Úrsula Bahillo: quién era la mujer víctima del femicidio de Rojas | RED/ACCIÓN

Detrás de las fotos, detrás de las noticias, detrás de la muerte: Úrsula Bahillo

Quién era. Qué le gustaba. Qué agujero dejó la joven víctima de un femicidio en Rojas en quienes la querían bien. Personas que no encuentran cómo describir, cómo llenar, el lugar que ocupa la ausencia.

Intervención: Tamara Goldenberg.

Una adolescente con ojos avellana, puntas decoloradas y pintadas de verde, y un corazón de purpurina en la mejilla, sonríe a cámara. Una adolescente de pelo largo, castaño y suelto, con un buzo gris, gira de perfil y sonríe a cámara. Una adolescente con el pelo recogido en un rodete y malla animal print, se abraza las rodillas sentada en la arena de una playa y sonríe a cámara. Una adolescente con el pelo largo atado en una cola, pantalón negro y camiseta de River, se da vuelta con el Monumental en su espalda y sonríe a cámara. 

Una madre con el pelo largo y cano sujetado, vestida de negro, se aferra, en cuclillas, a la manija plateada de un cajón lustroso, oscuro. Clava la mirada en la madera como si tratara de penetrarla. Quizás le está jurando a la adolescente que yace dentro lo que le juró a través de los medios: justicia.

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¿Sabía su femicida que esa madre, Patricia Nassutti, no podía tener hijos? ¿Que después de casarse hizo tratamientos durante una década para quedar embarazada? ¿Que se le cayó el pelo, que se le puso verde, que se le puso azul, hasta que un día supo que estaba gestando una bebé?

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Úrsula Bahillo nació y creció en Rojas, una pequeña localidad dentro del partido homónimo, al noroeste de la provincia de Buenos Aires y a menos de 250 kilómetros de la capital del país.

Como la mayoría de estos sitios, un poco ciudades, un poco pueblos, la vida de este lugar  de menos de 25.000 habitantes gira alrededor de su plaza principal. Plaza principal donde, también como en la mayoría de estos sitios, hay un monumento a San Martín. 

“El monumento que está al frente del bar-confitería de tus viejos. Lugar donde festejamos tus 18 años, donde cantamos hasta no dar más, donde recibiste mi regalo: tu camiseta de River, la que te pusiste esa misma noche. Te cuento que el monumento no es más a San Martín, porque está empapelado con tu cara. ‘El monumento a la Úrsula’. Se me escapa, entre lágrimas, una sonrisa”, escribe Julieta Amichetti, una amiga del barrio de Úrsula, en una carta que le escribió para contarle cómo iban las cosas “acá abajo”.

Para contarle que desde el 8 de febrero, el día que la mataron, “las calles de nuestro pueblo se llenaron de gente. Las pibas y pibes caminaron pidiendo ‘Justicia’, tu hermosa cara empapela las calles”. Para contarle que todo “el país se enteró de lo que te pasó”. Que “Fernando (Rombai) posteó en sus redes sociales esas fotos que se sacaron, siempre pidiendo justicia, al igual que Agustín (Maramá), como muchos famosos”. 

“Aún no entiendo. ¿Qué pasó? ¿Cómo sucedió? ¿Por qué nadie te escuchó? Si hiciste todo lo correcto”.

Por qué nadie la escuchó.

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¿Sabía su femicida que antes de hacerse amigas Úrsula y Julieta se cruzaban siempre en la calle, y un día, hace tres años, de la nada, Úrsula le escribió por Twitter un mensaje que decía: ‘Negra, vamos a tomar unos mates’? ¿Sabrá que Julieta la pasó a buscar por el bar de sus padres, cuando tenían 16 años, y que desde ese momento nunca dejaron de pasar tiempo juntas? ¿Sabrá que para Julieta, la de Úrsula “era la amistad más bonita que tenía”?, ¿que con solo “compartir mates y charlas con ella era la persona más feliz del mundo”? 

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Instagram, —así como Twitter y Facebook, pero en otras dimensiones—, se transforma en una continuación de la calle (¿o en su precedente?); es la arena virtual en la que se extiende el debate público, el grito público. Desde donde sus amigos y amigas siguen empapelando el mundo con su cara. La siguen recordando, a poco más de 10 días de su muerte. A menos de una semana del que hubiera sido su cumpleaños número 19. 

Fue a través de esa misma red social, hace unos cuatro años, que Anna Martínez la conoció. Y porque Úrsula “siempre fue alguien conocida en Rojas”, dice. Las dos iban a la misma escuela, pero recién empezaron a hablar en cuarto año. Anna tenía celos de Úrsula porque charlaba y pasaba tiempo con una amiga suya; “pavadas de la edad”, dice ahora. 

