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100 Mujeres | 10 de abril de 2019

Ilustración: Pablo Domrose

La científica argentina reconocida en el mundo que explica en sus redes las causas del cambio climático

Carolina Vera es científica, investigadora y profesora. La curiosidad y el conocimiento la acompañaron durante sus años de estudiante, su trabajo de laboratorio y hasta en las aulas donde se para como docente. Hoy se muestra activa en las redes sociales para darle a los ciudadanos datos científicos con un lenguaje preciso y coloquial. Y lo hace sobre un tema que cada día se vuelve más vital: explica qué es el cambio climático, qué impacto tiene en nuestro ambiente y qué medidas hay que tomar para evitar que se agrave la situación. Ella, que es una referente mundial en el tema, asegura que explicarle a todos lo que ella estudia es “un deber”.

Profesora e investigadora en el Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA-CONICET), la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires y en el Instituto Franco-Argentino sobre estudios de Clima y sus Impactos, Vera es una de las mujeres científicas argentinas más destacadas a nivel internacional en lo que a ciencia del cambio climático respecta. De hecho, es la vicepresidenta del Grupo de Trabajo 1 del Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en Inglés), un grupo que reúne a los científicos de todo el mundo que son referentes en la temática. En ese grupo, Vera representa a América Latina.  

De todo lo que abarca la problemática del cambio climático, como doctora en Ciencias de la Atmósfera, Vera ha formado una experiencia en investigación sobre variabilidad y cambio del clima. ¿Qué la llevó a elegir esta profesión tan particular? La respuesta se remonta a su San Nicolás de los Arroyos natal, en la provincia de Buenos Aires. El tiempo vivido ahí la conectó con algo que siempre estuvo presente en el Este de Argentina y que hoy incrementó su frecuencia: las tormentas.

“A diferencia de otras personas, mi mamá era muy observadora. Observaba las plantas, los animales y, especialmente, el cielo. Siempre miró para arriba, cuando se aproximaban las nubes, cuando cambiaban algunas condiciones. Me quedó eso dando vuelta en la cabeza hasta que me senté en el secundario a decidir qué iba a estudiar en la universidad. Me gustaba todo, pero fui hacia las ciencias exactas y especialmente la meteorología”.

Con una serie de tuits explicó la ola de calor en la Patagonia:

La inspiración de su madre la llevó a involucrarse en un ámbito donde las mujeres debían sortear más desafíos para obtener las mismas oportunidades que los hombres. “En Exactas, desde que yo estudiaba había una buena proporción de mujeres, a diferencia de otras facultades”, recuerda Vera y reconoce: “Pero después, en el trabajo, por ejemplo, iba a reuniones donde todos los directores de los Servicios Meteorológicos de América Latina eran hombres y yo la única mujer, más allá de las secretarias. De ese tipo de reuniones tuve miles”.

Vera hizo de esa motivación inicial el argumento perfecto para su charla TEDx Río de la Plata titulada “Mañana… ¿va a llover?”. Ahí muestra, suelta y muy expresiva, el aporte contundente de su trabajo. Esa exposición fue grabada y subida a You Tube.

El video de 15 minutos que ya fue visto por 17 mil personas:

Nada la detuvo. Hoy no sólo es líder referente en uno de los grupos más importantes de científicos climáticos -como es el IPCC- sino que además es un ejemplo a seguir para niñas y jóvenes que quieren dedicarse a la ciencia.

Con los pies en el barrio porteño de Villa Crespo, pero siempre con una agenda cargada de conferencias, eventos y foros alrededor del mundo, Vera considera que la aplicación de su trabajo no se delimita a un territorio en particular, sino que es tan global como los efectos del cambio climático. Problema que no sólo es tema de su estudio, sino que también ha experimentado con sus propios ojos.

“Me crie viendo que las lluvias eran más intensas y frecuentes. He cruzado caminos con el agua hasta la cintura, pero siendo chica no me daba miedo. Fue en 2009 que tuve que participar de un congreso en Australia y nos advirtieron que habría una ola de calor. Con una becaria nos fuimos a caminar por un recorrido sin sombra. Una pareja apareció en un auto y nos preguntó qué hacíamos caminando cuando hacía 47 grados centígrados de temperatura. Nos alcanzaron hasta la estación de tren”, recuerda como anécdota.  

Ese vínculo constante con el mundo natural a través de la ciencia, la ha conectado desde el 2012 con otra de sus actuales pasiones, que ella misma define como “su hobby más importante”: la fotografía. “En mi cuenta de Instagram tengo sólo fotos artísticas. La fotografía documental me complementa, me permite tener otra mirada sobre lo que está pasando en el mundo. Antes tomaba fotos de paisajes, ahora si no hay una persona, no me atrae. Estoy generando distintos proyectos fotográficos y seguramente pronto uno de ellos esté vinculado con cambio climático. Pero ya sé que no será lo típico de mostrar un glaciar que se cae, sino algo con lo cual yo me pueda involucrar personalmente y que yo pueda contar”.

¿Una científica activa en redes sociales? Perfectamente podría ser una descripción en su portal. Vera no sólo muestra su perspectiva de la naturaleza a través de fotografías en Instagram, sino que se destaca por su constante participación en Twitter informando sobre variabilidad y cambio climático. Lejos de ser azaroso, hay una decisión detrás de esta tarea.

“Me preocupa la comunicación del conocimiento científico para llegar a la gente”, reconoce Vera y agrega: “Twitter nos da la posibilidad de hacerlo en forma directa. Mientras que el área del clima siempre estuvo más expuesta en los medios por los pronósticos diarios, otras áreas de la ciencia estaban menos acostumbradas a interactuar con la gente. Hoy las redes sociales nos ayudan. Considero comunicar en ellas lo que investigo como algo más de mi trabajo. De hecho, un investigador decía que deberíamos comprometer un 20% de nuestro tiempo en hacer eso. ¿Por qué? Porque hoy no se puede hacer ciencia si no le explicas al mundo para qué lo estás haciendo. Es nuestra responsabilidad”.

Conocedora del mundo y de su clima, el mate bajo el brazo sigue siendo su mejor compañía allí donde vaya, y la Patagonia argentina su lugar favorito de la Tierra. El esquí con su marido es la actividad que la desconecta de la rutina, pero nunca la deja de vincular con esa naturaleza que busca preservar a través de su trabajo diario. “La montaña me emociona”, asegura. Sus dos hijos continuaron ese legado de sentirse apasionados por lo que decidan ser como profesionales, pero siempre con foco en la motivación social y el cuidado ambiental.

Vera lee noticias sobre cambio climático, pero también reconoce el efecto de saturación ante tanta información sobre ese tema, sobre ciencia, sobre el mundo, sobre el país. Allí es donde la novela de ficción aparece como su escape perfecto.

Ella más que nadie sabe que los efectos del cambio climático no son parte de ninguna ficción, sino de la realidad y de allí la importancia de su labor cotidiana con perspectiva de científica, de argentina y de mujer. “Mi directora de tesis, Eugenia Kalnay, me hizo feminista. Hasta que no interactué con ella, no era consciente de la diferencia de género. Ella fue mi mentora, fue ver el referente de a dónde uno podía llegar, aún siendo mujer. Ser investigadora tiene algo muy claro: la curiosidad, hay que explorar y comprender cosas nuevas, hay que estudiar mucho, es una actividad sacrificada, pero trae múltiples satisfacciones. Así como la red de mujeres que hoy guía al feminismo, en las ciencias del clima hemos hecho red naturalmente siempre: apoyándonos entre científicas”.  

Nombre: Carolina Susana Vera
Edad: 56
Profesión: Profesora e investigadora
Sector en el que trabaja: Académico y científico
Lugar de nacimiento: San Nicolás de los Arroyos, provincia de Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: alrededor del mundo

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
La curiosidad y la motivación social. Curiosidad porque hay un montón de temas que son útiles, pero hay algunos que puntualmente me despiertan interés: la variabilidad climática; los fenómenos; cómo impactan; cómo se vinculan con la vegetación, los ecosistemas o los seres humanos. Esos son temas que me parecen mucho más apasionante. Motivación social para poder aportar a generar un mundo socialmente justo y ambientalmente sustentable.

2. ¿Qué te hace feliz?
¡Muchas cosas! ¿Una sola tengo que decir? Creo que me hace feliz vivir ciertos momentos y darme cuenta de que ese es un instante sobre el cual yo luego voy a decir “es un momento feliz”. Algunos ejemplos: tomar mate al lado de un río en Patagonia, disfrutar la hora del atardecer, pasar momentos en la naturaleza con la gente que yo quiero. Soy más feliz en contacto con un río, una montaña, el mate, mi familia y mis amigos.  

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
La injusticia social me mata. No me deja dormir que no vivamos en una sociedad más justa. Es algo que me duele.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Eso, junto con lo mencionado anteriormente: que seamos socialmente justos y ambientalmente sustentables. Porque no creo que una cosa pueda hacerse sin la otra. Hoy, por lo menos, no es posible, van de la mano. El gran desafío del momento es que la transición hacia un desarrollo sustentable sea justa e integrada. No podemos atacar el cambio climático sin pensar en, por ejemplo, la degradación de suelos, la pobreza, la seguridad alimentaria, la cuestión energética… Todo está conectado. Por eso se necesita más conocimiento integrado.

5. Cuando eras chica, ¿qué querías ser de grande?
¡De todo! Pero siempre quise investigar. Tenía un juego de química y ciertas cosas con las que no todas las nenas jugaban en mi época. Creo que en el fondo siempre quise investigar. Me gustaba saber, conocer, entender. Me gusta este tema y siempre me gustó por algo adicional: la connotación social. No hubiera podido hacer, por ejemplo, física teórica.

100 Mujeres | 3 de abril de 2019

Sonia Sánchez: Escritora y militante feminista

Sobrevivió a la trata y la prostitución. Hoy milita por los derechos humanos pensando en sensibilizar a la sociedad para que las mujeres dejen de ser prostituidas. Escribe y es convocada, como referente, a dar charlas en ámbitos nacionales e internacionales.

Ninguna mujer nace para puta (Lavaca Editorial) es el título que eligió para el libro que en 2007 lanzó junto a la militante anarcofeminista boliviana María Galindo. En efecto, al nacer, su madre no dijo que Sonia iba a ser la prostituta de la familia. Sin embargo, escapando de la pobreza de Villa Ángela (Chaco) fue ingrensando al mundo de la prostitución, un mundo que ella compara con un campo de concentración.

Con 16 años y sin haber terminado su secundario, Sonia se subió a un micro y viajó a Buenos Aires para trabajar como empleada doméstica, pero le duró poco. La poca plata que había juntado le alcanzó para alquilar una pieza en un hotel del barrio de Flores por unos 15 días. Después, echada de patitas a la calle, caminando sin rumbo por la avenida Rivadavia, llegó a Plaza Once. “Ahí viví varios meses. Dormía de día en el tren Sarmiento o me metía en un recoveco del monumento a Saavedra, que en aquel entonces no estaba enrejado. Mientras tanto buscaba trabajo, pero ni me consideraban porque la plaza no era un domicilio legal y además, porque después de 3 días viviendo en la calle, estaba sucia y me veían como una vaga o una posible ladrona. Se fueron cerrando las puertas, nadie siente empatía ni se para a preguntarte tú historia”, recuerda.

¿Qué hacían esas mujeres yirando día y noche por la plaza?, se preguntaba. “Aun en la pobreza más absoluta yo no sabía que existía la prostitución. Hasta tercer año del secundario, cosechar algodón y ser empleada doméstica era todo mi saber”, cuenta.  Un día charló con una de ellas y le contó que nadie le daba trabajo y que tenía hambre. La mujer que tenía unos 50 años le dio unas monedas para que se bañara en las duchas de la estación Once y le dijo que después vaya a sentarse con ella. “Cuando volví le pregunté qué hacer. Me dijo que nada, que los hombres iban a hacer todo”, recuerda.

La pesadilla de la prostitución duró seis años. “Así sea media hora, es violencia económica, física y emocional. ¿Cómo salís de eso? Hecha pelota  y reconstruirte como sujeta activa de derecho lleva años. Yo todavía me sigo construyendo”, cuenta.

Para peor, a un año de ser prostituida, Sonia fue engañada con un trabajo de camarera y fue traficada al Calafate (Santa Cruz). No había ningún café ni restaurante, había un prostíbulo VIP y como ella, una docena de adolescentes de diferentes provincias explotadas sexualmente. A los 6 meses logró escaparse, pero sabiendo que sin plata su futuro en Buenos Aires no iba a ser muy diferente a lo que venía padeciendo; volvió a una esquina de Flores.  

En Bacacay y Condarco la levantó el último varón prostituyente, después de ese hombre jamás volvió a ninguna esquina. Descontento por su negativa a determinadas prácticas, el hombre le dio tantos golpes que por poco la mata, la salvó el conserje del hotel.

“Las mujeres prostituidas suelen decir que ellas eligen qué hacer y qué no, o que ellas ponen el precio, pero es mentira. Ninguna puede elegir, para eso les pagan; pero lo tienen que decir para sobrevivir”, explica.  Esa noche, en su casa, dolorida y con la sangre seca pegoteada en su rostro lloró como nunca jamás lo había hecho, lloró mares profundos.

Esa noche, la que llama “la más larga, oscura y liberadora de su vida” terminó con ella arrojando a la basura montones de bolsas de consorcio con sus zapatos de taco, sus pelucas, sus botas, sus shorts de cuero y sus remeras escotadas. Esa mañana, amaneció siendo Sonia Sánchez, chaqueña, de 22 años, recién llegada a la ciudad de Buenos Aires. Su primer trabajo: clasificadora de cucuruchos.

En pleno proceso de reconstrucción, recorriendo las librerías de la avenida Corrientes, encontró a su primer amor. La relación con Roberto duró seis años y tuvieron a Axel, que hoy tiene 22 años.

Hoy Axel vive en Villa Ángela porque no le gusta Buenos Aires. “Es un chico increíble. Estudia y desde los 18 años también trabaja. Él no es violento, jamás será prostituyente, Axel es un varón feminista”, describe con orgullo.

“Yo Además, no rescato mujeres, eso es responsabilidad del Estado. Mis charlas son para la sociedad en general porque son las mujeres, los hombres y los adolescentes los que por acción u omisión generamos o  sostenemos a las mujeres prostituida”, explica Sonia.

A Sánchez la convocan desde colegios y universidades hasta cárceles y diferentes dependencias del Estado. Tanto a nivel local como internacional. En sus charlas ella busca sensibilizar a la sociedad en su conjunto para que las mujeres dejen ser de prostituidas y destaca que prostitución no es un trabajo que se elige, ni dignifica a nadie. También explica que es necesario que se tome conciencia de que a la mujer prostituida no se la ayuda regalándole preservativos. “Ellas necesitan educación y capacitación laboral”, sostiene.

Sonia nunca más volvió a pasar hambre, no le sobra nada, pero el plato de comida diaria ya no le falta. Hoy vive de la venta de sus libros -está trabajando en el quinto-  y de las charlas que da por el país. “Ahora sé defenderme, voy a golpear las puertas del Estado, pero a la calle no vuelvo más”, asegura. Sonia vive sola. No está en pareja y dice que tampoco la desea. Hoy su amor es solo para ella, su hijo y las tres o cuatro amigas que considera genuinas.

Nombre: Sonia Teresa Sánchez
Edad: 52
Profesión: Escritora y militante feminista
Sector que trabaja: Derechos Humanos  
Lugar de Nacimiento: Villa Ángela (Chaco)
Lugar en el que desarrolló su actividad: Argentina y Latinoamérica

1 ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que haces?

Mi motor es ser feliz. Cuando lo necesito me permito llorar, pero sólo una hora. Después, me levanto, me ducho, me maquillo mucho como me ves, me visto, pongo música y otra vez la felicidad.

2 ¿Qué te hace feliz?

Primero saber que mi familia está bien. Además de mi hijo, tengo seis hermanas, las siete somos muy unidas. Tenemos un grupo de WhatsApp donde nos llamamos por el número de llegada al mundo, yo soy la cuatro. En segundo lugar me hace absolutamente feliz verme bien, saber que tengo salud, que hago lo que quiero y ver las cosas que tengo.

3 ¿Qué cosas no te dejan dormir?

Hace 15 años todas las noches tuve pesadillas. Amanecía agotada con un dolor profundo en el pecho. Entonces, trabajé para terminar con esto. La prostitución es violación pública por lo tanto jamás hice ni haré terapia entre cuatro paredes; mis terapias son públicas y las hago cuando doy las charlas, capacitaciones y entrevistas.

Ahora me angustia mucho como estamos social y económicamente. Ver a la gente durmiendo en la calle me mata, yo incluso sigo siendo una mujer empobrecida. Eso sí, no voto. Ninguna dirigencia política, ni popular o nacional, ni de derecha o de izquierda, me representa.  

4 ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?

La indiferencia. En la sociedad hay una profunda indiferencia hacia el otro y la otra. Tenemos leyes muy buenas, pero culturalmente no hemos avanzando. Yo creo todos pueden ayudar. ¿Cómo? Primero no mirando el programa de Tinelli y segundo exigiendo que los políticos nos miren a la cara, que dejen de andar en sus coches con vidrios polarizados o helicóptero. No nos miran ni en épocas de elecciones, levantan a un niño con mocos, pero sin mirarlos, solo miran la cámara para la foto.

5 Cuando eras chica, ¿qué querías ser de grande?

Nunca me lo pude preguntar. Quizás nunca pensé en el futuro porque tenía que vivir el presente. ¿Pero sabes? Antes de viajar a Buenos Aires busqué trabajo en Villa Ángela, las opciones eran ser empleada municipal o policía. Municipal no me daba, me anoté para policía, aprobé todas las pruebas teóricas, pero no pasé la revisión médica porque no me dio la altura.

100 Mujeres | 28 de marzo de 2019

Foto: gentileza María Eva Juncos | Intervención: Pablo Domrose

Conocé a María Eva Juncos, la creadora de una aplicación de taxis que conecta conductoras mujeres con pasajeras

María Eva Juncos (45) es taxista desde hace una década. Manejando en las calles de Rosario, su ciudad natal, escuchó un abanico de comentarios que lograron llevarla al hartazgo. Desde “Qué bueno una mujer taxista tan linda” hasta “Te invito a subir a mi departamento”, sin obviar la pregunta: “¿Soltera?”. Fueron las conversaciones que mantuvo con las pasajeras las que la motivaron a decir: “Basta”. Y en 2016 creó She Taxi, una aplicación que conecta usuarias con choferes de taxi mujeres.

Juncos es de las taxistas a las que le gusta conversar con el pasajero: el tiempo, el tráfico, la vida; lo que dé. En esas charlas fue descubriendo cuán vulnerables suelen sentirse las mujeres cuando viajan en un taxi conducido por un hombre. Es que siempre, asegura, les ha tocado escuchar comentarios, preguntas o piropos incómodos y, en algunos casos, también vivir situaciones más graves, de abuso. “Supe cómo un taxista le trabó las puertas del auto a una clienta; de chicas que por miedo se tiraron del vehículo andando; y de cómo se organizan los grupos de amigas con determinados códigos para avisarse si pasa algo. Eso más las noticias tremendas que salen en la tele. Ahora recuerdo un caso judicializado de Buenos Aires de un taxista que violó a una chica”, cuenta aún con espanto. El caso al que Juncos se refiere es el de Manuela, una joven que fue dormida, violada y amenazada por el conductor del taxi que tomó para volver a su casa luego de pasar una velada con amigos en un bar de Colegiales en 2015. El chofer, Tito Franklin Escobar Ayllon, está prófugo y lo busca hasta Interpol.

“Muchas mujeres se sienten más cómodas si la conductora también es mujer por lo que siempre terminaban pidiéndome el número de teléfono para contactarme en sus próximos viajes. La verdad es que no daba abasto con la demanda. Después supe que a otras taxistas mujeres les pasaba lo mismo, daban sus celulares y luego corrían de un lado a otro de la ciudad para responder a los pedidos de pasajeras que ya se habían convertido en clientas”, cuenta. She Taxi aparecía como una necesidad. La rosarina se puso en contacto con un desarrollador, pidió un préstamo y, sin más, la creó.

María Eva no gana más dinero con She Taxi¸ no cobra por su uso ni a las usuarias ni a las conductoras. Ella sigue manejando por Rosario su auto negro y amarillo todas las noches, aunque reconoce que ahora tiene viajes más seguros. No pensó en la aplicación como un negocio sino como una herramienta de seguridad. De hecho, dice, su objetivo es que algún día She Taxi deje de existir. “Por ahora lamentablemente esta aplicación es un éxito. Pasan los años y tenés una clase dirigente que levanta las banderas de la equidad, pero no va contra el statu quo. En Rosario, por ejemplo, imponen un cupo femenino para las licencias que es de un 30%. Esto es un insulto a nuestra inteligencia, igualdad es un 50%  y un 50%”, se queja.

La aplicación cuenta con un botón antipánico, otro de objetos perdidos y un chat de comunicación con la conductora asignada para mensajes de audio. Por ahora la red funciona solo en Rosario con alrededor de 120 choferes mujeres a disposición y cerca de 30.000 clientas registradas. El plan es replicar el concepto en las principales ciudades del país donde el uso del taxi es moneda corriente.  

Durante un tiempo funcionó en Córdoba, pero por falta de mujeres taxistas Juncos tuvo que desactivarla, aunque espera reactivarla en cuanto la oferta pueda responder a la demanda. En la Ciudad de Buenos Aires, la Ley 5627 de 2016 establece que las aplicaciones móviles son de uso exclusivo de los servicios creados por el Gobierno de la Ciudad para su app BA Taxi o de las empresas de radiotaxi. Por lo que She Taxi no podría operar libremente sin adecuarse a una de estas empresas. Con Martín Castro, su abogado, Juncos inició una acción de amparo ante la Justicia porteña, pero la rechazaron tanto en primera como en segunda instancia bajo el argumento de que la norma tiene el espíritu de salvaguardar la seguridad de los pasajeros.  Para el abogado esto es falaz ya que lo que realmente asegura es el privilegio de las empresas de radiotaxi. A la fecha esperan que el Tribunal Superior de Justicia revierta esta medida teniendo en cuenta el avance de las nuevas tecnologías que hoy superan los beneficios que alguna vez supieron brindar con el servicio de radiotaxi y quedaron obsoletos con la llegada de Internet y los smartphones.

Paciencia a Juncos no le falta. La vida la llevó a recorrer caminos inimaginables. Antes que taxista fue una buscadora que avanzó corriendo los límites sin preguntarse si una u otra cosa era adecuada para ella. Al salir del colegio intentó hacer una carrera universitaria pero se aburrió y a los dos meses la dejó para dedicarse a la fotografía. En una de sus primeras salidas laborales, como fotógrafa profesional, le tocó cubrir una marcha que terminó con represión policial; ese día, entre gases lacrimógenos y corridas, decidió colgar la cámara: la sacaría solo al ver algo que la conmoviera o que, para ella, valiera la pena retratar. Pero todavía tenía que ganarse la vida. Siguiendo la convicción de que nada le estaba vedado, recorrió la ciudad en bicicleta vendiendo sándwiches de milanesa, cuidó ancianos y trabajó en un criadero de chinchillas hasta que se fue de mochilera a probar suerte al viejo mundo. En España, sin ciudadanía ni residencia, trabajó en el guardarropa de un boliche, fue camarera en el comedor de una empresa con 400 obreros y repartió volantes en la puerta de un supermercado. Su aventura por Europa terminó cuando a principios del año 2000 le dijo “no más” a los inviernos bajo cero. Volvió a la Argentina, ahora sí a subirse a un taxi.

Juncos pertenece a una familia de cinco hermanos. Vive con su mamá y su perra; ellas son su vida y su cotidianeidad. “Mientras yo trabajo mamá no duerme y me manda WhastApp pidiéndome que por seguridad no suba a más de dos pasajeros juntos. Es que, pobre, yo soy de la vieja escuela y, a pesar de la aplicación, sigo levantando gente en la calle. Ella me cuida, me hace reír, siempre me hace la misma pregunta: ‘¿Hay mucho trabajo?’. En realidad quiere saber si voy a volver temprano para poder dormir”, remata entre risas.   

Foto: gentileza María Eva Juncos

Nombre completo: María Eva Juncos
Edad: 45 años
Profesión: Taxista
Sector en el que se destaca: Transporte de pasajeros
Lugar de nacimiento: Rosario, Santa Fe
Lugar donde desarrolla su actividad: Rosario

¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que haces?
Aportar para un mundo en paz. ¿Por qué nace todo este hartazgo? Salís de tu casa, pasás por una obra en construcción y te gritan barbaridades, subís al colectivo y un hombre te apoya, te tomas un taxi y el taxista se hace el vivo. Es un infierno, vivimos en una olla a presión.

¿Qué te hace feliz?
Sin duda estar en paz, es un estado pleno, incluso más óptimo que la felicidad que en realidad son instantes. Pero debo reconocer que me pone feliz cuando una pasajera se sube al taxi y te dice que ahora, gracias a She Taxi, puede salir de noche.

¿Qué no te deja dormir?
Cuando suena la aplicación y somos pocas conductoras y nos van quedando viajes afuera. Me la paso pensando en cómo lograr que seamos cada vez más.

¿Qué te gustaría cambiar del mundo?    
Las prioridades. Creo que en términos generales tenemos las prioridades invertidas. La mayoría piensa en hacer dinero y probablemente lo logren, pero seguramente no estarán resolviendo un problema. Yo creo que hay que anteponer el valor de la vida, quizás también se pueda ganar dinero pero seguramente se logrará algo mucho más exitoso.

Cuándo eras chica, ¿que querías ser de grande?
Nunca lo pensé porque nunca fui de planificar el futuro, ni siquiera de chica.

100 Mujeres | 21 de marzo de 2019

La diseñadora de moda que crea sus colecciones con descartes de medias de nylon

Alejandra Gougy se especializa en aprovechar desechos y objetos en desuso para confeccionar sweaters, sacos, tapados, chalecos, bufandas, pantalones y vestidos. Es una referente de la “ecomoda” y logró reunir a 30 diseñadores de todo el país en la Asociación de Moda Sostenible Argentina que ella misma fundó.

Entre los orígenes del vocablo esgrimir está el verbo germánico skermjan, que significa “reparar”o “proteger”. De ahí también deriva la palabra esgrima, el arte de la espada. No en vano, Alejandra Gougy, diseñadora sostenible, practicó ese deporte entre los 11 y los 24 años. Empezó en su pueblo bonaerense, 9 de Julio, siguió en el porteño Club Francés y más tarde en Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires.

“Me gustó el desafío de hacer las cosas como las hacían los hombres”, dice. Por eso se entrenó de la misma manera que ellos, tanto física como técnicamente. Llegó a ser campeona en las categorías de menores de 15 y 20 años y estuvo sexta en el ranking de mayores hasta que dejó de competir después de la trágica muerte de su hermana Mabel en un accidente automovilístico.

En medio del duelo, intentó continuar, pero al quedar injustamente eliminada en un encuentro en Rosario juró que nunca más volvería a participar de un torneo. No solo cumplió con su promesa, sino que además cambió su camino. Retomó su otra pasión: crear. Comenzó a hacer los moldes de su propia ropa con lo que aprendía en la escuela de corte y confección que estaba cerca de su casa.

“La historia de hoy es la consecuencia, la cosecha, el homenaje, la reivindicación de mucho laburo y de gente que siempre se jugó por lo que quería, por sus valores”, sostiene e inevitablemente alude sus ancestros.

Su abuelo paterno y su padre fueron pioneros en el cultivo de algodón. Ella pasaba sus vacaciones, junto con sus cinco hermanos, en el campo, siendo testigo del recorrido de la producción y de la entrega de toda su familia. “Mi abuelo consideraba que el trabajo era la base de todo. Me crié con ese concepto de vida”, explica. Sebastiana, su abuela materna, siciliana, también fue clave en su crianza: además de transmitirle el amor por lo artesanal, le enseñó a tejer y fue a ella a quien vio reciclar.

Hacienda fue su primera marca. La tuvo con una amiga y después se quedó trabajando sola. Hacía prendas en muselina, de línea retro y romántica a la vez. La segunda firma que tuvo se llamó Herencia, la montó cuando el papá de Clara, su única hija, se quedó sin trabajo. Ante la necesidad, se rearmó y gestó ese nuevo emprendimiento de indumentaria corporativa con el que llegó a confeccionar 70 mil uniformes para empresas. Esa marca se terminó después de que la estafaran.

Con el tiempo se topó con el descarte de medias de nylon y así gestó Cosecha Vintage; la marca que tiene desde el 2007 y que hoy comanda junto a su hija. Es pionera en la práctica del upcycling, generar prendas nuevas a partir de otras ya existentes, y en darle una nueva vida a materiales que si no fuera por esa búsqueda quedarían en desuso.

Con esta firma, participó en la Semana de la Moda de Buenos Aires; llevó adelante la campaña “De los pies al corazón” junto con la actriz Elena Roger; realizó un libro; y se transformó en una referente ineludible de la sostenibilidad local.

Hace dos años, Alejandra se enteró de que padecía una enfermedad de la que hoy ya está recuperada. Una aparente neumonía que había provocado su internación resultó ser cáncer de colon. Mientras esperó la biopsia, durante cuarenta días, se entregó a la voluntad de la Virgen de la Guadalupe, de la que es devota. La tuvieron que operar para extirparle el tumor.

Al terminar la intervención el cirujano le dijo que lo de ella había sido providencial y que la vida le estaba dando una segunda oportunidad: “Entendí que si no tenés salud no tenés nada. Me replanteé disfrutar de otras cosas y darle más importancia a lo que siento”. Por eso se volcó a lo artístico y empezó a hacer instalaciones.

Desde el 2015, desarrolla trabajos para Casa FOA y la nueva gran meta llegó este año con la fundación de la Asociación de Moda Sostenible Argentina (AMSOAR) en torno a la cual reunió a más de 30 diseñadores de todo el país. Pensada como una red de contención para marcas, emprendedores, artesanos, productores, proveedores y a la comunidad en general.

El propósito principal de AMSOAR es concientizar sobre la necesidad de preservar los recursos naturales; reutilizar los descartes de materiales y objetos ya existentes; revalorizar los oficios y las tradiciones locales y regionales; entre otras cuestiones que hacen a la sostenibilidad. Para ello desarrollan proyectos, talleres, seminarios, charlas y eventos, además de acciones e intervenciones en la vía pública.

El día de la presentación de AMSOAR, Alejandra mostró al público una manta hecha con la técnica del patchwork, que además de ser un regalo destinado a la socióloga Susana Saulquin, constituyó un símbolo de este nuevo comienzo. Cada retazo de tela que conforma esa pieza representa el trabajo de cada uno de los socios y el espíritu de la asociación, que insiste en la idea de unir y en definitiva y por qué no, también, de reparar y proteger. “Sentí que esta era mi misión”, sintetiza.

Nombre: Alejandra Gougy
Edad: 58 años
Profesión: Diseñadora sustentable
Sector en el que trabaja: Indumentaria y arte
Lugar de Nacimiento: 9 de julio, provincia de Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Mis ganas de cambiar el mundo, mi familia, mis amores, me dan la fuerza para seguir. Nunca tuve miedo a los cambios, los cambios me dieron fortaleza. Me inspiran tantas cosas. Siempre me imaginé haciendo muchas cosas; viajando y generando nuevos caminos. Eso lo mamé de mi viejo, que era re vanguardista. Siempre sentí que adentro mío había algo más y que había que buscar, buscar y buscar. Toda mi vida estuve en una sensación de búsqueda y ahora voy entendiendo de qué se trataba. Esto de trabajar con la gente y poder hacer caminos me encanta. También mi motor es por qué amo lo que hago. Amo ir a una fábrica y ver todos los descartes. Ahí me explota la cabeza y me imagino creando nuevas cosas. Descubrir el mundo del descarte y de la basura me apasiona.

2. ¿Qué te hace feliz?
Ver  feliz a mi hija Clarita y estar con amigos. El amor me hace feliz, querer a alguien. El amor en mi vida es muy importante. Eso es lo que extraño de esta etapa del mundo, el desamor que se vive. Me hace feliz y bien el contacto con la naturaleza. Es algo que sana todo. Me encanta estar cerca del mar. Mi sueño es vivir cerca del mar, creo que en algún momento lo voy a hacer. Tener un lugar grande para trabajar, un taller. Me hace feliz ver un galpón lleno de descartes para trabajar.

3. ¿Qué no te deja dormir?
Si me falta salud, el resto tiene arreglo.

4. ¿Qué cambiarías del mundo?
El egoísmo es una cosa que no tolero de la gente. El egocentrismo: “Yo, yo, yo”. Las divisiones, las guerras. Me duele mucho la falsa amistad. ¿Qué cambiaría? Dejaría de usar el celular, me gustaría que la gente me vuelva a llamar por teléfono y me diga “feliz cumpleaños” y no en un mensaje de texto. Que el mundo sea más personalizado y no tan mecanizado. Cambiaría la pérdida del romanticismo, me gustaría recuperarlo. En la era de las comunicaciones, cada vez nos comunicamos menos, nos olvidamos del abrazo, la sonrisa. La violencia es el resultado de la intolerancia en un mundo malcriado que se convierte en déspota con sus semejantes.

5. Cuando eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Imaginaba que iba a ser una empresaria, que iba a hacer muchas cosas, que iba a trascender. Siempre sentí que era diferente y que tenía un camino para hacer que no iba a ser el habitual de cualquier mujer de mi época. Querían que me casara, tuviera hijos y un marido estructurado, y la verdad es que hice todo lo contrario. Me dediqué a la pintura, a navegar, a esquiar, hacía esgrima, deportes que eran insólitos para una mujer. Imaginé que iba a viajar por el mundo. Siempre me imaginé siendo madre. Creo que no es tan diferente mi vida a cómo la imaginé, salvando algunas cosas que me pasaron y que fueron duras, como la muerte de mi hermana y el problema de  salud como el que tuvo mi hija. Siempre pensé que si la vida me había dado tanto (unos padres divinos, una buena familia, una buena posición económica) había que hacerlo circular y devolverlo.

100 Mujeres | 18 de marzo de 2019

Foto: Alina Negoita | Intervención: Pablo Domrose

Valeria Kechichian, la mujer que creó la comunidad más grande de longboard femenino

En todos los ámbitos de la cultura se habla de una mayor inclusión de la mujer y de romper estereotipos. Valeria Kechichian lo sabe bien.

Nacida en el seno de un hogar armenio-argentino, como tercera generación en nuestro país, Kechichian decidió autoexiliarse para tomar distancia de una situación familiar compleja. Empezó su inusual recorrido en Madrid, donde luego de realizar todo tipo de trabajos creó la comunidad más grande dentro de lo que se conoce como Actions Sport Industry (deportes extremos): la Longboard Girls Crew. Un grupo que practica longboard y skating que, además, tiene la particularidad de ser 100% femenino. Mujeres en un campo en el que estamos más habituados a ver varones, chicos y adultos, saltando, cayendo al suelo y haciendo piruetas.

A diferencia de muchos skaters profesionales o conocidos Valeria no llegó al longboard sino hasta los 28 años, cuando trataba de escapar de los malos hábitos (drogas, desórdenes alimenticios) y de superar su adicción al alcohol. Cuando tuvo que empezar a reemplazar aquellas prácticas por actividades recreativas dio con la tabla y ya no se bajó más. Aunque admite que es bastante torpe y trata de no accidentarse practicando lo interesante de su iniciativa, basada en la unión y la camaradería entre chicas longborders amateurs de todo el mundo, es cómo logró proveer una espacio y una plataforma de encuentro y apoyo entre mujeres. En el proceso, Kechichian, de 39 años, se propuso también hacer un aporte para cambiar los estereotipos en la industria y cómo se mostraba a las deportistas hasta entonces: sexualizadas, poniendo el foco en la belleza física más que en aptitudes como la destreza, la agilidad, la coordinación o la osadía, entre muchas otras cosas que se necesitan para subirse a cualquiera de las tablas (surf, skate, longboard, wakesurfing, snowboard).

Llevo años trabajando en mí misma, sanando, curando heridas, limpiando odio, rencores y traumas pasados para dar lugar a lo nuevo. Inclusive en épocas complicadas de cambios, de tener que desapegarme de gente que quiero, de procesos de transformación interna que suelen ser bastante incómodos, intento entender todo como parte de un desarrollo y no identificarme con esa incomodidad”, cuenta. Su testimonio echa luz sobre el valor de esta actividad, no solo como forma de mantener a las chicas y jóvenes alejadas de factores de riesgo (embarazo adolescente, violencia doméstica, adicciones) sino también como herramienta para fortalecer la autoestima, la resiliencia, la autopercepción, el sentido de los logros y, por supuesto, la pertenencia a una comunidad.

La agrupación que creó en 2010 comenzó como algo local, en Madrid, mostrando en un video el costado divertido y accesible del deporte practicado entre chicas. Luego, se convirtió en fenómeno. Hoy en día tienen una comunidad activa de casi 100.000 seguidores en Instagram, sus videos son vistos por millones de personas, tienen 70 embajadores y presencia en casi 100 países.

Tienen también una ONG, Longboard Women United, que lleva adelante proyectos e intervenciones en las áreas de género, salud e inclusión; en sitios tan disímiles como Cambodia, Brasil, India y Holanda. Trabajan con mujeres, niños, refugiados, personas con habilidades diferentes, poblaciones de zonas vulnerables y adultos mayores.

Pese a todos estos logros Valeria suele contar lo dificultoso que fue el camino; sobre todo teniendo en cuenta que este, como tantos otros ámbitos, estaba copado por hombres que no veían con buenos ojos el crecimiento de la comunidad. “Hacer las cosas de forma diferente siempre asusta”, dice.

Quizás lo más valioso que las mujeres que participan de Longboard Girls Crew se llevan, y que puede extrapolarse a otras áreas, es la idea de que juntas podemos lograr más cosas, dejar atrás nociones caducas en torno a la mujer y su relación con otras chicas. “A medida que crecimos y nos apoyamos más unas a otras, sin competir entre nosotras, nos dimos cuenta de que esto que estábamos haciendo en la comunidad del longboard podía aplicarse afuera —dice Kechichian—. Al final, lo estuvimos haciendo mal todo este tiempo porque así nos educaron. Hoy sé que quiero ayudar y contar lo que he aprendido y voy aprendiendo cuando me deshago de esos mandatos: hay una vida maravillosa más allá de todo lo que nos han dicho y enseñado” .

Foto: Noelia Otegui

Nombre: Valeria Kechichian
Edad: 38 años
Profesión: Skater y promotora de cambio
Sector en el que trabaja: Deportes, sociedad, género
Lugar de Nacimiento: Buenos Aires, Argentina
Lugar en el que desarrolla su actividad: En todo el mundo

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué te inspira a hacer lo que hacés? 

Tengo fe ciega en que si estás trabajando por un bien mayor, por algo más grande que vos, el universo te ayuda. Lo he comprobado cientos de veces y es hermoso. Siempre estoy atenta a las sincronicidades. Creo que cualquier cosa que hagamos, nos la hacemos primero y principalmente a nosotros mismos. Estar enfadada con algo o alguien consume muchísima de mi energía y me come por dentro. Estar de buen humor y sentirme en armonía con el entorno me llena y expande. Intento tirar por ahí.

2. ¿Qué te hace feliz? 

Cuando medito todas las mañanas soy feliz, abrazar a mi chico me hace feliz, salir a patinar, estar con mi familia y amigos, hablar con gente, comer cosas ricas, la conciencia social, hacer deporte, la naturaleza, transplantar una planta y que le salgan flores, hacer algo por alguien, ver cómo prospera la comunidad y los proyectos de nuestra ONG, cualquier animal bebé de cualquier raza (quizás las cucarachas no, pero todo el resto), ver crecer la conciencia medioambiental en el planeta y mil cosas más supercursis que me encantan.

3. ¿Qué no te deja dormir?

Intento que nada. Si yo no estoy bien no puedo hacer nada. Pero el tráfico humano, la esclavitud o la mutilación genital femenina son temas que me sacuden profundamente. Hay más de 40 millones de personas viviendo en alguna forma de esclavitud en el planeta: sexual, laboral, matrimonios infantiles… No concibo vivir con mis privilegios sin ayudar a quienes están pasando por situaciones inimaginables.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?

Me gustaría ayudar a despertar la conciencia social a la vez que la personal. Que entendamos que siempre podemos hacer algo, que no hace falta que tengamos altos cargos en ninguna entidad o que tengamos poder sobre nada. Ya lo tenemos, ya tenemos ese poder de cambiar las cosas, pero creo que el cambio siempre empieza en nuestro interior. Darnos cuenta de que la separación es una ilusión. Que el “no me importa porque no lo conozco” no es real.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?

No lo sabía. Y de grande tampoco lo supe. Recién hace unos años me di cuenta de lo que quería ser y hacer. Uno de los mayores problemas de la educación tradicional es que no nos enseñan a mirar ni a buscar soluciones dentro, a pensar, a querernos. No nos dicen que tenemos un potencial maravilloso. Nos adoctrinan en lo que al sistema le conviene. Pero no conocemos otra cosa y la gente sigue con esas vidas armadas en un sistema que no está diseñado para nuestra felicidad sino para lograr los beneficios de muy pocos basado en la opresión de muchos.

100 Mujeres | 15 de marzo de 2019

Foto: Rodrigo Mendoza | Intervención: Pablo Domrose

Victoria Pascual: “A mí no me cambia el precio, quiero a todos los caballos por igual”

Victoria Pascual todavía no hablaba y ya montaba a caballo. Su carrera comenzó de la mano de su padre, Domingo “Cacho” Pascual —ganador de dos premios Carlos Pellegrini junto a Jorge Valdivieso—, y con el antecedente y la trayectoria de su abuelo, Elías Pascual. Entrenadora de caballos y jockey, es una de las pocas mujeres que se dedica a esta actividad en Argentina. “Siempre se sorprenden cuando digo que entreno caballos de carrera”, comenta, sentada a metros de la tribuna Paddock en el Hipódromo de Palermo, después de repetir la rutina diaria que arranca a las 6.30 en la Villa Hípica.

Cuando tenía 17 años, al volver de unas vacaciones en Punta del Este, Victoria le dijo a su papá que ella también quería ir al stud (el sitio donde se crían y cuidan los caballos) a trabajar, igual que lo hacían los hombres de su familia. Lo convenció y ese verano entrenó durante todo febrero. Para que la dejaran seguir y poder terminar el colegio secundario se pasó de una escuela privada y diurna a una pública y nocturna. Lo hizo en compañía de Gonzalo, su hermano mellizo. Al tiempo se metió de lleno en el turf  (las carreras de caballo donde corren apuestas) y se anotó en la Tecnicatura en Producción Agropecuaria de la Universidad de Belgrano para cumplir con el mandato paterno y alcanzar un título universitario.

A los 20 se emancipó y del Hipódromo de San Isidro se mudó al de Palermo para trabajar con la caballeriza Haras Don Arcángel. Ese fue su primer “patrón”, como se dice en la jerga para referirse a quien contrata a un entrenador.

“Al caballo lo tenés que conocer, saber cómo es el pedigrí, si come o no y para qué distancia es”, explica. Victoria, además, es considerada como una cuidadora; “la cuida”, así la llama toda la troupe que tiene a su cargo: el jockey, el galopador, los peones y el veterinario. “La gente de acá es sana, es buena, yo disfruto mucho. Esto es un equipo y hay que poner la mejor energía porque no depende solo de mí”, comenta.

Entre los momentos más difíciles de su vida está el secuestro que sufrió entrada la década del ‘90. Recuerda que le hicieron una emboscada y la tuvieron dos días cautiva hasta que finalmente pudieron rescatarla. Tras ese episodio y aprovechando una buena oferta laboral se fue a vivir a Estados Unidos donde aprendió casi todo de cero porque las reglas de las carreras son muy diferentes. “Pagué el derecho de piso de a poquito”, dice de ese nuevo comienzo. Estuvo ocho años en Miami, allá nació su hija Sofía que, por supuesto, ya sabe montar.

Instalada nuevamente en Palermo, ahora está al frente del stud Bingo Horse. Siempre rodeada de caballos, esa es su constante: “Quiero tanto al caballo más caro como al que es hijo de uno no muy conocido. A mí no me cambia el precio, quiero a todos por igual”, sintetiza.

Foto: Rodrigo Mendoza

Nombre: Victoria Pascual
Edad: 42 años
Profesión: Entrenadora de caballos
Lugar de nacimiento: San Isidro, Provincia de Buenos Aires
Lugar de trabajo: Palermo

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?

Mi motor es que amo lo que hago. No tengo problema de levantarme a las 5 de la mañana. Lo disfruto.

2. ¿Qué te hace feliz?

Soy feliz haciendo lo que me gusta. Además me hacen feliz mi hija, mi entorno familiar, mis hermanas, mi mamá y mi papá. Nos reunimos dos o tres veces por semana, somos una familia muy unida. Eso me encanta. Vivimos todos en el mismo barrio. Tengo amigas que son de toda la vida, como mis hermanas (Nicole Neumann y Denise Dumas). Me junto con ellas una o dos veces por semana sí o sí. La verdad es que mis afectos son los que siempre me sacaron adelante. Mi contención es mi núcleo íntimo.

3. ¿Qué cosas no te dejan dormir?

Gracias a Dios mi familia está bien de salud. Me puede preocupar algún problema en el stud, si un caballo se enfermó o algo así. Igual en lo posible trato de ser positiva. Lo del secuestro es como que lo hubiese borrado.

4. ¿Qué cambiarías del mundo?

Que no haya guerras ni terrorismo. Que no haya hambre en el mundo ni tanta desigualdad, porque hay muchos que tienen tanto y otros nada. Lo veo también acá, ves gente de mucho dinero y te das vuelta y ves gente muy humilde.

5. Cuando eras chica, ¿qué querías ser de grande?

En esa época estaba con los caballos de salto y soñaba con eso. Competía, llegué a hacerlo profesionalmente, pero después cuando me metí de lleno con los caballos de carrera dejé de hacerlo. Hoy sigo montando pero la satisfacción que me da ver ganar un caballo es diferente.

100 Mujeres | 13 de marzo de 2019

Intervención: Pablo Domrose

Alejandra Hartman, la gurú que asesora a 250 mil mujeres con autos

Soñaba con un local donde no hubiese calendarios con fotos de chicas desnudas, donde llegar en pollera y tacos altos fuese tan natural como llegar en pantalón. Soñaba con un taller mecánico al que cualquier mujer pudiese ir con su auto sin sentir que se ríen de ella por no poder explicar qué es ese ruidito que siente en el “cosito de ese coso”. La que soñaba es Alejandra Hartman (45), quien hace dos años renunció a una exitosa carrera ejecutiva para crear “Lady Fierros, Clínica de autos”, una comunidad en redes sociales desde donde capacita y aconseja a mujeres sobre temas relacionados con el manejo y la mecánica de los autos.

Alejandra arma tutoriales sobre cómo cambiar una rueda o tips para antes de comprar un auto usado; explica qué puede indicar el color del humo que sale del caño de escape o qué luces usar un día de niebla; o presenta a mujeres inspiradoras que trabajan en talleres o la industria automotriz.

Pero empecemos por el principio. Su pasión por los autos no es casual.  Alejandra creció entre vestidos rosados y muñecas, pero también entre rulemanes, neumáticos y mamelucos engrasados. De jugar a la mamá podía pasar rápidamente a jugar a que arreglaba su bicicleta en el taller mecánico que su padre tenía en la planta baja de su casa natal en Villa Pueyrredón.

Sin embargo, lo natural para los Hartman, por lo menos en aquel entonces, era que ella estudiase una profesión alejada del mundo de los fierros. Eso hizo: se recibió de Licenciada en Comercialización y cursó un máster en Negocios Internacionales. No le fue nada mal. Es una de las pocas mujeres que logró superar el famoso techo de cristal convirtiéndose en representante en el país de Grand Visión, una cadena de ópticas holandesa con presencia en más de 60 países. En Argentina se la conoce como + Visión.

Antes, fue jefa de productos en Quickfood, directora de marketing en Flora Dánica y, durante los 7 años que vivió en Estados Unidos, en Sopas Campbell.

Por un lado, logró estabilidad económica, conocer parte del mundo y buenos contactos, pero por otro lado, mucho cansancio, estrés y poco tiempo para sus hijos Vicente y Paloma. Sumado a eso, tuvo la constante sensación de que por ser mujer el derecho de piso ganado estaba siempre amenazado y debía salir a defenderlo demostrando que su cargo estaba bien merecido.

“Me empecé a plantear si eso era lo que quería para el resto de mi vida. No me arrepiento de nada, fue una experiencia increíble, pero la verdad es que había que remarla en Nutella permanentemente. Cada vez que viajaba para una presentación no dormía y tenía un nudo en el estómago. Ni hablar cuando me enteraba cuánto más ganaba un hombre ocupando mi misma posición”, argumenta. Sin embargo, nada fue en vano y mucho de lo que aprendió de la vida empresarial ahora es aplicable al plan de negocios de Lady Fierros.

Al principio y con una amiga, consideró entrar a la industria de la cosmética capilar, pero se alejó de la idea al reconocer que era un mercado con demanda resuelta y le dio lugar a la preocupación que le generaba la continuidad del negocio del padre, que ya tiene 78 años. Además, atenta a las necesidades de las mujeres empezó a preguntarse por qué no iban personalmente a los talleres mecánicos a llevar sus autos. “Por lo general le piden al marido, hijo, padre o amigo. Rápidamente entendí que había una necesidad insatisfecha y un espacio para que trabajar en el empoderamiento de la mujer en un área que, de alguna manera, está en mis genes.”, explica.

No especuló la respuesta. Supo que de los 12 millones de vehículos que hay en el país, 3 millones son conducidos por mujeres. Además, hizo una encuesta a 100 mujeres parda saber cómo suelen organizar el mantenimiento de su auto y se encontró con datos sorprendentes: el 50 % de esas mujeres no lleva el auto personalmente al mecánico por miedo a no saber explicar correctamente cuál es el problema que tienen o que les tomen el pelo o que no le arreglen lo que realmente haya que reparar. Otro dato que le llamó la atención es que el 70 % de las conductoras no saben cambiar un neumático. Así, todos los caminos la conducían a Lady Fierros.

Sin embargo ser hija de mecánico y su experiencia en marketing no era suficiente para Hartman. Si la propuesta iba a ser enseñar y aconsejar a través de tutoriales en redes sociales, tenía que hacerlo con fundamento y conocimientos certeros, por lo que se puso a estudiar mecánica de autos en el Instituto Tecnológico de Capacitación Automotriz (ITCA). El día de la entrevista con RED/CCIÓN, la emprendedora rindió con éxito su último examen y se recibió de Técnica Mecánica.

“Ojalá esto sirva para que la que quiera estudiar mecánica lo haga, pero lo que yo en realidad pretendo es que de la misma manera que podemos hacer una torta sin que se nos queme, podamos solucionar cuestiones sencillas del auto y podamos entender de qué hablamos al plantarnos frente al mecánico. Y ojo, esto no va solo dirigido a mujeres, también a hombres”, explica.   

Solo en Facebook, a la comunicad Lady Fierros la integran casi 250.000 personas y Hartman no cobra ni por el asesoramiento personalizado que suelen pedirle (acompañó a una seguidora a ver un auto usado que se quería comprar). Pero como de algo hay que vivir, Hartman mantiene reuniones para cerrar acuerdos con empresas del rubro automotriz interesadas en contratarla para dar charlas y participar en actividades.

Más adelante, cuando la situación del país lo permita, pondrá su taller mecánico Lady Fierros y otorgará franquicias. “Mi idea es gestionar ese taller, no necesariamente ser yo la que arregle los autos, pero sí ser la cara visible, la que atienda a las clientas cuando vengan con sus autos.

Para sus hijos, mamá antes vendía hamburguesas, margarinas y anteojos. Ahora con mucho orgullo dicen: “Mi mamá es mecánica”.

Nombre: Alejandra Hartman
Edad: 45 años
Profesión: Licenciada en Comercialización y Técnica Mecánica
Sector en el que trabaja: Industria Automotriz
Lugar de Nacimiento: Villa Pueyrredón, Ciudad de Buenos Aires
Lugar en que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1.¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué te inspira a hacer lo que hacés?
Mi energía es mi familia; mis hijos y mi marido. Por otro lado, los que me sacan la energía son esas personas que son muy negativas, esas que enseguida te dicen que no, que tal cosa no se puede hacer.

