100 MUJERES

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Denise Nathalie Henry Maffeis

Fuerza, coraje y determinación son las palabras que elige para describirse. No porque haya tenido una vida complicada. Todo lo contrario. Pero necesitó de ellas para ir de una escuela pública de Córdoba a la Universidad de Harvard y para conseguir adoptar a un niño haitiano mientras nacía su primer hijo.

Por Laura Andahazi Kasnya

20 de julio de 2018

Hija de padre haitiano y madre italiana, Henry es cordobesa y, mezcla de ambos, es mulata. De chica, recuerda, sus amigas se comían las galletitas de vainilla y a ella le dejaban las de chocolate apelando a su color de piel. “Mi padre, me dijo que así era yo, que podía lamentarlo o podía trabajar para que la diferencia juegue a mi favor”, cuenta.

Lamentarlo nunca fue su opción, aprender a capitalizar sus rasgos fue el primer voto de confianza hacia sí misma. Los resultados quedaron a la vista: desarrolló una carrera empresarial que empezó como telemarketer y que hoy la tiene como directora de operaciones en Apex América, una empresa cordobesa que brinda servicios de BPO (Business Process Outsourcing) y es madre de cuatro niños: Benicio, las mellizas Lupe y Paz y, Gael, un chiquito haitiano que conquistó su corazón sin siquiera haberlo visto.

A Apex entró a trabajar a los 19 años cuando estudiaba para traductora pública.  Arrancó como pasante y poco a poco fue ascendiendo, primero a supervisora, luego a jefa de call center, después a gerente y ahora a directora de operaciones globales liderando un equipo de más de 5.000 personas.

“Además del grupo de gente maravillosa que conforman los equipos de trabajo, para el liderazgo me jugó a favor la capacidad de escucha, algo que desarrollé desde muy chica. Yo era la amiga a la que todas iban a contarle sus cosas. Siempre me permitió conectar con el otro, es la herramienta más poderosa que encontré para manejarme en el mundo del management”, destaca.

Su crecimiento en el plan carrera de Apex no fue solo por carisma; Henry también se capacitó. En el 2006, la empresa se vendió a la norteamericana Sykes y Henry, que en ese entonces era responsable del call center en Rosario, decidió bajarse del barco para terminar sus estudios y seguir formándose. Completó las ocho materias que le quedaban de la carrera de traductora pública e hizo un Máster en Negocios en la Universidad de Harvard, hizo cursos de posgrado en Columbia y obtuvo una diplomatura en Innovación de Singularity University.

“Cuando me recuerdo, veo a una chica que con todo su nivel de inconsciencia nunca pensó era que imposible pasar de una educación pública a Harvard”, analiza. En 2010, cuando Sykes se fue del país, los fundadores de Apex recompraron la empresa y Henry volvió a ocupar su cargo ctual.

Una vez que termina la jornada laboral, el único lugar que quiere habitar es su casa. “No hay mejor plan que abrir la puerta, sacarme los zapatos y escuchar las vocecitas de mis hijos que corren a recibirme.”, cuenta. Sin embargo, no siempre la casa estuvo tan llena de alegría.

Nada impedía a Henry quedar embarazada naturalmente, pero ella quería adoptar. No recuerda cómo nació el deseo, pero sí recuerda cómo ese deseo se fue transformando en una necesidad.

Cuando conoció a Paolo, su marido, fue una de las primeras cosas que le planteó en cuanto la relación empezó a perfilarse más comprometida. Paolo, que en ese entonces tenía 23 años, no lo dudó, cumplir el sueño de su mujer era hacerlos más felices a ambos.

Así, a sus 26 años, Henry inició los trámites de adopción y, mientras esperaban respuestas, ya casados, empezaron a buscar un bebé de manera natural. Fue en medio de esa búsqueda que recibieron un llamado de Haití: había un bebé de dos meses en condiciones de ser adoptado. La felicidad fue inmensa, pero lo que nunca imaginaron fue que el proceso les llevaría 3 años y una decena de viajes.

