrano y lo iba a convertir en un emprendimiento familiar. Incluso, su marido renunció a su trabajo antes de mudarse para sumarse a Mimos de Mimi. “Ampliamos los productos, crecimos en las ventas por mayor por Internet y hoy vendemos 1.000 pares por semana”, cuenta Ojeda.

El emprendimiento creció desde que se mudaron a Colonia Belgrano.

En relación a la vivienda, Es Vicis los ayudó a encontrar una casa para alquilar por un año y después se mudaron a una casa propia. Parte del programa consistía en obtener un plan de pago a 20 años para comprar una casa.

Respecto a los chicos, Ojeda comenta que al principio no les gustaba la idea de dejar sus amigos. “Íbamos a Santa Fe bastante seguido para que los visiten. Ahora, hace un año que no vamos”, señala.

Con la cuarentena, el pueblo se cerró y, según Ojeda, crecieron algunos negocios locales porque las personas no salían a comprar afuera. Hasta el momento no tuvieron casos de coronavirus. En la localidad, se hacen recorridas por los campos y se ven muchos vecinos en bicicleta.

"Se hizo evidente que no necesitamos la oficina para seguir haciendo nuestro trabajo"

A medida que pasaban los días de cuarentena, Milagro Pereyra Iraola se sentía sola en su casa del barrio porteño Villa Crespo. “Me di cuenta de que me estaba agarrando mucha angustia. Trabajaba muchas horas por día porque no tenía excusa para salir. Además, tenía pensamientos reiterados de que me estaba contagiando. No había nada en Buenos Aires que me interesara, no había oficina y tampoco planes culturales. En mayo, decidí volver a Tandil, donde viven mis padres. Mis hermanos ya se habían venido para acá”, relata.

Quemados: el combo home office + cuarentena no nos permite desconectar del trabajo

Cuando Pereyra Iraola piensa en su vida prepandémica en la ciudad de Buenos Aires reconoce que era un “delirio”. “Cada dos semanas me subía a un avión por trabajo, comía mal, dormía mal, hacía poco deporte. Y no me lo cuestionaba: sentía que era la vida que tenía que llevar para desarrollarme profesionalmente. Viéndolo en perspectiva, ahora medito a la mañana, voy a yoga y a pilates, camino todos los días por la sierra y tengo tiempo para tener una huerta”, dice la psicóloga de 31 años.

La vista desde la "oficina" de Milagro Pereyra Iraola.

El viaje a Tandil fue en auto. Pereyra Iraola tuvo que hacer 14 días de cuarentena en lo de sus padres y después se mudó a una casa familiar en medio de la sierra, que originalmente habían acondicionado para alquilar a turistas. “Justo hoy se cayó la conectividad, pero en general me arreglo bien. Lo máximo que puedo acceder son 3 megas” comenta.

Ella es la directora ejecutiva de Njambre, una organización que impulsa el surgimiento de empresas de impacto, y cuenta que gran parte del equipo se desperdigó por distintos lugares del país. “Se hizo evidente que no necesitamos la oficina para seguir haciendo nuestro trabajo. Extraño a mi equipo y los espacios de crear y pensar el mundo que queremos, pero creo que no es necesario estar todos los días en una oficina”, agrega.

Cuando Pereyra Iraola se fue de Tandil a los 17 años pensaba que ahí no iba a encontrar oportunidades laborales. Ella creía que las grandes ciudades eran los lugares para desarrollarse profesionalmente. Ahora, reflexiona: “No sé si me voy a quedar para siempre, pero ya no siento la obligación de quedarme en la Capital Federal”.

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