2. ¿Qué te hace feliz?
Sin duda mis hijos, sus nacimientos fueron los momentos más felices de mi vida. Y me hace muy feliz que mis hijos pueda vivir Lady Fierros porque creo que ayuda a su inteligencia emocional. Me parece que de alguna manera les estoy dando un mensaje integrador, que no hay los unos y los otros.  

3. ¿Qué no te deja dormir?
Hoy por suerte duermo en paz. Con Lady Fierros recuperé el sueño, me quitó ese nudo en el estómago que me causaba la vida corporativa.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Tengo una lista extensa, pero si tengo que priorizar diría que el rol de la mujer. Creo que necesitamos integrarnos más, de trabajar y producir de manera más en conjunto.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Supongo que de chica muy chica quise ser bombero o piloto de avión, pero de adolescente, cuando empezaba la época de tomar decisiones ya me gustaba el mundo de la publicidad y la comercialización. Solía preguntarme mucho porqué la gente compra una marca y no la otra.

100 Mujeres | 11 de marzo de 2019

Cristina Lescano y la dignidad del trabajo propio

Es una figurita difícil para entrevistar. No porque tenga aires de diva, aunque podría: compartió mesa con Mirtha Legrand y almuerzo con la entonces primera dama norteamericana Laura Bush. Es ciudadana ilustre de Estados Unidos, dio conferencias en la India, Marruecos y Japón. Pero no, el tema es otro: Cristina Lescano no tiene tiempo para dar notas ni para otra cosa que no sea la Cooperativa El Ceibo, que fundó en 1989, cuando vivía en una casa tomada y salía a cirujear para llenar con algo la panza de su hijo más pequeño. A los otros dos debió dejarlos con sus padres en Trelew.

El Ceibo nació de la necesidad de un puñado de mujeres cartoneras con grandes carencias y un único objetivo: trabajar. “Revolvíamos la basura buscando cartón, plástico, lo que llamamos PET”, recuerda Cristina. “Cada una juntaba lo suyo y lo llevaba a vender individualmente. Nos dimos cuenta de que nos explotaban, fue necesario juntarnos para pelear el precio. Uno solo jamás puede conseguir lo que logra el grupo”.

El grupo fue creciendo e incorporaron hombres. “No somos tontas, sabemos que no podemos igualarlos en fuerza, nos necesitamos”, dice. Hoy son 300 miembros los que conforman una empresa social de recicladores urbanos. Cuentan con un centro operativo en Palermo y un Centro Verde ubicado al costado de la villa 31, sobre la colectora de la autopista Arturo Illia: es un galpón donde se clasifica y se enfarda el material que luego es entregado a las empresas que lo reciclan.

La presidenta de El Ceibo es Cristina Lescano, “la jefa”, como la llaman todos, la que se divierte al ver la cara de incomodidad de los empresarios que vienen a negociar y se encuentran con ella, una mujer; la que de niña soñaba con ser bombero, la que ha sobrevivido a tremendos fuegos desde muy joven y salvado de incinerarse con drogas y alcohol a muchos de sus actuales compañeros.

“Mi motor es la inclusión social”, dice. “La cooperativa les ofrece la posibilidad de acceder a un trabajo formal para poder tener una casa digna, para sostener la educación de sus hijos o conseguir un crédito. El Ceibo representa la oportunidad de mejorar sus vidas y las de sus familias. ¡Pero ojo, hay que esforzarse! ¡Vagos afuera!”.

La enervan la victimización y la lástima. “Cuando empezamos, nos sentíamos discriminados”, sigue. “Los vecinos nos miraban con lástima o con miedo. Nos dimos cuenta de que nosotras mismas nos marginábamos y empezamos a cambiar nuestra imagen. Comenzamos a ‘emprolijarnos’, nos compramos chalecos para que nos identifiquen, ofrecimos un teléfono de referencia. Hicimos volantes instructivos para enseñar a clasificar la basura. Así, sin darnos cuenta, nos convertimos en las primeras promotoras ambientales.”

Por ser pionera, el Banco Mundial la llevó a Washington para contar su experiencia. “Imaginate”, dice, “de una casa tomada me fui directo y sin escalas a una habitación cinco estrellas. ¿Sabés?, no pude disfrutarlo. Me sentía fatal pensando cuántas familias podían vivir en esa habitación.”

El nosotros conjuga toda su vida. Piensa, siente y habla en primera persona del plural.  “Vamos a la peluquería, nos cuidamos, somos mujeres, es importante estar bien”, dice, luciendo su larga y lacia cabellera.

Su día arranca a las 4 de la mañana. Unas 300 personas esperan sus instrucciones y su guía. La jubilación no es una opción para ella: “Que se la den a otro que la necesite más”, prefiere. Ha luchado toda su vida por los derechos de las mujeres, pero no la llames “feminista”. Tampoco “ecologista”, aunque con su trabajo protege el medio ambiente. Se autodefine como coordinadora de una cooperativa con inclusión social, e inevitablemente vuelve al “nosotros”. “No queremos depender de nadie”, dice. “Si alguien nos quiere dar una mano, que nos dé herramientas: máquinas, vehículos. No queremos plata. La plata la hacemos trabajando.”

Nombre: María Cristina Lescano.
Edad: “Sin cuenta. Los años no son los del DNI”.
Profesión: presidenta de la cooperativa El Ceibo.
Sector en el que se destacó: separación en origen de la basura.
Lugar de nacimiento: Arrecifes, Buenos Aires.
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires.

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué te inspira a hacer lo que hacés?
Me inspira todo lo que me pasó, ver que se puede ser mejor y que otros tengan oportunidades para ser mejores.

2. ¿Qué te hace feliz?
Ver a la gente bien, que tiene ilusiones. Poder ayudarla con la inclusión social.

3. ¿Qué no te deja dormir?
La corrupción. Que usen a la gente pobre.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Volver al valor de la palabra y de tantos principios que se perdieron.

5. Cuando eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Bombero. O construir casas en el campo.

Series | 23 de agosto de 2018

Andrea Paredes: “Somos muchas las mujeres que manejamos camiones”

100 MUJERES

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Andrea Paredes

Es camionera, instructora de manejo en Volvo Trucks y Buses Argentina. Su papá le enseñó a conducir camiones a los 14 años. Hoy, gestiona un grupo de WhatsApp de mujeres camioneras y se suma a cruzadas solidarias.

Por Laura Andahazi Kasnya

23 de agosto de 2018






Andrea Paredes, La Negra, como le dicen desde chica,  tiene un referente en la vida: Adolfo, su padre. Si él hubiese sido médico, seguramente ella también lo sería, pero fue camionero y ella también. Él fue el encargado de transportar los autos de carrera de Luis y Marcos Di Palma.

En vacaciones,  fines de semana o cuando la vida escolar se lo permitía, Andrea ocupaba el asiento del acompañante del camión que a su padre le tocase conducir. Así, entre mate y mate cebado, fue aprendiendo a manejar. Primero mirando y luego, ya más grande, practicando en los campos cerrados de Arrecifes, su ciudad de crianza, en el norte de la provincia de Buenos Aires.

Por su contextura pequeña, los pedales y el volante le quedaban inalcanzables, pero el ingenio de su padre ayudó: un almohadón en el asiento y un par de tacos como extensión para sus pies. En aquel entonces todo era un juego y momentos mágicos entre padre e hija.

Sin embargo, cuando Adolfo enfermó, jugar ya no fue posible, había que salir a trabajar. “Tuvimos que internar a mi papá en Buenos Aires y yo quise viajar para acompañarlo, pero él me dijo que no, que no estuvo tantos años aguantándome en el camión como para que no esté ahora que me necesitaba para que lo reemplace”, recuerda Paredes con emoción.

Entró a trabajar con la familia Di Palma, con ellos estuvo por lo menos 20 años. Empezó barriendo el taller o haciendo los mandados hasta que le fueron confiando a ella la tarea de su padre. Al cumplir la mayoría de edad,  pasó al volante y desde entonces nunca más se bajó de un camión.

La ruta, el viajar de ciudad en ciudad fue lo que a Paredes más le gustó. Así lo hizo hasta mediados del 2016 que entró a trabajar en Volvo Trucks y Buses Argentina como instructora de manejo del programa de capacitación en Conducción Eficiente y Segura que la marca tiene para sus clientes.

A través del programa, Paredes, capacita gratuitamente a los conductores de camiones de diferentes empresas transportistas para que conozcan las herramientas tecnológicas y las funciones con las que cuentan los vehículos de la compañía.

Los cursos se dan en cada uno de los concesionarios de la red que Volvo tiene en el país. Así viajar sigue siendo parte de la rutina de la joven. “El desafío fue más que nada hacer algo distinto. Tratar con hombres, después de tantos años, ya me tiene acostumbrada. Además algunos de los que asisten a los cursos ya me conocen de la ruta”, cuenta.

Ser mujer nunca fue un impedimento, ni siente que tuviera que ganarse el derecho de piso para ser camionera. Nunca, asegura, a nadie se le ocurrió sugerirle que eso era cosa de hombres; todo lo contrario.

La camaradería, explica Paredes, es el denominador común del rubro, hombre o mujer siempre habrá algún compañero que se va a acercar para saber si el otro está bien o si necesita ayuda.

“Hoy somos muchas las mujeres que manejamos camiones. No hay límites, si uno se lo propone las cosas salen bien. A las mujeres que no se animan les digo que lo hagan, que es cuestión de animarse que después el resto viene solo como con cualquier otro trabajo”, anima.

Paredes administra un grupos de WhatsApp que se llama Simplemente Camioneras y lo armó con el objetivo de crear un lugar de encuentro que no  solo les permita conocerse sino también prestarse auxilio o pasarse información de las rutas o puertos. “Solo en el grupo hay 80 camioneras”, destaca.  

Ese espíritu comunitario no se acota al grupo de WhatsApp. Andrea también formó parte de los once camioneros que en febrero pasado transportaron, desde Buenos Aires hasta Salta, las 300 toneladas de mercadería que Red Solidaria reunió para los inundados de un pueblo de Salta.

“De chicas, los fines de semana, mis amigas salían a andar en bicicleta y yo me quedaba con mi papá engrasando o lavando el camión. Una vez que terminaba, salía con ellas y hacia lo que hace toda nena”, remarca.

Andrea es la más grande de tres hermanas mujeres, pero fue la única que siguió los pasos paternos, aunque, su hermana del medio, cuenta, también aprendió a manejar camiones. “El tema es que no le gusta ensuciarse, por eso es profe de matemática”, bromea.  

Vive en la ciudad de Buenos Aires, pero su lugar en el mundo es la cabina de un camión. La ruta, el amanecer, la música y los mates son las fotos, esos flashes de los momentos que a Paredes le llenan el alma y lleva grabados a fuego en su corazón. Por ella y en memoria de su padre preguntarse si puede o si no debería hacer tal cosa nunca será una opción; desear y hacer es el curso que la joven eligió para su vida. Sin embargo, si algún hombre osa mandarla a lavar los platos, ella dice que va encantada, “siempre y cuando cocinen”, remata entre risas.

AndreaParedesCamion

Nombre: Andrea Paredes
Edad: 37 años
Profesión: Chofer de camiones
Sector en el que trabaja: Transportista
Lugar de Nacimiento: Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Arrecifes

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Mi pasión por los camiones y hacer lo que me gusta. Esto hace que  todos los días me levante con muchas ganas. Por otro lado, soy muy activa, no tengo algo que me quite la energía. Ni los días de mucho frío o de viento me quitaron jamás las ganas de salir a la ruta.

2. ¿Qué te hace feliz?
Manejar un camión y viajar. También compartir tiempo con mi familia, sobrinos y amigos. Los recuerdos más felices son los vividos con mi papá; él fue el primero que me dio la oportunidad de subirme a un camión y fue el que me decía por qué no, él que me recordaba todo el tiempo que yo podía hacer lo que quisiera.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Pensar en las cosas que tengo que hacer me desvelan. Suelo irme a acostar pensando en lo que me toca hacer al otro día y eso me desvela. Pero trato de dormirme igual, no tengo opción, no puedo salir a trabajar cansada.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
No sé si del mundo, pero sí me gustaría quehaya más escuelas de conducción de camiones porque la realidad es que hay muy pocas y no me gustaría que se pierda esta profesión. Hoy no todos tienen opciones accesibles para aprender y sacar el registro profesional.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Conductora de camiones. Está en mi ADN. Tuve la suerte de que me den la oportunidad de aprender y después de trabajar. Esas oportunidades son fundamentales. Uno puede querer ser un montón de cosas y hacer lo posible por lograrlo, pero también es necesario que alguien te abra las puertas y te dé la oportunidad de hacerlo.

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Series | 7 de agosto de 2018

Roxana Amarilla: “Me emociona cuando consigo pequeñas cosas”

Exploradora de culturas, busca hacer visible el valor del trabajo artesanal. Procura que se respeten las tradiciones de los pueblos indígenas, que los artesanos puedan mostrar su arte al mundo.

“Todos eran pequeños objetos bellos y preciosos”, dice Roxana Amarilla y alude a las artesanías que sus padres le traían de los viajes que hacían por el país y el mundo. Podía tratarse de una pequeña cesta multicolor o de una camisa bordada. Ella los atesoraba y, aún siendo una niña, comenzaba a conectarse con el valor de esas piezas y fundamentalmente con el trabajo de los artesanos. 

Ya adolescente, durante la década del ’80, intentó incursionar haciendo remeras teñidas con la técnica planji que vendía entre sus compañeros de la escuela secundaria en su Corrientes natal. También se atrevió a realizar collares tejidos con hilos. “Pero no era eso lo que estaba necesitando hacer, sino que estaba buscando una identidad de la tierra”, explica. 

Formada en Comunicación Social en la Universidad Nacional del Nordeste, a los 19 años publicó sus primeros artículos apropósito de la cultura popular en el suplemento del diario Época y fue en ese momento que supo que por ahí iría la cosa: “la gestión viene desde hace muchísimos años, siempre fui una comunicadora que trabajó temas de cultura”.

En 2005, mientras oficiaba como asesora parlamentaria en la Cámara de Diputados de la Nación se involucró de lleno con el proyecto de la Ley Nacional de Artesanías que venía con media sanción del Senado. No solo se puso la “discusión al hombro”, sino que además optó por vincularse con los artesanos de todo el país que por ese entonces reclamaban ante el congreso.

Tiempo después, en 2010, le ofrecieron hacer la curaduría de una muestra de artesanías por el Bicentenario de la patria. Con esa exhibición recorrió 35 ciudades de 22 provincias argentinas y en el 2011 se hizo cargo del Mercado Nacional de Artesanías Tradicionales de la Argentina (MATRA), donde continúa como directora. Además, está trabajando con la Universidad de Buenos Aires en el armado del Observatorio del Valor Arsenal y en la convocatoria del reconocimiento para la Calidad Artesanal del World Crafts Council

Hasta acá, Amarilla desandó territorios de norte a sur y de este a oeste, exploró artes y oficios e hizo visible el trabajo de los artesanos. Y en su caso hacer visible tiene que ver con algo tan necesario como ponerlos en el mapa para que sean vistos y con procurar que se termine con el anonimato: que los artesanos no queden reducidos como informantes de un saber o como simples proveedores de materiales.

Por el contrario: “primero hay que ver lo que tenés delante –explica Amarilla-  porque tenés un artista y una obra, y si no sos sensible a la obra no va a funcionar”.

De todas las artesanías que la rodean a cotidiano ¿alguna la conmueve especialmente? “Ahora me enamoré de dos ponchos que aunque no son los más espectaculares, está bueno poner eso en valor”. Refiere a la pieza de una migrante, María Vilma Márquez Miranda, quién  proviene de la región chilena de Chiloe y que en un taller dictado en Río Gallegos recuperó la técnica que había aprendido de chica. La otra obra está hecha por Teresita Rougier; oriunda de Villa Elisa, Entre Ríos. Se trata de una hacedora que entre sus antecedentes cuenta con haber participado en la lucha de las Ligas Agrarias en los años ’70.

Ambas artesanías se pueden ver en la exposición “Poncho, territorio y cultura” también curada por Amarilla, en el Museo Parlamentario de la Honorable Cámara de Senadores de la Nación. En ese espacio se exhiben 36 ponchos contemporáneos que no solo visibilizan “tradiciones potentes” sino que además están propuestos en términos del consumo consciente.

Nada tienen que ver con la superproducción, el hiperconsumo y la contaminación. Tal cual lo expresa en el catálogo de la muestra, el foco está conocer el nombre del artesano: “es parte de la transparencia de la cadena de valor que la artesanía ofrece a una sociedad que se pregunta quién hizo su ropa”. Y así, una vez más, con esta acción extiende puentes para encontrarse con los artesanos, para que ellos aparezcan y ganen escena.

Santa-Pino-Fernandez,-de-El-Espinillo,-Chaco

Nombre: Roxana Amarilla
Edad: 51 años
Profesión: Comunicadora que trabaja en gestión cultural
Sector en el que trabaja: Cultura
Lugar de Nacimiento: San Juan de Vera de las Siete Corrientes, Corrientes. Luego se mudó a la CABA
Lugar en el que desarrolla su actividad: Todo el país y también en el exterior

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Las piezas con las que trabajo que tienen un poder increíble y los artistas que son los creadores, los demiurgos (N. de R.: El demiurgo, en la filosofía gnóstica, es la entidad que sin ser necesariamente creadora, es impulsora del universo), son semidioses. Hay mucha obra con poder y tiene que ver con toda la energía que pusieron en crear

2. ¿Qué te hace feliz?
Los logros de mis hijas y sus pequeñas conquistas; cuando aprueban una materia o la obra de una de ellas es considerada por una crítica. También las alegrías de los compañeros de trabajo o los artesanos cuando logran una pieza y la comparten. Los triunfos después de largas luchas también me emocionan y algunas tradiciones de pueblos originarios que todavía están vigentes, cuando las puedo atestiguar o comprendo algo que por ahí lo tuve durante mucho tiempo delante de mis narices y tardé mucho en recibir la información necesaria para aprenderlo. Y últimamente, me emociona cuando consigo pequeñas cosas, como que determinados artesanos que no tienen posibilidades puedan visitar una feria internacional. Hay una experiencia de percepción del mundo que puede cambiar cuando salen de tierra adentro y llegan a un lugar. Cuando entienden cómo funcionan las cosas tiene muchas más posibilidades de luchar contra lo que los está aplastando. Lograr eso es fantástico

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
No poder cumplir con la palabra empeñada. Si hay una expectativa hay que cumplirla. Cuando trabajás en políticas públicas las posibilidades de no cumplir la palabra empeñada te quitan todo. Y es posible que no lo puedas cumplir porque las políticas públicas en Argentina son volubles. Es lo contrario a empeñar la palabra. Eso me decepciona. Todo es cuestión de manejarse sinceramente con el otro. Aparte los artesanos vieron tanto que vos te sentás a contarle y la gente entiende porque seguramente no es la primera vez que pasa, pero hay que ir con la verdad.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Que desaparezca la pobreza y que los pueblos indígenas sean respetados.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Cuando era chica quería ser viajera. Escribía historias. No decía que quería ser escritora, yo escribía. Y el deseo que tenía era de viajar, de explorar. Ser una exploradora, eso que de algún modo soy.

Series | 20 de julio de 2018

Denise Nathalie Henry Maffeis: “Mami, yo siempre supe que ibas a volver, me dijo”

100 MUJERES

13

Denise Nathalie Henry Maffeis

Fuerza, coraje y determinación son las palabras que elige para describirse. No porque haya tenido una vida complicada. Todo lo contrario. Pero necesitó de ellas para ir de una escuela pública de Córdoba a la Universidad de Harvard y para conseguir adoptar a un niño haitiano mientras nacía su primer hijo.

Por Laura Andahazi Kasnya

20 de julio de 2018






Hija de padre haitiano y madre italiana, Henry es cordobesa y, mezcla de ambos, es mulata. De chica, recuerda, sus amigas se comían las galletitas de vainilla y a ella le dejaban las de chocolate apelando a su color de piel. “Mi padre, me dijo que así era yo, que podía lamentarlo o podía trabajar para que la diferencia juegue a mi favor”, cuenta.

Lamentarlo nunca fue su opción, aprender a capitalizar sus rasgos fue el primer voto de confianza hacia sí misma. Los resultados quedaron a la vista: desarrolló una carrera empresarial que empezó como telemarketer y que hoy la tiene como directora de operaciones en Apex América, una empresa cordobesa que brinda servicios de BPO (Business Process Outsourcing) y es madre de cuatro niños: Benicio, las mellizas Lupe y Paz y, Gael, un chiquito haitiano que conquistó su corazón sin siquiera haberlo visto.

A Apex entró a trabajar a los 19 años cuando estudiaba para traductora pública.  Arrancó como pasante y poco a poco fue ascendiendo, primero a supervisora, luego a jefa de call center, después a gerente y ahora a directora de operaciones globales liderando un equipo de más de 5.000 personas.

“Además del grupo de gente maravillosa que conforman los equipos de trabajo, para el liderazgo me jugó a favor la capacidad de escucha, algo que desarrollé desde muy chica. Yo era la amiga a la que todas iban a contarle sus cosas. Siempre me permitió conectar con el otro, es la herramienta más poderosa que encontré para manejarme en el mundo del management”, destaca.

Su crecimiento en el plan carrera de Apex no fue solo por carisma; Henry también se capacitó. En el 2006, la empresa se vendió a la norteamericana Sykes y Henry, que en ese entonces era responsable del call center en Rosario, decidió bajarse del barco para terminar sus estudios y seguir formándose. Completó las ocho materias que le quedaban de la carrera de traductora pública e hizo un Máster en Negocios en la Universidad de Harvard, hizo cursos de posgrado en Columbia y obtuvo una diplomatura en Innovación de Singularity University.

“Cuando me recuerdo, veo a una chica que con todo su nivel de inconsciencia nunca pensó era que imposible pasar de una educación pública a Harvard”, analiza. En 2010, cuando Sykes se fue del país, los fundadores de Apex recompraron la empresa y Henry volvió a ocupar su cargo ctual.

Una vez que termina la jornada laboral, el único lugar que quiere habitar es su casa. “No hay mejor plan que abrir la puerta, sacarme los zapatos y escuchar las vocecitas de mis hijos que corren a recibirme.”, cuenta. Sin embargo, no siempre la casa estuvo tan llena de alegría.

Nada impedía a Henry quedar embarazada naturalmente, pero ella quería adoptar. No recuerda cómo nació el deseo, pero sí recuerda cómo ese deseo se fue transformando en una necesidad.

Cuando conoció a Paolo, su marido, fue una de las primeras cosas que le planteó en cuanto la relación empezó a perfilarse más comprometida. Paolo, que en ese entonces tenía 23 años, no lo dudó, cumplir el sueño de su mujer era hacerlos más felices a ambos.

Así, a sus 26 años, Henry inició los trámites de adopción y, mientras esperaban respuestas, ya casados, empezaron a buscar un bebé de manera natural. Fue en medio de esa búsqueda que recibieron un llamado de Haití: había un bebé de dos meses en condiciones de ser adoptado. La felicidad fue inmensa, pero lo que nunca imaginaron fue que el proceso les llevaría 3 años y una decena de viajes.

Un terremoto, la trata de blanca y el cierre de los convenios de adopción con Argentina retrasaron el añorado encuentro de Gael con su madre, su padre y Benicio, su hermanito que ya había nacido. Fue una época de abogados, viajes y ruegos. No había forma, le recomendaban buscar en otro país, pero la escena del momento que se vieron por primera vez le recordaba a Henry no bajar los brazos.

La mulata abrió la puerta de la habitación del orfanato y allí estaba Gael, sentado en la cama mientras una cuidadora peinaba sus rizos negros. Con sus piernitas colgando se dio vuelta: “Hola, mami”, le dijo. “Lloré con la misma intensidad que cuando nació Benicio y me lo pusieron al pecho por primera vez. Fue un amor inmenso”, cuenta emocionada hasta las lágrimas.

Sin embargo, la burocracia los obligó volver al país sin él y esa despedida se repitió muchas otras veces. Para peor, el hambre de Haití no perdonaba a nadie, ni al pequeño Gael que sin llegar a cumplir sus tres años ya sufría un raquitismo severo que casi le impedía caminar.

“Cuando lo vi me juré que como sea esta vez me lo iba a llevar, no lo iba a dejar”, asegura. Lo llevó a un hospital y con radiografías en mano, Henry fue a rogar humanidad a la embajada de Argentina. Exigió una respuesta urgente explicando que si no lo dejaban irse con ella el chiquito no iba a sobrevivir.  Era la una de la tarde, a las 3 su avión salía para Buenos Aires, el cónsul accedió, le dio una guarda provisoria. Veinticuatro horas después, luego de cruzar con nervios cada control de cada uno de los aeropuertos que pisaron, llegaron a Córdoba, donde toda la familia los esperaba. Entraron agarrados de la mano y nunca más se soltaron. “Mami, yo siempre supe que ibas a volver”, confiesa Gael hoy cuando junto a su familia, ahora con las mellizas, recorren su historia.

Denise-Henry

Nombre: Denise Nathalie Henry Maffeis
Edad: 35 años
Profesión: Traductora y directiva de una empresa
Sector en el que trabaja: Empresario
Lugar de Nacimiento: Córdoba
Lugar en el que desarrolla su actividad: Desde Córdoba para toda Latinoamérica

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Me inspira pensar que cada ámbito que habito es único para mí y para el otro, y que mi accionar en el mismo desencadena algo positivo en el mundo. Eso me motiva a intentar ser mi mejor versión, también, la transformación como meta de lo que hago o de por qué existo. Transformar positivamente la vida de los que me acompañan, de mis niños, de mi equipo. Sumar activamente a su plenitud y la mía. Asignarle sentido a los ámbitos más allá de lo que tácticamente parezcan ser.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mis hijos, mi tiempo con ellos, su salud, sus sonrisas, sus reflexiones, su crecimiento, sus salidas pícaras. Un mate. Una mañana con mamá. Disfrutar con mi hermana. Mi persistencia. Las visitas de mi papá. Mi casa. Caminar. Pintar. El mar. Leer. Un té de mi marido. Cumplir un objetivo. Ayudar. El silencio. Mis amigas. Viajar. Que los que me rodean sean felices.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Siempre tuve buen “dormir”, pero la única sensación que logra alterarme es la de sentir que no tengo nada que hacer para cambiar una situación que me afecta a mí, o algún aspecto relevante de mis espacios, porque depende de otro. He aprendido a convivir con la incertidumbre y trabajo diariamente en aprender a convivir con el soltar

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
La injusticia, es un concepto muy amplio, pero invirtiéndolo, quisiera generar un mundo justo, principalmente para los niños. No solo desde lo básico (abrigo, comida, techo) sino garantizar que sean amados, potenciados, que los miren a los ojos, los abracen fuerte y los escuchen. Me gustaría un mundo de compasión hacia ellos.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Puff… azafata. ¡Con la cantidad de horas de vuelo que tengo, me podrían dar el título honorario!

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Series | 6 de julio de 2018

Andrea Servera: “Crear un momento feliz en un lugar que generalmente no lo tiene es un milagro”

100 MUJERES

11

Andrea Servera

Está convencida de que todos podemos bailar. Por eso trabaja para llevar la danza donde esta no llega, como cuando montó una obra de hip hop en la villa La Cava, barrio de la zona norte del Gran Buenos Aires.

Por María Eugenia Maurello

6 de julio de 2018






Corrían los años ’80 y Andrea Servera cursaba la secundaria en Morón, provincia de Buenos Aires. Dibujaba y escribía notas en la revista clandestina La Chacota, que hacía con sus compañeros del colegio Manuel Dorrego.

Eran tiempos de la primavera democrática y de empezar a curiosear en los sitios típicos del under porteño, yendo y viniendo del conurbano a la ciudad. Así fue que en un viaje en tren, mientras charlaba con Guillermo Angelelli del Clú del Claun, su vida cambió para siempre.

Angelelli le sugirió que estudiara danza contemporánea y si bien Servera -que antes había aprendido clásico, folklore, español y jazz- no sabía bien de qué se trataba igual guardó el papelito donde estaba escrito el nombre de la profesora. Empezó a tomar clases con Ana Kamien, después se inscribió en el Teatro General San Martín y alcanzó reconocimiento a través de las becas que obtuvo y las giras que realizó por América y Europa. “Nunca trabajé de nada que no tenga que ver con la danza”, recuerda hoy, con más de 30 años arriba de los escenarios.

Bailarina y coreógrafa -todo terreno- hizo que su carrera oscile entre ámbitos bien diferentes, a veces por necesidad otras por convicción: bailó con Pablito Ruiz; formó parte de la troupe de bailarinas de Ricky Martin; hizo lo propio en la discoteca el Morocco a donde fue parte de las Funky Divas y las Moroquitas; bailó tango; realizó coreografías para desfiles de ropa de niños y de renombrados diseñadores de indumentaria (Vicki Otero, Martín Churba y los Köstume, entre otros).

El impulso de transformación que signa su trabajo se hizo más visible en 1989 cuando volvió de un viaje a Nueva York. Allá quedó fascinada con la danza del hip hop y con su lenguaje, el del suburbio. Lo traspoló a estas tierras y lo profundizó a fines de la década del ‘90 cuando entró a trabajar en la Fundación Crear Vale la Pena, creada por Inés Sanguinetti.

Llevó el baile a la villa La Cava, en San Isidro. Y desde ese momento su preocupación por lo social se hizo indisoluble. Enseñó danza durante tres años en la cárcel de mujeres de Ezeiza y en 2011 fundó su propia compañía, el Combinado Argentino de Danza (CAD) con personas que se expresan de maneras diversas. Por eso es que el CAD baila en el teatro y en la calle, en zonas más pudientes y en otras humildes, con bailarines formados en danza clásica y con otros que aprendieron a bailar en el barrio. “Crear un momento feliz en un lugar que generalmente no lo tiene es un milagro” comenta.

También en lo impredecible encontró un lugar de transformación. Eso pasó después del accidente automovilístico que sufrió en 2005 y que la dejó postrada durante meses con un pronóstico nada alentador. Los médicos anunciaron que no podría volver a bailar. “Fue un antes y un después en mi vida en general y fue un despertar a la conciencia”, recuerda.

Pero, Andrea no sólo se repuso y continuó bailando aún con un reemplazo de cadera, sino que además, durante el extenso reposo, se reinventó -incluso en lo artístico- echando mano a otra destreza: el bordado.

Todavía hoy lo hace y basta que arranque para que no pare de bordar. Puede pasar horas haciéndolo. Cuando entra en el “estado de bordado” es como, valga la analogía, si se tratase de un momento de meditación.

“Desde el arte vi como muchas personas cambiaron su destino y eso me emociona un montón” cuenta Servera que actualmente está trabajando en el proyecto Recreo que consiste en “llevar la danza a donde la danza no llega”.

¿Cómo lo hace? A través de intervenciones en los recreos de las escuelas públicas, en festivales en barrios y en talleres en comedores. Además, junto con Yamila Bortnik e Inés Saavedra está en la enorme tarea de recuperar y resignificar el emblemático espacio del Idisher Folks Theater (más conocido como IFT), en el corazón del barrio del Abasto.

Ofrecen clases de baile y hacen foco, una vez más, en la inclusión. La misma idea sostenida en el tiempo; que todos pueden bailar. Y cuando hace referencia a todos, son todos. “Ojalá podamos refundar ese espacio” expresa, como si ya estuviera anticipando una nueva transformación.

AndreServera

Nombre: Andrea Servera
Edad: 49
Profesión: Artista
Sector en el que trabaja: Danza
Lugar de Nacimiento: CABA. Luego se mudó a Merlo.
Lugar en el que desarrolla su actividad: Todo el país

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Lo que más me motiva es la idea de sanación, de transformación, de curar; que algo que me hizo daño o que me hizo feliz también me hace bien transformarlo. Es la manera que tengo de expresarlo. Creo que tiene que ver con eso, que mi motor es la vida misma. Es lo que va pasando. Me encanta hacer cosas, llegar a la gente, tener proyectos. Me parece que es vital estar haciendo. A veces me zarpo, me voy de mambo y estoy sobrepasada pero en el medio siempre está bueno estar haciendo.

2. ¿Qué te hace feliz?
Ver a las pibas, a las adolescentes, a las niñas. Esto llamado “la revolución de las hijas” es algo muy alucinante. Y no es solo acá, está pasando en México, en Chile. Es muy importante el despertar. Cómo nos enseñan. Aprendo de mis hijas y de las amigas de mis hijas. Están haciendo un cambio tan fuerte que hará que el futuro sea diferente. Eso me gusta mucho y en ese cambio va a aparecer algo que nos está faltando como sociedad que es la preservación de los niños. Es un tema complicado porque los niños están muy descuidados, pero me parece que todo esto abre los ojos y despierta. Es hermoso.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Lo raro que es el mundo. Todo este último tiempo me cuesta entender que se hable tanto de cosas que no entiendo. Hay un mundo que habla de las Lebacs y de la Bolsa y siento que son cosas que no existen. La imaginación del poder. La ambición absoluta y descontrolada de quienes gobiernan en general me parece una locura. Me cuesta mucho entender la precariedad de la sociedad. La no oportunidad me mata. Me parece loco que no nos demos cuenta que los problemas de la seguridad tienen que ver con toda esa otra locura: ¿Cómo un pibe va a creer que la vida tiene valor si desde chico lo cagaron a palos o estuvo choreando con la familia? ¿Qué valor puede tener la vida para él?. Eso me quita el sueño.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Me gustaría trabajar para generar más contextos de oportunidad, aportar lo que pueda para generar eso. Lo intento hacer desde lugares chiquitos. Me gustaría sentir que son decisiones políticas, nunca lo siento así. Siempre siento que hay muy poca decisión política de cambiar algo de la vida de la gente, de verdad. Me parece que es algo muy mentiroso, muy hipócrita.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Exactamente qué, no me acuerdo. Me imagino que a lo mejor habré dicho que quería ser maestra por una que tuve en la escuela a la que quise mucho. Me acuerdo sí que quería ser grande. Quería “volar” para poder hacer lo que quisiera: elegir y poder decir que no. Por eso digo que es importante que el mundo esté cambiando, que los chicos van a poder decir cada vez más “no” y vamos a tener herramientas para cuidarlos. Ellos mismos están siendo educados para construir un mundo mejor.

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100 Mujeres | 29 de junio de 2018

Intervención: Pablo Domrose

La historia de Mia Fedra, la primera tenista trans de la Argentina

Hasta 2012 Mía Fedra fue él. Aunque hacía ya muchos años que para todo su entorno él era ella. Paradójicamente sólo su Documento Nacional de Identidad la seguía llamando por su nombre masculino, pero eso se acabó con la Ley de Identidad de género; Mía pudo ser ella sin que ningún papel diga lo contrario.

También pudo volver al tenis, el deporte la hace feliz, que la cobijó y salvó; pero que tuvo que dejar cuando, como andrógina, competir contra varones se volvió una desventaja. Hoy Fedra es la primera tenista profesional trans del país.

Fedra descubrió al tenis a los 7 años en el club Village de Adrogué como una travesura. Detrás del alambrado se robaba las pelotas perdidas, pero de paso pispiaba. “El ruido del golpe de las pelotas en la raqueta y el aroma a polvo del ladrillo me ponía como loca. En realidad, todo empezó con una paleta en la que mi papá me había pintado una sirenita, yo la adoraba”, confiesa entre risas.

Al tiempo la paleta de la sirenita se convirtió en una raqueta y la vereda de su cuadra en una cancha. Los torneos juveniles fueron su mejor plan y todos los días, al salir de colegio, Fedra iba a entrenar.

Pero, a medida que crecía, competir contra varones empezó a ser frustrante ya que por sus movimientos cada vez más delicados iba quedando en desventaja; tenía que competir  contra mujeres, pero era impensable en ese entonces. Dejó el tenis y en 2002, cuando terminó el colegio secundario, adoptó el nombre de Mía (por Mía Farrow en el Bebé de Rosemary) y empezó a trabajar en su cambio de género.

Si bien su familia siempre la acompaño en sus decisiones,  reconoce que la de la transición no fue tan fácil. Su padre, recuerda, se puso un poco triste y su madre temió que agarre el camino de la prostitución, un camino que muchas chicas trans se ven obligadas a tomar cuando, por su condición, la sociedad les cierra las puertas al mundo laboral. “Creo que lo que me salvó a mí fue bancarme no tener un mango.”, reflexiona.

Durante su adolescencia, en el secundario, Fedra reconoce que fue bastante discriminada por lo que para protegerse tuvo que cambiar varias veces de colegios.

“Hasta los 16 sufrí bastante, después no tanto porque fue el momento que te pones un piercing, tenés el pelo azul, nada te importa y haces tú vida. La cancha de tenis fue siempre mi principal refugio, mi cable a tierra”, recuerda.

Sin embargo, así como en el colegio fue objeto de risas, en el tenis fue diferente, allí tanto profesores como pares la respetaron y asegura que a nadie nunca le importó si era ella, él o si le gustaban las chicas o los chicos. Mía en la cancha siempre fue un contrincante.

Por eso, con su nuevo DNI, se acercó a la Asociación Argentina de Tenis (ATT) y a la Federación Internacional de Tenis (ITF), pidió ser incorporada y la revalidación de su título de profesora que obtuvo con su nombre de varón en 2009; la respuesta inmediata fue un sí y pudo volver a los saques y voleas; en 2017 alcanzó el cuarto lugar en la categoría de mujeres mayores de 30.

La primera vez que Mía se vistió con ropa de mujer fue con otra travesti en un auto para ir a bailar. Salió de su casa como varón y en el trayecto, como pudo, se cambió y se maquilló: “Entre la poca luz y el traqueteo del auto era un mamarracho, pero me sentía fantástica”, recuerda entre risas. Sin embargo, sus piernas largas, su cabellera negra y sus ojos claros conquistaron pasarelas que la consagraron como modelo, anfitriona de fiestas y drag queen.

Mía es extremadamente simpática, cada una de sus frases terminan con una broma. Por ejemplo, dice que no quiere hablar de su pareja actual para que sus amantes no se ofendan. Sin embargo, un poco más seria, confiesa que si de amor hablamos, casarse es algo que ya a su edad (que no quiso develar) empieza a considerar.

Aunque Fedra es consciente de lo difícil que es la vida para las chicas trans, cree que lo mejor que ella puede hacer es marcar el ejemplo viviendo. “Tengo puesta la camiseta por todas, pero nunca podría ser activista porque ignoro sobre leyes y derechos. Es una responsabilidad muy grande y siendo un personaje público tengo que ser responsable, no quiero hablar por hablar. Hay gente muy preparada que hace 20 años trabaja por la causa. Mi granito de arena pasa por otro lado”, explica.

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Nombre: Mia Fedra
Edad: No contesta, solo dice que nació bajo el signo de Tauro
Profesión: Tenista y modelo
Sector en el que trabaja: Deporte y moda
Lugar de Nacimiento:  Adrogué, Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Mis sobrinos. Ellos me devuelven a mi infancia. Soy muy aniñada y me gusta mucho jugar con ellos y pelearlos; nos divertimos mucho.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mi gente, mis amigos y la noche. Soy muy de abrazar y cariñosa; me encanta que me digan que soy divina. Me hace muy feliz bailar y jugar al tenis, pero también esos momentos de mates y charlas con mis papás. Además, me hace muy feliz dormir y andar relajada de entre casa y sin maquillaje.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
 Los ex novios no me dejan dormir, me acosan. Son tremendamente obsesivos y me ponen muy nerviosa. También me ponen muy nerviosa las previas de los partidos; soy muy de pensar antes de dormirme y entonces maquino mucho con el cómo me irá y cómo voy a hacer para ganar.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
La cabeza de la gente, que sigue tan cerrada como siempre.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Me gustaba mucho todo lo que tenía que ver con la moda. También soy medio nerd y me gustaba mucho todo lo que tenía que ver con el pensar y retar al ingenio.

100 Mujeres | 25 de junio de 2018

Intervención: Pablo Domrose

Nora Veiras: “Si la noticia te es indiferente es muy difícil ser buen periodista”

Es la editora general del diario Página 12 y una de las pocas mujeres al frente de un medio nacional en nuestro país. Defiende la marcada línea editorial del diario pero asegura que la clave del buen periodismo está en la rigurosidad y la pasión por el oficio.

El día en el que se hizo esta entrevista, la tapa de Página 12 estaba ocupada en su totalidad por una imagen del clásico dibujito del Correcaminos huyendo a toda velocidad por una ruta desierta. En lugar de su típica cara de suficiencia hay una de George Washington y el título dice: “Se escapa. Beep beep”. La original referencia es a los dólares que tuvo que vender el Banco Central para contener la divisa. Esta tapa fue creada por Nora Veiras y su equipo.

Todas las tardes, a las 16, Veiras llama a la reunión de edición del día y ahí se va delineando la tapa con algún tema que sobresalga. La acompaña un equipo, en donde ella destaca a Ernesto Tiffenberg y a Hugo Soriani, y se evalúan dos posibilidades de tapa, por si el tema pensado “no aguanta” hasta la edición siguiente.

Veiras fue nombrada directora de Página 12 el año pasado. La noticia la sorprendió porque, asegura, nunca se pone metas profesionales. Es una de las pocas mujeres que lidera un medio en el país. Sin embargo, el ambiente no es nuevo para ella: está en el periódico desde su concepción, hace 31 años y nunca se quiso ir, a pesar de ofertas que le hicieron en distintos lugares. Antes hizo algunas pasantías en otros diarios, como Clarín, pero siempre la atrajo el “compromiso con los derechos humanos de Página”.

Casi siempre trabajó en política, en el medio hizo radio -que ahora extraña- y también tuvo un marcado paso por el programa 6, 7, 8. “Fue un trabajo en donde siempre dije lo que quise, pero no me imaginé ese nivel de exposición. Es cierto que se transformó en un programa de defensa al Gobierno cuando no fue pensado para eso. Creo que incomodó mucho porque exponía contradicciones e intereses pero se lo demonizó injustamente”

Si bien destaca que en Página 12 históricamente se dio mucho lugar a las mujeres, sobre todo en puestos de edición, reconoce que el periodismo es machista porque es “gen de su tiempo”. Hay varias mujeres en puestos claves, pero cuando Veiras levanta la cabeza, aún ve mayoría de hombres. “Pero eso está cambiando. Creo que se va avanzando de a poco a pesar de que muchos compañeros aún no saben cómo pararse. Todavía persiste el micromachismo. Ojo, tampoco creo que las cosas están siempre bien porque las haga una mujer”.

Durante la entrevista que le hicimos contó que nunca se imaginó periodista (llegó allí luego de empezar la carrera de diseño gráfico y después de un paso fugaz por la de publicidad) pero que ahora, habiendo transitado el oficio, no se imagina haciendo otra cosa. Celebra que Página 12 tenga una marcada línea editorial en contra del Gobierno, aunque defiende profundamente el chequeo de datos y la información confiable. Asegura que no es una militante del kirchnerismo, pero que hoy lo apoya incluso más que en el pasado.

¿La mayor dificultad de su profesión? “Lidiar con la falta de entusiasmo de algunos periodistas que están achanchados y no los apasiona el oficio. Si la noticia te es indiferente es muy difícil ser un buen periodista”.

NoraVeiras

Nombre: Nora Veiras
Edad: 54 años
Profesión: Periodista
Sector en el que trabaja:  Periodismo, como editora general de Página 12
Lugar
de Nacimiento: General Rodríguez, Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
El desafío de la vida. Saber que nada es para siempre y que todo puede ser. Uno tiene la posibilidad de hacer muchas cosas si el contexto ayuda porque La vida siempre da posibilidades. En cuanto a mi profesión, el periodismo hoy está en una revolución. Primero en una reforma tecnológica, maravillosa y terrible porque todo puede ser cierto y todo puede ser mentira y eso para mi es una oportunidad increíble para el periodista. Se revaloriza nuestro rol como orientadores en una selva. Eso me resulta atractivo.

2. ¿Qué te hace feliz?
El bienestar de la gente que quiero. Un recuerdo feliz… (hace un pequeña pausa y se le humedecen los ojos) diría el orgullo que les generó a mis padres todos mis logros profesionales.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Duermo muy bien, no suelo tener problemas. Alguna que otra vez me quedo pensando en una nota que no entró en la edición impresa o algún tema que no llegamos a dar. En esos momentos me levanto y trato de acomodarlo aunque sea en la web.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Todo. El mundo no puede ser tan injusto. Es increíble la destrucción del ser humano luego de siglos de historia occidental, más allá de los avances científicos que se lograron en todo este tiempo. Creo que hay que replantear muchas cosas.

5. Cuando eras chica, ¿qué querías ser de grande?
En principio quise ser arquitecta. Yo terminé el secundario en plena dictadura militar y en esa época los arquitectos eran taxistas. En ese momento un profesor me dijo “¿Por qué no estudias diseño grafico?” y eso hice con la intención después de estudiar publicidad. Cuando empecé esa carrera me di cuenta de que la publicidad no tenía nada que ver conmigo porque se apoyaba en una falacia. Me cambié a periodismo y nunca paré. Empecé a trabajar de muy chica. La verdad es que nunca me pensé periodista pero desde que empecé a trabajar nunca me imaginé otra cosa.

100 Mujeres | 18 de junio de 2018

Romina Villalba: “Es difícil que los pibes te dejen jugar en su cancha”

Es la capitana del equipo de fútbol femenino del club Padre Carlos Mugica, de la Villa 31, en la ciudad de Buenos Aires. Motiva a sus vecinas para que se pongan la camiseta y desoye los insultos.

Con el número 12 en la camiseta roja, Romina Villalba juega, mete y provoca desde el fondo de la cancha. Eligió ese número con el que se identifica la tribuna de Boca (el club que ella ama), pero su posición en la defensa responde según el esquema clásico al número 2. En la cancha, Villalba es una defensora con carácter, pero afuera es un poco tímida y por eso le costó llevar la cinta de capitana del equipo de fútbol femenino del club Padre Carlos Mugica, de la Villa 31.

“No quería tener esa responsabilidad, pero la profe me la dio porque yo era la que convocaba a las chicas a jugar y la que la apoyaba a ella para arrancar con el equipo”, dice.

Villalba era la que buscaba a sus vecinas en la villa por más que no pudieran ir a jugar porque tenían que cuidar a sus hijos, estudiar en un secundario acelerado nocturno o trabajar. Ella las convencía y les decía que si iban al menos una vez por semana, ya estaba bien. “Sin darme cuenta, fui haciendo muchas cosas para que todas juguemos”, dice. Tiene 19 años; su cinta de capitana es negra, con una “C” blanca.

Esta futbolista también trabaja haciendo tareas administrativas en el Hogar de Cristo (como el club Padre Carlos Mugica, éste se liga con la capilla de Cristo Obrero que fundó el propio Mugica) y estudia con una beca la carrera de Profesorado de Educación Inicial en la Universidad Católica. Su madre y algunos de sus hermanos viven en la villa, pero no desde hace mucho tiempo: son inmigrantes paraguayos llegados en 2013. Villalba nació en Villa Haye, un suburbio semi-rural cerca de Asunción, y allí fue donde comenzó a patear la pelota.

“Sufría mucho la exclusión por ser mujer”, dice. Tenía 12 años cuando vino a vivir a Buenos Aires, a una casa con una sola habitación, una cocina, una sala, un baño y pequeño. La discriminación sexista continuó. “Hay mucho machismo en el barrio: por jugar al fútbol me decían cosas y me las siguen diciendo”, sigue. “Es muy difícil que los pibes te dejen jugar en la canchita de ellos: nos tiraban la pelota arriba de una casa y nos gritaban ‘¡Andate a cocinar!’”.

Por eso, cuando Villalba se enteró de que en el club había clases de fútbol femenino los martes y los jueves, dejó los partidos mixtos para siempre y logró llevar más chicas para armar un nuevo equipo. Ahora el club Padre Carlos Mugica compite con 5 jugadoras en la liga FEFI (Federación Escuela de Fútbol Infantil) de fútbol de salón junto a otros 17 equipos. Pero las condiciones de vida de sus goleadoras siguen sin ser ideales y en el primer partido de esta temporada, el equipo no pudo presentarse porque ese día no había suficientes chicas para jugar.

No importa: a la capitana nada la desanima a la hora de ponerse sus botines negros con detalles verdes. “Cuando juego, siento una desconexión de todo lo que me rodea”, dice. “Y ahora ya sé que en la cancha hay que guiar al equipo. Si bien la profe está afuera, no es lo mismo. Adentro se siente la tensión”.

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Nombre: Romina Belén Villalba Vera
Edad: 19 años
Profesión: Futbolista y estudiante de Profesorado de Educación Inicial
Sector en el que trabaja: Deporte
Lugar
de Nacimiento: Villa Haye, Asunción, Paraguay
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Sentirme en un espacio mío, poder desconectarme de todo.

2. ¿Qué te hace feliz?
Subir a una montaña y quedarme ahí. Lo hice en San Juan. Sentí paz. De chica soñaba con eso y poder hacerlo me hizo muy feliz.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Si me pasa algo malo en el día, me quedo pensando en eso. La angustia me saca el sueño. Hace poco, tuvimos un conflicto entre compañeras en el trabajo y eso me angustió.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
¡Uf! ¿Tenés tiempo para que te diga todo? tantas cosas… En general, que haya más igualdad para todos. No me gusta el hecho de que no se le puede pedir ayuda a nadie, de que sea tan difícil. Creo que lo que se puede hacer es luchar para lograrlo. Para eso, tenés que juntarte con alguien que tenga el mismo pensamiento que vos.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Quería ser doctora porque jugaba mucho con eso. Después fui teniendo contacto con niños y quise ser pediatra. Cuando fui a orientación vocacional, me salió que ser médica no era para mí porque en realidad me encanta el deporte.

100 Mujeres | 8 de junio de 2018

Intervención: Pablo Domrose

Beatriz Mendoza: “Demandamos al Estado para convertir lo dramático de la cuenca del Riachuelo en política pública”

Es una de las 17 personas que denunciaron la contaminación del Riachuelo. La demanda llevó, hace 10 años, a que la Corte Suprema de Justicia ordenara al Estado Nacional, la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires a sanear la cuenca. Es el fallo ambiental más trascendental del país.

Hace diez años, la Corte Suprema de Justicia sentenció al Estado nacional, la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires a sanear el Riachuelo. Les ordenó mejorar la calidad de vida de los habitantes de la cuenca y remediar el agua, aire y suelo a lo largo de los 64 kilómetros de río y su entorno.

A esa sentencia, del 8 de julio de 2008, la llaman el “Fallo Mendoza” o “Causa Mendoza”, rótulos con los que carga y convive Beatriz Mendoza, una de las personas que se atrevió a iniciar en 2002 la demanda por contaminación que desencadenó la sentencia ambiental más trascendente del país.

Fueron 17 los que firmaron la demanda, pero en el escrito, el nombre de Beatriz encabezó la lista. Y para ella ya nada fue igual. El periodismo y la justicia empezaron a hablar de la “causa Mendoza”. Y Beatriz le puso el cuerpo: jamás abandonó la lucha.

“Al principio no entendía ni me acostumbraba, porque yo no elegí que llevara mi nombre. Siempre sentí que fue porque fui la última en entregar el DNI a los abogados”, cuenta Beatriz, que tiene 65 años, es psicóloga social y hoy es la directora de Salud y Ambiente de Avellaneda. “Pero seguí adelante y ahora siento que es el nombre que debe tener la causa porque fui capaz de generar un proceso, sin saberlo, que permitió que el tema figurara por primera vez en la agenda pública”, considera.

Cuando inició el reclamo, en 2002, había cumplido 49 años y le detectaron que tenía seis veces más tolueno en su sangre que el límite tolerable en una persona. Ese tóxico, derivado del petróleo, entró a su cuerpo mientras trabajaba como psicóloga social en el centro de salud de Villa Inflamable, un barrio ubicado en el corazón del polo petroquímico de Dock Sud. En la demanda le apuntan a 44 empresas de ese polo industrial. Ella no sabe si fue el agua que tomó de la canilla, el aire que respiró o haber caminado durante dos años un barrio que está reposado sobre tierras contaminadas de la cuenca.

Beatriz nació en Avellaneda, pero ya de chica su papá la llevaba a caminar por lo que hoy es Villa Inflamable. Cuando eligió ingresar al centro de salud del barrio, en el año 2000, lo hizo porque “estaba todo por hacer”. Aunque ahora reconoce que no sabía bien a dónde estaba metiéndose, cita al escritor portugués José Saramago para tratar de entender por qué tomó el puesto en esa salita: “Uno siempre va al lugar donde lo están esperando”.