Un terremoto, la trata de blanca y el cierre de los convenios de adopción con Argentina retrasaron el añorado encuentro de Gael con su madre, su padre y Benicio, su hermanito que ya había nacido. Fue una época de abogados, viajes y ruegos. No había forma, le recomendaban buscar en otro país, pero la escena del momento que se vieron por primera vez le recordaba a Henry no bajar los brazos.

La mulata abrió la puerta de la habitación del orfanato y allí estaba Gael, sentado en la cama mientras una cuidadora peinaba sus rizos negros. Con sus piernitas colgando se dio vuelta: “Hola, mami”, le dijo. “Lloré con la misma intensidad que cuando nació Benicio y me lo pusieron al pecho por primera vez. Fue un amor inmenso”, cuenta emocionada hasta las lágrimas.

Sin embargo, la burocracia los obligó volver al país sin él y esa despedida se repitió muchas otras veces. Para peor, el hambre de Haití no perdonaba a nadie, ni al pequeño Gael que sin llegar a cumplir sus tres años ya sufría un raquitismo severo que casi le impedía caminar.

“Cuando lo vi me juré que como sea esta vez me lo iba a llevar, no lo iba a dejar”, asegura. Lo llevó a un hospital y con radiografías en mano, Henry fue a rogar humanidad a la embajada de Argentina. Exigió una respuesta urgente explicando que si no lo dejaban irse con ella el chiquito no iba a sobrevivir.  Era la una de la tarde, a las 3 su avión salía para Buenos Aires, el cónsul accedió, le dio una guarda provisoria. Veinticuatro horas después, luego de cruzar con nervios cada control de cada uno de los aeropuertos que pisaron, llegaron a Córdoba, donde toda la familia los esperaba. Entraron agarrados de la mano y nunca más se soltaron. “Mami, yo siempre supe que ibas a volver”, confiesa Gael hoy cuando junto a su familia, ahora con las mellizas, recorren su historia.

Denise-Henry

Nombre: Denise Nathalie Henry Maffeis
Edad: 35 años
Profesión: Traductora y directiva de una empresa
Sector en el que trabaja: Empresario
Lugar de Nacimiento: Córdoba
Lugar en el que desarrolla su actividad: Desde Córdoba para toda Latinoamérica

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Me inspira pensar que cada ámbito que habito es único para mí y para el otro, y que mi accionar en el mismo desencadena algo positivo en el mundo. Eso me motiva a intentar ser mi mejor versión, también, la transformación como meta de lo que hago o de por qué existo. Transformar positivamente la vida de los que me acompañan, de mis niños, de mi equipo. Sumar activamente a su plenitud y la mía. Asignarle sentido a los ámbitos más allá de lo que tácticamente parezcan ser.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mis hijos, mi tiempo con ellos, su salud, sus sonrisas, sus reflexiones, su crecimiento, sus salidas pícaras. Un mate. Una mañana con mamá. Disfrutar con mi hermana. Mi persistencia. Las visitas de mi papá. Mi casa. Caminar. Pintar. El mar. Leer. Un té de mi marido. Cumplir un objetivo. Ayudar. El silencio. Mis amigas. Viajar. Que los que me rodean sean felices.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Siempre tuve buen “dormir”, pero la única sensación que logra alterarme es la de sentir que no tengo nada que hacer para cambiar una situación que me afecta a mí, o algún aspecto relevante de mis espacios, porque depende de otro. He aprendido a convivir con la incertidumbre y trabajo diariamente en aprender a convivir con el soltar

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
La injusticia, es un concepto muy amplio, pero invirtiéndolo, quisiera generar un mundo justo, principalmente para los niños. No solo desde lo básico (abrigo, comida, techo) sino garantizar que sean amados, potenciados, que los miren a los ojos, los abracen fuerte y los escuchen. Me gustaría un mundo de compasión hacia ellos.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Puff… azafata. ¡Con la cantidad de horas de vuelo que tengo, me podrían dar el título honorario!

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