“Hasta que la conocí y me di cuenta de que era una persona en la que plenamente podía confiar. Teníamos nuestras peleas, ya que ella era muy intensa, le decía yo, había que hacer todo rápido, todo a su tiempo, y no medía los tiempos de los demás; pero si yo necesitaba algo, la flaca iba a estar. Si yo necesitaba llorar, ella se cruzaba todo Rojas para ir a verme. Te aconsejaba cuando quizás ella estaba en su peor momento. Te ponía siempre primero. Cuando me enojaba con ella, buscaba hasta la última forma para hablar conmigo para que se me pasara. Era hermosa”. 

Anna dice que sus padres la aman, que compartía mucho con su familia, que hace tres años su mamá tuvo un ACV y Úrsula iba a verla “y la hacía reír, y la hacía hablar (porque tuvo que aprender a hablar otra vez)”. Dice que hacían “de todo, juntas”. Que a Úrsula “le encantaba salir a dar vueltas en moto, comer papas con cheddar, salir a bailar”. Pero que en el último tiempo se habían alejado porque Matías Martínez no la dejaba hablar con ella, y porque el trabajo tampoco le dejaba mucho tiempo.

Mensajes que Úrsula envió a sus amigas y ellas hicieron públicos.

 Anna se quiebra al otro lado del teléfono. Su voz tiembla. Inundada de angustia. 

“Ella me miraba a los ojos y me decía: ‘Amiga, me va a matar’. Y yo agarraba y le decía: ‘No, amiga, nada que ver’. Nosotras, el 5 de enero, con la mamá, pudimos hacer que lo dejara. Y me acuerdo de que estuvimos festejando toda la noche, hasta las 6 de la mañana. Yo le decía: ‘Amiga ya está, esto ya se terminó. Vos no lo tenés que ver más’. Y después de ahí nosotras no hablamos más. Yo no me di cuenta de que él la seguía molestando y no me lo voy a perdonar nunca”.

Cómo ayudo a una amiga que me cuenta que está en una relación violenta

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¿Sabrá su femicida que Anna no sabe cómo seguir? ¿Que la sueña gritar su nombre, que no puede dejar de extrañarla y pedirle perdón? ¿Sabrá que también sueña con él, “con esa basura” y no sabe cómo lo va a poder superar?  

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Úrsula había terminado el colegio secundario en 2019 y había empezado a estudiar Psicopedagogía, en Pergamino, una localidad en el norte de Buenos Aires, a 40 kilómetros de Rojas. Pero la pandemia irrumpió en las clases presenciales y ella volvió a su casa.

Había empezado a hacer cursos de acompañamiento de adultos mayores y también estaba por comenzar a estudiar para convertirse en maestra.  

Además, con la ayuda de Patricia, su madre, estaba viendo la posibilidad de empezar a trabajar en un banco de Rojas.

Proyectos, le sobraban. Soñaba, “siempre a lo grande, porque ella sabía que todo lo que se proponía lo iba a lograr”, dice Anna.

Algún sueño cumplió. Como el de viajar a Disney cuando cumplió 15. Añoraba muchos otros viajes compartidos con amigas. Ver más mundo. Julieta dice que deseaban recorrer países lejanos. Nunca especificaron cuáles, lo único certero es que iban a hacerlo juntas. También dice que ella va a cumplir esos sueños para ambas: “Porque aunque ella no esté físicamente me va a acompañar a todos los lados que yo vaya”.

Otros quedaron truncos. Como conocer y charlar con Ignacio Scocco, un jugador de fútbol que pasó por varios clubes, pero los últimos tres años, hasta mitad del 2020, jugó en River.

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¿Sabrá su femicida que River posó en el campo de juego con un cartel con el hashtag #JusticiaPorÚrsula? ¿Sabrá que antes del encuentro contra Rosario Central del 20 de febrero hicieron un minuto de silencio para recordarla?

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“Cómo ibas a ser vos. Si últimamente te veía cruzar en tu moto para todos lados. Cómo ibas a ser vos. Si recorrés las mismas calles y visitás los mismos lugares que yo en esta pequeña ciudad donde nos conocemos todos. Cómo ibas a ser vos. Si siempre estabas rodeada de gente que te quería mucho”.

Las palabras que Oliver Barrett, quien fue novio de Úrsula, compartió en Twitter se hicieron virales. 

Él recordó “(...) las mañanas de mal humor, las tardes de mates en cualquier lugar, las noches de cena (aunque solo comieras papas con cheddar), los momentos con mi familia y la suya, los domingos de cancha, las risas, los caprichos”.