En Villa Inflamable viven unas 1800 familias. La mayoría en casas precarias, de chapa, madera y un poco de ladrillo. Están rodeadas de empresas químicas que echan humo negro. De día y de noche.

A Beatriz, los tóxicos le afectaron el sistema nervioso y le diagnosticaron polineuritis en bota. Si los mosquitos la pican, lo nota tarde, cuando sus piernas se llenan de ronchas. Si se quema, se da cuenta unos segundos después o al verse la ampolla. Es como si el alerta de su sistema nervioso viajara lento o se interrumpiese en su camino al cerebro.

De los que firmaron la demanda, varios siguen en contacto. Pero Beatriz es la única que sostiene una lucha abierta. Cuando la Corte les dio la razón sobre la contaminación que sufrieron y la necesidad de recomponer el ambiente dañado en toda la cuenca, también se declaró incompetente respecto al reclamo de un resarcimiento económico. Esa definición desalentó al grupo, pero no a Beatriz. Ella sigue yendo a Villa Inflamable, ya como funcionaria, un cargo que aceptó justamente porque le permite seguir visitando el barrio y continuar involucrada con la causa. Además, participa de reclamos colectivos por el cumplimiento del fallo; y hasta escribió un libro titulado “Riachuelo, zona de promesas”.

Beatriz aprendió a “no renunciar ante la tristeza” y a “planificar la esperanza”. Lo dice en el contexto de que Acumar, la autoridad interjurisdiccional creada para sanear la cuenca, no sabe en qué plazo podrá cumplir la sentencia. Así quedó formalmente expuesto durante la última audiencia pública convocada por la Corte en marzo pasado.

“La Corte no puede hacer cumplir sus órdenes”, se indigna, pero rápidamente destaca que el fallo es “un punto de no retorno”, que “los vecinos de la cuenca ahora conocen sus derechos” y que “no importa en cuánto tiempo, pero ineludiblemente la sentencia generará cambios que beneficien a una gran masa de personas”. Para que eso ocurra, considera que los jueces de la Corte deben ser “más supremos”.

A partir del fallo y según el último informe que preparó Acumar para la Corte, 505 de las 1385 industrias identificadas como contaminantes de la cuenca fueron reconvertidas y no causan daño. Del polo petroquímico, apenas 8 de 24. De las 4,3 millones de personas que necesitaban cloacas, 2,3 millones sumaron ese servicio. De los 447 basurales relevados en 2008 quedan 301. Mientras que por lo menos 1,6 millones de personas viven sobre la cuenca en condiciones consideradas riesgosas desde el punto de vista sanitario y social.

Beatriz vive en Wilde, a 20 cuadras de Villa Inflamable. Se separó hace 24 años. Antes, tuvo tres hijos: un varón y dos mujeres. La menor falleció el año pasado y por eso vive con su nieta de 14 años. Además tiene otros cuatro nietos.

Hay otro rótulo judicial que Beatriz reinterpretó con el tiempo y le dio energía para su lucha. “Cuando firmé la demanda me convertí en parte actora desde el punto de vista legal. Y ese ser actora fue intervenir para convertir lo dramático de la cuenca en política pública, conocer, informarnos y saber acerca de nuestros derechos ciudadanos”.

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Nombre: Beatriz Mendoza
Edad: 65 años
Profesión: Psicóloga social
Sector en el que trabaja: Salud
Lugar
de Nacimiento: Avellaneda
Lugar en el que desarrolla su actividad: Avellaneda

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
El amor y la justicia. Los dos están relacionados. Porque hablo del amor por el otro, el que tiene menos instrumentos y sufre. Ellos despiertan mi necesidad de acción ante el sufrimiento. En otros momentos de mi vida algunos conflictos familiares o problemas de salud me sacaban la energía. Pero en general no me permito que capturen mi energía.

2. ¿Qué te hace feliz?
Me hace feliz el olor a tostadas y café con leche por las mañanas, que me remiten a mi abuela y el desayuno que me preparaba cuando era chica. También, un atardecer con sol en las montañas, en Nono, Córdoba. Y un recuerdo, caminar de la mano de mi padre cuando era chiquita. Lo veía tan grande, me daba tanta seguridad.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
A veces, los problemas financieros o problemas de familia. Lo que hago es convencerme de que la noche agiganta los problemas y que en un par de horas amanece otra vez y le daré a las cosas la dimensión que tienen.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Hace rato que dejé de lado el pensamiento mágico de que voy a cambiar el mundo. Sí intento cada día cambiar mi entorno. Sobre todo en lo laboral, que es el campo social, los problemas son altamente complejos. Soy consciente de que los cambios son super estructurales. Entonces mi limito a trabajar en equipo, a generar conciencia, a empoderar a las mujeres que son quienes más sufren junto a sus hijos y a facilitar herramientas para que puedan sentirse sujetos de derechos.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Docente. Mis maestros de la escuela primaria y más tarde mis profesores. Ana Caldino, de la primaria 10 de Sarandí; Isabel Roteta Campos de Meijide, mi profe de castellano en el Normal de Avellaneda; y la hermana Gloria Sulligoy, del colegio San Ignacio. Ellas contribuyeron a que antes de que estudiara psicología social, me recibiera y trabajara unos años como profesora de geografía.

Consultar el “Fallo Mendoza”

100 Mujeres | 5 de junio de 2018

Intervención: Pablo Domrose

Quién es Gabriela Terminielli, la única mujer en el directorio de Bolsas y Mercados Argentinos (BYMA)

Les preguntamos a qué mujer postularían para la #Serie100Mujeres y nos llegaron propuestas interesantes.  Aquí está la primera seleccionada.

Es psicóloga y empresaria, pero no encaja con los estereotipos. Ni look intelectual ni de yuppie. En Jean, nada te tacos altos, un suéter de escote en V y campera de plumas; poco maquillaje, casi a cara lavada, arreglada, pero sencilla. Gabriela Terminielli se muestra auténtica. Dice no ser ejemplo de nada, sin embargo reconoce que sus ganas de superación son una buena característica suya a imitar.

Nació en Parque Patricios y se crió en La Boca. Su hogar era humilde, toda la familia tenía que trabajar para asegurarse el pan, incluso ella con 10 años. Su padre tuvo un restaurante, allí aprendió a cocinar canelones y entendió el valor del trabajo. Aquel emprendimiento familiar quedó lejos en su historia, hoy Terminielli es miembro de dos directorios, desde 1993 de Compañía Argentina de Comercio (CADEC – Guillermo Carracedo y Asociados) y desde hace dos meses de Bolsas y Mercados Argentinos (BYMA); donde es la única mujer entre los 14 miembros del directorio.

Su historia y sus ganas de crecer la motivaron para gritar a viva voz que los negocios no son cosa de hombres; que las mujeres también pueden. Promover el liderazgo de las mujeres se convirtió en la gran obsesión de Terminielli. ¿Por qué? “Porque somos consideradas minoría cuando somos el 51% de la población y porque de las 500 empresas más grandes del mundo, sólo el 4% está a cargo de mujeres”, justifica.

Ningún día es igual a otro para ella. Cuando no está en reuniones de directorio, está mentoreando a alguna chica o dando alguna conferencia sobre empoderamiento. En el marco del Women Corporate Director (WCD), entidad que integra desde 2017, se la puede encontrar capacitando a mujeres empresarias.

También puede estar en Voces Vitales, la ONG creada por Hillary Clinton que promueve la participación de la mujer en la sociedad, donde desde 2012 es la vicepresidente de la filial local. Conoció a la ONG “de cara dura” cuando se coló a una cumbre internacional donde estaban la ex presidente Cristina Fernández, Michelle Bachelet y Dilma Rousseff, entre otras figuras femeninas. “Sí, soy feminista. No de las que llevan el cuchillo en la boca, pero para hacer lo que hago hay que serlo”, reconoce de sí.

Su ingreso al mundo corporativo fue casi inevitable, su madre y 11 familiares más trabajaron en Grupo Bunge y Born; y ella también. Terminó el secundario e inmediatamente entró como administrativa, después pasó por los diferentes rubros en los que la empresa participaba; desde granos a turismo, pasando por la división Nuevos Negocios.

Mientras, estudiaba psicología y coaching ontológico. Sin embargo dice que su verdadera carrera profesional arrancó cuando Guillermo Carracedo renunció a su cargo de CEO en Bunge y Born y la convocó para refundar CADEC e integrar el directorio. Ya recibida, con el consentimiento de Carracedo, al que reconoce como su mentor, comenzó a dictar seminarios sobre clima laboral e hizo un máster en Administración de Empresas. Tenía 49 años y cursaba con chicos de 28, pero no se intimidó. Su tesis se tituló “La felicidad en el trabajo y su relación con la productividad”; lloró cuando recibió el título.       

El mandato familiar priorizaba el trabajo por sobre la formación. Lo esperable era que Terminielli se capacite en lo justo y necesario para preservar su cargo en Bunge y Born; luego llegaría un marido que la mantuviese. Pero rompió las reglas: se casó a los 23 años con su novio del colegio, tuvieron una hija y luego de 30 años de matrimonio se divorciaron.

Aunque creció laboralmente no siempre el trabajo se tradujo en estabilidad económica. De hecho confiesa que le hubiese gustado tener más hijos, pero que el bolsillo nunca fue suficiente. Económicamente, con su ex marido las pasaron todas; la peor fue cuando los estafaron y los dejaron sin el sueño de la casa propia y, claro, sin el anticipo de dinero que pusieron.

Fue con su indemnización en Bunge y Born que logró comprar un departamento en Palermo, el mismo que ocupa hoy. Vivir el presente sin hipotecar el futuro es su frase de cabecera. Por eso ahora, aunque es joven, ahorra para su vejez.

GT-

Nombre:  Gabriela  Terminielli
Edad: 55 años
Profesión:  Magister en Administración de Empresas y licenciada en Psicología
Sector en el que trabaja:  Empresario
Lugar de Nacimiento: Parque Patricios – Ciudad de Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Mi pasión es detectar talentos y abrir puertas a personas que quieran superarse. Para ellas estoy disponible siempre a cualquier hora y lugar. No me gustan los interesados, esos que ayer te daban la espalda y hoy te dan palmaditas. Me quitan la energía; igual que el chismerío y la gente que no es genuina.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mi nietito. Nunca imaginé lo tremendo que es el amor de abuela. Solía decirle a mi hija que era todo para mí y ella muy inteligentemente me preguntaba si no era mucho; claro, es una carga muy fuerte, pero el amor de abuela me transformó. Cuando estoy mal, veo la foto del bebé y enseguida me compongo. Es un tierno hasta cuando llora y me da mucha gracia.
También me hace muy feliz hacer la diferencia con algo, como cuando doy una charla por ejemplo, pierdo la noción del tiempo

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Los temas de salud. Por suerte tanto mi familia como yo estamos bien, pero en este momento tengo cercano el caso de un chiquito que está muy complicado; eso me pone muy triste y no me deja dormir.
Para conciliar el sueño agarro un libro o miro la foto de mi nieto. Cuando me atormentan cosas que no puedo manejar rezo mucho.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Trabajo con las mujeres porque veo una gran injusticia, pero me destruye también la inseguridad, la pobreza, la maldad. Mi trabajo no tiene que ver solamente con satisfacer mis propios intereses, estoy haciendo algo por el otro y eso me hace sentir bien. No voy a poder salvar a la humanidad de la pobreza, pero desde mi lugar algo hago: a una chica que está en un proyecto social le abro una puerta, la mentoreo y la ayudo a encontrar oportunidades. Esa chica mañana  va a derramar en su contexto todo lo que le di.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Maestra.  Era pasión: desde que me despertaba hasta que me iba a dormir jugaba a la maestra.  Como mi abuelo era maestro y mi mamá pasó situaciones económicas complicadas porque los maestros siempre ganaron dos mangos, me prohibió ser maestra. De alguna manera, creo que pude cumplir ese sueño.

Bilal | 4 de junio de 2018

30 / Qué he aprendido

Estoy parada en un acantilado en Lampedusa. Es la unión violenta de la tierra y el mar, allá, trescientos metros más abajo. El agua es tan transparente que aun a esta distancia, desde aquí arriba, veo las piedras en el fondo turquesa del agua. Los peces nadan como si nada les importara.

No saben de refugiados ni de amor. Detrás de mí: tierra árida. Delante: el cielo. Delante: el Mediterráneo con su azul profundo hasta el horizonte. Es el fin de este viaje y ningún otro paisaje podría simbolizarlo mejor. El viento que viene de África me da en la cara. Estoy sola frente a esta inmensidad. Me paro en el borde del acantilado y estiro los brazos a los lados. Bastaría con dar un paso al frente para dejarme tragar por este mar que ya ha devorado a tantos otros. Un paso, y dejaría de existir.

No hace ni siquiera 24 horas que Bryan me llamó desesperado. Hace dos días, yo estaba en brazos de Emilio. Bryan está vivo: esta mañana entré a su muro en Facebook y vi que había posteado la foto de una chica negra con un vestido corto y apretado que mostraba sus curvas. Bryan ayer pensaba matarse y hoy subió esa foto. No debe ni siquiera imaginar mi angustia. Cuando estamos mal, no hay cabida en nosotros para imaginar la angustia de los demás.

El sol desciende. Me acuesto sobre la tierra con la cabeza asomando sobre el borde, mirando el mar. Mañana temprano vuelo a Palermo, luego a Roma, luego a Buenos Aires. ¿Soy la misma de hace un mes? ¿Qué he aprendido? Este es el mismo mar que surcaron todos los chicos que entrevisté. Me quedaré al borde de esta piedra descomunal hasta que sea de noche. Miraré cómo tierra, mar y horizonte se convierten en una misma oscuridad. Quizás así logre sentir un miedo remotamente similar al que sintieron ellos cuando escapaban de su tierra, amontonados con centenares de otras personas, en esas barcas frágiles en medio del Mediterráneo.

De camino a este acantilado -al que he llegado por casualidad, mientras atravesaba la isla de punta a punta en bicicleta- me crucé con un pastor. Un pastor de ovejas, como lo fue Bilal durante dos meses en la campiña romana. El pastor estaba lejos de la ruta por la que yo iba, pero una oveja se había separado del rebaño y me bajé de la bici para tomarle una foto: la oveja me dio la espalda y se alejó apurada, tal como suelen hacerlo las ovejas cuando se quiere fotografiarlas. ¿Por qué no hablar con el pastor? Caminé hacia él que, a su vez, caminaba hacia la oveja descarriada. No respondió a mi saludo, pero cuando le pregunté cuántas ovejas eran, las miró como quien se sorprende ante una pregunta para la que no ha estudiado. Separó las manos. Tenía la piel curtida por el sol y los ojos celestes como este cielo.

-¿Cincuenta? -dijo.

Un perro blanco, lanudo, corrió hacia él.

-¿Cien? –se corrigió.

Es marzo. El invierno está por terminar y muchas de esas cincuenta o cien ovejas están preñadas. Darán a luz en primavera. También en primavera empezarán a llegar muchas más barcas. El Mediterráneo siempre es peligroso, pero en invierno lo es aún más. El pastor llama a las ovejas con sonidos que no sé si significan algo en algún dialecto o si sólo son sonidos guturales anteriores a la existencia de cualquier idioma. Las ovejas llevan grandes campanas al cuello. Sin despedirse, el pastor voltea y sigue su camino, atravesando el campo yermo.

Bilal quería ser pastor pero lo echaron. Este hombre no debe querer ser pastor. Debe querer estar en otro lugar. Bryan quería estudiar en inglés, no en francés. Fue a protestar y mataron a sus padres. Ella Anthony quería amar a una mujer sin tener que esconder su amor. Aguibou no quería ver muertos por la calle. “Era muy pequeño para ver muertos todos los días.” Los jóvenes italianos de Lampedusa no se quedan en la isla: van a estudiar a otro lugar y ya no regresan. Saba fue huérfano desde siempre y nunca tuvo un hogar. “El imán de la dhara me obligaba a pedir limosna durante doce horas al día.” Tutul huyó de un marido que la golpeaba. A Emilio no le gusta que le den las gracias. “No curo a mis pacientes porque yo sea bueno. Es mi trabajo. Si pudiera elegir, estaría en una playa, escuchando mi música.”

Si Emilio pudiera elegir, estaría en una playa. Si Bryan pudiera elegir, estaría en Camerún con sus padres vivos. Si Bilal pudiera elegir estaría cuidando ovejas. Si el pastor de Lampedusa pudiera elegir quizás sería dueño de un restaurante en Nápoles. ¿Quién, pudiendo elegir, elegiría estar exactamente dónde está? Somos una especie permanentemente insatisfecha. Sin embargo, hay una diferencia abismal entre no querer vivir en un país en guerra o en medio de una hambruna y no querer trabajar como pastor en Lampedusa o como psiquiatra en Roma. La diferencia está en la urgencia. La posibilidad inminente y cierta de la muerte es la diferencia. En palabras de Bryan: “¿Qué podía importarme morir en el camino, perderme en el desierto, ahogarme en el mar, si ya en mi país estaba muerto?”

Miro las olas, abajo, golpeando y golpeando esta piedra inmensa. Esta piedra que es, también, una isla. “La puerta.” La piedra resiste, pero el agua es tenaz. África y Europa. Allá, millones de personas desplazadas. Mareas humanas. Aquí, millones que viven en la compleja estabilidad insular del primer mundo. Allá, la muerte, las torturas, las persecuciones. Acá, la sensación de que los invaden, el miedo a que acaben con su cultura, y la pregunta: ¿si estábamos tan bien siendo todos blancos, por qué vienen estos a quitarnos nuestros trabajos y a cambiar nuestras costumbres?

Una marea humana y otra marea humana se encuentran, como el mar y la isla-piedra. Sin embargo, aunque hay conflictos y dificultades, estas mareas no han terminado odiándose, no se han construido muros, las barcas siguen partiendo y, aunque se firmen tratados para impedirlo, decenas de organizaciones –no siempre inmaculadas- trabajan para rescatarlas en medio del mar. Una vez aquí, se recibe a estas personas desplazadas dándoles casa, ropa, medicina, educación, comida. El mar y la roca han logrado convivir en paz, después de todo. Es casi un milagro de la civilización.

Al principio, cuando recién me enteré de la historia de Bilal y, después, cuando empecé a escuchar las historias de estas personas, sentí que todas mis preocupaciones eran nada comparadas con las de ellos. ¿De qué podía quejarme? Nunca más, me dije, estaré triste por menudencias. Sin embargo, hoy, aquí, siento una nostalgia anticipada. Ha sido un viaje conmovedor y no quiero irme. No quiero volver a mi vida predecible.

Queremos lo que no tenemos. Deseamos. Sufrimos. Añoramos. Estamos hechos de anhelos. Después de atravesar el desierto y el mar, ahora que se han salvado del infierno, también los refugiados quieren estar mejor de lo que están: Bryan me escribirá a Buenos Aires diciendo que necesita una computadora; Adija se quejará de que en el autobús, a veces, la miran mal y le piden el asiento. Emilio me lo dijo más de una vez: cuando empiezan a preocuparse por los problemas cotidianos por los que nos preocupamos todos, cuando se lamentan de lo difícil que es conseguir trabajo o del precio de los alquileres, es porque lo peor ha quedado atrás. Afortunados los que tenemos tiempo para preocuparnos porque si tuviéramos que huir para salvar la vida no tendríamos tiempo de hacerlo. Una vez a salvo, empiezan otros problemas. Quizás la queja, después de todo, es una señal de que estamos bien. Quizás desear permanentemente lo que no tenemos es parte de lo que nos hace humanos. A las ovejas les basta con algo de pasto, con algo de agua.

FIN.

Bilal | 4 de junio de 2018

29 / Reyes del Olimpo

Comienzo a escribir estas crónicas en el aeropuerto Leonardo da Vinci, dos horas antes de embarcar a Buenos Aires. Casi pierdo el vuelo. Escribo en desorden: empiezo con el día en que conocí a Emilio, salto a Laye Toure cantando en la Piazza in Piscinula y de allí, hacia el encuentro con Bryan y luego, a su llamada desesperada hace dos días.

Me voy de Roma, pero me doy cuenta de que hubiera necesitado más tiempo, mucho más, para poder hacer las preguntas necesarias, las preguntas justas. Vi una sola vez a casi todos los refugiados que conocí. Una vez no es suficiente para contar una historia.

Una vez alcanza, apenas, para saber los datos más elementales: dónde nacieron, por qué se fueron, qué están haciendo ahora aquí. Una vez no alcanza para conocer los pequeños detalles que hacen brillar el pez dorado. Me gustaría saber cuáles son sus recuerdos de infancia. A qué le temen. Qué guardan en sus bolsillos. ¿Qué te llevaste cuando te fuiste? ¿Querrías volver a tu país? ¿De qué te arrepientes? ¿Con qué sueñas? Nada de eso pregunté.

Hubo una tarde, en Roma, en la que fui al ensayo de una obra de teatro. No era cualquier obra y el grupo de actores no era cualquier grupo. La obra era “Los dioses del Olimpo” y los actores eran estudiantes de la Scuola di Italiano donde estudió Bilal. Bruna me invitó al ensayo en el Oratorio del Caravita, una iglesia del siglo XVIII construida a su vez sobre una del siglo XII. Ahí, en ese lugar destinado a cantar la pasión de Cristo, en ese lugar donde están enterrados nobles de la época del Renacimiento, vi a doce inmigrantes representar a dioses de la mitología griega y romana. Ahí estaba Favour, que había sido violada una y mil veces en Libia, representando a Juno, la diosa del matrimonio y la fidelidad. Ahí estaba Abiel, un hombre de Eritrea que había sido vendido, haciendo el papel de Júpiter, rey de los dioses. Nasra, un chico de Somalia que hace pulseras para vender a los turistas, hacía de Vulcano, el dios del fuego, el artesano. Pamela, una chica peruana, hacía de Minerva y Marte era un chico que había llegado de Ucrania hacía cuatro días. El único idioma que compartían todos era el italiano.

JUNO: ¡Basta! No aguanto más tus traiciones. ¡Eres un cerdo! Esta vez me voy para siempre. ¡Y no vengas a buscarme nunca más!

JÚPITER: ¿Estás loca? Los celos no te dejan razonar. ¡No es cierto que te haya traicionado con Europa!

JUNO: ¡Mentiroso! Creen que eres el dios de los dioses, pero eres el dios de los cerdos. En vez de toro, deberías transformarte en cerdo para copular con aquella virgen, Europa. ¿Europa que recibe a todos, “virgen”? Ja. Ja.

Sentadas en un banco de madera de nogal tallado en el siglo XVII, Bruna y yo mirábamos el ensayo. La directora, Magda Mercatali, una actriz de teatro que trabaja como maestra voluntaria en la escuela, corregía la entonación y explicaba a los actores cómo moverse. Intentaba que Favour mostrara su enojo y elevara la voz. Le explicaba a Abiel que debía tomar a Juno por los brazos para calmarla.

JUNO: ¡Cállate, Marte! ¿Cómo te atreves? Siempre estás dispuesto a sembrar discordia.

MARTE: Pero, mamá… Soy el dios de la guerra. ¿Cómo quieres que viva en paz? No es parte de mi naturaleza.

Hombres y mujeres venidos en su mayoría del África, representaban, dentro de una Iglesia Católica, el papel de dioses romanos que habían sido, antes, dioses griegos. ¿Cuál era la religión de esos actores? ¿En qué creían? ¿Qué sentían haciendo de Vulcano, de Mercurio, de Apolo, bajo la dirección de una jubilada italiana con el pelo teñido de color naranja? Magda les mostraba cómo modular la voz, les recordaba una y otra vez que debían mirar al público. Y allí estaban ellos, que habían escapado de quién sabe qué horrores, ensayando como niños para un acto de fin de curso.

Magda no lograba que Favour elevara la voz como para parecer enojada de verdad, ni que Venus sedujera a Apolo de manera convincente. Venus era una joven china, pudorosa y tímida, que carecía de gracia escénica y hablaba en un susurro. Casi todos los actores parecían sentir vergüenza de estar ahí. Sin embargo, a medida que avanzaba el ensayo, empezaban a reírse de sus propios errores y, también, de los dioses que representaban: esos dioses truculentos, falibles, crueles, inconsistentes, iracundos, envidiosos. Esos dioses que prometían una cosa y hacían otra, y que se disputaban el mundo, de la misma manera en que hoy se lo disputan los humanos.

La verdad, si es que existe tal cosa, tiene muchos rostros. Todo es más complejo de lo que parece. No todos los refugiados dicen la verdad. Me lo dijo Mamadou, que también trabaja como traductor ante una de las comisiones que estudia los casos de los inmigrantes para decidir si se les concede el asilo. Y también me lo dijo Emilio: muchos inmigrantes exageran o inventan historias para así obtener el status de refugiados. No todas las ONGs que rescatan barcas en el Mediterráneo son intachables: algunas han sido acusadas de trabajar mano a mano con los traficantes de personas. Y no son santurrones todos quienes trabajan con refugiados: en 2015, tras el escándalo del caso “Mafia Capitale”, se descubrió un cartel mafioso diseñado para ganar la licitación de los “centri di accoglienza”. El caso salpicó a políticos de todo el espectro político y llevó a 44 personas a la cárcel. “¿Tienes idea de cuánto dinero gano con los inmigrantes?” dijo Salvatore Buzzi, en una llamada telefónica interceptada por la policía. “El tráfico de drogas es menos rentable que los refugiados.”

Ya en casa, de regreso en Buenos Aires, mientras sacaba las cosas de la valija, encontré un DVD. Me lo había dado Bruna envuelto en papel regalo el día del ensayo, pero todavía no lo había abierto. “Gli dei dell´Olimpo”, decía en la tapa. Dejé la maleta a medio vaciar para ver el video. Esta vez no era un ensayo, sino la representación final del año pasado, en un teatro. Los actores ya no visten jeans y remeras, sino túnicas. Una música triunfal anuncia la entrada de cada personaje. Zeus lleva una corona de laureles y un gran rayo con forma de zeta en la mano. Marte tiene un escudo y una espada. Vulcano lleva un gran martillo rojo. Mercurio calza botas aladas. Cupido tiene alas de cartón. Bilal, disfrazado de Neptuno, viste una larga túnica azul y entra descalzo al escenario.

Miro la obra de principio a fin. Miro a Bilal actuar. Ese hombre inmenso que atravesó el desierto, que nunca había visto el mar hasta que cruzó el Mediterráneo, es el dios de los océanos. Ese hombre lleva un tridente en una mano y, en la cabeza, un casco con caracolas, peces y estrellas marinas. El suyo no es un papel importante. No dice casi nada. Bilal apenas si se mueve, con torpeza, de un lado a otro del escenario, repitiendo siempre el mismo gesto. Al final de la obra, el público aplaude. Cuarenta o cincuenta italianos blancos se ponen de pie en el auditorio del Teatro Belli, en Roma, y aplauden a doce refugiados. Y ellos, los reyes del Olimpo, agradecen a los humanos con una reverencia.

Leer capítulo siguiente:
“Qué he aprendido”

Bilal | 4 de junio de 2018

28 / Tras las huellas de Bilal: “Gracias”

No sé si en otro país del mundo hubiera encontrado tantas personas desconocidas dispuestas a ayudarme tanto y tan desinteresadamente como en Italia.

Todavía hoy, que ya estoy de regreso, ahora que la historia se ha convertido en una muy distinta a la que imaginé al principio, me sorprende la generosidad de quienes me ayudaron aun sin conocerme.

No podría haber contado nada de esto sin la ayuda y la dedicación de todos ellos. Amigos casuales de Facebook a quienes no había visto nunca me ayudaron a encontrar a otros amigos que, a su vez, me ayudaron a encontrar a las personas que entrevisté después. Enzo Calabrese fue a la escuela a buscar a la maestra Bruna Fioramonti un 26 de diciembre. Bruna aceptó darle mi carta a Bilal y, luego, en Italia, me abrió las puertas de la Scuola di Italiano en Via Giolitti. Paolo Petrucci, a quien sólo conocí personalmente más adelante -el mismo día en que vi a Bilal de lejos por primera vez- me ayudó cuando el proyecto parecía haberse desmoronado, me puso en contacto con Rita del Gaudio, y me dio ánimo para seguir. Lisandro Monaco me puso en contacto con la periodista Claudia Marchione. Claudia Marchione me dio el número de celular de Pietro Bartolo. Sean Sweeney me abrió las puertas del Partido Comunista Italiano. Rita Del Gaudio, una antropóloga apasionada que trabaja en el Ministerio del Interior de Italia, me ayudó –sin conocerme- desde el día en que le conté lo que quería hacer y se convirtió en algo así como la productora general de gran parte de este proyecto. Rita me abrió puertas, consiguió contactos, armó la agenda de las primeras semanas y me acompañó a muchas entrevistas los sábados y los domingos, así como los días de semana cuando terminaba de trabajar. Danilo Benedetti tradujo los primeros cinco capítulos de esta serie al italiano. La generosidad de estas personas me emociona y me sorprende tanto como ese azar que gobierna nuestras vidas: si no me hubiera topado con cada uno de ellos no habría podido contar estas historias. Muchas gracias a todos.

Bilal | 4 de junio de 2018

27 / “Los pescadores recibimos todo lo que viene del mar”

Lampedusa es una piedra inmensa. Lampedusa es una piedra que es una isla. Lampedusa es una piedra que es una isla árida y desierta de ocho kilómetros de largo.

Lampedusa, la isla-piedra, se levanta en medio del mar apenas a 113 kilómetros de Túnez y 205 de Sicilia. Está mucho más cerca de África que de cualquier territorio europeo. Por eso la llaman “la puerta”. Para muchos africanos, llegar a Lampedusa es haber llegado a Europa. Es haber escapado, al fin, de todos los infiernos. Es empezar una nueva vida.

El aislamiento de Lampedusa y su poca importancia dentro de la geografía italiana es tal que, cuando no es verano, no hay vuelo directo hacia ahí desde ningún lugar de Italia en tierra firme. Para llegar a Lampedusa es necesario partir en avión desde Sicilia que, a su vez, es otra isla a la que sólo se llega en avión o en ferry, desde Nápoles. En Lampedusa no hay escuela secundaria, ni hospital. Las mujeres embarazadas deben irse al sexto o séptimo mes de embarazo a Palermo o a Catania. La isla tiene apenas 5800 habitantes, de los cuales 300 son pescadores. Sin embargo, a esa pequeña isla despoblada han llegado más de 60 mil inmigrantes africanos en los últimos cinco años.

En cuanto llegué, un domingo por la tarde, me pareció estar en una geografía totalmente distinta a cualquier otra en la que hubiera estado. Los colores eran más vivaces; el aire más pesado, más denso, como si viniera del desierto. Caminé por la única calle posible desde la pequeña posada hasta el único pueblo en toda la isla. Un pueblo de calles polvorientas, sin sentido de la estética: casas cuadradas pintadas de amarillo, construcciones de dos pisos desprovistas de encanto. Soplaba un viento con perfume afrutado.

El pueblo está a nivel del mar, al lado de una bahía diminuta con algunas lanchas y pequeñas barcas de pescadores. El mar es transparente, lleno de peces. Yo pensaba entrevistar a gente de la isla en la calle. Me había imaginado que estaría llena de inmigrantes, pero las calles están desiertas. Me sorprende que nadie me haya advertido esto. Este es un pueblo fantasma en una isla perdida rodeada de un mar turquesa. Muchas casas tienen carteles de alquiler para el verano. Tengo hambre, pero todos los bares están cerrados. Regreso a la posada y me acuesto sin cenar y, lo que es peor, sin haber conversado con nadie ni visto a un solo refugiado. Me pregunto si habrá valido la pena hacer el viaje hasta aquí.

A la mañana siguiente, Mario, el dueño de la posada, me dice que deberé andar mucho si quiero llegar caminando al centro sanitario donde me espera Pietro Bartolo y me recomienda que vaya en el taxi de un amigo suyo. Sin embargo, yo insisto en caminar: por más lejos que quede el centro de salud, ¿cuán lejos puede estar si la isla mide apenas ocho kilómetros? Tardo siete minutos en llegar al pueblo y, otros quince, al Centro Sanitario. No creo que Mario me haya querido mentir: tiempo y espacio son relativos: en una isla tan pequeña como esta, un kilómetro es una gran distancia. En el pueblo reina la misma calma que anoche. Sólo más tarde me enteraré de que la calma es engañosa: la noche anterior, mientras yo volvía a la posada, rescataron a ochenta inmigrantes de una barca. Uno de ellos, un eritreo con malaria, estaba en estado tan grave que hubo que llevarlo en helicóptero al hospital de Palermo.

Pietro Bartolo es el único médico permanente en la isla y es él quien, desde 1992, hace el primer examen médico a cada uno de los inmigrantes que llegan a Lampedusa. En todos estos años, ha recibido personalmente y examinado a más de 50 mil refugiados. Ha escrito un libro, “Lágrimas de sal”, en el que habla sobre su experiencia cotidiana como único médico en esta isla. Él es, también, el personaje principal del documental “Fuocoammare”, de Gianfranco Rosi, que ganó un Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2016.

Bartolo me recibe en su despacho. Conversamos durante algo más de una hora durante la que lo llamarán por teléfono diecisiete veces y tocarán la puerta para preguntarle o decirle algo otras seis. Atiende siempre y, mientras habla con quien lo llama, me mira como si yo pudiera entender su desazón. “Usted me pide una cosa con urgencia,” dice a alguno de los que lo llama. “En el otro teléfono me acaban de pedir otra cosa con urgencia. Dígame: ¿a quién le contesto primero, urgentemente?”

“¿Todos los días son así?” le pregunto cuando cuelga. “No”, responde. “La mayoría son peores”.

Pietro Bartolo nació en Lampedusa, se graduó de médico en Catania y decidió volver a ejercer a la isla. Por ese entonces todavía no había el fenómeno migratorio. “El primer desembarco al que asistí fue en 1991: fue una sorpresa para los lampedusanos y también para mí. Desde entonces, me he ocupado de ellos por mi propia voluntad. A mí me pagan por trabajar en este centro, no por atender a quienes llegan del mar. Pero nosotros nos ocupamos porque es justo que alguien se ocupe. Durante estos años han cambiado muchas cosas. Al principio, llegaban del África subsahariana, después de Siria, después de Libia. Vienen después de días en el mar, después de meses o años en campos de concentración. ¿Cómo no nos vamos a ocupar? Nosotros somos pescadores. Los pescadores reciben todo lo que viene del mar”.

Bartolo está en total desacuerdo con el acuerdo entre Italia y Libia. “Ese acuerdo permite que las personas sigan en campos de concentración donde se las tortura, se las violenta, se las viola. No sabemos cuántos mueren allí cada día. Aquí han llegado jóvenes castrados. Chicos y chicas muertos de hambre: pura piel y huesos. Después del acuerdo, el flujo migratorio ha disminuido muchísimo. No podemos estar orgullosos de eso. A mí me da vergüenza. Europa tiene una responsabilidad enorme en este tema”.

Entre una llamada y otra, Bartolo me explica que después del acuerdo con Libia, están llegando inmigrantes “distintos” a los que Lampedusa estaba acostumbrada a recibir. “Ahora vienen personas desde Túnez. Son migrantes económicos y, aunque yo creo que quien huye de su país porque tiene hambre tiene los mismos derechos que quien huye de la guerra, muchos de estos que están llegando han demostrado no ser pacíficos. Traen una cantidad de problemas. Han llegado delincuentes que huyen de Túnez porque allí terminarían en la cárcel. Incluso incendiaron una parte de nuestro Centro de Acogida porque quieren irse cuanto antes de Lampedusa. Luego, en cuanto llegan a Sicilia, se escapan. Lampedusa para ellos es un castigo. No es haber llegado. Sienten que están en una prisión de ocho kilómetros.”

“Cada vez que suena el teléfono usted pone una cara como si la gente no entendiera su trabajo,” digo. “Como si le estuvieran pidiendo algo que usted no puede dar. ¿Qué es lo que no entienden?”

Bartolo suspira. “Le voy a decir qué es lo que la gente no entiende”, dice. “Hay muchos que critican a los refugiados, muchos que no los quisieran ni ver. No se dan cuenta de que en Europa –y en Italia especialmente- somos muy buenos con la acogida, pero muy malos en la integración de estas personas a nuestra cultura. La gente está mal informada. Se los asusta con mentiras desde muchos medios y reaccionan rechazando a los refugiados como si fueran monstruos. Son personas. Tienen nuestros mismos sentimientos. Su sueño es tener una vida digna. No sueñan en hacerse millonarios. Los que vienen de la guerra, los que vienen de persecuciones o porque se están muriendo de hambre, son personas que vienen buscando vivir una vida serena. Han enfrentado sufrimientos enormes y, cuando se disponen a atravesar el Mediterráneo, saben que pueden morir en ahogados pero no les importa. Si no llegan no les cambia nada, porque muertos ya estaban allá. Cuando les preguntas cómo es que arriesgan tanto, si no saben que acaso pueden morir en el camino, te dicen que vienen por aquel “acaso”. “Acaso podemos llegar”, dicen. Y a quienes llegan, con frecuencia, les espera es una desilusión porque no encuentran lo que pensaban. Hay muchos que quieren regresar pero, paradójicamente, no pueden hacerlo porque no tienen dinero, ni documentos, y entonces se quedan en el limbo, en una situación de desamparo total.”

En octubre de 2013, una barca zarpó de Libia cargada de inmigrantes como tantas otras. Llevaba 518 personas. Era de noche. Navegó por el Mediterráneo durante algunas horas y cuando ya faltaban pocos kilómetros para llegar a Lampedusa, naufragó. Murieron 368 personas. Jóvenes, casi todos. Jóvenes como cualquiera de los chicos y chicas que entrevisté. Pietro Bartolo recibió personalmente a cada uno de los sobrevivientes. Pietro Bartolo inspeccionó cada uno de los cadáveres.

“Aquí, en Lampedusa, después del naufragio, todos han tenido ayuda psicológica. No somos ya los mismos. Pero no podemos hacer otra cosa. Cuando uno ayuda a una persona necesitada no está haciendo nada especial. Hacemos nuestro deber. No somos héroes. Somos personas normales. Si yo ayudo a una persona que se está muriendo, ¿soy un héroe? No. Hago mi deber. No puedo hacer otra cosa”.

Desde que hablé por teléfono con Bartolo hace unos días sé exactamente qué es lo que le quiero preguntar. Todo lo que le he preguntado hasta ahora me interesa, pero lo que quiero saber es otra cosa. He estado escuchando estas historias durante tres semanas. He escuchado a personas que han estado en campos de trabajo forzado. Por la noche, después de hablar con ellos, he ido a cenar con amigos. He tomado vino. He comido bien. He escuchado el horror, pero seguí adelante con mi vida. Sin embargo, por momentos, me parece que hay algo que no está bien. Quiero que Pietro Bartolo me diga qué se hace con este dolor. Quiero que Pietro Bartolo me diga cómo se hace para seguir viviendo después de ver lo que él ha visto. Quiero que me diga qué derecho tenemos a seguir adelante con nuestras vidas cuando otros no pueden con el peso de las suyas.

“Entiendo lo que me estás preguntando”, dice y por primera vez, deja que suene el teléfono sin atender. “Hace 28 años que yo hago esto. Para mí no es un trabajo. Con frecuencia he visto cosas tan duras, tan tristes, que por las noches no puedo dormir. He tenido que hacer inspecciones cadavéricas. He visto niños muertos. Tengo pesadillas. Pero mientras tenga fuerza, seguiré con mi trabajo”.

“Usted es un médico. Está haciendo algo útil. Yo, en cambio, cada vez que hablo con ellos hago que recuerden algo que tal vez no quieren recordar”, digo. “No sé si tengo derecho a hacerlo. No sé por qué lo hago. No sé si es curiosidad o si acaso puede servir para algo”.

“No es así”, dice Bartolo, sin dudar un instante. Con sus ojos verdes fijos en los míos, repite: “No es así. El problema no es sólo la parte médica. ¿Dónde dejas la parte humana? Nosotros somos gotas. Yo soy una gota. Tú eres una gota. Muchos de nosotros juntos hacemos el océano. Tú escribes estas cosas y estás mandando un mensaje. A mí la voz me la dieron los periodistas. La voz me la dio el mundo de la cultura. Me la dio Gian Franco Rossi. Me la dio un libro. Una muestra fotográfica. Los periodistas, cuando no están al servicio de los poderosos, son una figura importantísima porque dan la voz a quien no la tiene. Hay que ayudar a que esto que sucede se pueda ver en su justa luz. Los refugiados son personas. Yo los ayudaré hasta el último día de mi vida, si es necesario. No importa de qué huyen. Nadie se va porque está bien. Tenemos el deber de ayudarlos. Si cada uno de nosotros hace una pequeña cosa, ¿te imaginas todo lo que podríamos lograr juntos?”

El teléfono vuelve a llamar y, esta vez, Pietro Bartolo atiende sin poner el altavoz. Cuando cuelga, está sonriendo. Lo acaba de llamar una de sus hijas para decirle que está embarazada.

Bilal | 4 de junio de 2018

26 / Dentro de un centro de acogida, en Sicilia

Templos griegos, catedrales romanas, palacios árabes, mezquitas normandas. Eso es Sicilia, tan antigua como Roma, pero tan distinta.

En Palermo, la capital de la isla, al borde del mar, la Catedral fue primero una basílica paleocristiana, luego mezquita árabe y después, de nuevo, templo cristiano.

“En el norte de Italia no es así, pero nosotros tenemos una tradición milenaria de acogida porque aquí siempre han llegado personas de todas partes,” me dice Alfonso Cinquemani. “En el siglo III fue la diáspora de los hebreos, en el 850 tuvimos la invasión árabe. En Sicilia, los árabes, los cristianos y los hebreos han vivido en paz durante siglos. Hoy, llegan personas que huyen de la guerra y otras que huyen del hambre. Se trata sólo de una distinción política: el que abandona su país es alguien que no está bien. Nosotros tenemos el deber de recibirlos.”

Cinquemani es el presidente del Centro Astalli de Palermo, la primera institución de acogida a la que logro entrar desde que estoy en Italia. El “Sistema di Protezione per Richiedenti Asilo e Rifugiati” (SPRAR) es el servicio del Ministerio del Interior que gestiona los proyectos de acogida, asistencia e integración de los inmigrantes que piden asilo. Funciona de manera descentralizada y opera con fondos públicos, pero también depende en gran medida del tercer sector. Aunque las siglas “SPRAR” se refieran a todo el sistema, se suele llamar así a los lugares en donde viven los inmigrantes desde que llegan a Italia hasta que se les concede –o no- el asilo político o humanitario. El proceso suele durar entre uno y dos años.

Yo había imaginado los SPRAR como galpones, como barracones enormes, en donde los refugiados dormían en pequeñas cuchetas, una al lado de la otra. Había imaginado baños comunitarios, comedores inmensos y patios llenos de inmigrantes. Nada más lejos de la realidad que eso.

El Centro Astalli de Palermo opera en un edificio de tres pisos construido hace 400 años en una esquina de la Piazza di Santi Quaranta Martiri. Cuando llegué, a las diez de la mañana de un sábado, había más de cincuenta inmigrantes amontonados en la pequeña entrada. Algunos esperaban por las duchas, otros hacían cola desde esa hora para el almuerzo y algunos otros esperaban ser atendidos por el médico. “Nosotros tenemos dos realidades: una es este centro diurno al que cada día vienen entre setenta y noventa personas a comer o buscar algún tipo de asistencia y; la otra es el SPRAR que alberga a treinta personas que viven aquí mientras esperan que el Estado reconozca su condición de refugiados”, dijo Cinquemani, cuando me recibió en su oficina. El centro diurno está gestionado íntegramente por voluntarios y todos sus servicios son gratuitos: desayuno y almuerzo, duchas, servicio médico y legal, escuela de italiano, máquinas para lavar y secar la ropa. El SPRAR, en cambio, es subvencionado por el Estado italiano y en él trabaja un coordinador, un asistente legal, un asistente social, una traductora, cuatro operadores diurnos y dos nocturnos. En total: diez italianos para dar acogida a treinta inmigrantes africanos.

Alfonso Cinquemani es ingeniero y, desde que se jubiló en 2006, trabaja al frente del Centro Astalli como voluntario. Mientras subimos por una escalera al primer piso, me explica que Sicilia es un lugar de paso. “Los inmigrantes no quieren quedarse aquí porque nuestra economía es pequeña. Los que se quedan viven en situación de pobreza. La mayoría está sólo un tiempo y luego viajan a otros lugares de Italia. Aquí hay poco trabajo, pero mucha tolerancia, incluso por parte de la policía”.

Estamos en un pasillo ancho y luminoso en el que un niño negro de poco más de un año corre mientras su madre va detrás de él. “Este pequeño nació en un hospital, aquí cerca, y ya lo han operado dos veces. La semana que viene será la tercera. Espero que sea la última”, dice Alfonso. “La madre llegó desde Eritrea con ocho meses de embarazo”.

A diferencia de lo que yo había imaginado cada vez que pensaba en las condiciones de vida dentro de estos centros, estamos dentro de un espacioso edificio con un patio y un jardín central. Las habitaciones son enormes, con dos camas de plaza y media cada una, y grandes ventanas que dan a la plaza. En cada habitación duermen dos refugiados. Los baños de los hombres y de las mujeres están separados. Alfonso me muestra un salón con una televisión, otro de juegos y, otro, destinado como lugar de plegaria. “Decidimos que este fuera un lugar de plegaria porque la mayoría de los refugiados que viven aquí son musulmanes, pero por alguna razón que nunca entendí, prefieren rezar en los pasillos”.

Mientras caminamos, varios refugiados se acercan e interrumpen nuestra conversación: uno quiere entrar a la oficina de Alfonso para usar la computadora, otro le dice que no se siente bien y que necesita un doctor. Alfonso me presenta a Valeria, una de las coordinadoras del Centro, y me deja con ella. Valeria tiene 25 años, estudió Idiomas y empezó a trabajar aquí como voluntaria los fines de semana, luego como maestra de italiano y ahora, un par de años después ya tiene un cargo oficial. Me explica que, a diferencia de otros SPRAR, en este no hay una cocina, sino que le pagan a un restaurante multiétnico que queda a un par de cuadras para que los refugiados vayan a comer allí. “A muchos de ellos no les gusta la pasta y allí pueden comer comida de sus países,” dice. “Durante un tiempo les dábamos plata en efectivo para que se compraran las cosas personales que necesitaban, pero las madres gastaban el dinero en caramelos para sus hijos, así que ahora les damos tickets que pueden usar en el supermercado a cambio de determinados productos. En realidad, preferiríamos darles dinero porque uno de los objetivos de los SPRAR es lograr la autonomía de los refugiados, pero todavía tenemos que ver cómo controlar que no lo malgasten.”

Otro objetivo de los SPRAR es la integración de los refugiados a la vida italiana. De allí el énfasis que se hace en que aprendan el idioma y en que tomen cursos de distintos oficios que les facilite conseguir trabajo. “Lamentablemente, muchos chicos se dan cuenta demasiado tarde de la importancia de aprender italiano,” dice Valeria. “Cuando entran a un SPRAR firman un pacto según el cual se comprometen a ir a la escuela y nosotros nos comprometemos a darles por lo menos diez horas semanales de clase. Pero con frecuencia no cumplen con su parte y es difícil obligarlos. Muchos de ellos ni siquiera han ido a la escuela en su país. Piensan que pueden aprender italiano trabajando en la calle.” En el caso de inmigrantes enfermos o débiles psicológicamente y también en el caso de madres que acaban de dar a luz, los maestros de italiano vienen al SPRAR a darles clases particulares.

Valeria me lleva a su oficina y se sienta detrás de un escritorio. Al lado, detrás de otra mesa, hay un joven africano que me mira de reojo mientras usa una computadora. “Lamentablemente muchos chicos entienden la importancia de estudiar después de que se van. Cuando ya están fuera del circuito de acogida se dan cuenta de que para conseguir trabajo es importante haber terminado la escuela media y hablar italiano,” dice Valeria. “Pero también están quienes lo entienden a tiempo. Él, por ejemplo”, dice, y sonríe al chico que ocupa el escritorio de al lado. “Algunos utilizan el tiempo que pasan con nosotros de un modo inteligente. Nosotros tenemos dinero que podemos destinar para ellos, pero no los podemos obligar a nada. Algunos piden hacer cursos de formación, pero otros se quedan en la cama y se limitan a comer y dormir. Quizás sólo después, cuando se encuentren librados a sus propios medios, se den cuenta de que yo tenía razón cuando les tocaba la puerta cada mañana para despertarlos para ir a la escuela”.

El chico del escritorio de al lado ha dejado de mirar la pantalla de la computadora y escucha atentamente nuestra conversación. Una joven negra entra a la oficina con el ceño fruncido y pide algo que no alcanzo a entender. Habla con tono urgente. Más que pedir, parece estar exigiendo. Valeria abre un cajón, saca un manojo de llaves y se las da.

Desde que llegué a Italia he visto sonreír a muy pocos de los chicos y chicas que he entrevistado. “¿Vale la pena que vengan aquí?” le pregunto a Valeria. “Después de haber dejado todo lo que tenían, ¿son más felices aquí de lo que lo eran en sus países?”

El chico del escritorio de al lado me mira. “Muchas veces he querido preguntarles eso mismo,” dice Valeria. “Algunos chicos no aceptan hacer las pasantías que se les ofrecen porque dicen que les pagan poco. Son 300 euros al mes, pero dicen que en sus países ganarían más. No piensan que, si lo hacen bien, podrían quedarse con un contrato de trabajo y con un sueldo mejor. Muchos de los que vienen quizás llevaban una buena vida en su país, pero sus padres los han enviado a Europa pensando que aquí estarían mejor. Otros realmente escaparon de situaciones muy difíciles.”

La madre del chiquito de dos años entra a la oficina y pide algo en un inglés que no alcanzo a entender. Valeria le pregunta si puede esperar cinco minutos hasta que termine de hablar conmigo. La mujer dice que no.

– ¡Ahora! ¡Ahora! –dice.

Valeria me pide disculpas.

-Todo siempre es urgente –dice, sin enojo, pero resignada, al salir de la oficina.

Me gustaría hablar con el chico, pero no me mira ni una sola vez. Me gustaría saber qué piensa de lo que hemos hablado. Si es más feliz aquí que en su país o si preferiría regresar. Cuando Valeria vuelve, retoma el hilo de la conversación. Me explica que esos 300 euros de las pasantías no los ponen las empresas, sino los SPRAR. Es decir, el Estado italiano. Se les paga a los chicos mientras hacen la pasantía porque se considera que es una manera de estudiar y prepararse para el trabajo mientras aún están dentro del sistema de acogida y tienen sus necesidades básicas cubiertas. Cada persona que vive en un SPRAR recibe 45 euros al mes para los pequeños gastos extras que puedan tener. “El objetivo de su estadía en un SPRAR es que aprendan italiano y que salgan preparados para conseguir trabajo”, explica Valeria. “Algunos lo entienden y lo saben aprovechar. Otros no. Quizás sólo cuando se hayan ido de aquí y tengan que vérselas solos, se den cuenta de que estábamos aquí para ayudarlos”.

Las tres muertes de mi padre | 28 de mayo de 2018

Episodio 3: Una testigo sin nombre

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Episodio 3:
Una testigo sin nombre

Investigar un asesinato terrorista cuando han pasado más de dos décadas no es fácil, ni mucho menos. Los testigos desaparecen e incluso mueren. Los documentos se estropean, se pierden o son destruidos. Las pruebas se desvanecen. Sin embargo, en ocasiones, una llamada puede cambiarlo todo.

Por Pablo Romero – Producción de Cuonda

7 de junio de 2018









Transcripción

Intro:

En 1993 ETA mató a mi padre en un atentado terrorista. Durante 20 años no hice nada por saber la verdad. Ahora, y después de una larguísima investigación, sé que hay mucho más de lo que me contaron. Ésta es la historia.

[VOZ EN OFF]

SIN MÚSICA

Investigar un asesinato terrorista cuando han pasado más de dos décadas no es fácil, ni mucho menos. Los testigos desaparecen e incluso mueren. Los documentos se estropean, se pierden o son destruidos. Las pruebas se desvanecen. Sin embargo, en ocasiones, una llamada puede cambiarlo todo.

[FIN VOZ EN OFF]
[CORTE / Efectos]
[PABLO]

Después de publicar la primera parte de la historia sobre la investigación del asesinato de mi padre, me quedé hecho polvo. Perdí 22 kilos en dos meses, en los que vomitaba sin parar. Tenía calambres muy dolorosos en la parte derecha de mi cuerpo. Perdí memoria y la capacidad de leer y escribir. Estaba desesperado.

Me puse en manos de médicos, psiquiatras y psicólogos. Iba a reuniones en hospitales, tomaba un montón de pastillas. Unos meses de baja médica más tarde, quedé desvinculado de EL ESPAÑOL.

[RAFAGA-EFECTOS]

Muy poca gente lo sabía entonces, creo que ni siquiera mi abogado lo sospechaba. En los textos de la serie había metido unos cuantos mensajes ocultos. La idea era que determinadas personas se pongan en contacto conmigo. Como si fuera una película de detectives. De locos.

Traté de mover la historia por varios medios: radios, televisiones… Necesitaba que el mensaje llegase a quien tenía que llegar. ¿Quizá un nuevo testigo? ¿Un político? ¿otro policía? Estaba agotado física y mentalmente, al límite de mis fuerzas.

[RAFAGA-EFECTOS]

Algunos me preguntaron por qué publiqué la historia ahora, cuando no estaba cerrada del todo. Sólo tenía pruebas de que García Corporales había sido uno de los miembros del comando que mató a mi padre. Él resultó investigado, sí, pero ¿hasta cuándo?

Una de las razones que me impulsaron a publicar fue intentar proteger a quienes me estaban ayudando entre bambalinas: si sacaba las crónicas, cualquier intento del juez por saber de dónde sacaba la información iba a chocar con el muro del derecho al secreto de fuentes. Pero estaba tan cansado…

[RAFAGA-EFECTOS]

De repente, sucedió el milagro. En noviembre de 2016 recibí una llamada de un policía retirado.

[FIN PABLO]
[CORTE POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 1]

“En la fecha de autos era de la Brigada Provincial de Información de Madrid”.

[FIN POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 1]
[YO]

Este tipo había sido uno de los primeros en llegar al lugar del atentado en el 93. Me llamaba desde fuera de Madrid. Hablaba muy despacio, parecía nervioso. Me dijo que había sido el jefe de uno de los primeros grupos policiales que habían llegado al lugar del atentado, el 21 de junio de 1993. Me dio su nombre y apellidos. Joder, me dio incluso el numero de identificación.

Había leído mis crónicas y me contó una historia increíble: que una ciudadana había localizado a dos terroristas del comando Madrid a principios del año 1993, les había perseguido por el paseo de la Castellana de la capital y había anotado el modelo, el color y la matrícula del coche en el que se habían montado: un Ford Fiesta rojo con placas M-0050-IX. Es decir, el mismo coche que estalló en segundo lugar el día de la masacre.

Pero es que su testimonio iba más allá, ya que identificaba -y abro comillas, “fehacientemente”- a María Soledad Iparraguirre, alias ‘Anboto’, y a Jesús García Corporales.

Tenía que hablar con él cara a cara. Reservé un coche y hotel, y me fui a verle a finales de aquel mes.

[RÁFAGA]

(música)

Él quedó en recogerme a la puerta de mi hotel a las 9:00 horas. Vino en un Mercedes plateado, enorme. Me monté en él y comenzó un viaje surrealista por todo el norte la provincia, que duró prácticamente la mañana entera.

Durante todo el trayecto, Carlos hablaba de su vida y yo escuchaba. Poco después, fuimos por una carretera muy estrecha hasta un antiguo cruceiro encima de un monte verde. ¡Menudas vistas!

Aparcó junto enfrente de la cruz mientras empezaba a llover. Las preguntas se me amontonaban. Puse en marcha la grabadora y Carlos comenzó a hablar.

[FIN PABLO]
[CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 2]

“Vamos a ver, existieron dos coches, el coche bomba en sí -el Opel Corsa que causa la matanza- y luego el otro, el que usan los autores para abandonar el lugar y que queda abandonado en la calle Serrano, como a unos 500 o 600 metros del lugar del atentado. La matrícula se identifica y llega a nuestro conocimiento -del grupo- llega unos meses antes. Creo recordar que a través de una comunicación de la comisaría del distrito de Tetuán nos dicen que había una señorita que, o bien ese día o el día anterior, estaba efectuando unas compras en El Corte Inglés del Paseo de la Castellana, concretamente en la sección de supermercado, y ve a una pareja comprando quesos. Y la chica reconoce, concretamente y fehacientemente, a una mujer: María Soledad Iparraguirre Guenechea, alias ‘Anboto’, que iba con un acompañante. Por el tiempo transcurrido no me atrevo a decir si fue el tantas veces mentado compañero sentimental José Javier Arizkuren Ruiz, alias ‘Kantauri’, o bien si era Jesús García Corporales, ‘Gitanillo’. Por tanto, en cuanto al varón ya no me atrevo a asertar nada porque no lo recuerdo. Eso sí, no yerro si digo que a Soledad Iparraguirre sí que la identifica.

La joven, sigilosamente, los persigue. Ellos cruzan la Castellana, se meten en el restaurante José Luis. No sé si consumen algo o no. Sí van a una cabina telefónica y hacen uso de ella. Vuelven a salir al exterior y unos metros más adelante se suben en un coche que tenían aparcado, un Ford Fiesta de color Rojo de cuya matrícula no me acuerdo.

Al día siguiente, si no fue ese día, sé que se personaron ella y su madre en la Brigada Provincial de Información de Madrid, Grupo III, a última hora de la tarde, sobre las 20:00 horas podría ser (no me atrevo a ser más exacto porque estamos hablando de hace más de 23 años). Juraría que se les toma declaración”.

[FIN CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 2]
[PABLO]

Así que teníamos el segundo coche del atentado circulando por Madrid con dos etarras a bordo unos meses antes. Y uno de los ocupantes era la sanguinaria Anboto, una histórica terrorista de ETA. El otro, García Corporales, el Gitanillo, a quien teníamos ya imputado. Con él había hablado en la cárcel de Vitoria meses antes sin tener ni idea de su implicación.

La declaración de la joven testigo desató una intensa búsqueda del vehículo por la capital en los primeros meses de 1993.

[FIN PABLO]
[CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 3]

Automáticamente, la brigada completa se echó a la calle una serie de días, de modo que cada grupo hacía recorridos por Madrid en busca de ese vehículo. De todo el mundo es sabido que los etarras no solían dejar los coches en la calle, hay que tener esto en cuenta: tenían sus lugares para ocultar los coches, independientemente de que podían disponer de varios juegos de matrículas falsas para cada uno de ellos. Igual veías un vehículo sospechosos pero cuya placa de matrícula no coincidía con la descrita por la señorita. Lo que está claro es que el choche se estuvo buscando, y no se encontró.

Cuando estábamos en el lugar del atentado, se produjo una explosión muy próxima, percibimos de hecho el estallido. A través de la radio, desde la emisora central de la Jefatura Superior, llegó a nuestro conocimiento que había estallado otro vehículo, un Ford Fiesta, etcétera. Y que estaba deteriorado, pero no tanto como para no ver la matrícula. Y ésta correspondía claramente al coche que nos había facilitado la joven. Es más: nos dijeron: “Y una de las ocupantes va herida”. Enseguida pensamos que podía ser ‘Anboto’, así que buscamos por los hospitales y al final hallamos que no era ella, sino otra persona que circulaba por el lugar en el momento de estallar el vehículo y que fue alcanzada por la explosión. Como siempre pasa, por desgracia, por efecto de las bombas además de los objetivos resultan heridas otras personas, y era el caso de esta señora.

Salimos pitando para allá, y cuando vimos el coche efectivamente todos comentamos: “Joder, el coche de la niña ésta”.

[FIN CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 3]
[PABLO]

¿Quién era esa chica? El inspector no lo recordaba. Pero su nombre tenía que estar, a la fuerza, en algún documento de la época en la que ella declaró en comisaría. Es lo lógico, ¿no?

[FIN PABLO]
[CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 4]

“La verdad es que no puedo… Bueno, puedo maliciar o imaginar pero… estamos hablando de cosas serias y la verdad es que no sé qué pudo pasar con la declaración de esta señorita. O bien si se remitió a la Audiencia Nacional, al juzgado que estuviera de guardia en ese momento… pero no lo sé, la verdad es que no lo sé”.

[FIN CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 4]
[YO]

Yo seguía insistiendo mientras la lluvia golpeaba sin misericordia el techo de aquel Mercedes. ¿Dónde estaba esa declaración? ¿Hay archivos en la Brigada Provincial? ¿Y en la central?

[FIN PABLO]
[CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 5]

“Cuando ocurría un atentado en Madrid, por razones de funcionalidad y operatividad de los grupos, cada uno redactaba e instruía sus propias diligencias, de las cuales el original, como es óbice, se remitía al juzgado de guardia de la Audiencia Nacional; creo recordar que una copia iba a la Fiscalía de la Audiencia; otra copia, al archivo central; otra, a la Comisaría General de Información; otra copia, al archivo de la brigada; por último, una sexta copia al archivo del grupo correspondiente.

[FIN CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 5]
[PABLO]

¿Cómo son esos papeles? ¿Qué descripción física tenían esos documentos depositados en el archivo del que fue su grupo? Y lo más importante, ¿dónde estaban? El inspector jubilado me contó cómo él mismo había protegido en su día los legajos del archivo de su grupo, que se estaban deteriorando.

[FIN PABLO]
[CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 6]

“A título personal y particular, compré unos rollos de forro de plástico, hice legajos nuevos y los forré con este material. Se trata de ese papel plástico adhesivo que se usan para forrar los libros de los niños, ¿me entiendes? De esa forma los papeles quedaban más protegidos y fortalecidos. El forro era de un color verde “pasto”. En el lomo de cada tomo iba una tira identificativa en la que se podía leer ‘ETA’ y el número del legajo”.

[…]

Sobre el año 1999 o quizá 2000, llegó un comisario a hacerse cargo de aquella brigada y como quiera que ETA se estaba haciendo “buena”, pues optó por mandar al sótano del edificio donde estaba alojada todo el archivo del grupo. Allí se fueron los legajos verdes, al menos la mayoría de ellos, tengo entendido. Y bueno, allí duermen, en ese sótano.

[FIN CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 6]
[PABLO]

A esas alturas no me quedaba más remedio que preguntarle al inspector: Si sobre el terreno, frente a los restos en llamas del atentado, tanto él como otros compañeros de su grupo caen en la cuenta de que el segundo coche del atentado es el mismo que estuvieron buscando ustedes durante un importante lapso de tiempo ese mismo años… ¿Por qué no llamaron otra vez a la joven que había localizado el vehículo e identificado a sus ocupantes?

[FIN PABLO]
[CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 7]

“Bueno, es que la ‘sorpresa’ vino una vez que dijimos: “anda, si es el coche de la niña…” ¿Volver a incidir en el tema del coche? La niña no nos iba a portar nada más. Bueno, digo niña pero era una señorita que estaba ya en la universidad…”.

[…]

“No iba a aportar nada más. ¿Qué iba a decir? ¿Que el mismo coche que había explotado era el mismo que ella había visto?”

[FIN CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 7]
[PABLO]

Y sin embargo, aquella niña, como la llamaba él, había realizado una identificación fehaciente de sus ocupantes, que eran terroristas del comando Madrid de ETA y, casi con seguridad, autores materiales de la masacre. Casi nada. El inspector se sentía cada vez más intimidado por mi insistencia.

[FIN PABLO]
[CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 8]

“Bueno… La verdad es que me has hecho una pregunta casi de fiscal. La verdad es que ahora mismo no recuerdo. Hasta casi me atrevería a decir que no se le volvió a tomar declaración a la señorita toda vez que…”.

[FIN CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 8]
[PABLO]

Efectivamente, no se le volvió a tomar declaración porque, de otro modo, tendría que aparecer en el sumario, y ahí no hay ni una sola referencia sobre este hecho de importancia crucial. Coño, es que se pudo haber identificado a los terroristas el mismo día que mataron a mi padre. ¡Y toda esta historia se hubiera cerrado entonces!

[FIN PABLO]
[CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 9]

De los atestados se hace responsable el instructor, bajo indicaciones del comisario. El que decide que sea el instructor es el comisario. (inciso). Era el comisario el que asignada el instructor. Las diligencias las firmaba él en primer lugar.

[…]

Si aquello no se mandó a la AN o si no se mandó, cosa que me extraña… pues no sé. No lo sé. Lo lógico y normal es que su hubiera hecho, era muy claro. ¿Que a lo mejor en un primer momento no se mandó a la AN? Si hay unas diligencias iniciales, si hay una declaración de tres, cuatro meses antes, cuando la señorita identificó a los terroristas y el coche, en la Castellana, en José Luis…? Quizá todo eso estaba guardado en un cajón.

[…]

Esta señorita vio a esta terrorista y dice que son… en uno de los coches, claro, claro…

[FIN CORTE: POLI CORTE VOZ DISTORSIONADA 9]
[PABLO]

Terminamos de conversar y Carlos arrancó el Mercedes. Salimos del paraje por otro camino rural. Íbamos en silencio.

[SILENCIO]

Volvimos a la ciudad. Me dejó enfrente del hotel en donde me había recogido cinco horas antes. Nos despedimos con un fuerte abrazo. Yo le pedí que declarase en la Audiencia Nacional. Podía hacerlo por escrito. Él aceptó.

Y yo me preguntaba, ¿cuál sería la reacción del juez ante semejante giro?

[FIN PABLO]

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Las tres muertes de mi padre | 28 de mayo de 2018

Episodio 1: El día de la masacre

saltoEdited

Episodio 1:
El día de la masacre

21 de junio de 1993. Madrid. Siete hombres iban en una furgoneta del Ejército del Aire, en plena hora punta. A las 8:15, estalló un Opel Corsa cargado con 40 kilos de amosal al paso del minibús, en la calle de Joaquín Costa, 61, justo a la salida de la glorieta de López de Hoyos. Murieron los siete.

Por Pablo Romero – Producción de Cuonda

24 de mayo de 2018









Transcripción

Intro:

En 1993 ETA mató a mi padre en un atentado terrorista. Durante 20 años no hice nada por saber la verdad. Ahora, y después de una larguísima investigación, sé que hay mucho más de lo que me contaron. Ésta es la historia.

[VOZ EN OFF]

SIN MÚSICA

Amanecía el 21 de junio de 1993 en Madrid. Siete hombres iban en una furgoneta del Ejército del Aire, en plena hora punta. A las 8:15, estalló un Opel Corsa cargado con 40 kilos de amosal al paso del minibús, en la calle de Joaquín Costa, 61, justo a la salida de la glorieta de López de Hoyos. Murieron los siete. El bombazo pudo escucharse en directo a través de los micrófonos de la antigua Antena 3 Radio.

[FIN VOZ EN OFF]

[CORTE Entrevista de Manuel Marlasca con Álvarez Cascos. Antena 3 Radio SER]

[RAFAGA – EFECTOS]

[PABLO]

El día que mataron a mi padre yo tenía un examen de física. Estaba en tercero de BUP. Tenia 17 años. Fíjate que creo que fui yo el último de mi familia que vio a mi padre con vida. Entró en mi habitación para pedirme prestado un bonobús: esa noche mis padres se iban de cena y habían quedado en casa de mi abuela para cambiarse.

Me acuerdo de que me molestó que me despertase de madrugada para esa tontería. El pobre me deseó suerte para ese examen. Ésa fue la última vez que vi a mi padre, a contraluz, en la puerta de mi cuarto. Ésa fue la ultima vez que escuche la voz de mi padre.

[EFECTOS]

[VOZ EN OFF]

Juan subió junto a sus compañeros a la furgoneta que cubría la ruta entre Alcalá de Henares y la sede del Estado Mayor de la Defensa, en Madrid. Todos ellos trabajaban allí menos Juan, que era profesor en el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN).

El atentado tuvo lugar al lado de la plaza de López de Hoyos. La explosión, activada con un mando a distancia, fue tan violenta que algunas partes del minibús -incluso restos humanos- aparecieron sobre el paso elevado que cruza esa plaza.

Una hora más tarde, otro coche -usado por los asesinos en su huida- explotó en la calle Serrano, 83 (cerca del primer ataque). Los terroristas usaron un temporizador en esa ocasión. Era un Ford Fiesta rojo.

[FIN VOZ EN OFF]

[RAFAGA – EFECTOS]

[PABLO]

Mi madre recuerda casi al minuto cómo vivió el día en que se quedó viuda, sola, a cargo de cuatro hijos. Mi padre, aquel lunes, se levantó de muy buen humor.

[FIN PABLO]

[ENTREVISTA: corte-madre-1]

Coincidió que se iba y me dio un tirón en los pies, en los dedos gordos de los pies. Porque era el 21 de junio, quiero decir, que hacía calor y salían los pies por debajo de las sábanas, y al pasar me dio el tirón (ríe) y me hizo mucha gracia, nunca lo olvidaré.

Luego pasa el día y entonces yo ya, pues… Todo el mundo a los colegios, a lo suyo, yo había quedado en ir a media mañana a la peluquería, cuando me entero por la radio -porque yo oigo muchísimo la radio- que había un atentado en Madrid. Y dije: “Pobrecitos, voy a rezarles un Padre Nuestro, que.. qué horror”. Y nada. Y estuve oyendo, y oyendo, y oyendo… Y no me fui a ningún sitio porque estaba ya con una intriga… Digo: “Pero qué pasará”…

Empecé a ponerme nerviosa y llamé a Madrid. Cuando yo calculé que tu padre tenía que estar en su trabajo, llamé a su trabajo. Me dijeron que no había llegado. Entonces llamé a cocheras, donde tenían que meter el coche, que yo conocía porque alguna vez había ido yo en ese autobusito. Y me dijeron que tampoco había llegado. Y digo: “Bueno, si no ha llegado, y está en un atasco, yo creo que Juan ha bajado del autobús, ha cogido un taxi y ha ido al trabajo. O andando incluso”. Porque no estaba tan lejos. Y volví a llamar al trabajo, y hablé con los compañeros, y me dijeron que el general había ido a informarse. Y ya entonces fue cuando me puse… Les dije: “¡Pero lo decís tan tranquilos! Si no sabéis nada de Juan…”. Y entonces pasó la mañana, me llamaba mi familia a ver qué pasaba. Y yo les decía: “¡Colgad, colgad, que si me tienen que dar alguna noticia tiene que estar el teléfono totalmente libre”. Y entonces fue cuando, al caer la mañana bastante (y yo ya estaba que no salía de casa, claro”…

Más tarde, como al mediodía, apareció un grupo de gente. Primero una amiga mía, vecina, mujer de un general, y me venía con unas pastillas en la mano. Y detrás, el general y compañeros. Y le digo: “No, no me des ninguna pastilla porque me estoy pensando ya lo que está pasando; es un momento muy malo para todos y una noticia muy desagradable que me vais a dar. Muy desagradable. Pero no quiero tomar nada, quiero ser consciente de los que me pasa…”.

Me dieron todos un abrazo. No me dijeron nada, me abrazaron y ya con eso… dijeron todo lo que tenían que decir con ese abrazo. Entonces yo… ahí estuve bastante fuerte, porque no me hacía a la idea de lo que me estaba pasando.

[FIN ENTREVISTA: corte-madre-1]

[RAFAGA – EFECTOS – SILENCIO – LO QUE SEA]

[PABLO]

Yo vivía con mi familia en la colonia de aviación de Alcalá de Henares, a unos 30 kilómetros de Madrid y casi en medio del campo. Son unos bloques de viviendas muy feos alrededor de una carretera que completa una vuelta. No había vallas ni protecciones, pero habíamos tenido durante años vigilancia de la policía militar.

A todos nos parecía normal mirar debajo del coche de vez en cuando. Teníamos normalizado que, en cualquier momento, alguien podía sabotear uno de los autobuses militares que se encontraban aparcados en la misma colonia. Vivíamos las amenazas de muerte como algo cotidiano, asumido, ¿no?

[RAFAGA – EFECTOS]

Aquel día, me enteré de que había habido un atentado al llegar a mi colegio por la mañana. Todos pensaban que había sido atacada una furgoneta de la Armada. Todo el mundo estaba indignado, yo también, pero ni me imaginé que que aquella lotería me había tocado a mí. De verdad que estaba estaba nervioso por el examen.

El Morales, mi profesor, me animaba a terminarlo mientras veía a mis compañeros que iban saliendo del aula. “Venga, que esto te lo sabes”, insistía. Él ya sabía la verdad, y me obligó a permanecer allí hasta que me quedé solo. Yo es que no me explico aún es cómo todo aquello me parecía normal. Como también me parecía normal que mi tía Rocío llegase para recogerme y llevarme a casa de mi madre, algo que jamás había pasado antes. Yo estaba en la luna, tan contento porque las vacaciones de verano empezaban ese día.

[RAFAGA – EFECTOS]

Mi tía y yo llegamos paramos en una gasolinera de la N-II para comer un bocadillo. Había una tele que estaba puesta a todo volumen y claro, la noticia era el doble atentado, pero ni me enteré. Luego supe que mi madre le había dado instrucciones muy especificas: quería contármelo todo ella, que nadie me lo dijese antes. Y quería que comiese algo antes. No me explico aún cómo lo consiguió Rocío.

[RAFAGA – EFECTOS]

Llegamos a casa. Todo estaba lleno de gente: las escaleras, el rellano. Había mucho humo de tabaco. La puerta estaba abierta de par en par. Todo el mundo me miraba pero seguía sin parecerme extraño. En realidad yo fui el último en enterarme de lo que pasó.

[FIN PABLO]

[ENTREVISTA: corte-madre-2]

Tú te enteraste porque llegaste a casa y decías: “Mamá, mamá, ¿y papá? Tengo que decirle que he hecho un examen estupendo, tengo que decírselo”. Y yo: “Pero si tu padre no está”. “¿Cómo que no está? ¡Tiene que estar!”. “Pablo, que no está tu padre, vamos a un cuarto y te voy a explicar”… Yo decía: “Pues no está. Es que yo todavía ni lo sé, pero tu padre no está”. No quería decirte más, no quería dramatizar más la historia, ¿no?

Mi obsesión es que no me vierais derrumbarme. Yo, en un momento que fue totalmente como automático, me hice una composición de lugar: esta gente, que ni pregunto por qué lo ha hecho ni me interesa que me explique nadie nada, no está mi marido y eso es lo peor. Pero lo que quería era que no tuvieran… no dar la razón de decir: “Otra viuda que hemos hundido en la miseria, un drama nacional, no sé qué…” No, no. Yo quería pasar desapercibida. Quería asumir, asumir lo que me pasó, asumirlo. Y aprender a vivir… que eso no se aprende nunca, vamos, siempre digo… Pero claro, es muy complicado, es que… explicarlo… Yo… Lo entendemos las viudas.

[FIN ENTREVISTA: corte-madre-2]

[PABLO]

Pero esa fortaleza ante una situación tan límite, tan tremenda, como el asesinato de un marido, de un padre… esa fortaleza que algunos nos autoimponemos tiene un límite.

[FIN PABLO]

[ENTREVISTA: corte-madre-3]

No sé por qué, llego mi hermana Mercedes, quizá porque estamos muy unidas las dos, y recuerdo que ya me puse a llorar como una Magdalena abrazada a mi hermana. Yo recuerdo eso perfectamente. Y luego ya me repuse como pude, y atendí al resto. Pero yo recuerdo que todo el mundo se desvivía, claro, estaban preocupados. Entonces resulta que tengo una vecina que… Porque claro un hermano mío me decía: “Venga, ven a la cocina, abre la boca…”. y me metía unos sandwiches de Mallorca, maravillosos, que había traído, y yo es que no, que no me pasa nada, no me pasa nada. Y eran las cinco de la tarde y yo no necesitaba nada. Y entonces pasó una vecina con un zumo de tomate, un buen de zumo de tomate fresquito, hasta arriba, y empecé a beberlo, a beberlo… y me sentí estupenda. Había perdido muchas sales, que hacía mucho calor ese día, y las recuperé con ese maravilloso zumo que me dio mi vecina Inmaculada. Que nunca se lo agradecí… siempre me acordaré de ese zumo.

No, yo es que lloraba en la habitación. Delante de vosotros, desde luego, yo hice un gran esfuerzo. Claro, luego al cabo de los años pues vienen las historias de las depresiones y las cosas, pero a mí… Estuve manteniendo mucho tiempo porque yo quería que salierais todos adelante.

[FIN ENTREVISTA: corte-madre-3]

[RAFAGA – EFECTOS – SILENCIO]

[PABLO]

De aquel día tengo recuerdos muy nítidos, pero muy íntimos. Había demasiada gente. Nadie sabía qué decir. Algunos llegaban llorando a moco tendido, otros llegaban tensos, firmes… Ciertos familiares y amigos estaban mudos, otros hablaban sin parar. Un lección que aprendí: cuando pasa algo así, ta tremendo, siempre es mejor cerrar el pico antes de decir alguna burrada. Aunque sea con la mejor de las intenciones.

[FIN PABLO]

[ENTREVISTA: corte-madre-4]

Había gente fantástica, reacciones muy buenas, de muchísimo cariño, muy prudente la gente… pero como hay gente para todo, pues claro, hubo también cosas desafortunadas, digamos. Por decir muy suavemente la palabra. Varias, varias personas que… que bueno, yo he querido olvidar. Ahora estoy recordando porque hay que decirlo, pero vamos, yo lo tengo más que superado, yo me centro en lo mío y ya está. Porque tiene que haber de todo en esta vida.

[FIN ENTREVISTA: corte-madre-4]

[PABLO]

Mi madre prefiere no contarlo, pero una vecina le dijo que tenía suerte de que su marido hubiera muerto asesinado en acto de servicio y no por un cáncer. Tal cual. A mí, por ejemplo, un familiar me dijo: “Pensaba que le había tocado a mis niñas, no sabes el día que llevo”. OJO, eso me lo dijo a mí, que acababa de perder a mi padre.

[FIN PABLO]

[

RAFAGA – EFECTOS – SILENCIO]

[PABLO]

Aparte de las reacciones, sí que hubo algo que me marcó profundamente y para siempre. Al día siguiente de la masacre, me acerqué a un bar a comprar tabaco. Vi en una mesa cercana a la barra un montón de periódicos de aquel día. No pude evitar abalanzarme sobre ellos. Recuerdo abrir el ABC. Recuerdo pasar las páginas y ver el horror del atentado en imágenes, todas ellas borrosas, de muy mala calidad. Recuerdo un primer plano de la cabeza y torso de mi padre, completamente carbonizado. Y me pregunté POR QUÉ, cuál era el valor informativo de esa foto. Lancé el periódico contra la pared, cabreadísimo. Yo creo que ya sabía que iba a ser periodista solamente para impedir que ese tipo de imágenes volvieran a manchar este oficio. No parece que haya tenido mucho éxito.

[RAFAGA – EFECTOS – SILENCIO]

La tarde anterior fuimos todos al velatorio, que se instaló en el patio del cuartel general del Ejército, en la plaza de Cibeles de Madrid.

[FIN PABLO]

[ENTREVISTA: corte-madre-5]

Estaban los siete… ataúdes. Entonces las viudas nos colocamos delante de nuestro ataúd, con las familias, con nuestros hijos. Nuestros hijos estaban todo el rato con nosotras. Y la familia que pudo entrar. Y entonces ahí estuvimos, rezando un responso, y llegó la noche. Y ya había que irse. Pero yo dije que no me iba de ahí, porque era la última noche que iba a estar al lado de mi marido. Yo no me podía irme de ahí. Y me quedé. Y a mis hijos, que eran más pequeños, les dije: “Idos para casa, para descansar, y mañana venís temprano, y ya está”. Pero no querían irse, pero les convencieron, les convencí y total, que logré que se fueran. Me quedé más tranquila quedándome sola. Y ahí estaba la gente muy pendiente de mi. Yo notaba que había hasta médicos y de todo. De vez en cuando me daban un café con leche, pero yo no me moví. No quería moverme.

[FIN ENTREVISTA: corte-madre-5]

[RAFAGA – EFECTOS – SILENCIO]

[PABLO]

Al día siguiente se celebró un funeral de Estado. Ahí estaban los siete ataúdes. Joder, qué visión. No quiero ni pensar qué habría dentro de cada uno. En un momento dado, el ministro de Defensa, Julián García Vargas, se aceró a mi madre…

[FIN PABLO]

[ENTREVISTA: corte-madre-6]

Pues recuerdo que era un momento que tenia que aprovecharlo. Porque claro, yo no sabía lo que iba a pasar con mi vida. Era una cosa que… Me sorprendió todo tanto que digo… Esto que hay una persona importante delante mía, yo tengo que aprovecharlo. Y hice un esfuerzo muy grande, claro. Estaban mis hijos al lado, además. Tenía que dar una imagen normal, vamos, normal, con gran esfuerzo. Entonces, cuando el ministro me preguntó cómo estaba y cómo veía el futuro… y yo le dije: “Yo, quiero un trabajo”. Estaba detrás de ponerme a trabajar, estaba preparándome ya, porque la pequeña mía tenía ya más de 10 años y entonces tenía tiempo para ponerme a trabajar. Y mi trabajo me apasionaba, soy trabajadora social. Y entonces el ministro dijo: “Tome nota”, le dijo al secretario. Y yo: “Como yo, las otras viudas también querrán trabajar, también habrá que preguntárselo”. Y entonces yo también pensé qué iba a pasar con la casa, no creo que me vaya a tener que ir de la casa con mis hijos… Porque  es que no tenía ni idea de qué iba a pasar. “No, no, no, no”, me dijeron. “La casa… seguís en la casa”.

[FIN ENTREVISTA: corte-madre-6]

[RAFAGA – EFECTOS – SILENCIO]

[PABLO]

Informativamente, el atentado duró un día y medio. En casa no hubo duelo. Había mucho que hacer. Teníamos que mantenernos enteros y serios. No recuerdo llantos o lamentaciones.

Pasó el verano y nos mudamos a otro piso en el mismo edificio; en el otro había demasiados recuerdos. Empezó el curso. Pasaron los meses. En casa no se hablaba de papá. Si surgía su nombre en la conversación era para comentar anécdotas. Cada uno cargó con su trauma a su modo.

A ver, yo sólo puedo hablar por mí: comencé a estudiar como un loco, me fui de casa becado por todas partes, me puse a trabajar en cuanto pude. Rompí con mi entorno anterior. Muy poca gente sabía que mi padre había sido asesinado por el comando Madrid de ETA; me daba pánico el estigma de ser una víctima del terrorismo. ¿Sabes? me jodía la idea de que la gente se apenara por mí de entrada; y, sobre todo, no quería que mi vida estuviese marcada por eso. Qué iluso, ¿verdad?

[RAFAGA – EFECTOS]

Durante 20 años no hice nada de nada. No investigué, no indiqué, no pregunté. Compré la versión oficial: mi padre había volado por los aires en una atentado. Y de repente, justo cuando iban a cumplirse dos décadas del atentado, todo cambió.

[FIN PABLO]

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Bilal | 22 de mayo de 2018

25 / Una tarde en casa de Emilio

Emilio y yo ya habíamos caminado juntos por la orilla del Tevere, ya habíamos comido en restaurantes y trattorias, ya habíamos paseado y tomado bastante más que una botella de vino.

Yo lo había ido a ver a su consultorio y él me había venido a buscar a donde me hospedaba. Y, ahora, me quedaba un solo día en Roma antes de partir.

Al día siguiente me iría en tren a Nápoles, luego en barco a Sicilia, luego de allí en avión a Lampedusa. Dentro de menos de veinticuatro horas me iría de Roma y, cuando volviera, lo haría sólo de paso antes de volver a Buenos Aires.

Llamé a Emilio por teléfono por la mañana. Hacía mucho frío y no teníamos ganas de salir. Emilio nunca me llamaba, ni tomaba la iniciativa de escribirme, pero siempre que yo lo hacía, él estaba. No decía nunca que no cuando le proponía que nos viéramos. Ese día yo no tenía ganas de hablar. Era sábado. Quería escribir. Pero también quería verlo. Me había despertado con algo que me pesaba. No sabía qué era. Emilio no tenía que trabajar pero yo quería empezar a darle forma a estos textos.

-¿Quieres venir a casa y escribes aquí? –dijo, cuando lo llamé.

¿Eso dijo? No sé. ¿Acaso tenemos manera de saber cómo sucedieron las cosas, realmente? Quizás fui yo quien lo propuso.

-Emilio, ¿puedo ir a escribir a tu casa esta tarde? No tengo ganas de estar sola.

Tal vez dije algo así.

-Sí, claro -dijo él. -¿Quieres almorzar acá?

¿Fue eso lo que dijo Emilio? No sé. ¿Importa qué dijo cada uno? Es curioso: en un relato se cuenta algo primero, luego otra cosa y, luego, una tercera. Pero la vida no es tan ordenada como los relatos. En la vida, los hechos y las palabras no son tan importantes como en la literatura. Lo más importante es lo que no se dice. Lo que no se dice impele todo lo demás. Lo que no se dice es la fuerza que da vida a la política, al arte, a las guerras. Todo aquello que no se dice. Aquello que no encuentra palabras pero que se manifiesta como pasión. Eso que tiembla. El pez dorado.

Ravioles de calabaza con una salsa que él había hecho a base de salvia fresca. Creo que eso almorzamos, sentados en su cocina. Y su casa era ordenada y limpia y luminosa. Y tomamos vino y para el postre sacó del armario una caja de madera y, mientras la abría, me explicó que era un dulce típico de Calabria, la zona donde había nacido. Pallone di fichi. La caja estaba llena de unas bolas algo más pequeñas que un puño. Por fuera estaban envueltas en hojas secas de higuera y, por dentro, tenían higos cocinados al sol. Los higos más dulces que he probado en mi vida.

-Esto se toma con un Marsala –dijo Emilio.

Cambió las copas y abrió una botella.

Me explicó que esa manera de hacer los higos es de la época cuando en verano había que guardar comida para el invierno.

Él hablaba y yo lo escuchaba sólo de a ratos porque la mayor parte del tiempo no escuchaba sino que intentaba no llorar porque sabía que al día siguiente me iría y, aunque me alegraba ir a Sicilia y a Lampedusa, partir de Roma también marcaba el inicio del último tramo del viaje. Extrañaría el Tevere, y esa ciudad eterna, y mis encuentros con Emilio, claro. Él seguía hablando. Es probable que ahora estuviera diciendo algo sobre el calendario gregoriano o sobre el imperio turco. No tengo manera de saberlo porque yo no lo escuchaba sino que me preguntaba cómo podía ser que él, siendo psiquiatra, no se diera cuenta de lo que me pasaba. ¿O acaso precisamente porque era psiquiatra sí se daba cuenta y por eso me hablaba del calendario gregoriano?

-¿Quieres escribir? –dijo, cuando terminamos los higos.

Dejamos la cocina y fuimos a la sala.

Emilio puso música: la Passacaglia de Heinrich Ignaz Fran von Biber, un violinista barroco, según me explicó, anterior a Corelli y Vivaldi y, en cierto modo, el precursor de Bach. Me miró incrédulo cuando le dije que me gustaba mucho la música barroca, pero que también podía pasarme la noche entera bailando rock o música electrónica.

-Yo fui serio desde niño –dijo, y preparó el caballete para ponerse a dibujar.

Eligió un papel especial. Dispuso sus carboncillos sobre una mesa. Se sentó en una banqueta baja, al lado de la ventana.

Afuera hacía mucho frío y, en teoría, yo estaba escribiendo. El violín sonaba dentro de casa de Emilio como si estuviéramos en una gruta.

Emilio no ríe casi nunca y, cuando lo hace, es de sus propios chistes, unos chistes que más que chistes son pequeños comentarios irónicos acerca de los asuntos humanos. Su visión acerca de nuestra especie es de un pesimismo que no admite réplica. “No sobreviviremos,” me había dicho unos días antes. “Este mundo terminará mal. Es probable que pasemos a otro Medioevo pero, sea como sea, acabaremos con nuestra propia especie.”

Emilio dibujaba frente a su caballete y yo dejé de escribir y me puse a mirar por la ventana el aire frío de afuera. Al día siguiente me iría. Y Emilio estaba dibujando y yo estaba en el sillón a dos o tres metros de él. Y el violín y sus armónicos sonaban en el silencio de la casa como si estuviéramos solos en el universo. Sobre el papel en el que dibujaba Emilio nacieron algunas líneas que, al rato, dejaron adivinar una nariz y una boca y que, después, ahora que yo había dejado de escribir, se habían convertido en el rostro de una mujer negra con el cabello envuelto en un turbante.

-¿No crees que después de mañana nos vamos a arrepentir de no haber aprovechado mejor el tiempo?

Esas fueron las palabras que creo que dije.

Podría haber hecho las cosas de otra manera. Podría haberme levantado del sillón, caminado hasta Emilio y abrazarlo. Si no lo hice fue porque no estaba segura de lo que sentía. Si no lo hice fue para cuidarlo a él de mí y para cuidarme yo también de mí. Hacía días, semanas, que vivía de pez dorado en pez dorado. ¿Cómo saber qué sentía, realmente? ¿Cómo encontrar las palabras para lo que sentía?

Emilio me miró no ya como me miraba en la cocina mientras hablaba de los higos, ni como me había mirado en su consultorio, ni tampoco como me había mirado de noche mientras caminábamos por el gran Foro Romano, sino que me miró como quien mira a una niña que no entiende las cosas más simples.

-Yo creo que tenemos algo maravilloso –dijo, sonriendo como si supiera algo que yo no tenía manera de saber. -¿O acaso a ti te parece que es muy frecuente que tú puedas estar escribiendo ahí tranquila y que yo pueda estar aquí, dibujando, y que no necesitemos hablar, ni decirnos nada, para sentirnos bien? Creo que tenemos esto que tenemos y que esto que tenemos es lo mejor que podemos tener. Cuando nos volvamos a encontrar lo seguiremos teniendo. Y si te estás refiriendo a los cuerpos -porque a eso te referías, ¿verdad?- si te estás refiriendo a los cuerpos, ¿crees que no lo he pensado yo también? ¿Pero qué sucedería si mezclamos los cuerpos con todo esto que ya tenemos? Lo echaríamos a perder. En cambio, así, nada se echará a perder.

Emilio dijo eso. O algo similar. En realidad, no sé bien qué dijo. Sólo sé que cuando terminó de hablar, se acercó a mí. Se acercó y me miró como si mirara a una niña pequeña que acaba de perder algo en la arena.

-Ven que te abrazo –dijo.

Ese hombre que ha tenido pacientes que han matado y visto matar, ese hombre que a veces logra salvar de la desesperación a algunas personas pero que otras veces no ha podido salvarlas, o no ha sabido ayudarlas a tiempo antes de que se quiten la vida, ese hombre se acercó a mí esa tarde fría. Y me abrazó mientras el sonido de un violín sonaba en las paredes de la caverna.

Bilal | 22 de mayo de 2018

El día que conocí a Bilal

Ahí estaba Bilal, igual que la primera vez que lo vi, lavando platos y sartenes desde sus dos metros de altura. Bruna lo saludó del lado de acá del vidrio.

Él sonrió en cuanto la vio y se secó las manos negras en un repasador blanco que colgaba de su delantal, también blanco. Cerró la canilla del agua y vino hacia nosotras.

-Sono contento di conoscerti –dijo sonriendo, cuando Bruna nos presentó, y me dio la mano. –Ho sentito parlare tanto di te.

Antes de ese día, yo había visto dos fotos de Bilal que me había enviado Bruna. Una era del día en que ellos se encontraron para que ella le diera mi carta y, la otra, lo mostraba disfrazado de Neptuno en una obra de teatro que habían preparado en la Scuola di Italiano. Bilal estaba serio en ambas. Ahora, en cambio, no dejaba de sonreír y su sonrisa era enorme, y amplia, y sincera, y de una bondad como no he visto nunca antes.

Sin dejar de sonreír, Bilal me miraba desde su altura y me preguntaba cómo la estaba pasando en Roma y yo no pude decir más que las menudencias que uno dice en esos casos.

¿Cuántas de las cosas más importantes que nos pasan en la vida suceden sólo en algún lugar adentro nuestro, algún lugar impreciso sin nombre exacto, un lugar que tiembla ante el recuerdo de algo que ya pasó o ante la posibilidad de algo que aún no es? Bilal tuvo una hermanita. El día que los moros entraron a su casa y mataron a sus padres, la niña estaba en la escuela. A Bilal lo llevaron en un camello, lo vendieron, y nunca más la vio. A veces, todavía hoy, se pregunta si ella estará viva. Quizás hoy esa niña sea una mujer y tenga una familia, en alguna parte del mundo. Quizás también ella fue vendida como esclava. O, quizás, no sobrevivió a los machetes de los árabes. Bilal no lo sabe y hay noches en las que aún sueña con ella.

Yo también tuve una hermanita que vivió apenas unas horas y cuya muerte debe haber marcado a mi madre para siempre. Sin embargo, mi madre nunca me ha hablado de ese dolor. Ahí quedó, en el lugar sin nombre. En el lugar que tiembla.

Durante los primeros meses en Roma, cuando Bilal iba a la consulta con Emilio, llegaba horas antes de la cita y se quedaba mirando el vacío, moviendo los labios como si hablara, pero sin decir nada. Cuando Mamadou lo llamaba para hacerlo entrar al consultorio, Emilio le preguntaba con quién había estado hablando y Bilal le decía que hablaba con su amigo. Su amigo era un mauritano que también había sido esclavo. Bilal lo conoció en Marruecos cuando ambos trabajaban en construcción y ahorraban dinero para ir a Europa. Trabajaron durante un año levantando bolsas de arena, poniendo ladrillos, cargando enormes cubas llenas de cemento bajo el sol abrasador. Cuando al cabo de un año no les pagaron, buscaron juntos trabajo en otro lugar. Juntos fueron contando los meses que faltaban para emprender el viaje a través del mar. Era la primera vez, desde sus nueve años, que Bilal volvía a tener a alguien a quien querer. La primera vez que tenía alguien con quien hablar. Se entendían sin necesidad de que mediaran demasiadas palabras. Su amigo. Su querido amigo. Y al fin ahorraron suficiente para la barca. Y, al fin, subieron a una barca que los llevaría a España pero, horas después de partir, en medio de una noche en la que la oscuridad del mar y la del cielo eran una sola y la misma, la policía marítima marroquí interceptó la barca y la hizo volver. Cuando llegaron a la costa de Marruecos, montaron a todos en un camión y, después de un día de viaje, los abandonaron en el desierto cerca de la frontera con Argelia. Los abandonaron vivos, pero los abandonaron para que murieran. Y si Bilal movía los labios en el consultorio de Emilio no era sólo porque extrañara a su amigo. Era porque no quería dejarlo ir. Era porque le hablaba. Era porque le decía, en voz muy baja, esta vez lo vamos a lograr. Movía los labios porque el amigo estaba enfermo. Se había enfermado en el desierto. Ardía en fiebre, y los demás le decían que lo dejara, le decían que no sobreviviría, trataban de convencer a Bilal de la necesidad de seguir adelante si no querían morir ellos también, pero Bilal no podía dejar a su amigo: era el único amigo que había tenido en toda su vida y, ahora, su amigo se estaba muriendo. Desde donde estaban podían ver las luces de de un pueblo. No quedaba muy lejos. Podrían haber pedido ayuda. Podrían haber pedido un médico. Pero ellos estaban huyendo y, si entraban al pueblo, seguramente los habrían entregado a la policía. “Vamos Bilal,” le decían. “Vamos que tenemos que seguir.” Pero Bilal parecía sordo: estaba arrodillado al lado del cuerpo de su amigo que ya no respiraba, cómo podía abandonarlo así, en medio del desierto, cómo podía dejar sin enterrar el cuerpo del que había sido su amigo.

“Podría haber sido yo.” Eso le decía a Emilio. Y Emilio, a su vez, me lo decía a mí: “La muerte de su amigo fue para él tan traumática como lo que le pasó en su infancia. Ambas muertes, la de sus padres y la de su amigo, se superponían en su memoria.” El color de la sangre. Los gritos. Los machetes. La voz que dice: “¡No! ¡A ese no!” Y el amigo que muere en el desierto y al que Bilal quiere enterrar antes de irse, el amigo al que no quiere dejar porque sería como volver a perder a sus padres y, también, como volver a salvarse. La muerte, de nuevo, le había pasado al lado pero no lo había tocado a él, sino a las personas que más amaba. A las únicas que tenía.

“Podría haber sido yo.”

Todos podríamos haber sido otros.

Y allí estaba Bilal. Y allí estaba Bruna. Y allí estaba yo. Y Bilal no sabía que yo conocía a Emilio y yo no sabía de él más que las cosas que he contado y Bilal me preguntaba si estaba contenta en Roma y cuánto tiempo más me quedaría y yo le decía que dentro de pocos días partiría a Sicilia y luego a Lampedusa y él me deseaba buen viaje sin sospechar que si no fuera por él, si no fuera por una suma de azares tan improbables como todo azar, tampoco yo estaría ahí. Si no fuera por una suma de azares, Bilal tampoco estaría aquí. Podría haber muerto, en vez de su amigo. Podría haber muerto el mismo día que mataron a sus padres.

Me doy cuenta de que escribo para encontrar palabras que puedan señalar aquel lugar que tiembla. Un pez dorado que por un momento refulge en el mar cuando lo alcanza un rayo de sol. No escribo para contar historias. Escribo para buscarle un nombre a ese lugar o, quizás, ni siquiera para encontrar un nombre sino tan sólo para, a veces, por un instante, apenas, hacer temblar ese lugar, ese pez, en otras personas, en otro mar.

Bilal está vivo.

“Podría haber sido yo.”

Cualquiera de nosotros podría haber sido otro. Podríamos no estar vivos. Lo estamos, por azar. Nos hemos salvado de la esclavitud, de la guerra, del hambre, por azar. Nos hemos salvado de atravesar desiertos y mares, por azar. Nos hemos salvado de ser comprados y vendidos. Hemos nacido en este tiempo, en esta geografía, siendo los que somos sin haber hecho nada para ganarnos este lugar. Podríamos ser otros. Y también podríamos no ser.

Bilal | 22 de mayo de 2018

En la escuela de Bilal

Voy a visitar la Scuola di Italiano en donde Bilal aprendió el idioma. Es la misma escuela gestionada por maestros voluntarios en cuyo sitio de Internet encontré, dos meses antes, el pequeño artículo en el que una maestra hablaba de un alumno mauritano que había conseguido trabajo como pastor en las afueras de Roma.

La misma a la que el 22 de diciembre llamé por teléfono para hablar con Bruna Fioramonti, esa maestra. Hoy es 7 de marzo y estoy aquí, en esta escuela, invitada por Bruna para conversar con sus alumnos.

Siento que entre diciembre y hoy han pasado siglos. No soy la misma de entonces. He escuchado cosas que jamás pensé escuchar. La clase es de nueve a doce y Bruna me ha dicho que a esa hora iremos a Mercato Centrale para que me presente a Bilal. Yo no se lo pedí. Ella lo decidió así.

Más que una escuela, son tres habitaciones en un edificio viejo y lleno de humedad. La primera habitación queda en la planta baja y tiene una puerta de vidrio que da directamente a la calle. Desde afuera, se ven las sillas, la pizarra, los alumnos sentados mirando hacia adelante. No hay una entrada propiamente dicha: abro la puerta y ya estoy en el aula. Una maestra de mediana edad me saluda con un gesto y continúa la lección frente a un grupo de adultos. Bruna me está esperando en otra de las aulas pero, antes de ir, decido sentarme aquí a escuchar la lección en la última fila. La maestra conjuga el verbo “ser” en la pizarra y, mientras escribe, va leyendo en voz alta.

Io sono
Tu sei
Lui è
Lei è
Noi siamo
Voi siete
Loro sono

Es una mujer de mediana edad, seguramente jubilada. Cuando termina de escribir gira hasta quedar mirando a la clase y dice: “Io sono italiana.” A continuación, pronuncia una oración simple con cada pronombre, señalando a distintos alumnos según el caso. “Tu sei del Bangladesh.” “Lui è dell´Eritrea.” Luego pide a los alumnos que construyan, ellos, una oración conjugando el verbo. Como ninguno levanta la mano, la maestra señala a una chica joven con aspecto hindú que con gran esfuerzo empieza a leer de la pizarra. “Io sono…” dice, pero no logra agregar nada más. La maestra la ayuda y luego le hace repetir la oración. El segundo es un hombre que debe rondar los cuarenta. “Tu sei italiana,” dice, refiriéndose a la maestra. Ahora le toca el turno a una mujer negra de la primera fila. La maestra la señala, pero ella niega con la cabeza y se niega a intentar el ejercicio. Por la manera en que lo hace, adivino que es analfabeta, incluso en su lengua madre. Tal vez, como Bilal, esta sea la primera vez que va a la escuela.

Me gustaría hablar con cada uno de ellos. Me gustaría saber de dónde vienen y cómo llegaron aquí. Me gustaría saber qué sienten del invierno, preguntarles cómo era su vida antes de venir, si tuvieron miedo en el camino y si les gustaría volver a sus países. Me gustaría saber qué sueñan, qué anhelan. Si sienten que han encontrado lo que buscaban.

En un rincón del aula hay una escalera de metal en forma de caracol. Cuando subo, me encuentro en una habitación dividida en dos aulas mediante un tabique. En la primera hay un maestro y un grupo de alumnos. En la segunda, Bruna me recibe con alegría y me presenta a sus alumnos: una mujer de China, otra de Mali, un chico joven de Senegal, uno de Somalia, uno de Nigeria, uno de Camerún, dos peruanas, una ecuatoriana y una eslovena. Este grupo es el más avanzado de los tres y también Bilal estuvo sentado estas sillas plásticas alguna vez. Les cuento a los alumnos qué he venido a hacer y les pregunto si quieren contarme algo de sus vidas para que la gente de mi país los conozca.

La primera en hablarme es Lidia. Tiene sesenta años y nació en Ecuador. Llegó a Italia en 2001 con visa de turista, escapando de un marido golpeador. Es la décima hija de una familia muy pobre. “Mi mamá me regaló a otra familia cuando yo tenía ocho años,” dice, en un italiano con acento latinoamericano. A los dieciséis años, Lidia empezó a trabajar como empleada doméstica y su patrona le enseñó a leer y escribir. Se casó cuando tenía veinte y aguantó los maltratos del marido hasta que decidió venir a Italia. Poco tiempo después de llegar a Roma, conoció a un italiano que trabaja en el correo y está casada con él desde hace cinco años. Viene a la escuela porque es gratis y porque quiere aprender a hablar mejor el italiano.

Pamela tiene veinticinco años y es peruana. Es la segunda en hablarme. Ya van a ser casi las doce y algunos de los alumnos piden permiso para irse: almuerzan en Caritas, cerca de la escuela, y si se demoran en llegar quizás la cola sea ya demasiado larga y no alcance la comida antes de que les toque el turno. Pamela está en Italia desde hace menos de un año. También ella ingresó con visa de turista y ahora está aquí ilegalmente. En Perú dejó tres hijos pequeños a los que extraña mucho. Trabajaba como peluquera, pero el marido la dejó sola con los niños y a ella su sueldo no le alcanzaba para mantenerlos. Por eso decidió dejarlos con su madre y probar suerte en Italia. “Una señora que fue a la peluquería me convenció de que viniera. Los que viven acá parecen millonarios cuando van a Perú y te hacen creer que aquí todo es fácil.” Pamela pidió plata prestada para comprar el pasaje y ahora está ahorrando para poder devolver ese dinero. Trabaja cuidando a una anciana desde las cuatro de la tarde hasta las nueve de la mañana. A esa hora, sale y viene a la escuela. A mediodía, almuerza en Caritas. Luego pasea por Roma hasta la hora de entrar de nuevo a trabajar.