“Siento que de alguna forma tengo que pedir perdón por no hacer más cuando me dijiste que la estabas pasando mal, pero no querías que se enterara tu familia, no querías que se enteren porque lo iban a matar. Hasta dónde llegó tu amor ciego por esa persona que terminó con tu vida. Pero así eras, una chica sin miedo a odiar y a querer con todo su corazón, no había grises en tu forma de ser”, continuó. “Asimilar todo esto cuesta mucho y ojalá el tiempo corra a mi favor”. 

Julieta dice que “era grandiosa”, que “no tenía maldad para nada”. Que “era muy compañera en todo”. Como Anna recuerda que “si le decías que estabas mal ella salía a buscarte para ayudarte en todo”. Dice que extraña sus mensajes, “las charlas entre mates y facturas, esa carcajada que se escuchaba a lo lejos: nos reíamos hasta que nos dolía la panza”. “Se extraña todo pero todo”. Le promete estar para sus “viejos”.

Anna dice que “era una chica que trataba con todo el mundo. Que todo el día quería estar con sus amigos riéndose”. “Una persona hermosa, con una familia que la ama hasta más no poder, con una sonrisa indefinible que nunca más voy a poder ver”.

Oliver dice que su relación fue corta pero intensa. Que todo lo que siente lo dejó en su cuenta de Twitter. Que se guarda todos los recuerdos. Que agradece a quienes lo acompañan y no lo dejan caer.

Julieta se disculpa por no haberse podido “expresar mucho”: “La verdad, todavía siento un vacío enorme”. 

Anna se disculpa “por decir tantas cosas: tengo mucha tristeza en el cuerpo, tengo mucha bronca”. 

Patricia Nassutti solo deja tildes azules sin respuesta.

Quizás aún no las tiene.

Mensajes que Úrsula envió a sus amigas y ellas hicieron públicos.

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¿Sabrá su femicida que medio Rojas fue al entierro? ¿Que había tanta gente que la despedida de Úrsula se transformó en una pueblada?

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Un tatuaje que dice River Plate al final de su pantorrilla. Una zapatilla sobre la tierra. El horizonte. Una adolescente de torso desnudo y pelo en rodete sacándose una selfie frente al espejo.

Las fotos de su cuenta de Twitter siguen ahí. Como preludio a sus pensamientos, sus sentimientos.

Sus últimos tweets y retweets, del 8 de febrero, profetizan lo indecible: “¿Cómo hacen esas personas para dejar de sentir de un día para otro?”. “Hace dos días no como, vivo a mate y agua. No creo que termine muy bien”. “Qué situación de mierda pasé hoy”.

Muchas personas le dejan mensajes debajo, como en una especie de sepulcro virtual. La despiden, le prometen justicia, le desean que descanse en paz. 

Úrsula llevaba al menos siete meses soportando en silencio golpizas y amenazas de su pareja, el policía Matías Ezequiel Martínez. Un día comenzó a contárselo a sus amigas y decidió hacer la denuncia en la Comisaría de la Mujer. “Me callé siempre. Hasta que me vi muerta. Por eso lo denuncié”, le dijo a una de ellas por Whatsapp.  

Las denuncias formales fueron por lo menos tres. El 9 de enero, el 28 de enero y el 5 de febrero de este año. Las respuestas: una perimetral que Martínez rompió cuanto quiso. Un botón antipánico que no existía. Que los fines de semana no se tomaban denuncias.

“Nunca creí estar denunciando a alguien por violencia de género. Quiero ser la última”, había escrito Úrsula en Twitter.

“Si un día no vuelvo, rompan todo”, pidió. 

El 8 de febrero Martínez fue citado por las reiteradas denuncias de incumplimiento a las medidas impuestas. Ese mismo día, por la noche, interceptó a Úrsula, la llevó a un paraje cercano, y la mató a cuchilladas. 

La reacción de los vecinos y vecinas de Rojas no demoró. Como un zarpazo de bestia furiosa, decenas de personas, que en los días siguientes fueron miles, se volcaron a las calles para exorcizar su rabia. Tiraron piedras a la comisaría, se incendiaron autos y, como respuesta, recibieron una feroz represión de las fuerzas que debían haber protegido a Úrsula. 

Las calles ardieron por tres días. El grito de justicia se extendió en todo el país. El movimiento Ni Una Menos convocó a una marcha el 17 de febrero que reunió multitudes. 

“No puedo dejar de escribirte que ‘rompimos todo’ como vos pediste”, le dice Julieta a su amiga, en la carta que le escribió.

El 26 de febrero Úrsula cumpliría 19 años. Para ese día, su madre está convocando a una nueva movilización en la Plaza General San Martín de Rojas. Pide, a quienes asistan, que no rompan nada. Que la justicia llegará de otro modo.

Que su femicida sepa: los padres de Úrsula, sus amigas, no descansarán hasta que llegue.   

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