Julia también es peruana, tiene cuarenta años y ha dejado allá a un hijo de de tres y a otro de seis. “Los extraño mucho,” dice, y empieza a llorar. Hace apenas cuatro meses que está en Italia y, desde entonces, no ha encontrado trabajo. Antes de venir aquí vivió cinco años en Venezuela pero cuando la situación allá se tornó insostenible, ella y su marido decidieron volver a Perú. Al poco tiempo de regresar, una amiga la convenció de venir a Italia y le prestó plata para el pasaje. Julia solloza mientras cuenta su historia. No sabe qué hacer con su vida. No tiene dinero para comprar un pasaje de regreso a Lima y le angustia no poder devolver el monto que le prestaron. Querría, al menos, poder mandar plata para sus hijos. Se le mezclan las ideas. Está en un laberinto sin salida: quiere volver pero no tiene dinero para hacerlo y, al mismo tiempo, no quiere volver porque sentiría que ha fracasado. Vive con una señora mayor que le da una habitación a cambio de que ella limpie su casa. El sólo recuerdo de sus niños la sume de nuevo en llanto.

Favour tiene veinticuatro años y nació en Obegwu, una aldea en el estado Imo, en Nigeria. Tiene un rostro precioso, facciones armónicas y ojos enormes y vivaces. “Trabajaba vendiendo agua,” dice. Llegó a Italia en 2015. “Nunca fui feliz en Nigeria. Aquí, en cambio, todos me tratan bien.” Cuando recién llegó, Favour vivió en una “casa famiglia”, luego trabajó cuidando a una anciana, y ahora está sin trabajo. Le pregunto si pasó por Libia y me dice que estuvo allí seis meses. Me mira con intensidad, como si ella y yo supiéramos algo que los demás no saben. “Me han contado cosas espantosas de Libia,” digo. “Es un infierno,” dice ella, y mira a las demás mujeres de la clase. “Me tenían en un cuarto, encerrada con llave. Venían hombres todos los días. Sólo abrían la puerta para dejarlos entrar y salir. Un día, uno de ellos me ayudó a escapar, pero le dispararon y se murió ahí mismo. Yo seguí corriendo y me escondí en una casa abandonada.”

Favour vivió varios meses en esa casa. “Salía sólo de noche a buscar comida en la basura.” Pero un día la policía la encontró escarbando en la inmundicia. “Me llevaron a un lugar donde había miles de personas. Hombres, mujeres, niños. Unos sobre otros, amontonados. No nos daban comida. Nos pegaban. Nos…” Favour se detiene. No puede seguir hablando y yo no pregunto nada más.

A las doce, los alumnos se despiden y salen del aula.

Bruna me toma del brazo.

-¿Vamos a conocer a Bilal? –dice.

Agarro mi cartera y me la cuelgo del hombro de la misma manera en que lo hago siempre. Bajo las escaleras con la misma facilidad con que las subí hace un rato. Nada indica que este sea un día especial. Mientras cruzamos Via Giolitti, tomadas del brazo, voy en silencio. No le cuento a Bruna que ya he visto a Bilal de lejos. No le digo que cuando lo vi preferí no hablarle. Camino como si este fuera un día cualquiera, con los mismos pasos y los mismos movimientos de siempre. Tampoco le digo que hoy, 7 de marzo, es mi cumpleaños y que esta es mi manera de celebrarlo.

Bilal | 22 de mayo de 2018

22 / Un chico afortunado

Cualquiera de los refugiados que entrevisté querría tener la suerte que ha tenido Mamadou. Es un joven de modales suaves que responde a mis preguntas con amabilidad. Habla italiano mucho mejor que los demás chicos a los que he entrevistado.

Nos conocimos hace unos días en el SaMiFo, el centro de asistencia médica para inmigrantes forzados donde atiende Emilio y en el que Mamadou trabaja como intérprete intercultural entre los médicos italianos y los pacientes que hablan wolof, uno de los idiomas que se hablan en Senegal, Gambia y Mauritania.

Fue Mamadou quien hizo de intérprete entre Bilal y Emilio en cada una de sus citas. Este chico sabe tanto de Bilal como el mismo Emilio y, muy probablemente, mucho más de lo que nunca sabré yo. El día que lo conocí, Mamadou me dijo que cuando Bilal venía a las primeras citas estaba como ido. “Llegaba una o dos horas antes y se quedaba sentado en la sala de espera, hablando solo.”

Hoy nos encontramos en un café desde el que se ve la Basilica di Santa Maria Maggiore y nos sentamos en una mesa en la vereda. Es el primer día que no llueve desde hace dos semanas. El cielo es de un celeste inmaculado y el sol refulge sobre la torre y la majestuosa fachada a dos alturas de la iglesia. Mamadou la mira y me cuenta que estuvo allí hace algunos años, en un paseo organizado por su escuela. Se enorgullece de haber entrado y me explica que muchos chicos musulmanes de su clase se negaron a hacerlo.

Mamadou es hijo de un imán. Ese fue su primer golpe de suerte. Nació con esa estrella. Me explica que en Gambia, su país, no es obligatorio ir a la escuela. Los niños van a estudiar a una dhara, un lugar “iluminado con fogatas” en el que viven desde los siete años hasta pasada su adolescencia. Ahí estudian el Corán bajo la tutela de un imán. Las madres no tienen derecho a visitar a sus hijos en la dhara. Los padres, en cambio, pueden verlos una vez al año. Algunas familias le pagan al imán por la educación de sus hijos, pero hay muchas que no pueden hacerlo y, en ese caso, después de las horas de clase, los niños deben trabajar o pedir limosna para pagar por su comida y su educación coránica.

-Mi padre es un hombre famoso: van a escucharlo desde otras ciudades- dice Mamadou. –La dhara quedaba al lado de mi casa. Tuve suerte: no tuve que separarme de mi mamá.

Mamadou fue muy estudioso desde pequeño: iba a la escuela inglesa, además de a la dhara.

-Nunca tuve tiempo para jugar –dice, pero en su voz no descubro ni un atisbo de lamento.

Cuando Mamadou cumplió dieciocho, su padre lo envió a estudiar a Banjul, la capital de Gambia y lo encomendó al cuidado de otro imán.

-Mi padre tenía miedo de que yo fumara, de que empezara a beber o saliera con chicas y de que siguiera mi vida sin religión. Pero gracias a Dios nunca he hecho esas cosas.

Corría el año 2010 y en Gambia gobernaba el dictador Yahya Jammeh, que había dado un golpe militar en 1994.

-La dictadura le hacía mal a las personas, -dice Mamadou, sin entrar en detalles. -Incluso si estudiabas, no podías hacer lo que querías.

Aunque él no tuvo grandes problemas, decidió ir a Nigeria porque pensó que allí podría “desarrollarse más”. Estudió dos años de economía en Abuya, mientras trabajaba en una oficina “sacando cuentas” hasta que un día robaron todos los equipos de la compañía y él se quedó sin trabajo. Fue entonces cuando decidió venir a Europa sin decirle nada a su padre.

-Si le hubiera dicho, habría tenido que volver.

La astucia de Mamadou hizo que su paso por Libia fuera de apenas un mes y sin grandes infortunios.

-Tuve suerte porque fui durante Ramadán y en ese mes los libios no te hacen tanto daño.

Él lo llama “suerte” pero supongo que es la forma elegante y modesta que tiene de decirme que decidió viajar en esa época precisamente por eso. Tampoco me lo dice explícitamente, pero me doy cuenta de que averiguó muy bien los pormenores del viaje antes de partir.

-En el camino desde Nigeria hasta Saba, en Libia, y luego de Saba a Trípoli, a través del desierto, la policía te para a cada rato y, si tienes plata, te la sacan, -dice. -Yo tuve suerte porque nadie descubrió mi dinero. Había descosido la parte del jean en donde va el cinturón y lo tenía escondido allí. Muchos chicos tienen problemas porque si no tienen dinero para pagar el viaje, los libios los obligan a trabajar para bandas de criminales o llaman a sus familias para pedir rescate.

Cada vez que Mamadou necesitaba pagar por un tramo del viaje, descosía sin que nadie lo viera la pretina de su pantalón, sacaba dinero, y la volvía a coser. Así viajó desde Nigeria a Trípoli sin grandes inconvenientes.

-Lo primero que hice cuando llegué a Trípoli fue ir a rezar a una mezquita. Allí un imán me vio leyendo el Corán. Me preguntó si sabía árabe y le dije que podía recitarlo de memoria y que también sabía inglés.

El imán quedó tan impresionado con Mamadou, que enseguida lo ayudó a encontrar trabajo y le permitió dormir escondido por las noches en el baño de la mezquita.

-Tenía que esconderme porque en Libia no quieren a los negros. Por las mañanas, el imán me llevaba al trabajo en su auto para que yo no estuviera solo en la calle.

Al cabo de un mes, Mamadou había ganado suficiente dinero como para pagar por el viaje en la barca que lo llevaría desde Trípoli hasta la costa italiana. Se apresuró a partir antes de que terminara el Ramadán y la maldad de los libios volviera a desatarse en toda su magnitud.

Mamadou aprendió italiano con facilidad y, en vista de que en Gambia había una dictadura, Italia le concedió asilo humanitario. Actualmente, además de trabajar algunas horas por semana como intérprete en el SaMiFo, también trabaja todos los días en una pizzería de Via dei Serpenti. Ha viajado a Francia, Holanda y Finlandia y piensa cambiar pronto su status de refugiado por una visa de trabajo. Continua haciendo sus oraciones cinco veces al día y ayunando durante el Ramadán.

Le pregunto si ha hecho amigos italianos y me dice que no.

-Soy tímido y no voy a discotecas. Mi padre no me dejaba salir con chicas. Aquí la gente joven prefiere disfrutar, tener dinero, manejar un auto, pero a mí esas cosas no me interesan. Conozco muchos chicos africanos que desde que llegaron aquí han cambiado completamente: al principio los veía rezando, pero ahora ya no les importa.

Mamadou se queda callado después de que responde a cada una de mis preguntas. El silencio no parece incomodarle y aunque contesta con detalle, nunca habla nunca más de lo necesario.

Le pregunto qué es, para él, la felicidad.

-Yo soy feliz cuando cumplo mis metas -dice. –Cada año me propongo algo y, cuando lo cumplo, soy feliz. El primer año aquí aprendí italiano. El segundo, conseguí trabajo. Ahora me gustaría empezar a estudiar Derecho en la universidad pública. Creo que estamos en el mundo para alabar a Dios y para trabajar. No para transgredir.

Se acerca la hora en que él debe entrar a su trabajo y pido la cuenta. Quisiera preguntarle por Bilal, pero sé que no debo hacerlo. En cambio, le pregunto de qué manera le afecta ser testigo de los encuentros de Emilio con sus pacientes.

-He escuchado a gente que ha sufrido tanto que a veces me parece que eso me está pasando a mí -dice. –Aprendo algunas de esas historias de memoria. Hay chicos que ni siquiera quieren comer después de todo lo que les ha tocado vivir.

Estamos a punto de levantarnos de la mesa cuando, de pronto, Mamadou dice:

-Extraño mucho a mi mamá.

Es la primera vez en nuestra conversación en que ha tomado la iniciativa de hablar sobre algún tema.

-Quiero ir a visitarla a fin de este año –agrega. -Pero tengo miedo de ir.

-¿Qué es lo que te da miedo? -pregunto.

-Creo que me van a tender una trampa y que, en cuanto llegue, mi papá me va a decir que me tengo que casar. Quiero ver a mi mamá pero eso no me gusta tanto.

-¿No puedes hablar con tu padre y explicarle que no quieres casarte?

-Es muy difícil hablar con él. Esas personas están acostumbradas a mandar. Ellos mandan y tú no decides nada –dice Mamadou. –Si me pide que lo haga, no voy a tener alternativa. Para él este es el tiempo justo. Después de los veinte años, te tienes casar para no hacer las cosas fuera del matrimonio. Antes yo no podía decirle que no y ahora me va a pasar lo mismo.

Cuando nos levantamos de la mesa, al fondo suena una canción de Madonna.

Bilal | 16 de mayo de 2018

21 / Contigo encontré una familia

Me escribía todas las mañanas: me preguntaba cómo había dormido y me deseaba un buen día. Me escribía todas las noches: preguntaba cómo había estado mi día y me decía: “Ahora tienes que descansar”.

Él, que había atravesado el desierto, él, que había estado en Libia, él, que había pedido una reunión con el gobernador de Bamenda para reclamar porque en la universidad los obligaban a estudiar en francés aunque el inglés también fuera una lengua oficial en Camerún, él, que había perdido a sus padres porque la policía lo había ido a buscar y no lo había encontrado, él, que tenia veintitrés años, me decía: “Tienes que alimentarte bien”.

No sé cuánta responsabilidad tengo en lo que pasó después. Quizás hice las cosas mal. Quizás no debería haberle hablado de la manera en que lo hice. Quizás tendría que haberme limitado a hacer como con las demás personas que entrevisté: tendría que haberme bastado con hacer preguntas y escuchar, sin hablar de mí, sin mostrarme. Quizás el error estuvo en acercarme demasiado. Pero él me había hablado entregándome algo suyo, hondo y verdadero. A diferencia de los otros chicos y chicas que entrevisté, Bryan no sólo me había contado los hechos, sino que me había mostrado su dolor, sus miedos, su incertidumbre… y yo no supe mantener cerrada la frontera entre su sensibilidad y la mía. La noche en que lo conocí sentí que la mejor manera de responder a su confianza era confiando en él. Hablarle de mis propios miedos y de mi dolor me pareció un modo de devolverle algo de todo lo que él me estaba dando. El único modo de darle algo verdadero. Ocurrió naturalmente. Nos acercamos demasiado sin premeditarlo.

“Cuando hablo contigo me acuerdo de mi mamá,” me dijo en un Whatsapp, algunos días después de que lo conocí. “Cuando me escribes siempre pienso en ella.”

Yo no le escribía tanto. Por lo general le contestaba horas después de recibir sus mensajes porque durante esas semanas pasaba todo el día afuera, haciendo entrevistas. Sin embargo, cuando él me decía que no estaba bien, yo intentaba hacerlo sentir mejor de alguna manera. “Qué mundo extraño,” le dije una vez. “Tú no querías dejar tu país ni a tu familia pero tuviste que irte. Mi hijo, en cambio, decidió dejar su país y vivir en el otro lado del mundo, lejos de todos lo que conoció. Pero la vida siempre sigue. Acuérdate de eso: la vida sigue.” Cuando le decía cosas como esa, yo no buscaba comparar su dolor con el mío: apenas intentaba hacerlo sentir menos solo. Intentaba darle algo de mí. “Me gustaría conocer a tu hijo,” dijo una vez.

Dos chicos de veintitrés años. Uno de Bamenda, viviendo en Roma. Uno de Buenos Aires, viviendo en Tokio. Sin darme cuenta, de a ratos, sentía que había empezado a tener dos hijos.

Faltaban pocos días para irme de Roma. De allí iría a Napoli, a Sicilia y a Lampedusa. Me quedaban varias entrevistas por hacer, gente a la que ver, lugares a donde ir. Vi a Bryan una vez más: almorzamos juntos el día de mi cumpleaños. Un joven negro y una mujer blanca comían en una pizzería romana en la que sólo había gente blanca. La moza, una chica rubia, nos miraba. Mejor dicho: me miraba y hacía todo lo posible por no mirarlo a él. Traté de hacerlo reír mientras comíamos. A la salida, nos hicimos selfies. Le quité su gorra roja y me la puse. “Eres muy graciosa,” decía. Yo estaba contenta de que se riera. Vi en él al chico que había sido alguna vez. Al chico no contaminado por la política y las pérdidas que vinieron después. Vi al chico alegre que podría llegar a ser si algún día lograba superar todo lo que le había pasado.

“Por favor, ¿tienes que irte ahora? Me gustaría volver a verte.” Eso me dijo en un Whatsapp cuando yo ya estaba en el tren que iba de Roma a Napoli. “Por favor, ¿puedo verte antes de que te vayas de Italia? Contigo siento como si tuviera una familia.” Eso me escribió una mañana cuando yo estaba ya en Sicilia. Le expliqué que volvería a Roma sólo por unas horas antes de tomar el avión que me traería a Buenos Aires. Esa noche, cuando volví al hotel, encontré una llamada perdida suya pero era tarde y no se la devolví. Al día siguiente, llamó cuando yo estaba en camino al aeropuerto de Palermo para ir a Lampedusa. Yo estaba hablando con mi madre, que está en Argentina. Mi madre tiene 90 años y cada vez que viajo me voy con miedo. Pensaba llamar a Bryan en cuanto terminara de hablar con ella, pero Bryan seguía llamando una y otra vez. “¿Puedes atender el teléfono?” me escribió en un mensaje y, en seguida, volvió a llamar. “Tienes que atender mi llamada. Tengo algo importante que decirte.” En total, llamó seis veces. Una después de la otra. Me despedí de mamá y atendí a Bryan. Me dijo que necesitaba verme otra vez. También dijo que se sentía muy mal. Yo le preguntaba qué le pasaba exactamente, pero él no me daba detalles. Sonaba desesperado. Intenté decirle que yo no podía hacer nada. Intenté hacerle entender que acababa de llegar al aeropuerto y que tenía que tomar un avión. No recuerdo con exactitud qué más me dijo. Sólo recuerdo la urgencia. Sólo recuerdo que me pedía algo que yo no podía darle y que yo no sabía cómo responder. Estaba frente al mostrador de la línea aérea en el aeropuerto y Bryan no quería despedirse. No me dejaba terminar la llamada. Probablemente me decía que no tenía razón para vivir. Probablemente me decía que en mí había encontrado una razón pero que ahora yo me había ido. No sé. He olvidado por completo el contenido de esa conversación. Sólo recuerdo que mis opciones eran perder el avión o seguir hablando con Bryan. Sólo recuerdo que le dije que tenía que colgar y que, cuando al fin colgué, llamé a Emilio inmediatamente.

-Bryan está amenazando con suicidarse, Emilio. ¿Qué hago?

La calma de Emilio me dejó helada.

-Ese no es tu problema, Mori. Si Bryan se mata, no hay nada que hacer. Si lo intenta y no lo logra, ya me ocuparé yo. Te has involucrado demasiado.

Cuando terminé de hablar con Emilio recibí un Whatsapp.

“Olvídate de que conoces a alguien que se llama Bryan.”

Eso decía.

Series | 10 de mayo de 2018

Ilustración: Mana Le Calvet

Quién es Noé Ruiz, una de las dos mujeres que se sienta en la mesa chica de la CGT

La vida de Noé Ruiz parece ser una cadena de hechos contradictorios. Siendo mujer, se sienta en la mesa chica de la CGT (Confederación General del Trabajo de la República Argentina). Siendo hija de una familia acomodada, fue madre a los 16 años. Crió a su hijo mientras trabajaba como modelo de alta costura, repartiéndose entre desfiles y campañas en el exterior.

Cuando recién se estaba introduciendo en el intrincado mundo sindical, la primera persona que la llamó “dirigente” fue Domingo Cavallo.

Ruiz es la representante del sindicato de Modelos y una de las dos mujeres en la dirigencia de la CGT (la otra es Sandra Maiorana, de Médicos). También está al frente de la Secretaría de Género y Oportunidad. Y es desde ese lugar que trabaja para evitar que sus aparentes contradicciones sean una excepción y se conviertan en una situación cotidiana.

Sus objetivos son lograr el reconocimiento de los modelos como trabajadores con derechos y no como objetos con una vida útil limitada y la inclusión de la mujer en una situación de igualdad laboral.

“Los compañeros sindicalistas han cambiado, pero no tanto como para darnos a las mujeres sus puestos. Si la mujer quiere cambios, tiene que afiliarse. Hay que dejar de pensar que es una traba para crecer en el trabajo”, dice.

Aún hoy, después de décadas en la CGT, siente la exclusión machista en los gestos cotidianos: en diciembre, cuando se discutía la reforma laboral, no le avisaron de la reunión ni la incluyeron en la lista.

Se crió en una familia de dinero. Su padre era un empresario español que logró una buena posición invirtiendo en distintos emprendimientos inmobiliarios. Ella pasó su infancia entre clases de ballet, lecciones de piano, colegios de primer nivel y desfiles de moda, a los que empezó a ir desde muy joven. Justamente un agente la vio en uno de esos eventos y le propuso empezar a modelar alta costura: era 1973, ella tenía 15 años, las piernas largas y el pelo muy rubio.

Se dedicó al modelaje. A los 16 quedó embarazada y tuvo a su hijo Pablo justo cuando terminó el colegio. Nunca hubo padre. Su familia la apoyó pero ella rápidamente usó sus ahorros para comprar un departamento y contrató una niñera.

A los desfiles y a las campañas iba siempre con dos bolsos: uno con cosméticos, otro con pañales y mamaderas.

Al sindicalismo llegó “casi de casualidad”. A fines de los ‘80, instalada en España, seguía modelando. Pero también pensaba en abrir un centro para que las mujeres pudieran dejar a sus hijos e ir a trabajar.

Alguien de la Asociación de Modelos de Argentina, sabiendo de sus intereses, la contactó para que diseñara un proyecto para crear una obra social que garantizara cierta cobertura de salud y tuviera en cuenta lo irregular de la profesión. Al principio dudó pero después aceptó el desafío.

“Casi que ni sabía lo que era un sindicato, menos de convenios internacionales y obras sociales. Tuve que informarme y hacer cursos de economía. descubrí un mundo muy duro en los sindicatos”, recuerda.

Poco después, desembarcó en Argentina, se informó y elaboró un plan. Inscribió a la Asociación de Modelos en la CGT y pidió una reunión con el entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, para contarle su propuesta de obra social para los modelos.

“Se que tenía todo para que me peguen: rubia, modelo y nariz parada”, sostiene. De hecho, el ministro comenzó la reunión ninguneándola pero antes de concluir el encuentro terminó reconociéndola como dirigente. A partir de entonces no paró de ascender en la estructura del sindicato.

Su lucha sindical no se circunscribió sólo a Argentina. En los ‘90 fue a República Dominicana para apoyar la lucha de los trabajadores de Nike, que tenían duras condiciones de explotación. Esa experiencia la marcó a fuego. En un segundo comprendió que no había edad para morir. “La policía le disparó a un chico en plena protesta y él se murió al lado mio. Me agarró del pantalón, apenas pude tocarle la mano”, rescata de su memoria.

A fines de los ‘90 llegó a la secretaría general. Desde esa posición impulsó la ley de cupo sindical (que prácticamente no se cumple) y se hizo cargo de la  secretaría de Género y Oportunidades de la CGT. Hoy mantiene su lucha por “un mundo más justo y equitativo” aunque reconoce “yo no lo voy a llegar a ver”.

NOEEE

Nombre: Noé Ruiz
Edad: 59 años
Profesión: Lic. en Comunicación, Modelo
Sector en el que trabaja: CGT, es secretaria general de la Asociación de Modelos Argentinos
Lugar de Nacimiento: Ciudad de Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
El profundo amor que siento por mi profesión y el respeto por el otro. Pienso que este trabajo no es para mí, es para aportar hacia algo mejor. Busco que se entienda que la organización que yo represento no es una organización del glamour. Nosotros somos hacedores, a través de nuestra imagen, del PBI y del consumo. Siempre me estoy preguntando qué puedo hacer yo desde mi lugar para construir un mundo más justo o equitativo.

2. ¿Qué te hace feliz?
Ver a mi hijo avanzar. Nosotros nos criamos juntos. También me gusta leer y estudiar. Pero el nacimiento de mi hijo Pablo es el recuerdo más feliz que tengo. Fue cuando tenía 16 años. Fue un desafío, me costó mucho: iba a los desfiles con mi hijo literalmente bajo el brazo y un bolso con ropa en el otro.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Cuando veo la pobreza, cuando veo a jóvenes que por determinadas situaciones de la vida pueden quedar marginados. Hace una semana me estaba costando dormir… Yo sigo muy de cerca los proyectos de innovación tecnológica y quiero que el país entienda que deben existir este tipo de desarrollos. Pero también pienso que en este proceso de innovación puede quedar mucha gente excluida y que tenemos que poder prever y dar respuesta a eso.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
El egoísmo y el egocentrismo. Sobre todo en la política y en la economía. Tal vez está en la naturaleza del ser humano ser así pero creo que la economía debe tener como objetivo el bienestar social. Tenemos que reformular muchas cosas. Lamentablemente en el mundo sindical no todos tenemos esta visión. También hay mucho egocentrismo en la dirigencia sindical.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Quería ser bailarina clásica. Tomé clases de baile y de piano, eran parte de mi educación. Siempre pedía que me lleven al Colón a ver a bailar y también a los desfiles. Una persona que me inspiró muchísimo cuando entré en el modelaje es Karin Pistarini. Fue la primera secretaria general de nuestra agrupación, la que armó nuestra institución pensando en el futuro. Era una mujer brillante aparte de muy bella.

Bilal | 9 de mayo de 2018

Una italiana en buenos aires

Una italiana que vive en Buenos Aires le dice a un amigo mío: “En Buenos Aires hay mas italianos que en Roma.” Aunque ella no lo dice abiertamente, lo que está diciendo es que Roma está llena de inmigrantes.

Y aunque tampoco lo dice, está diciendo que eso le molesta. Le digo a mi amigo que su amiga está equivocada. Que en Italia todos los refugiados juntos no alcanzarían a llenar el Circo Massimo de Roma. Y que el porcentaje de inmigrantes es menor al de Alemania, Inglaterra, Francia y España.

Le digo a mi amigo que se trata de una percepción errada compartida por muchos, pero no sigo hablando. Sé que no tiene sentido seguir: esa italiana que vive en Buenos Aires y que es, ella misma, una inmigrante, no cambiará de idea. Si alguien le muestra las cifras, pensará que son falsas. A ella nunca nadie la ha mirado mal en el colectivo porque tiene la suerte de ser blanca.

Aunque jamás lo dirá, de lo que se está quejando esa inmigrante italiana en Buenos Aires es de que en Roma, ahora, hay negros. En los años 90, con el colapso del bloque comunista, hubo una inmigración masiva de albaneses hacia Italia. Luego, durante la guerra de los Balcanes, llegaron miles de serbios y croatas. Llegaban por tierra y no habían tenido que atravesar el desierto ni el Mediterráneo, pero la razón por la que no molestaban a nadie era porque nadie los veía: eran blancos.

A los negros, en un país de blancos, todos los ven.

A los negros pobres, aún más.

Se los ve. Claro que en Roma se los ve. Están en las zonas turísticas vendiendo pulseras. Están en los alrededores del Foro Imperial vendiendo sombreros cuando hay sol, y cerca del Coliseo vendiendo paraguas cuando llueve. Pero no sólo están en el centro de la ciudad. También están en las zonas periféricas porque es allí donde viven. Y están en los autobuses, en los trenes, en el tranvía, y en el subte.

Durante mis primeros días en Roma intentaba hablar con cualquiera que me pareciera un inmigrante.

En la calle, esperando un autobús, hablé con Elvis, un chico de Ghana de veinte años que llevaba una escoba. “Vine para empezar una nueva vida,” me dijo.

En la calle, esperando otro autobús, hablé con una chica de Etiopía de veintidós años que llegó a Italia hace seis meses. Dejó un hijito de dos años allá y espera conseguir trabajo para enviarle dinero a su hermana y que le traiga al niño.

En un tranvía hablé con un peruano de treinta años que vino porque en Perú le robaron tres veces el negocio. “Allá te matan para sacarte el celular,” dice. Vino como turista hace once meses, no tiene trabajo, dice que aquí la vida es difícil, pero piensa quedarse porque “al menos hay seguridad y atención médica gratis.”

En un vagón de subte hablé con Urmil, una adolescente de trece años que parece de diez. Es de Bangladesh y habla italiano con mucha dificultad. Llegó hace un año con la madre y sus cuatro hermanos para reunirse con su padre que ya encontró trabajo.

En un tranvía hablé con Omar, un chico de dieciocho de Senegal que me pregunta si tengo casa. En su país era pescador. Quiere saber a dónde voy y para qué vine. Quiere saber si en Argentina podría encontrar trabajo. Se fue de Senegal porque sus padres se separaron y, como es único hijo, quiere ayudar a su madre.

En un tren me siento frente a tres adolescentes negros. No me miran, aunque estoy segura de que debe extrañarles que una mujer blanca se siente ahí cuando el resto del vagón está vacío. Hablan entre ellos en una lengua que no reconozco. Van vestidos como cualquier chico occidental contemporáneo. Tienen celulares. Se muestran fotos de Instagram y ríen. Les pregunto de dónde son, cuándo llegaron, por qué vinieron. Me responden con amabilidad, sin temor. Dos de ellos son de Somalia y el otro de Eritrea. Uno tiene quince años, otro dieciséis, otro diecisiete. Van a la escuela media y viven en “casa famiglia”. Todos viajaron solos hasta aquí. El de quince salió de Somalia cuando tenía trece. Dice que su familia pagó mucho dinero para que él pudiera hacer el viaje. Estuvo tres meses en una prisión en Libia. El de dieciséis habla seis idiomas: inglés, francés, italiano, somalí, árabe y oromo. También estuvo en Libia. El de diecisiete habla inglés, italiano, árabe y tigrinya, y está contando los meses que faltan para cumplir dieciocho para así poder empezar a trabajar y ganar dinero para traer a sus padres.

Pienso en la italiana amiga de mi amigo que vive en Buenos Aires. Quizás también ella piense traer aquí a sus padres blancos alguna vez.

Bilal | 9 de mayo de 2018

19 / La invasión de inmigrantes: realidad vs percepción

Según un sondeo de la Agencia para Refugiados de la ONU, en Grecia, casi la mitad de la población cree que los refugiados en ese país es tres veces más grande que la cifra verdadera. En otras palabras: piensan que hay 200 mil, cuando en realidad hay 60 mil.

Lo mismo ocurre en Italia. Según la misma Agencia, en 2014, el 36% de los italianos pensaba que la cantidad de extranjeros en el país alcanzaba los 20 millones, es decir, un tercio de la población, mientras que la cifra real es de 8,3%. De estos, más de la mitad viene de la misma Unión Europea.

Aunque muchos italianos calculan que la cifra de refugiados se encuentra entre 200 mil y 900 mil, para fines de 2016 el número de personas a quienes Italia había otorgado formalmente el carácter de refugiado era de 131.000. Esto representa el 0.2% de una población total de 60 millones.

Existe un error similar de percepción relacionado con los musulmanes. En diciembre de 2017 la revista Business Insider mostró que aunque la gente estima que el 15% de la población italiana es musulmana, la cifra real se ubica alrededor del 3%.

Los 131 mil refugiados que viven en Italia no llenarían ni la mitad del Circo Massimo en Roma. Ni tampoco la Piazza San Giovanni. Dos de los estadios más grandes de Italia –el San Siro, en Milán, y el Estadio Olímpico de Roma- alcanzarían para albergar a todos los refugiados en Italia y hacerles ver, con comodidad, dos partidos de fútbol.

Estos números, en palabras de la Agencia para Refugiados de la ONU, muestran que “a pesar de la condición de frontera casi única al sur de la Unión Europea, Italia tiene un porcentaje muy contenido de refugiados en su propio territorio. Un porcentaje que un conjunto de buenas políticas de acogida e integración pueden convertir, sin dificultad, de presunto problema en un recurso favorable.”

Bilal | 9 de mayo de 2018

18 / Casapound: cierre de campaña

De lejos, las banderas rojas eran iguales a las banderas nazis. Tuve que mirar con atención para darme cuenta de que esos círculos blancos con trazos negros en el medio no dibujaban esvásticas.

La escena parecía salida de un sueño. O de una pesadilla, más bien. Anochecía y en una de las plazas más hermosas de Roma, la Piazza della Rotonda, frente a ese Panteón majestuoso construido ciento cincuenta años antes de Cristo, un centenar de hombres jóvenes ondeaban banderas fascistas sin pudor.

Sentí que estaba simultáneamente frente a la belleza y al espanto. El acto aún no había empezado. De los parlantes salía música empalagosa: un piano suave contagiaba paz y amor para todos.

CasaPound es un movimiento político fascista. Lo dicen ellos mismos, sin vergüenza. Las bases de su programa incluyen la defensa de la soberanía y la unidad nacional, la nacionalización de la banca y de la industria pesada, el congelamiento de la deuda pública, la salida de la Unión Europea, la creación de una moneda italiana, el derecho a vivienda propia para todos, el bloqueo de las fronteras a productos de países con salarios bajos, el fin de la inmigración. Están en contra de la usura bancaria, la globalización y la especulación inmobiliaria.

Además de los jóvenes que ondeaban banderas, en la plaza había periodistas, camarógrafos y reporteros de cadenas de noticias. El día anterior, al grito de “fascisti di merda”, dos militantes de CasaPound habían sido golpeados y heridos por encapuchados con bastones. El partido había respondido diciendo que no se trataba de episodios aislados sino de una estrategia antifascista urdida para alimentar el odio político.

CasaPound nació en 2003 como un movimiento de jóvenes pero desde entonces ha sumado adherentes en todas las franjas de edad, sobre todo en las periferias donde ha ocupado el lugar que antes ocupaba el Partido Comunista Italiano.

Me costó encontrar gente común con quien conversar. Casi todas las personas a las que me acerqué eran militantes o periodistas. Antes de aceptar ser entrevistados, los militantes me dejaban esperando unos minutos mientras pedían permiso para hablar conmigo a alguien de mayor jerarquía.

“Italia no se divide más entre la izquierda y la derecha, sino entre quienes aman al pueblo italiano y quienes lo odian,” me dijo Valerio, un joven de veintiséis años que milita en CasaPound desde sus inicios. “La Unión Europea es una creación nefasta que ha llevado al hambre a millones de italianos.” Cuando le pregunté por su postura en relación a la crisis de refugiados me dijo que la inmigración es un gran negocio. “Con los inmigrantes se gana más que con la droga. Los “centro di accoglienza” son un escándalo. Las cooperativas que hospedan a los refugiados reciben dinero de la Unión Europea: a cada inmigrante le dan un euro y ellos se quedan con el resto del dinero. Todos los inmigrantes sin documentos y sin trabajo deben regresar a su país de origen. Hay que agarrarlos, meterlos en un avión y enviarlos a su país.”

Una de las propuestas de CasaPound es tomar una franja de Libia con el ejército italiano y llevar allí a los inmigrantes ilegales. “Una vez allá, harían calles, construirían una ciudad. Así les daríamos trabajo a ellos y saldríamos ganando todos,” me explicó Valerio. Ante la pregunta de si Libia permitiría eso, respondió: “En Libia reina la anarquía. Nosotros podemos tomar treinta kilómetros de costa y hacer allí un protectorado italiano. Hace seis años, Francia llevó su ejército para derrocar a Gadafi. Hicieron la guerra, mataron a miles de personas y destruyeron un Estado. No hay razón para que Italia no pueda tomar unos kilómetros de playa en algún lugar que no esté controlado por nadie.”

“Nosotros luchamos por los derechos de los más débiles,” me dijo Mauro Pecchia, un joven fornido de veintinueve años que también ha estado con CasaPound desde sus inicios. “Nuestras raíces vienen del socialismo y del soberanismo, de ahí que en nuestro adn haya elementos de izquierda y de derecha. Nuestros votantes vienen de los sectores que la izquierda ha abandonado porque prefirió ocuparse de los derechos civiles. Nosotros somos los herederos del fascismo social: hemos tomado lo mejor de esa ideología, sin avergonzarnos de nada. Sería ridículo decir que no se cometieron errores en el pasado, pero todos los movimientos han cometido errores: el comunismo creó los gulag y el liberalismo exterminó a los indígenas en Norteamérica.”

Me acerqué a varias personas para entrevistarlas, pero también eran periodistas. Apoyado en el borde de la fuente, en el centro de la plaza, vi a un hombre mayor. Fue la única persona con la que hablé que no era un militante. Se llama Giuseppe, es jubilado y tiene sesenta y ocho años. “Ya no le creo a los otros partidos,” dijo. “Hay mucha necesidad de defender a los italianos. Los italianos se han convertido en aquellos que ya no cuentan para nadie, ni en Europa, ni en Italia. Yo a estos no los voto pensando en mí. Mi pensión me alcanza para vivir. Los voto pensando en los jóvenes porque Italia tiene tradiciones, usos y costumbres que son importantes para los italianos y todo eso ha desaparecido. Ya no hay más ideales. Lo único que hay es capitalismo… pero, una vez que compramos el telefonito, ¿qué nos queda?”

Las banderas seguían ondeando. Desde la tarima, Simone Di Stefano, el Secretario Nacional y candidato por CasaPound, había empezado su discurso. “Primi gli italiani,” repetía una y otra vez.

Un par de cuadras más allá, había una manifestación en contra de CasaPound. Para que unos y otros no chocaran, había policías por todas partes.

Bilal | 9 de mayo de 2018

17 / Italia-Libia: un acuerdo mortal

En los últimos tres años, 450.000 personas, casi todos ellos jóvenes, cruzaron el Mar Mediterráneo desde Libia para llegar a Europa. De ellos, 3.000 murieron en el camino.

El 2 de febrero de 2017, el gobierno italiano firmó un acuerdo según el cual Italia trabajaría con las fuerzas militares y de control fronterizo de Libia “para contener el flujo de inmigrantes ilegales”.

La estrategia italiana fue respaldada al día siguiente por los líderes de la Unión Europea en la Declaración de Malta. Desde entonces, el gobierno italiano ha proporcionado equipo, barcos, entrenamiento y asistencia a la Guardia Costera de Libia para patrullar el Mediterráneo. Se dijo que uno de los objetivos del acuerdo era preservar las vidas de quienes intentaban hacer la desesperada travesía a través del mar. El acuerdo –que la UE financió con 200 millones de euros- también busca, teóricamente, mejorar las condiciones en que se recibe y aloja a los inmigrantes en Libia.

Tras la firma, en los últimos diez de meses de 2017, unas 20 mil personas fueron interceptadas en el mar por la Guardia Costera de Libia y llevadas de vuelta a los centros de detención. En ese mismo período, 2.772 inmigrantes naufragaron y murieron en el Mediterráneo.

Uno de los resultados del acuerdo es que cada vez hay más ONGs dedicadas a rescatar los barcos con inmigrantes. La Guardia Costera de Libia y las ONGs se disputan las barcas en medio del mar.

Entretanto, las condiciones de los centros de detención no han cambiado en lo más mínimo: en noviembre de 2017 varios observadores del departamento de Derechos Humanos de la ONU visitaron cuatro instalaciones del Departamento de Lucha contra la Migración Ilegal en Trípoli y, a su regreso, describieron imágenes sufrimiento humano y abuso en una escala inimaginable.

Bilal | 9 de mayo de 2018

16 / Libia: el infierno aquí en la tierra

Los escupen. Les tiran piedras. Los torturan. Los venden. Los compran. Los vuelven a vender. Les disparan. Los hacinan. Los violan. Las violan. Las prostituyen. Los amarran bajo el sol del desierto.

Las víctimas son inmigrantes. Tienen quince, dieciséis, dieciocho, veintidós años. También hay niños pequeños. Niños de seis y siete años cuyos padres murieron tratando de atravesar el desierto o a los que los traficantes abandonaron en medio de la travesía.

Vienen de otros países de África y quieren llegar a Europa. En sus celulares han visto que en Europa la gente vive de otra manera y ellos también quieren vivir así. ¿Por qué no?

Ellos huyen de la guerra, del hambre, de las persecuciones, de la ignorancia, de la pobreza, de la violencia y, en su huida, llegan a Libia. De allí salen las barcas de madera y los gomones que van a Lampedusa y a Sicilia.

Ni uno solo de los jóvenes refugiados a los que entrevisté llegó por una ruta que no incluyera un paso por Libia. “Me escupían en la calle. Me tiraban piedras.” Eso dijo Aguibou. Tenía apenas catorce años cuando estuvo allí y no tengo razón para pensar que eso sea lo único que le hayan hecho. En una conversación de tres horas, el mismo día que lo conocí, seguramente habrá omitido detalles. “En Libia son salvajes. Vi morir mucha gente justo al lado mío. A mí me salvó Dios.” Eso dijo Mamadou.

Libia es uno de los lugares más peligrosos y violentos del planeta. Desde que cayó Gadafi, no hay un gobierno: hay facciones, hay tribus, hay grupos armados que asesinan sumariamente. Impera el caos. Parte del país está bajo el dominio de ISIS, otra parte bajo Estado Islámico, pero también hay milicias que operan según su antojo. No hay libertad religiosa: todas las minorías son perseguidas, incluso las minorías islámicas. Perseguidas, atacadas, secuestradas, arrestadas. Cristianos y sufíes van a parar a centros clandestinos de los que no regresan jamás.

Según Human Rights Watch, en 2017 había 200.000 desplazados internos: familias enteras, que han debido abandonar sus hogares y que viven a la deriva. Las ejecuciones sumarias ocurren en plena calle. La violencia doméstica no está prohibida por la Ley. El código penal contempla sentencias reducidas para los hombres que matan a una mujer si lo hacen porque sospechan que ha sido infiel. También contempla el total perdón a los violadores que se casen con sus víctimas.

En medio de este infierno, los refugiados viven lo peor. “Si eres negro, te matan.” “Si eres negro, te venden.” “Si eres negra, te violan.” El tráfico humano es un negocio desde el momento en que las personas dejan su país hasta el momento en que suben a la barca. Les cobran todo. Les cobran por trabajar. Les cobran por comer. Les cobran por conseguirles trabajo y, luego, se quedan con parte de lo que ganan. “Te hacen llamar a tu familia y mientras llamas te golpean para que tu familia escuche que estás sufriendo y mande dinero,” me dijo uno de los chicos con los que hablé en un tren. “Me vendieron y me compraron,” dijo Adije. “Me daban agua sólo después de que me acostaba con un hombre.” Cada dos días, un puñado de arroz en la mano extendida a través de una reja. A Bryan lo obligaron a hacer trabajo forzado y lo torturaron. “Esto me lo hicieron en el centro de detención,” dijo, y se levantó la manga de la camisa para mostrarme una cicatriz.

El tráfico de personas se ha convertido en un negocio floreciente y rentable. A los traficantes no les importa que los inmigrantes se mueran en medio del mar, que se mueran de sed en el desierto. No les importa si la barca naufraga. Les importa cobrar. En los últimos tres años, 450.000 personas han cruzado el Mediterráneo para llegar a Europa, pero el número de inmigrantes africanos en Libia es aún mayor: según la Internacional Office for Migration asciende a 700.000 personas, de las cuales los menores no acompañados son unos 29.000. Sin embargo, Human Rights Watch afirma que es muy probable que ambas cifras sean mucho más altas porque no hay manera de censar ni de investigar abiertamente lo que allí sucede.

“Te pegan todos los días,” me dijo Saba. “Te meten en una casa y luego te dicen que para soltarte tienes que darles 350 dólares. A veces te meten en un barco pero luego te arrestan en mitad del mar y te traen de regreso y te llevan de nuevo a trabajar y de nuevo te pegan todos los días.”

Setecientos mil inmigrantes hacinados en centros de detención clandestinos, trabajando durante el día en los campos, construyendo caminos, cavando zanjas. Miles y miles de chicas obligadas a ejercer la prostitución, violadas diariamente por un hombre, y luego otro, y luego otro más.

En las morgues ya no hay lugar para recibir los cuerpos. Hay cuerpos en el desierto, en los campos, en las playas.

“No podemos ni siquiera adivinar la escala de los abusos a los que son sometidos los inmigrantes en estos lugares escondidos en Libia a los que no llega la ley,” dijo el comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Zeid Ra’ad Al Huseein, en septiembre. “La situación de los inmigrantes en Libia era aterradora durante la era de Gadafi pero, desde entonces, se ha convertido en una maquinaria diabólica.”

Las personas se venden en remates públicos como si fueran un cuadro o una res.

Las personas que se venden y se compran son jóvenes, ¿quién va a querer comprar a alguien mayor?

Veo fotos tomadas en un campo de detención: hay centenares de jóvenes negros apilados uno sobre otro con la mirada perdida. Imagino los nombres de esos chicos. Aamina, Babacar, Cumar, Idil, Jamilah, Nadifa, Sagal. Algunos de ellos morirán de sed. Imagino la edad de cada uno. Algunos serán torturados. Imagino las historias que podrían contar. Algunos serán vendidos como esclavos. Morirán sin que nadie los llore. Sin dejar rastro en la Tierra. Como si no hubieran existido jamás.

Bilal | 2 de mayo de 2018

15 / Roma, de noche, con Emilio

La noche en que Emilio y yo nos conocimos, en diciembre, estuvimos a punto de besarnos. La segunda vez que nos vimos, me agarró la mano cuando terminamos de cenar.

-¿Puedo? -dijo.

Respondí que sí, pero me sentí incómoda. Mi cuerpo no estaba ahí. Estaba mi corazón -mi corazón prendido de la historia de Bilal- pero también estaban mis dudas. Yo estaba en Roma sólo por unos días y había conocido a este hombre cuyo trabajo con refugiados me conmocionaba pero no estaba lista para dar un paso más. Emilio me agarró la mano y yo la dejé porque habíamos hablado mucho y me había emocionado tanto que sacar la mano hubiera sido como negar todo lo que nos acercaba. Sin embargo, mi cuerpo no estaba en la mano.

Es una lástima, pero no estaba.

Cuando salimos del restaurante, Emilio me preguntó algo y yo, para no herirlo, sin pensarlo, sin darme cuenta de lo que decía, sin saber qué estaba haciendo, inventé una historia. La inventé, es cierto, pero mientras la inventaba creía realmente en mis palabras. Es decir: aunque lo que estaba diciendo no fuera cierto, yo no estaba mintiendo. Al menos, no a propósito.

-Tengo miedo del contacto físico -dije. -Mi cuerpo tiene miedo. 

Esa fue la historia que me escuché inventando para Emilio y que, a fin de cuentas, tenía algo de verdad porque era cierto que me había dado un poco de miedo que él me acariciara la mano pero, al mismo tiempo, no era verdad porque no siempre me pasa algo similar.

Espero que se entienda lo que trato de decir. 

Hoy no alcanzo a comprender por qué todo sucedió de esa manera pero, así fue, y ya es tarde para enmendarlo.

Así que Emilio me soltó la mano y, cuando llegamos a donde me hospedaba, se despidió sin siquiera besarme en la mejilla. 

-Para que no te asustes -dijo, e hizo un gesto de saludo con la mano. 

Su voz sonaba triste.

Entré a casa –triste yo también- convencida de que tenía un problema muy serio. Sólo después de algunas horas me di cuenta de que en realidad no tenía un problema porque lo que le había dicho a Emilio no era verdad. O, quizás, sí tenía un problema pero el problema no estaba relacionado con lo que había contado sino, más bien, con por qué había contado algo que no era cierto.

A partir de entonces, Emilio y yo fuimos solamente amigos. Mejor dicho: él creyó que éramos solamente amigos porque estaba convencido de que mi mano tenía esa dificultad y yo acepté el derrotero que sin querer había trazado para nuestra relación. De todas maneras, en diciembre nada de esto me preocupó demasiado.  

En febrero, cuando volví a Roma, Emilio y yo nos vimos casi a diario. En el tiempo libre entre una entrevista y otra nos encontrábamos en su consultorio, o íbamos a almorzar, a cenar o a tomar vino. A él le gustaba que yo le contara mis encuentros con refugiados que él no conocía y a mí me gustaba escuchar su opinión sobre las personas que yo había visto. A veces, me decía: “Eso que te dijeron no es verdad.” O decía: “Ese no te cayó bien, ¿verdad?” Algunas de las historias que le conté que me habían contado lo hacían enojar: “¡Eso no es así! ¡Eso no es así!” decía, y trataba de reconstruir la vida de mis entrevistados a su manera. Por lo demás, le gustaba hablarme sobre historia romana antigua, sobre sus teorías casi siempre pesimistas acerca del ser humano y sobre nuestro futuro aquí en la Tierra. Yo me sentía a gusto con Emilio. Si tenía ganas de hablar le hablaba y, si no, me limitaba a escuchar. No tenía que impresionarlo. Al fin y al cabo, éramos sólo amigos. Creo que él también se sentía cómodo. Quizás fuera esa comodidad, esa soltura mutua, lo que hizo que con el correr de los días yo empezara a sentir algo distinto. Digámoslo así: mi mano dejó de tener miedo. 

De todas las veces que nos vimos hay dos que recuerdo especialmente. La primera es un paseo de noche por las calles de Roma. La segunda fue una tarde de lluvia en su casa. Quisiera que esto que voy a escribir sirva también como una especie de confesión porque Emilio es el primer lector de cada uno de estos textos.

Hoy no voy a dejar que mi mano mienta, Emilio. Hoy diré la verdad. 

La primera verdad es así: casi siempre, cuando estoy con Emilio, estoy al borde del llanto. No es tristeza. Es que por alguna razón que no acierto a descubrir, hablar con él me pone en contacto con un lugar inmensamente vulnerable en mí. Vulnerable y fuerte al mismo tiempo. Es un lugar verdadero que mira el mundo con todos los sentidos abiertos y que tiembla y se conmueve y ríe y llora, todo en simultáneo. Si hay un alma, ese lugar tiene que ver con el alma. Sería imposible vivir permanentemente en ese lugar porque después de un rato uno está agotado de tanto sentir y de no encontrar palabras para expresarlo. Creo que ese lugar puede llamarse amor. Pero no creo que sea amor por una persona. Es otra cosa. Es algo así como estar desnudo en la noche bajo una llovizna suave. Desnudo, solo, y en silencio bajo la luna.  

La segunda verdad es que hubo una noche, en Roma, en que Emilio y yo caminamos tomados del brazo hasta la madrugada y que, durante toda esa noche, fui muy feliz. 

Ocurrió más o menos así.

Hacía mucho frío. Dos días antes había nevado y todavía quedaba nieve en los tejados y en algunas esquinas. Hacía tanto frío que Emilio me fue a buscar a Monti y nos metimos en el primer bar que vimos en Via Urbana. La comida no nos importaba tanto. Lo que nos importaba era el vino. Y a mí lo que me importaba era verlo, claro. Pero a él quizás le importaban otras cosas: no lo sé. Cenamos y bebimos y hablamos y reímos y al fin tuvimos que salir de ahí porque éramos ya los únicos y todas las sillas del bar estaban sobre las mesas, salvo las nuestras. 

-¿Caminamos? -dijo Emilio.

-Claro -dije.

La noche era límpida y traslúcida como son límpidas y traslúcidas las noches heladas después de la nieve. 

-¿Puedo agarrarte del brazo? -dije.

-Claro -dijo él.

“Claro”, nada más. Si a su brazo le dio miedo como dos meses antes le había dado miedo a mi mano es algo que no tengo manera de saber. 

Lo agarré del brazo, pero él no me agarró a mí. Cosa por demás comprensible porque recordemos que yo había dicho que padecía un problema con la cercanía física.

Felicitaciones, Mori.

La noche era tan fría y había tanto silencio y tenía a Emilio tan cerca que un par de cuadras después me colgué con los dos brazos de un brazo suyo. Me sentía profundamente feliz. 

Quizás el vino tuviera algo que ver con esa felicidad. Y quizás también Roma tuviera algo que ver. No soy tonta: no puedo decir que haya sido feliz esa noche sólo porque estaba con él. 

Es cierto que cuando estoy con Emilio me dan ganas de llorar de alegría y de tristeza y de pura emoción, pero también es cierto que estar en Roma, aunque esté sola, me hace llorar a cada rato de alegría y de tristeza y de emoción. 

Roma, esa ciudad de tres mil años. Roma, caput mundi: “capital del mundo”. Roma y sus plazas medievales, y sus iglesias renacentistas, y sus ruinas imperiales. Roma construida una y otra vez sobre sí misma, en niveles, en pisos, sobre escombros. Hay una Roma sobre otra y luego otra más y uno camina y a veces está caminando en el medioevo y de pronto da vuelta en una esquina y está caminando en el Imperio y una cuadra después estás caminando por los mismos adoquines por los que anduvieron Vivaldi y Leonardo o de pronto estás frente a una fuente de Bernini o a orillas del mismo río Tevere en el que setecientos años antes de Cristo una loba amamantó a Rómulo y Remo.

El camino que seguimos aquella noche debe haber sido más o menos así:

Via Urbana. Via degli Zingari y su pequeña plaza con una fuente. Via dell’Angeletto. Via Leonina. Via dei Serpenti.

Caminar por Roma es escuchar a los muertos. Caminar por Roma es andar por los mismos caminos por los que anduvieron Augusto, Marco Aurelio, Claudio, Adriano. Caminar por Roma es escuchar los versos de Dante, de Bocaccio y de Petrarca como si estuvieran vivos y recitándotelos al oído. Caminar por Roma es caminar por las mismas piedras que pisaron miles y miles de esclavos, miles de hombres y mujeres que se enamoraron y mintieron y fueron felices algunos días y tristes otros días y que después, siempre, siempre, siempre, murieron. Eso es Roma. Roma es la inmensidad del Tiempo. Roma es el descomunal Mausoleo a Adriano y es el Coliseo y es los Fori Imperiali enseñándote, sin necesidad de palabras, que esta lucha nuestra contra la mortalidad es una guerra perdida desde el inicio y, sin embargo, también es una guerra ganada porque ninguna otra especie deja monumentos y sinfonías y sonetos y murales y comedias y lágrimas y templos. 

De a ratos, Emilio hablaba. De a ratos, íbamos en silencio. 

¿Cómo no llorar en Roma si al final de una calle angosta, que parece que no va a desembocar en ninguna parte, doblas y de pronto ves, allá, al fondo de Via degli Annibaldi, la belleza inmensa del Coliseo iluminado bajo el cielo estrellado? El mismo Coliseo construido por 100.000 prisioneros de guerra traídos desde Jerusalem que se inauguró hace dos mil años con una matanza de nueve mil animales salvajes ante una multitud de ochenta mil personas. El mismo Coliseo que se llenaba de agua para simular batallas navales. El mismo Coliseo en el que se representaban tragedias griegas, pero también el mismo en el que se dio muerte a los primeros cristianos y a miles y miles de esclavos que intentaron escapar de la misma manera en que Bilal intentó escapar. A Bilal en el siglo XXI lo atraparon y amarraron en un hueco en la tierra para castrarlo al día siguiente. A los esclavos romanos los arrojaban a la arena del Coliseo antes de abrir la puerta a tigres, osos y toros enloquecidos. A veces se los ataba a la cola de un caballo que los arrastraba mientras las fieras los devoraban. “Damnatio ad bestia” se llamaba a esta forma de ejecutar la pena de muerte. 

Cuando llegamos al Coliseo, Emilio tenía las manos en los bolsillos. Las mantuvo allí toda la noche. Yo, en cambio, estaba pegada a su cuerpo, agarrada de un brazo suyo con los dos brazos míos. Por el frío, claro. No me pegaba a él por ningún otro motivo que no fuera el frío. “El ser humano es igual en todos los siglos y en todas las regiones,” decía Emilio. “Pertenecemos a la misma especie a pesar de todas las diferencias en el color de piel, en la altura, en el idioma o la cultura. La historia humana es una historia hecha de horrores. Y cuando digo “horrores” no me refiero sólo a las guerras, a los lugares donde se ha combatido, ni a la sangre de los muertos. Me refiero a todos los horrores. Horrores de traiciones. Gente que cambia de bando y mata al hermano. Padres que no reconocen a los hijos. Hijos que matan a los padres. Nos pavoneamos de nuestra cultura, pero la cultura no es más que una especie de guinda sobre el pastel. No dominamos nada y, a pesar de eso, este ser que somos ha podido sobrevivir con una crueldad que no tiene ningún otro animal. ¿Y sabes por qué hemos sobrevivido? Porque al mismo tiempo que tenemos ese punto feroz, tenemos una increíble capacidad de aguantar y de olvidar todo y de seguir adelante.”

Yo escuchaba en silencio y me dolía escucharlo. Me preguntaba cómo hacía Emilio para vivir en paz pensando de esa manera. Hubiera querido abrazarlo aún más y decirle: “Emilio no sólo estamos hechos de crueldad.” Pero no dije nada porque el silencio, a veces, me gusta tanto que prefiero callar para escuchar el silencio mismo. Sólo ahora que escribo me doy cuenta de que el Coliseo no fue sólo un escenario de horrores. Caído el Imperio, albergó talleres de zapateros y carpinteros, albergó viviendas, pequeños negocios y capillas. Más adelante, la misma arena que antes surcaban las fieras, se convirtió en el cementerio de la ciudad. Siglos después fue el castillo de la familia Frangipani y, luego, por orden de un Papa cuyo nombre ahora no recuerdo, estuvo a punto de convertirse en una inmensa fábrica de lana donde trabajarían las prostitutas de Roma hilando en telares en vez de vendiendo sus cuerpos. Estamos hechos de crueldad, sí. Pero también estamos hechos de luz.

Quamdiu stat Colisæus, stat et Roma; quando cadet colisæus, cadet et Roma; quando cadet Roma, cadet et mundos. 

Eso escribió el Venerable Bede en el siglo VIII.

“Mientras el Coliseo esté en pie, también Roma estará en pie: cuando el Coliseo caiga, Roma también lo hará; cuando Roma caiga, el mundo caerá”.

Dos mil años después de construido, el Coliseo sigue en pie.

En Via Sacra, nos detuvimos frente al Arco de Tito iluminado. Avanzamos por una calle lateral a los Fori Imperiali y subimos por la colina Palatina hasta el Convento di San Bonaventura hasta llegar a un de jardín secreto flanqueado por muros antiguos y pinos piñoneros que impedían el paso de la luz de la luna. Era un lugar fuera del tiempo. Lo único que se escuchaba eran nuestros pasos, suaves, sobre la tierra húmeda y helada. Cuando bajamos vimos el Arco de Constantino y, del otro lado del Foro, dos iglesias construidas sobre ruinas romanas: la Basilica di Santi Cosma e Damiano, que antes de ser iglesia fue un templo pagano, y la Chiesa Santa Francesca Romana que se levanta en el mismo lugar en el que murió Simon Magus, ese amigo de los apóstoles que decía que sus poderes eran más grandes que los de ellos. Para probarlo, empezó a levitar delante de Pedro y Pablo, con tan mala suerte que murió en el preciso momento en que Pablo y Pedro caían de rodillas al ver que empezaba a volar. No miento. Esto es verdad y no algo como lo que inventé acerca de mi mano. Ocurrió en el siglo I después de Cristo y está contado en parte en los Hechos de los Apóstoles y en parte en los textos de Justiniano Mártir.

Si yo hubiera vivido en el siglo I, en vez de escribir la historia de Bilal, quizás me habría gustado escribir la de un mago. Pero si yo hubiera vivido en el siglo I seguramente no habría podido ser escritora, ni ir por la calle colgada del brazo de un hombre a quien probablemente no volvería a ver nunca más después de este viaje. Además, muy probablemente, en el siglo I yo habría muerto de una infección cualquiera, o de malaria, viruela, sarampión o apendicitis, aun antes de llegar a la adultez. Y si no hubiera muerto, y si no hubiera nacido mujer, lo más probable es que fuera analfabeta así que escribir cualquier historia estaría fuera de mis posibilidades. Quiero decir: no todo es horror en la historia. También hay lugar para la esperanza.

Caminamos y caminamos y caminamos y finalmente volvimos a casa a las tres o cuatro de la madrugada. Al día siguiente yo tenía una entrevista muy temprano. Para despedirme, le di a Emilio un abrazo fuerte y un beso sonoro en cada mejilla. Él se quedó quieto como supongo se habrán quedado quietos Pedro y Pablo al ver que Simón el Mago podía volar.

Subí al departamento infinitamente feliz y me quedé dormida sin desvestirme, llorando, como tantas otras noches de este viaje inolvidable. 

Bilal | 2 de mayo de 2018

14 / ¡Soy un súper star!

Las plazas, en Roma, no son verdes. Son plazas secas. Hay plazas grandes y conocidas como Piazza Spagna o Campo dei Fiori siempre llenas de turistas, pero también hay plazas pequeñas, perdidas, en las que uno aparece de pronto, inesperadamente, al doblar en una esquina o al final de una calle angosta. Son plazas asimétricas que parecen haber nacido casi por azar en el trazo de la ciudad y que forman un remanso de luz al cabo de tanta calle angosta y serpenteante.

La Piazza in Piscinula es una de esas plazas desconocidas. Está rodeada de edificios bajos de tonos ocres con postigos de madera y puertas de hace cuatrocientos o quinientos años.

Yo había ido allí a escribir en un bar y ya me estaba yendo cuando de pronto escuché una canción en un idioma desconocido. Era una melodía de un tiempo pasado y de una geografía distinta. Cuando busqué de dónde venía la canción, vi un hombre negro que salía de la plaza por el extremo opuesto a aquel en donde yo estaba. El hombre cantaba a viva voz. Me sorprendió verlo ahí porque en las zonas donde no hay turistas, tampoco suele haber negros. Decidí seguirlo.

Él pasó delante de la pequeña Chiesa di San Benedetto y dobló en Via dei Salumi. Yo ya no lo veía, pero su voz seguía llegándome. Me apuré a cruzar la plaza y doblé por donde él había doblado. Lo seguí sin que me viera. Era alto, delgado y su cuerpo ondulaba con soltura, como si de alguna manera se meciera al son de su propia música. Lo seguí cuando dobló a la izquierda en Via Anicia, cuando dobló a la derecha en Via dei Genovesi y luego otra vez a la izquierda en Via della Luce. Él no paraba de cantar. Su voz reverberaba en las paredes de esos edificios medioevales. Cuando llegó a Vicolo dei Tabacchi apuré el paso hasta alcanzarlo.

-Ciao! Quanto bene canti! –le dije. –Da dove viene quella canzone?

-Da Senegal. Sono un super star.

-¡Felicitaciones! -dije.

-Soy famoso. Estoy en YouTube –respondió, en un italiano difícil de entender que él mezclaba con palabras en francés. –Cuando llegué a Italia no conocía a nadie, pero he llegado hasta donde estoy con valentía. Fui a Paris a grabar un disco y terminé en tres días.

Hizo un gesto alegre de despedida con la cabeza y dio unos pasos para seguir su camino.

-¡Espera! ¡Cuéntame más! -le dije. -¿Cómo hiciste para convertirte en estrella?

-Siempre con la cabeza en alto –dijo. –Ya vendí un millón de discos. Soy abogado, pero en Italia no hago ese trabajo. Aquí soy una súper star. De todas maneras, hay que ser modesto. ¿Me compras el disco?

-¿Cuánto cuesta?

-Diez euros.

-¿Lo tienes contigo? –pregunté.

-No. Está en Internet –dijo, y sacó de su mochila un bolígrafo y un papel arrugado. -¿Cómo te llamas?

Apoyó el papel en la mochila y, mientras escribía, volvió a cantar.

-Ahí está mi teléfono –dijo, y me dio el papel. -Cuando me llames, te mando el disco.

Me pareció que tenía ganas de irse y me despedí pero, esta vez, fue él quien me detuvo.

-¡Me tienes que pagar! –dijo.

-¿Ahora? –pregunté.

-¡Claro! ¿Cómo vivo yo, si no me pagas? –dijo. -Yo no robo. ¡Y tengo que comer! Si no trabajo, no como.

-¿Y el disco? –dije.

-Mañana me llamas, me dices dónde estás y te lo llevo. También me puedes mandar un mensaje. Pero recuérdame quién eres, porque soy un hombre público y no me puedo acordar de todos.

Mientras se iba cantando, miré el papel que me había dado. Era una fotocopia sucia con formato de tapa de CD. Tenía una foto suya y una leyenda que decía: “Laje Toure. Cantante. Autore. Compositore. Grazie Italia.”

En bolígrafo, él había escrito:

Amica MORI con Dio.

Grazie!

SA KANAM
SEMPRE AVANTI

No guarda colore. Tutto la sangue e rosso.

Bilal | 2 de mayo de 2018

13 / Me fui de mi país porque soy homosexual

Ella Anthony va a hablar dentro de unas horas en un palco en la Piazza del Popolo, en la Manifestación Mai piu fascismi, mai piu razzismi. “Nunca más fascismos, nunca más racismos”.

Faltan menos de dos semanas para las elecciones italianas y la política inmigratoria es un tema álgido en la agenda. Según las últimas encuestas, los partidos nacionalistas tienen una alta probabilidad de ganar las elecciones del 4 de marzo.

Ella Anthony se llamaba Isabella en Nigeria pero, desde el día en que llegó a Italia, decidió que aquí se llamaría de esta manera. Es baja, de piel oscura -pero no negra-, y lleva el pelo cubierto con una gorra de béisbol de la que asoman algunas trencitas cortas coronadas con cuentas de metal. Nos encontramos en un café en la Stazione Tiburtina. Su expresión es invariablemente adusta. Está enojada o, al menos, eso transmite.

“Salí de Nigeria el 25 abril 2014,” dice, cuando le hago la primera pregunta. A partir de entonces, hablará casi de un tirón hasta el final, como si narrar su historia fuera algo que ha hecho muchas veces. “No está permitido irse de nuestro país pero nosotras les pagamos a unos musulmanes para que nos ayudaran a llegar a Níger. Fuimos en autobús hasta un lugar cercano a la frontera y luego la cruzamos de noche, caminando. Níger esta cerrado para Nigeria. Cuando llegamos, el hombre que nos llevaba nos dijo que teníamos que cubrirnos porque Níger es un país musulmán.”

Ella Anthony no habla bien italiano, pero tampoco se esfuerza por hacerlo, ni parece importarle si su interlocutor logra entenderla. Le pregunto si prefiere que sigamos en inglés, su idioma natal. Acepta. El inglés que habla tiene una cadencia y una pronunciación distinta -podría decir que hasta una gramática distinta- al que conozco. Su expresión severa no cederá ni por un instante durante la conversación.

Tardaron varios días en llegar a Niamey, la capital de Níger. Viajaban de noche y, durante el día, se escondían en edificios abandonados. “¿Por qué tenían que esconderse?” la interrumpo. Ella responde: “Porque no teníamos documentos. En Nigeria sólo te dan documento si vas a volar en avión.” Una vez en Niamey, partieron en un camión descubierto para llegar a Libia. “Íbamos tan apretados que nos obligaron a tirar el agua y la comida que habíamos comprado. La gente tomaba su propia orina. Había cadáveres por todas partes. Si ven que no puedes seguir, te bajan del camión y te dejan en el camino.”

Cuando llegaron a Libia estuvieron varios días en un escondite para refugiados en Qatroun. “Hay miles de personas y tienes que acomodarte donde puedas. Hay gente que duerme parada. Vi muchas chicas adolescentes. Las llevan desde Nigeria para prostituirlas.” Desde Qatroun siguieron viaje, pagando por cada tramo a través del desierto, hasta que al fin llegaron a Trípoli. Ahí contactaron a un musulmán nigeriano que les explicó que sus vidas corrían peligro. La combinación era nefasta: eran extranjeras, homosexuales, cristianas y negras. Los libios odian a los negros, odian a los extranjeros, odian a todo aquel que no sea musulmán y lapidan a los homosexuales. “Me había ido de mi país porque soy homosexual y había llegado a otro donde estaba aún peor” dijo Ella.

Hoy transcribo la entrevista, escribo este texto, y escucho una y otra vez algunas oraciones de Ella Anthony. Desconfío de ella y, al mismo tiempo, me recrimino: no me conmueve. Dudo de algunas de las cosas que me ha contado. Me parece que puede haber estado mintiendo. Voy a Google. Sí, es cierto que en Nigeria la homosexualidad se castiga hasta con catorce años de prisión. No, no es cierto que sólo den el pasaporte a quien viaja en avión. Tampoco es cierto que esté prohibido salir de Nigeria, ni que no esté permitido pasar de Nigeria a Níger. Sin embargo, encuentro que sólo pueden cruzar libremente la frontera aquellos nigerianos que tengan documento de identidad. En 2015 el Congreso de Níger aprobó por unanimidad una ley que prohíbe el paso de personas indocumentadas precisamente para evitar la trata y el crimen organizado.

En Google también encuentro fotos. Ella Anthony había dicho que iban en un camión. La palabra que usó fue “truck” y yo imaginé un gran camión descubierto. Las fotos me hacen entender que no son camiones: son camionetas pick-up descubiertas en cuya parte posterior van, según lo que puedo calcular, alrededor de ochenta personas. Hacinadas. Peor que ganado. A cielo descubierto en medio de la arena y bajo un sol inclemente. Muchos van sentados en los bordes de la carrocería con las piernas colgando hacia fuera. Parecen estar a punto de caerse. Los que van en el centro de ese tejido humano deben estar asfixiándose. O muriéndose.

Leo una noticia que habla del encuentro en una sola semana de treinta y cuatro cadáveres en el desierto del Sahara. Veinte de esos cuerpos eran de niños. El Ministro del Interior de Níger afirmó que esas personas fueron abandonadas por los traficantes. La noticia dice que viajar desde Agadez, en Níger, hasta la frontera con Libia demora entre tres y seis días y que las condiciones geográficas y climáticas impiden el control de esa región: hay que atravesar tormentas de arena y temperaturas que van de los 40 a los 50 grados centígrados. En otra noticia, me entero de que noventa y dos personas murieron de hambre y sed en el desierto en octubre de 2013, cuando los traficantes los abandonaron en medio de su viaje hacia la frontera.

Ella Anthony y su compañera atravesaron ese mismo desierto, en camionetas como esas, cinco meses después.

Y yo no había logrado conmoverme con su historia.

Miles de africanos, recurren o caen en las manos de redes de traficantes de personas y de un sinnúmero de comerciantes que lucran con su miseria. Les cobran por ayudarlos a salir de sus países. Les cobran por hacerlos cruzar la frontera. Por atravesar el desierto y luego, a veces, abandonarlos. Les cobran por darles documentos falsos. Por ayudarlos a encontrar trabajo esclavo en Libia. Por subirlos a una barca inflable en la que, si tienen suerte, lograrán atravesar el mar.

“En Trípoli, un árabe que tenía mujeres nigerianas para trabajar en casas árabes nos consiguió pasaportes, nos llevó a un hospital para que nos hicieran el análisis de HiV y luego nos separó a mi novia y a mí. A mí me llevó a trabajar a la casa de una familia.” Ella Anthony limpiaba y cuidaba a los niños. Dice que la trataban bien pero que la obligaron a convertirse al Islam y que no la dejaban usar el teléfono. “Sentía que yo no era yo. Sentía que algo me faltaba. Vivir así no era lo que quería cuando dejé mi casa.” Al cabo de un mes, le pagaron 500 dinares y le dijeron que podía salir por dos días. Su novia también había conseguido trabajo, pero Ella no tenía modo de saber dónde estaba.

“Tuve un sueño. Las dos estábamos en una barca para venir a Italia, pero la barca se hundía y nos moríamos en el mar. Me desperté muy asustada porque cuando sueño cosas así casi siempre se cumplen, aunque a veces sucede lo contrario. Entonces decidí venir sola a Italia, sin decirle nada a mi novia.

Ella Anthony trabajó dos meses más. En julio, para emprender el viaje, tuvo que pagarle a un hombre de Ghana, a uno de Nigeria, y a dos de Libia. Volvió a quedarse sin nada. Viajó en una barca junto a 663 personas más. “Había gente de Marruecos, de Siria, de Mali, de Ghana, de Guinea, de Liberia.” Todos queriendo llegar a Italia.

Después de estar tres semanas en Taranto y un mes en Abruzzo, Ella Anthony fue a parar a un Centro di Accoglienza en Monterotondo, en Roma. “Ahí me ayudaron a recuperar mi vida.” En los Centros, los inmigrantes tienen garantizados comida, techo, atención médica y psicológica, enseñanza de italiano y educación gratuita hasta terminar la escuela media.

Al principio, la novia de Ella Anthony no quería ni siquiera hablar con ella pero, finalmente, aceptó viajar. Ella Anthony consiguió que la llevaran a su mismo Centro. Permanecieron allí dos años.

Hoy, ambas tienen documentos y permiso para quedarse en Italia. Viven juntas en un departamento alquilado en las afueras de Roma. “Hemos empezado una vida nueva,” dice Ella. Sin embargo, no parece satisfecha. “He ido a muchas entrevistas de trabajo y en cuanto me preguntan de dónde soy y digo que de Nigeria, es el fin. Aquí a mucha gente no le gustan los negros. Cuando estás en el bus te dicen que estamos aquí para quedarnos con su dinero. Creen que en los centros nos dan 35 euros cada día, pero la verdad es que sólo nos dan 7. Nos dicen que no pagamos impuestos, que no pagamos luz. Yo sé que somos muchos, pero es por la situación de nuestros países.”

Ella Anthony se queda callada. Querría preguntarle varias cosas que no me quedan claras de su historia, pero siento que no quiere hablar más. Caminamos juntas a tomar el subte y subimos al mismo vagón. Apenas si se despide antes de bajar en Flaminio para ir a Piazza del Popolo. Al día siguiente me envía por Whatsapp, sin ningún otro comentario, un enlace a un video del diario La Repubblica que la muestra hablando ante una multitud.

Bilal | 2 de mayo de 2018

12 / No le desearía a nadie pasar por lo que yo he pasado

No ha dejado de llover. Esta tarde voy con Rita a Torre Gaia, un barrio en las afueras de Roma.

Tardamos más de media hora en metro desde Termini hasta llegar a Anagnina, pasando Cinecitta, y ahí tomamos un autobús que nos lleva aún más lejos. Cuando bajamos, tenemos que caminar unos veinte minutos bajo la lluvia antes de llegar.

Torre Gaia es una zona arbolada con edificios elegantes de tres o cuatro pisos. Cada edificio está rodeado por un jardín. Me llama la atención que en una zona como esta viva la chica refugiada a la que venimos a ver y Rita me explica que el gobierno expropió algunos de estos departamentos a la mafia y ahora son “casa famiglia”. “Casa de familia” es el término que usan para referirse a los lugares gestionados por privados con aportes del gobierno y donde viven mujeres en situación de vulnerabilidad o menores de edad que por alguna razón no pueden estar con sus padres. Aunque en esas casas hay mujeres y menores italianos, la mayoría son inmigrantes.

Llegamos empapadas. Rita toca el intercomunicador. Antes de que respondan, una joven negra preciosa pasa al lado de nosotras sin mirarnos y abre la reja y la vuelve a cerrar en nuestras narices. Está muy maquillada y viste jeans apretados y una remera que marca sus grandes pechos. A pesar del frío, va con poco abrigo. Aunque es muy alta, tiene puestas zapatillas con plataforma. No pasaría desapercibida en ninguna parte. En el tiempo que tardan en abrirnos desde arriba, ella se aleja a paso rápido, atraviesa el jardín y sube por una escalera.

El desorden y la anarquía dentro del departamento al que entramos contrastan con la arquitectura y el paisajismo tan cuidados de las calles. Varias mujeres y un hombre están sentados en el piso jugando con tres niños pequeños en un idioma que no alcanzo a reconocer. En la cocina, una congregación de mujeres conversa alrededor de la mesa mientras otras dos cocinan. Quien nos recibe es Ivana, la “operatrice” de la “casa famiglia”. “Operatrice” es el femenino de “operatore”, el nombre que dan a quienes trabajan en los centros de refugiados. Son personas que reciben su sueldo del Estado o de entidades privadas que, a su vez, lo reciben del Estado italiano. Ivana es una mujer talla XL, masculina, severa, con voz gruesa. Es amiga de Rita. Ambas trabajaron en cárceles de mujeres.

Ivana nos hace pasar a una habitación en la que hay un escritorio y varias sillas y va a buscar a la persona que voy a entrevistar. No me sorprende que regrese seguida de la misma chica que entró al edificio antes que nosotras. Rita no me ha contado nada acerca de ella. La chica viene con un bebe blanco de pocos meses en los brazos y se dirige a mí mirándome a los ojos, como si me desafiara.

-¿Por qué quieres hablar conmigo? –dice. -¿Qué quieres saber?

Me doy cuenta de que la “operatrice” no le ha consultado nada antes de decirnos que podíamos venir a entrevistarla.

-No tienes que contarme nada. No tienes que hablar si no quieres –le digo. -Te voy a decir qué estoy haciendo y, después, tú decides si quieres que conversemos. ¿Te parece bien?

Ella no responde. Le digo que soy argentina y que he venido a hablar con refugiados para escribir sus historias. Le digo que en mi país se sabe poco acerca del tema pero que, además, aquello que se sabe son los grandes números. Le digo que a veces, sólo a veces, nos enteramos cuando se hunde una embarcación; que sabemos que la gente huye de Siria por la guerra y de África por el hambre y las persecuciones, pero que no sabemos nada de las vidas individuales que hay detrás de esas noticias. Le explico que estoy convencida de que el mundo podrá comprender la dimensión de las dificultades de los refugiados sólo si conocen sus historias.

Su expresión concentrada no ha cambiado, pero me doy cuenta de que me está escuchando.

-¿Sabes dónde queda Argentina? –digo.

No, no sabe, y yo le explico o, al menos, intento explicarle. No tengo manera de saber cuánto sabe de geografía. Probablemente su desconocimiento de América sea similar a mi desconocimiento de África, pero también es probable que no sepa dónde está o qué es América.

-Me llamo Mori –digo. -¿Y tú?

-Adije.

-Hola Adije –le digo, y ella sonríe por primera vez. –Puedo entender que no quieras hablar de ti. Desde que llegué a Roma he hablado con refugiados de Camerún, de Ghana, de Mauritania. Me hablaron del desierto. De lo que es cruzar el mar. Y también me hablaron de Libia. Si yo hubiera tenido que huir de mi país y pasar por todo eso supongo que no querría contarlo.

Adije acaricia a su bebe, lo mira y me mira y, sin que yo le haga ni una sola pregunta, comienza a hablarme.

Lo que sigue es su historia.

«Mi experiencia ha sido dura y cruel. Es difícil hablar. Difícil y muy doloroso. Yo no quise venir a Italia: no fue algo que decidí hacer. Este no fue nunca mi sueño. Nosotras somos tres hermanas. Mi madre murió cuando yo tenía diez años y mi padre se casó con otra mujer. Una mujer cruel que me trataba muy mal. Yo iba a la escuela, pero ella me dijo que no podía seguir estudiando porque no había plata para que yo fuera al colegio. Discutía mucho con ella porque soy testaruda y tuve que aguantarla durante años hasta que me vendió a un hombre. Mohamed. De eso me enteré después. Ese día lo que pasó fue que vinieron y me metieron en el baúl de un auto. Me tuvieron ahí dos días. Creo que fueron dos, no sé, no tengo manera de saberlo. Yo tenía dieciocho años. Me llevaron a una casa donde había muchas mujeres. Más de cien. Todas sentadas. Derechitas. Yo ni siquiera sabía en qué país estaba. Después me enteré que era Libia. Le dije al hombre que quería volver a mi casa, pero me dijo que ahora yo le pertenecía porque él le había dado un montón de dinero a mi madrastra y que yo tenía que hacer todo lo que él dijera. “Mi vida es mi vida. No puedes decirme qué hacer,” le dije. Pero él me dijo que tenía que trabajar. Entonces yo le dije que no tenía educación, que no sabía hacer nada. “¿Qué clase de trabajo puedo hacer?”, le pregunté. Él me dijo que lo único que tenía que hacer era esperar en mi cuarto a que viniera un hombre. “¡No puedo hacer ese tipo de trabajo!” le dije. Yo no había estado antes con un hombre. No quería hacer eso. Entonces me escupieron y me arrastraron fuera de la casa y me amarraron acostada sobre la tierra mirando el sol. Me cansé de llorar. No me daban comida, ni agua. ¡Había tanto sol! Pensé que me iba a morir. Y tuve que aceptar. Me metieron en un cuartito. Venían soldados, venían hombres de Ghana, de Nigeria, de Libia. Los soldados tenían pistolas y si te negabas a hacer lo que querían te pegaban hasta matarte. Los hombres venían sin protección, me usaban de cualquier manera. Me pegaban, me escupían. Pero yo tenía que estar calmada para que no me llevaran al sol. Me llevaban hombres incluso cuando estaba con mi menstruación. Si quedabas embarazada, vendían al bebe. Una vez al día, me daban un poquito de comida en la palma de la mano. Para que me dieran agua me tenía que acostar con un hombre. Si no, tenía que beber mi orina.»

«Un día, una mujer que iba a esa casa me dijo que me podía ayudar a escapar. Me dijo que teníamos que irnos de noche y que tenía que estar convencida porque, si no, nos podían matar. ¿Cómo no iba a querer irme? Ahí me estaba muriendo. Recibía hasta cincuenta hombres por día. Aunque me mataran, no me importaba. Yo no sabía que esa mujer era una mala mujer. Buscaba gente para llevarse de ese lugar a otro lugar. Seis de las que estábamos ahí nos fuimos con ella, corriendo, en medio de la noche. Un día y medio estuvimos caminando antes de llegar a su casa. Ella me había prometido que me llevaría de regreso a Nigeria. En su casa nos dio comida muy rica y nos bañamos. Me dijo que descansara antes de ir a Nigeria pero unos días después dijo que tenía que pagarle trescientos mil dinares. ¿De dónde iba a sacar yo esa plata si no tenía nada? Nunca tuve nada. Pero si ya antes me había acostado sin cobrar, ¿por qué no iba a hacerlo ahora a cambio de dinero para poder volver? “Está bien. No hay problema,” le dije. Pero cuando junté la plata, la mujer me dijo que tenía que darle seiscientos mil. “No puedo seguir así para siempre,” le dije. “¿Cuántos años tengo que hacer esto? Por favor, devuélveme mi vida.” Entonces el novio de esa mujer, sin que ella supiera, me dijo que él podía traerme a Italia si yo trabajaba para él. Dijo que había que cruzar el mar. “¿Qué es el mar?” le pregunté. Él me dijo que era como un gran río y me llevó al borde del mar. Ahí volví a hacer el mismo trabajo.»

«Algunos me decían que en Italia no quieren a los negros, pero otros decían que aquí, si alguien te amenaza o hace algo malo, puedes ir a la policía. También decían que si le pedías a la policía que te mandara de regreso a tu país, ellos te mandaban. Estuvimos tres días en el mar hasta que nos vio un helicóptero. Yo estaba muy asustada. Llegamos a Lampedusa, tuvimos una entrevista con la policía y estuvimos ahí siete días. Luego nos llevaron a un Centro di Accoglienza en Nápoles. Ahí a veces iba una mujer que nos llevaba ropa y nos decía que nos íbamos a quedar ahí toda la vida. Nos decía que teníamos que irnos del Centro y buscar dinero porque afuera había mucho trabajo. Así que me escapé del Centro, sin documentos porque no tenía documentos, y trabajé como prostituta en las calles de Nápoles hasta que conocí a una nigeriana que me dijo que si trabajaba con ella me daría el dinero para volver a mi país. Pero al mes empecé a sentirme muy enferma. Vomitaba y dormía todo el tiempo. En el hospital me dijeron que estaba embarazada. Yo me puse a llorar. Tenía un bebe dentro de mí. ¿Cómo iba a hacer? La mujer me dijo que me lo sacara, pero yo no tuve una mamá y estaba embarazada de un ser humano. No podía abortarlo. Quería darle vida a ese bebe. “Aunque no conozca al padre de este bebe, lo voy a dar a luz porque es lo único bueno que me ha pasado en la vida. Le voy a dar todo el amor que tengo para darle.” Eso le dije a la mujer y entonces ella me echó de su casa porque dijo que nadie iba a querer acostarse conmigo si estaba embarazada.»

«Estuve durmiendo en la calle por unos días, pidiendo limosna para comer. En la estación vi un tren que iba a Milano. Otro a Génova. Vi todos los trenes. Hasta que vi uno que iba a Roma y entonces dije: Roma está en la Biblia. Y le pregunté a alguien si la Roma a la que iban los trenes era la misma Roma de la Biblia y me dijeron que sí y entonces decidí venir a esta Roma. Los primeros días mendigaba para comer. Pizza. Pizza. Pizza. Caminaba y caminaba, pero me sentía muy mal. Sabía que me pasaba algo muy malo, así que fui a la policía y les dije que no tenía un lugar donde quedarme y que estaba embarazada y que me sentía mal. Me llevaron al hospital. “Ni siquiera sé qué es lo que tengo adentro. No sé si es humano,” les dije. Entonces estuve dos semanas internada porque todos los análisis daban mal. Me dijeron que tenía seis meses de embarazo. Entonces al fin vino un doctor que me dijo que tenía HiV. ”¿Cómo puedo tener esa enfermedad? ¡No puedo tener esa enfermedad!” le dije. Y el doctor me explicó que se contagia sexualmente. “Mi error debe ser algo que hice. ¿Cómo puede ser que el niño que voy a traer al mundo tenga HiV?” le dije. Fue terrible. Pero el doctor me dijo que tal vez el niño no fuera HiV positivo. Entonces me trajeron a esta casa. Y después nació mi bebe. Y mi bebe está sano. Aunque yo le di mi sangre, él está sano.»

«Dos veces por semana voy con mi bebe a la “scuola di italiano”. También lo llevo conmigo los lunes cuando voy al psicólogo. Si no aprendo italiano, no podré encontrar trabajo. En esta casa son buenos conmigo pero me dijeron que tengo que empezar a buscar un lugar donde vivir. Cuando salgo, le trenzo el pelo a algunas personas. Me pagan diez o quince euros. Tengo que buscar una pequeña habitación. Puedo limpiar, puedo hacer cualquier cosa. Necesito poder comprarle comida y ropa a mi bebe. Al principio, pensaba volver a Nigeria pero mi madrastra me dijo que me mataría si volvía. No llamé nunca más. Una amiga nigeriana me consiguió trabajo en un strip club. Pagan doscientos euros por día y, además, los hombres te dan plata. Pero, ¿qué pensaría mi bebe si hago ese tipo de trabajo?»

«A la gente de tu país quiero decirles que cualquier persona que tenga una madre, tiene algo de un valor incalculable. Mi madre solía decirme que uno no conoce el valor de algo hasta que lo pierde. Me gustaría poder saludarla. Me gustaría poder pedirle perdón por haberla tratado mal y por ser tan testaruda. Pero no tengo esa oportunidad. No tengo madre y, para mí, mi padre está muerto porque no le importa si existo. Estoy completamente sola. Mi bebe es mi madre, es mi padre, es mi hermano. Es todo lo que tengo en este mundo. Las personas que no han vivido lo que he vivido yo no saben cuan afortunadas son. Nacieron sin dolor en su vida. Pudieron crecer. En Europa viven una vida libre. Yo nací con dolor, crecí con dolor y todavía siento dolor. No le deseo a nadie la vida que llevé. Ni siquiera a quien me desea mal, le desearía la mitad de lo que he pasado. Te conté todo esto, pero no quiero acordarme de todo. Ya no pienso en nada.»

Hacía ya algunos minutos que el bebe estaba inquieto. Adije lo mecía para calmarlo y le decía, “Basta, amore”.

El niño se llama Ndulue.

Ndulue significa: “Espero que él lo logre”.

Bilal | 2 de mayo de 2018

11 / La primera vez que vi a Bilal

La primera vez que vi a Bilal fue de lejos y casi sin querer. Yo había ido a buscar a Rita a la salida de su trabajo en Via di San Gallicano y el plan era encontrarnos con Paolo en San Lorenzo.

Desde que había llegado a Roma, tres días antes, no había parado de llover. Ahora, hacía más de treinta minutos que Rita y yo esperábamos el tranvía 3 acurrucadas bajo un paraguas, pero el tranvía no pasaba y ella llamó a Paolo para cambiar el lugar de encuentro.

No se me ocurrió preguntar a dónde iríamos. Subimos al H en vez de al 3, cruzamos el río Tevere por el puente Garibaldi y bajamos en Esquilino. Desde ahí caminamos bajo la lluvia a paso acelerado por Via Gioberti hasta llegar a Via Giovanni Giolitti. Recién cuando dejamos atrás la calle, recién cuando entramos por una puerta lateral de Stazione Termini, recién cuando vi las letras rojas que decían Mercato Centrale, me di cuenta de que cenaríamos en el mismo centro de gastronomía en donde estaba la pizzería en la que trabajaba Bilal.

Yo había conocido a Rita esa misma tarde. Mi amigo Paolo nos había puesto en contacto cuando yo todavía estaba en Buenos Aires y ella se había entusiasmado tanto con el proyecto que desde que decidí viajar a Roma hablábamos casi todos los días. Rita trabaja en el Instituto Nazionale per la Promozione della Salute delle Popolazioni Migranti y había preparado toda una semana de entrevistas. Nuestro plan esa noche era revisar la agenda de los próximos días antes de que llegara Paolo y, luego, cenar con él.

Rita eligió una mesa frente a un local de vinos. Sacó un cuaderno de la cartera y empezó a hablarme de los refugiados a quienes veríamos esa semana. Sin embargo, yo había dejado de escucharla: en ese momento estaba pasando exactamente aquello que había deseado desde que decidí viajar a Roma: sin que yo forzara nada, sin que yo tomara ninguna iniciativa, un azar me había llevado al lugar donde trabajaba Bilal. Sólo faltaba que él estuviera ahí a esa hora.

Rita me hizo una pregunta. Quizás la pregunta tenía que ver con si tomábamos vino blanco o tinto. O quizás tenía que ver con Paolo o con alguna de las entrevistas. No tengo manera de recordarlo. Miré a esa mujer que me estaba ayudando tanto sin conocerme y me quedé callada. No quería contarle lo que estaba pasando porque lo que estaba pasando era demasiado importante como para ponerlo en palabras en ese momento.

Nos habíamos sentado frente a una mesa alta y yo había quedado dándole la espalda a la mayoría de los locales.

– Rita, discúlpame –dije, al fin. -No te estoy escuchando.

Giré sobre mi banqueta. A mi derecha había un local de quesos, uno de pan, uno de chocolates, uno de ramen, una heladería y un sushi bar. Ni un solo local de pizzas. A mi izquierda: uno de pescados frescos, uno de trapizzini, uno de alcachofas y hongos, un local vegano, uno de comida siciliana y un café.

– ¿Qué pasa? -preguntó Rita, alarmada.

Pescados. Alcachofas. Helados. Ramen. Café. ¿Y Bilal? Trapizzini. Chocolates. Quesos. ¿Bilal? Panes. Sushi. Finalmente… sí: allá, al fondo de todo, una pizzería. La única del lugar.

Sin explicarle nada a Rita, me levanté de la mesa.

***

Que Bilal fuera tal como yo lo había imaginado, que la pizzería también fuera igual a como la había imaginado, que él estuviera vestido de blanco lavando platos detrás de un vidrio que separaba el área pública del área interna de la pizzería tal como yo lo había visto en mi imaginación desde hacía meses, nada de eso hizo que mi conmoción fuera menor cuando lo vi.

Ahí estaba. Ahí estaba ese hombre negro, un mauritano de dos metros de altura, oscuro como el carbón más oscuro, un hombre robusto vestido enteramente de blanco con las manos sumergidas en agua y espuma, ahí estaba él lavando platos, fuentes, bandejas y sartenes. Lo hacía con rapidez y, sin embargo, en calma. Lo hacía concentrado pero, al mismo tiempo, como si también estuviera en otra parte. No sentí vergüenza por el hecho de que yo estuviera afuera, entre los clientes, y él adentro lavando platos. Había tal dignidad en su postura que yo no podía sentir pena. Al contrario, me sentí cómoda.

Si tuviera que elegir una sola palabra para explicar lo que sentí cuando vi al hombre que había estado buscando durante meses, la palabra sería asombro. Ahí estaba él y aquí estaba yo. Yo sabía quién era él y lo miraba, y él de mí no sabía nada y tampoco sabía que lo estaba mirando. Ese hombre que pasaba una esponja a los platos, que los enjuagaba y los ponía a secar, había sido esclavo veinticinco años, había atravesado un desierto rocoso con los pies descalzos y un brazo roto. Ese hombre había estado escondido en un pequeño barco, sin ver el sol, luchando entre la vida y la muerte, durante meses.

Yo conocía detalles de su vida que muy pocos conocían y él no sabía nada de la mía. Pero lo más asombroso de todo era que, esa noche, yo estaba ahí por él. Lo más asombroso era que, sin saberlo, ese hombre había cambiado mi vida. Él me había traído hasta aquí exactamente. Él me había sacado de golpe del ensimismamiento en el que yo vivía y me había mostrado que el mundo es ancho y es ajeno, pero que aun así nos pertenece. Ancho y ajeno, pero cercano y nuestro.

Y allí estaba yo, mirándolo como si mirara el mundo. Como si mirara la historia. Bilal de un lado del vidrio y yo del otro. Yo conservando una distancia suficiente como para que él no viera que lo estaba mirando… aunque si me veía no sabría quién era esa mujer que lo miraba.

Mientras tanto, Rita me esperaba en la vinería. Yo podía o bien volver y seguir con nuestro plan de revisar la agenda, o bien acercarme al vidrio y hacerle una seña a Bilal para que se acercara.

Podría haber hablado con él esa misma noche si hubiera querido.

¿Pero qué derecho tenía a hacerlo?

¿Acaso él no había dicho que no quería contar su historia?

Se lo veía absolutamente en paz. Una paz como nunca antes había visto en nadie.

¿Qué derecho tenía yo, y quién era yo, y qué fuerza superior me autorizaba a irrumpir en la vida de un hombre que había llegado hasta aquí con el alma marcada de una manera que yo no alcanzaba a imaginar?

Hubiera querido hablarle. Claro que hubiera querido hablarle. Pero en ese momento me di cuenta de que, si lo hacía, ya no sería para escuchar su historia sino sólo para darle las gracias

Gracias, Bilal

Eso le habría dicho si al fin me hubiera decidido a hablar con él

Gracias.

Y él no habría entendido por qué. Y explicárselo hubiera sido demasiado largo. Y Rita me estaba esperando. Y a él se lo veía en paz. Y yo pensé que también en esa paz de un hombre enorme y negro que había atravesado mares y desiertos tenía algo para aprender. Algo que todavía no sabía nombrar pero que quizás podría poner en palabras algún día.

100 Mujeres | 30 de abril de 2018

Ilustración: Mana Le Calvet

María Angélica Pivas: “Cuando era chica ya quería ser abogada, asociaba a la Justicia con la felicidad”

Es la primera jueza en la Cámara del Crimen de Gualeguay. Lucha contra la trata de personas desde hace años y cumplió su sueño de que se cerraran los prostíbulos en Entre Ríos. Intervino en los casos Reggiardo, Yabrán, Soria y Gilda, entre otros.

Casa de chicas malas. Ese eufemismo usaban los grandes para explicarle a María Angélica “Ely” Pivas qué era el prostíbulo que había en la esquina de su casa de Gualeguaychú, en Entre Ríos.

Ella veía pasar a esas mujeres por la puerta de su casa. “Iban con la cabeza gacha, como avergonzadas. Para el barrio eran ‘las putas’. Lo que yo veía eran mujeres tristes y sin nombres, a las que les habían quitado su identidad. Las llamaban por algún atributo: eran ‘la culona’, ‘la tetona’, ‘la colorada’. Ya estaban cosificadas. Sólo supe el nombre de una, Laura, porque con ella conversaba a escondidas. No eran prostitutas, eran mujeres prostituidas por un cafisho que sí tenía nombre”.

María Angélica era chica, pero estaba segura de que esas mujeres no estaban ahí porque les gustaba, como decían las comadronas del barrio. Cuando una vecina les gritó: “¿Por qué no se buscan un trabajo decente?”, ella le contestó con otra pregunta: “¿Usted se lo daría en su casa?”.

“Creo que sin saberlo ya había comenzado mi lucha”, dice quien con el tiempo se convertiría en la primera mujer en la Cámara del Crimen de Gualeguay y un emblema contra la trata de personas con fines de explotación sexual. “No podía hacer nada entonces, pero cuando fuera abogada…”.

A los nueve años decidió que sería abogada. Aunque, en realidad, lo que deseaba profundamente era dejar de ver infeliz a su familia. Por entonces, su padre, Miguel, que era mecánico, había denunciado un contrabando de repuestos y autopartes de Fray Bentos a Gualeguaychú. “No sabía que se estaba metiendo con una mafia colosal, con conexiones que le garantizaba impunidad. Todos terminamos amenazados de muerte. Yo misma encontré un papel en nuestro zaguán, una amenaza anónima que la advertía a mi madre que iba a quedar viuda y nosotros huérfanos, si mi padre ratificaba la denuncia. Primero quise romperlo, pero lo dejé donde estaba y le avisé a mi mamá. Nunca supo que yo también lo había leído”. Ya nada fue igual. Tuvo que aprender a ser fuerte.

Por esos años, en la escuela, la maestra de grado propuso una consigna: “¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?”. Y María Angélica no dudó: “Abogada”, escribió. “Para que la gente sea feliz,” remató.

Estudió derecho en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe. Y sostiene que en treinta años de carrera no recuerda haber llorado con algún caso, aunque hay historias, imágenes que no se le borrarán nunca más.

El primer caso que la marcó, por el ensañamiento con las víctimas, fue el del triple crimen de la familia Soria. También actuó en el litigio por la millonaria herencia del estanciero José Reggiardo. Y fue fiscal en la causa por la muerte de la cantante Gilda.

Con su relato sobre el caso Yabrán podría escribirse como mínimo otra nota. Por entonces, era secretaria del Juzgado de Instrucción de Gualeguaychú. “Le tomamos declaración a todos porque todo era dudas: ¿Era Yabrán? ¿Se había matado o lo habían matado? Ordené el secuestro de todas las armas, a todos les hice el derminotrotest. Un comisario se me acercó sin disimular su enojo: ‘¿Por qué hace esto?’, me dijo. ‘Simple’, respondí. ‘Porque además de verificar la identidad de este masculino tenemos que saber si se mató o lo mataron, y los que estaban en el lugar al momento de la muerte, eran ustedes.’ Le dije que después me lo iba a agradecer”.

Todos dieron negativo, también los caseros, y sí, el comisario se lo terminó agradeciendo. Esa noche, para preservar las pruebas, tuvo que frenar a la Gendarmería, a la Prefectura, y hasta a los enviados del Presidente.

Habían pasado muchos años desde que esas mujeres cabizbajas, pasando por la puerta de su casa, la movilizaran. Sin embargo, la trata todavía ni siquiera estaba tipificada en la Argentina y ella tuvo que intervenir en el caso VML. “Era una chica de 15 años que había sido captada por una familia y era explotada sexualmente. La madre la tenía encerrada en la casa y el hijo mayor la violaba, la golpeaba, la quemaba con vidrios calientes y le hacía cosas tan horribles que duele contarlas. Entendí que estaba frente a un hecho de connotaciones mayores a los delitos de competencia ordinaria conocidos”.

Por entonces, se requería de mucha valentía. Las mafias y sus complices operaban sin límites. En la Argentina, la Ley de Prevención y Sanción de la Trata de Personas se sancionó recién en 2008. Pivas reconoce que muchas, muchísimas veces, ha sido y sigue siendo discriminada en el ámbito de la Justicia. “Lo vi y viví cuando se producía una vacante de cargo, que generalmente era ocupado por hombres. La Justicia no escapa a la sociedad en la que vivimos, que es machista. Yo veo que en el Poder Judicial de Entre Ríos está cambiando, no casualmente, de la mano de mujeres”.

Por eso, en 2014 festejó cuando la provincia de Entre Ríos creó el Centro Judicial de Género.

Fue la primera mujer en la Cámara del Crimen de Gualeguay. “Alguien me dijo una vez que a mí no me ofrecían un cargo porque ‘molestaba a los muchachos’. Molestaba porque quería cerrar los prostíbulos de la provincia”.

Más allá de esos dichos, sumando el coraje de muchos que se arriesgaron como Pivas, hoy en Entre Ríos ya no existen prostíbulos habilitados por el Estado. “Creo que ese funcionario puso en palabras una realidad: mi lucha jugaba en contra de mi carrera judicial, ¡pero pucha que valió la pena!”.

pivas

Nombre: María Angélica Ely Pivas
Edad: 57 años
Profesión: Jueza
Sector en el que trabaja: Justicia
Lugar de Nacimiento: Entre Ríos
Lugar en el que desarrolla su actividad: Entre Ríos

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
Lo que a mí me inspira es la justicia y la intolerancia a la injusticia. Los vulnerables, las personas en situación de vulnerabilidad. La indiferencia de los que tienen poder y podrían operar un cambio.

2. ¿Qué te hace feliz?
El recuerdo más feliz que tengo es el nacimiento de mi hija. Soy demasiado casera: mi esposo, que es mi compañero de ruta, también me hace feliz. En mi vida, el mejor refugio es mi familia.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Normalmente no tengo problemas para dormir. Cuando no puedo dormir, casi seguro tiene que ver con que tengo alguna cosa pendiente en el trabajo. Entonces, lo que hago es prevenir y me pongo a trabajar toda la noche.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Se me ocurren varias situaciones, y todas son disímiles. Me gustaría que no hubiera pobreza y todas las consecuencias que conlleva; que se terminaran las guerras; que se cuidara el medio ambiente; que hubiera equidad de género. También creo que si nosotros creamos estas situaciones, de nosotros debe partir la solución, haciéndonos cargo de todo el mal que hacemos. El diálogo es fundamental, acompañado de educación. Comenzando por casa, la ciudad donde vivimos, la provincia, el país y luego un gran diálogo internacional.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Yo cuando era chica ya quería ser abogada. La injusticia que vivió mi padre motorizó mi vocación. En mi familia la pasamos mal, muy mal. Yo sentía que en ese momento no podía hacer nada más que cuidar a mi hermanito que era muy chico, pero cuando fuera grande iba a ser abogada, para que la gente no pasara por esas tristezas y fuera feliz. Indudablemente asociaba la Justicia con la felicidad, con la alegría, el bienestar de vivir en paz, en familia.

100 Mujeres | 25 de abril de 2018

Ilustración: Mana Le Calvet

Soledad Deza: “Las mujeres vivimos cadenas de injusticias en todos los ámbitos”

Es abogada y tucumana. Lucha por la legalización del aborto y contra las prácticas patriarcales. También carga sus contradicciones internas: tiene una posición económica acomodada y recibió una formación religiosa.

Cuando se enteró del caso, Soledad Deza, abogada tucumana especializada en temas de género, fue corriendo al penal. Como no la recibieron dejó una tarjetita con sus datos. “Te quiero ayudar”, escribió al dorso. Era el 13 de abril de 2016. Más temprano ese día una psicóloga había ido a su casa porque necesitaba que la asesore para declarar en un tribunal. El juicio empezaba al día siguiente y la acusada era una joven de 26 años que había llegado a la guardia de un hospital con un dolor abdominal, había sufrido un aborto espontáneo de un embarazo de pocas semanas y cuando recuperó la conciencia la policía la acusaba del asesinato de un feto de ocho meses que había aparecido en el baño del hospital.

Belén estaba presa hacía dos años por ese aborto y sus abogados no apelaban a la excarcelación. Incluso le dijeron que podría recibir cadena perpetua. Finalmente le cayó una condena por ocho años por “homicidio agravado por el vínculo”. En una sociedad en donde se entremezclan la religión con el Estado, no tenía a quien rezarle. Quien la sacó de la cárcel y logró su absolución fue Deza. Para Belén, el momento más oscuro de su vida se partió así: AS y DS. Antes y después de Soledad.

* * *

Deza tiene hoy 46 años y es férrea militante de los derechos de la mujer. Actualmente lucha por la legalización del aborto y contra las prácticas patriarcales pero también carga con sus contradicciones internas: de una posición económica acomodada, toda su juventud recibió una formación religiosa. Al momento de terminar el secundario no pensaba en el aborto e incluso su familia le había inculcado que para poder tener sexo debía estar casada. Cuando se anotó en la Universidad Nacional de Tucumán pudo romper, en parte, con esos condicionamientos. Estudió derecho, dejó atrás el dogma religioso e incluso se fue a vivir con su novio de ese momento.

Durante muchos años ejerció la abogacía en estudios que asesoraban a bancos y a privados que pudieran pagar sus honorarios. Se divorció cuando sus hijos eran chicos y no veía forma de poder mantenerlos si no era con ese tipo de trabajo. En 2009 finalmente, cuando su situación se acomodó realizó una maestría de género en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y conoció a referentes del feminismo. Empezó a hablar de aborto y se capacitó. En 2012 se unió a la agrupación Católicas por el Derecho a Decidir, una organización que respalda los derechos de la mujer y particularmente los asociados a la sexualidad y la reproducción. Desde entonces se aboca a asesorar y defender mujeres criminalizadas por abortar y mantiene su religión como algo personal. “Vivo de forma libre mi fe, creo que la espiritualidad es algo propio”.

* * *

La mamá de Belén la contactó unos días después de encontrar su tarjetita. Luego de charlar durante tres horas con la joven, Deza se puso en campaña para organizar su defensa desde lo legal pero también mediáticamente: pactó la difusión del caso con la prensa independiente de Tucumán e instaló un estado de movilización en la calle. El caso recorrió con indignación el país, aunque le valió, en el proceso, varios insultos. “Me escribían personas de mi pasado por Facebook para decirme que no podían creer lo que estaba haciendo. En la facultad y en el colegio, a mis hijos los miraban mal. Copté muchas sobremesas con este tema. Fue un alivio cuando se revirtió la condena”, dice y un poco se ríe.

“Lo de Belén me marcó y me interpeló desde mi lugar de privilegio. No tenía dudas de que estaba injustamente presa pero sabía que iba a tener que remontar todo el peso del poder policial. Tuve miedo de no lograrlo. Sentía mucha angustia por la situación, cada vez que iba a la cárcel a explicarle que no habíamos avanzado, que todavía faltaba, sentía el encierro en carne propia”, cuenta.

Después de cuatro meses en el caso, Deza logró la excarcelación de Belén. En el proceso demostró que se había violado el secreto profesional, que la joven había sido encarcelada sin probar su vínculo con ese feto de ocho meses -que desapareció antes de poder practicarle una autopsia- y que no le correspondía estar presa por un proceso del cual no había sido responsable. El año pasado, Belén fue absuelta por la Corte de Tucumán y ahora vive en Buenos Aires, tratando de rehacer su vida. Le pidió al Estado un trabajo y una casa como compensación pero nunca se la dieron. 800 días estuvo en el penal.

Deza escribió luego un libro: “Libertad para Belén. Grito nacional” en donde cuenta todas las particularidades del caso. Hoy sigue trabajando en Católicas por el Derecho a Decidir y milita intensamente por la despenalización del aborto. Cree que la victoria del movimiento feminista está en que sea más pragmático y político. Que no caiga en los dogmas que ella siempre quiso dejar atrás.

SoledadDeza

Nombre: Soledad Deza
Edad: 46 años
Profesión: Abogada
Sector en el que trabaja: Justicia
Lugar de Nacimiento: Tucumán
Lugar en el que desarrolla su actividad: Tucumán

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
La injusticia y la desigualdad que vivimos las mujeres en esta sociedad. Tengo una hija de 18 años a quien quisiera legarle una vida más justa. En todos los ámbitos vivimos cadenas de injusticias: en lo laboral, en la salud, en la educación y en nuestra propia autonomía. Esa sensación de que todo nos cuesta el doble, que tenemos que demostrar el doble, posicionarnos más fuerte. Eso me parece injusto.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mis hijos, mi familia. La lucha feminista me hace muy feliz, me realiza plenamente y no quiero que pierda fuerza. A veces creo que nos radicalizamos un poco y que queremos ganar batallas exclusivamente en nuestros términos, tenemos que volvernos más pragmáticas. El feminismo es un movimiento político y como tal tiene sus reglas y las tenemos que saber manejar. El feminismo no puede ser un dogma, tiene que ser flexible para que seamos cada vez más. También me realiza la docencia. Siento que es un espacio para incidir a futuro. Para meter cuestiones de género en la facultad, enseño gratis. Me gustaría que mi facultad fuera un poco menos dogmática la verdad.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Cuando tengo casos en donde se que las mujeres están en peligro. Duermo muy poco la verdad.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Los estereotipos en los que nos han encasillado a las mujeres. El mundo tiene que deponer a esa mujer monolítica al servicio exclusivo de la reproducción social. Esa es una mujer sometida. Aprendí mucho del movimiento feminista, de otras compañeras, de gente sobre la que leí y que pude conocer. El feminismo es muy horizontal y creo que hoy es un valor reconocerse así, cuando hasta hace poco no lo era. Todavía estoy aprendiendo y me reconozco en algunas prácticas patriarcales como decirle a mi hija “no podés vovler sola, yo te voy a buscar”, cosa que no hago con mi hijo varón. Quiero legarle a mis hijos que que luchen, que tengan una mirada crítica de las cosas, que no se conformen y que le devuelvan al mundo lo que a ellos no les costó.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Quise ser médica, luego psicóloga. Cuando terminé el colegio me quise inscribir en esa carrera pero se me venció el plazo y entonces decidí ser abogada. Igual algo de mandato hay: mi mamá es abogada y mi abuelo era abogado. Mi ex marido también. Mi padre es médico. Con lo que estoy haciendo ahora logré juntar un poco las dos cosas.

Bilal | 23 de abril de 2018

8 / No quería escuchar el nombre de África

Aguibou (22 años) (Guinea-Conakry)  llega al patio de comidas de la Stazione Tiburtina, en Roma, a la hora exacta de la cita.

Va vestido con jeans, remera, zapatillas y campera. Es de piel muy oscura, aunque no de un negro tan absoluto como la de Bilal. Habla italiano con un acento extranjero que no distingo, pero lo habla rapidísimo, sin pausa entre una palabra otra, sin comas, casi sin detenerse al final de una oración.

No le faltan las palabras, ni tiene dificultad para expresarse. Todo en él exuda seguridad: la manera en que se mueve, en que responde a las preguntas, en que me mira directo a los ojos cuando no entiendo algo y vuelvo a preguntar. Esa seguridad, su aplomo, me dejarán atónita muchas veces, no sólo mientras conversamos sino también semanas mas tarde, cuando escuche la grabación e intente transmitir en la escritura el sorprendente contraste entre los hechos que narra y el tono, aparentemente desapegado, con que lo hace. Tampoco logro descifrar emociones en su rostro, salvo cuando sonríe. Y la risa es algo que Aguibou no escatima: en los momentos menos pensados, ríe de un modo alegre y espontáneo. Su risa, casi infantil, sus dientes pequeños, blanquísimos, le iluminan el rostro y lo convierten en el adolescente que, en tantos sentidos, todavía es. En el adolescente que podría haber sido si, por obra de ese azar que gobierna nuestras vidas, no hubiera nacido en el lugar y en el tiempo en los que nació: la aldea de Kouroubala, en Guinea-Conakri, en la última década del siglo XX.

-¿Cuántos años tenías cuando dejaste tu país? –le pregunto.

Aguibou levanta los hombros.

-No sé -dice.

Se queda callado y me mira atentamente.

-¿Cómo que no sabes? –digo.

Él sonríe.

-Yo no sé cuándo nací. Nunca tuve documentos. Aquí, en Italia, cuando llegué, me dijeron que debía tener más o menos diecisiete. Lo dijo el doctor que me examinó. Pero en realidad yo no lo sé.

-¿Y cuánto hace que estás acá?

-Cinco años.

-De manera que ahora debes tener más o menos veintidós -dije. -¿Sabes en qué año te fuiste de tu país?

Aguibou saca cuentas antes de responder.

-Creo que en 2009 -dice.

-Entonces tenías más o menos catorce años cuando te fuiste. –digo. -¿Cómo fue que siendo tan pequeño decidiste dejar tu país, Aguibou?

Él dice todo lo que sigue sin parar, sin detenerse a pensar, sin que yo le haga ninguna otra pregunta.

-En Guinea los militares salen con fusiles y le disparan a la gente como a animales. Eso me molestaba mucho. No debería ser así entre seres humanos. A mis padres los mataron en el mercado. Trabajaban cultivando en el pueblo y llevaban a vender sus productos a la ciudad. Y allá los mataron a todos. Yo era muy pequeño y llevé el dolor encima mucho tiempo. Soñaba con irme a otro país pero no podía pasar porque había rebeldes por todas partes. Agarraban a los niños, les daban un fusil y les enseñaban a disparar. A mí también me agarraron. Y me decían: “Quédate con nosotros, tendrás un futuro mejor si trabajas con nosotros”. Pero yo sabía qué era lo que hacían. Y odio las cosas así. Entonces les dije: “Yo no disparo”. Y ellos me pegaban. Así que una noche salí a orinar y me escapé. No había calles. No sabía por dónde ir. ¿Sabes qué me hubieran hecho si me agarraban? Me habrían matado porque, si escapas, para ellos eres un traidor. Pero no me encontraron. Un señor con un caballo me preguntó: “¿A dónde vas?” “No sé,” le dije. “Sube,” dijo. Y me llevó a la capital. Pero allí también disparaban a la gente. Es un país lleno de guerra. Todos tienen fusiles: los rebeldes y los militares. Van a los pueblos y roban y disparan a la gente. Un día cien personas, otro día doscientas personas, trescientas personas, cuatrocientas personas. Cada uno hace lo que le parece. Yo nunca disparé. Odiaba África. Si tuviera la posibilidad de cancelar mi origen lo haría para no decir que soy africano. Yo era pequeño, pero me vino a la cabeza que no quería estar en medio de eso. Y escapé. Mientras huía vi centenares de personas muertas. Muertos como ríos de agua. No es justo. Esta es la única vida que tenemos y es muy breve. Un día nos morimos. Yo quería que me dejaran vivir mi vida. No quería morir antes de tiempo.

Aguibou sonríe. De pronto, no es más el adulto que habla impasible sobre su pasado, sino un niño que acaba de hacer una travesura.

-¿A dónde te fuiste cuando decidiste dejar Guinea? -digo.

-Primero fui a Sierra Leone. En la frontera tuve que retroceder porque no se podía pasar. Lo mismo pasó en la frontera con Liberia. Yo estaba solo. Durante todos esos años estuve solo. Siempre solo -subraya. -Luego estuve en Mali, estuve en Argelia, estuve en Libia, estuve en Malta, estuve en España, estuve en Francia. Y luego llegué a Italia.

Aguibou separa las manos con las palmas hacía arriba, como si ese fuera el final de la historia. Como si ya todo estuviera dicho y no tuviera nada más que contar.

-¿Cómo fuiste de un país a otro?

-A pie. Toda la parte del desierto en África la hice a pie, con otra gente que no conocía. En Mali me dispararon en una pierna. No te imaginas lo que es atravesar el desierto. Mamma mia. Los últimos días daba un paso, dos pasos, y me caía sobre la tierra. Mientras caminas piensas que caminas hacia la muerte. Lloraba todos los días. No sabía en qué país estaba. Te cruzas con cadáveres. Te cruzas con tuaregs que viven en el desierto. Les preguntas hacia dónde ir y ellos hacen así con la mano y tú sigues en esa dirección y llegas a un país, Argelia, luego llegas a otro país, Libia… Y así. ¿A quién le importa si te equivocas? Odié estar en África. No quería ver africanos. Ni siquiera quería escuchar el nombre de África. Después estuvimos cinco días en el mar hasta que se rompió la barca. Era una barca muy pequeña. Se llenó de agua. Yo sólo tenía la cabeza afuera. Faltaba poco para morirnos. Si no hubieran venido los malteses nos habríamos muerto. Venía una ola después de otra. Nos hundíamos y volvíamos a salir. La última vez, un señor me agarró la mano. Si no, no estaría aquí.

Aguibou estalla en una risa alegre.

-¿Cuentas todo eso y te ríes? -digo.

-Y, sí -dice, y levanta los hombros. -¡Ya pasó!

-¡Tenías apenas catorce años! -digo.

-¡No! -dice él. Es un “no” rotundo. -Ahí ya tenía catorce años y medio. Era un poco mayor.

Le pregunto:

-¿Cómo hiciste para irte en la barca?

-En Libia, trabajaba con un señor. Lo ayudaba a sacar los yuyos de su huerta. Dormía con otros chicos adentro de una casa rota. Cuando salía para ir a la huerta, la gente me pegaba.

-¿Por qué te pegaban? –lo interrumpo.

-Porque no querían que yo estuviera ahí. Cuando pasaba, me tiraban piedras o me escupían. Venían cuatro o cinco personas y me pegaban, incluso delante de los policías. A los libios no les gustan los negros. Y ese señor que me daba pan y me compraba para comer, me dijo: “Aguibou, yo nací en este país, pero este país no es para ti. Voy a encontrar una forma de que te vayas.” Entonces habló con los mafiosos que traen gente a Europa sin documentos. Los mafiosos juntan personas y las meten en una barca pero nadie sabe cuánto ha pagado el otro: yo no sé cuánto has pagado tú, tú no sabes cuánto ha pagado ella, ella no sabe cuánto he pagado yo. Y te echan adentro de la barca. Yo tenía trescientos dólares que me había dado mi patrón y se los volví a dar para que les pagara, pero él tuvo que agregar más. Era toda la plata que yo tenía. La barca se rompió al tercer día en el mar. Se llenó de agua. Nos cansamos de sacar agua y nos sentamos a esperar la muerte. Nos estábamos hundiendo lentamente. Lentamente. Y entonces apareció un helicóptero allí arriba y comunicó que estábamos en medio del mar. Y después vinieron de Malta con una nave pequeña y nos rescataron a todos con una cuerda.

-¿De ahí viniste a Italia?

-No. De ahí nos llevaron a Malta. Cuando llegamos nos encerraron por dos años. Nunca estuve afuera.

-¿En una cárcel?

-Sí, era como una cárcel. Hay muchas carpas con un muro alto alrededor con alambre espinoso arriba. Los militares hacen turnos y te vigilan. Cuando ellos rescatan a las personas en el mar y las llevan a su país, las reglas son así. Las encierran por dos años y luego las dejan salir, pero no te dan un documento.

Aguibou vuelve a reír.

-¿Y qué sentido tiene todo eso? -pregunto.

-¡Nadie lo sabe! Cuando te sueltan, te dicen que puedes caminar por donde quieras pero que no puedes salir de Malta. Te dicen: “Si intentas irte y te agarramos, te mandamos de regreso a tu país.” Malta es una isla. No puedes irte a ninguna parte. Si encuentras trabajo puedes trabajar. Así que trabajé un poco y gané un poco de dinero y cuando tuve suficiente hablé con unas personas y me dieron el documento de otra persona. Y pude salir de Malta. Miraron la foto del pasaporte y me miraron a mí, pero no se dieron cuenta de que no era yo. Tenía tanto miedo que me estaba orinando encima. Fui a Barcelona en avión y allí tuve que devolver el documento. Yo no hablaba español. ¿Sabes cuánta plata tenía en el bolsillo? Ciento cinco euros. No conocía a nadie. Lloraba todos los días. No comía. Dormía en la calle. Entonces decidí ir a Francia y fui a la boletería y le dije a una señora que quería un pasaje para Francia. Ella me pidió el documento. Le dije que no tenía y ella me dijo: “¿Cómo te vendo un pasaje si no tienes documento? Si te vendo el pasaje, en la frontera no te dejan pasar.” Y me puse de nuevo a llorar. ¿Entiendes?

Antes de que pueda responderle, Aguibou se ríe.

-¡Te ríes! -vuelvo a decir yo, y también río. -¡Es increíble que te rías!

-Ahora estoy sentado aquí -dice, y señala la mesa donde estamos. -Entonces vi a un señor que hablaba francés y le expliqué lo que pasaba y él me compró el pasaje. “A las cuatro de la tarde viene un autobús blanco que va a Marsella. Súbete a ese autobús,” dijo. Así que a las cuatro subí al autobús. Todos los pasajeros tenían sombreros. En la frontera de España tuvimos que bajar, pero no nos pidieron el documento. Llevaban unas armas enormes. En la frontera francesa de nuevo tuvimos que bajar, pero nadie me pidió el documento. Al fin llegué a Marsella y allí me senté como en Barcelona. No sabía a dónde ir. Un señor italiano que hablaba árabe, francés, español e inglés me empezó a hablar y a hacerme muchas preguntas. Al principio yo no quería hablar porque tenía miedo. Pero él se quedó sentado al lado mío y me preguntaba. “¿Cómo te llamas? ¿Por qué viniste aquí?” “No sé”, le decía yo. “Donde voy encuentro dificultad. Quiero encontrar un lugar donde me sienta fácil. Soy demasiado pequeño para vivir así. ¿Cómo hago para crecer?”, le pregunté. “No es justo que a esta edad me sienta tan solo.” Entonces hablamos y hablamos. Y él me dijo: “Yo soy italiano y dentro de un rato me voy a Italia. Soy de Génova. Ven conmigo.” “¿Por qué voy a ir contigo?” dije. Entonces él se levantó y fue a comprar un pan y agua y un poco de jugo de fruta y me los trajo. Dijo: “Yo voy a Génova, pero tú tienes que ir a Roma. Allí encontrarás muchas posibilidades de ayuda para personas que se han escapado de su país. Subamos juntos a este autobús. Cuando llegues a Roma los caribinieri te van a ayudar.” ¿Y sabes a que parte de Roma llegué?

Aguibou señala un andén cercano.

-¿No viste más a ese señor?

-No. Él no me dio su número y yo no se lo pedí. ¿Sabes cuánta plata tenía cuando llegue aquí? Cincuenta centavos. Quería ir a la Stazione Termini porque él me había dicho que ahí había mucha gente de mi color, pero con cincuenta centavos no me alcanzaba así que me acerqué a un hombre negro, pero no hablaba mi idioma. De todas maneras me dio cinco euros y me compró el billete de metro. Al fin llegue a Termini. Dormí sentado en la estación. Al día siguiente vi personas que hacían fila y les daban comida. Me acerqué despacito. Era la fila para comer en Caritas y me dieron de comer. Al tercer día un chico me preguntó si tenía documento y me mostró la escuela de Via Giolitti. Fui y me quedé dormido delante de la puerta. Cuando me desperté vi dos policías. Quería escapar. “No, no, no. Ya no debes escapar más. Nosotros estamos acá para ayudar,” me dijeron. Me llevaron al médico y luego me llevaron a un centro de menores y me dieron un lugar donde dormir. Después de todos esos años, de todos esos viajes, me sentía raro. Pensaba que estaba soñando. Pensaba que ya estaba muerto. Pero ahora estoy aquí. Esa es mi historia.

Aguibou obtuvo un documento humanitario como refugiado. Estuvo en el centro de menores hasta que cumplió 18 años. Según la ley italiana, al llegar a la mayoría de edad debía dejar ese centro y pasar a vivir en un SPRAR. Sin embargo, el camino de Aguibou fue distinto. Un sábado, una de las trabajadoras sociales del centro lo llevó a conocer a unos parientes en las afueras de Roma y ellos empezaron a ir a buscarlo todos los fines de semana. El día que cumplió 18 le dijeron que agarrara todas sus cosas. Desde entonces vive con ellos.
Ha viajado con esa pareja y con sus tres niños pequeños a Alemania, Austria, Dinamarca y Finlandia. En su país no había ido nunca a la escuela y ahora cursa por las tardes los últimos años de la secundaria. Durante el día trabaja en una oficina haciendo mantenimiento de equipos.

-¿Tienes amigos? –le pregunto.

-No muchos. Pero ahora tengo otra amiga -dice, y me señala. -La vida es así. Está la muerte. Está la vida. Es triste. Es feliz.

-Eres muy valiente -digo.

Aguibou ríe.

-No sé –dice, muy serio.

-¿Qué te gustaría decirle a la gente de mi país? –pregunto.

Él piensa un momento antes de responder.

-Me gustaría decirles que si hay tantas personas que se van de sus países no es porque quieran hacerlo. No se van por su voluntad. Se van con miedo a morir. Las personas que se van no piden ayuda material. Sólo piden ayuda para despertar tranquilas cada mañana. Piden ayuda para alejarse del miedo.

-¿Cómo imaginas tu vida en el futuro? –pregunto.

-A veces tengo miedo –dice Aguibou. -Otras veces no. Todo lo que he dejado atrás… Todo lo que tengo por delante…

Bilal | 23 de abril de 2018

9 / “Estaría muerto si no me hubiera ido de Camerún”

Bryan. 24 años. (Camerún). Creo que ya antes de encontrarnos por primera vez, los dos sabíamos que no sería un encuentro cualquiera. Dos días antes, nos habíamos hablado por Facebook.

Yo le había escrito tarde por la noche diciéndole que Emilio me había hablado de él y preguntándole si aceptaba verme. “Sí, gracias,” contestó, casi inmediatamente. Y antes de que yo dijera nada más, escribió: “Tengo 24 años. Estudiaba primer año de economía en una ciudad que se llama Bamenda. Vengo de una familia de 4: mi papá, mi mamá y un hermano menor. En Camerún viví el infierno.”

Yo estaba contenta. Esos primeros días en Roma lo único que me importaba era encontrar refugiados dispuestos a hablar conmigo y ahora Bryan, que era paciente de Emilio, había aceptado que nos viéramos. Estaba por preguntarle cuándo nos podíamos encontrar, pero no había terminado de escribir la pregunta, cuando él me mandó una foto: bajo un cielo azul, sobre un piso de tierra, yacía muerto un adolescente negro. En primer plano: el cuerpo ensangrentado del chico. Algo más lejos: cuatro soldados con fusiles. El cadáver estaba boca arriba. Tenía puesto el pantalón en una sola pierna; la otra estaba desnuda. Remera blanca. Calzoncillo rojo. Y un gran agujero sobre el muslo izquierdo. Los brazos abiertos a los lados. Las piernas separadas formando una “V”. Yo no sabía qué decir, pero no hizo falta que dijera nada porque enseguida Bryan me envió otra foto. Y luego otra más, hasta llegar a cinco.

“Yo estaría así si no hubiera huido de Camerún,” dijo, después de la última. “Todos esos eran estudiantes de mi escuela.”

La segunda foto mostraba seis cadáveres. Las siguientes eran peores.

Un minuto antes yo no conocía a este muchacho y, ahora, era testigo de las muertes que él había visto: los cadáveres de sus amigos estaban en mi celular, sobre la palma de mi mano. Del otro lado del teléfono, en algún lugar de Roma, el chico que me las acababa de enviar esperaba que yo dijera algo. Yo no sabía nada de él, salvo que Emilio le había preguntado si querría hablar conmigo.

“Gracias por contestar, Bryan,” escribí. “Lamento mucho que hayas tenido que pasar por todo eso.”

Los puntitos de Messenger se movían mientras él tecleaba su respuesta.

“De nada. Todo eso es parte de mi vida. Feliz de conocerte.”

Bryan me preguntó si me gustaba Roma y me dijo que a él le gustaba porque la gente de esta ciudad le había hecho sentir que podía tener una segunda vida. Me preguntó mi edad. Cuando le dije 50, contestó: “WOW!”. Me preguntó cuánto tiempo me iba a quedar en Italia. Me preguntó si estaba casada. Me preguntó si tenía hijos. Le conté que tengo un hijo de 22 que vive en Japón y que hacía un año que no lo veía. “WOW!”, volvió a decir. Me preguntó si lo extrañaba. E inmediatamente: “¿Vas a ir a visitarlo para su cumpleaños?” Yo quería hablar con Bryan para escuchar su historia, pero desde hacía quince minutos era él quien me hacía una pregunta tras otra. Que desde cuándo escribía. Que si ya había entrevistado mucha gente. “¿Te vas a quedar a vivir aquí?” quiso saber. Le dije que estaba sólo por algunas semanas trabajando. “Yo ahora sólo voy a la escuela,” respondió. “Es lo único que puedo hacer hasta que me den el documento. Sin el documento no puedo hacer nada.” “¿Qué te gustaría hacer cuando te den el documento?” le pregunté. “Tratar de encontrar un pequeño trabajo para tener donde vivir y para seguir estudiando y que me den un título que haga feliz a mi papá. Ese era su sueño.” Usó el verbo en pasado y tuve miedo de lo que intuí. “¿Tienes amigos aquí?” le pregunté. “Por ahora no,” dijo. “Debe ser difícil, ¿no?” dije. “Sí. Muy difícil,” contestó.

Cuando quedamos en vernos el sábado, le di las gracias y me respondió: “Soy yo el que tiene que darte las gracias.” “Quizás los dos podemos decir gracias,” dije. “Jaja. Qué graciosa eres,” dijo él. Y agregó: “Ahora mejor ve a dormir porque es tarde y mañana tienes que trabajar.”

***

Nos encontramos a la salida de la Stazione Termini y caminamos juntos hasta un restaurante popular en el que todos eran inmigrantes africanos.

“Vine porque no tenía alternativa. Cuando llegué lloraba todo el tiempo. No era yo. Estaba perdido. Estuve cuatro meses antes de darme cuenta de que estaba aquí.”

Así empieza a hablarme Bryan. Así, sin que yo le pregunte nada. No empieza diciéndome cómo se fue, ni cuándo, ni por qué. No me habla de autobuses, traficantes y escondites. Bryan empieza su historia desde otro lugar. Desde un lugar que no tiene que ver con las fechas ni los días que tardó en cruzar el desierto, sino con la herida. Me mira como si quisiera encontrar en mis ojos la respuesta a una pregunta que desconozco. ¿Cuál es esa pregunta, Bryan?, hubiera querido decirle. ¿Qué puedo hacer para ayudarte? “Jamás había pensado dejar Camerún. Vivía con mi papá, mi mamá y mi hermano. Era feliz. Estudiaba economía y, de pronto, un día, tuve que escapar para salvar mi vida. ¿Qué puedo hacer ahora?” Bryan vive en un Centro di Accoglienza. “No tengo a nadie.” Me mira como si se estuviera ahogando en el desierto. Y yo quisiera poder tenderle una soga para salvarlo, pero tampoco yo la tengo. ¿Cómo se nada en la arena? ¿Cómo se sale a flote de un pasado que no se puede cambiar?

Es un chico negro. Es un chico que lleva una gorra de béisbol roja y una campera roja y una remera blanca y jeans agujereados. Es un chico con zapatillas. “Tengo que aceptar. No me queda alternativa.” Es un chico.

Es un chico que pidió una reunión con el gobernador.

Un chico cuyo nombre quedó anotado en una lista.

Un chico al que la policía fue a buscar a su casa cuando él no estaba.

Un chico huérfano: como Bryan no estaba, la policía le disparó a su padre.

Como Bryan no estaba, llevaron presa a su madre.

¿Cómo pueden pasar cosas así en este mundo?

“No puedo creer que ya no estén,” me dice.

¿Cómo se nada en la arena?

La madre murió en la cárcel unos meses después.

***

Camerún fue una colonia alemana hasta que, terminada la Primera Guerra Mundial, Inglaterra y Francia se dividieron el control sobre el territorio. Cuando en los años 60 ambas potencias dejaron la zona, las áreas francesa e inglesa hicieron un referéndum. Los pobladores del norte votaron a favor de unirse a Nigeria, donde se habla inglés, pero ganó la mayoría francófona del sur y así formaron lo que ahora es Camerún. Bryan me cuenta algo de esto esa noche. Del resto me entero después, cuando investigo para entender su historia. Él me dice que aunque en Camerún el inglés también es lengua oficial, la población anglófona a la que pertenece es minoritaria y no tiene acceso o es excluida de los cargos públicos. “A nosotros nos están borrando de Camerún,” dice. Obligan a la gente a trabajar en francés. Se usa el francés en los juzgados. En las zonas angloparlantes, contratan maestros que sólo hablan francés. “Nuestro presidente es un dictador.” Paul Biya tiene 86 años. Está en el cargo desde hace 36.

Bryan era presidente de la Asociación de Estudiantes de habla inglesa de la Facultad de Economía. Los obligaban a estudiar en francés. Pidieron una reunión con el gobernador Adolphe Lele Lafrique. La primera vez los recibió. La segunda, la policía se los llevó antes de que entraran a su despacho. Los dejaron una semana encerrados, pero la presión popular fue tanta que los tuvieron que soltar. ”Cuando salimos de la estación de policía, había muertos por la calle, había protestas y los militares disparaban aunque la gente estuviera sin armas.”

Desde la estación de policía, Bryan fue a una reunión con estudiantes francófonos. Querían sacar un comunicado conjunto. Fue cuando estaba ahí que se enteró de que lo habían ido a buscar a su casa, de que habían llevado a su madre presa y de que habían matado a su padre, a su amado padre, a su padre que le hablaba como un amigo y que hasta ese día había sido maestro de primer grado, maestro en inglés, claro, porque ellos nacieron hablando inglés. ¿Qué culpa tiene uno, qué mérito tiene uno, qué azar decide que uno nazca donde nació?

“Tienes que irte, Bryan,” le dijo un compañero. “Tienes que irte, Bryan, tienes que irte,” le dijeron otros más. Algunos estudiantes de familias más adineradas partieron en avión y hoy están en Alemania, Francia e Inglaterra. Qué ironía. Bryan tardó dos meses en llegar a Libia. Viajó con un camionero musulmán que transportaba ganado. “Me llevó sólo para ayudarme. Yo soy católico. Él es musulmán. No le tuve que pagar nada.”

Y llegó a Libia.

Otra vez Libia. Como Aguibou. Como tantos otros que veré los días siguientes.

Libia. El infierno en la tierra. Así la llaman.

Bryan estuvo en un campo de trabajo forzado en Sabratah. No había trabajado nunca antes en su vida porque su padre, el maestro de escuela, quería que su hijo se dedicara a estudiar. No había trabajado nunca antes en su vida y lo hicieron trabajar en construcción. De seis a seis. “¿Te pagaban algo?” le pregunto. Él me mira y esboza una sonrisa. “No,” responde. “Tienes suerte si te dan agua. Estábamos en una prisión. A algunos negros los venden. O trabajas o te matan. Los viernes nos daban arroz.”

Un día un hombre le dijo que podía ponerlo en una barca en la que o bien podría sobrevivir y llegar a Italia o bien morir en el Mediterráneo. “¿Qué opción tenía? No tenía opción.”

“La noche que subimos a la barca… No puedo explicarte lo que me pasó en el Mediterráneo. No puedo decírtelo porque esa parte mía está muerta. Sé que llegué a través del agua, pero no puedo contarte ningún detalle. Tres personas se murieron… Una mujer dio a luz al lado mío. Vi a alguien como yo…”

Bryan se queda en esa pausa y no vuelve a hablar.

“Bryan,” le digo, al fin. “Estás aquí.”

Quiero tenderle una soga, pero no sé dónde encontrarla.

¿Cómo se nada en la arena? ¿Cómo se sale a flote de un pasado que no se puede cambiar?

Le tomo la mano.

Él me mira con una bondad que me parte el corazón.

“Cuando llegué era como si estuviera loco. Estaba perdido. Gracias a los remedios que me dio el doctor ahora estoy mejor.”

El doctor es Emilio.

“Sé que algo está mal en mí. Dependo de esas drogas para vivir,” dice. “Este no soy yo.”

Suspira. Está molesto consigo mismo. En su pueblo la gente toma remedios naturales. Los hacen con plantas. Bryan también los sabe hacer porque se lo enseñaron en la escuela.

Cierra los ojos, se agarra la cabeza con las dos manos y se queda así, como en un acto de contrición.

¿Dónde está la soga?

“Yo tomé durante muchos años esos mismos remedios,” le digo.

Bryan abre los ojos.

“Más de veinte,” sigo diciendo.

No sé si esta es la soga que estaba buscando. Tampoco sé qué diría Emilio de que yo esté hablando de esta manera y de que empiece a contarle parte de mi vida a un chico de Camerún que se ha quedado sin nada en el mundo. ¿Quién soy yo para saber qué siente él? ¿Quién soy yo para intentar tender un puente entre su desgracia y las pequeñas desgracias de la mía? Pero en este momento Bryan me está mirando y no me importa la respuesta a esas preguntas. Yo le hablo y él me escucha atentamente y sus ojos están vivos y yo sigo hablando y él responde y me pregunta y luego soy yo quien le pregunta o quien vuelve a hablar y él se ríe y le digo, te estás riendo, y aunque estoy a punto de llorar, yo también me río y me doy cuenta, recién entonces me doy cuenta, ¿cómo no me di cuenta antes?, de que entre los dos se está tejiendo algo que tal vez no sea la soga que buscaba pero que, sea lo que sea, está hecho del mismo material del que están hechos los milagros.

Bilal | 23 de abril de 2018

10 / “¿Soy el hombre que viniste a buscar?” Bryan. 24 años. (Camerún)

Desde que nos encontramos, hace tres horas, hemos hablado de muchas cosas. A veces es Bryan quien habla; otras, soy yo.

Nunca pensé que escuchar las historias que vine a buscar significaría, también, contar la mía, pero esta noche me doy cuenta de que la única manera que tengo de darle algo a Bryan no es intentando consolarlo por sus pérdidas, ni guardando un silencio respetuoso ante su historia, sino compartiendo parte de mi vida, aunque mis pérdidas no sean nada comparadas con las suyas.

Le cuento que mi hijo nació con una enfermedad. Que lo crié sola. Que los primeros tiempos fueron muy difíciles pero que ahora es un chico feliz. Bryan me escucha atentamente. “Algún día me gustaría conocerlo,” dice.

El lugar donde estamos se ha ido llenando de gente. Todos negros. Muchos están borrachos y vociferan. Bryan ni los mira.

Bryan se siente culpable de la muerte de su padre.

“Cuando fueron a casa, me buscaban a mí,” dice. “Por mi culpa, mi papá ya no está.”

Es esto en lo que piensa noche tras noche. Esto es lo que le impide dormir.

“Mi padre me enseñó tantas cosas,” dice. “Ahora no tengo con quién hablar.”

Bryan siente que le falta una parte. “Lucho por encontrar lo que me está faltando.” Siente que está haciendo lo mismo que hace años: yendo a la escuela, aprendiendo un idioma, estudiando historia y geografía para obtener el certificado de la escuela media. “Es como si mi vida volviera a empezar.” No ve un futuro. “Yo no era así: antes me reía.” No se siente libre: en el Centro di Accoglienza tiene que firmar cada vez que sale y cada vez que regresa. “No puedo culpar a nadie aquí. Tenemos que aceptar lo que nos dan y estoy agradecido: estamos aquí sin que nos hayan invitado.” Siente que las personas que ve en la calle llevan una vida normal, pero que la vida que él lleva no es normal. “Estoy perdido.”    

Le digo que me gustaría ir a África alguna vez. “Si vas, llorarías todo el tiempo,” responde.

Entre un tema y otro, nos quedamos callados. Es un silencio cómodo y cercano.

Hace una semana, Bryan se enteró de que su hermana está viva. Tuvo que huir de la ciudad e irse a la aldea donde vive su abuela. Para tener acceso a Internet tiene que caminar dos días. A él le gustaría encontrar un trabajo, ganar dinero y poder traerla.

“¿Puedo preguntarte algo?” dice.

“Claro,” respondo.

Justo antes de salir de viaje, cuando en el avión se encendieron las luces de abrocharse los cinturones, yo había escrito unas líneas en Facebook:

“El avión está por despegar. Hace meses que sueño con este viaje. Voy a Roma a buscar a un hombre. Un hombre que no conozco. Si lo encuentro, ¿querrá hablar conmigo? Y si no lo encuentro, ¿cuál habrá sido el sentido del viaje?”

Cuatro días después de ese post, soy la única persona blanca en un restaurante, estoy con un chico que ha perdido todo, que no tiene nada en el mundo, que aún no sabe si le otorgarán estatus de refugiado y que, mirándome como quien eleva una plegaria, me pregunta:

“¿Yo soy ese hombre que viniste a buscar?”

No tengo tiempo de buscar la respuesta adecuada y, entonces, casi sin pensarlo, empiezo a contarle a Bryan la historia de Bilal. Le cuento que hay un hombre que nació en Mauritania y que fue esclavo durante veinticinco años. Le cuento que ese hombre era un niño cuando estaba por la calle en su aldea y asistió a la matanza de mucha gente. Le cuento que corrió a su casa para avisar a sus padres pero que justo en ese instante llegaron los árabes. Le cuento del machete, del charco de sangre, del grito “¡A este no!”. Le cuento que Bilal recuerda que iba a pescar con su padre al río y que acompañaba a su madre a tirar la basura y que estos son los únicos recuerdos que conserva de ellos ahora, en su adultez. Le cuento que atravesó descalzo un desierto rocoso y que llegó a una ciudad cerca del mar en la que unos pescadores le dieron de comer y de beber y lo escondieron en un barco donde estuvo delirando durante seis meses por la fiebre causada por una infección. Le cuento que volvieron a atraparlo, que volvió a escapar, que volvió al desierto y que ahí, huyendo una vez más, perdió al único amigo que tenía.

Bryan escucha la historia de Bilal con la misma conmoción con que la escuché yo la primera vez. Bryan, este chico que hace tan poco perdió a sus padres, está conmovido por la historia de otro chico que también perdió a los suyos hace muchos años. Está hipnotizado por un relato, por la vida de otro hombre. ¡Qué misterio! Qué misterio que las vidas de los otros puedan distraernos por un momento de las pequeñeces y de las grandezas de las nuestras. Qué misterio que una historia, que un simple hilo de palabras, pueda hacernos sentir que no estamos solos.

Bryan me escucha hasta el momento del relato en que le digo que ya sé dónde está Bilal.

-Trabaja en Mercato Centrale -digo. -En Stazione Termini. A dos cuadras de aquí.

Bryan abre los ojos como si yo estuviera diciendo algo increíble. Como si trabajar en una pizzería fuera más inverosímil que atravesar a pie el desierto.

-¿Ya fuiste a verlo? –pregunta, con urgencia.

Muevo la cabeza de lado a lado.

-¿Por qué? –dice Bryan.

Busco las palabras para explicarle mis razones pero estoy segura de que no lo logro porque en ese momento ya no estoy pensando en Bilal.

Estoy pensando que me equivoqué.

Estoy pensando que sí.

Estoy pensando:

Sí, Bryan. 

Pero no me atrevo a decírselo.

Sí, Bryan. 

Qué misterio.

Sí.

Es a ti a quien vine a buscar.  

Bilal | 23 de abril de 2018

7 / “Nosotros fabricamos Ferraris” Sergio. 58 años. (Italia)

Llegué a Roma el miércoles 21 de febrero por la noche. Por la mañana del jueves 22 fui a la Basilica dei Santi XII Apostoli, al lado del Palazzo Colonna, con la intención de entrevistar a alguna de las sesenta y seis familias de refugiados que vivían allí.

La policía las había desalojado en agosto del edificio que ocupaban en Via Umberto Quintavalle, en Cinecitta, y desde entonces el párroco de la iglesia, un cura franciscano, les había dado cobijo en el pórtico.

Llovía desde muy temprano esa mañana y la temperatura había bajado abruptamente hasta llegar casi a los cero grados centígrados.

Las carpas se veían desde media cuadra antes de llegar a la iglesia, justo detrás de los nueve arcos que dan a la calle. Ocupaban todo ese pórtico de pilares octogonales y columnas jónicas construido en el siglo XIV. Eran carpas para dos o tres personas, de un tamaño y estructura similar a una que yo había canjeado por puntos en YPF hacía años, cuando mi hijo iba a tercer grado. Una reja en hierro forjado impedía pasar bajo los arcos. Caminé a lo largo de la reja hasta que encontré una puerta. En cuanto la empujé, se acercó un hombre que yo no había visto hasta entonces.

-La iglesia está cerrada -dijo.

Sobre el piso de mármol se levantaban unas dieciocho carpas desteñidas. El hombre rozaba los sesenta. Le expliqué que no quería entrar a la iglesia, sino hablar con algunas de las personas que vivían allí.

-¿Por qué quiere hablar con ellos? -preguntó.

Le dije que trabajaba para un diario y que la noche anterior había llegado desde Argentina para hacer un trabajo sobre refugiados.

Él me interrumpió.

-¿Ha leído el Corán? -dijo.

Yo negué con la cabeza.

-Ese es su primer error –dijo. -Si usted quiere entender qué pasa con los inmigrantes, lo primero que debe hacer es leer el Corán.

Los habitantes de las carpas se movían en silencio bajo las telas.

-¿Tiene celular? –dijo el hombre. Y me ordenó: -Abra Memos. Escriba: “Via Terenzio, 35.” Queda justo atrás del Castel Santangello. Ahí, usted va al tercer piso y dice que quiere comprar el Corán con comentarios de Magdi Cristiano Allam. Si no conoce eso, no podrá hacer nada como periodista.

Se calzó los anteojos sobre sus ojos claros, miró atentamente mi celular para comprobar que yo hubiera escrito bien la dirección y en seguida hizo un gesto para cerrar la puerta.

Sin moverme de donde estaba, le pregunté:

-¿Qué opina de que esta gente viva aquí?

Él apretó los labios y movió la cabeza en un gesto de impaciencia.

-Mire, le voy a decir algo -dijo. -Yo he viajado por todo el mundo. Hablo inglés, alemán y todas las lenguas latinas. No fumo, no bebo, no me drogo. Y esto que esta sucediendo ahora en Europa es un plan diabólico que tiene un solo objetivo: destruir nuestra cultura milenaria. El Corán que usted leerá cuesta 10 euros. Magdi Cristiano es un egipcio que estudió aquí, que renunció al Islam y que fue bautizado por el Papa Ratzinger.

Hablaba con una voz clara y alta que, estaba segura, podrían escuchar los habitantes de la última carpa.

-El Islam es como la mafia: puedes entrar, pero no puedes salir -siguió diciendo. -Mejor dicho, si quieres salir, vas a salir muerto. La de ellos es una sociedad teocrática: la fe coincide con el Estado. No tienen parlamento, no tienen diputados, no tienen senadores. Sus leyes son las leyes islámicas de la Shariah y para ellos son leyes divinas. Por eso una sociedad islámica no se integra jamás a una sociedad occidental. Ahora están invadiendo Europa: quieren introducir sus valores y destruir los nuestros. Ya pasó en el pasado. ¿Usted ha estudiado historia?

Una mujer joven, negra, con un embarazo avanzado, llegó desde la calle y se detuvo un instante a mi lado. El hombre no la miró: abrió la reja apenas lo suficiente para dejarla entrar. Ella hizo un levísimo gesto de reconocimiento con la cabeza, dio unos pasos y se escabulló dentro de una de las carpas a mi derecha.

-Me llamo Mori -dije. -¿Y usted?

-Sergio -dijo. -Soy ingeniero.
-Sergio, me estoy mojando -dije. -¿Puedo entrar un momento por favor?

Cuando Matías, mi hijo, tenía ocho años, armamos la carpa de YPF en el jardín. Era verano y pasó ahí la noche con un amiguito. Era una aventura. Lo habían estado planeando desde varias semanas antes. Sin decirles nada, yo me acerqué varias veces de madrugada para asegurarme de que estuvieran bien, de que no hiciera frío, de que el rocío no humedeciera demasiado la tela. A la mañana siguiente, les dejé tostadas y leche con chocolate sobre una bandeja afuera de la carpa.

Sergio abrió la puerta unos centímetros. Entre una carpa y otra, el piso estaba cubierto por colchones desvencijados. Había cantidad de zapatos sueltos, había mantas, había un triciclo, había muñecas de plástico, había medias y cacerolas. Desde la carpa a la que había entrado la mujer escuché un leve murmullo. Pilas y pilas de cajas de cartón y bolsas llenas de ropa ocultaban los relieves de mármol de las paredes del pórtico.

-Usted es argentina –dijo Sergio, de pronto. -¿Sabe lo que yo no le perdono a Bergoglio? Que no hable de Cristo. Él sólo habla de los inmigrantes y los abraza. Pero en el Corán está escrito: “Mata a todos los infieles, cristianos y judíos. Y cuando mates, hazlo sin arrepentimiento porque esa es la voluntad de Dios.” Bergoglio dice que Dios es el mismo para todos. Pero Bergoglio se equivoca. Allah no es nuestro Dios cristiano. Nuestro Dios dice: “Ama al prójimo como a ti mismo”. En cambio, el Dios de ellos dice: “Mata a todos los infieles.” Allah es un Dios que exalta la muerte. Ellos matan en nombre de Allah y piensan que porque lo han hecho irán al paraíso con diecisiete vírgenes. ¿Te puedes imaginar un idiota que cree que después de la vida va a tener sexo en el cielo con diecisiete vírgenes?

La voz de Sergio se había hecho más potente y su tono más colérico. ¿Qué sentirían las personas de las carpas al escucharlo? Ahí había personas de Mali, personas de Ghana, de Somalia, de Nigeria, de Gambia, de Camerún. Habían atravesado el desierto y el mar. Hombres, mujeres y niños que hablaban una multitud de idiomas distintos. Musulmanes, casi todos, viviendo bajo el pórtico de una iglesia.

-Y esta gente –dije, casi en un susurro. -¿Qué hace aquí? ¿Cómo viven?

-¿Usted quiere saber qué hacen estas personas aquí en estas carpas? Yo le pregunto algo: ¿Usted sabe lo que es la mutilación de los genitales femeninos? –contestó él, alzando aún más la voz. -Si van 50 millones de inmigrantes a la Argentina a destruir su cultura y sus valores, ¿usted les daría la bienvenida? ¡Es una cosa diabólica! ¡Es una cosa tribal! ¿Te gusta la Argentina? ¡Bienvenido! Pero si quieres estar acá debes respetar las leyes, debes respetar la Iglesia, debes convertirte. ¿Quieres abrir una mezquita? ¡No! ¡Te equivocaste de camino! ¡En vez de Buenos Aires, tienes que tomar el camino de la Meca! Yo le voy a decir algo, Mori: nosotros vivimos así desde hace más de dos mil años. ¡Nosotros fabricamos Ferraris! Y ahora resulta que llegan estas multitudes con una mentalidad tribal y nos quieren decir cómo debemos vivir. ¿Usted quiere entender lo que está pasando en Europa? ¡Gaste diez euros! ¡Compre el Corán!

Sergio dio un paso hacia la puerta e hizo un gesto para abrirla, pero se detuvo.

-Otra cosa importante -dijo. -Abra Memos. Escriba: “Giovanni Sartori”. ¿Lo conoce? Sartori murió el año pasado, pero había previsto esto hace cuarenta años. Y se reían de él. Se cansó tanto que se fue a América. Sartori decía que es imposible que una sociedad teocrática se integre a una cultura occidental. Los musulmanes son como los gitanos. Los gitanos nacidos acá se quedan con sus costumbres: no mandan a sus hijos a la escuela, no aprenden a leer y escribir, no aprenden inglés. Tienen seis y siete hijos para entrenarlos a robar a los turistas. Ganan mil euros por día. ¡Son millonarios! Europa está en peligro. La Unión Europea y la izquierda diabólica están guiadas por las finanzas internacionales. Abra Memos. Escriba: “George Soros”. Soros financia todo esto. Las ONG están todas corruptas. Cuando pierdes la identidad, cuando pierdes la fe cristiana y las tradiciones, cualquier país te puede conquistar. A medida que ya no eres de un lugar, eres más fácil de corromper. ¡Hay que decir basta! ¿Te gusta Italia? Perfecto. Pero si vienes acá, tienes que respetar mi identidad y mis tradiciones. ¿Quieres ser italiano? Perfecto. Vas a servir al ejército italiano, vas a cantar el Himno Nacional italiano. ¿No quieres? Perfecto: ¡entonces toma inmediatamente el camino de regreso a la Meca! El pueblo judío comprendió esto y no se deja corromper. Tú no puedes cambiar sus tradiciones. ¿Sabes lo que hacen ellos? ¿Eres del Islam? ¿Quieres venir a Israel? ¡Yo te doy dos mil euros para que vuelvas a tu país! Si no aceptas eso, vas a prisión. Ellos imponen su ley. Los judíos tienen sus tradiciones pero no destruyen las de los demás, por eso pueden hacer negocios con todos. En cambio, el Islam destruye a todas las otras culturas. ¿Qué sentido tiene respetar una presunta cultura que no respeta la nuestra? ¿Por qué nosotros, que hacemos la Ferrari, vamos a dejar que entre aquí esa cultura?

-¿Usted trabaja acá, Sergio?

-No. Yo no trabajo. Sólo doy un apoyo a estas personas. Hago un trabajo humanitario.

-¿Qué les dice cuando habla con ellos?

-Son islámicos. Ahí, dentro de sus carpas, están rezando. Con ellos no se puede dialogar. Son fanáticos. Me dicen que soy racista. Pero yo no estoy hablando de racismo. Estoy hablando de ciencia pura.

-¿Con qué dinero se mantienen?

-Llevan una vida miserable -dice Sergio con una mueca de desdén.

-Si llevan una vida miserable, ¿por qué cree que prefieren estar aquí, en estas condiciones, que volver a su país?

Sergio abre la puerta y me señala que debo salir.

-Mire, ya hemos hablado bastante. Usted debe prepararse mejor -dice. -Ya le di las instrucciones. Gaste diez euros. Compre el Corán.

Varios días después volví a la Basilica dei Santi XII Apostoli. La lluvia no había cesado. Tras los nueve arcos, dos hombres vestidos con uniforme azul baldeaban el piso de mármol. No quedaba ni sola una carpa. Tampoco había rastros de las personas que habían vivido allí durante los últimos seis meses. Nunca supe a dónde las habían llevado.

Bilal | 23 de abril de 2018

6 / Primera noche en Roma

El avión aterrizó en el aeropuerto de Fiumicino, en Roma, a las 18:22. A las 18:23 le mandé un Whatsapp a Emilio: “Emilio, estoy aquí.” Hacía casi un mes que no hablábamos.

En las semanas previas al viaje me había dado la impresión de que él pensaba que yo había enloquecido buscando a Bilal. “Aquí, ¿dónde?,” respondió a las 18:34.

Yo me había convencido de que mi búsqueda le parecía un capricho y de que él consideraba mi intento de contactar a Bilal a través de Bruna un fruto más de mi impaciencia. Aunque a veces me había parecido que, en el fondo, Emilio no deseaba que yo diera con el paradero de Bilal, durante las dieciséis horas de vuelo de Buenos Aires a Roma, había releído nuestros mensajes y me había dado cuenta de que muy probablemente yo estuviera equivocada. Como tantas otras veces, mi imaginación podía haberme jugado en contra. “En Fiumicino. Acabo de llegar,” respondí. Quizás Emilio no se oponía a mi proyecto sino que aquello que yo había interpretado como oposición tuviera que ver con una cierta frialdad suya y con su acérrimo escepticismo acerca de la raza humana. Pero, además, si no fuera por él, por la conmoción que me causaron sus relatos y ese modo suyo, tan descarnado, de contarlos, yo no estaría haciendo este viaje. ¿Cómo no llamarlo apenas llegué? Él era la primera persona a quien yo quería ver en Roma. “Realmente eres capaz de cualquier cosa, ¿no?” me dijo a las 18:38. “¿Cenamos?” le respondí. “Claro. ¿A qué hora te busco?” contestó él.

Nos abrazamos como si fuéramos hermanos queridos que no se han visto desde hace mucho. O como una pareja que no se ve desde hace tiempo, pero que no se besa.

-Vamos al bar de siempre -dijo.

Yo lo agarré del brazo como si toda la vida lo hubiera agarrado del brazo. Lo agarré del brazo y le conté mis planes y le conté que tenía muchas entrevistas por hacer y que iría a Nápoles y a Sicilia y a Lampedusa y que ya no me importaba tanto que Bilal no quisiera contarme su historia porque había decidido hablar con muchos otros refugiados y que, en vez de escribir con detalle la historia de una vida, escribiría la historia de muchas. Estaba contenta de estar de nuevo en Roma y feliz de caminar con Emilio a la orilla del Tevere. Nos habíamos visto sólo tres veces antes pero, de alguna manera, estos meses en los que yo lo había enloquecido con mi insistencia por encontrar a Bilal parecían habernos acercado.

Cuando entramos al restaurante pensé que tal vez me había equivocado en diciembre al no propiciar otro tipo de encuentro. Tal vez Emilio era el hombre de mi vida y yo no me había dado cuenta. Quizás esta misma noche, después de cenar, a pesar de las dieciséis horas de vuelo, podría ir a dormir a su casa. Despertaría tarde a la mañana siguiente entre sus brazos y me olvidaría de la decena de entrevistas que tenía que hacer durante la semana. ¿Cuán difícil podía ser mudarme a Roma definitivamente?

Pedimos carciofi alla giudia, panzanella romana y fave con pecorino. Todo para compartir.

Emilio me preguntó qué pensaba hacer al día siguiente. Le dije que por la mañana iría a entrevistar a las familias que estaban viviendo en la Basilica dei Santi XII Apostoli y por la tarde vería a un chico de Guinea que había contactado a través de la amiga de un amigo.

-Cuando quieras puedes venir al hospital -dijo. -Veré quiénes de mis pacientes pueden querer hablar contigo. ¿Te parece bien?

Claro que me parecía bien. No sólo eso: me sorprendió que Emilio estuviera dispuesto a ayudarme. Su mirada, sin embargo, había perdido el brillo que tenía en diciembre.

-Tengo una noticia para darte –dijo, cuando terminamos de comer.

Que no sea que tiene novia, pensé. Que no sea eso, por favor.

-Hace unos días vi a Bilal –dijo Emilio.

Yo sabía dónde trabajaba Bilal. Bruna me había dicho que había conseguido un trabajo temporal en Mercato Centrale y había sido yo quien se lo había comentado a Emilio unas semanas antes, pero recién ahora me enteraba de que él, sin decirme nada, había ido hasta allí. Mercato Centrale no es un mercado, sino el nombre de un patio de comidas adyacente a la Stazione Termini, una de las estaciones de metro más concurridas en Roma. Saber que Bilal trabajaba allí no significaba que fuera fácil encontrarlo, no sólo porque es un lugar enorme y hay muchos locales, sino también porque era muy probable que el área donde trabajaba no estuviera a la vista. Emilio, sin embargo, lo había encontrado.

-¿Cómo está? –pregunté.

Trabajaba en una pizzería. Emilio lo había visto lavando platos detrás de una pared de vidrio y lo había saludado desde el pasillo. Bilal se había secado las manos en un repasador y había salido a hablar con él unos minutos. Le dijo que estaría en ese trabajo sólo unas semanas. Estaba haciendo la suplencia a un amigo. Luego, se quedaría de nuevo sin nada. “Ahora que estás de nuevo en Roma, puedes volver a la consulta,” le dijo dicho Emilio, al despedirse. Bilal le aseguró que llamaría a pedir turno.

-¿Y cómo no me habías contado nada? –pregunté.

-Pensé que si te decía dónde trabaja, inmediatamente tomarías un avión para venir a Roma –contestó Emilio, sonriendo.

Vi todo de golpe. Vi mi impulsividad. Mi impaciencia. Vi a Emilio y el modo en que se protegía de sentir demasiado. Vi que yo no dormiría en su casa esa noche y quizás ninguna otra. Vi que él había tenido razón al decirme que una carta mía asustaría a Bilal. Me sentí como una niña que quiere salirse con la suya a pesar de todos los inconvenientes. Una niña que insiste hasta que cree que lo logra pero a la que, al fin, todo le sale mal. Estaba a punto de llorar cuando, de pronto, vi también algo más. Vi a Rita, la amiga de mi amigo que, sin conocerme, había conseguido entrevistas con refugiados para todos los días de la semana. Vi a Bruna que, sin conocerme, había dicho que podría ir a la Scuola di Italiano per Migranti a hablar con los estudiantes todas las veces que quisiera. Vi al médico Pietro Bartolo, que durante los últimos veinte años ha recibido a cada uno de los refugiados que desembarcan en las playas de Lampedusa y que había aceptado que lo entrevistara pero, además, se había ofrecido a alojarme en su casa. Vi a las sesenta familias de inmigrantes que dormían en el pórtico de una iglesia y a las que entrevistaría a la mañana siguiente. Y vi también a Bilal. Claro. Lo vi como lo había venido viendo desde hacía meses –cruzando el desierto, cruzando el mar- pero ahora a esas imágenes se sobre imponía la de Bilal lavando platos detrás de una pared de vidrio en una pizzería de Roma.

El mozo vino a preguntar si queríamos postre o algún licor.

-¿Compartimos algo? –dijo Emilio.

Dudé un instante.

-Prefiero volver a casa –contesté, al fin.

Mientras caminábamos de regreso por las calles empedradas de Trastevere pensé que en algún momento tendría que decidir si iba a Mercato Centrale a buscar a Bilal. Esa noche, sin embargo, la decisión podía esperar. No había urgencia. Estaba en Roma y al día siguiente tenía mucho por hacer.

100 Mujeres | 17 de abril de 2018

Ilustración: Mana Le Calvet

Carla Vidiri: “Debajo de la ciudad hay otra ciudad que muy pocos conocemos”

Esta nota es parte de 100 Mujeres, una serie de RED/ACCIÓN que busca contar las historias de mujeres desconocidas para la mayoría de la sociedad, para visibilizarlas y que sus historias puedan inspirar a otros.

Todas las semanas, Carla Vidiri se pone un mameluco blanco –como el que usan los forenses en la escena del crimen–, un arnés, un par de botas con puntera de acero y un casco. Se cubre los ojos color miel con lentes de seguridad. Y baja a lo que todo el mundo conoce como alcantarillas, pero que ella prefiere llamar por su nombre técnico: “conductos” y “sumideros”.

Ahí abajo, mientras recorre túneles laberínticos en los que hay poco aire y poco ruido, examina los desagües y las corrientes: en la ciudad de Buenos Aires hay mil kilómetros de alcantarillas y once arroyos subterráneos, y muchas veces la realidad no se corresponde con los planos. Para Vidiri, que trabaja en la Dirección General de Sistema Pluvial del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, lo peor que puede pasar es que esos tubos se tapen y la ciudad se inunde. “Es un trabajo fascinante”, dice. “Debajo de la ciudad hay otra ciudad y muy pocos tenemos la suerte de conocerla”.

Todo esto empezó para ella en 2013. Un amigo le dijo que estaban buscando gente en el área y ella presentó su currículum. Nunca antes había estado en una alcantarilla, pero en un par de años llegó a ocupar la gerencia operativa de mantenimiento; en otras palabras, Vidiri ahora es como una mariscal de campo. “Y es una de las mejores del equipo”, dice el director del área, Lucas Llauradó. “Se mete en cualquier lado y a cualquier hora”.

Su plus es la condición de buzo profesional, de mujer aventurera y temeraria. La primera vez que buceó, cuando tenía 17 años y estaba de vacaciones en Punta das Canas –cerca de Florianópolis–, no podía imaginar qué tan profundo llegaría. “Ahora el buceo me sirve para tener el temple para meterme en un conducto cerrado, oscuro y húmedo”, dice. “Y para seguir una lógica de seguridad en el ingreso y en el egreso”.

En Punta das Canas vio colores, peces y corales. Cuando volvió a Buenos Aires, se anotó en una escuela de buceo y ahí conoció a un buzo que luego sería el padre de su hijo. Con los años, exploró los mares de las distintas latitudes, aprendió a hacer soldaduras subacuáticas y llegó a abrir su propia escuela de buceo: Oki Pi Oki.

Ahora las aguas turbias de las alcantarillas le fascinan tanto como las de los atolones. “Bajar a los conductos le gana diez a uno a quedarse en la oficina: me hace sentir productiva y operativa”, dice. “Cuando bajás, vas con una linterna y la vista tarda en adaptarse. Es como el buceo nocturno. Todos tienen que decidir cómo se van a mover y coincidir en la iluminación con las linternas. Eso implica un cambio en tu cabeza. Los sonidos también son distintos: la voz rebota y hay eco. No se escucha nada de arriba. Es otro mundo”.

En la Navidad del año pasado, que fue un día lluvioso, Vidiri estuvo en alerta roja y sin brindar, lo mismo que en su último cumpleaños. Si algún conducto se tapaba, ella estaba lista para actuar. No se arrepintió: “Necesito saber que el agua está ahí”, dice. “Sea el agua de Hawaii o la de un conducto”.

carlavidiri

Nombre: Carla Vidiri
Edad: 43 años
Profesión: Buzo
Sector en el que trabaja: Dirección General de Sistema Pluvial del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
Lugar de Nacimiento: Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué cosas te sacan energía?
Divertirme. Si no me divierto, no puedo salir de la cama. Siempre quiero estar haciendo algo nuevo y disruptivo. La mala energía de la gente me saca energía; la gente sin humor, envidia, los celos me tiran para atrás.

2. ¿Qué te hace feliz? ¿Cuál es el recuerdo más feliz que te viene a la memoria?
Mi hijo, João. Mi parámetro de felicidad pasa por él. Tiene 14 años. Recuerdo bucear con él en Cuba, el año pasado. A él le fascina y lo hace muy bien. Parece un lobito de mar.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir y qué hacés cuando te pasa eso?
Las injusticias me molestan mucho, en lo laboral, personal, económico. Prefiero no acordarme de cuándo fue la última vez que me pasó.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo? ¿Qué haría falta para que eso ocurriese?
Los buzos decimos que si todos pudieran meter la cabeza bajo el agua al menos una vez, cuidarían lo que tenemos de una manera increíble. Porque es tan lindo lo que tenemos… Le daría a la gente el don del no egoísmo y me gustaría que no hubiera hambre ni mezquindad.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande? ¿Quién te inspiraba?
Primero quise ser abogada, porque mi papá es abogado. Después quise ser médica porque me gusta arreglar las cosas. Por eso terminé trabajando como informática.

Bilal | 13 de abril de 2018

3 / Quiero escuchar tu historia

Bilal tenía una hermana. El día en que llegaron los árabes y mataron a sus padres ella estaba en la escuela. Los cuatro vivían en una pequeña aldea con calles hechas de tierra y arena del desierto.

Las pocas casas, distribuidas aquí y allá, eran construcciones de adobe de una sola planta. Todo era color naranja: las calles, las paredes de barro de las casas, las dunas del desierto en medio de las que emergía la aldea.

Bilal tampoco estaba en su casa esa mañana. Se acababa de cruzar con tres amigos de su padre que iban camino al río cuando vio que, desde la distancia, se acercaba una camioneta. Al llegar a la aldea, el vehículo se detuvo y bajaron varios hombres de tez más clara que la suya. Empezaron a disparar sin que mediara ningún aviso. Bilal vio desmoronarse a los amigos de su padre sobre la arena. Dos perros huyeron en dirección contraria a los disparos. También Bilal salió corriendo. En el camino vio caer a una mujer. Cuando Bilal pasó al lado de ella, su cuerpo convulsionaba sobre un charco de sangre. Llevaba un vestido largo estampado con flores de colores vivos. La sangre se extendía sobre las flores amarillas, sobre las azules, sobre las rojas. Los perros corrían con las orejas planas y la cola entre las patas. Bilal corría descalzo, lo más rápido que podía, pero los perros le llevaban ventaja. Otro disparo. Un perro pegó un gemido y cayó de costado sobre la tierra con la boca abierta. Bilal siguió corriendo: si llegaba pronto a su casa quizás estuviera a tiempo de advertir a sus padres sobre lo que estaba pasando. Quizás todavía estuvieran a tiempo de esconderse.

Emilio supone que esto debe haber ocurrido en 1989 en la época en que empezaba la guerra entre Mauritania y Senegal por los derechos sobre el río que limita a las dos naciones. La familia de Bilal vivía cerca de la frontera y pertenecía a la etnia Wolof, pero en la región también habitaban mauritanos blancos de origen árabe y bereber que consideraban -consideran, todavía hoy- inferiores a las etnias negras. La guerra entre los dos países duró menos de dos años, facilitó la adquisición de nuevos esclavos, hizo que 250 mil personas tuvieran que abandonar sus casas y causó miles de muertes. Estos son los grandes números de la historia. Los números que no causan emoción alguna. Dos de esos muertos fueron los padres de Bilal.

Los árabes se llevaron a Bilal sobre un camello. Más tarde lo subieron a un camión en el que había otros niños. No les dieron de comer hasta varios días después cuando llegaron a las afueras de un pueblo. Ahí, los vendieron en un remate. Abdoulaye, de 14 años. Alioune, de 15. Khadim, de 13. Tidiane, de 12. A Bilal nadie lo quería comprar. A sus nueve años aún no podía ser demasiado útil y alimentarlo costaría más de lo que podría producir. Pero era alto y fuerte para su edad y al fin un mauritano blanco, del grupo de los Beidane, decidió comprarlo. El niño no tenía manera de saberlo pero, a partir de entonces, viviría como esclavo con la familia de su patrón durante los próximos veinticinco años trabajando todo el día, manteniendo la casa y arando los cultivos, sin recibir pago alguno, sin libertad de movimiento, sin que nunca lo enviaran a la escuela ni le enseñaran a leer y escribir, sabiendo siempre que si hacía algo mal lo castigarían, y que podían regalarlo o venderlo en cualquier momento, sin tener en cuenta su voluntad ni sus afectos.

Esto era lo único que yo sabía acerca de la infancia del hombre cuya vida hubiera querido contar, pero que ya no podría contar. El 29 de enero, unas horas después de que Bruna me dijo que Bilal había cambiado de idea en relación a nuestro encuentro, la llamé para decirle que no insistiera, que no hacía falta que le preguntara por qué había cambiado de decisión y que le agradecía todo lo que había hecho para ayudarme. Sin embargo, Bruna ya había hablado con él. Bilal le había dicho que después de pensar mucho durante el fin de semana, había decidido que no quería contar su historia. “Es mi vida,” dijo.

Al día siguiente, 30 de enero, le escribí a un amigo romano y le conté que no iría a Italia como había pensado. “Me he quedado sin historia,” dije. “Sólo me queda la pasión por escribir ese libro. Pero perdí al protagonista.” Mi amigo me contestó: “Mi ex trabaja en una organización de voluntarios que se ocupa de refugiados. Han recibido más de 50 mil personas en los últimos años. También tengo una amiga antropóloga que trabaja con inmigrantes en hospitales. Si quieres, pregunto si pueden ayudarte.”

El 31 de enero decidí que viajaría aunque Bilal no quisiera hablar conmigo. En vez de ir a escuchar una historia, iría a buscar muchas historias. Hablaría con quien quisiera hablarme.

Partí el 15 de febrero sin saber exactamente para qué me iba, ni qué haría una vez que llegara a Roma. Lo único que sabía era que tenía que hacerlo. Necesitaba escuchar. Y si ninguna de las personas que habían ofrecido su ayuda lograba ponerme en contacto con refugiados, yo les hablaría en la calle, los buscaría, me sentaría en una plaza cerca de cualquier “centro d’accoglienza” con un cartel que dijera: “Vorrei sentire la tua storia.” Quiero escuchar tu historia. Por si acaso, en la valija, abajo de todo, extendida para que no se arrugara, llevé una cartulina blanca y un marcador verde de trazo grueso. Supongo que, en el fondo, no había perdido del todo la esperanza de hablar con Bilal. Quizás la historia que quería escuchar todavía era la suya.

Bilal | 13 de abril de 2018

4 / Soberbia

Tres meses después, leo la carta y me avergüenzo. La carta se regodea en las palabras. Es presuntuosa. Busca causar una cierta impresión pero lo que no logra -lo que no logré yo, lo que no me preocupé en hacer entonces- es pensar en la persona a quien le estaba escribiendo.

Obvié a mi destinatario. Escribí pensando en el libro que escribiría. Me dejé llevar por la música de las palabras y no pensé en Bilal. No me pregunté quién era él. No me puse en su lugar. Cometí el pecado de omisión. Peor aun: fui soberbia.

El sábado 27, Bruna me envió una selfie de ella con Bilal y un Whatsapp que decía: “Bilal y yo te saludamos. El encuentro estuvo muy lindo. Él leyó la carta y dijo que era un poco larga. Estaba sorprendido, pero aceptó contar su historia.” La foto mostraba los rostros de una mujer de unos sesenta años, blanca con ojos celestes y pelo gris cortado muy corto, y de un hombre negro, serio, en su cuarentena. En mi celular la cara de Bilal estaba a la izquierda y ocupaba todo el cuarto superior de la pantalla. La de Bruna, abajo y a la derecha, apenas si llegaba a llenar la cuarta parte. Bruna tiene un pañuelo floreado de tonos pastel alrededor del cuello y sonríe. Bilal, camisa azul oscura con puntos blancos, mira a cámara con una mirada que no sé descifrar y que me infunde un poco de temor. Estoy contenta pero, por alguna razón, no es la alegría que esperaba.

Yo le había dicho a Bruna que no quería entrevistar a Bilal durante una o dos horas: si viajaba a Roma era para escucharlo, para verlo durante varios días. Le había pedido que se lo explicara. Emilio me había advertido: “Quizás sería mejor que yo lo contacte primero. Temo que la carta de una desconocida pueda asustarlo. Aunque la carta está bien, no sé cuánto podrá entender él. Es un hombre muy simple. No es fácil hablar con estas personas.” Pero para entonces yo había dejado de escuchar a Emilio. Me daba la impresión de que no quería ayudarme y de que, aunque no me lo dijera, de alguna manera se oponía a mi proyecto. No me importaba. Yo había pasado el último mes y medio empecinada en encontrar a Bilal y, al fin, no sólo lo había logrado, sino que ese sábado él había aceptado verme. Ni siquiera le escribí a Emilio para contárselo.

El lunes 28 de enero, en el preciso instante en que estaba por comprar el pasaje para ir a Roma, recibí un breve Whatsapp de Bruna. Decía así: “Hola Mori. Frena todo. Me escribió Bilal. Dice que cambió de idea. Te escribo en cuanto tenga noticias más precisas.”

Bilal | 13 de abril de 2018

Querido Bilal

Querido Bilal,

Soy una escritora argentina. Estuve en Italia en diciembre y escuché a muchas personas hablar de historias de mujeres y hombres que se vieron obligados a huir de sus países para buscar una vida más digna en otra parte.

Mujeres que huyeron de China dejando a sus hijos. Jóvenes que escapan de Siria para salvar sus vidas. Hombres que arriesgan todo y atraviesan el desierto y el mar con un destino incierto.

Mientras escuchaba estas historias, pensaba que si yo tuviera que vivir experiencias como esas seguramente no habría sobrevivido. No soy una persona tan fuerte. He sido muy afortunada en la vida.

Desde que volví de Italia no he dejado de pensar en todo esto. Los periódicos y la televisión hablan de los refugiados pero no cuentan los detalles que hacen sus historias únicas y realmente humanas. Empecé a leer todo lo que podía en Internet. Y fue así como encontré el artículo de Bruna donde te menciona. Le escribí a Bruna y ella ha tenido la gentileza de aceptar darte este carta.

Me gustaría escribir tu historia, Bilal. ¿Aceptas? ¿Quieres que intentemos? Claro, si no quieres, si la idea no te gusta por cualquier motivo, yo podré entender. Pero si aceptas, podríamos encontrarnos.

Aquí, en Buenos Aires, ahora es verano. Yo vivo cerca de un gran río y dentro de un rato iré allí a pasear con mi perro. El río es tan ancho que no se alcanza a ver la otra orilla. Parece un mar.

Te deseo mucha suerte. Con cariño,

Mori

Bilal | 13 de abril de 2018

2 / Buscando a Bilal

Yo sabía que hay países en los que aún existe la esclavitud. Me imagino que debo haberlo leído en alguna parte o visto en un canal de televisión en el marco de un noticiero cualquiera, o después de “Bailando por un sueño” y antes de un comercial de shampoo o uno de un yogurt cero calorías.

Sabía, sí, que hay países en los que los hombres y las mujeres se compran y se venden precisamente como si fueran un pote de yogurt light. Sabía. Pero, ¿qué sabía, exactamente? Lo único que sabía era el hilo de palabras que forman una oración: “Hay países en los que aún hay esclavitud.” Una oración vacía, una secuencia de sonidos y fonemas que mi cerebro podía comprender pero que no eran, en el mejor de los casos, más que una leve indignación moral genérica, políticamente correcta.

¿Y de qué sirve un conocimiento que no pasa al acto, que no despierta una emoción, que no conmueve, que no deja rastro?

Como el yogurt cero calorías, ¿de qué sirve un saber que no es nutricio?

-Hay países en los que el tiempo parece haberse detenido -dijo Emilio la noche en que lo conocí. -Hay países en los que sigue habiendo formas de esclavitud antigua, casi bíblica: países en los que la esclavitud existe como norma y no como metáfora, donde la movilidad social es inexistente y en los que escapar es casi imposible, mucho más difícil aún de lo que lo era en la antigua sociedad romana.

Yo lo escuchaba y procuraba ir memorizando sus palabras. Bilal, el esclavo de Mauritania que había sido comprado y vendido y que había logrado escapar después de veinticinco años, el que había sido su paciente al llegar a Italia, el que había atravesado el desierto descalzo y con los brazos rotos, había dejado de ir a la consulta y por más que yo estuviera interesada en conocerlo y escribir su historia, Emilio no sabía cómo encontrarlo. La última vez que lo había visto, Bilal le había dicho que había encontrado trabajo como pastor en las afueras Roma. Emilio no sabía dónde estaba ahora exactamente, pero se alegraba del vuelco que había dado la vida de su paciente. La primera vez que lo vio, Bilal casi no hablaba. Era un mauritano negro como el carbón más negro; un hombre enorme, de dos metros de alto, sin ningún documento que lo identificara; un africano recién llegado a Italia que, como miles de otros, iniciaba el complejo proceso de petición de asilo político. Ahora, dos años después, Bilal tenía todos sus documentos en regla, había encontrado trabajo y vivía en algún lugar de la campiña romana.

-Si vuelvo a verlo, te avisaré -prometió Emilio.

Volví a Buenos Aires a mediados de diciembre sin saber que Bilal se convertiría en mi obsesión. A medida que pasaban los días, en vez de desdibujarse en mi memoria, su historia me llamaba con una fuerza desconocida. Empecé a buscarlo sin saber qué estaba haciendo exactamente. Cuanto más difícil se hacía encontrarlo, más me empecinaba. Lo busqué en Facebook. Le pedí a Emilio que le preguntara al intérprete que trabajaba con él durante las citas si sabía algo acerca de su paradero. Le pedí que fuera a la mezquita a la que Bilal iba los viernes antes de irse de Roma.

-Soy su psiquiatra -me dijo. -¿Cómo voy a ir a la mezquita a preguntar por él?

En el buscador de Google escribí una y mil veces “Bilal”. Escribí “Bilal Roma”. Escribí “Bilal esclavo”. Escribí “Bilal Mauritania”. Escribí “Bilal pastor ovejas”. Un día me daba por vencida y, al siguiente, volvía a empezar. Emilio comenzó a responder mis mensajes con retraso. “Ya aparecerá,” decía. “Debes tener paciencia.” Pero yo necesitaba encontrar a Bilal. Investigué sobre Mauritania. Hablé con periodistas que han estado allí. Vi documentales. Volví a Google una y otra vez, y aún otra vez más.

El 21 de diciembre encontré, en el sitio de una pequeña escuela de italiano para inmigrantes gestionada por voluntarios, un texto muy corto e informal en el que una maestra mencionaba a un alumno mauritano que, tras un largo recorrido, finalmente había conseguido trabajo como pastor. La foto que acompañaba el texto era de un hombre negro, altísimo, visto de espaldas, rodeado de ovejas en medio de la campiña en las afueras de Tivoli. “Es Bilal!” pensé. “Tiene que ser Bilal.” Le escribí a Emilio. “Emilio, Bilal está en Tivoli!” El escepticismo de su respuesta me hizo temblar. “¿Cómo sabes que es él? Bilal es un nombre muy común en Mauritania.”

Busqué a la maestra en Facebook. Había cinco con su mismo nombre y apellido. Les pregunté a todas si trabajaban en la “Scuola d´italiano per migranti”. Una me dijo que no. Las otras cuatro ni siquiera me respondieron. El viernes 22 de diciembre llamé a la escuela, pero nadie atendió el teléfono. El sábado, el domingo, y el lunes de Navidad, tampoco. Los días feriados me parecían tiempo muerto. El martes 26 atendió un hombre al que le expliqué que necesitaba hablar con la maestra Bruna. El hombre me dijo que no tenía su número y que, aunque lo tuviera, no podría dármelo. El miércoles 27 le pedí a una amiga romana que fuera a la escuela. “Ahora las escuelas están de vacaciones,” dijo. “Iré después del 8 de enero.” Faltaban dos semanas. Yo no podía esperar tanto y, además, la página de la escuela en Internet decía que trabajaban todo el año. El jueves 28 de diciembre le escribí a un amigo que vive en Roma al que apenas conocía por Facebook y le conté la historia de Bilal. “Necesito encontrarlo,” dije. “Y no puedo esperar al 8 de enero.” El viernes 29 por la noche, mi amigo me envió un mensaje: “Fui a la escuela. Este es el número de la maestra.”

El 30 de diciembre por la mañana le envié un Whatsaap a Bruna.

“Hola Bruna! Me llamo Mori Ponsowy. Soy una escritora y periodista argentina. Estuve en Roma hace dos semanas y un amigo psiquiatra me habló de Bilal. Su historia me conmovió tanto que no he podido dejar de pensar en él. Leí un artículo tuyo en el que mencionas a un alumno mauritano que encontró trabajo como pastor. Me gustaría saber si ese alumno es Bilal.”

La respuesta de Bruna llegó cinco minutos después:

“Hola Mori. Sí, es Bilal.”

A mediodía del 30 de diciembre hablé con Bruna por Skype. Ella estaba contenta pero también muy asombrada de que sus artículos hubieran llegado a una lectora argentina. Me habló de la escuela de italiano con entusiasmo; me dijo que todos los que trabajan allí son voluntarios; me explicó la importancia de que los inmigrantes aprendan italiano para poder encontrar trabajo; me contó que en la escuela también trabajan abogados para asesorar a los refugiados en su petición de asilo político. Todo cuanto ella decía me interesaba sólo de una manera vaga, como si fuera una tanda de comerciales en medio de un programa. En el fondo, yo no quería escuchar a la maestra: estaba impaciente por hablar con Bilal y sólo esperaba el momento justo para pedirle su número de teléfono. Bruna me hablaba sobre los CAS, sobre los SPRAR, sobre la diferencia entre asilo político y humanitario. Tendrían que pasar varios meses antes de que yo empezara a entender algo sobre el laberíntico sistema de “accoglienza” italiano y lo que significaba en la vida de los refugiados. Pero en ese momento, mi interés estaba en otra parte. Al fin, logré interrumpirla.

-Me gustaría hablar con Bilal -dije.

Ella hizo una pausa.

-Bilal está fuera de Roma. Ha encontrado ese trabajo como pastor y está muy contento. Le han dado una pequeña casita en medio del campo. Cuando me escriba, le hablaré de ti.

“Cuando me escriba le hablaré de ti.” ¿Cómo hacerle entender mi urgencia a Bruna sin que pareciera un capricho? Más aun: ¿a qué se debía mi urgencia? ¿Lo sabía yo, acaso? ¿Qué estaba buscando? Y, sobre todo, ¿cómo podía estar segura de que buscaba a Bilal por un buen motivo y no simplemente por curiosidad o, peor aún, porque imaginaba que el libro que escribiría con su historia podía ser un buen libro, un libro mucho mejor que las novelas que yo había escrito hasta entonces, porque esta vez no sería un libro de ficción sino una historia real e irresistible?

Con su sabiduría de psiquiatra experimentado, Emilio me había dicho más de una vez que tuviera paciencia. Hasta entonces, yo no la había tenido: había insistido, había buscado, había incomodado a mis amigos. Ahora, no me quedaba más remedio que esperar. Estaba en manos de Bruna. Sus tiempos serían los míos. Le di las gracias y le deseé un feliz año.

Su próximo mensaje llegó mucho antes de lo que esperaba. Al día siguiente, por la mañana del domingo 31 de diciembre, me envió un Whatsapp.

“Noticia de fin de año. Ayer por la noche me llamó Bilal. El martes debe dejar el trabajo porque su patrón hizo un acuerdo con otro pastor y unirán los dos rebaños. A partir del martes Bilal estará en la calle. Estoy triste y preocupada. Encontrar un lugar donde dormir es muy difícil.”

Lo primero que pensé fue que, dadas las nuevas circunstancias, Bruna no le hablaría a Bilal de mí. Yo lo había encontrado pero, por ahora, también lo había perdido. Sólo después me di cuenta de que todo esto no tenía la más mínima importancia en comparación con lo que le estaba sucediendo a él. Bilal también había encontrado algo que había estado buscando y acababa de perderlo. A partir del 2 de enero, Bilal no tendría donde dormir.

Entre el 2 y el 18 de enero sucedió todo esto: Bilal encontró un trabajo por dos meses como lavaplatos suplente en una pizzería de Roma; Bruna me dijo que no podría darme su número sin antes consultarlo con él y que esto sólo podría hacerlo cuando lo viera personalmente porque explicarle toda la historia por teléfono le parecía muy complicado; Bruna me dijo que había quedado en verse con Bilal un miércoles; pasó ese miércoles, llegó el jueves y Bruna no me escribía; el viernes me enteré de que no se habían encontrado porque el marido de Bruna estaba hospitalizado y tendrían que operarlo.

El viernes 19 de enero, Bruna me dijo que había hablado con Bilal y que habían quedado en verse el sábado 27 a las 10 de la mañana.

-Le dije que tenia que hablarle de algo importante -me dijo Bruna.

En ese momento me di cuenta de que no quería dejar en manos y en palabras de Bruna mi primera comunicación con Bilal.

-Me gustaría escribirle una carta -dije. -Una carta que te enviaré a ti. ¿Aceptarías dársela?

100 Mujeres | 13 de abril de 2018

Ilustración: Mariana Le Calvet

Ana Lía Otaño: “Estudié medicina para cambiar el mundo”

Pediatra y militante social, fue clave en la lucha de los vecinos de un pueblo del Chaco contra las fumigaciones con agrotóxicos. Hoy jubilada, sigue colaborando en la red de salud que fundó junto a otros colegas hace más de treinta años. Cree que el éxito se consigue sólo si se trabaja en equipo. “Es tan grave lo que pasa con el hambre, que a veces la patología es el último problema”, dice.

Tenía nueve años cuando decidió que iba a cambiar el mundo. Su abuelo Abel era el médico de La Vicuña y ella lo acompañaba en la recorrida “casita por casita” después de uno de los tornados que asolaban al pueblo, al sur del Chaco. No entendía por qué había otros chicos de su edad descalzos y con hambre. “Quería hacer algo y mi abuelo me decía que había que saber dar una mano. Mientras atendía a los heridos, preguntaba qué faltaba: ‘Cuatro chapas, dos tirantes… ¿De qué vale que yo los atienda del tobillo que se torcieron, si mañana llueve y se enferman de neumonía?’ Así aprendí la medicina social”, dice por teléfono desde Resistencia la doctora Ana Lía Otaño.

Pienso de antemano en la Doctora Otaño como en una Erin Brockovich chaqueña, por el freno histórico que logró su lucha contra las fumigaciones en La Leonesa, un caso en el que la Justicia provincial falló en dos instancias a favor de la demanda colectiva de los vecinos que denunciaron el aumento de casos de cáncer, malformaciones y leucemia en los chicos y vecinos expuestos a los agrotóxicos. Me dirá que las luchas nunca son individuales; es casi lo primero que aclara al atender: “Mirá que esto no lo hice sola. Las cosas se hacen siempre en conjunto, es el grupo lo que lleva a que tengas éxito. Y yo jugué en equipo desde chica”.

La infancia de Otaño transcurrió entre el monte chaqueño y Resistencia hasta que se mudó con su familia a Rosario. En la secundaria hizo sus primeras armas en la acción colectiva; ella dice que fue ahí también donde aprendió de verdad la solidaridad: “En plena dictadura no había centro de estudiantes, pero con el Club Colegial me empecé a movilizar a los trece años en defensa de la escuela libre y laica. Todos los cursos nos unimos para hacer actividades sociales y ayudar en un hogar de huérfanos. En esa época ya me di cuenta de que a veces en conjunto se pueden mover montañas”.

La medicina fue un paso natural, la militancia también. “Mi abuelo fue intendente, él me inculcó la militancia social. Era discípulo de Yrigoyen y en mi familia eran bastante gorilones. Pero a mí me marcó ver que en las casitas más humildes había siempre un altarcito con la Virgen y la foto de Perón y Evita. Pensé que si estudiaba medicina podía llegar a algún cargo que me permitiera modificar algo de esa desigualdad. Yo le decía a mi abuelo que quería cambiar el mundo, no estudié medicina por él: estudié medicina para cambiar el mundo”. Al comenzar la carrera, en Rosario, también empezó a colaborar en el salón comunitario del sacerdote tercermundista Santiago MacGuire en el barrio de emergencia del Bajo Saladillo, donde vivían los empleados del frigorífico Swift, porqué ahí vivían muchos chaqueños. “Era gente que vivía en cuevitas, arrasada por las inundaciones. El padre Santiago les enseñaba cómo reclamar por sus derechos, cómo hacer sus casas de material. Yo daba actividades prácticas, bordado… Mi novio, que ya era practicante, empezó a atender pacientes con lo mínimo”. Se casaron en la villa, pero no en la Iglesia, porque ese día llovió a cántaros. Fue el último casamiento que ofició MacGuire (que después sería secuestrado por la dictadura) antes de dejar los hábitos para casarse: Ana Lía y Santiago Montalvo están casados hace cincuenta años y tienen cinco hijos y nueve nietos.

Volvió al Chaco recién recibida de pediatra, con su marido, sus hijas mayores, y una idea muy clara, no tan diferente de la que había aprendido de su abuelo Abel: “La medicina no es la atención de una patología, es la atención de todo lo que rodea a una persona. Es tan grave lo que pasa con el hambre, con la miseria, que la patología a veces es el último problema”. Así formaron la Red de Salud Popular Dr. Ramón Carrillo, la misma con la que años más tarde llevaron adelante las investigaciones por la contaminación de los fumigadores. “Nos agrupamos con esa visión de medicina social antes de los 80, en plena dictadura. Por entonces yo trabajaba en el Hospital de Pediatría, y empezamos a hacer consultorios en barrios humildes.” Bajo su dirección se crearon centros de salud comunitarios con una escuela deportiva “porque los chicos venían a jugar al fútbol pero también tenían las vacunas al día, estaban desparasitados, sin piojos; encontraban una contención, ¡son tantas las cosas que los afectan que no son la fiebre alta! Las mamás planteaban lo que necesitaban, armábamos talleres, campamentos, se hacían cumpleaños de quince y fiestas de egresados en los consultorios”.

Otaño fue delegada sanitaria federal y participó de las juntas médicas para ex detenidos de la dictadura y ex combatientes de Malvinas. “Conocí mucho esa guerra –dice sobre Malvinas–. Vi a esos muchachos destrozados, a sus familias. Todos con problemas psiquiátricos. Cuando les preguntabas por el problema ya sabías que se desencadenaba una crisis: era la impotencia de ver vidas destruidas”.

Nada –y sin embargo todo, desde la infancia en el monte chaqueño– la preparó para esa otra impotencia, la de ver morir chiquitos con cáncer o con malformaciones terribles. Pero entonces transformó la impotencia en lucha y aquello de “cambiar el mundo” cobró más sentido que nunca.

–¿Cuándo empezaste a ver los efectos de los agroquímicos en los chicos?

–En el 2000 ya empezaron los casos de cáncer, otro chiquito sin manitos, después sin pies, sin brazos, con hidrocefalia, muy malformados… Había un grupo de cirujanos de Buenos Aires que viajaba cada vez más seguido a hacer cirugías programadas por malformaciones. Y nosotros también fuimos abriendo los ojos. Los chicos eran de las mismas zonas del desmonte, de Las Palmas y La Leonesa, lo que había sido la primavera del Chaco. Ahí se fumigó con agrotóxicos tan tremendos que los mismos banderilleros venían con intoxicaciones agudas. Las embarazadas recibían esos químicos encima. Fuimos estudiando, fundamentando. Con Horacio Lucero, del Instituto de Medicina Biomolecular y Andrés Carrasco, de la Universidad del Nordeste: ellos llevaron adelante una investigación de décadas. Denunciábamos y nos tapaban, porque el poder económico es enorme.

A fines de 2008, un grupo de madres de Ituzaingó, en la periferia de Córdoba, denunció los efectos de la contaminación sojera. En 5000 habitantes, había 500 casos de leucemia linfática aguda. “Hicieron un estudio del dosaje de sangre y vieron que los niveles de glifosato eran altísimos. Se procesó al dueño del campo, al dueño del avión y al piloto. El día que leímos eso en el diario, para nosotros fue una alegría: enseguida formamos un grupo acá”, dice Otaño. Laura Mazzitelli, la mamá de un chiquito de dos años con leucemia a la que le confirmaron en el Garrahan que había sido por glifosato, “vio que había otro caso a media cuadra, y otro a media cuadra… adultos con enfermedades bronquiales, en la piel. Empezamos a reunirnos todos. Ya estábamos pidiendo autorización para investigar. No nos hacían caso, pero con eso nos tuvieron que escuchar. Le pedimos al gobernador que hiciera una comisión como la que había en Nación a raíz del caso de Córdoba. En el medio, vino la ministra de Salud y le contamos el caso a ella: en menos de una semana se creó la primera Comisión de Investigación”.

Se había fumigado sobre el pueblo, sobre las escuelas, en una secundaria agrícola donde vivían alumnos, sobre ríos y lagunas. “Recorrimos todo: todo estaba fuera de la ley. No había arboledas para detener el viento que llevaba los productos. Los aviones pasaban bajísimo. El agua estaba contaminada. Documentamos todo y todo salió a la luz. Y así y todo seguimos peleándola, porque así son las luchas”.

La comisión investigadora conformada en el Ministerio de Salud del Chaco que integró la Dra. Otaño determinó que entre 1991 y 2007 se duplicaron los casos de cáncer infantil, que treparon de ocho cada 100 mil a 15,7 cada cien mil. Esa cifra no incluye los casos que se atendieron en Buenos Aires y escaparon a la estadística provincial, el 25% del total. En La Leonesa, donde “no sólo se fumigaba, sino que se desagotaban desechos en la laguna de la que se toma el agua”, se triplicaba la media de casos de cáncer infantil. Las malformaciones congénitas pasaron de 19,1 por 10 mil en 1991, a 85 por 10 mil en 2008. En seis localidades del Chaco, el 85% de las muertes infantiles se relacionaban con malformaciones.

Hoy se respeta la ley y ya no se fumiga sobre La Leonesa ni sobre Las Palmas. Pero las malformaciones aún se repiten, y los estudios dicen que la contaminación del agua tardará años en revertirse. “Sin embargo, hay historias que a mí me emocionan –dice la doctora Otaño–. El nene de Laura terminó el secundario. Nos mandó el video de cuando se recibió. Dice cómo todos estamos presentes en su vida.”

Ana Lía está jubilada hace cinco años y tuvo dos operaciones de columna por las que tiene que usar un bastón canadiense que no le impide seguir su trabajo en la Red de Salud Popular Ramón Carrillo. Es la madrugada y seguimos hablando. Antes de cortar, me dice que hay una canción de Blas de Otero que para ella es casi un lema: “Si me muero, que sepan que he vivido/ luchando por la vida y por la paz.[…] Si me muero, será porque he nacido/ para pasar el tiempo a los de detrás.[…] Un niño, acaso un niño, está mirándome/ el pecho de cristal”.

1. ¿Cuál es tu motor interior? ¿Qué te inspira a hacer lo que hacés? ¿Qué cosas te sacan energía?

–Lo que me inspiró siempre fue la desigualdad, ver tanta desigualdad. No puedo ver chicos con hambre, criaturas descalzas. Mi lucha es por la igualdad de oportunidades: hay genios entre los chicos más humildes. Es muy frustrante la falta de respuestas, cuando uno cree que van a resolver algo y no lo resuelven, sentir el freno de la corrupción y los intereses económicos que hay detrás, cuando no interesa la salud, ni la vida. Pero a mí encontrarme con esa gente que está en lugares importantes y no da respuestas me da fuerzas para seguir luchando. Yo veo ejemplos de chicos de barrios muy humildes que han logrado mejorar su situación, cuando la señora de la familia más humilde se sienta en el consultorio al lado de la de la de la familia más rica, eso para mí es igualdad de derechos y oportunidades.

2. ¿Qué te hace feliz? ¿Podrías contarme cuál es el recuerdo más feliz que primero te viene a la memoria?

–Tantas cosas… Soy un poco egoísta con esto, pero pienso en el nacimiento de mis hijos. Y en las dos adopciones. La última fue un feriado largo: “Está esa beba, tengalá usted que es feriado largo, me dijo el juez” (Se le entrecorta la voz por única vez en toda la conversación). Entonces la trajimos a casa, y quedó el moisés al lado de mi cama. Y cuando pasó el fin de semana, todos mis hijos se me plantaron al lado del moisés pidiéndome que no la llevara. Yo fui al juzgado con un nudo en la garganta porque esas cosas son difíciles, hay mucha gente que espera chiquitos. Terminamos pudiendo adoptarla. Mis nenas le eligieron el nombre: María de los Milagros se llama. Es bailarina, ama la vida. Tuve muchos momentos felices en mi carrera también. Cuando los pacientes y las madres (son siempre las madres y las mujeres las que llevan el timón) me esperaron con un camión en la puerta del Centro Pediátrico que dirigía porque querían que me quedara… a veces pienso que me tendría que haber guardado los recortes, pero en mi mente están todos.

3. ¿Qué no te deja dormir? ¿Cuándo fue la última vez que no dormiste o te costó hacerlo? ¿Qué hacés cuando te pasa eso?

–Generalmente, apoyo la cabeza en la almohada y me duermo. Las épocas terribles fueron las de la dictadura. Nosotros estamos vivos de casualidad. Mi marido y yo nunca estuvimos en un grupo armado, peleábamos con los compañeros porque decíamos que nuestro pueblo no estaba preparado para eso, pero luchábamos por la igualdad. Fueron épocas de mucha angustia. Estaba en Rosario en la casa de una amiga y allanaron mi casa y dejé a mi nena de dos años y salí corriendo: estaban para llevarnos y desaparecernos. Tenía terror de que se llevaran a la chica que me ayudaba. Me avisaron justo, agarré a mi hija y a volar. En ese momento uno pensaba en ayudar a los otros, había mucha solidaridad en el terror. Pasamos momentos muy feos. Lo enfrentamos, sacamos fuerzas no sé de dónde, y no no nos quedó resentimiento. Ahora porque me haces acordar, pero cuánta lucha hay. Tengo la fuerza de mi bastón para decir Nunca más y para seguir luchando contra las injusticias y por los Derechos Humanos, que es lo que corresponde.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo? ¿Qué haría falta para que eso ocurriese? ¿A quién le pedirías ayuda?

–¡Que haya mayor igualdad social! Que no haya criaturas y ancianos pasándola mal. En la Cuba que yo viví, donde estuve en una casa de familia, todos tenían salud, educación, casa… El muchacho que nos llevó, me dice: “Yo no tengo documento, tengo libreta de trabajo, si no tengo voy preso, y no puedo viajar como ustedes”. Y yo le dije: “En mi país, algunos viajan y algunos comen. Acá todos comen y todos tienen salud y educación. No hay chicos pidiendo, solo una birome o un chicle”. Ojo, yo no quiero Cuba, no digas que yo quiero Cuba. Pero quiero salud e igualdad social. Eso me gustaría cambiar del mundo, me gustaría que se ampliara la clase media. Quiero que tomemos conciencia de eso cuando votamos para que nuestros representantes sean lo más sanos posibles, entonces le pediría ayuda a la sociedad. Podría decir a Dios. Pero el milagro lo hacemos nosotros. Les digo siempre eso a mis pacientes, que Dios los va ayudar si ellos hacen su parte. Tenemos que liberarnos nosotros. Y en equipo, en conjunto. Yo no hice nada sola. Lo hice con las enfermeras, con los compañeros. Eso es lo que da poder y fortaleza para concretar.

5. ¿Cuándo eras chica, qué querías ser de grande? ¿Quién te inspiraba? ¿Quién sentís que marcó tu carácter entonces?

–Me marcó mucho ver a otros nenitos como yo con hambre. Quería darles algo, no podía entender por qué no tenían lo mismo que yo. Me rebelaba eso. Después, la persona que inspiró fue mi abuelo: por lo que fue, lo que era humanamente, por su lucha. Desde su lugar como médico, como director del hospital, por cómo usaba su oficio y después su cargo de intendente para cambiar las cosas. Tuve ese ejemplo y desde chica quise eso: ser médica para cambiar las cosas. Mi abuelo me llevaba con él a todos lados y yo también hice lo mismo con mis hijos. Me decían: “Doctora, ¿no tiene miedo de ir a la villa de noche?” No, porque la gente es noble. Y mis hijos mamaron eso. Todos en su vida hacen algo relacionado con lo social.

Bilal | 12 de abril de 2018

1/ Así empieza la historia

Yo estaba sola. Y él también estaba solo. En las demás mesas del bar había parejas y grupos de amigos que hablaban con esa alegría extrovertida de los romanos. Él y yo éramos los únicos sin compañía.

Cuando lo vi, deseé que no estuviera esperando a nadie; que ninguna otra persona viniera a sentarse a la barra en los taburetes que nos separaban. No estoy segura qué me atrajo de el.

Quizás sentí algo parecido a una premonición. Yo estaba sola en Roma y ese bar en Trastevere se había convertido en mi segunda casa. “Ciao, cara”, me decía la moza cada vez que entraba. “Hola, querida.”

No importa si fui yo la que habló primero o si fue él quien tomó la iniciativa: desde que nos miramos los dos supimos que, juntos, beberíamos mucho más que una copa de vino. Sin embargo, lo que no podíamos sospechar entonces era que esa conversación se convertiría no sólo en la primera de tantas otras sino, también, en el inicio de esto que empiezo a escribir ahora, varios meses después. De esto que aún hoy tiene un final incierto pero que, aunque lleve sólo mi firma, en realidad debería llevar también la suya.

Emilio es medico psiquiatra especialista en estrés postraumático. En la jerga especializada se lo suele llamar PTSD, por sus siglas en inglés: “Post Traumatic Stress Disorder”. La condición cobró notoriedad después de la guerra en Vietnam, cuando los soldados norteamericanos no lograban superar lo que habían vivido allá ni retomar eso que, en apariencia, debería resultarles tan sencillo: la vida cotidiana. Pero Emilio no trabaja con soldados. Sus pacientes han llegado a Italia desde China, desde Ghana, desde Siria, desde Camerún. Sus pacientes son hombres y mujeres que, para salvar sus vidas, se han visto obligados a dejar la tierra en la que nacieron y a partir sin nada: sin documentos, sin pertenencias, sin certezas. Sus pacientes son refugiados: personas que han dejado atrás -o que ya han perdido- a sus amigos, a sus hermanos, a sus padres, a sus hijos. A veces vienen a verlo adolescentes, niños casi, que han huido después de perder a sus padres, o niños a quienes sus familias han enviado solos, a atravesar el mar en una barca, confiando que en Italia estarán a salvo aun cuando no tengan a nadie conocido que los cuide.

“¿Cómo llegan a ti? ¿Quién los envía? ¿Saben lo que hace un psiquiatra?” le pregunté. Emilio respondía sin prisa, minuciosamente. Si tuviera que hacer una lista de las preguntas que le hice -de todas las que se me ocurrían, de todas las que todavía hoy tengo por hacerle- no acabaría jamás. “¿Qué te dicen? ¿Cómo haces para ayudarlos? ¿Cómo se hace para rescatar a alguien que se está hundiendo, no ya en el Meditarráneo, sino en la marea de un pasado que no cesa y de en futuro que parece no llegar jamás?”

Esa noche Emilio me hablo de Ouria, una mujer que después de un año en Italia no podía dejar de escuchar la voz del hombre blanco que la separó de sus padres cuando ella tenía doce años para convertirla en una esclava sexual.

Esa noche Emilio me hablo de Huang, una mujer china que trabajaba en un negocio con su familia y que habría llevado una vida normal si no hubiera sido porque pertenecía a una secta cristiana prohibida en su país. Una tarde, la policía entró al negocio familiar para llevarse a Huang pero ella había salido un rato antes. Su familia no tuvo manera de avisarle que la estaban buscando. Horas después, cuando Huang estaba por entrar a la casa donde se reunía con sus correligionarios, escuchó gritos que venían desde dentro. Agazapada detrás de la esquina del edificio, escuchó lo que le estaría pasando también a ella si hubiera llegado unos minutos antes. Cada golpe que la policía daba con sus bastones sobre sus compañeros golpeaba de alguna manera también el suyo. Huang vio cómo arrastraban los cuerpos ensangrentados hacia afuera, atados de pies y manos. Más tarde, cuando estuvo segura de que la policía estaba lejos, entró a la casa y se escondió en un sótano húmedo, diminuto, donde ni siquiera podía estirarse por completo. Permaneció allí cinco meses. Cuando Emilio la conoció, en su consultorio en Roma, Huang no podía hablar. Apenas si movía los labios, como si rezara una plegaria. Una plegaria muda.

Esa noche, Emilio también me habló de Bilal. Bilal era un niño de nueve años y vivía en una aldea en Mauritania cuando, una mañana, cuatro árabes con machetes irrumpieron en su casa. Bilal se escondió bajo la cama. Su hermana estaba en la escuela. Bilal escuchó gritos. Escuchó golpes. Escuchó súplicas. Nada sirvió: los hombres mataron a su padre, primero, y a su madre, después. Luego, uno de ellos sacó a Bilal de abajo de la cama. Estaba a punto de dejar caer el machete sobre su cuello, cuando el otro árabe lo detuvo.

-A este será mejor venderlo -dijo.

Ese mismo día, el niño de nueve años se convirtió en esclavo. Lo fue hasta las treinta y cuatro, cuando logró escapar. La primera vez que lo hizo lo atraparon, lo golpearon con palos, le fracturaron los dos brazos y lo metieron en un hueco en la tierra, el mismo donde ponían a los animales para castrarlos. También a él lo castrarían al día siguiente: era el castigo para los esclavos que intentaban huir. Pero Bilal tuvo suerte: esa noche, otro esclavo lo desató y lo ayudó a salir del hueco. Los brazos de Bilal colgaban, deformes, inertes, como si no le pertenecieran. “Vete,” le dijo el compañero. “Y si te agarran, no digas nunca que fui yo quien te ayudó.” Bilal atravesó a pie el desierto. Después, estuvo escondido dos años en un barco sin ver el sol. Después, mucho después, llegó a Italia, ese país al que tantos otros llegan con historias tejidas por la materia más oscura de la que estamos hechos pero, también, por la tenacidad y la esperanza de una vida mejor.

Mientras terminábamos una botella de Sagrantino di Montefalco, Emilio me contó que la primera vez que vio a Bilal parecía una persona muerta en vida. Alucinaba. Sufría de flashbacks continuos. Sabía que estaba vivo pero, al mismo tiempo, estaba convencido de que había muerto en el desierto. Yo no podía creer lo que escuchaba. O, mejor dicho, no podía creer lo que estaba sintiendo. ¿Era amor? Y en ese caso, ¿amor hacia quién? Cuando uno se enamora, ¿llora? ¿Por quién lloraba yo? Había llegado a Roma de paso hacia la Feria del Libro de Sofía donde presentaría una novela. Había llegado a un país desarrollado desde nuestra Argentina siempre en vías de desarrollo y, allí estaba, frente a una botella de vino ya vacía, hablando con un hombre que me hablaba de otro hombre que había sido esclavo por veinticinco años en la misma época en la que el Voyager I llegaba a los confines de nuestro sistema solar.

Creo que durante un instante estuvimos a punto de besarnos. Pero yo no pude dejar de hacerle una pregunta.

-¿Cómo está ahora Bilal?

-Está mejor -dijo Emilio. -Mucho mejor.

El momento en que podríamos habernos besado había quedado atrás.

-¿Puedo conocerlo? -dije. -Me gustaría escribir su historia.

REDACCION | 12 de abril de 2018

Presentación 100 Mujeres

En los últimos años hemos leído y visto el empoderamiento conseguido por las mujeres. Comenzamos a denunciar situaciones de discriminación, violencia y abuso, nos organizamos y logramos incidir en decisiones políticas y jurídicas. Cada vez somos más mujeres liderando organizaciones o acciones que modifican profundamente nuestras comunidades.

Ahora, ¿qué historias hay detrás de esas mujeres que con sus acciones mejoran a la sociedad y cuán profunda es su incidencia? Intentando responder, decidimos contar las historias de 100 mujeres desconocidas para la mayoría de la sociedad, con el fin de visibilizarlas y que sus historias puedan inspirar a otros.

Para producir la serie armamos un equipo con el que analizamos los temas a trabajar y cómo abordar los perfiles. El proceso tuvo sus idas y vueltas. Debatimos cómo hacerlo y hasta nos atrevimos a experimentar con la obra literaria de Gioconda Belli y su novela “El país de las mujeres”, donde imagina cómo sería el mundo si fuera gobernado por este género, cómo se tomarían las decisiones y qué problemáticas importarían.

Consideramos que las historias que conforman esta serie aportan una riqueza fundamental que necesitamos valorar e incorporar a la sociedad. Ellas nos revelarán maneras de ver el mundo y de accionar en consecuencia, que son novedosas por su enfoque, su creatividad, tesón y coraje.

La serie contará con cinco capítulos: Corajudas, Resilientes, Creativas, Transformadoras y 20 en sus 20. Cada uno de ellos reunirá a 20 mujeres que fueron atravesadas por experiencias en esos sentidos.

Para cada capítulo, daremos el puntapié inicial con las 10 primeras e invitamos a la comunidad a que postulen otras, entre las que, con criterio periodístico y editorial, seleccionaremos a las 10 restantes. Así, buscamos construir esta serie desde un periodismo con una mirada constructiva que escucha y habilita la participación de la comunidad en el proceso editorial.